Santo Triduo Pascual
Y
Tiempo Pascual
( Por Manuel Garrido Bonaño, O.S.B. )
Bajado de la Fundación Gratis Date
Índice
Octava de Pascua
2ª Semana de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
3ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
4ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
5ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
6ª Semana
de Pascua
Domingo -
Lunes -
Martes -
Miércoles
7ª Semana
de Pascua
El Cuerpo y la
Sangre del Señor
Entrada: «Nosotros hemos de
gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra
salvación, vida y resurrección; Él nos ha salvado y liberado» (cf. Gál
6,14).
Colecta (de nueva composición): «Señor
Dios nuestro, nos has convocado hoy (esta tarde) para celebrar aquella misma
memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la
Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza eterna; te
pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar
plenitud de amor y de vi-da».
Ofertorio: «Concédenos, Señor,
participar dignamente en estos santos misterios, pues cada vez que celebramos
este memorial de la muerte de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra
redención».
Comunión: «Este es mi cuerpo, que se
entrega por vosotros. Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre;
haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía» (1 Cor 11,24-25).
Postcomunión: «Concédenos, Dios
todopoderoso, que la Cena de tu Hijo, que nos alimenta en el tiempo, llegue a
saciarnos un día en la eternidad de tu reino».
En este día
santo Cristo Jesús, adelantando en su Corazón el misterio de su Pasión, quiso
celebrar en el Cenáculo su propia Pascua. Con esa celebración estaba dando
plenitud real y salvífica a la Pascua judía e instituyendo la realidad
sacramental de la Pascua cristiana o Nueva Alianza en su Sangre. Cristo
instituye en la Última Cena los sacramentos del Sacerdocio y de la Eucaristía.
–Éxodo 12,1-8.11-14: Prescripciones
sobre la cena pascual. El sacrificio del cordero pascual fue realizado por
vez primera por el pueblo de Dios en la noche en que lo libró de la esclavitud
de Egipto. En la Antigua Alianza la cena con ese sacrificio era el signo que
garantizaba el amor de Dios a su pueblo.
–Con el Salmo 115 proclamamos que el
cáliz que bendecimos es la comunión de la Sangre de Cristo. «¿Como pagaré al
Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación, invocando
su nombre... Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre,
Señor...»
–1 Corintios 11,23-26: Cada vez que
coméis el Pan y bebéis del Cáliz, proclamáis la muerte del Señor. Nuestra
Pascua es Cristo, perpetuada sacramental-mente en nosotros por el sacrificio
eucarístico, que actualiza en el tiempo y en el espacio su Pasión y Muerte
Redentora y sigue realizando su salvación pascual hasta que vuelva. Es el
memorial perenne de la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo.
–Juan 13,1-15: Los amó hasta el
extremo. La Eucaristía es signo y testimonio del Amor sin límites con que
Jesucristo nos ha amado y nos sigue amando. Es urgencia de caridad con la que
deben amarse sus discípulos. El lavatorio fue y sigue siendo el impresionante
testimonio del Amor real de Cristo a los hombres, sus hermanos.
San Efrén admira las acciones de Cristo en la Última
Cena:
«Fue
una tarde perfectísima, en la cual Cristo llevó a cabo la verdadera Pascua; fue
una tarde, la última de las tardes, en la cual selló Cristo su doctrina; tarde,
cuyas tinieblas fueron iluminadas... En aquella tarde, en la cual los judíos
usaban los ázimos, Jesús constituyó a la Iglesia heredera en el mundo de su
Sangre. ¡Oh tarde gloriosa, en la cual se realizaron los misterios, se selló el
pacto antiguo, se enriqueció la Iglesia de las Gentes! Tarde bendita, tiempo
bendito, en el que la Cena fue consagrada; mesa bendita que fue altar para los
Apóstoles. En aquella Cena llevó a término el Señor el alimento espiritual y
mezcló la bebida celestial...» (Sermones de la Semana Santa 4,7).
«¡Oh
dichoso lugar! Nunca ha sido preparada una mesa como la tuya, ni en casa de los
reyes, ni en el tabernáculo, ni en el Sancta Sanctorum. En ti fue
partido el pan de las primicias, tú fuiste la primera Iglesia de Cristo y el
primer altar; en ti se vio la primera de todas las oblaciones» (Himno de la
Crucifixión 12).
Y
también Cirilona dice:
«¡Oh
milagro asombroso! Fíjate bien, oyente: pescadores y recaudadores de
contribuciones se sientan con Él a la mesa, mientras los ángeles y arcángeles
están temblando ante Él. Los hombres han sido hechos comensales de Dios. ¡Oh
bienaventurados Apóstoles, de cuán alto honor habéis sido hechos dignos! Ellos
comieron la Pascua antigua y dieron cumplimiento a la Ley» (Himnos
1).
«Tanto nos ha amado Dios que llegó a entregarnos,
por el sacrificio, a su Hijo... que nos amó y se entregó por nosotros» (Jn
3,16; Gál 2,20).
–Oración (del Misal anterior, tomada del
Gelasiano): «Señor, Dios nuestro; Jesucristo, tu Hijo, al derramar sus sangre
por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura
y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégelos siempre».
O bien (del Gelasiano): «Oh Dios, que por la Pasión
de Cristo, Señor nuestro, has destruido la muerte, consecuencia del primer
pecado, que a todos los hombres alcanza; te pedimos nos hagas semejantes a tu
Hijo; así, quienes por nuestra naturaleza humana somos imagen de Adán, el
hombre terreno, por la acción de tu gracia, seamos imagen de Jesucristo, el
hombre celestial».
En el Calvario sobraron espectadores y faltaron
creyentes. Sobró curiosidad y faltó amor. Sobró irresponsabilidad y faltó
humilde sinceridad religiosa, salvo la Virgen María, la Madre de Jesús, San
Juan, el discípulo amado, y las piadosas mujeres. Tengamos los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús... «hecho por nosotros obediente hasta la
muerte y muerte de Cruz» (cf. Flp 2,5 ss.).
–Isaías 52,13-53.12: Él fue traspasado por nuestras rebeliones. El cuarto cántico de Isaías sobre el Siervo
de Dios nos presenta al Mesías como Víctima vicaria y solidaria, machacada por
nuestros pecados. Varón de dolores; castigado y herido por nuestras
iniquidades.
–Con el Salmo 30 decimos: «A Ti,
Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A
tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás»
–Hebreos 4,14-16; 5,7-9:
Experimentó la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para
todos los que le obedecen. Es una proclamación del Sacerdocio Mediador de
Cristo, el Inocente, el Hijo muy amado, Víctima de nuestros pecados. Por ello
es causa de salvación para cuantos creen en Él.
–Juan 18,1-19,42: Pasión de Nuestro
Señor Jesucristo. La meditación de la Pasión evoca los acontecimientos del
Calvario. No interesa tanto lo anecdótico de los sucesos, cuanto la obediencia,
el Amor victimal y la inocencia redentora con que Jesús nos amó y se entregó
por nosotros. Oigamos a San Agustín:
«Marchaba,
pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz.
Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos
de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de
la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la
piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de
fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un
rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser
despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del
corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino
en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz
llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida,
que no debía ser puesta debajo del celemín» (Tratado 119,1 sobre el
Evangelio de San Juan).
Bienaventurados quienes prestan a Jesús el obsequio de una fe íntegra
y de un amor sincero.
«Bienaventuradas
tus manos, oh José, que prestaron servicio a Cristo y palparon las manos y los
pies del cuerpo divino de Jesús, de donde todavía manaba sangre.
Bienaventuradas tus manos, que estuvieron en contacto con el divino costado del
que brotaba sangre, habiendo tú realizado este acto antes que Tomás, el
creyente incrédulo y panegirista curioso. Bienaventurada tu boca, que quedó
plenamente saciada al aproximarse a la boca de Cristo y de entonces se llenó
del Espíritu Santo. Bienaventurados tus ojos que contemplaron los ojos de Jesús
y de ellos recibieron la Luz verdadera. Bienaventurado tu rostro, que se acercó
a la divina faz. Bienaventurados tus hombros que transportaron al que todo
sostiene con su poder. Bienaventurada tu cabeza a la que se aproximó Jesús,
Cabeza de todos. Bienaventuradas tus manos, con las que llevaste al que lleva
todas las cosas.
«Bienaventurados
fueron José y Nicodemo, pues aventajaron a los querubines, elevando y
transportando al mismo Dios. Aventajaron también a los ángeles provistos de
seis alas, pues ellos honraron al Señor y lo cubrieron no con alas, sino con el
lienzo. José y Nicodemo llevaron a hombros a Aquél ante quien se estremecen los
querubines y se extasían todas las legiones de ángeles» (Antigua
Homilía sobre el grande y santo Sábado).
San Germán de Constantinopla dice:
«Esta
es la gran festividad que hoy se celebra en los infiernos: es una solemnidad
maravillosa y llena de esplendor. Aquel Sol que sobrepasa la altitud de los
cielos ha llenado de resplandeciente luz las regiones que estaban debajo de la tierra, y una claridad
meridiana ha iluminado prodigiosamente a aquellos que se hallaban sumidos en la
oscuridad y sombras de muerte. Ahora el Padre celestial ha hecho aparecer su
Sol sobre malos y buenos y también ha dispuesto que lloviese sobre justos e
injustos (Mt 5,45), al fluir del costado abierto de su Unigénito la doble
lluvia de la sangre y del agua que purifica y da vida, pues ambas cosas eran
necesarias para quienes habitaban en las resecas y miserables mansiones del
infierno.
«El
Buen Pastor, en efecto, murió por todos los hombres, justos e injustos y bajó
hasta las profundidades del infierno por razón de la oveja que había ido a
parar a ese lugar, después de quedar privada de la gloria divina y de haber
sido expulsada de las praderas del paraíso, no conservando más protección que
su lana y padeciendo, sobre todo, la mordedura de los atroces dientes del
infierno» (Homilía sobre la sepultura de Cristo).
San Efrén alaba a Cristo en sus misterios pascuales:
«Gloria
a Ti, amigo de los hombres.
Gloria
aTi, oh misericordioso
Gloria
a Ti, oh magnífico.
Gloria
a Ti, que absuelves los pecados.
Gloria
a Ti, que has venido para salvar
nuestras almas...
Gloria
a Ti, que fuiste atado.
Gloria
a Ti, que fuiste flagelado.
Gloria
a Ti, que fuiste escarnecido.
Gloria
a Ti, que fuiste clavado en la Cruz.
Gloria
a Ti, que fuiste sepultado y has resucitado.
Gloria
a Ti, que has predicado a los hombres y ellos han creído en Ti
Gloria
a Ti que has subido a los cielos...
Gloria
al que se ha dignado salvar al pecador, por su misericordiosa bondad»
(Sermón sobre los sufrimientos del Salvador 9).
Entrada: «He resucitado y aún estoy
contigo, has puesto sobre mí tu mano: tu sabiduría ha sido maravillosa,
aleluya» (Sal 138 18,5-6). O bien: «Era verdad, ha resucitado el Señor,
aleluya. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad» (Lc 24,34; cf.
Ap 1,6) .
Colecta (del misal anterior,
completada con texto del Gelasiano): «Señor Dios, que en este día nos has
abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte;
concédenos, al celebrar la solemnidad de su resurrección que, renovados por el
Espíritu, vivamos en la esperanza de nuestra salvación futura».
Ofertorio (del misal anterior,
corregida con texto del Gelasiano): «Rebosantes de gozo pascual, celebramos,
Señor, estos sacramentos, en los que tan maravillosamente ha renacido y se
alimenta tu Iglesia».
Comunión: «Ha sido inmolado nuestra
víctima pascual, Cristo; celebremos, pues, la Pascua con los panes ázimos de la
sinceridad y la verdad. Aleluya» (1Cor 5,7-8)
Postcomunión (del Sacramentario de
Bérgamo): «Protege, Señor, a tu Iglesia con amor paternal, para que, renovada
por los sacramentos pascuales, llegue a la gloria de la resurrección».
En la Vigilia Pascual hemos vivido el gran
acontecimiento de nuestra Pascua: Cristo Resucitado. Celebramos el Misterio de
Cristo-Luz que ha vencido el poder de las tinieblas y de la muerte. A todos se
nos proclamó el Misterio de Vida nueva y renovamos gozosos nuestras esperanzas
bautismales y la alegría de ser de Cristo. Esta gran realidad no se agota en
una celebración. La Iglesia le dedica el cincuentenario pascual, para
saturarnos de Cristo, muerto y resucitado con un Aleluya perenne.
–Hechos 10,34,37-43: Nosotros hemos
comido y bebido con Él después de su Resurrección. Pedro es la primera voz
de la Iglesia que nos proclama y garantiza el acontecimiento de la
Resurrección. Su testimonio avala nuestra fe y nos recuerda que la Resurrección
es la que da sentido a toda la vida de Cristo, el Señor.
–Con el Salmo 117 cantamos alborozados: «Este
es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad
gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La diestra
del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré
para cantar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos es
ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro
patente».
–Colosenses 3,1-4: Buscad los
bienes de allá arriba, donde está Cristo. San Pablo nos recuerda también
que la resurrección del Señor es el acontecimiento que, por el bautismo, ha
dado sentido divino a toda nuestra existencia de creyentes en Cristo y nos ha
injertado en su condición de Hijo muy amado del Padre.
O también: 1 Corintios 5,6-8:
Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva. Incorporados a Cristo,
por el Misterio Pascual, la autenticidad de nuestra fe tiene un signo y una
urgencia insoslayable: nueva vida de santidad en Cristo.
–Secuencia: «Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin
pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva
alianza... Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén. Aleluya».
–Juan 20,1-9: Él había de resucitar
de entre los muertos. El acontecimiento de la Pascua y el reencuentro con
Cristo Resucitado hizo que se volviera a reunir la primera comunidad eclesial
-el Colegio Apostólico- rehaciendo sus vidas del escándalo de la Cruz. De la
resurrección de Cristo nació de nuevo la Iglesia. San Melitón de Sardes explica
las gracias que nos vienen de la resurrección de Cristo:
«Fijaos
bien, queridos hermanos: el Misterio de
Pascua es a la vez nuevo y antiguo, eterno y pasajero, corruptible e
incorruptible, mortal e inmortal. Antiguo según la ley, pero nuevo según la
Palabra encarnada. Pasajero en su figura, pero eterno en la gracia. Corruptible
por el sacrificio del cordero, pero incorruptible por la Vida del Señor. Mortal
por su sepultura en la tierra, pero inmortal por su Resurrección de entre los
muertos. La ley es antigua, pero la Palabra es nueva. La figura es pasajera,
pero la gracia es eterna. Corruptible el cordero, pero incorruptible el Señor,
el cual, inmolado como Cordero, resucitó como Dios...
«Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Porque yo soy vuestro perdón, soy la Pascua de salvación, soy el Cordero degollado por vosotros, soy vuestra agua lustral, vuestra vida, vuestra resurrección, vuestra luz, vuestra salvación y vuestro Rey. Puedo llevaros hasta la cumbre de los cielos, os resucitaré, os mostraré al Padre celestial, os haré resucitar con el poder de mi diestra» (Homilía sobre la Pascua 2-7.100-103).
Tiempo Pascual
Octava
de Pascua
Entrada: «El Señor nos ha
introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios
la Ley del Señor. Aleluya (Ex 13,5-9). O bien «El Señor ha resucitado de entre
los muertos, como lo había dicho; alegrémonos y regocijémonos todos, porque
reina para siempre. Aleluya»
Colecta (del Misal anterior y antes
del Gelasiano y Gregoriano): «Señor Dios, que por medio del bautismo haces
crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos; concede a cuantos han
renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe que
profesaron».
Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu
bondad, las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el bautismo,
consigamos la eterna bienaventuranza».
Comunión: «Cristo, una vez resucitado
de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.
Aleluya» (Rom 6,9).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la
gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu, para que,
quienes estamos en el camino de la salvación, seamos dignos de tus beneficios».
–Hechos 2,14.22-32: Dios resucitó a
este Jesús y todos nosotros somos testigos. Sigue Pedro anunciando a todos
la resurrección de Jesucristo, en quien se cumplieron las profecías de la
Escritura. Este es el tema central de la primera proclamación del mensaje
cristiano: el Misterio de Cristo muerto y resucitado, según el plan de
salvación de Dios. La celebración eucarística, al hacer presentes de nuevo los
acontecimientos salvíficos, en-rola y compromete toda nuestra vida actual en el
plan salvífico de Dios, que se manifestará en plenitud cuando experimentemos la
liberación definitiva en la vida gloriosa. Dice San Juan Damasceno:
«El Señor recibió en herencia los despojos de
los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto, y liberó a todos
los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido contado entre los
malhechores, él fue quien implantó la justicia. La semilla de los incrédulos se
abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de gozo. En medio de
las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro surgió la vida y del
fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la alegría, el gozo y la
exultación» (Homilía sobre el Sábado Santo 27).
–La resurrección de Cristo es esperanza de
incorrupción. Ella hace posible que las afirmaciones del autor del Salmo
15 tengan plenitud de sentido en los labios cristianos. Por Cristo el
cristiano puede vivir su vida en esperanza de inmortalidad: «Protégeme,
Dios mío, que me refugio en Ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor
es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Bendeciré al
Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente
al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se
gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena; porque no me entregarás a la
muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de
la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu
derecha».
–Mateo 28,8-15: Id a comunicar a
mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. Las santas mujeres se
encuentran con Jesús resucitado, que les encarga que avisen a sus discípulos
que vayan a Galilea. Entre tanto, los guardianes de la tumba reciben dinero
para que defiendan la idea de que han robado el cuerpo de Jesús, mientras ellos
dormían. Es una preparación para la manifestación a los Apóstoles, que serán
los verdaderos testigos de la Resurrección. San Agustín dice atinadamente:
«Pusieron guardas para custodiar el sepulcro. Tembló la tierra y resucitó el Señor. Sucedieron tales milagros junto al sepulcro que aun los mismos soldados, que habían ido a custodiarlo, habrían servido de testigos, si hubieran querido decir la verdad. Mas aquella avaricia que se apoderó igualmente de los soldados los inutilizó. “Os damos este dinero, les dijeron, y decid que, estando vosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se lo llevaron”. Verdaderamente se cansaron en vano discurriendo tales cavilaciones. ¿Qué es lo que has dicho, infeliz astucia? ¿Hasta ese extremo abandonas la luz de la verdadera prudencia y te sumerges en el abismo de la malicia que dices: “afirmad que estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se lo llevaron”? ¿Alegas testigos dormidos? Verdaderamente tú mismo dormías, cuando en tales cavilaciones caíste» (Comentario al Salmo 63).
Martes
Entrada: «Les dio a beber del agua
de la sabiduría; en ellos se hizo fuerza y no cederá; los ensalzará por encima
de todos para siempre. Aleluya» (cf. Eclo 15,3-4).
Colecta (del Misal anterior y antes
del Gelasiano y Gregoriano): «Tu, Señor, que nos has salvado por el misterio
pascual, continúa favoreciendo con dones celestes a tu pueblo, para que alcance
la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría del cielo que ya ha empezado
a gustar en la tierra».
Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad
las ofrendas de tu pueblo, para que,
bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que
permanecen para siempre».
Comunión: «Ya que habéis resucitado
con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la
derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba. Aleluya» (Col 3,1-2).
Postcomunión: «Escúchanos, Dios
Todopoderoso, y concede a estos hijos tuyos, que han recibido la gracia
incomparable del bautismo, poder gozar un día de la felicidad eterna».
–Hechos 2,36-41: Convertíos y
bautizaos todos en nombre de Jesucristo. Ante el mensaje apostólico sólo
cabe una actitud por parte de los judíos y para los paganos que sean de recto
corazón: dejar la senda descarriada por medio de la conversión, la fe y el
bautismo, que confiere el perdón de los pecados y el don del Espíritu. Para
todos es necesario estar en estado de conversión permanente, pasar de un grado
menos perfecto a un grado más perfecto en la vida cristiana. Esto es para
nosotros vivir continuamente en misterio pascual. Sobre esta permanente
conversión, Rabano Mauro dice:
«Todo pensamiento que nos quita la esperanza
de la conversión proviene de la falta de piedad; como una pesada piedra atada a
nuestro cuello, nos obliga a estar
siempre con la mirada baja, hacia la tierra, y no nos permite alzar los ojos
hacia el Señor» (Tres libros a Bonosio 3,4).
Y
Juan Pablo II ha escrito: «El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la
misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de
conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como
disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este
modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar
a Él. Viven, pues, en un estado de conversión, es este estado el que traza la
componente más profunda de la peregrinación de todo el hombre por la tierra en
estado de viador» (Dives in misericordia 13).
–En el plan salvador de Dios, fruto de su
misericordia, la resurrección ocupa un lugar central. Dios resucitó a Jesús y
resucitará a todos los que creen en Él, en una resurrección de gloria, porque
de su misericordia está llena la tierra. Así lo proclamamos con el Salmo
32: «La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;
Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos
del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros
aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia,
Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».
–Juan 20,11-18: He visto al Señor y
ha dicho esto. Jesús se aparece a María Magdalena, que ha venido a llorar
junto al sepulcro. Tras un momento de duda, ella reconoce al Maestro y recibe
de éste la orden de anunciar a los discípulos que va a subir al Padre. Comenta
San Agustín:
«Al
volverse los hombres, un afecto más fuerte sujetaba al sexo más débil en el
mismo lugar. Y los ojos que habían buscado al Señor, sin encontrarlo, se
deshacían en lágrimas, sintiendo mayor dolor por haber sido llevado del
sepulcro que por haber sido muerto en la Cruz, porque ya no quedaba recuerdo de
su excelente Maestro, cuya vida les había sido arrebatada. Este dolor sujetaba
a la mujer al lado del sepulcro» (Tratado 121,1 sobre el Evangelio de San
Juan).
Y San Gregorio Magno dice también:
«Llorando,
pues, María se inclinó y miró en el sepulcro. Ciertamente había visto ya vacío
el sepulcro, ya había publicado que se habían llevado al Señor. ¿Por qué, pues,
vuelve a inclinarse y renovar el deseo de verle? Porque al que ama, no le basta
haber mirado una sola vez, porque la fuerza del amor aumenta los deseos de
buscar. Y, efectivamente, primero le buscó, y no le encontró; perseveró en
buscarle y le encontró. Sucedió que, con la dilación, crecieron sus deseos, y
creciendo, consiguió encontrarle» (Homilía 25 sobre los Evangelios).
Entrada: «Venid vosotros, benditos
de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la Creación del
mundo. Aleluya» (Mt 25,34).
Colecta (del Misal anterior y antes
de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que todos los años nos
alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor; concédenos, a través de
la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna».
Ofertorio: «Acepta, Señor, este
sacrificio, con el que has redimido a todos los hombres, y concédenos
bondadosamente la salud del alma y del cuerpo».
Comunión: «Los discípulos conocieron
al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya»
(Lc 24,35).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la
participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos
pecados y nos transforme en hombres nuevos».
–Hechos 3,1-10: Te doy lo que
tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar. Lo que actúa en San
Pedro al curar a este lisiado de la
Puerta Hermosa del Templo en Jerusalén, es el Nombre de Jesucristo, esto es, su
Persona y su fuerza.
Sobre el Nombre de Jesús dice San Bernardo:
«El
nombre de Jesús no es solamente Luz, es también manjar. ¿Acaso no te sientes
confortado cuantas veces lo recuerdas? ¿Qué otro alimento como él sacia así la
mente del que medita? ¿Qué otro manjar repara así los sentidos fatigados, esfuerza
las virtudes, vigoriza la buenas y honestas
costumbres y fomenta las castas afecciones? Todo alimento del alma es
árido si con este óleo no está sazonado; es insípido si no está condimentado
con esta sal. Si escribes, no me deleitas, a no ser que lea el nombre de Jesús.
Si disputas o conversas, no me place, si no oigo el nombre de Jesús. Jesús es
miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón. ¿Está triste
alguno de vosotros? Venga a su corazón Jesús, y de allí salga a la boca. Y he aquí
que apenas aparece el resplandor de este nombre desaparecen todas las nubes y
todo queda sereno» (Sermón 15 sobre el Cantar 1.2).
–Las grandes maravillas de Dios en favor de su
pueblo culminan con la resurrección de Jesús, primicia de los que resucitaremos.
Cantemos con el Salmo 104 al Señor, que ha sido fiel a sus
promesas, haciendo maravillas con su pueblo al nombre de Jesús: «Dad
gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos,
cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. Gloriaos de su
nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su
poder, buscad continuamente su rostro. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de
Jacob, su elegido! Él Señor es nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra».
–Lucas 24,13-35: Reconocieron a
Jesús al partir el pan. Aparición a los discípulos de Meaux. A Jesús se le
sigue encontrando en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos, en los
pobres y necesitados. Comenta San Gregorio Magno:
«En
verdad les dirigió la palabra, les reprendió su dureza de entendimiento, les
descubrió los misterios de la Escritura Sagrada que a Él se referían... Fingió
ir más lejos. Convenía probarlos por si podían amarle, al menos como extraño,
los que como a Dios no le amaban todavía. Pero, como no podían ser extraños a
la caridad los hombres con quienes la Verdad caminaba, le ofrecen
hospitalidad... Ponen pues la mesa, presentan pan y manjares; y en el partir el
pan conocen a Dios, a quien en la explicación de la Sagrada Escritura no habían
conocido. Al escuchar, por lo tanto, los preceptos de Dios, no fueron
iluminados; pero sí lo fueron al cumplirlos, porque escrito está: “No son
justos ante Dios los oyentes de la ley, sino que serán justificados los que la
observen”. Así pues, todo el que quiera entender lo que ha oído, apresúrese a
poner por obra todo lo que ha podido oir. He aquí que el Señor no es conocido
mientras habla, y se digna ser reconocido cuando le sustentan» (Homilía 23
sobre los Evangelios).
Entrada: «Ensalzaron a coro tu brazo
victorioso, porque la sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de
los niños. Aleluya» (Sab 10,20-21).
Colecta (del Misal anterior y antes
de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que has reunido
pueblos diversos en la confesión de tu nombre; concede a los que han renacido
en la fuente bautismal una misma fe en su espíritu y una misma caridad en su
vida».
Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu
bondad, las ofrendas que te presentamos en acción de gracias por los nuevos
bautizados, para que venga sobre ellos la ayuda del cielo»
Comunión: «Pueblo adquirido por Dios,
proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su
luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).
Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras
oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar
nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías
eternas».
–Hechos 3,11-26: Matasteis al Autor
de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos. La curación del
paralítico ofrece a San Pedro una nueva ocasión para proclamar el mensaje de
salvación. Jesús, el Crucificado, ha resucitado. Dios ha dado cumplimiento a
las Escrituras e invita a la conversión mediante el perdón de los pecados,
mientras aguardamos el retorno de Cristo, que volverá a restaurar todo el
universo. La ignorancia que llevó al pecado se debe cambiar en el
arrepentimiento. Cristo es el tesoro escondido en el campo de este mundo y en
el frondoso bosque de las sagradas Escrituras. Así dice San Ireneo:
«Si
uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan de Cristo y que
prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro escondido en el campo (Mt
13,44), es decir, en el mundo, ya que el campo es el mundo (Mt 13,48); tesoro
escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de figuras y
parábolas, que no podían entender según la capacidad humana antes de que
llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de
Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: “Cierra estas palabras y sella el
libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos lleguen a comprender y
abunde el conocimiento” (Dan 12,4)» (Contra las Herejías 4,26,1).
–Cristo resucitado, a quien se somete toda la
Creación, da la respuesta a la pregunta del salmista en el salmo 8:
El hombre tiene vocación de resurrección. ¡Qué admirable es, Señor, tu nombre.
«¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el
hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste
poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el
mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de
ovejas y toros y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del
mar, que trazan sendas por el mar».
–Lucas 24,35-48: Estaba escrito: el
Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día. Jesús se
aparece a los Once, mostrándoles la autenticidad de su cuerpo resucitado: come
con ellos y luego les demuestra que las Escrituras han tenido cumplimiento en
su pasión y resurrección y en la futura predicación de su obra a todos los
pueblos. Jesús es condescendiente y ayuda a los incrédulos. Se muestra como
Hijo de Dios que persigue amorosamente a su pueblo. Los apóstoles se
transforman. Jesús se hace presente a ellos y les entrega sus poderes. Comienza
la era de la Iglesia. Jesús vive hoy presente en medio de nosotros; pero la fe
es fruto de la gracia y no del caminar humano. Hemos de estar siempre abiertos
a la gracia divina. San Ambrosio habla de esta aparición de Jesús a los
Apóstoles:
«Cosa
maravillosa es cómo una naturaleza corpórea pasó a través de un cuerpo
impenetrable; cómo una carne visible entró de un modo invisible, y, siendo
asequible al tacto, era difícil comprender. Asustados los discípulos, juzgaron,
en definitiva, ver un espíritu. Por eso el Señor, para darnos una prueba de su
resurrección, les dijo: “Tocadme y ved que el espíritu no tiene carne ni hueso,
como veis que yo tengo”... Resucitaremos, pues, con nuestro cuerpo. Porque se
siembra el cuerpo animal y resucitará como cuerpo espiritual; éste más sutil,
aquél más grosero y material, por sentir aún el peso de la enfermedad
terrestre. Y ¿cómo podrá dejar de ser cuerpo, aquél que tenía las señales de
las llagas y los vestigios de las cicatrices que el Señor les dio a tocar? Con
lo cual no sólo corrobora la fe, sino que excita también devoción, ya que
prefirió llevar al cielo las llagas que padeció por nosotros y no quiso
borrarlas, a fin de presentarlas a Dios Padre como precio de nuestra
libertad...» (Comentario a San Lucas lib. 10,c. 24),
Entrada: «El Señor condujo a su
pueblo seguro, sin alarmas, mientras el mar cubría a sus enemigos. Aleluya»
(Sal 77,53).
Colecta (del Misal anterior y antes
del Gregoriano): «Dios
Todopoderoso y eterno, que por el misterio pascual has restaurado tu alianza
con los hombres; concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en la fe».
Ofertorio: «Realiza, Señor, en
nosotros el intercambio que significa esta ofrenda pascual, para que el amor a
las cosas de la tierra se transfigure en amor a los bienes del cielo».
Comunión: «Jesús dijo a sus
discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (cf. Jn
21,12-13).
Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no
ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos
sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
Resurrección».
–Hechos 4,1-12: Ningún otro pudo
salvar. Los apóstoles, al ser interrogados por los sumos sacerdote luego de
su arresto, responden por boca de Pedro: «Dios resucitó de entre los muertos a
Jesús a quien vosotros crucificásteis; se han cumplido las Escrituras y nadie,
fuera de Él, puede otorgar la salvación». La causa de la persecución es la
proclamación del poder salvífico de Jesucristo muerto y resucitado, en el que
se cumplen las Escrituras. Los apóstoles no saben ni quieren dar otro mensaje
distinto del que ellos han sido testigos, aunque tengan que sufrir persecución
y castigos por ello, y más tarde la muerte. Todo por Jesús, muerto y
resucitado. Oigamos a San Hipólito:
«Antes
que los astros, inmortal e inmenso, Cristo brilla más que el sol sobre todos
los seres. Por ello, para nosotros que nacemos en Él, se instaura un día de Luz
largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa, prodigio de la virtud
divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y memorial eterno,
impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye de la muerte.
Vida que nace de la tumba y curación que brota de la llaga, resurrección que se
origina de la caída y ascensión que surge del descanso... Este árbol es para mí
una planta de salvación eterna, de él me alimento, de él me sacio. Por sus
raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su
espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y
huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de
rocío... Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente... Cuando
temo a Dios, Él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi
premio; y cuando triunfo, mi trofeo...» (Homilía de la Pascua).
–Este es el día en que actuó el Señor. Cristo
rechazado por los suyos, ha resucitado y es el centro de todas las cosas.
Llenos de gozo proclamamos con el Salmo 117, que ha sido un
milagro patente y abrimos nuestro corazón a la plenitud que la resurrección da
a nuestra fe: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su
misericordia. Diga la Casa de Israel: “eterna es su misericordia”. Digan los
fieles del Señor: “eterna es su misericordia”... La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un
milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y
nuestro gozo. Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el
que viene en el nombre del Señor; el Señor es Dios; Él nos ilumina».
–Juan 21,1-14: Jesús se acerca,
toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Jesús resucitado se muestra
junto al lago de Galilea a sus discípulos, que han vuelto a sus ocupaciones
habituales: la pesca milagrosa va acompañada de una comida del Resucitado con
los suyos. Comenta San Agustín:
«Con esto hizo el Señor una comida para aquellos siete discípulos suyos, a saber, con el pez que habían visto sobre las brasas y con algunos de los que habían cogido y con el pan que ellos habían visto, según la narración. El pez asado es Cristo sacrificado. Él mismo es el pan bajado del cielo. A este pan se incorpora la Iglesia para participar de la eterna bienaventuranza. Y por eso dice: “Traed los peces que ahora habéis cogido”, para que cuantos abrigamos esta esperanza podamos por medio de estos siete discípulos, en los cuales se puede ver figurada la totalidad de todos nosotros, tomar parte en tan excelente sacramento y quedar asociados a la misma bienaventuranza. Esta es la comida del Señor con sus discípulos, con lo cual el Evangelista San Juan, aun teniendo muchas cosas que decir de Cristo, y absorto según mi parecer en alta contemplación de cosas excelsas, concluye su Evangelio» (Tratado 123,2 sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «El Señor sacó a su pueblo
con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo. Aleluya» (Sal 104,43).
Colecta (compuesta con textos del
Gelasiano y del Gregoriano) : «Oh Dios, que con la abundancia de tu
gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los que has
elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por el
Bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa».
Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte
gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en
nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».
Comunión: «Los que os habéis
incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo. Aleluya
(Gál 3,27)».
Postcomunión: «Mira Señor con bondad a tu
pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna,
concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 4,13-21: No podemos menos
de contar lo que hemos visto y oído. Pedro y Juan se niegan a hacer caso a
las prohibiciones de los jefes del Sanedrín, para que no hablen más que de
Jesús, puesto que, como ellos mismos dicen, tienen que obedecer a Dios antes
que a los hombres. A pesar de todas las amenazas, prosiguen proclamando el
mensaje de la resurrección de Jesús. Así manifiesta el nombre de Jesús toda la
plenitud de su poder salvífico; no sólo salva de la enfermedad, sino que es la
única fuente de salvación, que infunde una valentía, un poder superior, contra
el que chocan todos los planes humanos que intentan destruirlo.
Nuestra participación eucarística nos pone en
contacto experimental con la situación de Jesús resucitado. Adquirimos de este
modo un compromiso de obediencia y de testimonio y recibimos la fuerza del
Espíritu para vivir y proclamar libre y valientemente la salvación que hemos
experimentado.
La profundidad y amplitud del misterio de Cristo se
expresa en la inefable riqueza de los nombres con que es designado el Salvador.
Así se expresa Nicetas de Remesiana:
«Se
llama Verbo, porque ha sido engendrado sin pasión alguna por Dios Padre... O
bien porque por su medio habló Dios Padre a los ángeles y a los hombres. Se
dice Sabiduría, porque por medio de Él se ordenó todo sabiamente al principio.
Se llama Luz, porque Él iluminó las primeras tinieblas del mundo y con su
venida hizo desaparecer la noche de los corazones de los hombres. Se llama
Potencia, porque ninguna criatura lo
puede vencer. Se dice Diestra y Brazo, porque por su medio fueron creadas todas
las cosas y Él las abarca todas. Se llama Ángel del Gran Consejo, porque Él es
personalmente nuncio de la Voluntad paterna. Se llama Hijo del Hombre, porque
por nosotros los hombres se dignó nacer como hombre. Se dice Cordero, por su
inocencia singular. Se llama Oveja para que quede patente su Pasión. Se dice
Sacerdote, bien porque ofreció a Dios Padre en favor nuestro su Cuerpo como
oblación y sacrificio, bien porque se digna ofrecerse cada día por nosotros. Se
dice Camino, porque por medio de Él llegamos a la salvación. Verdad, porque
rechazó la mentira. Se llama Vida, porque destruye la muerte. Se llama Vid,
porque al extender los ramos de sus brazos en la Cruz proporcionó al mundo el
gran fruto de la dulzura... Se llama Médico, porque con su visita curó nuestras
enfermedades y heridas... Se dice Paz, porque reunió en la unidad a los que
estaban dispersos y nos reconcilió con Dios Padre. Se llama Resurrección,
porque resucitará todos los cuerpos... Se llama Puerta, porque por su medio se
abre a los fieles la entrada del Reino de los cielos» (Catecumenado de
adultos B P 16,32-38).
–El salmo responsorial es el mismo que
ayer.
–Marcos 16,9-15: Id al mundo entero
y predicad el Evangelio. La fe de los apóstoles se basa en la experiencia
directa y en una renovación de la convivencia con el Señor. Así quedan
constituidos en testigos y reciben el homenaje del Resucitado para difundirlo
por todo el mundo. San Juan Crisóstomo dice:
«El mensaje que se os comunica no va destinado
a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os
envío a dos ciudades, ni a diez, ni a
veinte; ni tan siquiera os envio a toda una nación, como en otro tiempo a los
profetas; sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto
muy mal dispuesto. Porque al decir: “Vosotros sois la sal de la tierra”, enseña
que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por
ello exige a todos sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y
útiles para el cuidado de los demás» (Homilía sobre San Mateo 15, 6).
Lo único
importante es que Cristo sea anunciado, conocido y amado. Él es el que actúa
por medio de los apóstoles de entonces y de ahora. Así lo expresa San Agustín:
«Podemos amonestar con el sonido de nuestra voz, pero si dentro no está el que enseña, vano es nuestro sonido... Os hable Él, pues, interiormente, ya que ningún hombre está allí de maestro» (In 1 Jn. 2,4).
Domingo
Entrada: «Como el niño recién
nacido, ansiad la lecha auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos.
Aleluya» (1 Pe 2,2). O bien: «Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios.
que os ha llamado al reino celestial. Aleluya» (Esd 2,36-37).
Colecta (del Misal Gótico): «Dios de
misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual
de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para
que comprendamos mejor que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos
ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido».
Ofertorio (del misal anterior, retocada con textos
de los Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Recibe, Señor, las ofrendas que (junto con los recién
bautizados) te presentamos y haz que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos
la eterna bienaventuranza».
Comunión: «Trae tu mano y toca la
señal de los clavos; y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya» (Jn 20,27).
Postcomunión (del misal anterior,
retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza
del sacramento pascual que hemos recibido, persevere siempre en nosotros».
Ciclo
A
El acontecimiento pascual y el reencuentro con el
Corazón de Cristo Resucitado rehizo la fe y la vida del colegio apostólico y
puso en marcha la Iglesia de Cristo como comunidad de creyentes reunidos en
torno al Señor Jesús, viviente de nuevo en su Palabra y en su Eucaristía. Los
neófitos dejaron ayer las túnicas bautismales.
–Hechos 2,42-47: Los creyentes
vivían unidos y lo tenían todo en común. Por la fuerza de la predicación
apostólica de los primeros testigos de la Resurrección se inició la Iglesia
como comunidad de fe y de amor entre los hombres. Es el primer diseño de la
Iglesia, fundada en la fe y en la Eucaristía. San Cipriano dice:
«Esta
unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo... Quien no
guarda esta unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe?
Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro,
sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia?
(Sobre la unidad de la Iglesia 3,2)
–Sal. 117. Salmo responsorial como en
el Domingo de Resurrección.
–1 Pedro 1,3-9: Por la resurrección
de Cristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. San Pedro proclama la
grandeza de nuestra vocación cristiana como miembros de la Iglesia, comunidad
de salvación en medio del mundo por la fe en Cristo. Afirma, sobre el nuevo
nacimiento San Hipólito:
«El
que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se
adhiere a Cristo; reniega al enemigo del género humano y profesa su fe en la
divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de
hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos
de justicia y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de
Dios y coheredero de Cristo» (Sermón sobre la Teofanía).
–Juan 20,19-31: A los ocho días se
les apareció el Señor. Es el texto evangélico para los tres ciclos y
presenta la primera comunidad eclesial surgida de la Pascua. Comunidad de
creyentes, reunidos para iniciar su misión de testigos, por la fe, del
acontecimiento de la Resurrección de Cristo. Nos fijamos aquí en la duda de
Santo Tomás, comentada por San Gregorio Magno:
«Sólo Tomás, llamado el Mellizo, estaba
ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le
contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su
costado para que lo palpe, le enseña las manos y, mostrándole la cicatriz de
sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados,
lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas
estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviese primero ausente, que luego
al venir oyese, que al oir dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?
«Todo
esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó
en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al
palpar las heridas del cuerpo de su Maestro, curó las heridas de nuestra
incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que
la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho
de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe.
«De
este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en
testigo de la realidad de la resurrección... Teniendo ante sus ojos a un hombre
verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada... “Dichosos los que
crean sin haber visto”: en esta sentencia el Señor nos designa especialmente a
nosotros. Con tal que las obras acompañen nuestra fe» (Homilía 26 sobre los
Evangelios).
Ciclo
B
El acontecimiento pascual, Muerte y Resurrección del
Señor, rehizo la fe del Colegio apostólico y puso en marcha la obra de Cristo,
que es la Iglesia como comunidad de creyentes reunidos en Cristo, vivientes de
su Palabra y de su Eucaristía.
–Hechos 4,32-35: Todos pensaban y
sentían lo mismo. Por la fuerza de la predicación apostólica de los
primeros testigos de la Resurrección se inició la Iglesia, como comunidad de fe
y de amor entre los hombres. San Fulgencio de Ruspe dice:
«Dios,
al conservar en la Iglesia la caridad que ha sido derramada en ella por el
Espíritu Santo, convierte a esta misma Iglesia en un sacrificio agradable a sus
ojos y le hace capaz de recibir siempre la gracia de esa caridad espiritual,
para que pueda ofrecerse continuamente a Él como una ofrenda viva, santa y
agradable» (Lib. 3,11-12).
–Salmo responsorial 117.
–1 Juan 5,16: Todo el que ha nacido
de Dios vence al mundo. La vida de fe iniciada por el bautismo y vivificada
por la Eucaristía, es la clave que da autenticidad a nuestra condición de hijos
de Dios en medio del mundo. San Atanasio así lo manifiesta:
«Siempre resultará provechoso esforzarse en
profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y de la fe de
la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron
los apóstoles y la conservaron los Santos Padres. En ella, efectivamente, está
fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquél que se aparta de esta fe deja
de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal» (Carta I a Serapión
28-30).
–Juan 20, 19-31. Ver Ciclo A.
Ciclo
C
Concluimos la octava de Pascua. La liturgia nos ha
hecho vivir intensamente el gozo y la alegría de ser de Cristo, el que murió y
resucitó por nosotros. Desde ahora, a lo largo del tiempo pascual, el
pentecostés de alegría aleluyática, la Iglesia en su liturgia irá desentrañando
en nuestra conciencia el Misterio de Cristo resucitado y de su Iglesia, en la
que nos integramos por el bautismo. Hemos de ser responsables de estas sagradas
realidades, realizadas en la historia de la salvación y en nuestra propia vida.
–Hechos 5,12-16: Crecía el número
de los creyentes. En torno a los Apóstoles comienza a formarse la primera
comunidad eclesial, avalada por la fe en la resurrección del Señor Jesús. No
tiene fronteras, como explica San Cirilo de Jerusalén:
«La
Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de
la tierra, de uno a otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto
enseña todas las verdades de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate
de las cosas visibles o invisibles, terrenas o celestiales; también porque
induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los
simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque
cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos cuantos los
externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en
hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales» (Catequesis
18,23-25).
–Apocalipsis 1,9-11.12-13.17-19:
Estaba muerto y ya ves que vive por los siglos. El triunfo de Jesús sobre
la vida y la muerte sigue siendo el gran acontecimiento, que mantiene eficaz la
fe y la esperanza de la Iglesia. La resurrección de Jesucristo es la fianza y
la prueba infalible de nuestra esperanza, el firme apoyo de nuestra fe, la
garantía más segura de que nosotros hemos sido redimidos, de que somos llamados
a la vida eterna. Estaba muerto, pero ha resucitado para ser nuestra vida y
Pontífice intercesor ante el Padre.
–Juan 20,19-31. Ver Ciclo A.
Entrada: «Cristo, una vez resucitado
de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.
Aleluya» (Rom 6,9).
Colecta (tomada del Sacramentario de
Bérgamo): «Dios todopoderoso y eterno, que nos permites que te llamemos
Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos
alcanzar la herencia prometida».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las
ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo
nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
Comunión: «Jesús se puso en medio de
sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya» (Jn 20,19).
Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a
tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna,
concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 4,23-31: Al terminar la
oración, los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la
Palabra de Dios. Después de la liberación de Pedro y de Juan, la comunidad
cristiana ora rememorando las palabras del Salmo 2, interpretadas como una
profecía de la pasión y de la resurrección del Mesías. Se trata de la primera
oración comunitaria de la Iglesia. La persecución provoca y acentúa una mayor
unión de sentimientos y el recurso a Dios, que escucha la súplica de la Iglesia
reunida. En la acción eucarística, al hacer presente la actuación salvífica de
Dios en Cristo, pedimos y recibimos la fuerza del Espíritu, que se ha de
manifestar en el testimonio valiente de nuestras palabras y de nuestras obras.
San Agustín habla muchas veces sobre la oración
pública y privada, sobre sus cualidades y eficacia:
«Cuando nuestra oración nos es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no e