Santo Triduo Pascual
Y
Tiempo Pascual
( Por Manuel Garrido Bonaño, O.S.B. )
Bajado de la Fundación Gratis Date
Índice
Octava de Pascua
2ª Semana de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
3ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
4ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
5ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
6ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
7ª Semana
de Pascua
El Cuerpo y la
Sangre del Señor
Entrada: «Nosotros hemos de
gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra
salvación, vida y resurrección; Él nos ha salvado y liberado» (cf. Gál
6,14).
Colecta (de nueva composición): «Señor
Dios nuestro, nos has convocado hoy (esta tarde) para celebrar aquella misma
memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la
Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza eterna; te
pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar
plenitud de amor y de vi-da».
Ofertorio: «Concédenos, Señor,
participar dignamente en estos santos misterios, pues cada vez que celebramos
este memorial de la muerte de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra
redención».
Comunión: «Este es mi cuerpo, que se
entrega por vosotros. Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre;
haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía» (1 Cor 11,24-25).
Postcomunión: «Concédenos, Dios
todopoderoso, que la Cena de tu Hijo, que nos alimenta en el tiempo, llegue a
saciarnos un día en la eternidad de tu reino».
En este día
santo Cristo Jesús, adelantando en su Corazón el misterio de su Pasión, quiso
celebrar en el Cenáculo su propia Pascua. Con esa celebración estaba dando
plenitud real y salvífica a la Pascua judía e instituyendo la realidad
sacramental de la Pascua cristiana o Nueva Alianza en su Sangre. Cristo
instituye en la Última Cena los sacramentos del Sacerdocio y de la Eucaristía.
–Éxodo 12,1-8.11-14: Prescripciones
sobre la cena pascual. El sacrificio del cordero pascual fue realizado por
vez primera por el pueblo de Dios en la noche en que lo libró de la esclavitud
de Egipto. En la Antigua Alianza la cena con ese sacrificio era el signo que
garantizaba el amor de Dios a su pueblo.
–Con el Salmo 115 proclamamos que el
cáliz que bendecimos es la comunión de la Sangre de Cristo. «¿Como pagaré al
Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación, invocando
su nombre... Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre,
Señor...»
–1 Corintios 11,23-26: Cada vez que
coméis el Pan y bebéis del Cáliz, proclamáis la muerte del Señor. Nuestra
Pascua es Cristo, perpetuada sacramental-mente en nosotros por el sacrificio
eucarístico, que actualiza en el tiempo y en el espacio su Pasión y Muerte
Redentora y sigue realizando su salvación pascual hasta que vuelva. Es el
memorial perenne de la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo.
–Juan 13,1-15: Los amó hasta el
extremo. La Eucaristía es signo y testimonio del Amor sin límites con que
Jesucristo nos ha amado y nos sigue amando. Es urgencia de caridad con la que
deben amarse sus discípulos. El lavatorio fue y sigue siendo el impresionante
testimonio del Amor real de Cristo a los hombres, sus hermanos.
San Efrén admira las acciones de Cristo en la Última
Cena:
«Fue
una tarde perfectísima, en la cual Cristo llevó a cabo la verdadera Pascua; fue
una tarde, la última de las tardes, en la cual selló Cristo su doctrina; tarde,
cuyas tinieblas fueron iluminadas... En aquella tarde, en la cual los judíos
usaban los ázimos, Jesús constituyó a la Iglesia heredera en el mundo de su
Sangre. ¡Oh tarde gloriosa, en la cual se realizaron los misterios, se selló el
pacto antiguo, se enriqueció la Iglesia de las Gentes! Tarde bendita, tiempo
bendito, en el que la Cena fue consagrada; mesa bendita que fue altar para los
Apóstoles. En aquella Cena llevó a término el Señor el alimento espiritual y
mezcló la bebida celestial...» (Sermones de la Semana Santa 4,7).
«¡Oh
dichoso lugar! Nunca ha sido preparada una mesa como la tuya, ni en casa de los
reyes, ni en el tabernáculo, ni en el Sancta Sanctorum. En ti fue
partido el pan de las primicias, tú fuiste la primera Iglesia de Cristo y el
primer altar; en ti se vio la primera de todas las oblaciones» (Himno de la
Crucifixión 12).
Y
también Cirilona dice:
«¡Oh
milagro asombroso! Fíjate bien, oyente: pescadores y recaudadores de
contribuciones se sientan con Él a la mesa, mientras los ángeles y arcángeles
están temblando ante Él. Los hombres han sido hechos comensales de Dios. ¡Oh
bienaventurados Apóstoles, de cuán alto honor habéis sido hechos dignos! Ellos
comieron la Pascua antigua y dieron cumplimiento a la Ley» (Himnos
1).
«Tanto nos ha amado Dios que llegó a entregarnos,
por el sacrificio, a su Hijo... que nos amó y se entregó por nosotros» (Jn
3,16; Gál 2,20).
–Oración (del Misal anterior, tomada del
Gelasiano): «Señor, Dios nuestro; Jesucristo, tu Hijo, al derramar sus sangre
por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura
y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégelos siempre».
O bien (del Gelasiano): «Oh Dios, que por la Pasión
de Cristo, Señor nuestro, has destruido la muerte, consecuencia del primer
pecado, que a todos los hombres alcanza; te pedimos nos hagas semejantes a tu
Hijo; así, quienes por nuestra naturaleza humana somos imagen de Adán, el
hombre terreno, por la acción de tu gracia, seamos imagen de Jesucristo, el
hombre celestial».
En el Calvario sobraron espectadores y faltaron
creyentes. Sobró curiosidad y faltó amor. Sobró irresponsabilidad y faltó
humilde sinceridad religiosa, salvo la Virgen María, la Madre de Jesús, San
Juan, el discípulo amado, y las piadosas mujeres. Tengamos los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús... «hecho por nosotros obediente hasta la
muerte y muerte de Cruz» (cf. Flp 2,5 ss.).
–Isaías 52,13-53.12: Él fue traspasado por nuestras rebeliones. El cuarto cántico de Isaías sobre el Siervo
de Dios nos presenta al Mesías como Víctima vicaria y solidaria, machacada por
nuestros pecados. Varón de dolores; castigado y herido por nuestras
iniquidades.
–Con el Salmo 30 decimos: «A Ti,
Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A
tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás»
–Hebreos 4,14-16; 5,7-9:
Experimentó la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para
todos los que le obedecen. Es una proclamación del Sacerdocio Mediador de
Cristo, el Inocente, el Hijo muy amado, Víctima de nuestros pecados. Por ello
es causa de salvación para cuantos creen en Él.
–Juan 18,1-19,42: Pasión de Nuestro
Señor Jesucristo. La meditación de la Pasión evoca los acontecimientos del
Calvario. No interesa tanto lo anecdótico de los sucesos, cuanto la obediencia,
el Amor victimal y la inocencia redentora con que Jesús nos amó y se entregó
por nosotros. Oigamos a San Agustín:
«Marchaba,
pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz.
Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos
de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de
la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la
piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de
fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un
rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser
despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del
corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino
en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz
llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida,
que no debía ser puesta debajo del celemín» (Tratado 119,1 sobre el
Evangelio de San Juan).
Bienaventurados quienes prestan a Jesús el obsequio de una fe íntegra
y de un amor sincero.
«Bienaventuradas
tus manos, oh José, que prestaron servicio a Cristo y palparon las manos y los
pies del cuerpo divino de Jesús, de donde todavía manaba sangre.
Bienaventuradas tus manos, que estuvieron en contacto con el divino costado del
que brotaba sangre, habiendo tú realizado este acto antes que Tomás, el
creyente incrédulo y panegirista curioso. Bienaventurada tu boca, que quedó
plenamente saciada al aproximarse a la boca de Cristo y de entonces se llenó
del Espíritu Santo. Bienaventurados tus ojos que contemplaron los ojos de Jesús
y de ellos recibieron la Luz verdadera. Bienaventurado tu rostro, que se acercó
a la divina faz. Bienaventurados tus hombros que transportaron al que todo
sostiene con su poder. Bienaventurada tu cabeza a la que se aproximó Jesús,
Cabeza de todos. Bienaventuradas tus manos, con las que llevaste al que lleva
todas las cosas.
«Bienaventurados
fueron José y Nicodemo, pues aventajaron a los querubines, elevando y
transportando al mismo Dios. Aventajaron también a los ángeles provistos de
seis alas, pues ellos honraron al Señor y lo cubrieron no con alas, sino con el
lienzo. José y Nicodemo llevaron a hombros a Aquél ante quien se estremecen los
querubines y se extasían todas las legiones de ángeles» (Antigua
Homilía sobre el grande y santo Sábado).
San Germán de Constantinopla dice:
«Esta
es la gran festividad que hoy se celebra en los infiernos: es una solemnidad
maravillosa y llena de esplendor. Aquel Sol que sobrepasa la altitud de los
cielos ha llenado de resplandeciente luz las regiones que estaban debajo de la tierra, y una claridad
meridiana ha iluminado prodigiosamente a aquellos que se hallaban sumidos en la
oscuridad y sombras de muerte. Ahora el Padre celestial ha hecho aparecer su
Sol sobre malos y buenos y también ha dispuesto que lloviese sobre justos e
injustos (Mt 5,45), al fluir del costado abierto de su Unigénito la doble
lluvia de la sangre y del agua que purifica y da vida, pues ambas cosas eran
necesarias para quienes habitaban en las resecas y miserables mansiones del
infierno.
«El
Buen Pastor, en efecto, murió por todos los hombres, justos e injustos y bajó
hasta las profundidades del infierno por razón de la oveja que había ido a
parar a ese lugar, después de quedar privada de la gloria divina y de haber
sido expulsada de las praderas del paraíso, no conservando más protección que
su lana y padeciendo, sobre todo, la mordedura de los atroces dientes del
infierno» (Homilía sobre la sepultura de Cristo).
San Efrén alaba a Cristo en sus misterios pascuales:
«Gloria
a Ti, amigo de los hombres.
Gloria
aTi, oh misericordioso
Gloria
a Ti, oh magnífico.
Gloria
a Ti, que absuelves los pecados.
Gloria
a Ti, que has venido para salvar
nuestras almas...
Gloria
a Ti, que fuiste atado.
Gloria
a Ti, que fuiste flagelado.
Gloria
a Ti, que fuiste escarnecido.
Gloria
a Ti, que fuiste clavado en la Cruz.
Gloria
a Ti, que fuiste sepultado y has resucitado.
Gloria
a Ti, que has predicado a los hombres y ellos han creído en Ti
Gloria
a Ti que has subido a los cielos...
Gloria
al que se ha dignado salvar al pecador, por su misericordiosa bondad»
(Sermón sobre los sufrimientos del Salvador 9).
Entrada: «He resucitado y aún estoy
contigo, has puesto sobre mí tu mano: tu sabiduría ha sido maravillosa,
aleluya» (Sal 138 18,5-6). O bien: «Era verdad, ha resucitado el Señor,
aleluya. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad» (Lc 24,34; cf.
Ap 1,6) .
Colecta (del misal anterior,
completada con texto del Gelasiano): «Señor Dios, que en este día nos has
abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte;
concédenos, al celebrar la solemnidad de su resurrección que, renovados por el
Espíritu, vivamos en la esperanza de nuestra salvación futura».
Ofertorio (del misal anterior,
corregida con texto del Gelasiano): «Rebosantes de gozo pascual, celebramos,
Señor, estos sacramentos, en los que tan maravillosamente ha renacido y se
alimenta tu Iglesia».
Comunión: «Ha sido inmolado nuestra
víctima pascual, Cristo; celebremos, pues, la Pascua con los panes ázimos de la
sinceridad y la verdad. Aleluya» (1Cor 5,7-8)
Postcomunión (del Sacramentario de
Bérgamo): «Protege, Señor, a tu Iglesia con amor paternal, para que, renovada
por los sacramentos pascuales, llegue a la gloria de la resurrección».
En la Vigilia Pascual hemos vivido el gran
acontecimiento de nuestra Pascua: Cristo Resucitado. Celebramos el Misterio de
Cristo-Luz que ha vencido el poder de las tinieblas y de la muerte. A todos se
nos proclamó el Misterio de Vida nueva y renovamos gozosos nuestras esperanzas
bautismales y la alegría de ser de Cristo. Esta gran realidad no se agota en
una celebración. La Iglesia le dedica el cincuentenario pascual, para
saturarnos de Cristo, muerto y resucitado con un Aleluya perenne.
–Hechos 10,34,37-43: Nosotros hemos
comido y bebido con Él después de su Resurrección. Pedro es la primera voz
de la Iglesia que nos proclama y garantiza el acontecimiento de la
Resurrección. Su testimonio avala nuestra fe y nos recuerda que la Resurrección
es la que da sentido a toda la vida de Cristo, el Señor.
–Con el Salmo 117 cantamos alborozados: «Este
es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad
gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La diestra
del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré
para cantar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos es
ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro
patente».
–Colosenses 3,1-4: Buscad los
bienes de allá arriba, donde está Cristo. San Pablo nos recuerda también
que la resurrección del Señor es el acontecimiento que, por el bautismo, ha
dado sentido divino a toda nuestra existencia de creyentes en Cristo y nos ha
injertado en su condición de Hijo muy amado del Padre.
O también: 1 Corintios 5,6-8:
Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva. Incorporados a Cristo,
por el Misterio Pascual, la autenticidad de nuestra fe tiene un signo y una
urgencia insoslayable: nueva vida de santidad en Cristo.
–Secuencia: «Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin
pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva
alianza... Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén. Aleluya».
–Juan 20,1-9: Él había de resucitar
de entre los muertos. El acontecimiento de la Pascua y el reencuentro con
Cristo Resucitado hizo que se volviera a reunir la primera comunidad eclesial
-el Colegio Apostólico- rehaciendo sus vidas del escándalo de la Cruz. De la
resurrección de Cristo nació de nuevo la Iglesia. San Melitón de Sardes explica
las gracias que nos vienen de la resurrección de Cristo:
«Fijaos
bien, queridos hermanos: el Misterio de
Pascua es a la vez nuevo y antiguo, eterno y pasajero, corruptible e
incorruptible, mortal e inmortal. Antiguo según la ley, pero nuevo según la
Palabra encarnada. Pasajero en su figura, pero eterno en la gracia. Corruptible
por el sacrificio del cordero, pero incorruptible por la Vida del Señor. Mortal
por su sepultura en la tierra, pero inmortal por su Resurrección de entre los
muertos. La ley es antigua, pero la Palabra es nueva. La figura es pasajera,
pero la gracia es eterna. Corruptible el cordero, pero incorruptible el Señor,
el cual, inmolado como Cordero, resucitó como Dios...
«Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Porque yo soy vuestro perdón, soy la Pascua de salvación, soy el Cordero degollado por vosotros, soy vuestra agua lustral, vuestra vida, vuestra resurrección, vuestra luz, vuestra salvación y vuestro Rey. Puedo llevaros hasta la cumbre de los cielos, os resucitaré, os mostraré al Padre celestial, os haré resucitar con el poder de mi diestra» (Homilía sobre la Pascua 2-7.100-103).
Tiempo Pascual
Octava
de Pascua
Entrada: «El Señor nos ha
introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios
la Ley del Señor. Aleluya (Ex 13,5-9). O bien «El Señor ha resucitado de entre
los muertos, como lo había dicho; alegrémonos y regocijémonos todos, porque
reina para siempre. Aleluya»
Colecta (del Misal anterior y antes
del Gelasiano y Gregoriano): «Señor Dios, que por medio del bautismo haces
crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos; concede a cuantos han
renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe que
profesaron».
Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu
bondad, las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el bautismo,
consigamos la eterna bienaventuranza».
Comunión: «Cristo, una vez resucitado
de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.
Aleluya» (Rom 6,9).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la
gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu, para que,
quienes estamos en el camino de la salvación, seamos dignos de tus beneficios».
–Hechos 2,14.22-32: Dios resucitó a
este Jesús y todos nosotros somos testigos. Sigue Pedro anunciando a todos
la resurrección de Jesucristo, en quien se cumplieron las profecías de la
Escritura. Este es el tema central de la primera proclamación del mensaje
cristiano: el Misterio de Cristo muerto y resucitado, según el plan de
salvación de Dios. La celebración eucarística, al hacer presentes de nuevo los
acontecimientos salvíficos, en-rola y compromete toda nuestra vida actual en el
plan salvífico de Dios, que se manifestará en plenitud cuando experimentemos la
liberación definitiva en la vida gloriosa. Dice San Juan Damasceno:
«El Señor recibió en herencia los despojos de
los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto, y liberó a todos
los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido contado entre los
malhechores, él fue quien implantó la justicia. La semilla de los incrédulos se
abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de gozo. En medio de
las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro surgió la vida y del
fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la alegría, el gozo y la
exultación» (Homilía sobre el Sábado Santo 27).
–La resurrección de Cristo es esperanza de
incorrupción. Ella hace posible que las afirmaciones del autor del Salmo
15 tengan plenitud de sentido en los labios cristianos. Por Cristo el
cristiano puede vivir su vida en esperanza de inmortalidad: «Protégeme,
Dios mío, que me refugio en Ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor
es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Bendeciré al
Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente
al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se
gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena; porque no me entregarás a la
muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de
la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu
derecha».
–Mateo 28,8-15: Id a comunicar a
mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. Las santas mujeres se
encuentran con Jesús resucitado, que les encarga que avisen a sus discípulos
que vayan a Galilea. Entre tanto, los guardianes de la tumba reciben dinero
para que defiendan la idea de que han robado el cuerpo de Jesús, mientras ellos
dormían. Es una preparación para la manifestación a los Apóstoles, que serán
los verdaderos testigos de la Resurrección. San Agustín dice atinadamente:
«Pusieron guardas para custodiar el sepulcro. Tembló la tierra y resucitó el Señor. Sucedieron tales milagros junto al sepulcro que aun los mismos soldados, que habían ido a custodiarlo, habrían servido de testigos, si hubieran querido decir la verdad. Mas aquella avaricia que se apoderó igualmente de los soldados los inutilizó. “Os damos este dinero, les dijeron, y decid que, estando vosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se lo llevaron”. Verdaderamente se cansaron en vano discurriendo tales cavilaciones. ¿Qué es lo que has dicho, infeliz astucia? ¿Hasta ese extremo abandonas la luz de la verdadera prudencia y te sumerges en el abismo de la malicia que dices: “afirmad que estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se lo llevaron”? ¿Alegas testigos dormidos? Verdaderamente tú mismo dormías, cuando en tales cavilaciones caíste» (Comentario al Salmo 63).
Martes
Entrada: «Les dio a beber del agua
de la sabiduría; en ellos se hizo fuerza y no cederá; los ensalzará por encima
de todos para siempre. Aleluya» (cf. Eclo 15,3-4).
Colecta (del Misal anterior y antes
del Gelasiano y Gregoriano): «Tu, Señor, que nos has salvado por el misterio
pascual, continúa favoreciendo con dones celestes a tu pueblo, para que alcance
la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría del cielo que ya ha empezado
a gustar en la tierra».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad
las ofrendas de tu pueblo, para que,
bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que
permanecen para siempre».
Comunión: «Ya que habéis resucitado
con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la
derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba. Aleluya» (Col 3,1-2).
Postcomunión: «Escúchanos, Dios
Todopoderoso, y concede a estos hijos tuyos, que han recibido la gracia
incomparable del bautismo, poder gozar un día de la felicidad eterna».
–Hechos 2,36-41: Convertíos y
bautizaos todos en nombre de Jesucristo. Ante el mensaje apostólico sólo
cabe una actitud por parte de los judíos y para los paganos que sean de recto
corazón: dejar la senda descarriada por medio de la conversión, la fe y el
bautismo, que confiere el perdón de los pecados y el don del Espíritu. Para
todos es necesario estar en estado de conversión permanente, pasar de un grado
menos perfecto a un grado más perfecto en la vida cristiana. Esto es para
nosotros vivir continuamente en misterio pascual. Sobre esta permanente
conversión, Rabano Mauro dice:
«Todo pensamiento que nos quita la esperanza
de la conversión proviene de la falta de piedad; como una pesada piedra atada a
nuestro cuello, nos obliga a estar
siempre con la mirada baja, hacia la tierra, y no nos permite alzar los ojos
hacia el Señor» (Tres libros a Bonosio 3,4).
Y
Juan Pablo II ha escrito: «El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la
misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de
conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como
disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este
modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar
a Él. Viven, pues, en un estado de conversión, es este estado el que traza la
componente más profunda de la peregrinación de todo el hombre por la tierra en
estado de viador» (Dives in misericordia 13).
–En el plan salvador de Dios, fruto de su
misericordia, la resurrección ocupa un lugar central. Dios resucitó a Jesús y
resucitará a todos los que creen en Él, en una resurrección de gloria, porque
de su misericordia está llena la tierra. Así lo proclamamos con el Salmo
32: «La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;
Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos
del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros
aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia,
Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».
–Juan 20,11-18: He visto al Señor y
ha dicho esto. Jesús se aparece a María Magdalena, que ha venido a llorar
junto al sepulcro. Tras un momento de duda, ella reconoce al Maestro y recibe
de éste la orden de anunciar a los discípulos que va a subir al Padre. Comenta
San Agustín:
«Al
volverse los hombres, un afecto más fuerte sujetaba al sexo más débil en el
mismo lugar. Y los ojos que habían buscado al Señor, sin encontrarlo, se
deshacían en lágrimas, sintiendo mayor dolor por haber sido llevado del
sepulcro que por haber sido muerto en la Cruz, porque ya no quedaba recuerdo de
su excelente Maestro, cuya vida les había sido arrebatada. Este dolor sujetaba
a la mujer al lado del sepulcro» (Tratado 121,1 sobre el Evangelio de San
Juan).
Y San Gregorio Magno dice también:
«Llorando,
pues, María se inclinó y miró en el sepulcro. Ciertamente había visto ya vacío
el sepulcro, ya había publicado que se habían llevado al Señor. ¿Por qué, pues,
vuelve a inclinarse y renovar el deseo de verle? Porque al que ama, no le basta
haber mirado una sola vez, porque la fuerza del amor aumenta los deseos de
buscar. Y, efectivamente, primero le buscó, y no le encontró; perseveró en
buscarle y le encontró. Sucedió que, con la dilación, crecieron sus deseos, y
creciendo, consiguió encontrarle» (Homilía 25 sobre los Evangelios).
Entrada: «Venid vosotros, benditos
de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la Creación del
mundo. Aleluya» (Mt 25,34).
Colecta (del Misal anterior y antes
de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que todos los años nos
alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor; concédenos, a través de
la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna».
Ofertorio: «Acepta, Señor, este
sacrificio, con el que has redimido a todos los hombres, y concédenos
bondadosamente la salud del alma y del cuerpo».
Comunión: «Los discípulos conocieron
al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya»
(Lc 24,35).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la
participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos
pecados y nos transforme en hombres nuevos».
–Hechos 3,1-10: Te doy lo que
tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar. Lo que actúa en San
Pedro al curar a este lisiado de la
Puerta Hermosa del Templo en Jerusalén, es el Nombre de Jesucristo, esto es, su
Persona y su fuerza.
Sobre el Nombre de Jesús dice San Bernardo:
«El
nombre de Jesús no es solamente Luz, es también manjar. ¿Acaso no te sientes
confortado cuantas veces lo recuerdas? ¿Qué otro alimento como él sacia así la
mente del que medita? ¿Qué otro manjar repara así los sentidos fatigados, esfuerza
las virtudes, vigoriza la buenas y honestas
costumbres y fomenta las castas afecciones? Todo alimento del alma es
árido si con este óleo no está sazonado; es insípido si no está condimentado
con esta sal. Si escribes, no me deleitas, a no ser que lea el nombre de Jesús.
Si disputas o conversas, no me place, si no oigo el nombre de Jesús. Jesús es
miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón. ¿Está triste
alguno de vosotros? Venga a su corazón Jesús, y de allí salga a la boca. Y he aquí
que apenas aparece el resplandor de este nombre desaparecen todas las nubes y
todo queda sereno» (Sermón 15 sobre el Cantar 1.2).
–Las grandes maravillas de Dios en favor de su
pueblo culminan con la resurrección de Jesús, primicia de los que resucitaremos.
Cantemos con el Salmo 104 al Señor, que ha sido fiel a sus
promesas, haciendo maravillas con su pueblo al nombre de Jesús: «Dad
gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos,
cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. Gloriaos de su
nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su
poder, buscad continuamente su rostro. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de
Jacob, su elegido! Él Señor es nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra».
–Lucas 24,13-35: Reconocieron a
Jesús al partir el pan. Aparición a los discípulos de Meaux. A Jesús se le
sigue encontrando en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos, en los
pobres y necesitados. Comenta San Gregorio Magno:
«En
verdad les dirigió la palabra, les reprendió su dureza de entendimiento, les
descubrió los misterios de la Escritura Sagrada que a Él se referían... Fingió
ir más lejos. Convenía probarlos por si podían amarle, al menos como extraño,
los que como a Dios no le amaban todavía. Pero, como no podían ser extraños a
la caridad los hombres con quienes la Verdad caminaba, le ofrecen
hospitalidad... Ponen pues la mesa, presentan pan y manjares; y en el partir el
pan conocen a Dios, a quien en la explicación de la Sagrada Escritura no habían
conocido. Al escuchar, por lo tanto, los preceptos de Dios, no fueron
iluminados; pero sí lo fueron al cumplirlos, porque escrito está: “No son
justos ante Dios los oyentes de la ley, sino que serán justificados los que la
observen”. Así pues, todo el que quiera entender lo que ha oído, apresúrese a
poner por obra todo lo que ha podido oir. He aquí que el Señor no es conocido
mientras habla, y se digna ser reconocido cuando le sustentan» (Homilía 23
sobre los Evangelios).
Entrada: «Ensalzaron a coro tu brazo
victorioso, porque la sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de
los niños. Aleluya» (Sab 10,20-21).
Colecta (del Misal anterior y antes
de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que has reunido
pueblos diversos en la confesión de tu nombre; concede a los que han renacido
en la fuente bautismal una misma fe en su espíritu y una misma caridad en su
vida».
Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu
bondad, las ofrendas que te presentamos en acción de gracias por los nuevos
bautizados, para que venga sobre ellos la ayuda del cielo»
Comunión: «Pueblo adquirido por Dios,
proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su
luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar
nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías
eternas».
–Hechos 3,11-26: Matasteis al Autor
de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos. La curación del
paralítico ofrece a San Pedro una nueva ocasión para proclamar el mensaje de
salvación. Jesús, el Crucificado, ha resucitado. Dios ha dado cumplimiento a
las Escrituras e invita a la conversión mediante el perdón de los pecados,
mientras aguardamos el retorno de Cristo, que volverá a restaurar todo el
universo. La ignorancia que llevó al pecado se debe cambiar en el
arrepentimiento. Cristo es el tesoro escondido en el campo de este mundo y en
el frondoso bosque de las sagradas Escrituras. Así dice San Ireneo:
«Si
uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan de Cristo y que
prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro escondido en el campo (Mt
13,44), es decir, en el mundo, ya que el campo es el mundo (Mt 13,48); tesoro
escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de figuras y
parábolas, que no podían entender según la capacidad humana antes de que
llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de
Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: “Cierra estas palabras y sella el
libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos lleguen a comprender y
abunde el conocimiento” (Dan 12,4)» (Contra las Herejías 4,26,1).
–Cristo resucitado, a quien se somete toda la
Creación, da la respuesta a la pregunta del salmista en el salmo 8:
El hombre tiene vocación de resurrección. ¡Qué admirable es, Señor, tu nombre.
«¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el
hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste
poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el
mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de
ovejas y toros y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del
mar, que trazan sendas por el mar».
–Lucas 24,35-48: Estaba escrito: el
Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día. Jesús se
aparece a los Once, mostrándoles la autenticidad de su cuerpo resucitado: come
con ellos y luego les demuestra que las Escrituras han tenido cumplimiento en
su pasión y resurrección y en la futura predicación de su obra a todos los
pueblos. Jesús es condescendiente y ayuda a los incrédulos. Se muestra como
Hijo de Dios que persigue amorosamente a su pueblo. Los apóstoles se
transforman. Jesús se hace presente a ellos y les entrega sus poderes. Comienza
la era de la Iglesia. Jesús vive hoy presente en medio de nosotros; pero la fe
es fruto de la gracia y no del caminar humano. Hemos de estar siempre abiertos
a la gracia divina. San Ambrosio habla de esta aparición de Jesús a los
Apóstoles:
«Cosa
maravillosa es cómo una naturaleza corpórea pasó a través de un cuerpo
impenetrable; cómo una carne visible entró de un modo invisible, y, siendo
asequible al tacto, era difícil comprender. Asustados los discípulos, juzgaron,
en definitiva, ver un espíritu. Por eso el Señor, para darnos una prueba de su
resurrección, les dijo: “Tocadme y ved que el espíritu no tiene carne ni hueso,
como veis que yo tengo”... Resucitaremos, pues, con nuestro cuerpo. Porque se
siembra el cuerpo animal y resucitará como cuerpo espiritual; éste más sutil,
aquél más grosero y material, por sentir aún el peso de la enfermedad
terrestre. Y ¿cómo podrá dejar de ser cuerpo, aquél que tenía las señales de
las llagas y los vestigios de las cicatrices que el Señor les dio a tocar? Con
lo cual no sólo corrobora la fe, sino que excita también devoción, ya que
prefirió llevar al cielo las llagas que padeció por nosotros y no quiso
borrarlas, a fin de presentarlas a Dios Padre como precio de nuestra
libertad...» (Comentario a San Lucas lib. 10,c. 24),
Entrada: «El Señor condujo a su
pueblo seguro, sin alarmas, mientras el mar cubría a sus enemigos. Aleluya»
(Sal 77,53).
Colecta (del Misal anterior y antes
del Gregoriano): «Dios
Todopoderoso y eterno, que por el misterio pascual has restaurado tu alianza
con los hombres; concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en la fe».
Ofertorio: «Realiza, Señor, en
nosotros el intercambio que significa esta ofrenda pascual, para que el amor a
las cosas de la tierra se transfigure en amor a los bienes del cielo».
Comunión: «Jesús dijo a sus
discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (cf. Jn
21,12-13).
Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no
ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos
sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
Resurrección».
–Hechos 4,1-12: Ningún otro pudo
salvar. Los apóstoles, al ser interrogados por los sumos sacerdote luego de
su arresto, responden por boca de Pedro: «Dios resucitó de entre los muertos a
Jesús a quien vosotros crucificásteis; se han cumplido las Escrituras y nadie,
fuera de Él, puede otorgar la salvación». La causa de la persecución es la
proclamación del poder salvífico de Jesucristo muerto y resucitado, en el que
se cumplen las Escrituras. Los apóstoles no saben ni quieren dar otro mensaje
distinto del que ellos han sido testigos, aunque tengan que sufrir persecución
y castigos por ello, y más tarde la muerte. Todo por Jesús, muerto y
resucitado. Oigamos a San Hipólito:
«Antes
que los astros, inmortal e inmenso, Cristo brilla más que el sol sobre todos
los seres. Por ello, para nosotros que nacemos en Él, se instaura un día de Luz
largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa, prodigio de la virtud
divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y memorial eterno,
impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye de la muerte.
Vida que nace de la tumba y curación que brota de la llaga, resurrección que se
origina de la caída y ascensión que surge del descanso... Este árbol es para mí
una planta de salvación eterna, de él me alimento, de él me sacio. Por sus
raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su
espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y
huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de
rocío... Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente... Cuando
temo a Dios, Él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi
premio; y cuando triunfo, mi trofeo...» (Homilía de la Pascua).
–Este es el día en que actuó el Señor. Cristo
rechazado por los suyos, ha resucitado y es el centro de todas las cosas.
Llenos de gozo proclamamos con el Salmo 117, que ha sido un
milagro patente y abrimos nuestro corazón a la plenitud que la resurrección da
a nuestra fe: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su
misericordia. Diga la Casa de Israel: “eterna es su misericordia”. Digan los
fieles del Señor: “eterna es su misericordia”... La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un
milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y
nuestro gozo. Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el
que viene en el nombre del Señor; el Señor es Dios; Él nos ilumina».
–Juan 21,1-14: Jesús se acerca,
toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Jesús resucitado se muestra
junto al lago de Galilea a sus discípulos, que han vuelto a sus ocupaciones
habituales: la pesca milagrosa va acompañada de una comida del Resucitado con
los suyos. Comenta San Agustín:
«Con esto hizo el Señor una comida para aquellos siete discípulos suyos, a saber, con el pez que habían visto sobre las brasas y con algunos de los que habían cogido y con el pan que ellos habían visto, según la narración. El pez asado es Cristo sacrificado. Él mismo es el pan bajado del cielo. A este pan se incorpora la Iglesia para participar de la eterna bienaventuranza. Y por eso dice: “Traed los peces que ahora habéis cogido”, para que cuantos abrigamos esta esperanza podamos por medio de estos siete discípulos, en los cuales se puede ver figurada la totalidad de todos nosotros, tomar parte en tan excelente sacramento y quedar asociados a la misma bienaventuranza. Esta es la comida del Señor con sus discípulos, con lo cual el Evangelista San Juan, aun teniendo muchas cosas que decir de Cristo, y absorto según mi parecer en alta contemplación de cosas excelsas, concluye su Evangelio» (Tratado 123,2 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «El Señor sacó a su pueblo
con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo. Aleluya» (Sal 104,43).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano y del Gregoriano) : «Oh Dios, que con la abundancia de tu
gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los que has
elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por el
Bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».
Comunión: «Los que os habéis
incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo. Aleluya
(Gál 3,27)».
Postcomunión: «Mira Señor con bondad a tu
pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna,
concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 4,13-21: No podemos menos
de contar lo que hemos visto y oído. Pedro y Juan se niegan a hacer caso a
las prohibiciones de los jefes del Sanedrín, para que no hablen más que de
Jesús, puesto que, como ellos mismos dicen, tienen que obedecer a Dios antes
que a los hombres. A pesar de todas las amenazas, prosiguen proclamando el
mensaje de la resurrección de Jesús. Así manifiesta el nombre de Jesús toda la
plenitud de su poder salvífico; no sólo salva de la enfermedad, sino que es la
única fuente de salvación, que infunde una valentía, un poder superior, contra
el que chocan todos los planes humanos que intentan destruirlo.
Nuestra participación eucarística nos pone en
contacto experimental con la situación de Jesús resucitado. Adquirimos de este
modo un compromiso de obediencia y de testimonio y recibimos la fuerza del
Espíritu para vivir y proclamar libre y valientemente la salvación que hemos
experimentado.
La profundidad y amplitud del misterio de Cristo se
expresa en la inefable riqueza de los nombres con que es designado el Salvador.
Así se expresa Nicetas de Remesiana:
«Se
llama Verbo, porque ha sido engendrado sin pasión alguna por Dios Padre... O
bien porque por su medio habló Dios Padre a los ángeles y a los hombres. Se
dice Sabiduría, porque por medio de Él se ordenó todo sabiamente al principio.
Se llama Luz, porque Él iluminó las primeras tinieblas del mundo y con su
venida hizo desaparecer la noche de los corazones de los hombres. Se llama
Potencia, porque ninguna criatura lo
puede vencer. Se dice Diestra y Brazo, porque por su medio fueron creadas todas
las cosas y Él las abarca todas. Se llama Ángel del Gran Consejo, porque Él es
personalmente nuncio de la Voluntad paterna. Se llama Hijo del Hombre, porque
por nosotros los hombres se dignó nacer como hombre. Se dice Cordero, por su
inocencia singular. Se llama Oveja para que quede patente su Pasión. Se dice
Sacerdote, bien porque ofreció a Dios Padre en favor nuestro su Cuerpo como
oblación y sacrificio, bien porque se digna ofrecerse cada día por nosotros. Se
dice Camino, porque por medio de Él llegamos a la salvación. Verdad, porque
rechazó la mentira. Se llama Vida, porque destruye la muerte. Se llama Vid,
porque al extender los ramos de sus brazos en la Cruz proporcionó al mundo el
gran fruto de la dulzura... Se llama Médico, porque con su visita curó nuestras
enfermedades y heridas... Se dice Paz, porque reunió en la unidad a los que
estaban dispersos y nos reconcilió con Dios Padre. Se llama Resurrección,
porque resucitará todos los cuerpos... Se llama Puerta, porque por su medio se
abre a los fieles la entrada del Reino de los cielos» (Catecumenado de
adultos B P 16,32-38).
–El salmo responsorial es el mismo que
ayer.
–Marcos 16,9-15: Id al mundo entero
y predicad el Evangelio. La fe de los apóstoles se basa en la experiencia
directa y en una renovación de la convivencia con el Señor. Así quedan
constituidos en testigos y reciben el homenaje del Resucitado para difundirlo
por todo el mundo. San Juan Crisóstomo dice:
«El mensaje que se os comunica no va destinado
a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os
envío a dos ciudades, ni a diez, ni a
veinte; ni tan siquiera os envio a toda una nación, como en otro tiempo a los
profetas; sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto
muy mal dispuesto. Porque al decir: “Vosotros sois la sal de la tierra”, enseña
que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por
ello exige a todos sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y
útiles para el cuidado de los demás» (Homilía sobre San Mateo 15, 6).
Lo único
importante es que Cristo sea anunciado, conocido y amado. Él es el que actúa
por medio de los apóstoles de entonces y de ahora. Así lo expresa San Agustín:
«Podemos amonestar con el sonido de nuestra voz, pero si dentro no está el que enseña, vano es nuestro sonido... Os hable Él, pues, interiormente, ya que ningún hombre está allí de maestro» (In 1 Jn. 2,4).
Domingo
Entrada: «Como el niño recién
nacido, ansiad la lecha auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos.
Aleluya» (1 Pe 2,2). O bien: «Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios.
que os ha llamado al reino celestial. Aleluya» (Esd 2,36-37).
Colecta (del Misal Gótico): «Dios de
misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual
de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para
que comprendamos mejor que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos
ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido».
Ofertorio (del misal anterior, retocada con textos
de los Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Recibe, Señor, las ofrendas que (junto con los recién
bautizados) te presentamos y haz que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos
la eterna bienaventuranza».
Comunión: «Trae tu mano y toca la
señal de los clavos; y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya» (Jn 20,27).
Postcomunión (del misal anterior,
retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza
del sacramento pascual que hemos recibido, persevere siempre en nosotros».
Ciclo
A
El acontecimiento pascual y el reencuentro con el
Corazón de Cristo Resucitado rehizo la fe y la vida del colegio apostólico y
puso en marcha la Iglesia de Cristo como comunidad de creyentes reunidos en
torno al Señor Jesús, viviente de nuevo en su Palabra y en su Eucaristía. Los
neófitos dejaron ayer las túnicas bautismales.
–Hechos 2,42-47: Los creyentes
vivían unidos y lo tenían todo en común. Por la fuerza de la predicación
apostólica de los primeros testigos de la Resurrección se inició la Iglesia
como comunidad de fe y de amor entre los hombres. Es el primer diseño de la
Iglesia, fundada en la fe y en la Eucaristía. San Cipriano dice:
«Esta
unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo... Quien no
guarda esta unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe?
Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro,
sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia?
(Sobre la unidad de la Iglesia 3,2)
–Sal. 117. Salmo responsorial como en
el Domingo de Resurrección.
–1 Pedro 1,3-9: Por la resurrección
de Cristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. San Pedro proclama la
grandeza de nuestra vocación cristiana como miembros de la Iglesia, comunidad
de salvación en medio del mundo por la fe en Cristo. Afirma, sobre el nuevo
nacimiento San Hipólito:
«El
que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se
adhiere a Cristo; reniega al enemigo del género humano y profesa su fe en la
divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de
hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos
de justicia y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de
Dios y coheredero de Cristo» (Sermón sobre la Teofanía).
–Juan 20,19-31: A los ocho días se
les apareció el Señor. Es el texto evangélico para los tres ciclos y
presenta la primera comunidad eclesial surgida de la Pascua. Comunidad de
creyentes, reunidos para iniciar su misión de testigos, por la fe, del
acontecimiento de la Resurrección de Cristo. Nos fijamos aquí en la duda de
Santo Tomás, comentada por San Gregorio Magno:
«Sólo Tomás, llamado el Mellizo, estaba
ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le
contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su
costado para que lo palpe, le enseña las manos y, mostrándole la cicatriz de
sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados,
lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas
estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviese primero ausente, que luego
al venir oyese, que al oir dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?
«Todo
esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó
en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al
palpar las heridas del cuerpo de su Maestro, curó las heridas de nuestra
incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que
la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho
de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe.
«De
este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en
testigo de la realidad de la resurrección... Teniendo ante sus ojos a un hombre
verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada... “Dichosos los que
crean sin haber visto”: en esta sentencia el Señor nos designa especialmente a
nosotros. Con tal que las obras acompañen nuestra fe» (Homilía 26 sobre los
Evangelios).
Ciclo
B
El acontecimiento pascual, Muerte y Resurrección del
Señor, rehizo la fe del Colegio apostólico y puso en marcha la obra de Cristo,
que es la Iglesia como comunidad de creyentes reunidos en Cristo, vivientes de
su Palabra y de su Eucaristía.
–Hechos 4,32-35: Todos pensaban y
sentían lo mismo. Por la fuerza de la predicación apostólica de los
primeros testigos de la Resurrección se inició la Iglesia, como comunidad de fe
y de amor entre los hombres. San Fulgencio de Ruspe dice:
«Dios,
al conservar en la Iglesia la caridad que ha sido derramada en ella por el
Espíritu Santo, convierte a esta misma Iglesia en un sacrificio agradable a sus
ojos y le hace capaz de recibir siempre la gracia de esa caridad espiritual,
para que pueda ofrecerse continuamente a Él como una ofrenda viva, santa y
agradable» (Lib. 3,11-12).
–Salmo responsorial 117.
–1 Juan 5,16: Todo el que ha nacido
de Dios vence al mundo. La vida de fe iniciada por el bautismo y vivificada
por la Eucaristía, es la clave que da autenticidad a nuestra condición de hijos
de Dios en medio del mundo. San Atanasio así lo manifiesta:
«Siempre resultará provechoso esforzarse en
profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y de la fe de
la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron
los apóstoles y la conservaron los Santos Padres. En ella, efectivamente, está
fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquél que se aparta de esta fe deja
de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal» (Carta I a Serapión
28-30).
–Juan 20, 19-31. Ver Ciclo A.
Ciclo
C
Concluimos la octava de Pascua. La liturgia nos ha
hecho vivir intensamente el gozo y la alegría de ser de Cristo, el que murió y
resucitó por nosotros. Desde ahora, a lo largo del tiempo pascual, el
pentecostés de alegría aleluyática, la Iglesia en su liturgia irá desentrañando
en nuestra conciencia el Misterio de Cristo resucitado y de su Iglesia, en la
que nos integramos por el bautismo. Hemos de ser responsables de estas sagradas
realidades, realizadas en la historia de la salvación y en nuestra propia vida.
–Hechos 5,12-16: Crecía el número
de los creyentes. En torno a los Apóstoles comienza a formarse la primera
comunidad eclesial, avalada por la fe en la resurrección del Señor Jesús. No
tiene fronteras, como explica San Cirilo de Jerusalén:
«La
Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de
la tierra, de uno a otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto
enseña todas las verdades de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate
de las cosas visibles o invisibles, terrenas o celestiales; también porque
induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los
simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque
cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos cuantos los
externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en
hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales» (Catequesis
18,23-25).
–Apocalipsis 1,9-11.12-13.17-19:
Estaba muerto y ya ves que vive por los siglos. El triunfo de Jesús sobre
la vida y la muerte sigue siendo el gran acontecimiento, que mantiene eficaz la
fe y la esperanza de la Iglesia. La resurrección de Jesucristo es la fianza y
la prueba infalible de nuestra esperanza, el firme apoyo de nuestra fe, la
garantía más segura de que nosotros hemos sido redimidos, de que somos llamados
a la vida eterna. Estaba muerto, pero ha resucitado para ser nuestra vida y
Pontífice intercesor ante el Padre.
–Juan 20,19-31. Ver Ciclo A.
Entrada: «Cristo, una vez resucitado
de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.
Aleluya» (Rom 6,9).
Colecta (tomada del Sacramentario de
Bérgamo): «Dios todopoderoso y eterno, que nos permites que te llamemos
Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos
alcanzar la herencia prometida».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las
ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo
nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «Jesús se puso en medio de
sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya» (Jn 20,19).
Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a
tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna,
concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 4,23-31: Al terminar la
oración, los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la
Palabra de Dios. Después de la liberación de Pedro y de Juan, la comunidad
cristiana ora rememorando las palabras del Salmo 2, interpretadas como una
profecía de la pasión y de la resurrección del Mesías. Se trata de la primera
oración comunitaria de la Iglesia. La persecución provoca y acentúa una mayor
unión de sentimientos y el recurso a Dios, que escucha la súplica de la Iglesia
reunida. En la acción eucarística, al hacer presente la actuación salvífica de
Dios en Cristo, pedimos y recibimos la fuerza del Espíritu, que se ha de
manifestar en el testimonio valiente de nuestras palabras y de nuestras obras.
San Agustín habla muchas veces sobre la oración
pública y privada, sobre sus cualidades y eficacia:
«Cuando nuestra oración nos es escuchada es
porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos
malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos
mal, con poca fe y sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque
pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para
nosotros» (La Ciudad de Dios 20,22).
«Hablar mucho en la oración es como tratar un
asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio,
prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la
puerta de Aquél que nos escucha. Porque con frecuencia la finalidad de la
oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones
verbales» (Carta 130 a Proba).
–Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre,
lleva a plenitud el significado del salmo 2. Todo se lo ha dado el Padre. Su
herencia: las naciones; su posesión: los confines de la tierra. Él intercede
por nosotros como Pontífice supremo de nuestra fe. Es el Mediador y presenta al
Padre nuestra oración. Con el Salmo 2 cantamos a la grandeza de
Jesucristo:
«¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos
planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías: “Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo”.
El que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos. Luego les habla
con ira, los espanta con su cólera: “Yo mismo he establecido a mi rey en Sión,
en mi monte santo”. Voy a proclamar el decreto del Señor: Él me ha dicho: “Tú
eres mi Hijo. Yo te he engendrado hoy; pídemelo: te daré en herencia las
naciones; en posesión, los confines de la tierra. Los gobernarás con cetro de
hierro, Los quebrarás como jarro de loza”».
–Juan 3,1-8: El que no nazca del
agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Jesús manifiesta a
Nicodemo el misterio del bautismo, como nuevo nacimiento a la vida divina y
como entrada en el Reino de Dios. Todo está relatado en orden al Bautismo.
Comenta San Juan Crisóstomo:
«En adelante nuestra naturaleza es concebida
en el cielo con Espíritu Santo y agua. Ha sido elegida el agua y cumple
funciones de generación para el fiel... Desde que el Señor entró en las aguas
del Jordán, el agua no produce ya el bullir de animales vivientes (Gén 1,20),
sino de almas dotadas de razón, en las que habita el Espíritu Santo» (Homilía
sobre el Evangelio de San Juan 26,1).
Y San Agustín:
«No conoce Nicodemo otro nacimiento que el de Adán y Eva, e ignora el que se origina de Cristo y de la Iglesia. Sólo entiende de la paternidad que engendra para la muerte, no de paternidad que engendra para la vida. Existen dos nacimientos; mas él sólo de uno tiene noticia. Uno es de la tierra y otro es del cielo; uno de la carne y otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad... Los dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir» (Tratado 11,6 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Con alegría y regocijo
demos gloria a Dios, porque el Señor ha establecido su reinado. Aleluya» (Ap
19, 7.6).
Colecta (del Gelasiano): «Te
pedimos, Señor, que nos hagas capaces de anunciar la victoria de Cristo
resucitado; y pues en ella nos has dado la prenda de los dones futuros, haz que
un día los poseamos en plenitud».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante»
Comunión: «Era necesario que el
Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos, para entrar en su gloria.
Aleluya» (cf. Lc 24,46.26).
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar
nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías
eternas».
–Hechos 4,32-37: Los creyentes
todos pensaban y sentían lo mismo. En los resúmenes de la acción pastoral
de los Apóstoles y primeros discípulos se manifiesta de un modo especial el
mensaje de Cristo muerto y resucitado y la unión de mente y corazón que existía
entre ellos y los fieles, en toda la Iglesia. Comenta Tertuliano:
«Es norma general que toda cosa debe ser
referida a su origen, y, por esto, toda la multitud de comunidades son una con
aquella primera Iglesia fundada sobre los Apóstoles, de la que proceden todas
las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto
que todas juntas forman una sola. De esta unidad son pruebas la comunión y la
paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo
lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición
apostólica» (Sobre la prescripción de los herejes, 20).
San
Cipriano dice:
«Tenemos
que mantener y defender esta unidad, sobre todo los obispos, que tenemos la
presidencia de las Iglesias... Nadie engañe a la comunidad de hermanos con una
mentira, nadie deforme la verdad de la fe con una deformación infiel... La
Santa Iglesia es una sola... Lo mismo que el sol tiene muchos rayos, pero una
sola luz, y el árbol tiene muchas ramas, pero un tronco único al que profundas
raíces dan posición fija, y lo mismo que de una fuente saltan muchos arroyos,
así la unidad es conservada en el origen, aunque parezca que de ella brota una
pluralidad en rica abundancia» (Sobre la unidad de la Iglesia,6).
–¡El Señor reina! Ha triunfado de la muerte y
es el Señor del mundo y de la historia. Y reinará para siempre, porque su trono
es eterno. El cristiano camina hacia la consumación de ese reinado y por eso,
no obstante las dificultades, la persecución, la Iglesia unida en oración grita
esperanzada: ¡El Señor reina!. Así lo proclamamos nosotros con el Salmo
92: «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de
poder. Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre y
tú eres eterno. Tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de
tu casa, Señor, por días sin término».
–Juan 3,11-15: Nadie ha subido al
cielo sino el Hijo del Hombre, el que bajó del cielo. Si Jesús puede
otorgar a Nicodemo el conocimiento de las realidades divinas, es porque viene
de Dios. Sólo Él podrá volver un día junto al Padre, después de que sea elevado
sobre la tierra. La prueba principal de su bajada es su elevación
en la Cruz. El que así lo contempla tendrá la vida como los israelitas en el
desierto aseguraban sus vida contemplando la serpiente de bronce elevada por
Moisés... Comenta San Agustín:
«¿Qué es la serpiente en lo alto levantada? La muerte del Señor en la Cruz. Porque la muerte es la serpiente, por su efigie fue simbolizada. La mordedura de la serpiente es mortal. La muerte del Señor es vital. Se mira a la serpiente para aniquilar el poder de la serpiente... Pero, ¿qué muerte es ésta? Es la muerte de la vida; y porque se puede decir, es admirable lo que se dice... ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo está en la Cruz. ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo está en la muerte. Pero en la muerte de Cristo encontró la muerte su muerte. Porque la Vida muerta mató a la muerte; la plenitud de la vida se tragó la muerte... Los que miran con fe la muerte de Cristo quedan sanos de las mordeduras de los pecados» (Tratado 12,12 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Te daré gracias entre las
naciones, Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50; 12.23).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano): «Al revivir nuevamente este año el misterio pascual, en el
que la humanidad recobra la dignidad perdida y adquiere la esperanza de la
resurrección futura, te pedimos, Señor de clemencia, que el misterio celebrado
en la fe se actualice siempre en el amor».
Ofertorio: «Oh Dios, que por el
admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad;
concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que
conocemos».
Comunión: «Dice el Señor: “Yo os he
escogido sacándoos del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto y
vuestro fruto dure”. Aleluya» (cf. Jn 15, 16.19).
Postcomunión: «Ven, Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has
iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida
de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
–Hechos
5,17-26: Los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en
el Templo y siguen enseñando al pueblo. Por segunda vez son detenidos los
apóstoles, pero se ven libres de la prisión de modo milagroso. Los apóstoles
son fieles al mandato de Jesucristo de predicar la buena nueva, aunque los
persigan y encarcelen. La Palabra de Dios triunfa siempre. En los Apóstoles
triunfa Cristo, que los llena de su fortaleza. Siempre ha sido así.
Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«Muchas
son las olas que nos ponen en peligro y una gran tempestad nos amenaza; sin
embargo, no tememos ser sumergidos, porque permanecemos de pie sobre la roca.
Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas
nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte?
Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es
la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al
mundo, de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es
temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las
riquezas. No tengo deseos de vivir si no es para vuestro bien espiritual. Por
eso os hablo de lo que ahora sucede, exhortando vuestra caridad a la confianza»
(Homilía antes del exilio 1-3).
–Todas las aflicciones del hombre son pequeñas
muertes. Pero la muerte ha sido vencida, por eso el Apóstol puede clamar con
esperanza, lleno de fortaleza, desde lo más profundo de su contradicción, de su
dolor, de su propia miseria. Lo decimos con el Salmo 33: «Bendigo
al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se
gloría en el Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me
respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha
y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y
los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él».
–Juan 3, 16-21: Dios mandó su Hijo
al mundo para que el mundo se salve por Él. La fe en Cristo Jesús supone
aceptarlo como el único Salvador; vivir en la Luz, es decir, en la práctica de
las obras buenas, hechas según el mandato del Señor. Esto tiene como
consecuencia la salvación, que es iluminación y manifestación de que las obras
están hechas según Dios. Lo contrario es no creer, es la condenación, es no
tener a Cristo como Salvador. Comenta San Agustín:
«Amaron las tinieblas más que la luz... Muchos hay que aman sus pecados y muchos también que los confiesan. Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios reprueba tus pecados... Deshaz lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas tu obra y que ames en ti la obra de Dios. Cuando empiezas a desterrar lo que hiciste, entonces empiezan tus obras buenas, porque repruebas las tuyas malas. El principio de las obras buenas es la confesión de las malas. Practicas la verdad y vienes a la luz. ¿Qué es practicar la verdad? No halagarte, ni acariciarte, ni adularte tú a ti mismo, ni decir que eres justo, cuando eres inicuo. Así es como tú empiezas a practicar la verdad, así es como vienes a la Luz» (Tratado 12 sobre el Evangelio de San Juan 13).
Entrada: «Oh Dios, cuando salías al
frente de tu pueblo y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra
tembló, el cielo destiló. Aleluya» (cf. Sal 67,8-9.20).
Colecta (compuesta con textos de los
Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que los dones
recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida».
Ofertorio: «Que nuestra oración,
Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así,
purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos
de tu amor»
Comunión: «Sabed que estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 28,20).
Postcomunión: «Dios Todopoderoso y
eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida
eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que
el alimento de salvación que acabamos de
recibir fortalezca nuestra vida».
–Hechos 5,27-33: Testigo de esto
somos nosotros y el Espíritu Santo. El Consejo y los sacerdotes se
inquietan ante la obstinación de los Apóstoles en hablar de Jesús de Nazaret. Y
le mismo interrogatorio ofrece a los Apóstoles ocasión para proclamar una vez
más el mensaje fundamental del cristianismo: «Cristo muerto y resucitado. De Él
viene toda la salvación». Los Apóstoles eran consecuentes con su fe y la
vocación a la que habían sido llamados, sin importarles que esto fuese mal
visto de los demás. Esto mismo decía San Juan Crisóstomo en el siglo V:
«Lo
que hay que temer no es el mal que digan contra nosotros, sino la simulación de
nuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados.
Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después
oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y
escocer a los que llevan una vida de molicie. Por tanto, estas maledicencias
son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán pruebas de vuestra
firmeza. Mas, si por el temor de ellas, cedéis en la vehemencia conveniente,
peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y
os despreciarán; en esto consiste en ser pisoteados por la gente» (Homilía
sobre San Mateo 15).
Por eso dice San Gregorio Magno:
«Así
como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su
error a quienes pudieran haber sido adoctrinados» (Regla Pastoral 2).
–Jesús pasó por la Cruz para llegar a la
Resurrección. Es necesario que el grano de trigo muera para que pueda dar
fruto. Los sufrimientos de todo apóstol, de todo creyente, pues todos hemos de
ser apóstoles en nuestro ambiente, están marcados con vida. El Señor está cerca
de los que sufren. Así nos lo dice el Salmo 33: «Bendigo al Señor
en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Gustad y ved qué bueno es
el Señor, dichoso el que se acoge a Él. El Señor se enfrenta con los
malhechores para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita el Señor lo
escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor».
–Juan 3,31-36: El Padre ama al Hijo
y todo lo ha puesto en sus manos. El que es de la tierra se opone a Cristo,
que procede del cielo y da testimonio de cuanto ha visto. El que cree en el
Hijo posee la vida eterna. Hay que defender la fe no obstante los
contradictores y las dificultades de propios y extraños. San Agustín advierte:
«En
otros tiempos se incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra
época se enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se
enseña; entonces se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre
insinuante y rondando, difícilmente se le advierte. Es cosa sabida de qué modo
se violentaba entonces a los cristianos a negar a Cristo; procuraban atraerlos
así para que renegasen; pero ellos, confesando a Cristo, eran coronados. Ahora
se enseña a negar a Cristo y, engañándoles, no quieren que parezca que se les
aparta de Cristo» (Comentario al Salmo 39).
«Como ciego que oye las pisadas de Cristo que pasa, le llamo... pero cuando haya comenzado a seguir a Cristo, mis parientes, vecinos y amigos comienzan a bullir. Los que aman el siglo se me ponen enfrente: “¿Te has vuelto loco? ¡Qué extremoso eres! ¿Por ventura los demás no son cristianos? Esto es una tontería. Esto es una locura”. Y cosas tales clama la turba para que no sigamos llamando al Señor los ciegos» (Sermón 88).
Entrada: «Con tu sangre, Señor, has
comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de
ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Apoc 5,9-10).
Colecta (del misal anterior, y antes
del Gregoriano): «Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo,
quisiste que tu Hijo muriera en la Cruz; concédenos alcanzar la gracia de la
resurrección».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad
las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de
tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».
Comunión: «Cristo nuestro Señor fue
entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.
Aleluya» (Rom 4,25).
Postcomunión: «Dios todopoderoso, no
ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos
sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
resurrección».
–Hechos 5,34-42: Salieron contentos
de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Una notable
intervención de Gamaliel –el maestro de Saulo– inclina a los sanedritas a dar
libertad a los Apóstoles. Pero, no obstante esto, fueron azotados y amenazados.
Sin embargo, ellos salieron gozosos por haber sufrido a causa del nombre de
Jesús. La situación es dispar: para los judíos sanedritas el nombre de Jesús se
convierte en causa de rabia, fracaso, envidia y venganza; pero para los fieles
seguidores de Cristo es fuerza, valentía, liberación y gozo en el sufrir por
Él. El sentido de la alegría de los Apóstoles por padecer por Cristo nos lo da
Juan Pablo II:
«La
alegría cristiana es una realidad que no se puede describir fácilmente, porque
es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que
Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de
experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz,
abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esa alegría que nace de la fe en
Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaros a
gozar de esta alegría!» (Alocución de
24-III-1979)
–El cristiano es hombre que vive su presente
proyectado hacia el futuro; salvación consumada que es vida eterna. Gozo de
esperar la patria celeste. Espera vivida con la ayuda del Señor. Así lo
proclamamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del
Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su
Templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el
Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor».
–Juan 6,1-15: Jesús repartió los
panes; todo lo que quisieron. La multiplicación de los panes y de los peces
renueva el prodigio del maná en el desierto; Jesús se muestra en el presente
caso como un nuevo Moisés, a quien aventaja en todo. Pero el milagro conecta
también con la Última Cena y con las comidas con el Resucitado. La consignación
de este episodio por seis veces en los cuatro Evangelios, evidencia el
entusiasmo que debió despertar en la catequesis primitiva, sin duda por el
valor simbólico que esta multiplicación tuvo desde muy pronto. Comenta San
Agustín:
«Ciertamente
es mayor milagro el gobierno de todo el
mundo que la alimentación de cinco mil hombres con cinco panes. Y con todo de
aquello nadie se admira. De esto nos admiramos, no porque sea mayor, sino
porque es rara. Y a la verdad, ¿quién ahora alimenta a todo el mundo sino Aquél
que con pocos granos produce los alimentos? Jesucristo obró, pues, como Dios.
Con el mismo poder con que multiplica pocos granos produciendo las mieses, hizo
que en sus manos se multiplicasen los cinco panes. El poder estaba en las manos
de Cristo. Aquellos cinco panes eran como semillas, no puestas en la tierra,
sino multiplicadas por Aquél que hizo la tierra. Presentó, pues, este milagro a
nuestros sentidos para ejercitar nuestra mente. Quiso que admirásemos al Dios
invisible a través de sus obras visibles, a fin de que, robustecidos en la fe y
purificados por ella, deseáramos ver a aquel Dios cuya invisible realidad nos
manifiestan las cosas visibles... Preguntemos a los mismos milagros qué nos
predican de Cristo, pues también ellos tienen un lenguaje para quien sabe
comprenderlos. En efecto, siendo Cristo el Verbo de Dios, todo lo que hace el
Verbo es también una Palabra para nosotros» (Tratado 24 sobre el
Evangelio de San Juan).
Entrada: «Pueblo adquirido por Dios,
proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su
luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano y del Gregoriano): «Señor, tú que te has dignado redimirnos y has
querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que
cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la
herencia eterna».
Ofertorio: «Santífica, Señor, con tu
bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a
nosotros transfórmanos en oblación perenne».
Comunión: «Padre, este es mi deseo:
“que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen la gloria
que tú me has dado”. Aleluya» (Jn 17,24).
Postcomunión: «Después de recibir los
santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta Eucaristía,
celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 6,1-7: Eligieron siete
hombres llenos del Espíritu Santo. La elección de los siete abre un nuevo
apartado de los Hechos de los Apóstoles, en el que ocupan el primer plano
cristianos procedentes de mundo griego. Tendrán éstos una parte importante y
activa en la difusión misionera del cristianismo entre las naciones paganas. Al
frente de los siete, consagrado por la imposición de las manos, destaca
Esteban. Aparece así un embrión de
estructura eclesial, fundada en el servicio y en el amor. Es muy expresivo lo
que dicen los Apóstoles: «nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio
de la Palabra». Es todo un programa de apostolado. Sin vida interior, sin
oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín:
«Al
hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente,
con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que
lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias.
Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de
oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de
comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de
lo que bebió y exhalar de lo que se llenó» (Sobre la Doctrina Cristiana,
4). Y también: «Si no arde el ministro de la Palabra, no enciende al que le
predica» (Sermón 21)
–Jesús resucitado es signo manifiesto de que Dios
quiere salvarnos de todo lo que es negativo en nuestra vida. Se nos exige una
confianza absoluta en la misericordia del Señor. Así nos lo dice el Salmo
32: «Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo
esperamos de Él». A esto se llega por medio de la oración
constante: «Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los
buenos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez
cuerdas. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; El
ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del
Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para
librar sus vidas de la muerte, y reanimarlos en tiempo de hambre».
–Juan 6,16-21: Vieron a Jesús
andando sobre el lago. Lo mismo que la multiplicación de los panes,
manifiesta su dominio sobre los elementos y prepara a sus discípulos para
recibir la doctrina del Pan de la vida. Con sus prodigios Jesús busca el bien
de la gente que lo contempla. Así lo afirma Orígenes:
«Mas
Jesús llevaba, por los milagros que hacía, a los que contemplaban aquel hermoso
espectáculo a que mejorasen en sus costumbres. ¿Cómo no pensar entonces en que
se ofrecía a sí mismo como ejemplo de la vida más santa, no sólo ante sus
auténticos discípulos, sino también ante los otros? Ante sus discípulos, para
moverlos a enseñar a los hombres conforme a la voluntad de Dios; ante los
otros, para que enseñados a la par por la doctrina, vida y milagros cómo habían de vivir, todo lo
hicieran con intención de agradar a Dios sumo» (Contra Celso 1,68),
Los milagros han continuado durante toda la vida de la Iglesia hasta nuestros días. No hay beatificación ni canonización sin verdaderos milagros, muy comprobados minuciosamente.
Domingo III
Entrada: «Aclamad al Señor tierra
entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya» (Sal
65,1-2).
Colecta (compuesta con textos del
Veronense, Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Que tu pueblo, Señor,
exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la
alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de
resurrección gloriosamente».
Ofertorio (del Misal anterior,
retocada con textos de los Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Recibe,
Señor, las ofrendas de su Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección
de su Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este
gozo eterno».
Comunión: Año A: «Los discípulos
conocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya» (Lc 24,35). Año B: «Así estaba escrito: el Mesías
padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se
predicará la conversión de los pecados a todos los pueblos. Aleluya» (Lc
24,46-47). Año C: «Jesús dice a sus
discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (Jn 21,12-13).
Postcomunión (compuesta con textos del
Veronense, Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Mira, Señor, con
bondad a tu pueblo y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de
vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
Ciclo
A
La Iglesia en su liturgia nos sigue mostrando su
gozo por la resurrección del Señor, como lo tuvo la primitiva comunidad
cristiana, que tomó en serio todo el significado de esa resurrección. También
nosotros hemos de corresponder con una fe profunda y vivificante.
–Hechos 2,14.22-28: No era posible
que la muerte lo retuviera bajo su dominio. Pedro fue el primero en
proclamar ante el mundo el hecho de la resurrección del Señor. Así lo hace hoy
para nosotros en la primera lectura de este Domingo.
–Y lo corrobora con textos del Salmo 15,
que utiliza como Salmo responso-rial: «Tengo siempre presente al Señor, con
Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua
y mi carne descansa serena, porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu
fiel conocer la corrupción. Me has ensanchado el sendero de la Vida. Me
saciarás de gozo en tu presencia». San Juan Crisóstomo comenta:
«¡Admirad
la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar
la palabra en nombre de todos! Pedro eleva su voz y habla a la muchedumbre con
intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu
Santo... Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre
un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en
contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego
que le devora» (Homilía sobre los Hechos 4).
–1 Pedro 1,17-21: Habéis sido
redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto. También es Pedro
quien continúa emplazándonos a vivir en serio el Misterio de la Resurrección
del Señor, como exigencia de vida nueva en cuantos hemos sido redimidos.
Melitón de Sardes adora el Misterio de la Pascua de Cristo:
«Este
es el Cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la
hermosa Cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte,
inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquél que no fue quebrantado en
el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los
muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro» (Homilía
sobre la Pascua 71).
–Lucas 24,13-35: Lo reconocieron al
partir el pan. Como en Emaús, la presencia de Cristo rehace de nuevo la fe
vacilante y desconcertada de cuantos aún no han alcanzado a vivir la alegría
santificadora de la resurrección. San León Magno explica el profundo cambio que
experimentan los discípulos, en sus mentes y corazones:
«Durante
estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de
camino y les reprendió por su resistencia en creer, a ellos que estaban temerosos
y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por
Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en
ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción
del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus
ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza
glorificada» (Sermón 73).
Nuestro reencuentro con Cristo resucitado debe dar
sentido evangélico a toda nuestra vida. En la medida en que seamos conscientes
de nuestra unión responsable con Cristo, el Señor, estaremos en actitud de ser
testigos de su obra redentora en medio de los hombres, con nuestras palabras,
pero sobre todo con nuestra vida.
Ciclo
B
Centramos nuestra atención en Cristo muerto y
resucitado. Los textos bíblicos y litúrgicos nos hablan de Él. Esto nos ayuda a
tomar conciencia de los frutos de conversión santificadora que en nuestras
vidas debió producir la Cuaresma. Esto es lo que nos ayuda a vivir la vida del
Resucitado, una vida nueva de constante renovación espiritual. Esto no deben
experimentarlo solamente los recién bautizados, sino también todos los demás,
porque la renovación pascual ha de revivir en todos nosotros la responsabilidad
de elegidos en Cristo y para Cristo por la santidad pascual.
–Hechos 3,13-15.17-19: Matasteis al
autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Pedro
inaugura la misión de la Iglesia, proclamando valientemente la necesidad de la
conversión para responder al designio divino de salvarnos en Cristo Jesús,
muerto y resucitado por nosotros. Comenta San Juan Crisóstomo:
«San
Pedro les dice que la muerte de Cristo era consecuencia de la voluntad y
decreto divinos. ¡Ved este incomprensible y profundo designio de Dios! No es
uno, son todos los profetas a coro quienes habían anunciado este misterio.
Pero, aunque los judíos habían sido, sin saberlo, la causa de la muerte de
Jesús, esta muerte había sido determinada por la Sabiduría y la Voluntad de
Dios, sirviéndose de la malicia de los judíos para el cumplimiento de sus
designios. El Apóstol nos lo dice: “aunque los profetas hayan predicho esta muerte y vosotros la hayáis
hecho por ignorancia, no penséis estar enteramente excusados”. Pedro les dice
en tono suave: “Arrepentíos y convertíos”. ¿Con qué objeto? “Para que sean
borrados vuestros pecados. No sólo vuestro asesinato en el cual interviene la
ignorancia, sino todas las manchas de vuestra alma”» (Homilía sobre los
Hechos 9).
–Con el Salmo 4 proclamamos: «Haz
brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro. Escúchame cuando te invoco,
Dios mío, tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi
oración. Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará
cuando lo invoque. Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha, si la
luz de tu rostro ha huido de nosotros”. En paz me acuesto y enseguida me
duermo, porque Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo».
–1 Juan 2,1-5: Él es víctima de
propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero. Si realmente
el Misterio Pascual ha prendido en nuestra vida, lo evidenciará nuestra
renuncia real al pecado y nuestra fidelidad amorosa a la Voluntad divina. Tal
vez uno de los textos más expresivos y valioso de la mediación e intercesión de
Cristo ante el Padre como Supremo Pontífice de nuestra fe lo encontremos en los
escritos de Santa Gertrudis:
«Vio
la santa que el Hijo de Dios decía ante el Padre: “¡Oh, Padre mío, único y
coeterno y consustancial Hijo! Conozco en mi insondable Sabiduría toda la
extensión de la flaqueza humana mucho mejor que esta misma criatura y que toda
otra cualquiera. Por eso me compadezco de mil maneras de esa flaqueza. En mi
deseo de remediarla, os ofrezco, santísimo Padre mío, la abstinencia de mi
sagrada boca para reparar con ella las palabras inútiles que ha dicho esta
elegida”...» [Y así va enumerando diversos ofrecimientos y reparación y sigue:]
“Finalmente, ofrezco, Padre amantísimo a Vuestra Majestad mi deífico Corazón
por todos los pecados que ella hubiere cometido”» (Legatus IV,17).
–Lucas 24,35-48: Así estaba
escrito: El Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.
La realidad de Cristo crucificado compromete a toda la Iglesia en la misión de
proclamar la necesidad de la conversión a Cristo y a su Evangelio, para que los
hombres puedan alcanzar su salvación. Oigamos a San Ignacio de Antioquía:
«Pues
yo sé y creo que después de su resurrección Él existe en la carne. Y cuando
vino a los que estaban alrededor de Pedro, les dijo: “Tomad y tocadme y ved que
no soy un fantasma incorpóreo” (Lc 24,39). Y seguidamente lo tocaron y
creyeron, fundiéndose con su cuerpo y con su espíritu. Por ello despreciaron la
muerte y estuvieron por encima de la muerte. Después de la resurrección comió y
bebió con ellos como carnal, aunque espiritualmente estaba unido al Padre» (Carta
a los de Esmirna 3,1-3).
Ciclo
C
En la celebración del cincuentenario pascual hemos
de recobrar nuestra conciencia de miembros vivos de la Iglesia, como comunidad
de testigos responsables de la Resurrección y de la obra salvadora de Cristo en
medio del mundo. La liturgia de estos domingo nos ofrece como tema de
meditación el Misterio de la Iglesia, prolongación del Misterio de Cristo, en
el que hemos sido injertados por el bautismo.
–Hechos 5,27-32. 40-41: Testigos de
esto somos nosotros y el Espíritu Santo. Históricamente la Iglesia comenzó
a existir como una pequeña comunidad de testigos de Cristo, dispuestos a
obedecer a Dios antes que a los hombres. Comenta San Juan Crisóstomo:
«Dios
ha permitido que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus
perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban... Los Apóstoles no se irritan
ante los jueces, sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas y sólo
buscan el modo de librarlos del error y de la cólera divina. Están convencidos
de que no hay peligro para quienes temen a Dios, sino para quienes no le temen
y de que es peor cometer injusticia que padecerla» (Homilía sobre los
Hechos 13).
Y más adelante dice:
«Es
verdad que Jeremías fue también azotado a causa de la Palabra de Dios y que
Elías y otros profetas se vieron amenazados, pero aquí los Apóstoles, como
antes por los milagros, manifestaron el poder de Dios. No se dice que no
sufrieron, sino que el sufrimiento les causó alegría. Lo podemos ver por la
libertad que acto seguido usaron: inmediatamente después de la flagelación se
entregaron a la predicación con admirable ardor» (Ibid. 14).
–Con el Salmo 29 decimos: «Te
ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se
rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba
a la fosa. Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su
cólera dura por un instante, su bondad de por vida. Escucha, Señor y ten piedad
de mí, Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré
gracias por siempre».
–Apocalipsis 5,11-14: Digno es el
Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza. Cristo, Cordero
degollado en la Pasión, ha quedado constituido, por la Resurrección, en Señor
de la historia. La Iglesia es el signo y el testigo de su obra entre los
hombres. La escena que nos describe San Juan es de una grandeza admirable.
Cristo, el Cordero que ha sido degollado, recibe juntamente con el Libro, el homenaje
y el dominio de toda la creación.
Es muy significativo que la alabanza de toda la
creación vaya dirigida a Dios y al Cordero indivisiblemente unidos. San Juan
junta las criaturas materiales con los ángeles en la glorificación del Cordero
redentor, a quien atribuyen la bendición, el honor, la gloria y el imperio por
los siglos. En esta doxología de cuatro términos, que toda la creación dirige a
Dios y al Cordero, se descubre una clara alusión a las cuatro partes del
universo: cielo, tierra, mar y abismo, o las cuatros regiones del mundo: norte,
sur, este y oeste. Asociémonos nosotros a esa alabanza con toda nuestra vida.
–Juan 21,1-19: Jesús se acercó,
tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado. Pedro sigue siendo el primer
responsable del Amor y de la presencia viva de Cristo en su Iglesia y entre los
hombres. Sobre esta piedra ha edificado el Señor su Iglesia. Comenta San
Agustín este milagro hecho por Cristo resucitado:
«Los discípulos se marcharon a pescar y en
toda la noche no cogieron nada. Pero el Señor se les apareció de mañana en la
orilla y les preguntó si tenían algo que comer, ellos le contestaron que no.
Entonces les dijo: “Echad las redes a la derecha y encontraréis” (Jn 21,6). Ved
cuánto les otorgó gratuitamente el que aparentemente había venido a comprar,
les dio el producto del mar, creado por Él. ¡Gran milagro sin duda! Echaron las
redes al instante, y captaron tal cantidad de peces que, debido a su número, no
podían sacar las redes. Pero, si consideramos quién es el autor de ese milagro,
deja de causar admiración, pues había hecho ya otros mayores. Pues para quien
con anterioridad había resucitado muertos, no era gran cosa el haber hecho que
se pescaran aquellos peces» (Sermón 252,1).
Entrada: «Ha resucitado el Buen
Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey».
Colecta (del Misal anterior,
retocada con textos del Veranéense, Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que
muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan
volver al camino de la santidad; concede a todos los cristianos rechazar lo que
es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las
ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo
nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «La paz os dejo, mi paz os
doy. No os la doy como la da el mundo, dice el Señor. Aleluya» (Jn 14,27)
Postcomunión: «Dios todopoderoso y
eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida
eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que
el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».
–Hechos 6,8-15: No lograban hacer
frente a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. La posición radical de
Esteban en lo tocante a la ley y al templo recrudecerá la persecución, en
especial en contra de los siete. Se van a repetir las mismas acusaciones que se
emplearon contra Jesús, en un claro paralelismo con su Pasión, demostrado hasta
en el empleo de las mismas palabras. Y de nuevo Dios va a demostrar su fuerza
en los que elige. Su rostro les parecerá como el de un ángel. Muchos
comentaristas han visto en esto una semejanza con Moisés al bajar del monte.
Entre ellos San Juan Crisóstomo, que dice:
«Era
la gracia, era la gloria de Moisés. Me parece que Dios le había revestido de
este resplandor porque quizá tenía algo que decir y para atemorizarlos con su
propio aspecto. Pues es posible, muy posible, que las figuras llenas de gracia
celestial sean amables a los ojos de los amigos y terribles ante los
adversarios» (Homilía sobre los Hechos 15).
–Acertadamente cantamos ahora el Salmo 118,
en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente en todo lo referente a San
Esteban. Una señal de que hemos resucitado con Cristo es nuestra vida
intachable. Renacidos en Cristo por el Espíritu, fortalecidos por el pan que ha
bajado del Cielo y permanece por siempre, cumplimos la voluntad del Padre:
«Dichoso el que camina con vida intachable. Aunque los nobles se sientan a
murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus
decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame
tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas.
Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino
verdadero, deseé tus mandamientos».
–Juan 6,22-29: Trabajad no por el
alimento que perece, sino por el alimento que perdura. Luego de la
multiplicación de los panes, en su ansia por el alimento terreno, la multitud
busca a Jesús. Pero éste les invita a saciarse con un ideal superior, aspirando
a otro manjar que perdura para siempre. Para recibir este alimento es menester
realizar las obras de Dios, es decir, creer en el Enviado. Comenta San Agustín:
«Jesús, a continuación del misterio o
sacramento milagroso, hace uso de la palabra, con la intención de alimentar, si
es posible, a los mismos que ya alimentó; de saciar con su palabra las
inteligencias de aquellos cuyo vientre había saciado con pan abundante, pero es
con la condición de que lo entiendan y, si no lo entienden, que se recoja para
que no perezcan ni las sobras siquiera... “Me buscabais por la carne, no por el
Espíritu”. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios
temporales! Tiene uno un negocio y acude a la mediación de los clérigos; es
perseguido otro por alguien más poderoso que él y se refugia en la iglesia. No
faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tienen
poco crédito.
«En
fin, unos por unos motivos y otros por otros, llenan todos los día la iglesia.
Apenas se busca a Jesús por Jesús... “Me buscabais por algo que no es lo que yo
soy; buscadme a Mí por mí mismo”. Ya insinúa ser Él este manjar, lo que se verá
con más claridad en lo que sigue...Yo creo que ya estaban esperando comer otra
vez pan y sentarse otra vez, y saciarse de nuevo. Pero Él había hablado de un
alimento que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Es el mismo
lenguaje que había usado con la mujer aquella samaritana... Entre diálogos
la llevó hasta la bebida espiritual. Lo mismo sucede aquí, lo mismo
exactamente. Alimento es, pues, éste que no perece, sino que permanece hasta la
vida eterna» (Tratado 25,10-12 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Alabad a nuestro Dios
todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes, porque ya llega la
victoria, el poder y el mando de nuestro Mesías. Aleluya» (APC 19,5;12,10).
Colecta (compuesta con textos de los
Sacramentarios Gelasiano, Gregoriano y
de Bérgamo): «Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han
renacido del agua y del Espíritu. Acrecienta la gracia que has dado a tus
hijos, para que purificados del pecado alcancen todas tus promesas».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las
ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo
nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «Si hemos muerto con
Cristo, creemos que también viviremos con Él. Aleluya» (ROM 6,8).
Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a
tu pueblo, y ya que has querido renovarnos con estos sacramentos de vida
eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 7,51-59: Señor Jesús,
recibe mi espíritu. La defensa de Esteban ante sus acusadores se transforma
en una acusación, ante la incredulidad de los jefes del pueblo, y le acarrea el
martirio por medio de la lapidación. Al morir Esteban ruega al Señor en
términos similares a los que Éste se dirigió al Padre desde la Cruz. Es el
testimonio más antiguo de una oración dirigida a Cristo en la gloria del Padre.
La celebración eucarística configura progresivamente nuestra vida cristiana a
la imagen ideal de Cristo. Al mismo tiempo nos hace testigos del Señor: nos
pone en contacto experiencial con la Palabra de Vida y nos empuja a una
actividad apostólica, fruto de la libertad del Espíritu. Comenta San Efrén:
«Es evidente que los que sufren por Cristo
gozan de la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado
a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles
después de la resurrección. Mientras el Campeón de la fe permanecía sin ayuda
en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar al
primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como
si se animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a
los que van a morir por su causa. Revela, por tanto, lo que ve, es decir, los
cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el
Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el
dolor de Cristo y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el
motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta
visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que
su testimonio fuera más fidedigno» (Sermón sobre los Hechos 7).
–En tus manos encomiendo mi espíritu. Palabra
que en Cristo encuentran plenitud de sentido: el abandono, el sufrimiento, la
confianza, la liberación. Invitación a todos los creyentes a una apertura total
a Dios que revela los prodigios de su misericordia protectora. Por eso
empleamos el Salmo 3, en el que se insertan estas
palabras: «Señor, sé la Roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, Tú
que eres mi Roca y mi baluarte, por tu nombre dirígeme y guíame. A tus manos,
Señor, encomiendo mi espíritu; Tú el Dios leal, me librarás; yo confío en el
Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Haz brillar tu rostro sobre tu
siervo, sálvame por tu misericordia. En el asilo de tu presencia nos escondes
de las conjuras humanas».
–Juan 6,30-35: No fue Moisés, sino
que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Como en otros
pasajes del Evangelio, Jesús hace pasar a sus oyentes del sentido material al
espiritual. De este modo llegamos al culmen de la revelación de Jesús, cuando
éste proclama: «Yo soy el Pan de Vida». Comenta San Ambrosio:
«¿A qué
fin pides, oh judío, que te conceda el pan Aquél que lo da a todos, lo
da a diario, lo da siempre? En ti mismo está el recibir este pan: acércate a
este pan y lo recibirás. De este pan está dicho: “Todos los que se alejan de ti
perecerán” (Sal 72,27). Si te alejares de Él, perecerás. Si te acercares a Él, vivirás.
Este es el pan de la vida; así pues, el que come la vida no puede morir.
Porque, ¿cómo morirá aquél para quien el manjar es la vida? ¿Cómo desfallecerá
el que tuviere sustancia vital?
«Acercaos
a Él y saciaos, porque es pan. Acercaos a Él y bebed, porque es fuente.
Acercaos a Él y seréis iluminados (Sal 33,6), porque es luz (Jn 1,9). Acercaos
a Él y sed libres, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la
libertad (2 Cor 3,17). Acercaos a Él y sed absueltos, porque es perdón de los
pecados (Ef 1,7). ¿Preguntáis quién es éste? Oídle a Él mismo que dice: “Yo soy
el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no
pasará nunca sed” (Jn 6,35). Le oísteis y le visteis y no le creísteis; por eso
estáis muertos; ahora siquiera, creed para que podáis vivir» (Exposición
sobre el Salmo 118,28).
Entrada: «Llena estaba mi boca de tu
alabanza y de tu gloria. Te aclamarán mis labios, Señor. Aleluya» (Sal 70,8.23)
Colecta (compuesta con textos de los
Sacramentarios Gelasiano, Gregoriano y
de Bérgamo): «Ven Señor en ayuda de tu familia, y a cuantos hemos
recibido el don de la fe, concédenos tener parte en la herencia eterna de tu
Hijo resucitado».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención sean también fuente de gozo incesante»
Comunión: «El Señor ha resucitado. Él
nos ilumina a nosotros, los redimidos por su sangre. Aleluya».
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que la participación en los sacramentos de nuestra redención
nos sostenga durante la vida presente, y nos dé las alegrías eternas».
–Hechos 8,1-8: Al ir de un lugar
para otro iban difundiendo la buena noticia. La violencia de la persecución
contra el grupo de Esteban –en la que tuvo parte activa Saulo– obligó a la
dispersión de sus miembros por Samaria, en donde de este modo se expandió el
mensaje cristiano. Felipe, uno de los siete, proclama la Palabra y obra
curaciones. En la celebración eucarística, reunidos en torno al altar del
Señor, proclamamos el mensaje personal que trae Cristo y recibimos la fuerza
del Espíritu, que confirma nuestra unidad eclesial y alienta nuestro testimonio
de vida cristiana.
San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre los
Hechos dice que los cristianos continúan la predicación, en vez de
des-cuidarla. Y San León Magno:
«La
religión, fundada por el misterio de la Cruz de Cristo, no puede ser destruida
por ningún género de maldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones,
antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una
cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados» (Homilía
sobre los Santos Apóstoles Pedro y Pablo).
–La acción redentora de Cristo despliega su poder
salvador en nuestra vida: el cristiano recibe y proclama esta salvación en la
comunidad eclesial. Que toda la tierra aclame al Señor que obra maravillas. Así
lo proclamamos con el Salmo 65: «Aclama al Señor, tierra
entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria; decid a Dios:
“Qué terribles son tus obras. Que se postre ante Ti la tierra entera, que
toquen en tu honor, que toquen para tu nombre”. Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. Transformó el mar en tierra
firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder
gobierna eternamente».
–Juan 6,35-40: La voluntad de mi
Padre es que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna. Tras haberse
manifestado a Sí mismo como Pan de vida, Jesús hace hincapié en la necesidad de
la fe que conduce a la vida eterna y a la futura resurrección. La vida eterna y
la resurrección en el último día son dos aplicaciones concretas del don de la
Vida al creyente. Pero no agotan todo el don de Cristo-Vida. San Agustín
comenta este pasaje evangélico:
«“No
he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Ésta es la
mejor recomendación de la humildad. La soberbia hace su voluntad, la humildad
hace la voluntad de Dios. Por eso, “al que se llega a Mí no lo arrojaré fuera”.
¿Por qué? “No he venido a hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió”.
Yo he venido humilde, yo he venido a enseñar la humildad, yo soy el maestro de
la humildad. El que se llega a Mí se incorpora a Mí; el que se llega a Mí será
humilde, porque no hace su voluntad, sino la de Dios.
«Esa
es la causa de que no se le arroje fuera; estaba arrojado fuera cuando era
soberbio... Se entrega Él mismo al que conserva la humildad y Él mismo lo
recibe; y, en cambio, el que no la conserva está distantísimo del Maestro de la
humildad. “Que no se pierda nada de lo que me dio”. No es, pues, voluntad de mi
Padre que perezca uno solo de estos pequeñuelos. De entre los que se engríen no
dejará de haber alguien que perezca; en cambio, de entre los humildes no se
dará el caso de perecer uno solo... El que se llega a Mí resucita ahora hecho
humilde, como uno de mis miembros; pero yo lo resucitaré también en el día
postrero según la carne» (Tratado 25,16 y 19 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Cantemos al Señor; sublime
es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor. Él fue mi salvación. Aleluya»
(Ex 15,1-2).
Colecta (del Gelasiano): «Dios
Todopoderoso y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado claramente
tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad; concede a quienes
has librado de las tinieblas del error adherirse con firmeza a las enseñanzas
de tu verdad».
Ofertorio: «¡Oh Dios! que por el
admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad;
concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que
conocemos».
Comunión: «Cristo murió por todos,
para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó
por ellos. Aleluya» (2 Cor 5,15).
Postcomunión: «Ven Señor en ayuda de tu
pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que
abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la
novedad de la vida eterna».
–Hechos 8,26-40: Mira, agua. ¿Qué
dificultad hay en que me bautice? Felipe interpreta en favor de un
peregrino llegado a Jerusalén un pasaje del libro de Isaías acerca del Siervo
de Yahvé, mostrándole su cumplimiento en Jesucristo. El etíope recibe el
bautismo y Felipe prosigue su obra de evangelización hasta Cesarea. La
expansión de la Iglesia es obra del Espíritu Santo y se lleva a cabo mediante
el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Él es quien, con su muerte y su
resurrección, ya anunciada proféticamente, ha conseguido la salvación universal
que es la única fuente de alegría. La alegría del recién bautizado es lógica
por las muchas gracias que confiere el bautismo. San Juan Crisóstomo dice:
«Los
nuevos bautizados son libres, santos, justos, hijos de Dios, herederos del
cielo, hermanos y coherederos de Cristo, miembros de su Cuerpo, templos de
Dios, instrumentos del Espíritu Santo... Los que ayer estaban cautivos son hoy
hombres libres y ciudadanos de la Iglesia. Los que ayer estaban en la vergüenza
del pecado se encuentran ahora en la seguridad de la justicia; y no sólo libres
sino santos» (Catequesis bautismales 3,5).
Y San León Magno:
«El
sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables
misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado,
ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento
espiritual» (Carta 31).
–El
creyente puede testimoniar lo que Dios ha hecho con él: le ha devuelto la vida.
Por esto invita a todos los pueblos a que bendigan al Dios que tan
portentosamente le ha salvado y lo hacemos con el Salmo 65:
«Bendecid, pueblo, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas: Porque Él nos ha devuelto la vida y no dejó que
tropezaran nuestros pies. Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que
ha hecho conmigo; a Él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua. Bendito sea Dios,
que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor».
–Juan 6,44-52: Yo soy el Pan vivo
que ha bajado del cielo. El Pan de vida, que es Cristo, hay que comerlo
ante todo con fe. Mas la revelación avanza aún más cuando Jesús afirma que el
pan que Él dará es su propia carne, como sacrificio para la vida del mundo.
Comenta San Agustín:
«El
maná era signo de este pan, como lo era también el altar del Señor. Ambas
cosas eran signos sacramentales: como signos son distintos, más en la
realidad hay identidad... Pan vivo,
porque desciende del cielo. El maná también descendió del cielo; pero el maná
era sombra, éste la verdad... ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de la unidad
y qué vínculo de la caridad! Quien quiere vivir sabe donde está su vida y sabe
de dónde le viene la vida. Que se acerque y que crea, y que se incorpore a este
cuerpo, para que tenga participación de su vida...» (Tratado 26,12 y 15
sobre el Evangelio de San Juan).
Y San Ambrosio:
«Cosa
grande, ciertamente, y de digna veneración, que lloviera sobre los judíos maná
del cielo. Pero, presta atención. ¿Qué es más: el maná del cielo o el Cuerpo de
Cristo? Ciertamente que el Cuerpo de Cristo, que es el Creador del cielo.
Además, el que comió el maná, murió; pero el que comiere el Cuerpo recibirá el
perdón de sus pecados y no morirá para
siempre. Luego, no en vano dices tú “Amén”, confesando ya en espíritu que
recibes el Cuerpo de Cristo... Lo que confiesa la lengua, sosténgalo el afecto»
(Sobre los Sacramentos 24-25).
Entrada: «Digno es el Cordero
degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor,
la gloria y la alabanza. Aleluya» (Apoc 5,12).
Colecta (compuesta con textos del
Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que, ya
que nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo, nos concedas
también que el Espíritu Santo, con su amor, nos haga resucitar a una vida
nueva».
Comunión: «El Señor crucificado
resucitó de entre los muertos y nos rescató. Aleluya».
Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu
bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a
nosotros transfórmanos en oblación perenne».
Postcomunión: «Después de recibir los
santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía,
celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 9,1-10: Este hombre es un
instrumento elegido por Mí para dar a conocer mi nombre a los pueblos.
Saulo es llamado misteriosamente por Dios a convertirse en uno de los grandes
apóstoles de la religión de Jesús a la que perseguía. La conversión de Saulo es
una verdadera vocación a ser primero discípulo de Cristo y luego un gran
apóstol de su mensaje de salvación. Esto es uno de los acontecimientos más
grandes de la historia de la Iglesia. Un instrumento elegido por Dios para ser
el apóstol de todos los siglos. Él murió, pero sus Cartas siguen proclamando
ese mensaje salvífico de Jesucristo. San Juan Crisóstomo dice del apóstol:
«Qué
es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos
colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor
elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era
cada vez mayor su empuje... En medio de las asechanzas de sus enemigos, habla
en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus
perseguidores, y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y
maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da
gracias a Dios... Imbuido en estos sentimientos, se lanzaba a las
contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación con un ardor
superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando
la muerte más que nosotros la vida; la pobreza más que nosotros las riqueza...
«Por
esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios y, lo que era para
él más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba
el más dichoso de todos; sin esto le era indiferentes los poderosos y los
príncipes; prefería ser con este amor, el último de todos... Para él, el
tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor; para
él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito
e intolerable» (Homilía 2 sobre las alabanzas de Pablo).
–Por eso lo mejor que podemos hacer es cantar con el
Salmo 116: «Alabad al Señor todas las naciones, celebradlo todos
los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad permanece por
siempre».
–Juan 6,53-60: Mi carne es
verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Respondiendo a la
admiración de sus oyentes, Jesús afirma con claridad: si uno quiere poseer la
vida ha de comer su carne y beber su sangre. El maná del desierto fue importante,
pero mucho más lo es el alimento eucarístico que da la vida eterna. Comenta San
Agustín:
«Lo que buscan los hombres en la comida y en
la bebida es apagar el hambre y la sed, mas esto no lo logra de verdad sino
este alimento y bebida que a los que lo toman hace inmortales e incorruptibles,
en la sociedad misma de los santos, donde existe una paz y unidad plena y
perfectas... Comer aquel manjar y beber
aquella bebida es lo mismo que permanecer en Cristo y tener a Jesucristo que
permanece en sí mismo. Y, por eso, quien no permanece en Cristo y en quien
Cristo no permanece, es indudable que no come ni bebe espiritualmente su cuerpo
y su sangre, aunque materialmente y visiblemente toque con sus dientes el
sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: sino antes, por el contrario,
come y bebe para su perdición el sacramento de la realidad tan augusta, ya que,
impuro y todo, se atreve a acercarse a los sacramentos de Cristo, que nadie
puede dignamente recibir sino los limpios...» (Tratado 26 sobre el Evangelio
de San Juan 17-18).
Entrada: «Por el Bautismo fuísteis
sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creido en la
fuerza de Dios que lo resucitó. Aleluya» (Col 2,12).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano y del Gregoriano): «Oh Dios, que has renovado por las aguas
del bautismo a los que creen en ti, concede tu ayuda a los que han renacido en
Cristo, para que venzan las insidias del Mal y permanezcan siempre fieles a los
dones que de Ti han recibido».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de
tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y
descubra los que permanecen para siempre».
Comunión: «Padre, por ellos ruego,
para que todos sean uno en nosotros, y así crea el mundo que tú me has enviado,
dice el Señor. Aleluya» (Jn 17,20-21).
Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no
ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos
sido redimidos por la pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
resurrección».
–Hechos 9,31-42: La Iglesia se iba
construyendo y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo. La actividad
apostólica de Pedro se desarrolla en un principio dentro de un período de paz
para la Iglesia. El Apóstol cura a un paralítico de Lidia y resucita a una
mujer en Jafa, provocando con ello nuevas conversiones. La asamblea eucarística
realiza y construye continuamente la comunidad de salvación, que es la Iglesia.
En ella encontramos la paz del Espíritu Santo y el aliento para una vida al
servicio del Señor y de los hermanos. San Cipriano comenta:
«En
los Hechos de los Apóstoles está claro que las limosnas no sólo ayudan al
pobre. Habiendo enfermado y muerto Tabita, que hacía muchas buenas obras y
limosnas, fue llamado Pedro y apenas se presentó, con toda diligencia de su
caridad apostólica, le rodearon las viudas con lágrimas y súplicas... rogando
por la difunta más con sus gestos que con sus palabras. Creyó Pedro que podría
lograrse lo que pedían de manera tan insistente y que no faltaría el auxilio de
Cristo a las súplicas de los pobres en quienes Él había sido vestido... No
dejó, en efecto, de prestar su auxilio a Pedro, al que había dicho en el
Evangelio que se concedería todo lo que se pidiera en su nombre. Por tal causa
se interrumpe la muerte y la mujer vuelve a la vida y con admiración de todos
se reanima, retornando a la luz del mundo el cuerpo resucitado. Tanto pudieron
las obras de misericordia, tanto poder ejercieron las obras buenas» (Sobre
las obras y limosnas 6).
–Con su resurrección Cristo ha vencido a la muerte.
Las cadenas que nos ataban han quedado definitivamente rotas. Jesús nos ha
salvado ¿Cómo pagar tan inmenso bien? La Santa Misa es la acción de gracias más
agradable al Padre. Con el Salmo 115 decimos: «¿Cómo pagaré
al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombres. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el
pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de su fieles. Señor, yo soy tu
siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un
sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor».
–Juan 6,61-70: ¿A quién vamos a
acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Algunos discípulos abandonan a
Jesús ante sus llamativas afirmaciones, pero Simón Pedro proclama su fe en Él,
el Mesías, el Hijo de Dios. Comenta San Agustín:
«¿Nos alejas de Ti? Danos otros igual que Tú. ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Mirad cómo comprendió esto Pedro con la ayuda de Dios y confortación del Espíritu Santo. ¿De dónde le viene esta inteligencia sino de su fe? Tú tienes palabras de vida eterna. Porque Tú das la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y de tu sangre y nosotros hemos creído y entendido. No entendimos y creímos, sino creímos y entendimos. Creímos, pues, para llegar a comprender; porque si quisiéramos entender primero y creer después, no nos hubiera sido posible entender sin creer. ¿Qué es lo que hemos creído y qué lo que hemos entendido? Que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, es decir, que Tú eres la misma vida eterna y que no comunicas en el servicio de carne y sangre sino lo que Tú eres» (Tratado 27,9 sobre el Evangelio de San Juan).
Domingo IV
Entrada: «La misericordia del Señor
llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6).
Colecta: (textos del Gelasiano,
Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, que has
dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos
también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil
rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».
Ofertorio (del Misal anterior,
retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por estos misterios pascuales, para que esta actualización
repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante»
Comunión: «Ha resucitado el Buen
Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya».
Postcomunión (del Veronense, Gelasiano y
Gregoriano): «Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que
el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las
verdes praderas de tu Reino».
Ciclo
A
En este Domingo pascual la Iglesia nos presenta la
figura inefable de Cristo, Buen Pastor, que nos lleva al Padre, que da su vida
por nosotros, que nos alimenta con los pastos ubérrimos de su Palabra y de su
Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del lobo rapaz del demonio y de sus
secuaces.
–Hechos 2,14.36-41: Dios lo ha
hecho Señor y Mesías. Pedro es siempre el Primer Pastor-Vicario de Cristo
que nos llama a todos, por la conversión y por la fe al redil de salvación que
es la Iglesia.
Pedro les contestó: “Convertíos y bautizaos todos en
nombre de Jesucristo y recibiréis el Espíritu Santo“. El Buen Pastor nos da al
Espíritu Santo. San Basilio dice:
«De
la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos
de luz se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son
llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y
llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el
conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la
comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía
celeste, la conversación con los ángeles. De Él la alegría que nunca termina,
la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser
pensado, el hacerse Dios» (Del Espíritu Santo 9,23).
–Con el Salmo 22 decimos: «El Señor es
mi Pastor nada me falta, en verdes praderas me hace recostar...»
–1 Pedro 2,20-25: Habéis vuelto al
Pastor y guardián de vuestras vidas. Por el bautismo hemos sido
incorporados al redil de salvación que es la Iglesia de Cristo. Es en ella
donde podremos vivir en la autenticidad su amor de Buen Pastor que nos redime y
santifica. San Bernardo, tras repasar los padecimientos de Jesucristo, decía:
«Esto
me sostiene en la adversidad, me conserva humilde en la prosperidad y me hace
andar con paso firme y seguro en el regio sendero de la salvación, a través de
los bienes y males de la presente vida, librándome de los peligros que me
amenazan a diestra y siniestra» (Sermón 43,4 sobre el Cantar).
–Juan 10,1-10: Yo soy la puerta de
las ovejas. Cristo mismo, como Buen Pastor es el único que tiene el derecho
a reunirnos en el redil del Padre. Él es siempre la única puerta de salvación.
Comenta San Agustín:
«Escuchadle
deciros tan encarecidamente: “Yo soy el Buen Pastor, todos los demás, todos los
pastores buenos, son miembros míos”, porque no hay sino una sola Cabeza y un
solo Cuerpo: un solo Cristo. Sólo hay, por tanto ,un Cuerpo, un rebaño único,
formado por el Pastor de los pastores, bajo el cayado del Pastor supremo. ¿No
es esto lo que dice el Apóstol? “Porque lo mismo que, siendo uno mismo el
cuerpo, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos,
son un cuerpo único, así también Cristo” (1 Cor 12,12). Luego, si también
Cristo es así y si tiene incorporados a Él todos los pastores buenos, con razón
no habla sino de uno solo al decir: “Yo soy el Buen Pastor, Yo el único; todos
los demás forman conmigo una sola unidad. Quien apacienta fuera de Mí,
apacienta contra Mí; quien conmigo no recoge, desparrama”» (Sermón 138,5).
Y San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor:
«¿Dónde
pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey?
Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por
mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna» (Homilía
2 sobre el Cantar).
Ciclo
B
Cristo, el Buen Pastor, es el centro vital que debe
polarizar las vivencias de todas las almas integradas en su Iglesia. Signos
visibles de Cristo, Príncipe de pastores (1 Pe 5,4) son nuestros pastores,
puestos por Dios para regir nuestras almas en su Iglesia hasta que vuelva.
–Hechos 4,8-12: Ningún otro puede
salvar. Pedro, el Primer Pastor-Vicario de Cristo en su Iglesia, inicia su
misión de proclamar ante el mundo que sólo en Cristo, Buen Pastor, es posible
nuestra salvación. Cristo es la piedra angular. En Él nos apoyamos y nos
sostenemos todos. Es el gran fundamento de nuestra fe, de toda nuestra vida
cristiana.
–Decimos con el Salmo 117: «Dad
gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse
en el Señor que fiarse de los hombres; mejor es refugiarse en el Señor, que
fiarse de los jefes».
–1 Juan 3,1-2: Veremos a Dios tal
cual es. Toda la autoridad redentora de Cristo y de sus Vicarios o Pastores
en la Iglesia, se cifra en hacer visible la amorosa paternidad de Dios sobre nosotros sus hijos.
Comenta San Agustín:
«¿Qué
mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del
Hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está
tu mérito; busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no
puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios» (Sermón
185),
También San Ambrosio lo dice:
«El
que tiene el Espíritu de Dios se convierte en hijo de Dios. Hasta tal punto es
hijo de Dios que no recibe un espíritu de servidumbre, sino el espíritu de los hijos, de modo que el
Espíritu Santo testimonia a nuestro espíritu que nosotros somos hijos de Dios»
(Carta 35,4).
–Juan 10,11-18: El Buen Pastor da
la vida por sus ovejas. La garantía de nuestra salvación está en el Corazón
de Cristo Jesús que, como Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas. Nos amó y se
entregó por nosotros (Ef 2,4).
Véase el comentario al Evangelio en el ciclo A.
Ciclo
C
En este Domingo cuarto de Pascua se centra nuestra
atención y nuestra fe agradecida en la presencia misteriosa del mismo Cristo
Jesús, Pastor único y universal de nuestras almas. Cristo ha prolongado esta
cualidad suya en los Pastores de su Iglesia. Hemos de descubrir a Cristo Jesús
en el magisterio y en la autoridad de nuestros legítimos Pastores, en comunión
con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo. Hemos de vivir en la Iglesia el
problema serio de las vocaciones consagradas. La necesidad de que los elegidos
de Dios para una dedicación total al Evangelio, a la santidad y a la acción
pastoral en la Iglesia sepan responder fielmente y con generosidad total a este
designio divino sobre sus vidas.
–Hechos 13,14.43-52: Nos dedicamos
a los gentiles. La misión y la obra salvadora de Cristo, Buen Pastor, y la
de quienes hacen sus veces en la Iglesia, no pueden quedar limitadas por
privilegios raciales o religiosos. Es universal, por cuanto todos los hombres
necesitan, por igual, de Cristo Redentor. La Iglesia es universal y aunque los
judíos hubieran aceptado el mensaje salvífico del Evangelio, la Iglesia se
extendería por doquier. Comenta San Agustín:
«Admirable es el testimonio de San Fructuoso,
obispo. Como uno le dijera y le pidiera que se acordara de rogar por él. El
santo respondió: “Yo debo orar por la Iglesia católica, extendida de Oriente a
Occidente”. ¿Qué quiso decir el santo
obispo con estas palabras? Lo entendéis, sin duda, recordadlo ahora conmigo:
“Yo debo orar por la Iglesia Católica; si quieres que ore por ti, no te separes
de aquélla por quien pido en mi oración”» (Sermón 273).
–Con el Salmo 99 decimos: «Servid al
Señor con alegría; entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es
Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor
es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades»
–Apocalipsis 7,9.14-17: El Cordero
será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. La Iglesia
triunfante en los cielos será el fruto de una comunidad de creyentes, elegida
de toda nación, raza o lengua, y santificada por la sangre universalmente
redentora del Cordero. La muchedumbre vestida de túnicas blancas, lavadas en la
sangre del Cordero no son únicamente los mártires de la persecución neroniana,
sino también todos los fieles purificados de sus pecados por el bautismo. El
sacramento del bautismo recibe de la sangre del Cordero, que es también Pastor,
la virtud de lavar y purificar las almas.
–Juan 10,27-30: Yo doy la vida
eterna a mis ovejas. Fue designio del Padre hacer de su Hijo encarnado el
único Pastor para el único Pueblo de elegidos para la salvación.
Véase el comentario al Evangelio en el ciclo A.
Entrada: «Cristo, una vez resucitado
de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.
Aleluya» (Rom 6,9).
Colecta (del Misal anterior y ha
sido retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Oh Dios, que por
medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la Humanidad caída; concede a
tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la
esclavitud del pecado alcancen la felicidad eterna».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu
Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste
motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «Jesús se puso en medio de
sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya» (Jn 20,19).
Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a
tu pueblo, y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida
eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 11,1-18: También a los
gentiles les ha concedido Dios la salvación que lleva a la vida. Después de
la milagrosa efusión del Espíritu Santo sobre los convertidos no judíos de
Cesarea, Pedro los bautizó. Seguidamente sube a Jerusalén, donde cuenta su modo
de proceder y convence a todos, que glorifican a Dios por la llegada de los
paganos a la Iglesia. La acción del Espíritu Santo es expuesta por los Santos
Padres de modo diverso. Oigamos a San Cirilo de Jerusalén:
«Su actuación en el alma es suave y apacible,
su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va
precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la
bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a
aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del
que lo recibe y después, por las obras de éste, la mente de los demás. Y del
mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al sentir el sol, recibe su luz
en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así
también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el
alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes
ignoraba» (Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo).
Algo semejante sucedió a aquellos no judíos de
Cesarea y que fue tan eficiente para la expansión de la Iglesia y mentalización
de los primeros cristianos judíos.
–Convertirse a Dios es abrirse a la vida. Con el Salmo
41 cantamos y subrayamos nuestro carácter de peregrinos gozosos por
caminar hacia el que es Luz, Verdad y Vida: «Como busca la sierva corriente de
agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios, del Dios
vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Envía tu luz y tu verdad: que
ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me
acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la
cítara, Dios, Dios mío».
–Juan 10,1-10.11-18: Yo soy la
puerta de las ovejas. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Ante los
malos pastores Jesús se presenta a sí mismo como el Pastor legítimo, que conoce
a cada una de sus ovejas y camina delante de ellas. Seguidamente aparece una
segunda imagen: Jesús es la puerta del aprisco, la única vía de acceso al Padre.
Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; más aún, tiene el poder
para entregar su vida y recuperarla. Hay en este evangelio una alusión a la
pasión y resurrección. Pero también nos enseña la intimidad entre el Padre y el
Hijo y entre el Hijo y sus seguidores, así como el de la unidad de su rebaño.
San Agustín comenta:
«Aunque
camine en medio de la sombra de la muerte; aun cuando camine en medio de esta
vida, la cual es sombra de muerte no temeré los males, porque Tú, oh Señor,
habitas en mi corazón por la fe, y ahora estás conmigo a fin de que, después de
morir, también yo esté contigo. Tu vara y tu cayado me consolaron; tu doctrina,
como vara que guía el rebaño de ovejas y como cayado que conduce a los hijos
mayores que pasan de la vida animal a la espiritual, más bien me consoló que me
afligió, porque te acordaste de mí» (Comentario al Salmo 22,4).
Entrada: «Con alegría y regocijo
demos gloria a Dios, porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios
Todopoderoso. Aleluya» (Ap 19,7.6).
Colecta (del Gregoriano): «Te
pedimos, Señor Todopoderoso, que la celebración de las fiestas de Cristo
resucitado aumente en nosotros la alegría de sabernos salvados».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».
Comunión: «Cristo tenía que padecer y
resucitar de entre los muertos para entrar en su gloria. Aleluya» (cf.
Lc 24,46.26)
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que este santo
intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención nos sostenga
durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».
–Hechos 11,19-26: Se pusieron
también a hablar a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. La Iglesia en
Antioquía se muestra decididamente inclinada a la evangelización de los paganos
y logra la conversión de un gran número de ellos. Bernabé, enviado de la
Iglesia en Jerusalén, se alegra y va en busca de San Pablo en Tarso. Llamados a
colaborar personalmente en la expansión de la Iglesia, nos reunimos en asamblea
eucarística para recibir la fuerza del Espíritu, que nos haga proclamar
universalmente, de palabra y de obra, la Buena Noticia del Señor.
Los predicadores de Antioquía son cristianos
corrientes, por eso comenta San Juan Crisóstomo:
«Observad
cómo es la gracia la que lo hace todo. Considerad también que esta obra se
comienza por obreros desconocidos y sólo cuando empieza a brillar, envían los
Apóstoles a Bernabé» (Homilía sobre los Hechos 25).
En Antioquía es donde por vez primera los discípulos
de Cristo se llamaron cristianos. Así lo expone San Atanasio:
«Aunque
los santos Apóstoles han sido nuestros maestros y nos han entregado el
Evangelio del Salvador, sin embargo no hemos recibido de ellos nuestro nombre,
sino que somos cristianos por Cristo y
por Él se nos llama de este modo» (Sermón primero contra los arrianos
2).
–Cantamos la maravillosa propagación de la Buena
Nueva de Cristo y de su Iglesia con el Salmo 86, que es un canto
a la Jerusalén terrenal, figura de la Iglesia: «Alabad al Señor todas las
naciones. El Señor ha cimentado a Sión sobre el monte santo, y prefiere sus
puertas a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad
de Dios! Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y
etíopes han nacido allí. Se dirá de Sión: “Uno por uno todos han nacido en
ella; el Altísimo en persona la ha fundado”. El Señor escribirá en el registros
de los pueblos: “Este ha nacido allí”; y cantarán mientras danzan: “Todas mis
fuentes están en ti”».
–Juan 10,22-30: Yo y el Padre somos
uno. Con ocasión de una controversia con los incrédulos fariseos, Jesús
vuelve a valerse de la imagen del Pastor. El Padre es quien le ha dado los que
creen en Él. El los protege, puesto que el Padre y Él no son sino una sola
cosa. A todos los pastores que han apacentado el pueblo de Dios el Buen Pastor
los aventaja por la entrega voluntaria de su vida en favor de sus ovejas. Así
lo dice San Gregorio Magno:
«Por
ello dice también el Señor en el texto que comentamos: “Igual que el Padre
me conoce y yo conozco al Padre, yo doy mi vida por las ovejas” (Jn
10,15). Como si dijera claramente: “La prueba de que conozco al Padre y el
Padre me conoce a Mí está en que entrego mi vida por mis ovejas, es decir, en
caridad con que muero por mis ovejas, pongo de manifiesto mi amor por el
Padre”» (Homilías sobre los Evangelios 14, 3).
Jesús,
como Pastor y Cordero, es objeto de especial atención en los inspirados versos
de San Efrén:
«Oh
Hijo de Dios, Tú viniste al mundo
para
atraer hacia Ti a la oveja racional.
Naciendo
de la Virgen, te hiciste Cordero
y
hacia Ti corrió la oveja descarriada,
porque
oyó la voz de tu balido.
¡Oh
Cordero que trajiste la santidad!
¡Oh
Lactante, que eres el antiguo de día!
¡Oh
Pastor y Lactante, cuán manso eres!» (Himno a Santa María 10,16).
Entrada: «Te daré gracias entre las
naciones Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50;12,23).
Colecta (del Gelasiano): «Señor, Tú
que eres la vida de los fieles, la gloria de los humildes y la felicidad de los
santos, escucha nuestras súplicas, y sacia con la abundancia de tus dones a los
que tienen sed de tus promesas».
Ofertorio: «¡Oh Dios!, que por el
admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad;
concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que
conocemos».
Comunión: «Dice el Señor: “Yo os he
escogido sacándoos del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto y
vuestro fruto dure”. Aleluya» (cf. Jn 15,16.19).
Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu
pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que
abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la
novedad de la vida eterna».
–Hechos 12,24-13,5: Apartadme a
Bernabé y a Saulo. En Antioquía, en el transcurso de una celebración
litúrgica, el Espíritu Santo designa a Saulo y a Bernabé para una gran empresa
de evangelización dentro del mundo gentil. De este modo, comienzan por Salamina,
la isla de Chipre, el primer viaje misionero del Apóstol de los gentiles. En la
celebración eucarística, congregados en torno al altar, experimentamos la
actuación del Espíritu Santo, que ha de impulsar y orientar nuestra vida de
testimonio cristiano. El Espíritu Santo deja oir su voz en la Iglesia de
Cristo. Oigamos a Nicetas de Remecían:
«¿Quién
puede, pues, silenciar aquella dignidad del Espíritu Santo? Pues los antiguos
profetas clamaban: “Esto dice el Señor” (Ez 22,28). En su venida Cristo aplicó
esta expresión a su persona diciendo: “Y yo os digo” (Mt 5,22,43). Y los
nuevos profetas ¿ qué clamaban? Como Agabo que profetiza y dice en los Hechos
de los Apóstoles: “Esto dice el Espíritu Santo” (21,11). Y el mismo Pablo en la
Carta a Timoteo: “El Espíritu Santo dice claramente” (1 Ti 4,1). Y Pablo
dice que él ha sido llamado por Dios Padre y por Cristo: “Pablo, dice, apóstol
no por los hombres, ni por medio de un hombre, sino por medio de Jesucristo y
Dios Padre ”(Gál 1,1). Y en los Hechos de los Apóstoles se lee que fue
segregado y enviado por el Espíritu Santo. En efecto, así está escrito (13,2)»
(El Espíritu Santo, 15).
–En Cristo nos ha bendecido Dios con toda clase de
bendiciones espirituales. Por eso, agradecidos, alabamos al Señor con el Salmo
66: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre
nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que
canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los
pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra. Oh Dios, que te
alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que
le teman hasta los confines del orbe».
–Juan 12,44-50: Yo he venido al
mundo como Luz. Cristo, Palabra del Padre, es la Luz del mundo que condena
a los que viven las tinieblas de la incredulidad. Amad a Cristo y desead la Luz
que es Cristo. Comenta San Agustín:
«No
les dijo: “Vosotros sois la luz, habéis venido al mundo para que quien crea en
vosotros no permanezca en las tinieblas”. Yo os aseguro que no leeréis esto en
ningún lugar. Candelas son todos los Santos. Pero la Luz aquella que les da la
luz no puede separarse de sí misma, porque es inconmutable. Creemos, pues, a
las candelas encendidas, como son los profetas y los apóstoles, pero de tal
modo les damos fe, que no creemos en la misma candela iluminada, sino que por
medio de ella creemos en aquella Luz que las ilumina, para que nosotros seamos
también iluminados, no por ellas, sino con ellas, por aquella Luz de quien
ellas reciben la suya.
«Y
al decir que vino “para que todo aquel que crea en Mí no permanezca en
tinieblas”, claramente manifiesta que a todos encontró envueltos en las
tinieblas; pero para que no permanezcan en las tinieblas en que fueron hallados
deben creer en la Luz que vino al mundo, porque por Ella fue hecho el mundo» (Tratado
54,4 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Oh Dios, cuando salías al
frente de tu pueblo y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra
tembló, el cielo destiló. Aleluya» (cf. Sal 67,8-9.20).
Colecta (textos del Gelasiano y del
Sacramentario de Bérgamo): «Oh Dios, que has restaurado la naturaleza humana
elevándola sobre su condición original, no olvides tus inefables designios de
amor y conserva, en quienes han renacido por el Bautismo, los dones que tan
generosamente han recibido».
Ofertorio: «Que nuestra oración,
Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así,
purificados por tu gracias, podamos participar más dignamente en los
sacramentos de tu amor».
Comunión: «Sabed que estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 18,20).
Postcomunión: «Dios Todopoderoso y
eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida
eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante, y
que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras
vidas».
–Hechos 13,13-25: Dios sacó de la
descendencia de David un salvador para Israel, Jesús. San Pablo presentó el
mensaje cristiano en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, haciendo un resumen
de la historia de la salvación, desde la elección de Israel en Egipto hasta el
rey David, de cuya descendencia Dios suscitó como Salvador a Jesucristo. Se
manifiesta la continuidad de Israel y de la Iglesia y el carácter único e
irrepetible de Cristo, centro y clave de la historia. Por eso los Apóstoles
exaltan tanto la pertenencia a la Iglesia. Orígenes decía:
«Si alguno quiere salvarse, venga a esta Casa,
para que pueda conseguirlo. Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta Casa,
esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva» (Homilía sobre Jesús en la
barca 5).
Y San Agustín llega a decir algo increíble:
«Fuera
de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la salvación. Se puede
tener honor, se pueden tener los sacramentos, se puede cantar aleluya, se puede
responder amén, se puede sostener el Evangelio, se puede tener fe en el Padre,
en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla, pero nunca, si no es en la
Iglesia Católica, se puede encontrar la salvación» (Sermón 6).
– El Señor ha sido fiel y del linaje de David nos ha
dado un Salvador. Jesús, hijo de David, tiene un trono eterno, vence a los
enemigos y extiende su poder a todo el mundo por medio de su Iglesia. Él es el
Ungido que recibe una descendencia perpetua: los hijos de la Iglesia que se
perpetuará en la Jerusalén celeste. Con el Salmo 88 cantamos la
fidelidad y la misericordia del Señor: «Cantaré eternamente la
misericordia del Señor. Anunciaré su fidelidad por todas las edades. Porque
dije: “Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu
fidelidad”. Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para
que esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. Mi fidelidad y
misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará:
“Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”».
–Juan 13,16-20: El que recibe a mi
enviado me recibe a Mí. Después del lavatorio de los pies a sus discípulos,
Jesús anuncia el cumplimiento de las profecías en la traición de Judas. Seremos
bienaventurados si aprendemos esto: que no es el siervo mayor que su señor. Y
lo que hizo Cristo fue darles un ejemplo de humildad por caridad. Esto es lo
que todos hemos de practicar: la humildad
por caridad. Es lo que les dirá muy pronto como un precepto nuevo: amar como Él
ha amado. Lo que les dice en enseñanza sapiencial es lo que, con el lavatorio
de los pies, les enseña con una parábola en acción. Los Apóstoles y todos los
discípulos retendrán el espíritu de esta acción concreta, practicándolo con
otras obras cuando la necesidad lo reclame. Con la humildad se relacionan todas
las demás virtudes, pero de modo especial: la alegría, la obediencia, la
castidad, el deseo de recomenzar, etc. De ahí procede una paz profunda, aun en medio
de las debilidades y flaquezas.
Entrada: «Con tu sangre, Señor, has
comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de
ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Ap 5,9-10)
Colecta (tomada del Misal Gótico):
«Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las
súplicas de quienes te invocamos; y puesto que nos has salvado por la sangre de
tu Hijo, haz que vivamos siempre de Ti y en Ti encontremos la felicidad
eterna».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad
las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de
tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».
Comunión: «Cristo Nuestro Señor Jesús
fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación.
Aleluya» (Rom 4,25).
Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no
ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos
sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
resurrección».
–Hechos 13,26-33: Dios ha cumplido
la promesa resucitando a Jesús. San Pablo evoca en Antioquía de Pisidia, la
condena a muerte de Jesús en Jerusalén y la subsiguiente resurrección de la que
fueron testigos los Apóstoles. Así se han cumplido las promesas hechas por Dios
y las profecías. El plan salvífico se lleva a cabo mediante el cumplimiento de
las Escrituras. Constantemente se están cumpliendo en nosotros el plan
salvífico de Dios, sobre todo con la celebración eucarística. De este modo
hemos de ser continuadores de los Apóstoles en la proclamación de este mensaje
de salvación.
San
Juan Crisóstomo llama a las Sagradas Escrituras «cartas enviadas por Dios a los
hombres» (Homilía sobre el Génesis, 2).
San Jerónimo exhortaba a un amigo suyo con esta
recomendación:
«Lea
con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca abandones la lectura
sagrada» (Carta 52).
La Iglesia
lee en la celebración de la Eucaristía
las Escrituras Sagradas tanto del Antiguo cuanto del Nuevo Testamento. Allí
encontramos las promesas, las profecías y su realización en Cristo Jesús, como
Él mismo lo dijo a sus discípulos y luego estos lo tuvieron presente en la
proclamación del mensaje salvífico.
–El Salmo 2 se refiere a la
entronización de un rey de la dinastía davídica. Es un Salmo mesiánico. La
Iglesia lo ha referido a Cristo. En Él se cumplen las promesas de Dios y las
profecías, sobre todo con su resurrección. Con este sentido lo cantamos
nosotros: «Yo mismo he establecido a mi rey, en Sión, mi monte santo. Voy a
proclamar el decreto del Señor. Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, yo te he
engendrado hoy. Pídemelo: Te daré en herencia las naciones, en posesión los
confines de la tierra. Los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como
jarro de loza”. Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad los que regís la
tierra. Servid al Señor con temor».
–Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. Mientras Jesús está ausente, los discípulos han de
defenderse de la turbación y afirmar su fe en Dios y en Él mismo, puesto que
llegará un día en que volverá el Señor a colocarlos junto a Sí en la vida
bienaventurada. Cuando Jesús responde a Tomás, se da a conocer como Camino,
Verdad y Vida. Comenta San Agustín:
«Si
lo amas, vete detrás de Él. Lo amo, contestas, ¿por qué camino seguirlo? Si el
Señor Dios tuyo te hubiera dicho: “Yo soy la Verdad y la Vida”, tu deseo de la
Verdad y tu amor a la Vida te llevarían ciertamente a la búsqueda del camino
que te pudiera conducir a ellas y te dirías a ti mismo: “Magnífica cosa es la
Verdad y magnífica cosa es la Vida, si existiera el camino de llegar a ellas mi
alma”. ¿Buscas el camino? Oye lo primero que te dice: “Yo soy el
Camino”... Dice primero por dónde has de ir y luego adónde has de ir. En el
Señor del Padre está la Verdad y la Vida; vestido de nuestra carne es el
Camino» (Tratado 34,9 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Pueblo adquirido por Dios,
proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su
luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).
Colecta (del Sacramentario de
Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, concédenos vivir siempre en plenitud el
Misterio Pascual para que, renacidos en el Bautismo, demos frutos abundantes de
vida cristiana y alcancemos finalmente las alegrías eternas».
Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu
bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a
nosotros transfórmanos en oblación perenne».
Comunión: «Padre, este es mi deseo:
que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen la gloria
que me has dado. Aleluya» (Jn 17,24).
Postcomunión: «Después de recibir los
santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta Eucaristía,
celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 13,44-52: Nos dedicamos a
los gentiles. En vista de la oposición suscitada por los judíos de
Antioquía de Pisidia, Pablo declara que, puesto que ellos lo rechazan, se
dedicará a los gentiles. Ante esto, los judíos declaran una
persecución: Pablo y Bernabé son expulsados y parten a Iconio. Aceptar con
sencillez, humildad y generosidad la Palabra de Dios, así quedaremos llenos de
la alegría del Espíritu Santo, camino hacia la vida eterna, no obstante las
dificultades y la misma persecución, pues, como dice San Agustín:
«El
vendaval que sopla es el demonio, quien se opone con todos sus recursos a que
nos refugiemos en el puerto. Pero es más poderoso el que intercede por
nosotros, el que nos conforta para que no temamos y nos arrojemos fuera del
navío. Por muy sacudido que parezca, sin embargo en él navegan no sólo los
discípulos, sino el mismo Cristo. Por esto, no te apartes de la nave y ruega a
Dios. Cuando fallen todos los medios, cuando el timón no funcione y las velas
rotas se conviertan en mayor peligro, cuando se haya perdido la esperanza en la
ayuda humana, piensa que sólo te resta rezar a Dios» (Sermón 63).
Y
San Juan Crisóstomo anima también:
«No
desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes peligros, porque
no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis todas las
dificultades» (Homilía sobre San Mateo, 46).
–La
persecución hace que el Evangelio se extienda por otras partes y así, al
anuncio de la resurrección de Jesús, se difunde por doquier y todas las
naciones conocen la revelación de la victoria del Señor. Esto es lo que motiva
que la Iglesia cante y proclame la misericordia y la fidelidad del Señor y lo
hace ahora con el Salmo 97: «Cantaré al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó
de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel –la Iglesia, el
alma cristiana–. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de
nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».
–Juan 14,7-14: Quien me ha visto a
Mí ha visto a mi Padre. Una pregunta del Apóstol Felipe ofrece a Jesús la
ocasión propicia para dar cuenta de su íntima unidad con el Padre: Quien ve a
Cristo, ve al Padre y el Padre habla y actúa en Cristo y los discípulos de Éste
actuarán por Él, resucitado, y su oración será escuchada. No quedan
desamparados. Esta es la fe y confianza de la Iglesia en medio de todas sus
dificultades y persecuciones. San Agustín comenta esta materia en sus Tratados 70
y 71 sobre el Evangelio de San Juan. He aquí un párrafo:
«Así,
pues, prometió que Él mismo haría aquellas obras mayores. No se alce el siervo
sobre su Señor, ni el discípulo sobre su Maestro. Dice que ellos harán obras
mayores que las suyas, pero haciéndolas Él en ellos y por ellos, y no ellos por
sí mismos. A Él se dirige la alabanza...Y ¿cuáles son esas obras mayores?
¿Acaso que su sombra, al pasar, sanaba los enfermos? Pues es mayor milagro
sanar con la sombra que con el contacto de la fimbria de su vestido. Esto lo
hizo Él mismo; aquello por ellos, pero ambas cosas las hizo Él, pues es el gran
Mediador» (Tratado 71, 3)
Domingo
Entrada: «Cantad al Señor un cántico
nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a las naciones su justicia. Aleluya»
(Sal 97,1-2).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano, Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Señor, Tú que te has
dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor
de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad
verdadera y la herencia eterna».
Ofertorio: «¡Oh Dios!, que por el
admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad;
concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que
conocemos».
Comunión: «Yo soy la vid verdadera;
vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto
abundante. Aleluya» (Jn 15,1.5).
Postcomunión (del Misal anterior , retocada con textos del Veronense, Gelasiano
y Gregoriano): «Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en
los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y
vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
Ciclo
A
La Iglesia es toda ella un misterioso templo de
Dios, en el que Cristo, Piedra viva (1 Pe 2,4) ha sido puesto por el Padre como
cimiento. Sobre Él se construye el nuevo Pueblo de Dios con piedras vivas y
vivificadas por Cristo, que somos nosotros.
–Hechos 6,1-7: Escogieron a siete
hombres llenos del Espíritu Santo. Véase el sábado de la 2ª Semana de
Pascua.
–1 Pe 2,4-9: Vosotros sois una raza
elegida, un sacerdocio real. Por nuestra unión con Cristo Sacerdote todos
debemos sentirnos piedras vivas de un inmenso templo viviente que glorifica a
Dios y es signo de salvación para todos los hombres. Orígenes afirma:
«Todos los que creemos en Cristo Jesús somos
llamados piedras vivas... Para que te prepares con mayor interés, tú que me
escuchas, a la construcción de este edificio, para que seas una de las piedras
próximas a los cimientos, debes saber que es Cristo mismo el cimiento de este
edificio que estamos describiendo. Así lo afirma el Apóstol Pablo. Nadie puede
poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo (1 Cor
3,11)» (Hom. In Jesu Nave 9,1).
––Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. Véase comentario en el viernes 4ª semana.
Ciclo
B
El cristianismo no es un club de entusiastas
admiradores de Cristo, ni un gremio de selectos, asociados y mentalizados por
una filosofía dimanante del Evangelio. La Iglesia es fundamentalmente el
misterio de nuestra incorporación personal y comunitaria a la Persona viviente
de Cristo Jesús. Incorporación interior y profunda, mediante la vida de fe, de
gracia y de caridad. Y también incorporación garantizada externamente, mediante
nuestra permanencia visible a la propia Iglesia, una, santa, católica y
apostólica. Lo que Cristo instituyó para prolongar su obra de salvación hasta
el fin de los tiempos.
–Hechos 9,26-31: Les contó cómo
había visto al Señor en el camino. Pablo fue predestinado y elegido por
Dios para realizar la obra de Cristo. Y fue plenamente de Cristo, cuando quedó
aceptado e incorporado a su Iglesia jerárquica y visible, como garantía de
comunión con los demás cristianos. Comenta San Juan Crisóstomo:
«Los
discípulos temían que los judíos hicieran de Pablo un mártir, como habían hecho
con Esteban. A pesar de este temor le envían a predicar el Evangelio a su
propia patria, donde estará más seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles
que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja
actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (Homilía sobre
los Hechos, 21).
Con el Salmo 21 decimos: «El Señor es
mi alabanza en la gran asamblea. Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los
desvalidos comerán hasta saciarse. Alabarán al Señor los que lo buscan; viva su
Corazón por siempre. Lo recordarán y volverán al Señor, se postrarán las
familias de los pueblos. Ante Él se inclinarán los que bajan al polvo. Me hará
vivir para Él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación
futura...»
–1 Juan 3,18-24: Éste es su
mandamiento: que creamos y que nos amemos. La garantía más profunda de
nuestra sinceridad cristiana está siempre en la autenticidad de nuestra fe,
verificada en el amor, como comunión de vida con el Corazón de Cristo, Amor
avalado del Padre (Jn 3, 14). San Beda dice:
«Ni
podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo, ni podemos creer
de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno... Que Dios sea tu casa
y que tú seas la casa de Dios; habita en Dios y que Dios habite en ti. Dios
habita en ti para apoyarte: tú habitas en Dios para no caer. Observa los
mandamientos, guarda la caridad» (Comentario a la 1 Jn).
–Juan 15,1-8: El que permanece en
Mí y yo en él, ése da fruto. La Iglesia no es sino la realización del
misterio del Cristo total. Él, Cabeza; nosotros, sus miembros. Él, la Vid;
nosotros, los sarmientos injertados en la cepa por la fe y la gracia que
santifica. Comenta San Cirilo de Alejandría:
«El Señor, para convencernos que es necesario
que nos adhiramos a Él por el amor, ponderó cuan grandes bienes se derivan de
nuestra unión con Él, comparándose a Sí mismo con la vid y afirmando que los
que están unidos a Él e injertados en su persona, vienen a ser como sus
sarmientos y, que, al participar del Espíritu de Cristo, éste nos une con Él.
La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de
voluntad y de deseo; en cambio, la unión de la vid con nosotros es una unión de
amor y de inhabitación» (Comentario al Evangelio de San Juan 10,2).
Ciclo
C
El amor divino del Verbo encarnado, muerto y
resucitado para reconciliarnos con el Padre, es el origen, la razón de ser, la
misión permanente y la garantía suprema de la Iglesia. El amor evangélico es la
lección suprema que nos dejó el Corazón Redentor de Jesucristo.
–Hechos 14,21-26: Contaron a la
Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos. Urgido por la caridad
de Cristo, Pablo proclama el Misterio de la Redención Pascual, creando
comunidades de fe y de amor entre los gentiles, con su palabra y, sobre todo,
con su vida. Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«Cristo
nos ha dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores que
enseñen, para que cumplamos nuestro deber de levadura, para que nos comportemos
como ángeles, como anunciadores entre los hombres, para que seamos adultos
entre los menores, hombres espirituales entre los carnales, a fin de ganarlos;
que seamos simientes y demos numerosos frutos. Ni siquiera sería necesario
exponer la doctrina si nuestra vida fuese tan radiante, ni sería necesario
recurrir a las palabras si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría
ningún pagano si nos comportáramos como verdaderos cristianos» ( Homilía
primera sobre 1 Tim.).
–Con el Salmo 144
proclamamos: «El Señor es clemente y misericordioso...El Señor es bueno
con todos..»
–Juan 13,31-33.34-35: Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. A criaturas nuevas, redimidas
por Cristo, corresponden conductas nuevas, avaladas por el mandamiento nuevo:
la caridad evangélica. Comenta San Agustín:
«Nuestro
Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse
unos a otros (Jn 13,34). ¿No había sido dado ya este precepto en la antigua ley
de Dios (Lev 19,18)? ¿Por qué, pues, el Señor lo llama nuevo cuando conoce su
antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque despojándonos del hombre viejo nos ha
revestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece,
se renueva, no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, acerca de la cual,
para distinguirla del amor carnal, añade el Señor: “Como yo os he amado”. Este amor nos renueva para ser hombres
nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del cántico nuevo. Este amor,
carísimos hermanos, renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los
patriarcas y profetas, como renovó después a los Apóstoles y es el que también
ahora renueva a todas las gentes...» (Tratado 65,1 sobre el Evangelio de San
Juan).
Entrada: «Ha resucitado el Buen
Pastor, que dio la vida por sus ovejas y que se dignó morir por su grey.
Aleluya».
Colecta (del Misal anterior,
retocada con textos del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «¡Oh Dios!, que
unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor
a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las
vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera
alegría».
Ofertorio: «Que nuestra oración,
Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así,
purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos
de tu amor».
Comunión: «La paz os dejo, mi paz os
doy. No os la doy como la da el mundo –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 14,27).
Postcomunión: «Dios todopoderoso y
eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida
eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que
el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».
–Hechos 14,5-17: Os predicamos la
Buena Noticia, para que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo.
Tras unas nuevas sediciones provocadas por los judíos de Iconio, los dos
misioneros, Pablo y Bernabé, llegan a Listra, en donde Pablo cura a un enfermo.
La multitud los toma por dioses y se aprestan a ofrecerles un sacrificio, de
suerte que tienen que protestar con vehemencia y proclamar que no hay más que
un solo Dios. La salvación de Cristo se nos anuncia y se nos hace realidad en la
Eucaristía. Tenemos que actualizarla en medio del mundo con el testimonio de
nuestra palabra y de nuestra vida. San Beda explica que:
«Así
como el hombre cojo, curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura
la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los
gentiles, alejados de la religión de la ley y del Templo, pero recogidos ahora
por la predicación del Apóstol Pablo» (Comentario a los Hechos).
Los dos misioneros manifiestan su verdadera obra. No
buscan honores para sí, sino sólo para Dios y para Jesucristo, el Señor, cuya
doctrina, obra y vida ellos predican para la salvación de todos los
hombres: predican con su palabra y predican también con su conducta.
–Los cristianos hemos heredado de Israel el oficio
de testimoniar y dar gloria a Dios. Y el primer testimonio es que Cristo ha
resucitado y ha sido glorificado. Por eso proclamamos con el Salmo 113:
«No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Por tu
bondad, por tu lealtad. ¿Por qué han de decir las naciones: “Dónde está tu
Dios”? Nuestro Dios está en el cielo, lo que quiere lo hace. Sus ídolos, en
cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas. Benditos seáis del Señor que
hizo el cielo y la tierra. El cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado
a los hombres».
–Juan 14,21-26: El Paráclito, el
Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo.
Jesús hace notar los lazos vitales que le unirán con sus discípulos después de
su glorificación, por la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del
justo. Con el Espíritu Santo nos
sentimos confortados en nuestro interior de un modo inefable. San Gregorio
Magno habla de la necesaria acción del Espíritu Santo en el entendimiento de
los cristianos:
«El
Espíritu se llama también Paráclito –defensor–, porque a quienes se
duelen de sus pecados cometidos, al tiempo que les dispone para la esperanza
del perdón, libera sus mentes de la aflicción y de la tristeza. Por eso, con
razón se hace esta promesa: “Él os enseñará todas las cosas” (Jn 14,26). En
efecto, si el Espíritu no actúa en el corazón de los oyentes, resultan inútiles
las palabras del que enseña. Que nadie, pues, atribuya al hombre que instruye a
los demás aquello que desde la boca del maestro llega a la mente del que
escucha, pues si el Espíritu no actúa internamente, en vano trabaja con su
lengua aquél que está enseñando. Todos vosotros, en efecto, oís las palabras
del que os habla, pero no todos percibís de igual modo lo que significan» (Homilía
30,3 sobre los Evangelios).
Entrada: «Alabad a nuestro Dios
todos sus siervos, los que teméis, pequeños y grandes, porque ya llega la
victoria, el poder y el reino de nuestro Dios y el mando de su Mesías. Aleluya»
(Apoc 19,5; 12,10).
Colecta (compuesta con textos del
Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo): «Señor, tú que en la resurrección
de Jesucristo nos has engendrado de nuevo para que renaciéramos a una vida
eterna, fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza, a fin de que nunca
dudemos que llegará a realizarse lo que nos tienes prometido».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas
de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste
motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «Si hemos muerto con Cristo,
creemos que también viviremos con él. Aleluya» (Rom 6,8).
Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a
tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna,
concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 14,18-27: Contaron a la
comunidad lo que Dios había hecho por su medio. Unos judíos llegados de
Antioquía y de Iconio suscitan una persecución contra Pablo, que parte para
Derbe y continúa su misión evangelizadora exhortando a todos a perseverar en la
fe, no obstante los sufrimientos. Luego regresa a Antioquía, donde expone la
obra que había realizado en su viaje apostólico. Más que una obra humana es una
obra de Dios que ayuda a sus elegidos. Véase el domingo anterior ciclo C).
–Después de haber experimentado los beneficios del
Señor, también nosotros nos alegramos por el fruto obtenido por Pablo y nos
unimos a su acción de gracias y a proclamar la gloria del Señor con el Salmo
144: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan
tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.
Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu
reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. Pronuncie mi
boca la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre, por siempre
jamás».
–Juan 14,27-31: Mi paz os doy. Jesús
promete a los suyos la paz; no la paz del mundo, siempre precaria, sino la suya
propia. Él se va, pero volverá junto a ellos. Esta venida no sólo tendrá lugar
al fin de los tiempos, sino que ya desde ahora empezarán a existir nuevos lazos
entre Él y los suyos, tras su paso de este mundo al Padre. Dice San Beda:
«La
verdadera, la única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos del
amor de Dios y animados de la esperanza del
cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de
este mundo... Se equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el
disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes
turbaciones de aquí abajo y el fin de este mundo deberían convencer a ese
hombre de que ha construido sobre arena los fundamentos de su paz» (Homilía
12 para la Vigilia de Pentecostés).
San Columbano comenta también estas palabras de
Cristo:
«“Os
doy mi paz, os dejo mi paz” (Jn 14,27). Pero, ¿para qué nos sirve saber que
esta paz es buena, si no la cuidamos? Lo que es muy bueno normalmente es muy
frágil y los bienes preciosos reclaman mayores cuidados y una vigilancia más
esmerada. Muy frágil es la paz que puede perderse por una palabra inconsiderada
o por la menor herida causada a un hermano. En efecto, nada agrada más a los
hombres que hablar fuera de propósito y ocuparse en lo que no les atañe,
pronunciar vanos discursos y criticar a los ausentes» (San Columbano Instrucción
11,1-4).
Y también San Pedro Crisólogo:
«La
paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de la
pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya que su
petición es siempre eficaz. Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda
conservar esa paz, ya que Él ha dicho:“La paz os dejo, mi paz os doy”, lo que
equivale a decir: Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz; lo que nos dio
al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva» (Sermón sobre la paz).
Entrada: «Llena estaba mi boca de
tu alabanza y de tu gloria todo el día. Te aclamarán mis labios. Aleluya» (Sal
70,8.23).
Colecta (textos del Gelasiano, del
Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo): «¡Oh Dios!, que amas la inocencia y
la devuelves a quienes la han perdido; atrae hacia ti el corazón de tus fieles,
para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido librados de las
tinieblas del error».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y, ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».
Comunión: «Resucitó el Señor e
iluminó a quienes habíamos sido rescatados con su sangre».
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar
nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías
eternas».
–Hechos 15,1-6: Se decidió que
subieran a Jerusalén a consultar a los Apóstoles y a los presbíteros sobre la
controversia. ¿Los gentiles tenían que abrazar la ley judaica antes de
convertirse al cristianismo? La solución tiene que venir del cuerpo responsable
de la Iglesia: los Apóstoles y ancianos. Así nació el primer concilio de la
Iglesia. La nota jerárquica de la Iglesia se manifiesta desde sus
orígenes. Juan Pablo I, en su alocución
del 3 de septiembre de 1978 cita estas palabras de San Efrén:
«Nos
parece escuchar como dirigidas a Nos, las palabras que, según San Efrén, Cristo
dirigió a Pedro: “Simón, mi Apóstol, yo te he constituido fundamento de la
Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro, porque tú
sostendrás todos los edificios; tú eres el superintendente de todos los que
edificarán la Iglesia sobre la tierra...Tú eres el manantial de la fuente, de
la que emana mi doctrina; tú eres la cabeza de mis Apóstoles...Yo te he dado
las llaves de mi reino”».
–La resurrección de Jesús ha fijado a nuestra vida
una meta de esperanza. En Jerusalén está Pedro. Allí se dirigen Pablo y Bernabé
para que con los demás apóstoles y ancianos determinen lo que se ha de hacer en
la cuestión judaizante. Nosotros vamos con ellos y cantamos el Salmo 121: «Qué
alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor. Ya están pisando nuestros
pies tus umbrales, Jerusalén. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor. Según la costumbre de Israel, a
celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia, en el
palacio de David». Todo esto ha pasado a la Iglesia, a su jerarquía, a Pedro,
cabeza del Colegio apostólico.
–Juan 15,1-8: El que permanezca en Mí ese dará fruto
abundante. Comenta San Agustín:
«Y
si el sarmiento da poco fruto, el agricultor lo podará para que lo dé más
abundante. Pero, si no permanece unido a la vid, no podrá producir de suyo
fruto alguno. Y puesto que Cristo no podría ser la Vid si no fuese hombre, no
podría comunicar también esa virtud a los sarmientos si no fuera también Dios.
Pero, como nadie puede tener vida sin la
gracia, y sólo la muerte cae bajo el poder del libre albedrío, sigue diciendo:
“El que no permaneciere en Mí será echado fuera, como el sarmiento y se secará,
lo cogerán y lo arrojarán al fuego para que arda” (Jn 15,6).
«Los
sarmientos de la vid son tanto más despreciables fuera de la vid, cuanto son
más gloriosos unidos a ella, y como dice el Señor por el profeta Ezequiel
(15,5), cortados de la vid, son enteramente inútiles al agricultor y no sirven
para hacer con ellos ninguna obra de arte. El sarmiento ha de estar en uno de estos
dos lugares: en la vid o en el fuego; si no está en la vid, estará en el fuego.
Permanece, pues, en la vid para librarte del fuego» (Tratado 81,3 sobre el
Evangelio de San Juan).
Entrada:
«Cantemos al Señor, sublime es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor;
Él fue mi salvación. Aleluya» (Ex 15,1-2)
Colecta (del Gelasiano): «Señor Dios Todopoderoso, que, sin
mérito alguno de nuestra parte, nos has hecho pasar de la muerte a la vida y de
la tristeza al gozo; no pongas fin a tus dones, ni ceses de realizar tus
maravillas en nosotros, y concede a quienes ya hemos sido justificados por la
fe la fuerza necesaria para perseverar siempre en ella».
Ofertorio: «¡Oh Dios!, que por el
admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad;
concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que
conocemos».
Comunión: «Cristo murió por todos,
para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó
por ellos. Aleluya» (2 Cor 5,15).
Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu
pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que
abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la
novedad de la vida eterna».
–Hechos 15,7-21: A mi parecer no
hay que molestar a los gentiles que se convierten. En el concilio de
Jerusalén, Pedro y Santiago toman la palabra en favor de los nuevos cristianos
en relación con la ley judaica: libertad plena ante la ley, pero evitar
prácticas que resulten demasiado chocantes a los judíos. En definitiva:
moderación, caridad y libertad. Nosotros aceptamos la gracia de Cristo, que nos
comunica la salvación y no un precepto legal. Orígenes comenta:
«Pienso
que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos si no
es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellas» (Homilía sobre
el Exodo 4,5).
Y San Efrén hace decir a San Pedro:
«Todo
lo que Dios nos ha concedido mediante la fe y la ley, lo ha concedido Cristo a los gentiles
mediante la fe y sin la observancia de la ley» (Sermón sobre los Hechos 2).
Fue un acontecimiento importantísimo en la vida de
la Iglesia, que mostró la excelencia, la sublimidad y la eficacia de la obra
redentora realizada por Jesucristo. Es admirable cómo aquellos judíos tan
extremadamente celosos de las prácticas judaicas cambiaron radicalmente ante la
obra salvadora de Cristo. Esto, ciertamente, no se explica sin una gracia
especialísima del mismo Cristo.
–El anuncio de las maravillas que ha hecho Dios
tiene una proyección universal. Está destinado a todos los pueblos. A todos
tiene que llegar ese anuncio. De ahí la vocación misionera del cristiano:
contar a todas las naciones las maravillas del Señor. Por eso usamos el Salmo
95 para clamar: «Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor
toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su
victoria. Contad a los pueblos: “El Señor es Rey. Él afianzó el orbe y no se
moverá. Él gobierna a los pueblos rectamente”».
–Juan 15,9-11: Permaneced en mi
amor para que vuestra alegría llegue a plenitud. El lazo de amor que une al
Padre con Cristo y sus discípulos es la obediencia a los mandamientos de
Cristo, fuente de la perfecta alegría. Comenta San Agustín:
«Ahí
tenéis la razón de la bondad de nuestras obras. ¿De dónde había de venir esa
bondad a nuestras obras sino de la fe que obra por el amor? ¿Cómo podríamos
nosotros amar si antes no fuéramos amados? Ciertamente lo dice este mismo
evangelista en su carta: “Amemos a Dios porque Él nos amó primero... Permaneced
en mi amor”. ¿De qué modo? Escuchad lo que sigue: “Si observareis mis
preceptos, permaneceréis en mi amor”.
«¿Es
el amor el que hace observar los preceptos o es la observancia de los preceptos
la que hace el amor? Pero, ¿quién duda de que precede el amor? El que no ama no
tiene motivos para observar los preceptos. Luego, al decir: “Si guardareis mis
preceptos, permaneceréis en mi amor”, quiere indicar no la causa del amor, sino
cómo el amor se manifiesta. Como si dijere: “No os imaginéis que permanecéis en
mis amor si no guardáis mis preceptos; pero, si los observareis, permaneceréis”
en es decir, “se conocerá que permanecéis en mi amor si guardáis mis mandatos”
a fin de que nadie se engañe diciendo que le ama si no guarda sus preceptos,
porque en tanto le amamos en cuanto guardamos sus mandamientos» (Tratado
82,2-3 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Digno es el Cordero
degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor,
la gloria y la alabanza. Aleluya».
Colecta (compuesta con textos del
Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo):
«Danos, Señor, una plena vivencia del misterio pascual, para que la
alegría que experimentamos en estas fiestas sea siempre nuestra fuerza y
nuestra salvación».
Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu bondad,
estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros
transfórmanos en oblación perenne»
Comunión: «El Crucificado resucitó de
entre los muertos y nos rescató»
Postcomunión: «Después de recibir los
santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía,
celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 15,22-31: Hemos decidido el
Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Decreto final del primer Concilio del cristianismo. Esto abrió una amplia
perspectiva al desarrollo de la misión apostólica. Se subraya la unión de
caridad en la primitiva Iglesia: «El Espíritu Santo y nosotros». La sagrada
Eucaristía produce y consagra esa unión y caridad, que es la auténtica ley del
Espíritu y lo verdaderamente indispensable en nuestra vida cristiana. San
Agustín expone así que la caridad es madre de la unidad:
«No
están todos los herejes por toda la tierra, pero hay herejes en toda la
superficie de la tierra. Hay una secta en África, otra herejía en Oriente, otra
en Egipto, otra en Mesopotamia. En países diversos hay diversas herejías, pero
todas tienen por madre la soberbia; como nuestra única Madre Católica engendró
a todos los fieles cristianos repartidos por el mundo. No es extraño, pues, que
la soberbia engendre división, mientras la caridad es madre de la unidad (Sermón
46, sobre los Pastores).
–La vocación de los gentiles es el cumplimiento del
universalismo mesiánico. Por eso damos gracias a Dios ante todos los pueblo y
cantamos para Él ante las naciones con el Salmo 56: «Mi corazón
está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar. Despierta
gloria mía; despertad cítara y arpa, despertaré a la aurora. Te daré gracias
ante los pueblos, Señor, tocaré para Ti ante las naciones; por tu bondad que es
más grande que los cielos, por tu fidelidad que alcanza a las nubes. Elévate
sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria».
–Juan 15,12-17: Esto os mando: que
os améis unos a otros. El mandamiento supremo de Cristo consiste en la
caridad fraterna, que llega hasta el don de la propia vida en favor de los
seres amados. Jesús da a conocer a los discípulos elegidos por Él mismo todo
cuanto conoce del Padre. La revelación del Padre no es otra cosa que Jesucristo
y es revelación por el amor, para el amor y en el amor. El amor de los
discípulos entre sí será el fundamento y la condición de la permanencia gozosa
en ellos de Jesús, después de su partida de este mundo. San Juan Crisóstomo
dice:
«El
amor que tiene por motivo a Cristo es firme, inquebrantable e indestructible.
Nada, ni las calumnias, ni los peligros, ni la muerte, ni cosa semejante será
capaz de arrancarlo del alma. Quien así ama, aun cuando tenga que sufrir cuanto
se quiera, no dejará nunca de amar si mira el motivo por el que ama. El que ama
por ser amado terminará con su amor apenas sufra algo desagradable..., pero quien está unido a Cristo jamás se
apartará de ese amor» (Homilía sobre San Mateo 60).
Y San Bernardo afirma:
«El
amor basta por sí solo y por causa de sí. Su premio y su mérito se identifican
con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco
ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo
para amar. Gran cosa es el amor, con tal que se recurra a su principio y
origen, con tal que vuelva el amor a su fuente y sea una continua emanación de
la misma» (Sermón 83).
Entrada: «Por el bautismo fuisteis
sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creído en la
fuerza de Dios que lo resucitó. Aleluya» (Col 2,12).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano y del Gregoriano): «Señor, Dios Todopoderoso, que por las
aguas del bautismo nos has engendrado a la vida eterna; ya que has querido
hacernos capaces de la vida inmortal, no nos niegues ahora tu ayuda para
conseguir los bienes eternos».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad
las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de
tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».
Comunión: «Padre, por ellos ruego,
para que todos sean uno en nosotros, y así crea el mundo que tú me has enviado
–dice el Señor».
Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses
de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido
redimidos por la pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».
–Hechos 16,1-10: En aquellos días
Pablo fue a Derbe y luego a Listra. San Pablo prosigue su obra misionera.
Su afán es que todos los hombres conozcan a Cristo, crean en Él y se salven. No
hay impedimentos. El se desvive por proclamar el mensaje evangélico a todos.
San Juan Crisóstomo dice que todos los cristianos han de participar en la
evangelización de los no creyentes:
«No puedes decir que te es imposible atraer a
los demás. Si eres verdadero cristiano, es imposible que esto suceda. Si es
cierto que no hay contradicción en la naturaleza, es también verdad lo que
nosotros afirmamos, pues esto se desprende de la misma naturaleza del
cristiano. Si afirmas que un cristiano no puede ser útil, deshonras a Dios y lo
calificas de mendaz. Le resulta más fácil a la luz convertirse en tinieblas que
al cristiano no irradiar. No declares nunca una cosa imposible, cuando es
precisamente lo contrario lo que es imposible» (Homilía 20 sobre los Hechos).
«A
esto hay que añadir que San Pablo no halagaba, sino que presentaba el mensaje
de Cristo en toda su exactitud, centrado en la Cruz. Todas las verdades y todos
los preceptos de Cristo incluso los más exigentes fueron materia de su
predicación. Lo muestran sus Cartas. No quiere saber otra cosa que a Cristo y a
Cristo Crucificado, escándalo para unos e insensatez para otros» (Comentario
a los Hechos 5,7).
–Los viajes apostólicos de San Pablo son una
expresión práctica del deseo del autor del Salmo 99: «Que toda la
tierra aclame al Señor». También nosotros, con los mismos sentimientos del
santo Apóstol, empleamos las mismas palabras del salmista y decimos: «Aclamad
al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia
con vítores. Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su
pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su
fidelidad por todas las edades».
–Juan 15,18-21: No sois del mundo,
sino que yo os he escogido sacándoos del mundo. La suerte de los discípulos
de Cristo en este mundo no será mejor que la de su Maestro: ellos también, como
Cristo, serán odiados y perseguidos por los hombres. Comenta San Agustín:
«Si queréis saber cómo se ama a sí mismo el
mundo de perdición que odia al mundo de redención, os diré que se ama con un
amor falso, no verdadero. Y si se ama con amor falso, en realidad se odia:
porque quien ama la maldad tiene odio a su propia alma... Pero se dice que se
ama porque ama la iniquidad que le hace inicuo; y se dice que a la vez se odia,
porque ama lo que es perjudicial. En sí mismo odia la naturaleza y ama el
vicio; ama lo que en él hizo su propia voluntad.
«Por
lo cual se nos manda y se nos prohibe amarlo. Se nos prohibe cuando dice: “No
améis el mundo”; y se nos manda en aquellas palabras: “Amad a vuestros
enemigos”. Se nos prohibe, pues, amar en
él lo que él en sí mismo odia, esto es, la hechura de Dios y los múltiples
consuelos de su bondad. Se nos prohibe amar sus vicios y se nos manda amar su
naturaleza, ya que él ama sus vicios y odia su naturaleza. A fin de que
nosotros lo amemos y odiemos con rectitud, ya que él se ama y se odia con
perversidad» (Tratado 87,4 sobre el Evangelio de San Juan).
Domingo
Entrada: «Con gritos de júbilo,
anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El
Señor ha redimido a su pueblo”. Aleluya» (Is 48,20).
Colecta (compuesta con textos del
Veronense y del Gelasiano): «Concédenos, Dios todopoderoso, continuar
celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado; y
que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se
manifiesten en nuestras obras».
Ofertorio (textos del Veronense y del
Sacramentario de Bérgamo): «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas
sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos
participar más dignamente en los sacramentos de tu amor».
Comunión: «Si me amáis, guardaréis
mis mandamientos” –dice el Señor–. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor,
que esté siempre con vosotros» (Jn 14,15-16).
Postcomunión (del Gelasiano): «Dios
todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho
renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros
fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir
fortalezca nuestras vidas».
Ciclo
A
La gran promesa que nos hizo Cristo fue el envío del
Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, don del Padre a los
que por la fe y el amor se entregan a Cristo. Es también el Espíritu de Verdad,
fuente de vida y de santidad para toda la Iglesia.
–Hechos 8,5-8.14-17: Les imponían
las manos y recibían el Espíritu Santo. La jerarquía eclesial es el órgano
sacramental que nos garantiza la donación y la presencia del Espíritu Santo en
la vida de la Iglesia. San Basilio afirma:
«Hacia
el Espíritu Santo dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de
santificación, hacia Él tiende el deseo de todos los que llevan una vida
virtuosa y su soplo es para ellos una manga de riego que los ayuda en la
consecución de su fin propio. Fuente de santificación, Luz de nuestra
inteligencia, Él es quien da, de Sí mismo, una especie de claridad a nuestra
razón natural para que conozca la verdad. Inaccesible por naturaleza, se hace
accesible por su bondad; todo lo dirige con su poder, pero se comunica
solamente a los que son dignos de ellos, y no a todos en la misma medida, sino
que distribuye sus dones en proporción a la fe de cada uno. (Sobre el
Espíritu Santo 9,22-23).
–Con el Salmo 65 proclamamos llenos de
gozo: «Aclamad al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria...»
–1 Pedro 3,15-18: Murió en la
carne, pero volvió a la vida por el Espíritu. El don del Espíritu Santo no
es sino el mismo Espíritu de Cristo (ROM 8,9), que a Él lo glorificó en su
Resurrección y a nosotros nos santifica y nos injerta en su Cuerpo místico.
Toda nuestra vida ha de ser un himno de alabanza y de acción de gracias a
Cristo, que nos otorga tantos bienes materiales y espirituales. Casiano dice:
«Debemos
expresarle nuestro agradecimiento, porque nos inspira secretamente la
compunción de nuestras faltas y negligencias; porque se digna visitarnos con
castigos saludables; por atraernos muchas veces, a pesar nuestro, al buen
camino; por dirigir nuestro albedrío, a fin de que podamos cosechar
mejores frutos, aunque nuestra tendencia
hacia el mal sea tan acusada. Porque se digna, en fin, orientar esa tendencia y
cambiarla, merced a saludables sugestiones, hacia la senda de la virtud» (Instituciones
12,18).
–Juan 14,15-21: Yo le pediré al
Padre que os dé otro defensor. Oigamos a San Basilio:
«Se le llama Espíritu porque Dios es
Espíritu (Jn 4, 24), y Cristo Señor es el espíritu de nuestro rostro (Alm.
4,20). Le llamamos santo como el Padre es santo y santo el Hijo. La
criatura recibe la santificación de otro, mas para el Espíritu la santidad es
elemento esencial de su naturaleza. Él no es santificado, sino santificante. Lo
llamamos bueno como el Padre es bueno y bueno aquel que ha nacido del
Padre bueno; tiene la bondad por esencia. Él es, sin embargo, el Señor Dios,
porque es verdad y justicia y no sabrá desviarse ni doblegarse, en razón de la
inmutabilidad de su naturaleza. Es llamado Paráclito como el Unigénito,
según la palabra de éste: “Yo rogaré al Padre y él os enviará otro Paráclito”
(Jn 14,16).
«Así,
los nombres que se refieren al Padre y al Hijo son comunes al Espíritu, que
recibe otras apelaciones diversas en razón de su identidad de naturaleza con el
Padre y el Hijo, ¿de dónde le vendría si
no, su identidad?... ¿Cuáles son sus operaciones? De una grandeza insuperable,
una multitud innumerable...» (Tratado del Espíritu Santo 19).
Ciclo
B
La Iglesia, a través de su liturgia, trata de
abrirnos y hacernos dóciles a la acción interior del Espíritu Santo,
subrayándonos la necesidad que tenemos de Él para vivir con autenticidad
nuestra condición de miembros de Cristo y de su Iglesia. San Pablo nos recuerda
que la grandeza del cristiano arranca del amor de Dios, que nos eligió para
derramar sobre nosotros su amor mediante el don del Espíritu Santo.
–Hechos 10,25-26.34-35.44-48: El
don del Espíritu Santo se derramará también sobre los gentiles. La acción
santificadora del Espíritu Santo es la que da universalidad a la misión de la
Iglesia, como sacramento de salvación para todos los hombres. Fue un caso
importantísimo el hecho de la recepción en la Iglesia de Cornelio, oficial
romano. Una intervención especialísima del Espíritu Santo que actúa en la
Iglesia, como el mismo Cristo lo había profetizado. Oigamos a San Jerónimo:
«Verdaderamente
se ha cumplido en vosotros la palabra apostólica y profética: “Su sonido llegó
a la tierra entera, y a los confines del orbe su palabra” (Sal 18,5).
Porque, ¿quién pudiera creer que la lengua bárbara de los godos buscara la
verdad hebraica y, mientras los griegos dormitan y hasta contienden entre sí,
la Germania misma escudriña los oráculos del Espíritu Santo? La mano poco ha
callosa de empuñar la espada y los dedos hechos a tirar del arco se reblandecen
para el estilo y la pluma, y los pechos belicosos se vuelven a la mansedumbre
cristiana. En verdad me doy cuenta de que Dios no hace acepción de personas,
sino que cualquier nación que teme a Dios y obra la justicia le es acepta (Hch
10,34-35)» (Carta 106 a Sumnia y Fretela sobre el Salterio).
Con el Salmo 17
proclamamos: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho
maravillas: su diestra le ha dado la victoria, revela a las naciones su
justicia, se acordó de su misericordia y de su fidelidad en favor de la casa de
Israel –de la Iglesia, de las almas–. Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread,
tocad».
–1 Juan 4,7-10: Dios es amor.
«La caridad de Dios ha sido derramada sobre nosotros por el Espíritu Santo que
se nos ha dado» (Rom 5,5). Se es cristiano en la medida en que se responde
al amor de Dios y a su mandato de caridad. San Agustín repite que Dios es Amor:
«Aunque
nada más se dijese en alabanza del amor en todas las páginas de esta Carta;
aunque nada más se dijera en todas las páginas de las Sagradas Escrituras y
únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo: “Dios es Amor”, nada más
deberíamos buscar» (Comentario a la Primera Carta de San Juan 7,5).
«La
fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha
revelado, no exclusivamente con las palabras, sino también con los hechos. El
amor divino hace que la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el
Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana,
menos el pecado,. Y el Verbo, La Palabra de Dios es la Palabra de la que
procede el Amor» (De Trinitate 9, 10).
San Gregorio de Nisa dice a este respecto:
«...Con
tales flores aquel Artífice de los hombres adornó nuestra naturaleza a su
propia imagen. Y si se desea seguir encontrando otras, con las que se expresa
la divina belleza, te darás cuenta de que, en nuestra imagen, se ha conseguido
cuidadosamente la semejanza. En la naturaleza divina está el pensamiento y la
palabra. Está dicho en la Sagrada Escritura que en el principio existía la
Palabra (Jn 1,1). También los posee el hombre. En ti mismo ves que tienes
palabra y mente inteligente, verdadera imagen de aquella inteligencia y
palabra. Dios es también caridad y fuente del amor mutuo. Así lo dice el
apóstol San Juan: “El amor viene de que Dios es amor” (1 Jn 4,7-8). También el
Creador de todas las cosas imprimió esta nota en nuestro rostro, pues dice: “En
esto conocerán de que sois mis discípulos, en que os tenéis amor los unos a los
otros” (Jn 13,35). Por tanto, si este amor mutuo falta en nosotros, todas las
notas de nuestra imagen se han alterado» (Tratado sobre la obra del hombre
5),
–Juan 15,9-17: Nadie tiene amor más
grande que el que da la vida por sus amigos. La misión que Cristo
transfiere a su Iglesia es, fundamentalmente, misión de amor salvífico. «Como
el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi Amor» (Jn 15,9). Por
ello, el misterio del amor del Corazón de Jesucristo será siempre el centro de
la Iglesia. Véase el Evangelio del viernes de la quinta semana de Pascua.
Ciclo
C
La Iglesia es prolongación misteriosa viva y
operante del mismo Cristo. Por la Iglesia, la presencia de Cristo resucitado
actuará entre nosotros hasta el final de los tiempos.
–Hechos 15,1-2.22-29. Véase la primera
lectura del viernes de la quinta semana de Pascua.
–Apocalipsis 21,10-14.22-23: Me
enseñó la ciudad santa que bajaba del cielo. Al Espíritu de Dios,
inhabitando en las almas, se debe el que sean los propios creyentes quienes
hacen de la Iglesia entera un templo vivo de Dios.
–Juan 14,10-14 y 22-23: El Espíritu
Santo os irá recordando todo lo que os he dicho. La acción íntima del
Espíritu de Cristo es la que mantiene la fe auténtica de los creyentes y les enseña
a vivir la realidad santificadora del misterio de Cristo. Véase el Evangelio
del lunes y martes de la quinta semana de Pascua. San Máximo el Confesor dice:
«Por
tanto el que no ama al prójimo, no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su
mandamiento, no puede amar a Dios... El que ha llegado a alcanzar en sí la
caridad divina, no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios,
según dice el profeta Jeremías, sino que soporta con fortaleza de ánimo todas
las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie... El fruto de la
caridad consiste en la beneficencia sincera y de corazón para con el prójimo,
en la liberalidad y la paciencia, y también en el recto uso de las cosas» (Centuria
de la Caridad 1,16-17.28.40).
Entrada: «Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio
sobre Él» (Rom 6, 9).
Colecta (textos del Gelasiano y del
Sacramentario de Bérgamo): «Te pedimos, Señor de misericordia, que los dones
recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las
ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo
nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «Entró Jesús, se puso en
medio y les dijo: “Paz a vosotros. Aleluya”» (Jn 20,19).
Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a
tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna,
concédele también la resurrección gloriosa»
–Hechos 16,11-15: El Señor abrió el
corazón de Lidia, para que aceptara lo que decía Pablo. La misión en Europa
comienza por una conversión. Pablo predica, pero es Dios quien abre el corazón
de Lidia y la conduce a la fe y al
bautismo. La hospitalidad de Lidia no es mera cortesía oriental, sino
una auténtica manifestación de caridad cristiana, como verdadero fruto de la
fe. Esta fe que profesamos y renovamos en la celebración eucarística tiene que
fructificar en una vid de auténtica unión.
Comenta S. Juan Crisóstomo:
«Qué
sabiduría la de Lidia! ¡Con qué humildad y dulzura habla a los apóstoles: “Si
juzgáis que soy fiel al Señor”! Nada más eficaz
para persuadirlos que estas palabras hubiesen ablandado cualquier
corazón. Más que suplicar y comprometer a los apóstoles, para que vayan a su
casa, les obliga con insistencia. Ved cómo en ella la fe produce sus frutos y
cómo su vocación le parece un bien inapreciable» (Homilía 35 sobre los
Hechos).
Y dice también el mismo Santo Doctor:
«Nada
puede hacerte tan imitador de Cristo como la preocupación por los demás. Aunque
ayunes, aunque duermas en el suelo, aunque -por decirlo así- te mates, si no te
preocupas del prójimo poca cosa hiciste, aún distas mucho de su imagen» (Homilía
sobre la primera Carta a los Corintios).
–El contenido del anuncio cristiano, para el que
Dios abre el corazón del hombre, es la victoria de Jesucristo sobre sus
enemigos, especialmente sobre la muerte. Por eso nos alegramos con el Señor y
le cantamos con el Salmo 149: «Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles, que se alegre Israel por Creador, los hijos de Sión por su Rey. Alabad
su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras, porque el Señor ama a su
pueblo, y adorna con la victoria a los humildes. Que los fieles festejen su
gloria y canten jubilosos en filas con vítores a Dios en la boca».
–Juan 15,26-16.4: El Espíritu de la
verdad dará testimonio de Mí. Los discípulos se verán asistidos en medio de
la persecuciones por el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad, que
les enviará Cristo desde el Padre. Las persecuciones son una continuación del
proceso judicial del mundo que condenó a Jesús y le seguirá condenando en los
suyos. Pero el Espíritu Santo está en su Iglesia y con Él nada pueden temer.
Pasan los perseguidores, y Cristo permanece ayer, hoy y siempre. San Agustín
exclama:
«Señor
y Dios mío; en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: “Id,
bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo”(Mt 28,19), si no fuera Trinidad. Y no mandarías a tus siervos bautizar,
mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si vos, Señor, no
fuerais al mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la palabra
divina: “Escucha, Israel: El Señor tu Dios, es un Dios único” (Dt 6,4). Y si tú
mismo no fueras Dios Padre y fueras también Hijo, y Espíritu Santo, no
leeríamos en las Escrituras canónicas: “Envió Dios a su Hijo” (Gál 4,4); y tú,
¡oh Unigénito!, no dirías del Espíritu Santo: “que el Padre enviará en mi
nombre” (Jn 14,26) y que “yo os enviaré
de parte del Padre” (Jn 15, 26)...
«Cuando
arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin
entenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico
eterno alabándote a un tiempo unidos todos a ti. Señor, Dios uno y Dios
Trinidad, cuanto con tu auxilio queda dicho en estos mis libros, conózcanlo los
tuyos; si algo hay en ellos de mi cosecha, perdóname tú, Señor, y perdónenme
los tuyos. Así sea» (Tratado sobre la Stma. Trinidad 15,18,51)
Entrada: «Con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque el
Señor ha establecido su reinado. Aleluya» (Ap 19, 7.6).
Colecta (del Gelasiano): «Que tu
pueblo, Señor, exulte siempre al verse
renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la
adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».
Comunión: «Cristo tenía que padecer
y resucitar de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya. (cf.
Lc 24,46.26).
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar
nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías
eternas».
–Hechos 16,22-34: Cree en el Señor
Jesús y te salvarás tú y tu familia. Pablo y Silas, víctimas de un tumulto,
son aprisionados y más tarde liberados de modo milagroso. El carcelero,
desesperado, es salvado por Pablo y Silas: abraza la fe en el Señor Jesús y
recibe el bautismo junto con toda su familia. La experiencia salvífica es
fuente de gozo y de alegría familiar celebrada en torno a la mesa; así también
la salvación experimentada en la celebración eucarística tiene que manifestarse
en una vida personal alegre y que esa alegría sea irradiada alrededor. Comenta
San Juan Crisóstomo:
«Ved al carcelero venerar a los Apóstoles. Les
abrió su corazón, al ver las puertas de la prisión abiertas. Les alumbra con su
antorcha, pero es otra la luz que ilumina su alma... Después les lavó las
heridas y su alma fue purificada de las inmundicias del pecado. Al ofrecerles
un alimento, recibe a cambio el alimento celeste... Su docilidad prueba que
creyó sinceramente que todas las faltas le habían sido perdonadas» (Homilía
sobre los Hechos, 36).
–Justo es que demos gracias a Dios por la salvación
recibida. Salvación corporal de los apóstoles; salvación espiritual del
carcelero y en su familia. También nosotros somos salvados. Y los hacemos con
el Salmo 137: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de
los ángeles tañeré para Ti. Me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu
nombre: Por tu misericordia y lealtad, porque tu promesa supera a tu fama.
Cuando te invoqué me escuchaste; acreciste el valor en mi alma. El Señor
completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones
la obra de tus manos».
–Juan 16,5-11: Si no me voy no
vendrá a vosotros el Paráclito. La marcha de Jesús provoca la tristeza de
sus discípulos. Mas es necesario que venga el Paráclito, el Defensor, el
Espíritu de la Verdad y les ayude en sus tareas apostólicas. Así lo explica San
Agustín:
«Veía
la tormenta que aquellas palabras suyas iban a levantar en sus corazones,
porque, careciendo aún del espiritual consuelo del Espíritu Santo, tenían miedo
a perder la presencia corporal de Cristo y, como sabían que Cristo decía la
verdad, no podían dudar de que le perderían, y por eso se entristecían sus
afectos humanos al verse privados de su presencia carnal. Bien conocía Él lo
que les era más conveniente, porque era mucho mejor la visión interior con la
que les había de consolar el Espíritu Santo, no trayendo un cuerpo visible a
los ojos humanos, sino infundiéndose Él mismo en el pecho de los creyentes...
«Os
conviene que esta forma de sierpe se separe de vosotros: como Verbo hecho
carne, vivo entre vosotros, pero no quiero que continuéis amándome con un amor
carnal... Si no os quitare los tiernos manjares con que os he alimentado no
apeteceréis los sólidos... No podéis tener el Espíritu de Cristo mientras
persistáis en conocer a Cristo según la carne... Después de la partida de
Cristo, no solamente el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo
estuvieron en ellos espiritualmente...»
(Tratado 94, 4 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Te daré gracias entre las
naciones, Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50).
Colecta (del Gelasiano): «Escucha,
Señor, nuestra oración y concédenos que, así como celebramos en la fe la
gloriosa resurrección de Jesucristo, así también, cuando Él vuelva con todos
sus santos, podamos alegrarnos con su victoria».
Ofertorio: «¡Oh Dios, que por el admirable
trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que
nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».
Comunión: «Soy yo quien os he
elegido del mundo –dice el Señor– y os he destinado para que vayáis y deis
fruto, y vuestro fruto dure. Aleluya» (cf. Jn 15,16-17).
Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de
tu pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que
abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la
novedad de la vida eterna».
–Hechos 17,15.22-18,1: Eso que
veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo. En Atenas, Pablo expone en el
areópago un sermón preparado con esmero, sobre el conocimiento del verdadero
Dios. Pero, cuando al final aborda el tema del juicio y de la resurrección de
Cristo, los oyentes, imbuidos por la mentalidad ambiental, inaccesible a
semejantes doctrinas, se apartan de él con burlas.
En nuestro mundo secularizado este suceso es de gran
importancia. Hay necesidad de una seria conversión, y para ello hemos de hacer
prevalecer lo sagrado con la celebración eucarística. San Pablo debió quedar
muy abatido tras su actuación en Atenas. Por eso escribió a los
Corintios: «Me he presentado a vosotros débil y con temor y mucho temblor,
y mi mensaje y mi predicación, no se han basado en palabras persuasivas de
sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder» (1 Cor
2,3-4).
–Dios creó todas las cosas y en ellas dejó sus
huellas. Nosotros lo reconocemos y por eso invitamos a toda la creación a una
alabanza agradecida y lo hacemos con el Salmo 148: «Alabad al
Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto, alabadlo todos sus ángeles,
alabadlo, todos sus ejércitos. Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del
mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños.
Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime. Su majestad sobre el cielo
y la tierra. Él aumenta el vigor de su pueblo. Alabanza de todos sus fieles, de
Israel, su pueblo escogido». Taciano dice así:
«La
obra que por amor mío fue hecha por Dios no la quiero adorar. El sol y la luna
hechos por causa nuestra; luego, ¿cómo voy a adorar a los que están a mi
servicio? Y ¿cómo voy a declarar por dioses a la leña y a las piedras? Porque
al mismo espíritu que penetra la materia, siendo como es inferior al espíritu
divino, y asimilado como está a la materia, no se le debe honrar a par del Dios
perfecto. Tampoco debemos pretender ganar por regalos al Dios que no tiene
nombre; pues el que de nada necesita, no debe ser por nosotros rebajado a la
condición de un menesteroso» (Discurso contra los griegos 4).
–Juan 16,12-15: El Espíritu de la
Verdad guiará hasta la Verdad plena. Jesús pone de relieve una de las
funciones del Espíritu Santo: guiará a los discípulos hasta la Verdad plena,
completando sus enseñanzas y dándoles a conocer las realidades futuras. Comenta
San Agustín:
«El
Espíritu Santo, que el Señor prometió enviar a sus discípulos para que les
enseñase toda la Verdad, que ellos no podían soportar en el momento en que les
hablaba –del cual dice el Apóstol que hemos recibido ahora en prenda, para
darnos a entender que su plenitud nos está reservada para la otra vida– ese
mismo Espíritu enseña ahora a los fieles todas las cosas espirituales de que
cada uno es capaz. Mas también enciende en sus pechos un deseo más vivo de
crecer en aquella caridad que les hace amar lo conocido y desear lo que no
conocen, pensando que aun las cosas que conocen en esta vida no las conocen
como se han de conocer en la otra vida, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni
el corazón pudo imaginar» (Tratado 97,1 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Oh Dios, cuando salías al
frente de tu pueblo, y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra
tembló, el cielo destiló. Aleluya» (Sal 67,8-9.20).
Colecta (procedente
del Misal Gótico): «Oh Dios, que nos haces partícipes de la redención,
concédenos vivir siempre la alegría de la resurrección de su Hijo».
Ofertorio: «Que nuestra oración,
Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así,
purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos
de tu amor».
Comunión: «Sabed que yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 28,20)
Postcomunión: «Dios todopoderoso y
eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida
eterna, haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante, y
que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras
vidas».
–Hechos 18,1-8: Se quedó a trabajar
en su casa. Todos los días discutía en la sinagoga. Después de Atenas, Pablo marchó a Corinto y
en casa de Aquila trabajaba como tejedor de lona para mantenerse. Misionaba en
la sinagoga, pero los judíos no lo podían aguantar y decidió evangelizar a los
gentiles. La cruz es el signo de los misioneros apostólicos. Dice San Cirilo de
Jerusalén:
«No
nos avergoncemos de la cruz del Salvador, antes bien gloriémonos en ella,
porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los
gentiles; mas para nosotros, salvación. Y, ciertamente, para aquellos que están
en vías de perdición es necedad; mas para nosotros, que estamos en el camino de
la salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un
hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios hecho hombre... Si alguno no cree
en la virtud de Cristo crucificado, pregunte a los demonios, y si no le
convencen las palabras, que mire a los hechos. Muchos han sido los crucificados
en el mundo, pero a ninguno de ellos temen los demonios; en cambio, solamente
con ver la Cruz de nuestro Salvador, los demonios se echan a temblar; porque
aquéllos murieron por sus propios pecados, mas Él, por los de los demás» (Catequesis
13).
–Con el Salmo 97 cantamos al Señor que
revela a las naciones su victoria, como hemos visto en la lectura anterior.
También nosotros nos alegramos con esa victoria y decimos: «Cantad al
Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la
victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer
su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su
misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la
tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra
entera; gritad, vitoread, tocad».
–Juan 16,16-20: Estáis tristes,
pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Comenta San Agustín:
«Para
los discípulos era esto oscuro entonces, y después quedó aclarado; para
nosotros es ya cosa clara: después de algún tiempo padeció y dejaron de verle;
después de otro poco de tiempo resucitó y le vieron de nuevo... “El mundo se
alegrará, pero vosotros os contristaréis”: esto puede tomarse en el sentido de
que los discípulos se contristaron por la muerte del Señor e inmediatamente se
alegraron con su resurrección; el mundo en cambio, bajo cuyo nombre quiso
significar a sus enemigos que le crucificaron, se gozó de la muerte de
Jesucristo precisamente cuando los discípulos se contristaron. Por mundo puede
entenderse la malicia de este mundo, o sea, los amigos de este mundo, según
dice el Apóstol Santiago: “El que quiera ser amigo de este siglo, se hace
enemigo de Dios” (4,4), por cuya enemistad no perdonó ni a su Hijo unigénito» (Tratado
101,1-2, sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Con tu Sangre, Señor, has
comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de
ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Ap 5,9-10).
Colecta (del Gelasiano): «Escucha
Señor nuestras súplicas, para que la predicación del Evangelio extienda por
todo el mundo la prometida salvación de tu Hijo y todos los hombres alcancen la
adopción filial que Él anunció dando testimonio de la verdad».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad
las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, conserve los dones
pascuales y alcance la felicidad eterna».
Comunión: «Cristo nuestro Señor fue
entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.
Aleluya»
Postcomunión: «Dios todopoderoso, no
ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos
sido redimidos por la muerte de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
resurrección».
–Hechos 18,9-18: Muchos de esta
ciudad son pueblo mío. La comunidad de Corinto iba a jugar una misión
importante en la vida de San Pablo y toda la Iglesia primitiva. No es de
extrañar que ya desde el principio se vean allí signos de la intervención
divina especial. San Pablo experimenta la protección especial de Dios, que le
permitirá un largo trabajo de consolidación de la comunidad. El Señor está con
nosotros en la celebración eucarística. Allí nos congregamos como pueblo
escogido por Dios y se confirma nuestra vocación de testimonio profético. El
Apóstol es eficaz con su palabra. Había
oído del Señor: «No temas, sigue hablando y no te calles». Oigamos a San Juan
Crisóstomo:
«Mas en la cura de alma no hay que pensar en
nada de eso –medios violentos–; aparte del ejemplo, no se da otro medio ni
camino de salvación sino la enseñanza por la palabra. Este es el instrumento,
éste es el alimento, éste el mejor temple del aire. La palabra hace veces de
medicina, ella es nuestro fuego. Lo mismo si hay que quemar que si hay que
cortar, de la palabra tenemos que echar mano. Si este remedio nos falla, todos
los demás son inútiles. Con la palabra levantamos al alma caída y desinflamos a
la hinchada, y cortamos lo superfluo, y suplimos lo defectuoso, y realizamos,
en fin, toda otra operación conveniente para la salud de las almas» (Sobre
el sacerdocio 4,3).
–Con el Salmo 46 cantamos al Señor que
es el Rey del mundo. Por eso invitamos con el salmista a todos los pueblos a
alabar al Señor, a batir palmas, a que lo aclamen con gritos de júbilo. «Porque
el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra. Él nos somete los
pueblos y nos sojuzga las naciones; él nos escogió por heredad suya: gloria de
Jacob su amado».
–Juan 16,20-23: Se alegrará vuestro
corazón y nadie os quitará vuestra alegría. El tema del gozo pascual es
normal en las lecturas de estos días. Hay tristezas que desembocan en la alegría,
que son necesarias, y que están en proporción con el grado de alegría
subsiguiente. Este es el caso. Pero aquí la alegría, el gozo, no encontrará más
motivos para oscurecerse. Y con el gozo, la visión clara, en la fe, del plan y
de la persona de Jesús, que hará innecesarias las preguntas, llenas de
incomprensión, hasta ahora frecuentes en los discípulos. Es ya la plenitud de
la fe indestructible de que Jesús ha vencido. En Él todo lo tenemos. Por lo
tanto no tenemos razón para la tristeza, sino para una gran alegría en el
Señor. Así dice San Gregorio Nacianceno:
«Vengamos
a ser como Cristo, ya que Cristo es como nosotros. Lleguemos a ser dioses por
Él, ya que Él es hombre por nosotros. Él ha tomado lo que es inferior para
darnos lo que es superior. Se ha hecho pobre, para que su pobreza nos
enriquezca (2 Cor 8,9); ha tomado forma de esclavo (Flp 2,7) para que nosotros
recobremos la libertad (Rom 8,21); se ha bajado para alzarnos a nosotros;
aceptó la tentación para hacernos vencedores; ha sido deshonrado para
glorificarnos; murió para salvarnos y subió al cielo para unirnos a su séquito,
a nosotros, que estábamos derribados a causa del pecado» (Sermones
1,5).
Entrada: «Pueblo adquirido por
Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar
en su luz maravillosa. Aleluya» (1 Pe 2,9).
Colecta (del Gelasiano, Gregoriano y
Sacramentario de Bérgamo): «Mueve, Señor nuestros corazones para que
fructifiquen en buenas obras y, al tender siempre hacia lo mejor, concédenos
vivir plenamente el misterio pascual».
Ofertorio: «Santifica, Señor, estos
dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros
transfórmanos en oblación perenne».
Comunión: «Padre, éste es mi deseo:
que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen la gloria
que me has dado» (Jn 17,24).
Postcomunión: «Después de recibir los
santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía,
celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 18,23-28: Apolo demostraba
con la Escritura que Jesús era el Mesías. La figura de Apolo, judío
alejandrino, que predica en Efeso y pasa luego a Corinto, es desconcertante y
al mismo tiempo sugestiva. Se nos presenta como elocuente y muy versado en la
Escritura, lo que ayuda a mostrar la verdadera personalidad de Cristo Jesús.
Hizo una excelente labor apostólica. Del mismo modo, la Escritura nos habla de
Cristo y a Cristo hemos de ver en ella. San Ireneo dice:
«Si uno lee con atención las Escrituras,
encontrará que hablan de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él
es el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44), es decir, en el mundo, ya que el
campo es el mundo (Mt 13,38); tesoro escondido en las Escrituras, ya que era
indicado por medio de figuras y parábolas que no podían entenderse según la
capacidad humana, antes de que llegara el cumplimiento de lo que estaba
profetizado, que es el advenimiento de Cristo. Como dice el profeta Daniel
(12,4-7) y el profeta Jeremías 23,20... Por esta razón, cuando los judíos leen
la ley en nuestros tiempos, se parece a una fábula, pues no pueden explicar
todas las cosas que se refieren al advenimiento del Hijo de Dios como hombre.
En cambio, cuando la leen los cristianos, es para ellos un tesoro escondido en
el campo, que la cruz de Cristo ha revelado y explanado. Con ella, la
inteligencia humana se enriquece y se muestra la sabiduría de Dios manifestando
sus designios sobre los hombres, prefigurándose el reino de Cristo y
anunciándose de antemano la herencia de la Jerusalén santa...» (Contra las
herejías 4,26,1).
–El salmo responsorial es en parte el de ayer, el Salmo
46: «Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de
Abrahán. Porque de Dios son los grandes de la tierra y Él es excelso. Dios es
el Rey del mundo. Pueblos todos batid palmas».
–Juan 16,23-28: El Padre os ama,
porque vosotros me queréis y habéis creído. Comenta San Agustín:
«¿Nos ama Él porque le amamos nosotros, o más
bien le amamos porque nos ama Él? Responde el mismo evangelista en su carta:
“Nosotros le amamos porque Él nos ha amado primero”. Nosotros hemos llegado a
amar porque hemos sido amados. Don es enteramente de Dios el amarle. Él, que
amó sin haber sido amado, lo concedió para ser amado. Hemos sido amados sin
tener méritos para que en nosotros hubiera algo que le agradase. Y no amaríamos
al Hijo si no amásemos también al Padre. El Padre nos ama porque amamos al
Hijo, habiendo recibido del Padre y del Hijo el poder amar al Padre y al Hijo,
difundiendo la caridad en nuestros corazones el Espíritu de ambos, por el cual
amamos al Padre y al Hijo, amando también a ese Espíritu con el Padre y el
Hijo. Ese amor filial nuestro con que honramos a Dios, lo creó Dios, y vio que
era bueno; por eso Él amó lo que Él hizo. Pero no hubiera creado en nosotros lo
que Él pudiera amar si, antes de crearlo, Él no nos hubiese amado» (Tratado
102,5 sobre el Evangelio de San Juan).
Domingo: Ascensión del Señor
Entrada: «Galileos, ¿qué hacéis ahí
plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo
volverá como lo habéis visto marcharse. Aleluya» (Hch 1,11).
Colecta (del Sermón 73 de San León
Magno): «Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta
liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra
victoria y Él, que es la Cabeza de la Iglesia,
nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de
su Cuerpo».
Ofertorio (textos del Gelasiano y del
Sacramentario de Bérgamo): «Te presentamos, Señor, nuestro sacrificio en este
día de la gloriosa Ascensión de tu Hijo; que este divino intercambio nos haga vivir en el reino de
Jesucristo resucitado».
Comunión:
«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya»
(Mt 28,20).
Postcomunión (textos del Veronense,
Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, que
mientras vivimos aún en la tierra nos das ya parte de los bienes del cielo; haz
que deseemos vivamente estar junto a Cristo, en quien nuestra naturaleza humana
ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de tu misma gloria».
Cristo desapareció visiblemente de entre los hombres
para seguir actuando en medio de la humanidad a través de su presencia
invisible y salvífica en su Iglesia.
–Hechos 1,1-11. Se elevó a la vista
de ellos. Con perfecta lógica inicia San Lucas la historia de la Iglesia
naciente, como Cuerpo místico de Cristo, allí donde culmina la desaparición
temporal o histórica de Cristo, su Cabeza. Jesús ha concluido históricamente su
obra. Ahora nos toca continuarla a nosotros a diario.
–Efesios 1,17-23: Lo sentó a su
derecha en el cielo. Jesús entronizado ya en la gloria del Padre por su
Ascensión a los cielos, sigue actuando en medio de la humanidad mediante su
Cuerpo místico visible, la Iglesia.
–Ciclo A) Mateo 28,16-20: Se
me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Ciclo B) Marcos 16,15-20: Ascendió al cielo y se
sentó a la derecha de Dios.
Ciclo C) Lucas 24,46-53: Mientras
los bendecía, iba subiendo al cielo.
Desde su Ascensión a los cielos, Jesús tiene
transferido a su Iglesia el mandato de seguir realizando su obra de
evangelización y salvación hasta el fin de los tiempos.
Oigamos
a San León Magno, que en sus Sermones 73 y 74 expuso el Misterio de la
Ascensión del Señor:
«El
misterio de nuestra salvación, que el Creador del universo estimó en el precio
de su Sangre, se fue realizando, desde el día de su nacimiento hasta el fin de
su Pasión, mediante su humildad. Aunque bajo la forma de siervo, se
manifestaron muchas señales de su divinidad; con todo, su acción durante este
tiempo estuvo encaminada a mostrar la verdad de su naturaleza humana. Pero,
después de su Pasión, libre ya de las ataduras de la muerte, las cuales habían
perdido su fuerza al sujetar a Aquel que estaba exento de todo pecado, la
debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en inmortalidad, la ignominia en
gloria. Esta gloria la declaró nuestro Señor Jesucristo, mediante muchas y
manifiestas pruebas (Hch 1,3), en presencia de muchos, hasta que el triunfo de
la victoria conseguida con la muerte fue patente con su Ascensión a los cielos.
«Por
lo mismo, así como la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría
en la solemnidad pascual, así su Ascensión a los cielos es causa del gozo
presente, ya que nosotros recordamos y veneramos debidamente este día, en el
cual la humildad de nuestra naturaleza, sentándose con Jesucristo en compañía
de Dios Padre, fue elevada sobre los órdenes de los ángeles, sobre toda la
milicia del cielo y la excelsitud de todas las potestades (Ef 1,21). Gracias a
esta economía de las obras divinas, el edificio de nuestra salvación se levanta
sobre sólidos fundamentos... Lo que fue visible a nuestro Redentor ha pasado a
los sacramentos (a los ritos sagrados) y, a fin de que la fe fuese más
excelente y firme, la visión ha sido sustituida por una enseñanza, cuya
autoridad, iluminada con resplandores celestiales, han aceptado los corazones
de los fieles» (Sermón 74,1-2).
Entrada: «Cuando el Espíritu Santo
descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén
y hasta los confines del mundo. Aleluya» (Hch 1,8).
Colecta (del Veronense y del
Gelasiano): «Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para
que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonios de ti con
nuestras obras».
Ofertorio: «Este sacrificio santo nos
purifique, Señor, y derrame en nuestras almas la fuerza divina de tu gracia».
Comunión: «No os dejaré
desamparados, volveré –dice el Señor– y se alegrarán vuestros corazones.
Aleluya» (Jn 14,18;16,22).
Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de
tu pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que
vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
–Hechos 19,1-8: ¿Recibisteis el
Espíritu Santo al aceptar la fe? Pablo encontró en Efeso a unos discípulos
y les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo, a lo que le respondieron
que ni siquiera habían oído hablar de Él. Los catequizó, los bautizó, les
impuso las manos y lo recibieron. La Eucaristía renueva en nosotros la fuerza
profética del Espíritu que hemos
recibido y en la confirmación. San Gregorio Nacianceno dice:
«Espíritu
recto, principal, Señor, que envía, que segrega, que se construye un templo
mostrando la vida, operando a su arbitrio y repartiendo sus gracias. Es
Espíritu de adopción, de verdad, de sabiduría, de entendimiento, de ciencia, de
piedad, de consejo, de fortaleza, de temor, como son enumerados (Is 11,2). Por
quien el Padre es conocido, y el Hijo glorificado, y por los cuales Él mismo es
conocido solamente... ¿Para qué más palabras? Todo lo que tiene el Hijo lo
tiene el Padre, menos el ser engendrado» (Sermón 41).
Y San Basilio:
«Por
la iluminación del Espíritu contemplamos propia y adecuadamente la gloria de
Dios; y por medio de la impronta del Espíritu llegamos a Aquél de quien el
mismo Espíritu es impronta y sello» (Sobre el Espíritu Santo, 26).
–La gran marcha de Dios que camina delante de su
pueblo desde el Sinaí a Sión, simboliza la marcha de Dios en Cristo, que deja
la tierra para subir al cielo. En la acción litúrgica nosotros nos asociamos a
esta grandiosa procesión de júbilo y lo expresamos con el Salmo 67:
«Se levanta Dios y se disipan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo
odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante
el fuego, así perecen los impíos ante
Dios. Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de
alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor, alegraos en
sus presencia. Padre de huérfanos, protector de viudas. Dios vive en su
Santuario, en su santa morada; Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los
cautivos y los enriquece».
–Juan 16,29-33: Tened valor.
Yo he vencido al mundo. Jesús anuncia que todos los abandonarán en el
transcurso de su Pasión. Pero el Padre está con Él. La cruz será la victoria de
Cristo Redentor. Comenta San Agustín:
«Como si dijera: “Entonces llegará vuestra turbación, hasta el punto de
abandonar lo que ahora creéis”; porque llegarán a tal desesperación y, por
decirlo así, muerte de su fe antigua, como se ve en aquel Cleofás, que,
hablando con Él, sin conocerlo, después de su resurrección y contándole lo
sucedido dijo: “Nosotros esperábamos que Él había de rescatar a Israel”. Ahí
tenéis cómo le habían abandonado, perdiendo también la fe que antes habían
tenido en Él.
«En
cambio no le abandonaron en aquella tribulación que padecieron después de su
glorificación, recibido ya el Espíritu Santo; y, aunque huyeron de ciudad en ciudad,
no huyeron de Él, sino que en medio de las persecuciones del mundo conservaron en Él la paz, sin
abandonarle, antes buscando en Él su refugio. Recibido el Espíritu Santo, se
verificó en ellos lo que les había dicho: “Confiad: Yo he vencido al mundo”.
Confiaron y vencieron. ¿Por quién sino por Él? No hubiera Él vencido al mundo,
si el mundo alcanzase la victoria sobre sus miembros» (Tratado 103,3 Sobre
el Evangelio de San Juan).
Martes
Entrada: «Yo soy el primero y el
último. Estaba muerto y, veis, vivo por los siglos de los siglos. Aleluya» (Ap
1,17-18).
Colecta (del Misal anterior):
«Te pedimos, Dios de poder y de
misericordia que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en
nosotros, nos convierta en templos de su gloria».
Ofertorio: «Con estas ofrendas,
Señor, recibe las súplicas de tus hijos, para que esta eucaristía, celebrada
con amor, nos lleve a la gloria del cielo».
Comunión: «El Espíritu Santo, que
enviará el padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya
recordando todo lo que os he dicho –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 14,26).
Postcomunión: «Después de recibir los
santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía,
celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 20,17-27: Lo que importa es
completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor. Al final de
su tercer viaje misional, San Pablo, en camino hacia Jerusalén, anuncia a los
ancianos de la Iglesia de Efeso que el Espíritu Santo le ha revelado las graves
pruebas que tendrá que padecer en la ciudad santa. Les asegura que ya no le
volverán a ver más en este mundo. La participación en el sacrificio eucarístico
de Cristo nos dará fuerzas para confirmar nuestra vida según la imagen de
Cristo crucificado al que sigue tan de cerca el santo Apóstol. Comenta
Orígenes:
«Conviene
saber que seremos juzgados ante el tribunal divino no sólo por nuestra fe, como
si no hubiéramos de responder de nuestra conducta; ni sólo por nuestra
conducta, como si la fe no hubiera de sufrir examen. Es la rectitud de ambas la
que nos justifica y la falta de una u otra nos haría merecedores de
castigo» (Diálogo con Heraclidas 9) .
«Desde
el mismo día en que la Palabra divina se introduce en nuestra alma, es
necesario que se entable una batalla de las virtudes contra los vicios. Antes
de que la Palabra llegara a atacarlos, los vicios permanecían en paz; desde el
momento en que la Palabra comienza a juzgarlos uno a uno se produce un gran
movimiento y nace una guerra sin cuartel. ¿Qué tiene que ver la justicia con la
iniquidad? (2 Cor 6,14)» (Homilía 3 sobre el Exodo 3).
–Jesús, que ha subido al cielo, no se despreocupa de
nosotros. Sigue derramando en su heredad, en la Iglesia, una lluvia copiosa de
gracias. Ha ascendido para mostrarnos el camino. Así lo proclamamos con el Salmo
67: «Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa;
aliviaste la tierra extenuada y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh
Dios, preparó para los pobres. Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras
cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios
nos hace escapar de la muerte».
–Juan 17,1-11: Padre, glorifica a
tu Hijo. Jesús anuncia que ha llegado la hora de su glorificación. Es como
el testamento de Jesús. Él será glorificado con la misma gloria que tenía antes
de bajar y de ella participa su humanidad santísima. Los suyos, todos los que
pertenecerán a su Iglesia, tienen su Palabra, su Vida eterna, la fe en su
misión. La obra consumada por Jesucristo es la Hora por antonomasia. Comenta
San Agustín:
«En verdad que si la vida eterna es el
conocimiento de Dios, tanto más tendemos a vivir cuanto más adelantemos en este
conocimiento. No moriremos en la vida eterna, el conocimiento de Dios será
perfecto cuando la muerte deje de existir. Entonces será la suma glorificación
de Dios, porque será la suma gloria... Los antiguos han definido la gloria, que
hace gloriosos a los hombres, de este
modo: “gloria es la constante fama con loa de una cosa”. Y si el hombre es
alabado cuando se da crédito a su fama, ¿cómo será Dios alabado cuando sea
visto?... La alabanza de Dios no tendrá fin allí donde el conocimiento del
mismo Dios será pleno; y porque este conocimiento será pleno, será suma la
clarificación o glorificación» (Tratado 105,3 Sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Pueblos todos, batid
palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Aleluya» (Sal 46,2).
Colecta (del Veronense y del
Gregoriano): «Padre lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el
Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor,
según tu voluntad».
Ofertorio: «Recibe, Señor, este
sacrificio que tú mismo has querido que te ofreciéramos, y por esta eucaristía,
que celebramos para glorificarte, dígnate santificarnos y darnos tu salvación».
Comunión: «Cuando venga el
Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede
del Padre, él dará testimonio de mí, y también vosotros daréis testimonio –dice
el Señor–. Aleluya» (Jn 15,26-27).
Postcomunión: «La participación en los
santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad, y, al purificarnos de
nuestros pecados, nos haga cada vez más capaces de recibir tus dones».
–Hechos 20,28-38: Os dejo en manos
de Dios, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia.
Pablo anuncia las dificultades que van a sufrir dentro de la propia comunidad y
les hace sus últimas recomendaciones. Un cristianismo auténtico es una vida de
íntimo contacto con Dios, que no ahoga, sino que abre cauces a la expansión de
una intensa emoción humana. La palabra y la acción de gracias nos edifican como
Iglesia y nos dan la herencia de los santos.
San
Gregorio de Nisa, expone unas normas seguras para el gobierno de las almas:
«Es
necesario que los que gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las
actividades de dirección... Existe el peligro de que algunos que se ocupan de
otros y los dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin
notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más
humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como ejemplo
de servicio y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha
confiado... No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo
humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es
necesario refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio»(De
Institución Cristiana).
–En la Ascensión del Señor, Dios ha desplegado su
poder. Ha resplandecido su majestad. Jesús desde el cielo da fuerza y poder a
su pueblo. Ha avanzado por los cielos y ahora reina junto al Padre. Así lo
proclamamos con el Salmo 67: «Oh Dios, despliega tu poder, tu
poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan
los reyes su tributo. Reyes de la tierra cantad a Dios, tocad para el Señor que
avanza por los cielos, los cielos antiquísimos, que lanza su voz, su voz
poderosa: Reconoced el poder de Dios. Sobre
Israel resplandece su majestad y su poder, sobre las nubes. ¡Dios sea
bendito!».
–Juan 17,11-19: Que sean uno como
nosotros. Jesús pide por la unidad de los que han de ser sus discípulos, de
toda la Iglesia. Son muchos los santos Padres que han tratado de la unidad de
la Iglesia. Dice San Cipriano:
«Esta
unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo por el Espíritu
Santo en el Cantar de los Cantares, cuando dice: “Una sola es mi paloma, mi
hermosa es única de su madre, la elegida de ella” (6,8). Quien no guarda esta
unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe? Quien resiste
obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que
está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia?» (Sobre
la unidad de la Iglesia, 5).
Y San Ireneo:
«Por
diversos que sean los lugares, los miembros de la Iglesia profesan una misma fe
y única fe, la que fue transmitida por los Apóstoles a sus discípulos» (Tratado
sobre las herejías 1,10). Cristo nunca habla de Iglesias, sino de la
Iglesia, de su Iglesia y por ella oró en la última Cena.
Entrada: «Acerquémonos
confiadamente al trono de la gracia; a fin de alcanzar misericordia y hallar
gracia en el tiempo oportuno. Aleluya» (Heb 4,16).
Colecta (del Veronense): «Que tu
Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea
grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad».
Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu
bondad, estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a
nosotros transfórmanos en oblación perenne».
Comunión: «Lo que os digo es verdad:
“os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el
Paráclito”. Aleluya» (Jn 16,7).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que
los santos misterios nos hagan comprender tus designios y nos comuniquen tu
misma vida divina, para que así logremos vivir en plenitud las riquezas de tu
Espíritu»
–Hechos 22,30-23.6-11: Tienes que
dar testimonio de Mí en Roma. Defensa de Pablo ante el sanedrín con gran
éxito. Siente que el Señor lo llama a Roma. Tiene que dar testimonio allí de su
fe en Cristo. San Pablo es un fiel cumplidor de la voluntad de Dios. A esta
voluntad hemos de someternos todos. Oigamos a San Cipriano:
«Nunca
hemos de olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino
la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana.
¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio
de la voluntad del Señor, cuando Él nos llama para salir de este mundo!» (Tratado
sobre la muerte 18,24).
San
Juan Crisóstomo dice: «Si no me hubiera retenido el amor que os tengo, no
hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: “Señor,
hágase tu voluntad. No lo que quiere éste o aquél”. Este es mi alcázar, esta es
mi roca inaccesible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios,
que así sea haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier
lugar donde me mande le doy gracias también» (Homilía antes del exilio
1,3).
–El Salmo 15 tiene una plena
realización en Cristo, a quien el Padre no permite experimentar la corrupción,
sino que lo levanta a su presencia y lo sienta a su derecha. Por Cristo el
cristiano conoce la realidad de la vida celeste, espera en ella, la pregusta en las celebraciones litúrgicas:
«Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi
bien”. El Señor es el lote de mi heredad y copa, mi suerte está en tu mano.
Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me
alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. Porque no
me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me
enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de
alegría perpetua a tu derecha».
–Juan 17,20-26: Que sean
completamente uno. Persiste Jesús en la unidad de su Iglesia, de todos los
que han de creer en Él. El Padre nos ama como ama a Cristo. Comenta San
Agustín:
«El
amor con que Dios ama es incomprensible y, al mismo tiempo, inmutable. Porque
no comenzó a amarnos desde que fuimos con Él reconciliados por la Sangre de su
Hijo, sino que nos amó antes de la formación del mundo, para que juntamente con
su Hijo fuésemos hijos suyos, cuando nosotros no éramos absolutamente nada.
Pero, al decir que hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,
no debemos oírlo ni tomarlo como si el Hijo nos hubiera reconciliado con Él
para comenzar a amar a quienes antes odiaba, al modo que un enemigo se
reconcilia con otro enemigo para hacerse amigos, amándose después los que antes
se odiaban; sino que fuimos reconciliados con el que ya nos amaba y cuyos
enemigos éramos por el pecado» (Tratado 110,6 Sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Aquél que nos amó, nos ha
librado de nuestros pecados por su Sangre, nos ha convertido en un reino y
hechos sacerdotes de Dios, su Padre. Aleluya» (Ap 1,5-6).
Colecta: (del Veronense y del
Sacramentario de Bérgamo): «¡Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y
la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino, haz que
la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu
servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe».
Ofertorio: «Mira complacido, Señor,
las ofrendas de tu pueblo, y haz que el Espíritu Santo nos purifique para que
podamos presentarte un sacrificio agradable»
Comunión: «Os enviaré el Espíritu
Santo de la Verdad –dice el Señor–; Él os comunicará toda la verdad. Aleluya»
(Jn 16,13).
Postcomunión: «Tus sacramentos, Señor,
nos han purificado y alimentado; haz que nuestra participación en la eucaristía
nos lleve también a la posesión de tu reino».
–Hechos 25,13-21: Se trataba de
ciertas cuestiones de un difunto, llamado Jesús, que Pablo sostiene que está
vivo. Él gobernador Festo expone al rey Agripa el asunto de Pablo. Es un
testimonio valiosísimo de la fe cristiana. Cristo resucitó. Cristo está vivo.
Esta es nuestra fe. Este es nuestro convencimiento. Este es el fundamento de la
predicación apostólica, de modo especial de San Pablo: Si Cristo no resucitó,
vana es nuestra fe. San Pablo subraya el carácter pascual de la vida cristiana:
participación real en la vida de Cristo resucitado. Oigamos a San Jerónimo:
«No
es de poco estudio que sepamos la esperanza de la vocación y la riqueza de la
heredad de Dios en los santos. Necesitamos de ellas para conocer estas cosas
por el poder que también usó Dios en su Hijo, resucitándolo no una vez, sino
siempre, de entre los muertos, y haciéndolo libre entre los muertos, no
manchado por contagio alguno de muerte (Sal 87,6;15.10). Todos los días
resucita Cristo entre los muertos, todos los días se despierta en los
penitentes. No porque no tenga poder según la carne para entregar su alma y
volver a tomarla (Jn 10,18); nadie se la quita si El no la da por sí mismo,
sino porque, según la disposición de la carne y del Hijo, se diga que ha
resucitado hombre e Hijo por Dios Padre» (Comentario los Efesios 2,5).
–Estamos invitados a la alabanza del Señor, que puso
en el cielo su trono. Nosotros bendecimos a Jesús, que ha subido al cielo y
está sentado a la derecha del Padre y gobierna el universo. Lo hacemos con el Salmo
102: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo
nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Como se levanta
el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el
oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Él Señor puso en el
cielo su trono, su soberanía gobierna el universo. Bendecid al Señor, ángeles
suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes».
–Juan 21,15-19: Apacienta mis
corderos, apacienta mis ovejas. La misión de Pedro es confirmada por Jesús
después de la triple negación y de la triple manifestación de amor. Comenta San
Agustín:
«Este
fue el fin de aquel negador y amador; engreído con la presunción, postrado con
la negación; purgado con las lágrimas, coronado con la pasión; este fin halló:
morir en caridad perfecta por el nombre de Aquél con quien había prometido
morir, arrastrado por una perversa precipitación. Confirmado con su
resurrección, realiza lo que a destiempo su flaqueza prometía. Convenía que
Cristo muriese antes para salvar a Pedro y después muriese Pedro por la
predicación de Cristo. Sucedió en segundo lugar lo que había comenzado a osar
la humana temeridad, siendo éste el orden dispuesto por la Verdad... La triple
negación es compensada con la triple confesión, para que la lengua sea menos
esclava del amor que del temor» (Tratado 123, 4-5, Sobre el Evangelio de San
Juan).
Entrada: «Los discípulos se
dedicaban a la oración en común con algunas mujeres, entre ellas María, la
Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya» (Hch 1,14).
Colecta (del Misal anterior): «Dios
Todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres
la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar».
Ofertorio: «Que la venida del
Espíritu Santo nos prepare, Señor, a participar fructuosamente en tus
sacramentos, porque Él es el perdón de todos los pecados»
Comunión: «El Espíritu Santo me
glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando –dice el Señor–.
Aleluya» (Jn 16,14).
Postcomunión: «Señor de misericordia,
escucha nuestras súplicas, y, ya que nos has hecho pasar de los ritos antiguos
a los sacramentos de la nueva alianza, ayúdanos a pasar de la vida caduca,
fruto del pecado, a la nueva vida del Espíritu».
–Hechos 26,16-20.30-31: Pablo vivió
en Roma predicándoles el Reino de Dios. En régimen de semilibertad, el
Apóstol no deja de continuar la misión para la que fue elegido por el Señor
predicar el Reino de Dios. El plan salvífico de Dios realizado en Cristo por su
Muerte-Resurrección e impulsado por el Espíritu tiene una dimensión universal.
La Iglesia como comunidad y sacramento de salvación, debe actualizar y llevar a
cumplimiento el plan de Dios. Nos toca a nosotros continuar esa misión con
todos los medios que podamos: nuestra oración, nuestra palabra, nuestra vida...
Dice San Gregorio de Niza:
«Esta
es la verdadera perfección, no detenerse nunca en el camino hacia lo que es
mejor y no poner límites a lo perfecto» (De la perfecta forma cristiana).
«La gracia del Espíritu Santo se concede a cada hombre con la idea de que debe
aumentar e incrementar lo que recibe» (Institución cristiana).
Y San Gregorio Nacianceno:
«Procurad
una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la
conversión y salvación del hombre... Sed como lumbreras en medio del mundo,
como una fuerza llena de vida para los demás hombres»(Disertación 39).
–Jesús está en el cielo y los buenos lo verán. El
cristiano vive con ansias de ver el rostro del Señor, convencido de que verá a
Dios cara a cara. Con esta confianza caminamos hacia el gran día de la segunda
venida del Señor. Por eso proclamamos con el Salmo 10: «El Señor
está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están
observando, sus pupilas examinan a los hombres. El Señor examina a los
inocentes y culpables, y al que ama la violencia Él lo odia. Porque el Señor es
justo y ama la justicia. Los buenos verán su rostro».
–Juan 21,20-25: Este es el
discípulo que ha escrito todo esto y nosotros sabemos que su testimonio es
verdadero. Comenta San Agustín:
«“Sígueme”, porque por él padeció Cristo, del
cual dice el mismo Pedro: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para
que sigamos sus huellas”. Por eso le fue dicho: “Sígueme”. Pero hay otra vida
inmortal en la que no hay males: allí veremos cara a cara lo que aquí vemos en
espejo y figuras cuando se ha progresado mucho en la verdad.
«Así, pues, la Iglesia tiene conocimiento de dos vidas que le han sido predicadas y encomendadas por divina inspiración, de las cuales una es en la fe y la otra en la contemplación; la una en el tiempo de la peregrinación, la otra en la eternidad de la mansión; la una en el trabajo, la otra en el descanso; la una en el camino, la otra en la patria; la una en el trabajo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación; la una se afana por conseguir la victoria, la otra vive segura en la paz de la victoria..., en conclusión, la una es buena, pero llena de miserias, la otra es mejor y bienaventurada...» (Tratado 124,5 Sobre el Evangelio de San Juan).
Misa del día
Entrada: «El Espíritu llena el
mundo, y Él, que mantiene todo unido, habla con sabiduría. Aleluya» (Sab 1,7).
O bien: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el
Espíritu que se nos ha dado. Aleluya» (ROM 5,5).
Colecta (del Gelasiano y
Gregoriano): «¡Oh Dios!, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu
Iglesia extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu
sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón
de los fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la
predicación evangélica».
Ofertorio (del Sacramentario de
Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que según la promesa de tu Hijo, el Espíritu
Santo nos haga comprender la realidad misteriosa de este sacrificio y nos lleve
al conocimiento pleno de toda la verdad revelada».
Comunión: «Se llenaron todos
del Espíritu Santo y cada uno hablaba de las maravillas de Dios. Aleluya» (Hch
2,4.11).
Postcomunión