Santo Triduo Pascual

 

Y

 

 Tiempo Pascual


( Por Manuel Garrido Bonaño, O.S.B. )

 

Bajado de la Fundación Gratis Date

 

Índice


 

Jueves Santo

Viernes Santo

Sábado Santo


 

Domingo de Resurrección

Octava de Pascua

Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

2ª Semana de Pascua

Domingo  -  Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

3ª Semana de Pascua

Domingo  -  Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

4ª Semana de Pascua

Domingo  -  Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

5ª Semana de Pascua

Domingo  -  Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

6ª Semana de Pascua

Domingo  -  Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

7ª Semana de Pascua

Domingo: Ascensión del Señor

Lunes  -  Martes  -  Miércoles

Jueves  -  Viernes  -  Sábado


 

Domingo de Pentecostés

La Santísima Trinidad

El Cuerpo y la Sangre del Señor

El Sagrado Corazón de Jesús

 

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Jueves Santo


 

Entrada: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra salvación, vida y resurrección; Él nos ha salvado y liberado» (cf. Gál 6,14).

Colecta (de nueva composición): «Señor Dios nuestro, nos has convocado hoy (esta tarde) para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vi-da».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, participar dignamente en estos santos misterios, pues cada vez que celebramos este memorial de la muerte de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra redención».

Comunión: «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía» (1 Cor 11,24-25).

Postcomunión: «Concédenos, Dios todopoderoso, que la Cena de tu Hijo, que nos alimenta en el tiempo, llegue a saciarnos un día en la eternidad de tu reino».

 En este día santo Cristo Jesús, adelantando en su Corazón el misterio de su Pasión, quiso celebrar en el Cenáculo su propia Pascua. Con esa celebración estaba dando plenitud real y salvífica a la Pascua judía e instituyendo la realidad sacramental de la Pascua cristiana o Nueva Alianza en su Sangre. Cristo instituye en la Última Cena los sacramentos del Sacerdocio y de la Eucaristía.

Éxodo 12,1-8.11-14: Prescripciones sobre la cena pascual. El sacrificio del cordero pascual fue realizado por vez primera por el pueblo de Dios en la noche en que lo libró de la esclavitud de Egipto. En la Antigua Alianza la cena con ese sacrificio era el signo que garantizaba el amor de Dios a su pueblo.

–Con el Salmo 115 proclamamos que el cáliz que bendecimos es la comunión de la Sangre de Cristo. «¿Como pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre... Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor...»

1 Corintios 11,23-26: Cada vez que coméis el Pan y bebéis del Cáliz, proclamáis la muerte del Señor. Nuestra Pascua es Cristo, perpetuada sacramental-mente en nosotros por el sacrificio eucarístico, que actualiza en el tiempo y en el espacio su Pasión y Muerte Redentora y sigue realizando su salvación pascual hasta que vuelva. Es el memorial perenne de la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo.

Juan 13,1-15: Los amó hasta el extremo. La Eucaristía es signo y testimonio del Amor sin límites con que Jesucristo nos ha amado y nos sigue amando. Es urgencia de caridad con la que deben amarse sus discípulos. El lavatorio fue y sigue siendo el impresionante testimonio del Amor real de Cristo a los hombres, sus hermanos.

San Efrén admira las acciones de Cristo en la Última Cena:

«Fue una tarde perfectísima, en la cual Cristo llevó a cabo la verdadera Pascua; fue una tarde, la última de las tardes, en la cual selló Cristo su doctrina; tarde, cuyas tinieblas fueron iluminadas... En aquella tarde, en la cual los judíos usaban los ázimos, Jesús constituyó a la Iglesia heredera en el mundo de su Sangre. ¡Oh tarde gloriosa, en la cual se realizaron los misterios, se selló el pacto antiguo, se enriqueció la Iglesia de las Gentes! Tarde bendita, tiempo bendito, en el que la Cena fue consagrada; mesa bendita que fue altar para los Apóstoles. En aquella Cena llevó a término el Señor el alimento espiritual y mezcló la bebida celestial...» (Sermones de la Semana Santa 4,7).

«¡Oh dichoso lugar! Nunca ha sido preparada una mesa como la tuya, ni en casa de los reyes, ni en el tabernáculo, ni en el Sancta Sanctorum. En ti fue partido el pan de las primicias, tú fuiste la primera Iglesia de Cristo y el primer altar; en ti se vio la primera de todas las oblaciones» (Himno de la Crucifixión 12).

Y también Cirilona dice:

«¡Oh milagro asombroso! Fíjate bien, oyente: pescadores y recaudadores de contribuciones se sientan con Él a la mesa, mientras los ángeles y arcángeles están temblando ante Él. Los hombres han sido hechos comensales de Dios. ¡Oh bienaventurados Apóstoles, de cuán alto honor habéis sido hechos dignos! Ellos comieron la Pascua antigua y dieron cumplimiento a la Ley» (Himnos 1).

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Viernes Santo


 

«Tanto nos ha amado Dios que llegó a entregarnos, por el sacrificio, a su Hijo... que nos amó y se entregó por nosotros» (Jn 3,16; Gál 2,20).

Oración (del Misal anterior, tomada del Gelasiano): «Señor, Dios nuestro; Jesucristo, tu Hijo, al derramar sus sangre por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégelos siempre».

O bien (del Gelasiano): «Oh Dios, que por la Pasión de Cristo, Señor nuestro, has destruido la muerte, consecuencia del primer pecado, que a todos los hombres alcanza; te pedimos nos hagas semejantes a tu Hijo; así, quienes por nuestra naturaleza humana somos imagen de Adán, el hombre terreno, por la acción de tu gracia, seamos imagen de Jesucristo, el hombre celestial».

En el Calvario sobraron espectadores y faltaron creyentes. Sobró curiosidad y faltó amor. Sobró irresponsabilidad y faltó humilde sinceridad religiosa, salvo la Virgen María, la Madre de Jesús, San Juan, el discípulo amado, y las piadosas mujeres. Tengamos los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús... «hecho por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz» (cf. Flp 2,5 ss.).

Isaías 52,13-53.12:  Él fue traspasado por nuestras rebeliones.  El cuarto cántico de Isaías sobre el Siervo de Dios nos presenta al Mesías como Víctima vicaria y solidaria, machacada por nuestros pecados. Varón de dolores; castigado y herido por nuestras iniquidades.

–Con el Salmo 30 decimos: «A Ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás»

Hebreos 4,14-16; 5,7-9: Experimentó la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Es una proclamación del Sacerdocio Mediador de Cristo, el Inocente, el Hijo muy amado, Víctima de nuestros pecados. Por ello es causa de salvación para cuantos creen en Él. 

Juan 18,1-19,42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La meditación de la Pasión evoca los acontecimientos del Calvario. No interesa tanto lo anecdótico de los sucesos, cuanto la obediencia, el Amor victimal y la inocencia redentora con que Jesús nos amó y se entregó por nosotros. Oigamos a San Agustín:

«Marchaba, pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida, que no debía ser puesta debajo del celemín» (Tratado 119,1 sobre el Evangelio de San Juan).

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Sábado Santo


 

Bienaventurados quienes  prestan a Jesús el obsequio de una fe íntegra y de un amor sincero.

«Bienaventuradas tus manos, oh José, que prestaron servicio a Cristo y palparon las manos y los pies del cuerpo divino de Jesús, de donde todavía manaba sangre. Bienaventuradas tus manos, que estuvieron en contacto con el divino costado del que brotaba sangre, habiendo tú realizado este acto antes que Tomás, el creyente incrédulo y panegirista curioso. Bienaventurada tu boca, que quedó plenamente saciada al aproximarse a la boca de Cristo y de entonces se llenó del Espíritu Santo. Bienaventurados tus ojos que contemplaron los ojos de Jesús y de ellos recibieron la Luz verdadera. Bienaventurado tu rostro, que se acercó a la divina faz. Bienaventurados tus hombros que transportaron al que todo sostiene con su poder. Bienaventurada tu cabeza a la que se aproximó Jesús, Cabeza de todos. Bienaventuradas tus manos, con las que llevaste al que lleva todas las cosas.

«Bienaventurados fueron José y Nicodemo, pues aventajaron a los querubines, elevando y transportando al mismo Dios. Aventajaron también a los ángeles provistos de seis alas, pues ellos honraron al Señor y lo cubrieron no con alas, sino con el lienzo. José y Nicodemo llevaron a hombros a Aquél ante quien se estremecen los querubines y se extasían todas las legiones de ángeles» (Antigua Homilía sobre el grande y santo Sábado).

San Germán de Constantinopla dice:

«Esta es la gran festividad que hoy se celebra en los infiernos: es una solemnidad maravillosa y llena de esplendor. Aquel Sol que sobrepasa la altitud de los cielos ha llenado de resplandeciente luz las regiones que  estaban debajo de la tierra, y una claridad meridiana ha iluminado prodigiosamente a aquellos que se hallaban sumidos en la oscuridad y sombras de muerte. Ahora el Padre celestial ha hecho aparecer su Sol sobre malos y buenos y también ha dispuesto que lloviese sobre justos e injustos (Mt 5,45), al fluir del costado abierto de su Unigénito la doble lluvia de la sangre y del agua que purifica y da vida, pues ambas cosas eran necesarias para quienes habitaban en las resecas y miserables mansiones del infierno.

«El Buen Pastor, en efecto, murió por todos los hombres, justos e injustos y bajó hasta las profundidades del infierno por razón de la oveja que había ido a parar a ese lugar, después de quedar privada de la gloria divina y de haber sido expulsada de las praderas del paraíso, no conservando más protección que su lana y padeciendo, sobre todo, la mordedura de los atroces dientes del infierno» (Homilía sobre la sepultura de Cristo).

San Efrén alaba a Cristo en sus misterios pascuales:

«Gloria a Ti, amigo de los hombres.

Gloria aTi, oh misericordioso

Gloria a Ti, oh magnífico.

Gloria a Ti, que absuelves los pecados.

Gloria a Ti, que has venido para  salvar nuestras almas...

Gloria a Ti, que fuiste atado.

Gloria a Ti, que fuiste flagelado.

Gloria a Ti, que fuiste escarnecido.

Gloria a Ti, que fuiste clavado en la Cruz.

Gloria a Ti, que fuiste sepultado y has resucitado.

Gloria a Ti, que has predicado a los hombres y ellos han creído en Ti

Gloria a Ti que has subido a los cielos...

Gloria al que se ha dignado salvar al pecador, por su misericordiosa bondad»

(Sermón sobre los sufrimientos del Salvador 9).

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Domingo de Resurrección


Entrada: «He resucitado y aún estoy contigo, has puesto sobre mí tu mano: tu sabiduría ha sido maravillosa, aleluya» (Sal 138 18,5-6). O bien: «Era verdad, ha resucitado el Señor, aleluya. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad» (Lc 24,34; cf. Ap 1,6) .

Colecta (del misal anterior, completada con texto del Gelasiano): «Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte; concédenos, al celebrar la solemnidad de su resurrección que, renovados por el Espíritu, vivamos en la esperanza de nuestra salvación futura».

Ofertorio (del misal anterior, corregida con texto del Gelasiano): «Rebosantes de gozo pascual, celebramos, Señor, estos sacramentos, en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta tu Iglesia».

Comunión: «Ha sido inmolado nuestra víctima pascual, Cristo; celebremos, pues, la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad. Aleluya» (1Cor 5,7-8)

Postcomunión (del Sacramentario de Bérgamo): «Protege, Señor, a tu Iglesia con amor paternal, para que, renovada por los sacramentos pascuales, llegue a la gloria de la resurrección».

En la Vigilia Pascual hemos vivido el gran acontecimiento de nuestra Pascua: Cristo Resucitado. Celebramos el Misterio de Cristo-Luz que ha vencido el poder de las tinieblas y de la muerte. A todos se nos proclamó el Misterio de Vida nueva y renovamos gozosos nuestras esperanzas bautismales y la alegría de ser de Cristo. Esta gran realidad no se agota en una celebración. La Iglesia le dedica el cincuentenario pascual, para saturarnos de Cristo, muerto y resucitado con un Aleluya perenne.

Hechos 10,34,37-43: Nosotros hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección. Pedro es la primera voz de la Iglesia que nos proclama y garantiza el acontecimiento de la Resurrección. Su testimonio avala nuestra fe y nos recuerda que la Resurrección es la que da sentido a toda la vida de Cristo, el Señor.

–Con el Salmo 117 cantamos alborozados: «Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente».

Colosenses 3,1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo. San Pablo nos recuerda también que la resurrección del Señor es el acontecimiento que, por el bautismo, ha dado sentido divino a toda nuestra existencia de creyentes en Cristo y nos ha injertado en su condición de Hijo muy amado del Padre.

O también: 1 Corintios 5,6-8: Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva. Incorporados a Cristo, por el Misterio Pascual, la autenticidad de nuestra fe tiene un signo y una urgencia insoslayable: nueva vida de santidad en Cristo.

Secuencia: «Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza... Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén. Aleluya».

Juan 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos. El acontecimiento de la Pascua y el reencuentro con Cristo Resucitado hizo que se volviera a reunir la primera comunidad eclesial -el Colegio Apostólico- rehaciendo sus vidas del escándalo de la Cruz. De la resurrección de Cristo nació de nuevo la Iglesia. San Melitón de Sardes explica las gracias que nos vienen de la resurrección de Cristo:

«Fijaos bien, queridos hermanos:  el Misterio de Pascua es a la vez nuevo y antiguo, eterno y pasajero, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal. Antiguo según la ley, pero nuevo según la Palabra encarnada. Pasajero en su figura, pero eterno en la gracia. Corruptible por el sacrificio del cordero, pero incorruptible por la Vida del Señor. Mortal por su sepultura en la tierra, pero inmortal por su Resurrección de entre los muertos. La ley es antigua, pero la Palabra es nueva. La figura es pasajera, pero la gracia es eterna. Corruptible el cordero, pero incorruptible el Señor, el cual, inmolado como Cordero, resucitó como Dios...

«Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Porque yo soy vuestro perdón, soy la Pascua de salvación, soy el Cordero degollado por vosotros, soy vuestra agua lustral, vuestra vida, vuestra resurrección, vuestra luz, vuestra salvación y vuestro Rey. Puedo llevaros hasta la cumbre de los cielos, os resucitaré, os mostraré al Padre celestial, os haré resucitar con el poder de mi diestra» (Homilía sobre la Pascua 2-7.100-103).

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Tiempo Pascual

 

Octava de Pascua

 

Lunes Octava de Pascua


 

Entrada: «El Señor nos ha introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios la Ley del Señor. Aleluya (Ex 13,5-9). O bien «El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho; alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. Aleluya»

Colecta (del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos; concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron».

Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu bondad, las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza».

Comunión: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9).

Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu, para que, quienes estamos en el camino de la salvación, seamos dignos de tus beneficios».

Hechos 2,14.22-32: Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos. Sigue Pedro anunciando a todos la resurrección de Jesucristo, en quien se cumplieron las profecías de la Escritura. Este es el tema central de la primera proclamación del mensaje cristiano: el Misterio de Cristo muerto y resucitado, según el plan de salvación de Dios. La celebración eucarística, al hacer presentes de nuevo los acontecimientos salvíficos, en-rola y compromete toda nuestra vida actual en el plan salvífico de Dios, que se manifestará en plenitud cuando experimentemos la liberación definitiva en la vida gloriosa. Dice San Juan Damasceno:

 «El Señor recibió en herencia los despojos de los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto, y liberó a todos los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido contado entre los malhechores, él fue quien implantó la justicia. La semilla de los incrédulos se abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de gozo. En medio de las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro surgió la vida y del fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la alegría, el gozo y la exultación» (Homilía sobre el Sábado Santo 27).

–La resurrección de Cristo es esperanza de incorrupción. Ella hace posible que las afirmaciones del autor del Salmo 15 tengan plenitud de sentido en los labios cristianos. Por Cristo el cristiano puede vivir su vida en esperanza de inmortalidad: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena; porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

Mateo 28,8-15: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. Las santas mujeres se encuentran con Jesús resucitado, que les encarga que avisen a sus discípulos que vayan a Galilea. Entre tanto, los guardianes de la tumba reciben dinero para que defiendan la idea de que han robado el cuerpo de Jesús, mientras ellos dormían. Es una preparación para la manifestación a los Apóstoles, que serán los verdaderos testigos de la Resurrección. San Agustín dice atinadamente:

 «Pusieron guardas para custodiar el sepulcro. Tembló la tierra y resucitó el Señor. Sucedieron tales milagros junto al sepulcro que aun los mismos soldados, que habían ido a custodiarlo, habrían servido de testigos, si hubieran querido decir la verdad. Mas aquella avaricia que se apoderó igualmente de los soldados los inutilizó. “Os damos este dinero, les dijeron, y decid que, estando vosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se lo llevaron”. Verdaderamente se cansaron en vano discurriendo tales cavilaciones. ¿Qué es lo que has dicho, infeliz astucia? ¿Hasta ese extremo abandonas la luz de la verdadera prudencia y te sumerges en el abismo de la malicia que dices: “afirmad que estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se lo llevaron”? ¿Alegas testigos dormidos? Verdaderamente tú mismo dormías, cuando en tales cavilaciones caíste» (Comentario al Salmo 63).

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Martes Octava de Pascua


 

Entrada: «Les dio a beber del agua de la sabiduría; en ellos se hizo fuerza y no cederá; los ensalzará por encima de todos para siempre. Aleluya» (cf. Eclo 15,3-4).

Colecta (del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Tu, Señor, que nos has salvado por el misterio pascual, continúa favoreciendo con dones celestes a tu pueblo, para que alcance la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría del cielo que ya ha empezado a gustar en la tierra».

Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las  ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».

Comunión: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba. Aleluya» (Col 3,1-2).

Postcomunión: «Escúchanos, Dios Todopoderoso, y concede a estos hijos tuyos, que han recibido la gracia incomparable del bautismo, poder gozar un día de la felicidad eterna».

Hechos 2,36-41: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo. Ante el mensaje apostólico sólo cabe una actitud por parte de los judíos y para los paganos que sean de recto corazón: dejar la senda descarriada por medio de la conversión, la fe y el bautismo, que confiere el perdón de los pecados y el don del Espíritu. Para todos es necesario estar en estado de conversión permanente, pasar de un grado menos perfecto a un grado más perfecto en la vida cristiana. Esto es para nosotros vivir continuamente en misterio pascual. Sobre esta permanente conversión, Rabano Mauro dice:

 «Todo pensamiento que nos quita la esperanza de la conversión proviene de la falta de piedad; como una pesada piedra atada a nuestro cuello, nos obliga a  estar siempre con la mirada baja, hacia la tierra, y no nos permite alzar los ojos hacia el Señor» (Tres libros a Bonosio 3,4).

Y Juan Pablo II ha escrito: «El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, en un estado de conversión, es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo el hombre por la tierra en estado de viador» (Dives in misericordia 13).

–En el plan salvador de Dios, fruto de su misericordia, la resurrección ocupa un lugar central. Dios resucitó a Jesús y resucitará a todos los que creen en Él, en una resurrección de gloria, porque de su misericordia está llena la tierra. Así lo proclamamos con el Salmo 32: «La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».

Juan 20,11-18: He visto al Señor y ha dicho esto. Jesús se aparece a María Magdalena, que ha venido a llorar junto al sepulcro. Tras un momento de duda, ella reconoce al Maestro y recibe de éste la orden de anunciar a los discípulos que va a subir al Padre. Comenta San Agustín:

«Al volverse los hombres, un afecto más fuerte sujetaba al sexo más débil en el mismo lugar. Y los ojos que habían buscado al Señor, sin encontrarlo, se deshacían en lágrimas, sintiendo mayor dolor por haber sido llevado del sepulcro que por haber sido muerto en la Cruz, porque ya no quedaba recuerdo de su excelente Maestro, cuya vida les había sido arrebatada. Este dolor sujetaba a la mujer al lado del sepulcro» (Tratado 121,1 sobre el Evangelio de San Juan).

Y San Gregorio Magno dice también:

«Llorando, pues, María se inclinó y miró en el sepulcro. Ciertamente había visto ya vacío el sepulcro, ya había publicado que se habían llevado al Señor. ¿Por qué, pues, vuelve a inclinarse y renovar el deseo de verle? Porque al que ama, no le basta haber mirado una sola vez, porque la fuerza del amor aumenta los deseos de buscar. Y, efectivamente, primero le buscó, y no le encontró; perseveró en buscarle y le encontró. Sucedió que, con la dilación, crecieron sus deseos, y creciendo, consiguió encontrarle» (Homilía 25 sobre los Evangelios).

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Miércoles Octava de Pascua


 

Entrada: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la Creación del mundo. Aleluya» (Mt 25,34).

Colecta (del Misal anterior y antes de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor; concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna».

Ofertorio: «Acepta, Señor, este sacrificio, con el que has redimido a todos los hombres, y concédenos bondadosamente la salud del alma y del cuerpo».

Comunión: «Los discípulos conocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya»  (Lc 24,35).

Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos pecados y nos transforme en hombres nuevos».

Hechos 3,1-10: Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar. Lo que actúa en San Pedro  al curar a este lisiado de la Puerta Hermosa del Templo en Jerusalén, es el Nombre de Jesucristo, esto es, su Persona y su fuerza.

Sobre el Nombre de Jesús dice San Bernardo:

«El nombre de Jesús no es solamente Luz, es también manjar. ¿Acaso no te sientes confortado cuantas veces lo recuerdas? ¿Qué otro alimento como él sacia así la mente del que medita? ¿Qué otro manjar repara así los sentidos fatigados, esfuerza las virtudes, vigoriza la buenas y honestas  costumbres y fomenta las castas afecciones? Todo alimento del alma es árido si con este óleo no está sazonado; es insípido si no está condimentado con esta sal. Si escribes, no me deleitas, a no ser que lea el nombre de Jesús. Si disputas o conversas, no me place, si no oigo el nombre de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón. ¿Está triste alguno de vosotros? Venga a su corazón Jesús, y de allí salga a la boca. Y he aquí que apenas aparece el resplandor de este nombre desaparecen todas las nubes y todo queda sereno» (Sermón 15 sobre el Cantar 1.2).

–Las grandes maravillas de Dios en favor de su pueblo culminan con la resurrección de Jesús, primicia de los que resucitaremos. Cantemos con el Salmo 104 al Señor, que ha sido fiel a sus promesas, haciendo maravillas con su pueblo al nombre de Jesús: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos, cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! Él Señor es nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra».

Lucas 24,13-35: Reconocieron a Jesús al partir el pan. Aparición a los discípulos de Meaux. A Jesús se le sigue encontrando en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos, en los pobres y necesitados. Comenta San Gregorio Magno: 

«En verdad les dirigió la palabra, les reprendió su dureza de entendimiento, les descubrió los misterios de la Escritura Sagrada que a Él se referían... Fingió ir más lejos. Convenía probarlos por si podían amarle, al menos como extraño, los que como a Dios no le amaban todavía. Pero, como no podían ser extraños a la caridad los hombres con quienes la Verdad caminaba, le ofrecen hospitalidad... Ponen pues la mesa, presentan pan y manjares; y en el partir el pan conocen a Dios, a quien en la explicación de la Sagrada Escritura no habían conocido. Al escuchar, por lo tanto, los preceptos de Dios, no fueron iluminados; pero sí lo fueron al cumplirlos, porque escrito está: “No son justos ante Dios los oyentes de la ley, sino que serán justificados los que la observen”. Así pues, todo el que quiera entender lo que ha oído, apresúrese a poner por obra todo lo que ha podido oir. He aquí que el Señor no es conocido mientras habla, y se digna ser reconocido cuando le sustentan» (Homilía 23 sobre los Evangelios).

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Jueves Octava de Pascua


 

Entrada: «Ensalzaron a coro tu brazo victorioso, porque la sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de los niños. Aleluya» (Sab 10,20-21).

Colecta (del Misal anterior y antes de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que has reunido pueblos diversos en la confesión de tu nombre; concede a los que han renacido en la fuente bautismal una misma fe en su espíritu y una misma caridad en su vida».

Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu bondad, las ofrendas que te presentamos en acción de gracias por los nuevos bautizados, para que venga sobre ellos la ayuda del cielo»

Comunión: «Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).

Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».

Hechos 3,11-26: Matasteis al Autor de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos. La curación del paralítico ofrece a San Pedro una nueva ocasión para proclamar el mensaje de salvación. Jesús, el Crucificado, ha resucitado. Dios ha dado cumplimiento a las Escrituras e invita a la conversión mediante el perdón de los pecados, mientras aguardamos el retorno de Cristo, que volverá a restaurar todo el universo. La ignorancia que llevó al pecado se debe cambiar en el arrepentimiento. Cristo es el tesoro escondido en el campo de este mundo y en el frondoso bosque de las sagradas Escrituras. Así dice San Ireneo:

 «Si uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44), es decir, en el mundo, ya que el campo es el mundo (Mt 13,48); tesoro escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de figuras y parábolas, que no podían entender según la capacidad humana antes de que llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: “Cierra estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos lleguen a comprender y abunde el conocimiento” (Dan 12,4)» (Contra las Herejías 4,26,1).

–Cristo resucitado, a quien se somete toda la Creación, da la respuesta a la pregunta del salmista en el salmo 8: El hombre tiene vocación de resurrección. ¡Qué admirable es, Señor, tu nombre. «¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de ovejas y toros y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar».

Lucas 24,35-48: Estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día. Jesús se aparece a los Once, mostrándoles la autenticidad de su cuerpo resucitado: come con ellos y luego les demuestra que las Escrituras han tenido cumplimiento en su pasión y resurrección y en la futura predicación de su obra a todos los pueblos. Jesús es condescendiente y ayuda a los incrédulos. Se muestra como Hijo de Dios que persigue amorosamente a su pueblo. Los apóstoles se transforman. Jesús se hace presente a ellos y les entrega sus poderes. Comienza la era de la Iglesia. Jesús vive hoy presente en medio de nosotros; pero la fe es fruto de la gracia y no del caminar humano. Hemos de estar siempre abiertos a la gracia divina. San Ambrosio habla de esta aparición de Jesús a los Apóstoles:

«Cosa maravillosa es cómo una naturaleza corpórea pasó a través de un cuerpo impenetrable; cómo una carne visible entró de un modo invisible, y, siendo asequible al tacto, era difícil comprender. Asustados los discípulos, juzgaron, en definitiva, ver un espíritu. Por eso el Señor, para darnos una prueba de su resurrección, les dijo: “Tocadme y ved que el espíritu no tiene carne ni hueso, como veis que yo tengo”... Resucitaremos, pues, con nuestro cuerpo. Porque se siembra el cuerpo animal y resucitará como cuerpo espiritual; éste más sutil, aquél más grosero y material, por sentir aún el peso de la enfermedad terrestre. Y ¿cómo podrá dejar de ser cuerpo, aquél que tenía las señales de las llagas y los vestigios de las cicatrices que el Señor les dio a tocar? Con lo cual no sólo corrobora la fe, sino que excita también devoción, ya que prefirió llevar al cielo las llagas que padeció por nosotros y no quiso borrarlas, a fin de presentarlas a Dios Padre como precio de nuestra libertad...» (Comentario a San Lucas lib. 10,c. 24),

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Viernes Octava de Pascua


 

Entrada: «El Señor condujo a su pueblo seguro, sin alarmas, mientras el mar cubría a sus enemigos. Aleluya» (Sal 77,53).

Colecta (del Misal anterior y antes del  Gregoriano): «Dios Todopoderoso y eterno, que por el misterio pascual has restaurado tu alianza con los hombres; concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en la fe».

Ofertorio: «Realiza, Señor, en nosotros el intercambio que significa esta ofrenda pascual, para que el amor a las cosas de la tierra se transfigure en amor a los bienes del cielo».

Comunión: «Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (cf. Jn 21,12-13).

Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su Resurrección».

Hechos 4,1-12: Ningún otro pudo salvar. Los apóstoles, al ser interrogados por los sumos sacerdote luego de su arresto, responden por boca de Pedro: «Dios resucitó de entre los muertos a Jesús a quien vosotros crucificásteis; se han cumplido las Escrituras y nadie, fuera de Él, puede otorgar la salvación». La causa de la persecución es la proclamación del poder salvífico de Jesucristo muerto y resucitado, en el que se cumplen las Escrituras. Los apóstoles no saben ni quieren dar otro mensaje distinto del que ellos han sido testigos, aunque tengan que sufrir persecución y castigos por ello, y más tarde la muerte. Todo por Jesús, muerto y resucitado. Oigamos a San Hipólito:

«Antes que los astros, inmortal e inmenso, Cristo brilla más que el sol sobre todos los seres. Por ello, para nosotros que nacemos en Él, se instaura un día de Luz largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa, prodigio de la virtud divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y memorial eterno, impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye de la muerte. Vida que nace de la tumba y curación que brota de la llaga, resurrección que se origina de la caída y ascensión que surge del descanso... Este árbol es para mí una planta de salvación eterna, de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío... Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente... Cuando temo a Dios, Él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi premio; y cuando triunfo, mi trofeo...» (Homilía de la Pascua).

Este es el día en que actuó el Señor. Cristo rechazado por los suyos, ha resucitado y es el centro de todas las cosas. Llenos de gozo proclamamos con el Salmo 117, que ha sido un milagro patente y abrimos nuestro corazón a la plenitud que la resurrección da a nuestra fe: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la Casa de Israel: “eterna es su misericordia”. Digan los fieles del Señor: “eterna es su misericordia”... La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en el nombre del Señor; el Señor es Dios; Él nos ilumina».

Juan 21,1-14: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Jesús resucitado se muestra junto al lago de Galilea a sus discípulos, que han vuelto a sus ocupaciones habituales: la pesca milagrosa va acompañada de una comida del Resucitado con los suyos. Comenta San Agustín:

«Con esto hizo el Señor una comida para aquellos siete discípulos suyos, a saber, con el pez que habían visto sobre las brasas y con algunos de los que habían cogido y con el pan que ellos habían visto, según la narración. El pez asado es Cristo sacrificado. Él mismo es el pan bajado del cielo. A este pan se incorpora la Iglesia para participar de la eterna bienaventuranza. Y por eso dice: “Traed los peces que ahora habéis cogido”, para que cuantos abrigamos esta esperanza podamos por medio de estos siete discípulos, en los cuales se puede ver figurada la totalidad de todos nosotros, tomar parte en tan excelente sacramento y quedar asociados a la misma bienaventuranza. Esta es la comida del Señor con sus discípulos, con lo cual el Evangelista San Juan, aun teniendo muchas cosas que decir de Cristo, y absorto según mi parecer en alta contemplación de cosas excelsas, concluye su Evangelio» (Tratado 123,2 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Sábado Octava de Pascua


 

Entrada: «El Señor sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo. Aleluya» (Sal 104,43).

Colecta (compuesta con textos del Gelasiano y del Gregoriano) : «Oh Dios, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los que has elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por el Bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».

Comunión: «Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo. Aleluya (Gál 3,27)».

Postcomunión: «Mira Señor con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

Hechos 4,13-21: No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído. Pedro y Juan se niegan a hacer caso a las prohibiciones de los jefes del Sanedrín, para que no hablen más que de Jesús, puesto que, como ellos mismos dicen, tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres. A pesar de todas las amenazas, prosiguen proclamando el mensaje de la resurrección de Jesús. Así manifiesta el nombre de Jesús toda la plenitud de su poder salvífico; no sólo salva de la enfermedad, sino que es la única fuente de salvación, que infunde una valentía, un poder superior, contra el que chocan todos los planes humanos que intentan destruirlo.

Nuestra participación eucarística nos pone en contacto experimental con la situación de Jesús resucitado. Adquirimos de este modo un compromiso de obediencia y de testimonio y recibimos la fuerza del Espíritu para vivir y proclamar libre y valientemente la salvación que hemos experimentado.

La profundidad y amplitud del misterio de Cristo se expresa en la inefable riqueza de los nombres con que es designado el Salvador. Así se expresa Nicetas de Remesiana:

«Se llama Verbo, porque ha sido engendrado sin pasión alguna por Dios Padre... O bien porque por su medio habló Dios Padre a los ángeles y a los hombres. Se dice Sabiduría, porque por medio de Él se ordenó todo sabiamente al principio. Se llama Luz, porque Él iluminó las primeras tinieblas del mundo y con su venida hizo desaparecer la noche de los corazones de los hombres. Se llama Potencia, porque  ninguna criatura lo puede vencer. Se dice Diestra y Brazo, porque por su medio fueron creadas todas las cosas y Él las abarca todas. Se llama Ángel del Gran Consejo, porque Él es personalmente nuncio de la Voluntad paterna. Se llama Hijo del Hombre, porque por nosotros los hombres se dignó nacer como hombre. Se dice Cordero, por su inocencia singular. Se llama Oveja para que quede patente su Pasión. Se dice Sacerdote, bien porque ofreció a Dios Padre en favor nuestro su Cuerpo como oblación y sacrificio, bien porque se digna ofrecerse cada día por nosotros. Se dice Camino, porque por medio de Él llegamos a la salvación. Verdad, porque rechazó la mentira. Se llama Vida, porque destruye la muerte. Se llama Vid, porque al extender los ramos de sus brazos en la Cruz proporcionó al mundo el gran fruto de la dulzura... Se llama Médico, porque con su visita curó nuestras enfermedades y heridas... Se dice Paz, porque reunió en la unidad a los que estaban dispersos y nos reconcilió con Dios Padre. Se llama Resurrección, porque resucitará todos los cuerpos... Se llama Puerta, porque por su medio se abre a los fieles la entrada del Reino de los cielos» (Catecumenado de adultos B P 16,32-38).

–El salmo responsorial es el mismo que ayer.

Marcos 16,9-15: Id al mundo entero y predicad el Evangelio. La fe de los apóstoles se basa en la experiencia directa y en una renovación de la convivencia con el Señor. Así quedan constituidos en testigos y reciben el homenaje del Resucitado para difundirlo por todo el mundo. San Juan Crisóstomo dice:

 «El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a  dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envio a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas; sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto muy mal dispuesto. Porque al decir: “Vosotros sois la sal de la tierra”, enseña que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige a todos sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás» (Homilía sobre San Mateo 15, 6).

Lo  único importante es que Cristo sea anunciado, conocido y amado. Él es el que actúa por medio de los apóstoles de entonces y de ahora. Así lo expresa San Agustín:

«Podemos amonestar con el sonido de nuestra voz, pero si dentro no está el que enseña, vano es nuestro sonido... Os hable Él, pues, interiormente, ya que ningún hombre está allí de maestro» (In 1 Jn.  2,4).

 

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2ª Semana de Pascua

 

Domingo II


 

Entrada: «Como el niño recién nacido, ansiad la lecha auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos. Aleluya» (1 Pe 2,2). O bien: «Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios. que os ha llamado al reino celestial. Aleluya» (Esd 2,36-37).

Colecta (del Misal Gótico): «Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido».

Ofertorio (del misal anterior, retocada con textos de los Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Recibe, Señor,  las ofrendas que (junto con los recién bautizados) te presentamos y haz que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza».

Comunión: «Trae tu mano y toca la señal de los clavos; y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya» (Jn 20,27).

Postcomunión (del misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza del sacramento pascual que hemos recibido, persevere siempre en nosotros».

Ciclo A

El acontecimiento pascual y el reencuentro con el Corazón de Cristo Resucitado rehizo la fe y la vida del colegio apostólico y puso en marcha la Iglesia de Cristo como comunidad de creyentes reunidos en torno al Señor Jesús, viviente de nuevo en su Palabra y en su Eucaristía. Los neófitos dejaron ayer las túnicas bautismales.

Hechos 2,42-47: Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Por la fuerza de la predicación apostólica de los primeros testigos de la Resurrección se inició la Iglesia como comunidad de fe y de amor entre los hombres. Es el primer diseño de la Iglesia, fundada en la fe y en la Eucaristía. San Cipriano dice:

«Esta unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo... Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia? (Sobre la unidad de la Iglesia 3,2)

Sal. 117. Salmo responsorial como en el Domingo de Resurrección.

1 Pedro 1,3-9: Por la resurrección de Cristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una  esperanza viva. San Pedro proclama la grandeza de nuestra vocación cristiana como miembros de la Iglesia, comunidad de salvación en medio del mundo por la fe en Cristo. Afirma, sobre el nuevo nacimiento San Hipólito:

«El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo; reniega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo» (Sermón sobre la Teofanía).

Juan 20,19-31: A los ocho días se les apareció el Señor. Es el texto evangélico para los tres ciclos y presenta la primera comunidad eclesial surgida de la Pascua. Comunidad de creyentes, reunidos para iniciar su misión de testigos, por la fe, del acontecimiento de la Resurrección de Cristo. Nos fijamos aquí en la duda de Santo Tomás, comentada por San Gregorio Magno:

 «Sólo Tomás, llamado el Mellizo, estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le enseña las manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviese primero ausente, que luego al venir oyese, que al oir dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?

«Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su Maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe.

«De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección... Teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada... “Dichosos los que crean sin haber visto”: en esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros. Con tal que las obras acompañen nuestra fe» (Homilía 26 sobre los Evangelios).

Ciclo B

El acontecimiento pascual, Muerte y Resurrección del Señor, rehizo la fe del Colegio apostólico y puso en marcha la obra de Cristo, que es la Iglesia como comunidad de creyentes reunidos en Cristo, vivientes de su Palabra y de su Eucaristía.

Hechos 4,32-35: Todos pensaban y sentían lo mismo. Por la fuerza de la predicación apostólica de los primeros testigos de la Resurrección se inició la Iglesia, como comunidad de fe y de amor entre los hombres. San Fulgencio de Ruspe dice:

«Dios, al conservar en la Iglesia la caridad que ha sido derramada en ella por el Espíritu Santo, convierte a esta misma Iglesia en un sacrificio agradable a sus ojos y le hace capaz de recibir siempre la gracia de esa caridad espiritual, para que pueda ofrecerse continuamente a Él como una ofrenda viva, santa y agradable» (Lib. 3,11-12).

Salmo responsorial 117.

1 Juan 5,16: Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. La vida de fe iniciada por el bautismo y vivificada por la Eucaristía, es la clave que da autenticidad a nuestra condición de hijos de Dios en medio del mundo. San Atanasio así lo manifiesta:

 «Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y de la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los Santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquél que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal» (Carta I a Serapión 28-30).

Juan 20, 19-31. Ver Ciclo A.

Ciclo C

Concluimos la octava de Pascua. La liturgia nos ha hecho vivir intensamente el gozo y la alegría de ser de Cristo, el que murió y resucitó por nosotros. Desde ahora, a lo largo del tiempo pascual, el pentecostés de alegría aleluyática, la Iglesia en su liturgia irá desentrañando en nuestra conciencia el Misterio de Cristo resucitado y de su Iglesia, en la que nos integramos por el bautismo. Hemos de ser responsables de estas sagradas realidades, realizadas en la historia de la salvación y en nuestra propia vida.

Hechos 5,12-16: Crecía el número de los creyentes. En torno a los Apóstoles comienza a formarse la primera comunidad eclesial, avalada por la fe en la resurrección del Señor Jesús. No tiene fronteras, como explica San Cirilo de Jerusalén:

 «La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, terrenas o celestiales; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos cuantos los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales» (Catequesis 18,23-25).

Apocalipsis 1,9-11.12-13.17-19: Estaba muerto y ya ves que vive por los siglos. El triunfo de Jesús sobre la vida y la muerte sigue siendo el gran acontecimiento, que mantiene eficaz la fe y la esperanza de la Iglesia. La resurrección de Jesucristo es la fianza y la prueba infalible de nuestra esperanza, el firme apoyo de nuestra fe, la garantía más segura de que nosotros hemos sido redimidos, de que somos llamados a la vida eterna. Estaba muerto, pero ha resucitado para ser nuestra vida y Pontífice intercesor ante el Padre.

Juan 20,19-31. Ver Ciclo A.

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Lunes II de Pascua


 

Entrada: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9).

Colecta (tomada del Sacramentario de Bérgamo): «Dios todopoderoso y eterno, que nos permites que te llamemos Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida».

Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: «Jesús se puso en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya» (Jn 20,19).

Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

Hechos 4,23-31: Al terminar la oración, los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la Palabra de Dios. Después de la liberación de Pedro y de Juan, la comunidad cristiana ora rememorando las palabras del Salmo 2, interpretadas como una profecía de la pasión y de la resurrección del Mesías. Se trata de la primera oración comunitaria de la Iglesia. La persecución provoca y acentúa una mayor unión de sentimientos y el recurso a Dios, que escucha la súplica de la Iglesia reunida. En la acción eucarística, al hacer presente la actuación salvífica de Dios en Cristo, pedimos y recibimos la fuerza del Espíritu, que se ha de manifestar en el testimonio valiente de nuestras palabras y de nuestras obras.

San Agustín habla muchas veces sobre la oración pública y privada, sobre sus cualidades y eficacia:

 «Cuando nuestra oración nos es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe y sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros» (La Ciudad de Dios 20,22).

 «Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de Aquél que nos escucha. Porque con frecuencia la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales» (Carta 130 a Proba).

–Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre, lleva a plenitud el significado del salmo 2. Todo se lo ha dado el Padre. Su herencia: las naciones; su posesión: los confines de la tierra. Él intercede por nosotros como Pontífice supremo de nuestra fe. Es el Mediador y presenta al Padre nuestra oración. Con el Salmo 2 cantamos a la grandeza de Jesucristo:

«¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías: “Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo”. El que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos. Luego les habla con ira, los espanta con su cólera: “Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, en mi monte santo”. Voy a proclamar el decreto del Señor: Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado hoy; pídemelo: te daré en herencia las naciones; en posesión, los confines de la tierra. Los gobernarás con cetro de hierro, Los quebrarás como jarro de loza”».

Juan 3,1-8: El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Jesús manifiesta a Nicodemo el misterio del bautismo, como nuevo nacimiento a la vida divina y como entrada en el Reino de Dios. Todo está relatado en orden al Bautismo. Comenta San Juan Crisóstomo:

 «En adelante nuestra naturaleza es concebida en el cielo con Espíritu Santo y agua. Ha sido elegida el agua y cumple funciones de generación para el fiel... Desde que el Señor entró en las aguas del Jordán, el agua no produce ya el bullir de animales vivientes (Gén 1,20), sino de almas dotadas de razón, en las que habita el Espíritu Santo» (Homilía sobre el Evangelio de San Juan 26,1).

Y San Agustín:

«No conoce Nicodemo otro nacimiento que el de Adán y Eva, e ignora el que se origina de Cristo y de la Iglesia. Sólo entiende de la paternidad que engendra para la muerte, no de paternidad que engendra para la vida. Existen dos nacimientos; mas él sólo de uno tiene noticia. Uno es de la tierra y otro es del cielo; uno de la carne y otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad... Los dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir» (Tratado 11,6 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Martes II de Pascua


 

Entrada: «Con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque el Señor ha establecido su reinado. Aleluya» (Ap 19, 7.6).

Colecta (del Gelasiano): «Te pedimos, Señor, que nos hagas capaces de anunciar la victoria de Cristo resucitado; y pues en ella nos has dado la prenda de los dones futuros, haz que un día los poseamos en plenitud».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante»

Comunión: «Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya» (cf. Lc 24,46.26).

Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».

Hechos 4,32-37: Los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. En los resúmenes de la acción pastoral de los Apóstoles y primeros discípulos se manifiesta de un modo especial el mensaje de Cristo muerto y resucitado y la unión de mente y corazón que existía entre ellos y los fieles, en toda la Iglesia. Comenta Tertuliano:

 «Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen, y, por esto, toda la multitud de comunidades son una con aquella primera Iglesia fundada sobre los Apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son pruebas la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica» (Sobre la prescripción de los herejes, 20). 

San Cipriano dice:

«Tenemos que mantener y defender esta unidad, sobre todo los obispos, que tenemos la presidencia de las Iglesias... Nadie engañe a la comunidad de hermanos con una mentira, nadie deforme la verdad de la fe con una deformación infiel... La Santa Iglesia es una sola... Lo mismo que el sol tiene muchos rayos, pero una sola luz, y el árbol tiene muchas ramas, pero un tronco único al que profundas raíces dan posición fija, y lo mismo que de una fuente saltan muchos arroyos, así la unidad es conservada en el origen, aunque parezca que de ella brota una pluralidad en rica abundancia» (Sobre la unidad de la Iglesia,6).

¡El Señor reina! Ha triunfado de la muerte y es el Señor del mundo y de la historia. Y reinará para siempre, porque su trono es eterno. El cristiano camina hacia la consumación de ese reinado y por eso, no obstante las dificultades, la persecución, la Iglesia unida en oración grita esperanzada: ¡El Señor reina!. Así lo proclamamos nosotros con el Salmo 92: «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder. Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre y tú eres eterno. Tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término».

Juan 3,11-15: Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del Hombre, el que bajó del cielo. Si Jesús puede otorgar a Nicodemo el conocimiento de las realidades divinas, es porque viene de Dios. Sólo Él podrá volver un día junto al Padre, después de que sea elevado sobre la tierra. La prueba principal de su bajada es su elevación en la Cruz. El que así lo contempla tendrá la vida como los israelitas en el desierto aseguraban sus vida contemplando la serpiente de bronce elevada por Moisés... Comenta San Agustín:

«¿Qué es la serpiente en lo alto levantada? La muerte del Señor en la Cruz. Porque la muerte es la serpiente, por su efigie fue simbolizada. La mordedura de la serpiente es mortal. La muerte del Señor es vital. Se mira a la serpiente para aniquilar el poder de la serpiente... Pero, ¿qué muerte es ésta? Es la muerte de la vida; y porque se puede decir, es admirable lo que se dice... ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo está en la Cruz. ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo está en la muerte. Pero en la muerte de Cristo encontró la muerte su muerte. Porque la Vida muerta mató a la muerte; la plenitud de la vida se tragó la  muerte... Los que miran con fe la muerte de Cristo quedan sanos de las mordeduras de los pecados» (Tratado 12,12 sobre el Evangelio de San Juan).

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Miércoles II de Pascua


 

Entrada: «Te daré gracias entre las naciones, Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50; 12.23).

Colecta (compuesta con textos del Gelasiano): «Al revivir nuevamente este año el misterio pascual, en el que la humanidad recobra la dignidad perdida y adquiere la esperanza de la resurrección futura, te pedimos, Señor de clemencia, que el misterio celebrado en la fe se actualice siempre en el amor».

Ofertorio: «Oh Dios, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

Comunión: «Dice el Señor: “Yo os he escogido sacándoos del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. Aleluya» (cf. Jn 15, 16.19).

Postcomunión: «Ven,  Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Hechos  5,17-26: Los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el Templo y siguen enseñando al pueblo. Por segunda vez son detenidos los apóstoles, pero se ven libres de la prisión de modo milagroso. Los apóstoles son fieles al mandato de Jesucristo de predicar la buena nueva, aunque los persigan y encarcelen. La Palabra de Dios triunfa siempre. En los Apóstoles triunfa Cristo, que los llena de su fortaleza. Siempre ha sido así.

Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Muchas son las olas que nos ponen en peligro y una gran tempestad nos amenaza; sin embargo, no tememos ser sumergidos, porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo, de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir si no es para vuestro bien espiritual. Por eso os hablo de lo que ahora sucede, exhortando vuestra caridad a la confianza» (Homilía antes del exilio 1-3).

–Todas las aflicciones del hombre son pequeñas muertes. Pero la muerte ha sido vencida, por eso el Apóstol puede clamar con esperanza, lleno de fortaleza, desde lo más profundo de su contradicción, de su dolor, de su propia miseria. Lo decimos con el Salmo 33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él».

Juan 3, 16-21: Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él. La fe en Cristo Jesús supone aceptarlo como el único Salvador; vivir en la Luz, es decir, en la práctica de las obras buenas, hechas según el mandato del Señor. Esto tiene como consecuencia la salvación, que es iluminación y manifestación de que las obras están hechas según Dios. Lo contrario es no creer, es la condenación, es no tener a Cristo como Salvador. Comenta San Agustín:

«Amaron las tinieblas más que la luz... Muchos hay que aman sus pecados y muchos también que los confiesan. Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios reprueba tus pecados... Deshaz lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas tu obra y que ames en ti la obra de Dios. Cuando empiezas a desterrar lo que hiciste, entonces empiezan tus obras buenas, porque repruebas las tuyas malas. El principio de las obras buenas es la confesión de  las malas. Practicas la verdad y vienes a la luz. ¿Qué es practicar la verdad? No halagarte, ni acariciarte, ni adularte tú a ti mismo, ni decir que eres justo, cuando eres inicuo. Así es como tú empiezas a practicar la verdad, así es como vienes a la Luz» (Tratado 12 sobre el Evangelio de San Juan 13).

 

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Jueves II de Pascua

 


 

Entrada: «Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya» (cf. Sal 67,8-9.20).

Colecta (compuesta con textos de los Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida».

Ofertorio: «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor»

Comunión: «Sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 28,20).

Postcomunión: «Dios Todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de  salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestra vida».

Hechos 5,27-33: Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo. El Consejo y los sacerdotes se inquietan ante la obstinación de los Apóstoles en hablar de Jesús de Nazaret. Y le mismo interrogatorio ofrece a los Apóstoles ocasión para proclamar una vez más el mensaje fundamental del cristianismo: «Cristo muerto y resucitado. De Él viene toda la salvación». Los Apóstoles eran consecuentes con su fe y la vocación a la que habían sido llamados, sin importarles que esto fuese mal visto de los demás. Esto mismo decía San Juan Crisóstomo en el siglo V:

 «Lo que hay que temer no es el mal que digan contra nosotros, sino la simulación de nuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados. Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie. Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán pruebas de vuestra firmeza. Mas, si por el temor de ellas, cedéis en la vehemencia conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y os despreciarán; en esto consiste en ser pisoteados por la gente» (Homilía sobre San Mateo 15).

Por eso dice San Gregorio Magno:

«Así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados» (Regla Pastoral 2).

Jesús pasó por la Cruz para llegar a la Resurrección. Es necesario que el grano de trigo muera para que pueda dar fruto. Los sufrimientos de todo apóstol, de todo creyente, pues todos hemos de ser apóstoles en nuestro ambiente, están marcados con vida. El Señor está cerca de los que sufren. Así nos lo dice el Salmo 33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él. El Señor se enfrenta con los malhechores para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos  lo libra el Señor».

Juan 3,31-36: El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que es de la tierra se opone a Cristo, que procede del cielo y da testimonio de cuanto ha visto. El que cree en el Hijo posee la vida eterna. Hay que defender la fe no obstante los contradictores y las dificultades de propios y extraños. San Agustín advierte:

«En otros tiempos se incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se enseña; entonces se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre insinuante y rondando, difícilmente se le advierte. Es cosa sabida de qué modo se violentaba entonces a los cristianos a negar a Cristo; procuraban atraerlos así para que renegasen; pero ellos, confesando a Cristo, eran coronados. Ahora se enseña a negar a Cristo y, engañándoles, no quieren que parezca que se les aparta de Cristo» (Comentario al Salmo 39).

«Como ciego que oye las pisadas de Cristo que pasa, le llamo... pero cuando haya comenzado a seguir a Cristo, mis parientes, vecinos y amigos comienzan a bullir. Los que aman el siglo se me ponen enfrente: “¿Te has vuelto loco? ¡Qué extremoso eres! ¿Por ventura los demás no son cristianos? Esto es una tontería. Esto es una locura”. Y cosas tales clama la turba para que no sigamos llamando al Señor los ciegos» (Sermón 88).

 

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Viernes II de Pascua


 

Entrada: «Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Apoc 5,9-10).

Colecta (del misal anterior, y antes del Gregoriano): «Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la Cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección».

Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».

Comunión: «Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Aleluya» (Rom 4,25).

Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».

Hechos 5,34-42: Salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Una notable intervención de Gamaliel –el maestro de Saulo– inclina a los sanedritas a dar libertad a los Apóstoles. Pero, no obstante esto, fueron azotados y amenazados. Sin embargo, ellos salieron gozosos por haber sufrido a causa del nombre de Jesús. La situación es dispar: para los judíos sanedritas el nombre de Jesús se convierte en causa de rabia, fracaso, envidia y venganza; pero para los fieles seguidores de Cristo es fuerza, valentía, liberación y gozo en el sufrir por Él. El sentido de la alegría de los Apóstoles por padecer por Cristo nos lo da Juan Pablo II: 

«La alegría cristiana es una realidad que no se puede describir fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esa alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaros a gozar de esta alegría!» (Alocución de  24-III-1979)

–El cristiano es hombre que vive su presente proyectado hacia el futuro; salvación consumada que es vida eterna. Gozo de esperar la patria celeste. Espera vivida con la ayuda del Señor. Así lo proclamamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su Templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor».

Juan 6,1-15: Jesús repartió los panes; todo lo que quisieron. La multiplicación de los panes y de los peces renueva el prodigio del maná en el desierto; Jesús se muestra en el presente caso como un nuevo Moisés, a quien aventaja en todo. Pero el milagro conecta también con la Última Cena y con las comidas con el Resucitado. La consignación de este episodio por seis veces en los cuatro Evangelios, evidencia el entusiasmo que debió despertar en la catequesis primitiva, sin duda por el valor simbólico que esta multiplicación tuvo desde muy pronto. Comenta San Agustín:

«Ciertamente es mayor  milagro el gobierno de todo el mundo que la alimentación de cinco mil hombres con cinco panes. Y con todo de aquello nadie se admira. De esto nos admiramos, no porque sea mayor, sino porque es rara. Y a la verdad, ¿quién ahora alimenta a todo el mundo sino Aquél que con pocos granos produce los alimentos? Jesucristo obró, pues, como Dios. Con el mismo poder con que multiplica pocos granos produciendo las mieses, hizo que en sus manos se multiplicasen los cinco panes. El poder estaba en las manos de Cristo. Aquellos cinco panes eran como semillas, no puestas en la tierra, sino multiplicadas por Aquél que hizo la tierra. Presentó, pues, este milagro a nuestros sentidos para ejercitar nuestra mente. Quiso que admirásemos al Dios invisible a través de sus obras visibles, a fin de que, robustecidos en la fe y purificados por ella, deseáramos ver a aquel Dios cuya invisible realidad nos manifiestan las cosas visibles... Preguntemos a los mismos milagros qué nos predican de Cristo, pues también ellos tienen un lenguaje para quien sabe comprenderlos. En efecto, siendo Cristo el Verbo de Dios, todo lo que hace el Verbo es también una Palabra para nosotros» (Tratado 24 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Sábado II de Pascua


 

Entrada: «Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).

Colecta (compuesta con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna».

Ofertorio: «Santífica, Señor, con tu bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».

Comunión: «Padre, este es mi deseo: “que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen la gloria que tú me has dado”. Aleluya» (Jn 17,24).

Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta Eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

Hechos 6,1-7: Eligieron siete hombres llenos del Espíritu Santo. La elección de los siete abre un nuevo apartado de los Hechos de los Apóstoles, en el que ocupan el primer plano cristianos procedentes de mundo griego. Tendrán éstos una parte importante y activa en la difusión misionera del cristianismo entre las naciones paganas. Al frente de los siete, consagrado por la imposición de las manos, destaca Esteban. Aparece así un  embrión de estructura eclesial, fundada en el servicio y en el amor. Es muy expresivo lo que dicen los Apóstoles: «nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra». Es todo un programa de apostolado. Sin vida interior, sin oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín:

«Al hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente, con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó» (Sobre la Doctrina Cristiana, 4). Y también: «Si no arde el ministro de la Palabra, no enciende al que le predica» (Sermón 21)

–Jesús resucitado es signo manifiesto de que Dios quiere salvarnos de todo lo que es negativo en nuestra vida. Se nos exige una confianza absoluta en la misericordia del Señor. Así nos lo dice el Salmo 32: «Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él». A esto se llega por medio de la oración constante: «Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; El ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte, y reanimarlos en tiempo de hambre».

Juan 6,16-21: Vieron a Jesús andando sobre el lago. Lo mismo que la multiplicación de los panes, manifiesta su dominio sobre los elementos y prepara a sus discípulos para recibir la doctrina del Pan de la vida. Con sus prodigios Jesús busca el bien de la gente que lo contempla. Así lo afirma Orígenes:

 «Mas Jesús llevaba, por los milagros que hacía, a los que contemplaban aquel hermoso espectáculo a que mejorasen en sus costumbres. ¿Cómo no pensar entonces en que se ofrecía a sí mismo como ejemplo de la vida más santa, no sólo ante sus auténticos discípulos, sino también ante los otros? Ante sus discípulos, para moverlos a enseñar a los hombres conforme a la voluntad de Dios; ante los otros, para que enseñados a la par por la doctrina, vida y  milagros cómo habían de vivir, todo lo hicieran con intención de agradar a Dios sumo» (Contra Celso 1,68),

Los milagros han continuado durante toda la vida de la Iglesia hasta nuestros días. No hay beatificación ni canonización sin verdaderos milagros, muy comprobados minuciosamente.

 

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Semana de Pascua

 

Domingo III


 

Entrada: «Aclamad al Señor tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya» (Sal 65,1-2).

Colecta (compuesta con textos del Veronense, Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resurrección gloriosamente».

Ofertorio (del Misal anterior, retocada con textos de los Sacramentarios Gelasiano y de Bérgamo): «Recibe, Señor, las ofrendas de su Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de su Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: Año A: «Los discípulos conocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya» (Lc 24,35).  Año B: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión de los pecados a todos los pueblos. Aleluya» (Lc 24,46-47). Año C:  «Jesús dice a sus discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (Jn 21,12-13).

Postcomunión (compuesta con textos del Veronense, Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

Ciclo A

La Iglesia en su liturgia nos sigue mostrando su gozo por la resurrección del Señor, como lo tuvo la primitiva comunidad cristiana, que tomó en serio todo el significado de esa resurrección. También nosotros hemos de corresponder con una fe profunda y vivificante.

Hechos 2,14.22-28: No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. Pedro fue el primero en proclamar ante el mundo el hecho de la resurrección del Señor. Así lo hace hoy para nosotros en la primera lectura de este Domingo.

–Y lo corrobora con textos del Salmo 15, que utiliza como Salmo responso-rial: «Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa serena, porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has ensanchado el sendero de la Vida. Me saciarás de gozo en tu presencia». San Juan Crisóstomo comenta:

«¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva su voz y habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu Santo... Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego que le devora» (Homilía sobre los Hechos 4).

1 Pedro 1,17-21: Habéis sido redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto. También es Pedro quien continúa emplazándonos a vivir en serio el Misterio de la Resurrección del Señor, como exigencia de vida nueva en cuantos hemos sido redimidos. Melitón de Sardes adora el Misterio de la Pascua de Cristo:

«Este es el Cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa Cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquél que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro» (Homilía sobre la Pascua 71).

Lucas 24,13-35: Lo reconocieron al partir el pan. Como en Emaús, la presencia de Cristo rehace de nuevo la fe vacilante y desconcertada de cuantos aún no han alcanzado a vivir la alegría santificadora de la resurrección. San León Magno explica el profundo cambio que experimentan los discípulos, en sus mentes y corazones:

«Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y les reprendió por su resistencia en creer, a ellos que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada» (Sermón 73).

Nuestro reencuentro con Cristo resucitado debe dar sentido evangélico a toda nuestra vida. En la medida en que seamos conscientes de nuestra unión responsable con Cristo, el Señor, estaremos en actitud de ser testigos de su obra redentora en medio de los hombres, con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida.

Ciclo B

Centramos nuestra atención en Cristo muerto y resucitado. Los textos bíblicos y litúrgicos nos hablan de Él. Esto nos ayuda a tomar conciencia de los frutos de conversión santificadora que en nuestras vidas debió producir la Cuaresma. Esto es lo que nos ayuda a vivir la vida del Resucitado, una vida nueva de constante renovación espiritual. Esto no deben experimentarlo solamente los recién bautizados, sino también todos los demás, porque la renovación pascual ha de revivir en todos nosotros la responsabilidad de elegidos en Cristo y para Cristo por la santidad pascual.

Hechos 3,13-15.17-19: Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Pedro inaugura la misión de la Iglesia, proclamando valientemente la necesidad de la conversión para responder al designio divino de salvarnos en Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Comenta San Juan Crisóstomo:

«San Pedro les dice que la muerte de Cristo era consecuencia de la voluntad y decreto divinos. ¡Ved este incomprensible y profundo designio de Dios! No es uno, son todos los profetas a coro quienes habían anunciado este misterio. Pero, aunque los judíos habían sido, sin saberlo, la causa de la muerte de Jesús, esta muerte había sido determinada por la Sabiduría y la Voluntad de Dios, sirviéndose de la malicia de los judíos para el cumplimiento de sus designios. El Apóstol nos lo dice: “aunque los profetas hayan  predicho esta muerte y vosotros la hayáis hecho por ignorancia, no penséis estar enteramente excusados”. Pedro les dice en tono suave: “Arrepentíos y convertíos”. ¿Con qué objeto? “Para que sean borrados vuestros pecados. No sólo vuestro asesinato en el cual interviene la ignorancia, sino todas las manchas de vuestra alma”» (Homilía sobre los Hechos 9).

–Con el Salmo 4 proclamamos: «Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro. Escúchame cuando te invoco, Dios mío, tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración. Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque. Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros”. En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo».

1 Juan 2,1-5: Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero. Si realmente el Misterio Pascual ha prendido en nuestra vida, lo evidenciará nuestra renuncia real al pecado y nuestra fidelidad amorosa a la Voluntad divina. Tal vez uno de los textos más expresivos y valioso de la mediación e intercesión de Cristo ante el Padre como Supremo Pontífice de nuestra fe lo encontremos en los escritos de Santa Gertrudis: 

«Vio la santa que el Hijo de Dios decía ante el Padre: “¡Oh, Padre mío, único y coeterno y consustancial Hijo! Conozco en mi insondable Sabiduría toda la extensión de la flaqueza humana mucho mejor que esta misma criatura y que toda otra cualquiera. Por eso me compadezco de mil maneras de esa flaqueza. En mi deseo de remediarla, os ofrezco, santísimo Padre mío, la abstinencia de mi sagrada boca para reparar con ella las palabras inútiles que ha dicho esta elegida”...» [Y así va enumerando diversos ofrecimientos y reparación y sigue:] “Finalmente, ofrezco, Padre amantísimo a Vuestra Majestad mi deífico Corazón por todos los pecados que ella hubiere cometido”» (Legatus IV,17).

Lucas 24,35-48: Así estaba escrito: El Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día. La realidad de Cristo crucificado compromete a toda la Iglesia en la misión de proclamar la necesidad de la conversión a Cristo y a su Evangelio, para que los hombres puedan alcanzar su salvación. Oigamos a San Ignacio de Antioquía:

 «Pues yo sé y creo que después de su resurrección Él existe en la carne. Y cuando vino a los que estaban alrededor de Pedro, les dijo: “Tomad y tocadme y ved que no soy un fantasma incorpóreo” (Lc 24,39). Y seguidamente lo tocaron y creyeron, fundiéndose con su cuerpo y con su espíritu. Por ello despreciaron la muerte y estuvieron por encima de la muerte. Después de la resurrección comió y bebió con ellos como carnal, aunque espiritualmente estaba unido al Padre» (Carta a los de Esmirna 3,1-3).

Ciclo C

En la celebración del cincuentenario pascual hemos de recobrar nuestra conciencia de miembros vivos de la Iglesia, como comunidad de testigos responsables de la Resurrección y de la obra salvadora de Cristo en medio del mundo. La liturgia de estos domingo nos ofrece como tema de meditación el Misterio de la Iglesia, prolongación del Misterio de Cristo, en el que hemos sido injertados por el bautismo.

Hechos 5,27-32. 40-41: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo. Históricamente la Iglesia comenzó a existir como una pequeña comunidad de testigos de Cristo, dispuestos a obedecer a Dios antes que a los hombres. Comenta San Juan Crisóstomo:

 «Dios ha permitido que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban... Los Apóstoles no se irritan ante los jueces, sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas y sólo buscan el modo de librarlos del error y de la cólera divina. Están convencidos de que no hay peligro para quienes temen a Dios, sino para quienes no le temen y de que es peor cometer injusticia que padecerla» (Homilía sobre los Hechos 13).

Y más adelante dice: 

«Es verdad que Jeremías fue también azotado a causa de la Palabra de Dios y que Elías y otros profetas se vieron amenazados, pero aquí los Apóstoles, como antes por los milagros, manifestaron el poder de Dios. No se dice que no sufrieron, sino que el sufrimiento les causó alegría. Lo podemos ver por la libertad que acto seguido usaron: inmediatamente después de la flagelación se entregaron a la predicación con admirable ardor» (Ibid. 14).

–Con el Salmo 29 decimos: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura por un instante, su bondad de por vida. Escucha, Señor y ten piedad de mí, Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre».

Apocalipsis 5,11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza. Cristo, Cordero degollado en la Pasión, ha quedado constituido, por la Resurrección, en Señor de la historia. La Iglesia es el signo y el testigo de su obra entre los hombres. La escena que nos describe San Juan es de una grandeza admirable. Cristo, el Cordero que ha sido degollado, recibe juntamente con el Libro, el homenaje y el dominio de toda la creación.

Es muy significativo que la alabanza de toda la creación vaya dirigida a Dios y al Cordero indivisiblemente unidos. San Juan junta las criaturas materiales con los ángeles en la glorificación del Cordero redentor, a quien atribuyen la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos. En esta doxología de cuatro términos, que toda la creación dirige a Dios y al Cordero, se descubre una clara alusión a las cuatro partes del universo: cielo, tierra, mar y abismo, o las cuatros regiones del mundo: norte, sur, este y oeste. Asociémonos nosotros a esa alabanza con toda nuestra vida.

Juan 21,1-19: Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado. Pedro sigue siendo el primer responsable del Amor y de la presencia viva de Cristo en su Iglesia y entre los hombres. Sobre esta piedra ha edificado el Señor su Iglesia. Comenta San Agustín este milagro hecho por Cristo resucitado:

 «Los discípulos se marcharon a pescar y en toda la noche no cogieron nada. Pero el Señor se les apareció de mañana en la orilla y les preguntó si tenían algo que comer, ellos le contestaron que no. Entonces les dijo: “Echad las redes a la derecha y encontraréis” (Jn 21,6). Ved cuánto les otorgó gratuitamente el que aparentemente había venido a comprar, les dio el producto del mar, creado por Él. ¡Gran milagro sin duda! Echaron las redes al instante, y captaron tal cantidad de peces que, debido a su número, no podían sacar las redes. Pero, si consideramos quién es el autor de ese milagro, deja de causar admiración, pues había hecho ya otros mayores. Pues para quien con anterioridad había resucitado muertos, no era gran cosa el haber hecho que se pescaran aquellos peces» (Sermón 252,1).

 

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Lunes III de Pascua


 

Entrada: «Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey».

Colecta (del Misal anterior, retocada con textos del Veranéense, Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al camino de la santidad; concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa».

Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: «La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo, dice el Señor. Aleluya» (Jn 14,27)

Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».

Hechos 6,8-15: No lograban hacer frente a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. La posición radical de Esteban en lo tocante a la ley y al templo recrudecerá la persecución, en especial en contra de los siete. Se van a repetir las mismas acusaciones que se emplearon contra Jesús, en un claro paralelismo con su Pasión, demostrado hasta en el empleo de las mismas palabras. Y de nuevo Dios va a demostrar su fuerza en los que elige. Su rostro les parecerá como el de un ángel. Muchos comentaristas han visto en esto una semejanza con Moisés al bajar del monte. Entre ellos San Juan Crisóstomo, que dice:

 «Era la gracia, era la gloria de Moisés. Me parece que Dios le había revestido de este resplandor porque quizá tenía algo que decir y para atemorizarlos con su propio aspecto. Pues es posible, muy posible, que las figuras llenas de gracia celestial sean amables a los ojos de los amigos y terribles ante los adversarios» (Homilía sobre los Hechos 15).

–Acertadamente cantamos ahora el Salmo 118, en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente en todo lo referente a San Esteban. Una señal de que hemos resucitado con Cristo es nuestra vida intachable. Renacidos en Cristo por el Espíritu, fortalecidos por el pan que ha bajado del Cielo y permanece por siempre, cumplimos la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable. Aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos».

Juan 6,22-29: Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura. Luego de la multiplicación de los panes, en su ansia por el alimento terreno, la multitud busca a Jesús. Pero éste les invita a saciarse con un ideal superior, aspirando a otro manjar que perdura para siempre. Para recibir este alimento es menester realizar las obras de Dios, es decir, creer en el Enviado. Comenta San Agustín:

 «Jesús, a continuación del misterio o sacramento milagroso, hace uso de la palabra, con la intención de alimentar, si es posible, a los mismos que ya alimentó; de saciar con su palabra las inteligencias de aquellos cuyo vientre había saciado con pan abundante, pero es con la condición de que lo entiendan y, si no lo entienden, que se recoja para que no perezcan ni las sobras siquiera... “Me buscabais por la carne, no por el Espíritu”. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios temporales! Tiene uno un negocio y acude a la mediación de los clérigos; es perseguido otro por alguien más poderoso que él y se refugia en la iglesia. No faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tienen poco crédito.

«En fin, unos por unos motivos y otros por otros, llenan todos los día la iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús... “Me buscabais por algo que no es lo que yo soy; buscadme a Mí por mí mismo”. Ya insinúa ser Él este manjar, lo que se verá con más claridad en lo que sigue...Yo creo que ya estaban esperando comer otra vez pan y sentarse otra vez, y saciarse de nuevo. Pero Él había hablado de un alimento que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Es el mismo lenguaje que había usado con la mujer aquella samaritana... Entre diálogos la llevó hasta la bebida espiritual. Lo mismo sucede aquí, lo mismo exactamente. Alimento es, pues, éste que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna» (Tratado 25,10-12 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Martes III de Pascua


 

Entrada: «Alabad a nuestro Dios todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes, porque ya llega la victoria, el poder y el mando de nuestro Mesías. Aleluya» (APC 19,5;12,10).

Colecta (compuesta con textos de los Sacramentarios  Gelasiano, Gregoriano y de Bérgamo): «Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu. Acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que purificados del pecado alcancen todas tus promesas».

Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Aleluya» (ROM 6,8).

Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarnos con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

Hechos 7,51-59: Señor Jesús, recibe mi espíritu. La defensa de Esteban ante sus acusadores se transforma en una acusación, ante la incredulidad de los jefes del pueblo, y le acarrea el martirio por medio de la lapidación. Al morir Esteban ruega al Señor en términos similares a los que Éste se dirigió al Padre desde la Cruz. Es el testimonio más antiguo de una oración dirigida a Cristo en la gloria del Padre. La celebración eucarística configura progresivamente nuestra vida cristiana a la imagen ideal de Cristo. Al mismo tiempo nos hace testigos del Señor: nos pone en contacto experiencial con la Palabra de Vida y nos empuja a una actividad apostólica, fruto de la libertad del Espíritu. Comenta San Efrén:

 «Es evidente que los que sufren por Cristo gozan de la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles después de la resurrección. Mientras el Campeón de la fe permanecía sin ayuda en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar al primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como si se animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a los que van a morir por su causa. Revela, por tanto, lo que ve, es decir, los cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el dolor de Cristo y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que su testimonio fuera más fidedigno» (Sermón sobre los Hechos 7).

En tus manos encomiendo mi espíritu. Palabra que en Cristo encuentran plenitud de sentido: el abandono, el sufrimiento, la confianza, la liberación. Invitación a todos los creyentes a una apertura total a Dios que revela los prodigios de su misericordia protectora. Por eso empleamos el Salmo 3, en el que se insertan estas palabras: «Señor, sé la Roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, Tú que eres mi Roca y mi baluarte, por tu nombre dirígeme y guíame. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; Tú el Dios leal, me librarás; yo confío en el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. En el asilo de tu presencia nos escondes de las conjuras humanas».

Juan 6,30-35: No fue Moisés, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Como en otros pasajes del Evangelio, Jesús hace pasar a sus oyentes del sentido material al espiritual. De este modo llegamos al culmen de la revelación de Jesús, cuando éste proclama: «Yo soy el Pan de Vida». Comenta San Ambrosio:

 «¿A qué  fin pides, oh judío, que te conceda el pan Aquél que lo da a todos, lo da a diario, lo da siempre? En ti mismo está el recibir este pan: acércate a este pan y lo recibirás. De este pan está dicho: “Todos los que se alejan de ti perecerán” (Sal 72,27). Si te alejares de Él, perecerás. Si te acercares a Él, vivirás. Este es el pan de la vida; así pues, el que come la vida no puede morir. Porque, ¿cómo morirá aquél para quien el manjar es la vida? ¿Cómo desfallecerá el que tuviere sustancia vital?

«Acercaos a Él y saciaos, porque es pan. Acercaos a Él y bebed, porque es fuente. Acercaos a Él y seréis iluminados (Sal 33,6), porque es luz (Jn 1,9). Acercaos a Él y sed libres, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3,17). Acercaos a Él y sed absueltos, porque es perdón de los pecados (Ef 1,7). ¿Preguntáis quién es éste? Oídle a Él mismo que dice: “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no pasará nunca sed” (Jn 6,35). Le oísteis y le visteis y no le creísteis; por eso estáis muertos; ahora siquiera, creed para que podáis vivir» (Exposición sobre el Salmo 118,28).

 

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Miércoles III de Pascua


 

Entrada: «Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria. Te aclamarán mis labios, Señor. Aleluya» (Sal 70,8.23)

Colecta (compuesta con textos de los Sacramentarios  Gelasiano, Gregoriano y de Bérgamo): «Ven Señor en ayuda de tu familia, y a cuantos hemos recibido el don de la fe, concédenos tener parte en la herencia eterna de tu Hijo resucitado».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención sean también fuente de gozo incesante»

Comunión: «El Señor ha resucitado. Él nos ilumina a nosotros, los redimidos por su sangre. Aleluya».

Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para que la participación en los sacramentos de nuestra redención nos sostenga durante la vida presente, y nos dé las alegrías eternas».

Hechos 8,1-8: Al ir de un lugar para otro iban difundiendo la buena noticia. La violencia de la persecución contra el grupo de Esteban –en la que tuvo parte activa Saulo– obligó a la dispersión de sus miembros por Samaria, en donde de este modo se expandió el mensaje cristiano. Felipe, uno de los siete, proclama la Palabra y obra curaciones. En la celebración eucarística, reunidos en torno al altar del Señor, proclamamos el mensaje personal que trae Cristo y recibimos la fuerza del Espíritu, que confirma nuestra unidad eclesial y alienta nuestro testimonio de vida cristiana.

San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre los Hechos dice que los cristianos continúan la predicación, en vez de des-cuidarla. Y San León Magno:

«La religión, fundada por el misterio de la Cruz de Cristo, no puede ser destruida por ningún género de maldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados» (Homilía sobre los Santos Apóstoles Pedro y Pablo).

–La acción redentora de Cristo despliega su poder salvador en nuestra vida: el cristiano recibe y proclama esta salvación en la comunidad eclesial. Que toda la tierra aclame al Señor que obra maravillas. Así lo proclamamos con el Salmo 65: «Aclama al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria; decid a Dios: “Qué terribles son tus obras. Que se postre ante Ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre”. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres. Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente».

Juan 6,35-40: La voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna. Tras haberse manifestado a Sí mismo como Pan de vida, Jesús hace hincapié en la necesidad de la fe que conduce a la vida eterna y a la futura resurrección. La vida eterna y la resurrección en el último día son dos aplicaciones concretas del don de la Vida al creyente. Pero no agotan todo el don de Cristo-Vida. San Agustín comenta este pasaje evangélico:

«“No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Ésta es la mejor recomendación de la humildad. La soberbia hace su voluntad, la humildad hace la voluntad de Dios. Por eso, “al que se llega a Mí no lo arrojaré fuera”. ¿Por qué? “No he venido a hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió”. Yo he venido humilde, yo he venido a enseñar la humildad, yo soy el maestro de la humildad. El que se llega a Mí se incorpora a Mí; el que se llega a Mí será humilde, porque no hace su voluntad, sino la de Dios.

«Esa es la causa de que no se le arroje fuera; estaba arrojado fuera cuando era soberbio... Se entrega Él mismo al que conserva la humildad y Él mismo lo recibe; y, en cambio, el que no la conserva está distantísimo del Maestro de la humildad. “Que no se pierda nada de lo que me dio”. No es, pues, voluntad de mi Padre que perezca uno solo de estos pequeñuelos. De entre los que se engríen no dejará de haber alguien que perezca; en cambio, de entre los humildes no se dará el caso de perecer uno solo... El que se llega a Mí resucita ahora hecho humilde, como uno de mis miembros; pero yo lo resucitaré también en el día postrero según la carne» (Tratado 25,16 y 19 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Jueves III de Pascua


 

Entrada: «Cantemos al Señor; sublime es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor. Él fue mi salvación. Aleluya» (Ex 15,1-2).

Colecta (del Gelasiano): «Dios Todopoderoso y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado claramente tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad; concede a quienes has librado de las tinieblas del error adherirse con firmeza a las enseñanzas de tu verdad».

Ofertorio: «¡Oh Dios! que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

Comunión: «Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.  Aleluya» (2 Cor 5,15).

Postcomunión: «Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Hechos 8,26-40: Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice? Felipe interpreta en favor de un peregrino llegado a Jerusalén un pasaje del libro de Isaías acerca del Siervo de Yahvé, mostrándole su cumplimiento en Jesucristo. El etíope recibe el bautismo y Felipe prosigue su obra de evangelización hasta Cesarea. La expansión de la Iglesia es obra del Espíritu Santo y se lleva a cabo mediante el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Él es quien, con su muerte y su resurrección, ya anunciada proféticamente, ha conseguido la salvación universal que es la única fuente de alegría. La alegría del recién bautizado es lógica por las muchas gracias que confiere el bautismo. San Juan Crisóstomo dice:

«Los nuevos bautizados son libres, santos, justos, hijos de Dios, herederos del cielo, hermanos y coherederos de Cristo, miembros de su Cuerpo, templos de Dios, instrumentos del Espíritu Santo... Los que ayer estaban cautivos son hoy hombres libres y ciudadanos de la Iglesia. Los que ayer estaban en la vergüenza del pecado se encuentran ahora en la seguridad de la justicia; y no sólo libres sino santos» (Catequesis bautismales 3,5).

Y San León Magno:

«El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual» (Carta 31).

   –El creyente puede testimoniar lo que Dios ha hecho con él: le ha devuelto la vida. Por esto invita a todos los pueblos a que bendigan al Dios que tan portentosamente le ha salvado y lo hacemos con el Salmo 65: «Bendecid, pueblo, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas: Porque  Él nos ha devuelto la vida y no dejó que tropezaran nuestros pies. Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo; a Él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor».

Juan 6,44-52: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo. El Pan de vida, que es Cristo, hay que comerlo ante todo con fe. Mas la revelación avanza aún más cuando Jesús afirma que el pan que Él dará es su propia carne, como sacrificio para la vida del mundo. Comenta San Agustín:

«El maná era signo de  este pan, como  lo era también el altar del Señor. Ambas cosas eran signos sacramentales: como signos son distintos, más en la realidad  hay identidad... Pan vivo, porque desciende del cielo. El maná también descendió del cielo; pero el maná era sombra, éste la verdad... ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de la unidad y qué vínculo de la caridad! Quien quiere vivir sabe donde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque y que crea, y que se incorpore a este cuerpo, para que tenga participación de su vida...» (Tratado 26,12 y 15 sobre el Evangelio de San Juan).

Y San Ambrosio:

«Cosa grande, ciertamente, y de digna veneración, que lloviera sobre los judíos maná del cielo. Pero, presta atención. ¿Qué es más: el maná del cielo o el Cuerpo de Cristo? Ciertamente que el Cuerpo de Cristo, que es el Creador del cielo. Además, el que comió el maná, murió; pero el que comiere el Cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá  para siempre. Luego, no en vano dices tú “Amén”, confesando ya en espíritu que recibes el Cuerpo de Cristo... Lo que confiesa la lengua, sosténgalo el afecto» (Sobre los Sacramentos 24-25).

 

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Viernes III de Pascua


 

Entrada: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Aleluya» (Apoc 5,12).

Colecta (compuesta con textos del Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que, ya que nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo, nos concedas también que el Espíritu Santo, con su amor, nos haga resucitar a una vida nueva».

Comunión: «El Señor crucificado resucitó de entre los muertos y nos rescató. Aleluya».

Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».

Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

Hechos 9,1-10: Este hombre es un instrumento elegido por Mí para dar a conocer mi nombre a los pueblos. Saulo es llamado misteriosamente por Dios a convertirse en uno de los grandes apóstoles de la religión de Jesús a la que perseguía. La conversión de Saulo es una verdadera vocación a ser primero discípulo de Cristo y luego un gran apóstol de su mensaje de salvación. Esto es uno de los acontecimientos más grandes de la historia de la Iglesia. Un instrumento elegido por Dios para ser el apóstol de todos los siglos. Él murió, pero sus Cartas siguen proclamando ese mensaje salvífico de Jesucristo. San Juan Crisóstomo dice del apóstol:

«Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje... En medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores, y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios... Imbuido en estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros la vida; la pobreza más que nosotros las riqueza...

«Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios y, lo que era para él más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos; sin esto le era indiferentes los poderosos y los príncipes; prefería ser con este amor, el último de todos... Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor; para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable» (Homilía 2 sobre las alabanzas de Pablo).

–Por eso lo mejor que podemos hacer es cantar con el Salmo 116: «Alabad al Señor todas las naciones, celebradlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad permanece por siempre».

Juan 6,53-60: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Respondiendo a la admiración de sus oyentes, Jesús afirma con claridad: si uno quiere poseer la vida ha de comer su carne y beber su sangre. El maná del desierto fue importante, pero mucho más lo es el alimento eucarístico que da la vida eterna. Comenta San Agustín:

 «Lo que buscan los hombres en la comida y en la bebida es apagar el hambre y la sed, mas esto no lo logra de verdad sino este alimento y bebida que a los que lo toman hace inmortales e incorruptibles, en la sociedad misma de los santos, donde existe una paz y unidad plena y perfectas...  Comer aquel manjar y beber aquella bebida es lo mismo que permanecer en Cristo y tener a Jesucristo que permanece en sí mismo. Y, por eso, quien no permanece en Cristo y en quien Cristo no permanece, es indudable que no come ni bebe espiritualmente su cuerpo y su sangre, aunque materialmente y visiblemente toque con sus dientes el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: sino antes, por el contrario, come y bebe para su perdición el sacramento de la realidad tan augusta, ya que, impuro y todo, se atreve a acercarse a los sacramentos de Cristo, que nadie puede dignamente recibir sino los limpios...» (Tratado 26 sobre el Evangelio de San Juan 17-18).

 

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Sábado III de Pascua


 

Entrada: «Por el Bautismo fuísteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creido en la fuerza de Dios que lo resucitó. Aleluya» (Col 2,12).

Colecta (compuesta con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Oh Dios, que has renovado por las aguas del bautismo a los que creen en ti, concede tu ayuda a los que han renacido en Cristo, para que venzan las insidias del Mal y permanezcan siempre fieles a los dones que de Ti han recibido».

Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».

Comunión: «Padre, por ellos ruego, para que todos sean uno en nosotros, y así crea el mundo que tú me has enviado, dice el Señor. Aleluya» (Jn 17,20-21).

Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».

Hechos 9,31-42: La Iglesia se iba construyendo y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo. La actividad apostólica de Pedro se desarrolla en un principio dentro de un período de paz para la Iglesia. El Apóstol cura a un paralítico de Lidia y resucita a una mujer en Jafa, provocando con ello nuevas conversiones. La asamblea eucarística realiza y construye continuamente la comunidad de salvación, que es la Iglesia. En ella encontramos la paz del Espíritu Santo y el aliento para una vida al servicio del Señor y de los hermanos. San Cipriano comenta:

«En los Hechos de los Apóstoles está claro que las limosnas no sólo ayudan al pobre. Habiendo enfermado y muerto Tabita, que hacía muchas buenas obras y limosnas, fue llamado Pedro y apenas se presentó, con toda diligencia de su caridad apostólica, le rodearon las viudas con lágrimas y súplicas... rogando por la difunta más con sus gestos que con sus palabras. Creyó Pedro que podría lograrse lo que pedían de manera tan insistente y que no faltaría el auxilio de Cristo a las súplicas de los pobres en quienes Él había sido vestido... No dejó, en efecto, de prestar su auxilio a Pedro, al que había dicho en el Evangelio que se concedería todo lo que se pidiera en su nombre. Por tal causa se interrumpe la muerte y la mujer vuelve a la vida y con admiración de todos se reanima, retornando a la luz del mundo el cuerpo resucitado. Tanto pudieron las obras de misericordia, tanto poder ejercieron las obras buenas» (Sobre las obras y limosnas 6).

–Con su resurrección Cristo ha vencido a la muerte. Las cadenas que nos ataban han quedado definitivamente rotas. Jesús nos ha salvado ¿Cómo pagar tan inmenso bien? La Santa Misa es la acción de gracias más agradable al Padre. Con el Salmo 115 decimos: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombres. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de su fieles. Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor».

Juan 6,61-70: ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Algunos discípulos abandonan a Jesús ante sus llamativas afirmaciones, pero Simón Pedro proclama su fe en Él, el Mesías, el Hijo de Dios. Comenta San Agustín:

«¿Nos alejas de Ti? Danos otros igual que Tú. ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Mirad cómo comprendió esto Pedro con la ayuda de Dios y confortación del Espíritu Santo. ¿De dónde le viene esta inteligencia sino de su fe? Tú tienes palabras de vida eterna. Porque Tú das la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y de tu sangre y nosotros hemos creído y entendido. No entendimos y creímos, sino creímos y entendimos. Creímos, pues, para llegar a comprender; porque si quisiéramos entender primero y creer después, no nos hubiera sido posible entender sin creer. ¿Qué es lo que hemos creído y qué lo que hemos entendido? Que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, es decir, que Tú eres la misma vida eterna y que no comunicas en el servicio de carne y sangre sino lo que Tú eres» (Tratado 27,9 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Semana de Pascua

Domingo IV


 

Entrada: «La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6).

Colecta: (textos del Gelasiano, Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».

Ofertorio (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por estos misterios pascuales, para que esta actualización repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante»

Comunión: «Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya».

Postcomunión (del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino».

Ciclo A

En este Domingo pascual la Iglesia nos presenta la figura inefable de Cristo, Buen Pastor, que nos lleva al Padre, que da su vida por nosotros, que nos alimenta con los pastos ubérrimos de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del lobo rapaz del demonio y de sus secuaces.

Hechos 2,14.36-41: Dios lo ha hecho Señor y Mesías. Pedro es siempre el Primer Pastor-Vicario de Cristo que nos llama a todos, por la conversión y por la fe al redil de salvación que es la Iglesia.

Pedro les contestó: “Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo y recibiréis el Espíritu Santo“. El Buen Pastor nos da al Espíritu Santo. San Basilio dice:

«De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios» (Del Espíritu Santo 9,23).

–Con el Salmo 22 decimos: «El Señor es mi Pastor nada me falta, en verdes praderas me hace recostar...»

1 Pedro 2,20-25: Habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras vidas. Por el bautismo hemos sido incorporados al redil de salvación que es la Iglesia de Cristo. Es en ella donde podremos vivir en la autenticidad su amor de Buen Pastor que nos redime y santifica. San Bernardo, tras repasar los padecimientos de Jesucristo, decía:

 «Esto me sostiene en la adversidad, me conserva humilde en la prosperidad y me hace andar con paso firme y seguro en el regio sendero de la salvación, a través de los bienes y males de la presente vida, librándome de los peligros que me amenazan a diestra y siniestra» (Sermón 43,4 sobre el Cantar).

Juan 10,1-10: Yo soy la puerta de las ovejas. Cristo mismo, como Buen Pastor es el único que tiene el derecho a reunirnos en el redil del Padre. Él es siempre la única puerta de salvación. Comenta San Agustín:

«Escuchadle deciros tan encarecidamente: “Yo soy el Buen Pastor, todos los demás, todos los pastores buenos, son miembros míos”, porque no hay sino una sola Cabeza y un solo Cuerpo: un solo Cristo. Sólo hay, por tanto ,un Cuerpo, un rebaño único, formado por el Pastor de los pastores, bajo el cayado del Pastor supremo. ¿No es esto lo que dice el Apóstol? “Porque lo mismo que, siendo uno mismo el cuerpo, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así también Cristo” (1 Cor 12,12). Luego, si también Cristo es así y si tiene incorporados a Él todos los pastores buenos, con razón no habla sino de uno solo al decir: “Yo soy el Buen Pastor, Yo el único; todos los demás forman conmigo una sola unidad. Quien apacienta fuera de Mí, apacienta contra Mí; quien conmigo no recoge, desparrama”» (Sermón 138,5).

Y San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor:

«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna» (Homilía 2 sobre el Cantar).

Ciclo B

Cristo, el Buen Pastor, es el centro vital que debe polarizar las vivencias de todas las almas integradas en su Iglesia. Signos visibles de Cristo, Príncipe de pastores (1 Pe 5,4) son nuestros pastores, puestos por Dios para regir nuestras almas en su Iglesia hasta que vuelva.

Hechos 4,8-12: Ningún otro puede salvar. Pedro, el Primer Pastor-Vicario de Cristo en su Iglesia, inicia su misión de proclamar ante el mundo que sólo en Cristo, Buen Pastor, es posible nuestra salvación. Cristo es la piedra angular. En Él nos apoyamos y nos sostenemos todos. Es el gran fundamento de nuestra fe, de toda nuestra vida cristiana.

–Decimos con el Salmo 117: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres; mejor es refugiarse en el Señor, que fiarse de los jefes».

1 Juan 3,1-2: Veremos a Dios tal cual es. Toda la autoridad redentora de Cristo y de sus Vicarios o Pastores en la Iglesia, se cifra en hacer visible la amorosa  paternidad de Dios sobre nosotros sus hijos. Comenta San Agustín:

 «¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del Hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito; busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios» (Sermón 185),

También San Ambrosio lo dice:

«El que tiene el Espíritu de Dios se convierte en hijo de Dios. Hasta tal punto es hijo de Dios que no recibe un espíritu de servidumbre, sino el  espíritu de los hijos, de modo que el Espíritu Santo testimonia a nuestro espíritu que nosotros somos hijos de Dios» (Carta 35,4).

Juan 10,11-18: El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. La garantía de nuestra salvación está en el Corazón de Cristo Jesús que, como Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas. Nos amó y se entregó por nosotros (Ef 2,4).

Véase el comentario al Evangelio en el  ciclo A.

Ciclo C

En este Domingo cuarto de Pascua se centra nuestra atención y nuestra fe agradecida en la presencia misteriosa del mismo Cristo Jesús, Pastor único y universal de nuestras almas. Cristo ha prolongado esta cualidad suya en los Pastores de su Iglesia. Hemos de descubrir a Cristo Jesús en el magisterio y en la autoridad de nuestros legítimos Pastores, en comunión con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo. Hemos de vivir en la Iglesia el problema serio de las vocaciones consagradas. La necesidad de que los elegidos de Dios para una dedicación total al Evangelio, a la santidad y a la acción pastoral en la Iglesia sepan responder fielmente y con generosidad total a este designio divino sobre sus vidas.

Hechos 13,14.43-52: Nos dedicamos a los gentiles. La misión y la obra salvadora de Cristo, Buen Pastor, y la de quienes hacen sus veces en la Iglesia, no pueden quedar limitadas por privilegios raciales o religiosos. Es universal, por cuanto todos los hombres necesitan, por igual, de Cristo Redentor. La Iglesia es universal y aunque los judíos hubieran aceptado el mensaje salvífico del Evangelio, la Iglesia se extendería por doquier. Comenta San Agustín:

 «Admirable es el testimonio de San Fructuoso, obispo. Como uno le dijera y le pidiera que se acordara de rogar por él. El santo respondió: “Yo debo orar por la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente”. ¿Qué quiso decir el  santo obispo con estas palabras? Lo entendéis, sin duda, recordadlo ahora conmigo: “Yo debo orar por la Iglesia Católica; si quieres que ore por ti, no te separes de aquélla por quien pido en mi oración”» (Sermón 273).

–Con el Salmo 99 decimos: «Servid al Señor con alegría; entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades»

Apocalipsis 7,9.14-17: El Cordero será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. La Iglesia triunfante en los cielos será el fruto de una comunidad de creyentes, elegida de toda nación, raza o lengua, y santificada por la sangre universalmente redentora del Cordero. La muchedumbre vestida de túnicas blancas, lavadas en la sangre del Cordero no son únicamente los mártires de la persecución neroniana, sino también todos los fieles purificados de sus pecados por el bautismo. El sacramento del bautismo recibe de la sangre del Cordero, que es también Pastor, la virtud de lavar y purificar las almas.

Juan 10,27-30: Yo doy la vida eterna a mis ovejas. Fue designio del Padre hacer de su Hijo encarnado el único Pastor para el único Pueblo de elegidos para la salvación.

Véase el comentario al Evangelio en el ciclo A.

 

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Lunes IV de Pascua


 

Entrada: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9).

Colecta (del Misal anterior y ha sido retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la Humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen la felicidad eterna».

Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: «Jesús se puso en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya» (Jn 20,19).

Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

Hechos 11,1-18: También a los gentiles les ha concedido Dios la salvación que lleva a la vida. Después de la milagrosa efusión del Espíritu Santo sobre los convertidos no judíos de Cesarea, Pedro los bautizó. Seguidamente sube a Jerusalén, donde cuenta su modo de proceder y convence a todos, que glorifican a Dios por la llegada de los paganos a la Iglesia. La acción del Espíritu Santo es expuesta por los Santos Padres de modo diverso. Oigamos a San Cirilo de Jerusalén:

 «Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del que lo recibe y después, por las obras de éste, la mente de los demás. Y del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al sentir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba»  (Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo).

Algo semejante sucedió a aquellos no judíos de Cesarea y que fue tan eficiente para la expansión de la Iglesia y mentalización de los primeros cristianos judíos.

–Convertirse a Dios es abrirse a la vida. Con el Salmo 41 cantamos y subrayamos nuestro carácter de peregrinos gozosos por caminar hacia el que es Luz, Verdad y Vida: «Como busca la sierva corriente de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío».

Juan 10,1-10.11-18: Yo soy la puerta de las ovejas. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Ante los malos pastores Jesús se presenta a sí mismo como el Pastor legítimo, que conoce a cada una de sus ovejas y camina delante de ellas. Seguidamente aparece una segunda imagen: Jesús es la puerta del aprisco, la única vía de acceso al Padre. Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; más aún, tiene el poder para entregar su vida y recuperarla. Hay en este evangelio una alusión a la pasión y resurrección. Pero también nos enseña la intimidad entre el Padre y el Hijo y entre el Hijo y sus seguidores, así como el de la unidad de su rebaño. San Agustín comenta:

«Aunque camine en medio de la sombra de la muerte; aun cuando camine en medio de esta vida, la cual es sombra de muerte no temeré los males, porque Tú, oh Señor, habitas en mi corazón por la fe, y ahora estás conmigo a fin de que, después de morir, también yo esté contigo. Tu vara y tu cayado me consolaron; tu doctrina, como vara que guía el rebaño de ovejas y como cayado que conduce a los hijos mayores que pasan de la vida animal a la espiritual, más bien me consoló que me afligió, porque te acordaste de mí» (Comentario al Salmo 22,4).

 

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Martes IV de Pascua


 

Entrada: «Con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Aleluya» (Ap 19,7.6).

Colecta (del Gregoriano): «Te pedimos, Señor Todopoderoso, que la celebración de las fiestas de Cristo resucitado aumente en nosotros la alegría de sabernos salvados».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».

Comunión: «Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos para entrar en su gloria. Aleluya» (cf. Lc 24,46.26)

Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para  que este santo intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».

Hechos 11,19-26: Se pusieron también a hablar a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. La Iglesia en Antioquía se muestra decididamente inclinada a la evangelización de los paganos y logra la conversión de un gran número de ellos. Bernabé, enviado de la Iglesia en Jerusalén, se alegra y va en busca de San Pablo en Tarso. Llamados a colaborar personalmente en la expansión de la Iglesia, nos reunimos en asamblea eucarística para recibir la fuerza del Espíritu, que nos haga proclamar universalmente, de palabra y de obra, la Buena Noticia del Señor.

Los predicadores de Antioquía son cristianos corrientes, por eso comenta San Juan Crisóstomo:

«Observad cómo es la gracia la que lo hace todo. Considerad también que esta obra se comienza por obreros desconocidos y sólo cuando empieza a brillar, envían los Apóstoles a Bernabé» (Homilía sobre los Hechos 25).

En Antioquía es donde por vez primera los discípulos de Cristo se llamaron cristianos. Así lo expone San Atanasio:

«Aunque los santos Apóstoles han sido nuestros maestros y nos han entregado el Evangelio del Salvador, sin embargo no hemos recibido de ellos nuestro nombre, sino que somos  cristianos por Cristo y por Él se nos llama de este modo» (Sermón primero contra los arrianos 2).

–Cantamos la maravillosa propagación de la Buena Nueva de Cristo y de su Iglesia con el Salmo 86, que es un canto a la Jerusalén terrenal, figura de la Iglesia: «Alabad al Señor todas las naciones. El Señor ha cimentado a Sión sobre el monte santo, y prefiere sus puertas a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí. Se dirá de Sión: “Uno por uno todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado”. El Señor escribirá en el registros de los pueblos: “Este ha nacido allí”; y cantarán mientras danzan: “Todas mis fuentes están en ti”».

Juan 10,22-30: Yo y el Padre somos uno. Con ocasión de una controversia con los incrédulos fariseos, Jesús vuelve a valerse de la imagen del Pastor. El Padre es quien le ha dado los que creen en Él. El los protege, puesto que el Padre y Él no son sino una sola cosa. A todos los pastores que han apacentado el pueblo de Dios el Buen Pastor los aventaja por la entrega voluntaria de su vida en favor de sus ovejas. Así lo dice San Gregorio Magno:

 «Por ello dice también el Señor en el texto que comentamos: “Igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, yo doy mi vida por las ovejas” (Jn 10,15). Como si dijera claramente: “La prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a Mí está en que entrego mi vida por mis ovejas, es decir, en caridad con que muero por mis ovejas, pongo de manifiesto mi amor por el Padre”» (Homilías sobre los Evangelios 14, 3).

Jesús, como Pastor y Cordero, es objeto de especial atención en los inspirados versos de San Efrén:

«Oh Hijo de Dios, Tú viniste al mundo

para atraer hacia Ti a la oveja racional.

Naciendo de la Virgen, te hiciste Cordero

y hacia Ti corrió la oveja descarriada,

porque oyó la voz de tu balido.

¡Oh Cordero que trajiste la santidad!

¡Oh Lactante, que eres el antiguo de día!

¡Oh Pastor y Lactante, cuán manso eres!» (Himno a Santa María 10,16).

 

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Miércoles IV de Pascua


 

Entrada: «Te daré gracias entre las naciones Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50;12,23).

Colecta (del Gelasiano): «Señor, Tú que eres la vida de los fieles, la gloria de los humildes y la felicidad de los santos, escucha nuestras súplicas, y sacia con la abundancia de tus dones a los que tienen sed de tus promesas».

Ofertorio: «¡Oh Dios!, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

Comunión: «Dice el Señor: “Yo os he escogido sacándoos del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. Aleluya» (cf. Jn 15,16.19).

Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Hechos 12,24-13,5: Apartadme a Bernabé y a Saulo. En Antioquía, en el transcurso de una celebración litúrgica, el Espíritu Santo designa a Saulo y a Bernabé para una gran empresa de evangelización dentro del mundo gentil. De este modo, comienzan por Salamina, la isla de Chipre, el primer viaje misionero del Apóstol de los gentiles. En la celebración eucarística, congregados en torno al altar, experimentamos la actuación del Espíritu Santo, que ha de impulsar y orientar nuestra vida de testimonio cristiano. El Espíritu Santo deja oir su voz en la Iglesia de Cristo. Oigamos a Nicetas de Remecían:

«¿Quién puede, pues, silenciar aquella dignidad del Espíritu Santo? Pues los antiguos profetas clamaban: “Esto dice el Señor” (Ez 22,28). En su venida Cristo aplicó esta expresión a su persona diciendo: “Y yo os digo” (Mt 5,22,43). Y los nuevos profetas ¿ qué clamaban? Como Agabo que profetiza y dice en los Hechos de los Apóstoles: “Esto dice el Espíritu Santo” (21,11). Y el mismo Pablo en la Carta a Timoteo: “El Espíritu Santo dice claramente” (1 Ti 4,1). Y Pablo dice que él ha sido llamado por Dios Padre y por Cristo: “Pablo, dice, apóstol no por los hombres, ni por medio de un hombre, sino por medio de Jesucristo y Dios Padre ”(Gál 1,1). Y en los Hechos de los Apóstoles se lee que fue segregado y enviado por el Espíritu Santo. En efecto, así está escrito (13,2)» (El Espíritu Santo, 15).

–En Cristo nos ha bendecido Dios con toda clase de bendiciones espirituales. Por eso, agradecidos, alabamos al Señor con el Salmo 66: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe».

Juan 12,44-50: Yo he venido al mundo como Luz. Cristo, Palabra del Padre, es la Luz del mundo que condena a los que viven las tinieblas de la incredulidad. Amad a Cristo y desead la Luz que es Cristo. Comenta San Agustín:

«No les dijo: “Vosotros sois la luz, habéis venido al mundo para que quien crea en vosotros no permanezca en las tinieblas”. Yo os aseguro que no leeréis esto en ningún lugar. Candelas son todos los Santos. Pero la Luz aquella que les da la luz no puede separarse de sí misma, porque es inconmutable. Creemos, pues, a las candelas encendidas, como son los profetas y los apóstoles, pero de tal modo les damos fe, que no creemos en la misma candela iluminada, sino que por medio de ella creemos en aquella Luz que las ilumina, para que nosotros seamos también iluminados, no por ellas, sino con ellas, por aquella Luz de quien ellas reciben la suya.

«Y al decir que vino “para que todo aquel que crea en Mí no permanezca en tinieblas”, claramente manifiesta que a todos encontró envueltos en las tinieblas; pero para que no permanezcan en las tinieblas en que fueron hallados deben creer en la Luz que vino al mundo, porque por Ella fue hecho el mundo» (Tratado 54,4 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Jueves IV de Pascua


 

Entrada: «Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya» (cf. Sal 67,8-9.20).

Colecta (textos del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Oh Dios, que has restaurado la naturaleza humana elevándola sobre su condición original, no olvides tus inefables designios de amor y conserva, en quienes han renacido por el Bautismo, los dones que tan generosamente han recibido».

Ofertorio: «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracias, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor».

Comunión: «Sabed que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 18,20).

Postcomunión: «Dios Todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante, y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».

Hechos 13,13-25: Dios sacó de la descendencia de David un salvador para Israel, Jesús. San Pablo presentó el mensaje cristiano en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, haciendo un resumen de la historia de la salvación, desde la elección de Israel en Egipto hasta el rey David, de cuya descendencia Dios suscitó como Salvador a Jesucristo. Se manifiesta la continuidad de Israel y de la Iglesia y el carácter único e irrepetible de Cristo, centro y clave de la historia. Por eso los Apóstoles exaltan tanto la pertenencia a la Iglesia. Orígenes decía:

 «Si alguno quiere salvarse, venga a esta Casa, para que pueda conseguirlo. Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta Casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva» (Homilía sobre Jesús en la barca 5).

Y San Agustín llega a decir algo increíble: 

«Fuera de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la salvación. Se puede tener honor, se pueden tener los sacramentos, se puede cantar aleluya, se puede responder amén, se puede sostener el Evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla, pero nunca, si no es en la Iglesia Católica, se puede encontrar la salvación» (Sermón 6).

– El Señor ha sido fiel y del linaje de David nos ha dado un Salvador. Jesús, hijo de David, tiene un trono eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo por medio de su Iglesia. Él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua: los hijos de la Iglesia que se perpetuará en la Jerusalén celeste. Con el Salmo 88 cantamos la fidelidad y la misericordia del Señor: «Cantaré eternamente la misericordia del Señor. Anunciaré su fidelidad por todas las edades. Porque dije: “Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad”. Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para que esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”».

Juan 13,16-20: El que recibe a mi enviado me recibe a Mí. Después del lavatorio de los pies a sus discípulos, Jesús anuncia el cumplimiento de las profecías en la traición de Judas. Seremos bienaventurados si aprendemos esto: que no es el siervo mayor que su señor. Y lo que hizo Cristo fue darles un ejemplo de humildad por caridad. Esto es lo que todos hemos de practicar:  la humildad por caridad. Es lo que les dirá muy pronto como un precepto nuevo: amar como Él ha amado. Lo que les dice en enseñanza sapiencial es lo que, con el lavatorio de los pies, les enseña con una parábola en acción. Los Apóstoles y todos los discípulos retendrán el espíritu de esta acción concreta, practicándolo con otras obras cuando la necesidad lo reclame. Con la humildad se relacionan todas las demás virtudes, pero de modo especial: la alegría, la obediencia, la castidad, el deseo de recomenzar, etc. De ahí procede una paz profunda, aun en medio de las debilidades y flaquezas.

 

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Viernes IV de Pascua


 

Entrada: «Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Ap 5,9-10)

Colecta (tomada del Misal Gótico): «Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y puesto que nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre de Ti y en Ti encontremos la felicidad eterna».

Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».

Comunión: «Cristo Nuestro Señor Jesús fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación. Aleluya» (Rom 4,25).

Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».

Hechos 13,26-33: Dios ha cumplido la promesa resucitando a Jesús. San Pablo evoca en Antioquía de Pisidia, la condena a muerte de Jesús en Jerusalén y la subsiguiente resurrección de la que fueron testigos los Apóstoles. Así se han cumplido las promesas hechas por Dios y las profecías. El plan salvífico se lleva a cabo mediante el cumplimiento de las Escrituras. Constantemente se están cumpliendo en nosotros el plan salvífico de Dios, sobre todo con la celebración eucarística. De este modo hemos de ser continuadores de los Apóstoles en la proclamación de este mensaje de salvación.

San Juan Crisóstomo llama a las Sagradas Escrituras «cartas enviadas por Dios a los hombres» (Homilía sobre el Génesis, 2).

San Jerónimo exhortaba a un amigo suyo con esta recomendación:

«Lea con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca abandones la lectura sagrada» (Carta 52).

 La Iglesia lee  en la celebración de la Eucaristía las Escrituras Sagradas tanto del Antiguo cuanto del Nuevo Testamento. Allí encontramos las promesas, las profecías y su realización en Cristo Jesús, como Él mismo lo dijo a sus discípulos y luego estos lo tuvieron presente en la proclamación del mensaje salvífico.

–El Salmo 2 se refiere a la entronización de un rey de la dinastía davídica. Es un Salmo mesiánico. La Iglesia lo ha referido a Cristo. En Él se cumplen las promesas de Dios y las profecías, sobre todo con su resurrección. Con este sentido lo cantamos nosotros: «Yo mismo he establecido a mi rey, en Sión, mi monte santo. Voy a proclamar el decreto del Señor. Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo: Te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra. Los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de loza”. Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad los que regís la tierra. Servid al Señor con temor».

Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Mientras Jesús está ausente, los discípulos han de defenderse de la turbación y afirmar su fe en Dios y en Él mismo, puesto que llegará un día en que volverá el Señor a colocarlos junto a Sí en la vida bienaventurada. Cuando Jesús responde a Tomás, se da a conocer como Camino, Verdad y Vida. Comenta San Agustín:

«Si lo amas, vete detrás de Él. Lo amo, contestas, ¿por qué camino seguirlo? Si el Señor Dios tuyo te hubiera dicho: “Yo soy la Verdad y la Vida”, tu deseo de la Verdad y tu amor a la Vida te llevarían ciertamente a la búsqueda del camino que te pudiera conducir a ellas y te dirías a ti mismo: “Magnífica cosa es la Verdad y magnífica cosa es la Vida, si existiera el camino de llegar a ellas mi alma”. ¿Buscas el camino? Oye lo primero que te dice: “Yo soy el Camino”... Dice primero por dónde has de ir y luego adónde has de ir. En el Señor del Padre está la Verdad y la Vida; vestido de nuestra carne es el Camino» (Tratado 34,9 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Sábado IV de Pascua


 

Entrada: «Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).

Colecta (del Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, concédenos vivir siempre en plenitud el Misterio Pascual para que, renacidos en el Bautismo, demos frutos abundantes de vida cristiana y alcancemos finalmente las alegrías eternas».

Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».

Comunión: «Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen la gloria que me has dado. Aleluya» (Jn 17,24).

Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta Eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

Hechos 13,44-52: Nos dedicamos a los gentiles. En vista de la oposición suscitada por los judíos de Antioquía de Pisidia, Pablo declara que, puesto que ellos lo rechazan, se dedicará a los gentiles. Ante esto, los judíos declaran una persecución: Pablo y Bernabé son expulsados y parten a Iconio. Aceptar con sencillez, humildad y generosidad la Palabra de Dios, así quedaremos llenos de la alegría del Espíritu Santo, camino hacia la vida eterna, no obstante las dificultades y la misma persecución, pues, como dice San Agustín: 

«El vendaval que sopla es el demonio, quien se opone con todos sus recursos a que nos refugiemos en el puerto. Pero es más poderoso el que intercede por nosotros, el que nos conforta para que no temamos y nos arrojemos fuera del navío. Por muy sacudido que parezca, sin embargo en él navegan no sólo los discípulos, sino el mismo Cristo. Por esto, no te apartes de la nave y ruega a Dios. Cuando fallen todos los medios, cuando el timón no funcione y las velas rotas se conviertan en mayor peligro, cuando se haya perdido la esperanza en la ayuda humana, piensa que sólo te resta rezar a Dios» (Sermón 63).

Y San Juan Crisóstomo anima también:

«No desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes peligros, porque no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis todas las dificultades» (Homilía sobre San Mateo, 46).

–La  persecución hace que el Evangelio se extienda por otras partes y así, al anuncio de la resurrección de Jesús, se difunde por doquier y todas las naciones conocen la revelación de la victoria del Señor. Esto es lo que motiva que la Iglesia cante y proclame la misericordia y la fidelidad del Señor y lo hace ahora con el Salmo 97: «Cantaré al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel –la Iglesia, el alma cristiana–. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».

Juan 14,7-14: Quien me ha visto a Mí ha visto a mi Padre. Una pregunta del Apóstol Felipe ofrece a Jesús la ocasión propicia para dar cuenta de su íntima unidad con el Padre: Quien ve a Cristo, ve al Padre y el Padre habla y actúa en Cristo y los discípulos de Éste actuarán por Él, resucitado, y su oración será escuchada. No quedan desamparados. Esta es la fe y confianza de la Iglesia en medio de todas sus dificultades y persecuciones. San Agustín comenta esta materia en sus Tratados 70 y 71 sobre el Evangelio de San Juan. He aquí un párrafo:

«Así, pues, prometió que Él mismo haría aquellas obras mayores. No se alce el siervo sobre su Señor, ni el discípulo sobre su Maestro. Dice que ellos harán obras mayores que las suyas, pero haciéndolas Él en ellos y por ellos, y no ellos por sí mismos. A Él se dirige la alabanza...Y ¿cuáles son esas obras mayores? ¿Acaso que su sombra, al pasar, sanaba los enfermos? Pues es mayor milagro sanar con la sombra que con el contacto de la fimbria de su vestido. Esto lo hizo Él mismo; aquello por ellos, pero ambas cosas las hizo Él, pues es el gran Mediador» (Tratado 71, 3)

 

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5ª Semana de Pascua

Domingo V


 

Entrada: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a las naciones su justicia. Aleluya» (Sal 97,1-2).

Colecta (compuesta con textos del Gelasiano, Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna».

Ofertorio: «¡Oh Dios!, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

Comunión: «Yo soy la vid verdadera; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Aleluya» (Jn 15,1.5).

Postcomunión (del Misal anterior ,  retocada con textos del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Ciclo A

La Iglesia es toda ella un misterioso templo de Dios, en el que Cristo, Piedra viva (1 Pe 2,4) ha sido puesto por el Padre como cimiento. Sobre Él se construye el nuevo Pueblo de Dios con piedras vivas y vivificadas por Cristo, que somos nosotros.

Hechos 6,1-7: Escogieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo. Véase el sábado de la 2ª Semana de Pascua.

1 Pe 2,4-9: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real. Por nuestra unión con Cristo Sacerdote todos debemos sentirnos piedras vivas de un inmenso templo viviente que glorifica a Dios y es signo de salvación para todos los hombres. Orígenes afirma:

 «Todos los que creemos en Cristo Jesús somos llamados piedras vivas... Para que te prepares con mayor interés, tú que me escuchas, a la construcción de este edificio, para que seas una de las piedras próximas a los cimientos, debes saber que es Cristo mismo el cimiento de este edificio que estamos describiendo. Así lo afirma el Apóstol Pablo. Nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo (1 Cor 3,11)»  (Hom. In Jesu Nave  9,1).

––Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Véase comentario en el viernes 4ª semana.

Ciclo B

El cristianismo no es un club de entusiastas admiradores de Cristo, ni un gremio de selectos, asociados y mentalizados por una filosofía dimanante del Evangelio. La Iglesia es fundamentalmente el misterio de nuestra incorporación personal y comunitaria a la Persona viviente de Cristo Jesús. Incorporación interior y profunda, mediante la vida de fe, de gracia y de caridad. Y también incorporación garantizada externamente, mediante nuestra permanencia visible a la propia Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Lo que Cristo instituyó para prolongar su obra de salvación hasta el fin de los tiempos.

Hechos 9,26-31: Les contó cómo había visto al Señor en el camino. Pablo fue predestinado y elegido por Dios para realizar la obra de Cristo. Y fue plenamente de Cristo, cuando quedó aceptado e incorporado a su Iglesia jerárquica y visible, como garantía de comunión con los demás cristianos. Comenta San Juan Crisóstomo: 

«Los discípulos temían que los judíos hicieran de Pablo un mártir, como habían hecho con Esteban. A pesar de este temor le envían a predicar el Evangelio a su propia patria, donde estará más seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (Homilía sobre los Hechos, 21).

Con el Salmo 21 decimos: «El Señor es mi alabanza en la gran asamblea. Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse. Alabarán al Señor los que lo buscan; viva su Corazón por siempre. Lo recordarán y volverán al Señor, se postrarán las familias de los pueblos. Ante Él se inclinarán los que bajan al polvo. Me hará vivir para Él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura...»

1 Juan 3,18-24: Éste es su mandamiento: que creamos y que nos amemos. La garantía más profunda de nuestra sinceridad cristiana está siempre en la autenticidad de nuestra fe, verificada en el amor, como comunión de vida con el Corazón de Cristo, Amor avalado del Padre (Jn 3, 14). San Beda dice:

«Ni podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo, ni podemos creer de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno... Que Dios sea tu casa y que tú seas la casa de Dios; habita en Dios y que Dios habite en ti. Dios habita en ti para apoyarte: tú habitas en Dios para no caer. Observa los mandamientos, guarda la caridad» (Comentario a la 1 Jn).

Juan 15,1-8: El que permanece en Mí y yo en él, ése da fruto. La Iglesia no es sino la realización del misterio del Cristo total. Él, Cabeza; nosotros, sus miembros. Él, la Vid; nosotros, los sarmientos injertados en la cepa por la fe y la gracia que santifica. Comenta San Cirilo de Alejandría:

 «El Señor, para convencernos que es necesario que nos adhiramos a Él por el amor, ponderó cuan grandes bienes se derivan de nuestra unión con Él, comparándose a Sí mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a Él e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos y, que, al participar del Espíritu de Cristo, éste nos une con Él. La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de voluntad y de deseo; en cambio, la unión de la vid con nosotros es una unión de amor y de inhabitación» (Comentario al Evangelio de San Juan 10,2).

Ciclo C

El amor divino del Verbo encarnado, muerto y resucitado para reconciliarnos con el Padre, es el origen, la razón de ser, la misión permanente y la garantía suprema de la Iglesia. El amor evangélico es la lección suprema que nos dejó el Corazón Redentor de Jesucristo.

Hechos 14,21-26: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos. Urgido por la caridad de Cristo, Pablo proclama el Misterio de la Redención Pascual, creando comunidades de fe y de amor entre los gentiles, con su palabra y, sobre todo, con su vida. Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Cristo nos ha dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores que enseñen, para que cumplamos nuestro deber de levadura, para que nos comportemos como ángeles, como anunciadores entre los hombres, para que seamos adultos entre los menores, hombres espirituales entre los carnales, a fin de ganarlos; que seamos simientes y demos numerosos frutos. Ni siquiera sería necesario exponer la doctrina si nuestra vida fuese tan radiante, ni sería necesario recurrir a las palabras si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría ningún pagano si nos comportáramos como verdaderos cristianos» ( Homilía primera sobre 1 Tim.).

–Con el Salmo 144 proclamamos: «El Señor es clemente y misericordioso...El Señor es bueno con todos..»

Juan 13,31-33.34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. A criaturas nuevas, redimidas por Cristo, corresponden conductas nuevas, avaladas por el mandamiento nuevo: la caridad evangélica. Comenta San Agustín:

«Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros (Jn 13,34). ¿No había sido dado ya este precepto en la antigua ley de Dios (Lev 19,18)? ¿Por qué, pues, el Señor lo llama nuevo cuando conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque despojándonos del hombre viejo nos ha revestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva, no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, acerca de la cual, para distinguirla del amor carnal, añade el Señor: “Como yo os he amado”.  Este amor nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del cántico nuevo. Este amor, carísimos hermanos, renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los Apóstoles y es el que también ahora renueva a todas las gentes...» (Tratado 65,1 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Lunes V de Pascua


 

Entrada: «Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y que se dignó morir por su grey. Aleluya».

Colecta (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «¡Oh Dios!, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría».

Ofertorio: «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor».

Comunión: «La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 14,27).

Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».

Hechos 14,5-17: Os predicamos la Buena Noticia, para que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo. Tras unas nuevas sediciones provocadas por los judíos de Iconio, los dos misioneros, Pablo y Bernabé, llegan a Listra, en donde Pablo cura a un enfermo. La multitud los toma por dioses y se aprestan a ofrecerles un sacrificio, de suerte que tienen que protestar con vehemencia y proclamar que no hay más que un solo Dios. La salvación de Cristo se nos anuncia y se nos hace realidad en la Eucaristía. Tenemos que actualizarla en medio del mundo con el testimonio de nuestra palabra y de nuestra vida. San Beda explica que:

«Así como el hombre cojo, curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los gentiles, alejados de la religión de la ley y del Templo, pero recogidos ahora por la predicación del Apóstol Pablo» (Comentario a los Hechos).

Los dos misioneros manifiestan su verdadera obra. No buscan honores para sí, sino sólo para Dios y para Jesucristo, el Señor, cuya doctrina, obra y vida ellos predican para la salvación de todos los hombres: predican con su palabra y predican también con su conducta.

–Los cristianos hemos heredado de Israel el oficio de testimoniar y dar gloria a Dios. Y el primer testimonio es que Cristo ha resucitado y ha sido glorificado. Por eso proclamamos con el Salmo 113: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Por tu bondad, por tu lealtad. ¿Por qué han de decir las naciones: “Dónde está tu Dios”? Nuestro Dios está en el cielo, lo que quiere lo hace. Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas. Benditos seáis del Señor que hizo el cielo y la tierra. El cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado a los hombres».

Juan 14,21-26: El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo. Jesús hace notar los lazos vitales que le unirán con sus discípulos después de su glorificación, por la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo.  Con el Espíritu Santo nos sentimos confortados en nuestro interior de un modo inefable. San Gregorio Magno habla de la necesaria acción del Espíritu Santo en el entendimiento de los cristianos:

«El Espíritu se llama también Paráclito –defensor–, porque a quienes se duelen de sus pecados cometidos, al tiempo que les dispone para la esperanza del perdón, libera sus mentes de la aflicción y de la tristeza. Por eso, con razón se hace esta promesa: “Él os enseñará todas las cosas” (Jn 14,26). En efecto, si el Espíritu no actúa en el corazón de los oyentes, resultan inútiles las palabras del que enseña. Que nadie, pues, atribuya al hombre que instruye a los demás aquello que desde la boca del maestro llega a la mente del que escucha, pues si el Espíritu no actúa internamente, en vano trabaja con su lengua aquél que está enseñando. Todos vosotros, en efecto, oís las palabras del que os habla, pero no todos percibís de igual modo lo que significan» (Homilía 30,3 sobre los Evangelios).

 

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Martes V de Pascua


 

Entrada: «Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, los que teméis, pequeños y grandes, porque ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios y el mando de su Mesías. Aleluya» (Apoc 19,5; 12,10).

Colecta (compuesta con textos del Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo): «Señor, tú que en la resurrección de Jesucristo nos has engendrado de nuevo para que renaciéramos a una vida eterna, fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza, a fin de que nunca dudemos que llegará a realizarse lo que nos tienes prometido».

Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Aleluya» (Rom 6,8).

Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

Hechos 14,18-27: Contaron a la comunidad lo que Dios había hecho por su medio. Unos judíos llegados de Antioquía y de Iconio suscitan una persecución contra Pablo, que parte para Derbe y continúa su misión evangelizadora exhortando a todos a perseverar en la fe, no obstante los sufrimientos. Luego regresa a Antioquía, donde expone la obra que había realizado en su viaje apostólico. Más que una obra humana es una obra de Dios que ayuda a sus elegidos. Véase el domingo anterior ciclo C).

–Después de haber experimentado los beneficios del Señor, también nosotros nos alegramos por el fruto obtenido por Pablo y nos unimos a su acción de gracias y a proclamar la gloria del Señor con el Salmo 144: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre, por siempre jamás».

Juan 14,27-31: Mi paz os doy. Jesús promete a los suyos la paz; no la paz del mundo, siempre precaria, sino la suya propia. Él se va, pero volverá junto a ellos. Esta venida no sólo tendrá lugar al fin de los tiempos, sino que ya desde ahora empezarán a existir nuevos lazos entre Él y los suyos, tras su paso de este mundo al Padre. Dice San Beda:

«La verdadera, la única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos del amor de Dios y animados de la esperanza del  cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo... Se equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el fin de este mundo deberían convencer a ese hombre de que ha construido sobre arena los fundamentos de su paz» (Homilía 12 para la Vigilia de Pentecostés).

San Columbano comenta también estas palabras de Cristo:

«“Os doy mi paz, os dejo mi paz” (Jn 14,27). Pero, ¿para qué nos sirve saber que esta paz es buena, si no la cuidamos? Lo que es muy bueno normalmente es muy frágil y los bienes preciosos reclaman mayores cuidados y una vigilancia más esmerada. Muy frágil es la paz que puede perderse por una palabra inconsiderada o por la menor herida causada a un hermano. En efecto, nada agrada más a los hombres que hablar fuera de propósito y ocuparse en lo que no les atañe, pronunciar vanos discursos y criticar a los ausentes» (San Columbano Instrucción 11,1-4).

Y también San Pedro Crisólogo:

«La paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya que su petición es siempre eficaz. Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda conservar esa paz, ya que Él ha dicho:“La paz os dejo, mi paz os doy”, lo que equivale a decir: Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz; lo que nos dio al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva» (Sermón sobre la paz).

 

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Miércoles V de Pascua


 

Entrada: «Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria todo el día. Te aclamarán mis labios. Aleluya» (Sal 70,8.23).

Colecta (textos del Gelasiano, del Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo): «¡Oh Dios!, que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido; atrae hacia ti el corazón de tus fieles, para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido librados de las tinieblas del error».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y, ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».

Comunión: «Resucitó el Señor e iluminó a quienes habíamos sido rescatados con su sangre».

Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».

Hechos 15,1-6: Se decidió que subieran a Jerusalén a consultar a los Apóstoles y a los presbíteros sobre la controversia. ¿Los gentiles tenían que abrazar la ley judaica antes de convertirse al cristianismo? La solución tiene que venir del cuerpo responsable de la Iglesia: los Apóstoles y ancianos. Así nació el primer concilio de la Iglesia. La nota jerárquica de la Iglesia se manifiesta desde sus orígenes.  Juan Pablo I, en su alocución del 3 de septiembre de 1978 cita estas palabras de San Efrén:

«Nos parece escuchar como dirigidas a Nos, las palabras que, según San Efrén, Cristo dirigió a Pedro: “Simón, mi Apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro, porque tú sostendrás todos los edificios; tú eres el superintendente de todos los que edificarán la Iglesia sobre la tierra...Tú eres el manantial de la fuente, de la que emana mi doctrina; tú eres la cabeza de mis Apóstoles...Yo te he dado las llaves de mi reino”».

–La resurrección de Jesús ha fijado a nuestra vida una meta de esperanza. En Jerusalén está Pedro. Allí se dirigen Pablo y Bernabé para que con los demás apóstoles y ancianos determinen lo que se ha de hacer en la cuestión judaizante. Nosotros vamos con ellos y cantamos el Salmo 121: «Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor. Según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David». Todo esto ha pasado a la Iglesia, a su jerarquía, a Pedro, cabeza del Colegio apostólico.

Juan 15,1-8:  El que permanezca en Mí ese dará fruto abundante. Comenta San Agustín:

«Y si el sarmiento da poco fruto, el agricultor lo podará para que lo dé más abundante. Pero, si no permanece unido a la vid, no podrá producir de suyo fruto alguno. Y puesto que Cristo no podría ser la Vid si no fuese hombre, no podría comunicar también esa virtud a los sarmientos si no fuera también Dios. Pero, como  nadie puede tener vida sin la gracia, y sólo la muerte cae bajo el poder del libre albedrío, sigue diciendo: “El que no permaneciere en Mí será echado fuera, como el sarmiento y se secará, lo cogerán y lo arrojarán al fuego para que arda” (Jn 15,6).

«Los sarmientos de la vid son tanto más despreciables fuera de la vid, cuanto son más gloriosos unidos a ella, y como dice el Señor por el profeta Ezequiel (15,5), cortados de la vid, son enteramente inútiles al agricultor y no sirven para hacer con ellos ninguna obra de arte. El sarmiento ha de estar en uno de estos dos lugares: en la vid o en el fuego; si no está en la vid, estará en el fuego. Permanece, pues, en la vid para librarte del fuego» (Tratado 81,3 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Jueves V de Pascua


 

Entrada: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor; Él fue mi salvación. Aleluya» (Ex 15,1-2)

Colecta (del Gelasiano): «Señor Dios Todopoderoso, que, sin mérito alguno de nuestra parte, nos has hecho pasar de la muerte a la vida y de la tristeza al gozo; no pongas fin a tus dones, ni ceses de realizar tus maravillas en nosotros, y concede a quienes ya hemos sido justificados por la fe la fuerza necesaria para perseverar siempre en ella».

Ofertorio: «¡Oh Dios!, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

Comunión: «Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Aleluya» (2 Cor 5,15).

Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Hechos 15,7-21: A mi parecer no hay que molestar a los gentiles que se convierten. En el concilio de Jerusalén, Pedro y Santiago toman la palabra en favor de los nuevos cristianos en relación con la ley judaica: libertad plena ante la ley, pero evitar prácticas que resulten demasiado chocantes a los judíos. En definitiva: moderación, caridad y libertad. Nosotros aceptamos la gracia de Cristo, que nos comunica la salvación y no un precepto legal. Orígenes comenta:

«Pienso que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellas» (Homilía sobre el Exodo 4,5).

Y San Efrén hace decir a San Pedro:

«Todo lo que Dios nos ha concedido mediante la fe y la ley,  lo ha concedido Cristo a los gentiles mediante la fe y sin la observancia de la ley» (Sermón sobre los Hechos 2).

Fue un acontecimiento importantísimo en la vida de la Iglesia, que mostró la excelencia, la sublimidad y la eficacia de la obra redentora realizada por Jesucristo. Es admirable cómo aquellos judíos tan extremadamente celosos de las prácticas judaicas cambiaron radicalmente ante la obra salvadora de Cristo. Esto, ciertamente, no se explica sin una gracia especialísima del mismo Cristo.

–El anuncio de las maravillas que ha hecho Dios tiene una proyección universal. Está destinado a todos los pueblos. A todos tiene que llegar ese anuncio. De ahí la vocación misionera del cristiano: contar a todas las naciones las maravillas del Señor. Por eso usamos el Salmo 95 para clamar: «Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos: “El Señor es Rey. Él afianzó el orbe y no se moverá. Él gobierna a los pueblos rectamente”».

Juan 15,9-11: Permaneced en mi amor para que vuestra alegría llegue a plenitud. El lazo de amor que une al Padre con Cristo y sus discípulos es la obediencia a los mandamientos de Cristo, fuente de la perfecta alegría. Comenta San Agustín:

«Ahí tenéis la razón de la bondad de nuestras obras. ¿De dónde había de venir esa bondad a nuestras obras sino de la fe que obra por el amor? ¿Cómo podríamos nosotros amar si antes no fuéramos amados? Ciertamente lo dice este mismo evangelista en su carta: “Amemos a Dios porque Él nos amó primero... Permaneced en mi amor”. ¿De qué modo? Escuchad lo que sigue: “Si observareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor”.

«¿Es el amor el que hace observar los preceptos o es la observancia de los preceptos la que hace el amor? Pero, ¿quién duda de que precede el amor? El que no ama no tiene motivos para observar los preceptos. Luego, al decir: “Si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor”, quiere indicar no la causa del amor, sino cómo el amor se manifiesta. Como si dijere: “No os imaginéis que permanecéis en mis amor si no guardáis mis preceptos; pero, si los observareis, permaneceréis” en es decir, “se conocerá que permanecéis en mi amor si guardáis mis mandatos” a fin de que nadie se engañe diciendo que le ama si no guarda sus preceptos, porque en tanto le amamos en cuanto guardamos sus mandamientos» (Tratado 82,2-3 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Viernes V de Pascua


 

Entrada: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Aleluya».

Colecta (compuesta con textos del Gregoriano y del Sacramentario de Bérgamo):  «Danos, Señor, una plena vivencia del misterio pascual, para que la alegría que experimentamos en estas fiestas sea siempre nuestra fuerza y nuestra salvación».

Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu bondad, estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne»

Comunión: «El Crucificado resucitó de entre los muertos y nos rescató»

Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

Hechos 15,22-31: Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables. Decreto final del primer Concilio del cristianismo. Esto abrió una amplia perspectiva al desarrollo de la misión apostólica. Se subraya la unión de caridad en la primitiva Iglesia: «El Espíritu Santo y nosotros». La sagrada Eucaristía produce y consagra esa unión y caridad, que es la auténtica ley del Espíritu y lo verdaderamente indispensable en nuestra vida cristiana. San Agustín expone así que la caridad es madre de la unidad:

 «No están todos los herejes por toda la tierra, pero hay herejes en toda la superficie de la tierra. Hay una secta en África, otra herejía en Oriente, otra en Egipto, otra en Mesopotamia. En países diversos hay diversas herejías, pero todas tienen por madre la soberbia; como nuestra única Madre Católica engendró a todos los fieles cristianos repartidos por el mundo. No es extraño, pues, que la soberbia engendre división, mientras la caridad es madre de la unidad (Sermón 46, sobre los Pastores).

–La vocación de los gentiles es el cumplimiento del universalismo mesiánico. Por eso damos gracias a Dios ante todos los pueblo y cantamos para Él ante las naciones con el Salmo 56: «Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar. Despierta gloria mía; despertad cítara y arpa, despertaré a la aurora. Te daré gracias ante los pueblos, Señor, tocaré para Ti ante las naciones; por tu bondad que es más grande que los cielos, por tu fidelidad que alcanza a las nubes. Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria».

Juan 15,12-17: Esto os mando: que os améis unos a otros. El mandamiento supremo de Cristo consiste en la caridad fraterna, que llega hasta el don de la propia vida en favor de los seres amados. Jesús da a conocer a los discípulos elegidos por Él mismo todo cuanto conoce del Padre. La revelación del Padre no es otra cosa que Jesucristo y es revelación por el amor, para el amor y en el amor. El amor de los discípulos entre sí será el fundamento y la condición de la permanencia gozosa en ellos de Jesús, después de su partida de este mundo. San Juan Crisóstomo dice:

«El amor que tiene por motivo a Cristo es firme, inquebrantable e indestructible. Nada, ni las calumnias, ni los peligros, ni la muerte, ni cosa semejante será capaz de arrancarlo del alma. Quien así ama, aun cuando tenga que sufrir cuanto se quiera, no dejará nunca de amar si mira el motivo por el que ama. El que ama por ser amado terminará con su amor apenas sufra algo desagradable...,  pero quien está unido a Cristo jamás se apartará de ese amor» (Homilía sobre San Mateo 60).

Y San Bernardo afirma:

«El amor basta por sí solo y por causa de sí. Su premio y su mérito se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal que se recurra a su principio y origen, con tal que vuelva el amor a su fuente y sea una continua emanación de la misma» (Sermón 83).

 

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Sábado V de Pascua


 

Entrada: «Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó. Aleluya» (Col 2,12).

Colecta (compuesta con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Señor, Dios Todopoderoso, que por las aguas del bautismo nos has engendrado a la vida eterna; ya que has querido hacernos capaces de la vida inmortal, no nos niegues ahora tu ayuda para conseguir los bienes eternos».

Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».

Comunión: «Padre, por ellos ruego, para que todos sean uno en nosotros, y así crea el mundo que tú me has enviado –dice el Señor».

Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».

Hechos 16,1-10: En aquellos días Pablo fue a Derbe y luego a Listra. San Pablo prosigue su obra misionera. Su afán es que todos los hombres conozcan a Cristo, crean en Él y se salven. No hay impedimentos. El se desvive por proclamar el mensaje evangélico a todos. San Juan Crisóstomo dice que todos los cristianos han de participar en la evangelización de los no creyentes:

 «No puedes decir que te es imposible atraer a los demás. Si eres verdadero cristiano, es imposible que esto suceda. Si es cierto que no hay contradicción en la naturaleza, es también verdad lo que nosotros afirmamos, pues esto se desprende de la misma naturaleza del cristiano. Si afirmas que un cristiano no puede ser útil, deshonras a Dios y lo calificas de mendaz. Le resulta más fácil a la luz convertirse en tinieblas que al cristiano no irradiar. No declares nunca una cosa imposible, cuando es precisamente lo contrario lo que es imposible» (Homilía 20 sobre los Hechos). 

«A esto hay que añadir que San Pablo no halagaba, sino que presentaba el mensaje de Cristo en toda su exactitud, centrado en la Cruz. Todas las verdades y todos los preceptos de Cristo incluso los más exigentes fueron materia de su predicación. Lo muestran sus Cartas. No quiere saber otra cosa que a Cristo y a Cristo Crucificado, escándalo para unos e insensatez para otros» (Comentario a los Hechos 5,7).

–Los viajes apostólicos de San Pablo son una expresión práctica del deseo del autor del Salmo 99: «Que toda la tierra aclame al Señor». También nosotros, con los mismos sentimientos del santo Apóstol, empleamos las mismas palabras del salmista y decimos: «Aclamad al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».

Juan 15,18-21: No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo. La suerte de los discípulos de Cristo en este mundo no será mejor que la de su Maestro: ellos también, como Cristo, serán odiados y perseguidos por los hombres. Comenta San Agustín:

 «Si queréis saber cómo se ama a sí mismo el mundo de perdición que odia al mundo de redención, os diré que se ama con un amor falso, no verdadero. Y si se ama con amor falso, en realidad se odia: porque quien ama la maldad tiene odio a su propia alma... Pero se dice que se ama porque ama la iniquidad que le hace inicuo; y se dice que a la vez se odia, porque ama lo que es perjudicial. En sí mismo odia la naturaleza y ama el vicio; ama lo que en él hizo su propia voluntad.

«Por lo cual se nos manda y se nos prohibe amarlo. Se nos prohibe cuando dice: “No améis el mundo”; y se nos manda en aquellas palabras: “Amad a vuestros enemigos”.  Se nos prohibe, pues, amar en él lo que él en sí mismo odia, esto es, la hechura de Dios y los múltiples consuelos de su bondad. Se nos prohibe amar sus vicios y se nos manda amar su naturaleza, ya que él ama sus vicios y odia su naturaleza. A fin de que nosotros lo amemos y odiemos con rectitud, ya que él se ama y se odia con perversidad» (Tratado 87,4 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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6ª Semana de Pascua

 

Domingo VI


 

Entrada: «Con gritos de júbilo, anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha redimido a su pueblo”. Aleluya» (Is 48,20).

Colecta (compuesta con textos del Veronense y del Gelasiano): «Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado; y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras».

Ofertorio (textos del Veronense y del Sacramentario de Bérgamo): «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor».

Comunión: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” –dice el Señor–. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,15-16).

Postcomunión (del Gelasiano): «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».

Ciclo A

La gran promesa que nos hizo Cristo fue el envío del Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, don del Padre a los que por la fe y el amor se entregan a Cristo. Es también el Espíritu de Verdad, fuente de vida y de santidad para toda la Iglesia.

Hechos 8,5-8.14-17: Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. La jerarquía eclesial es el órgano sacramental que nos garantiza la donación y la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. San Basilio afirma:

«Hacia el Espíritu Santo dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación, hacia Él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa y su soplo es para ellos una manga de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio. Fuente de santificación, Luz de nuestra inteligencia, Él es quien da, de Sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural para que conozca la verdad. Inaccesible por naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo dirige con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ellos, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones en proporción a la fe de cada uno. (Sobre el Espíritu Santo 9,22-23).

–Con el Salmo 65 proclamamos llenos de gozo: «Aclamad al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria...»

1 Pedro 3,15-18: Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu. El don del Espíritu Santo no es sino el mismo Espíritu de Cristo (ROM 8,9), que a Él lo glorificó en su Resurrección y a nosotros nos santifica y nos injerta en su Cuerpo místico. Toda nuestra vida ha de ser un himno de alabanza y de acción de gracias a Cristo, que nos otorga tantos bienes materiales y espirituales. Casiano dice:

«Debemos expresarle nuestro agradecimiento, porque nos inspira secretamente la compunción de nuestras faltas y negligencias; porque se digna visitarnos con castigos saludables; por atraernos muchas veces, a pesar nuestro, al buen camino; por dirigir nuestro albedrío, a fin de que podamos cosechar mejores  frutos, aunque nuestra tendencia hacia el mal sea tan acusada. Porque se digna, en fin, orientar esa tendencia y cambiarla, merced a saludables sugestiones, hacia la senda de la virtud» (Instituciones 12,18).

Juan 14,15-21: Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor. Oigamos a San Basilio:

 «Se le llama Espíritu porque Dios es Espíritu (Jn 4, 24), y Cristo Señor es el espíritu de nuestro rostro (Alm. 4,20). Le llamamos santo como el Padre es santo y santo el Hijo. La criatura recibe la santificación de otro, mas para el Espíritu la santidad es elemento esencial de su naturaleza. Él no es santificado, sino santificante. Lo llamamos bueno como el Padre es bueno y bueno aquel que ha nacido del Padre bueno; tiene la bondad por esencia. Él es, sin embargo, el Señor Dios, porque es verdad y justicia y no sabrá desviarse ni doblegarse, en razón de la inmutabilidad de su naturaleza. Es llamado Paráclito como el Unigénito, según la palabra de éste: “Yo rogaré al Padre y él os enviará otro Paráclito” (Jn 14,16).

«Así, los nombres que se refieren al Padre y al Hijo son comunes al Espíritu, que recibe otras apelaciones diversas en razón de su identidad de naturaleza con el Padre y el Hijo, ¿de dónde le  vendría si no, su identidad?... ¿Cuáles son sus operaciones? De una grandeza insuperable, una multitud innumerable...» (Tratado del Espíritu Santo 19).

Ciclo B

La Iglesia, a través de su liturgia, trata de abrirnos y hacernos dóciles a la acción interior del Espíritu Santo, subrayándonos la necesidad que tenemos de Él para vivir con autenticidad nuestra condición de miembros de Cristo y de su Iglesia. San Pablo nos recuerda que la grandeza del cristiano arranca del amor de Dios, que nos eligió para derramar sobre nosotros su amor mediante el don del Espíritu Santo.

Hechos 10,25-26.34-35.44-48: El don del Espíritu Santo se derramará también sobre los gentiles. La acción santificadora del Espíritu Santo es la que da universalidad a la misión de la Iglesia, como sacramento de salvación para todos los hombres. Fue un caso importantísimo el hecho de la recepción en la Iglesia de Cornelio, oficial romano. Una intervención especialísima del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia, como el mismo Cristo lo había profetizado. Oigamos a San Jerónimo:

«Verdaderamente se ha cumplido en vosotros la palabra apostólica y profética: “Su sonido llegó a la tierra entera, y a los confines del orbe su palabra” (Sal 18,5). Porque, ¿quién pudiera creer que la lengua bárbara de los godos buscara la verdad hebraica y, mientras los griegos dormitan y hasta contienden entre sí, la Germania misma escudriña los oráculos del Espíritu Santo? La mano poco ha callosa de empuñar la espada y los dedos hechos a tirar del arco se reblandecen para el estilo y la pluma, y los pechos belicosos se vuelven a la mansedumbre cristiana. En verdad me doy cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que cualquier nación que teme a Dios y obra la justicia le es acepta (Hch 10,34-35)» (Carta 106 a Sumnia y Fretela sobre el Salterio).

Con el Salmo 17 proclamamos: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de su misericordia y de su fidelidad en favor de la casa de Israel –de la Iglesia, de las almas–. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».

1 Juan 4,7-10: Dios es amor. «La caridad de Dios ha sido derramada sobre nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Se es cristiano en la medida en que se responde al amor de Dios y a su mandato de caridad. San Agustín repite que Dios es Amor:

«Aunque nada más se dijese en alabanza del amor en todas las páginas de esta Carta; aunque nada más se dijera en todas las páginas de las Sagradas Escrituras y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo: “Dios es Amor”, nada más deberíamos buscar» (Comentario a la Primera Carta de San Juan 7,5).

«La fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras, sino también con los hechos. El amor divino hace que la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado,. Y el Verbo, La Palabra de Dios es la Palabra de la que procede el Amor» (De Trinitate 9, 10).

San Gregorio de Nisa dice a este respecto:

«...Con tales flores aquel Artífice de los hombres adornó nuestra naturaleza a su propia imagen. Y si se desea seguir encontrando otras, con las que se expresa la divina belleza, te darás cuenta de que, en nuestra imagen, se ha conseguido cuidadosamente la semejanza. En la naturaleza divina está el pensamiento y la palabra. Está dicho en la Sagrada Escritura que en el principio existía la Palabra (Jn 1,1). También los posee el hombre. En ti mismo ves que tienes palabra y mente inteligente, verdadera imagen de aquella inteligencia y palabra. Dios es también caridad y fuente del amor mutuo. Así lo dice el apóstol San Juan: “El amor viene de que Dios es amor” (1 Jn 4,7-8). También el Creador de todas las cosas imprimió esta nota en nuestro rostro, pues dice: “En esto conocerán de que sois mis discípulos, en que os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,35). Por tanto, si este amor mutuo falta en nosotros, todas las notas de nuestra imagen se han alterado» (Tratado sobre la obra del hombre 5),

Juan 15,9-17: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. La misión que Cristo transfiere a su Iglesia es, fundamentalmente, misión de amor salvífico. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi Amor» (Jn 15,9). Por ello, el misterio del amor del Corazón de Jesucristo será siempre el centro de la Iglesia. Véase el Evangelio del viernes de la quinta semana de Pascua.

Ciclo C

La Iglesia es prolongación misteriosa viva y operante del mismo Cristo. Por la Iglesia, la presencia de Cristo resucitado actuará entre nosotros hasta el final de los tiempos.

Hechos 15,1-2.22-29. Véase la primera lectura del viernes de la quinta semana de Pascua.

Apocalipsis 21,10-14.22-23: Me enseñó la ciudad santa que bajaba del cielo. Al Espíritu de Dios, inhabitando en las almas, se debe el que sean los propios creyentes quienes hacen de la Iglesia entera un templo vivo de Dios.

Juan 14,10-14 y 22-23: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho. La acción íntima del Espíritu de Cristo es la que mantiene la fe auténtica de los creyentes y les enseña a vivir la realidad santificadora del misterio de Cristo. Véase el Evangelio del lunes y martes de la quinta semana de Pascua. San Máximo  el Confesor dice: 

«Por tanto el que no ama al prójimo, no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento, no puede amar a Dios... El que ha llegado a alcanzar en sí la caridad divina, no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios, según dice el profeta Jeremías, sino que soporta con fortaleza de ánimo todas las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie... El fruto de la caridad consiste en la beneficencia sincera y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia, y también en el recto uso de las cosas» (Centuria de la Caridad 1,16-17.28.40).

 

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Lunes VI de Pascua


 

Entrada: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él» (Rom 6, 9).

Colecta (textos del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Te pedimos, Señor de misericordia, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida».

Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».

Comunión: «Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros. Aleluya”» (Jn 20,19).

Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa»

Hechos 16,11-15: El Señor abrió el corazón de Lidia, para que aceptara lo que decía Pablo. La misión en Europa comienza por una conversión. Pablo predica, pero es Dios quien abre el corazón de Lidia y la conduce a la fe y al  bautismo. La hospitalidad de Lidia no es mera cortesía oriental, sino una auténtica manifestación de caridad cristiana, como verdadero fruto de la fe. Esta fe que profesamos y renovamos en la celebración eucarística tiene que fructificar en una vid de auténtica unión.

Comenta S. Juan Crisóstomo:

«Qué sabiduría la de Lidia! ¡Con qué humildad y dulzura habla a los apóstoles: “Si juzgáis que soy fiel al Señor”! Nada más eficaz  para persuadirlos que estas palabras hubiesen ablandado cualquier corazón. Más que suplicar y comprometer a los apóstoles, para que vayan a su casa, les obliga con insistencia. Ved cómo en ella la fe produce sus frutos y cómo su vocación le parece un bien inapreciable» (Homilía 35 sobre los Hechos).

Y dice también el mismo Santo Doctor:

«Nada puede hacerte tan imitador de Cristo como la preocupación por los demás. Aunque ayunes, aunque duermas en el suelo, aunque -por decirlo así- te mates, si no te preocupas del prójimo poca cosa hiciste, aún distas mucho de su imagen» (Homilía sobre la primera Carta a los Corintios).

–El contenido del anuncio cristiano, para el que Dios abre el corazón del hombre, es la victoria de Jesucristo sobre sus enemigos, especialmente sobre la muerte. Por eso nos alegramos con el Señor y le cantamos con el Salmo 149: «Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles, que se alegre Israel por  Creador, los hijos de Sión por su Rey. Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras, porque el Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los humildes. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas con vítores a Dios en la boca».

Juan 15,26-16.4: El Espíritu de la verdad dará testimonio de Mí. Los discípulos se verán asistidos en medio de la persecuciones por el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad, que les enviará Cristo desde el Padre. Las persecuciones son una continuación del proceso judicial del mundo que condenó a Jesús y le seguirá condenando en los suyos. Pero el Espíritu Santo está en su Iglesia y con Él nada pueden temer. Pasan los perseguidores, y Cristo permanece ayer, hoy y siempre. San Agustín exclama:

«Señor y Dios mío; en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: “Id, bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”(Mt 28,19), si no fuera Trinidad. Y no mandarías a tus siervos bautizar, mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si vos, Señor, no fuerais al mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la palabra divina: “Escucha, Israel: El Señor tu Dios, es un Dios único” (Dt 6,4). Y si tú mismo no fueras Dios Padre y fueras también Hijo, y Espíritu Santo, no leeríamos en las Escrituras canónicas: “Envió Dios a su Hijo” (Gál 4,4); y tú, ¡oh Unigénito!, no dirías del Espíritu Santo: “que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14,26)  y que “yo os enviaré de parte del Padre” (Jn 15, 26)...

«Cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico eterno alabándote a un tiempo unidos todos a ti. Señor, Dios uno y Dios Trinidad, cuanto con tu auxilio queda dicho en estos mis libros, conózcanlo los tuyos; si algo hay en ellos de mi cosecha, perdóname tú, Señor, y perdónenme los tuyos. Así sea»  (Tratado sobre la Stma. Trinidad 15,18,51)

 

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Martes VI  de Pascua


 

Entrada: «Con alegría  y regocijo demos gloria a Dios, porque el Señor ha establecido su reinado. Aleluya» (Ap 19, 7.6).

Colecta (del Gelasiano): «Que tu pueblo, Señor,  exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente».

Ofertorio: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante».

Comunión: «Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya. (cf. Lc 24,46.26).

Postcomunión: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».

Hechos 16,22-34: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia. Pablo y Silas, víctimas de un tumulto, son aprisionados y más tarde liberados de modo milagroso. El carcelero, desesperado, es salvado por Pablo y Silas: abraza la fe en el Señor Jesús y recibe el bautismo junto con toda su familia. La experiencia salvífica es fuente de gozo y de alegría familiar celebrada en torno a la mesa; así también la salvación experimentada en la celebración eucarística tiene que manifestarse en una vida personal alegre y que esa alegría sea irradiada alrededor. Comenta San Juan Crisóstomo:

 «Ved al carcelero venerar a los Apóstoles. Les abrió su corazón, al ver las puertas de la prisión abiertas. Les alumbra con su antorcha, pero es otra la luz que ilumina su alma... Después les lavó las heridas y su alma fue purificada de las inmundicias del pecado. Al ofrecerles un alimento, recibe a cambio el alimento celeste... Su docilidad prueba que creyó sinceramente que todas las faltas le habían sido perdonadas» (Homilía sobre los Hechos, 36).

–Justo es que demos gracias a Dios por la salvación recibida. Salvación corporal de los apóstoles; salvación espiritual del carcelero y en su familia. También nosotros somos salvados. Y los hacemos con el Salmo 137: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para Ti. Me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre: Por tu misericordia y lealtad, porque tu promesa supera a tu fama. Cuando te invoqué me escuchaste; acreciste el valor en mi alma. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».

Juan 16,5-11: Si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. La marcha de Jesús provoca la tristeza de sus discípulos. Mas es necesario que venga el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad y les ayude en sus tareas apostólicas. Así lo explica San Agustín:

«Veía la tormenta que aquellas palabras suyas iban a levantar en sus corazones, porque, careciendo aún del espiritual consuelo del Espíritu Santo, tenían miedo a perder la presencia corporal de Cristo y, como sabían que Cristo decía la verdad, no podían dudar de que le perderían, y por eso se entristecían sus afectos humanos al verse privados de su presencia carnal. Bien conocía Él lo que les era más conveniente, porque era mucho mejor la visión interior con la que les había de consolar el Espíritu Santo, no trayendo un cuerpo visible a los ojos humanos, sino infundiéndose Él mismo en el pecho de los creyentes...

«Os conviene que esta forma de sierpe se separe de vosotros: como Verbo hecho carne, vivo entre vosotros, pero no quiero que continuéis amándome con un amor carnal... Si no os quitare los tiernos manjares con que os he alimentado no apeteceréis los sólidos... No podéis tener el Espíritu de Cristo mientras persistáis en conocer a Cristo según la carne... Después de la partida de Cristo, no solamente el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo estuvieron  en ellos espiritualmente...» (Tratado 94, 4 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Miércoles VI de Pascua


 

Entrada: «Te daré gracias entre las naciones, Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50).

Colecta (del Gelasiano): «Escucha, Señor, nuestra oración y concédenos que, así como celebramos en la fe la gloriosa resurrección de Jesucristo, así también, cuando Él vuelva con todos sus santos, podamos alegrarnos con su victoria».

Ofertorio: «¡Oh Dios, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

Comunión: «Soy yo quien os he elegido del mundo –dice el Señor– y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Aleluya» (cf. Jn 15,16-17).

Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Hechos 17,15.22-18,1: Eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo. En Atenas, Pablo expone en el areópago un sermón preparado con esmero, sobre el conocimiento del verdadero Dios. Pero, cuando al final aborda el tema del juicio y de la resurrección de Cristo, los oyentes, imbuidos por la mentalidad ambiental, inaccesible a semejantes doctrinas, se apartan de él con burlas.

En nuestro mundo secularizado este suceso es de gran importancia. Hay necesidad de una seria conversión, y para ello hemos de hacer prevalecer lo sagrado con la celebración eucarística. San Pablo debió quedar muy abatido tras su actuación en Atenas. Por eso escribió a los Corintios: «Me he presentado a vosotros débil y con temor y mucho temblor, y mi mensaje y mi predicación, no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder» (1 Cor 2,3-4).

–Dios creó todas las cosas y en ellas dejó sus huellas. Nosotros lo reconocemos y por eso invitamos a toda la creación a una alabanza agradecida y lo hacemos con el Salmo 148: «Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto, alabadlo todos sus ángeles, alabadlo, todos sus ejércitos. Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños. Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime. Su majestad sobre el cielo y la tierra. Él aumenta el vigor de su pueblo. Alabanza de todos sus fieles, de Israel, su pueblo escogido». Taciano dice así:

 «La obra que por amor mío fue hecha por Dios no la quiero adorar. El sol y la luna hechos por causa nuestra; luego, ¿cómo voy a adorar a los que están a mi servicio? Y ¿cómo voy a declarar por dioses a la leña y a las piedras? Porque al mismo espíritu que penetra la materia, siendo como es inferior al espíritu divino, y asimilado como está a la materia, no se le debe honrar a par del Dios perfecto. Tampoco debemos pretender ganar por regalos al Dios que no tiene nombre; pues el que de nada necesita, no debe ser por nosotros rebajado a la condición de un menesteroso» (Discurso contra los griegos 4).

Juan 16,12-15: El Espíritu de la Verdad guiará hasta la Verdad plena. Jesús pone de relieve una de las funciones del Espíritu Santo: guiará a los discípulos hasta la Verdad plena, completando sus enseñanzas y dándoles a conocer las realidades futuras. Comenta San Agustín:

«El Espíritu Santo, que el Señor prometió enviar a sus discípulos para que les enseñase toda la Verdad, que ellos no podían soportar en el momento en que les hablaba –del cual dice el Apóstol que hemos recibido ahora en prenda, para darnos a entender que su plenitud nos está reservada para la otra vida– ese mismo Espíritu enseña ahora a los fieles todas las cosas espirituales de que cada uno es capaz. Mas también enciende en sus pechos un deseo más vivo de crecer en aquella caridad que les hace amar lo conocido y desear lo que no conocen, pensando que aun las cosas que conocen en esta vida no las conocen como se han de conocer en la otra vida, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón pudo imaginar» (Tratado 97,1 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Jueves VI de Pascua


 

Entrada: «Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo, y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya» (Sal 67,8-9.20).

 Colecta (procedente del Misal Gótico): «Oh Dios, que nos haces partícipes de la redención, concédenos vivir siempre la alegría de la resurrección de su Hijo».

Ofertorio: «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor».

Comunión: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 28,20)

Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna, haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante, y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».

Hechos 18,1-8: Se quedó a trabajar en su casa. Todos los días discutía en la sinagoga.  Después de Atenas, Pablo marchó a Corinto y en casa de Aquila trabajaba como tejedor de lona para mantenerse. Misionaba en la sinagoga, pero los judíos no lo podían aguantar y decidió evangelizar a los gentiles. La cruz es el signo de los misioneros apostólicos. Dice San Cirilo de Jerusalén:

«No nos avergoncemos de la cruz del Salvador, antes bien gloriémonos en ella, porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para nosotros, salvación. Y, ciertamente, para aquellos que están en vías de perdición es necedad; mas para nosotros, que estamos en el camino de la salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios hecho hombre... Si alguno no cree en la virtud de Cristo crucificado, pregunte a los demonios, y si no le convencen las palabras, que mire a los hechos. Muchos han sido los crucificados en el mundo, pero a ninguno de ellos temen los demonios; en cambio, solamente con ver la Cruz de nuestro Salvador, los demonios se echan a temblar; porque aquéllos murieron por sus propios pecados, mas Él, por los de los demás» (Catequesis 13).

–Con el Salmo 97 cantamos al Señor que revela a las naciones su victoria, como hemos visto en la lectura anterior. También nosotros nos alegramos con esa victoria y decimos: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer  su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad».

Juan 16,16-20: Estáis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Comenta San Agustín:

«Para los discípulos era esto oscuro entonces, y después quedó aclarado; para nosotros es ya cosa clara: después de algún tiempo padeció y dejaron de verle; después de otro poco de tiempo resucitó y le vieron de nuevo... “El mundo se alegrará, pero vosotros os contristaréis”: esto puede tomarse en el sentido de que los discípulos se contristaron por la muerte del Señor e inmediatamente se alegraron con su resurrección; el mundo en cambio, bajo cuyo nombre quiso significar a sus enemigos que le crucificaron, se gozó de la muerte de Jesucristo precisamente cuando los discípulos se contristaron. Por mundo puede entenderse la malicia de este mundo, o sea, los amigos de este mundo, según dice el Apóstol Santiago: “El que quiera ser amigo de este siglo, se hace enemigo de Dios” (4,4), por cuya enemistad no perdonó ni a su Hijo unigénito» (Tratado 101,1-2, sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Viernes VI de Pascua


 

Entrada: «Con tu Sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Ap 5,9-10).

Colecta (del Gelasiano): «Escucha Señor nuestras súplicas, para que la predicación del Evangelio extienda por todo el mundo la prometida salvación de tu Hijo y todos los hombres alcancen la adopción filial que Él anunció dando testimonio de la verdad».

Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, conserve los dones pascuales y alcance la felicidad eterna».

Comunión: «Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Aleluya»

Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la muerte de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».

Hechos 18,9-18: Muchos de esta ciudad son pueblo mío. La comunidad de Corinto iba a jugar una misión importante en la vida de San Pablo y toda la Iglesia primitiva. No es de extrañar que ya desde el principio se vean allí signos de la intervención divina especial. San Pablo experimenta la protección especial de Dios, que le permitirá un largo trabajo de consolidación de la comunidad. El Señor está con nosotros en la celebración eucarística. Allí nos congregamos como pueblo escogido por Dios y se confirma nuestra vocación de testimonio profético. El Apóstol es eficaz con  su palabra. Había oído del Señor: «No temas, sigue hablando y no te calles». Oigamos a San Juan Crisóstomo:

 «Mas en la cura de alma no hay que pensar en nada de eso –medios violentos–; aparte del ejemplo, no se da otro medio ni camino de salvación sino la enseñanza por la palabra. Este es el instrumento, éste es el alimento, éste el mejor temple del aire. La palabra hace veces de medicina, ella es nuestro fuego. Lo mismo si hay que quemar que si hay que cortar, de la palabra tenemos que echar mano. Si este remedio nos falla, todos los demás son inútiles. Con la palabra levantamos al alma caída y desinflamos a la hinchada, y cortamos lo superfluo, y suplimos lo defectuoso, y realizamos, en fin, toda otra operación conveniente para la salud de las almas» (Sobre el sacerdocio 4,3).

–Con el Salmo 46 cantamos al Señor que es el Rey del mundo. Por eso invitamos con el salmista a todos los pueblos a alabar al Señor, a batir palmas, a que lo aclamen con gritos de júbilo. «Porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra. Él nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones; él nos escogió por heredad suya: gloria de Jacob su amado».

Juan 16,20-23: Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría. El tema del gozo pascual es normal en las lecturas de estos días. Hay tristezas que desembocan en la alegría, que son necesarias, y que están en proporción con el grado de alegría subsiguiente. Este es el caso. Pero aquí la alegría, el gozo, no encontrará más motivos para oscurecerse. Y con el gozo, la visión clara, en la fe, del plan y de la persona de Jesús, que hará innecesarias las preguntas, llenas de incomprensión, hasta ahora frecuentes en los discípulos. Es ya la plenitud de la fe indestructible de que Jesús ha vencido. En Él todo lo tenemos. Por lo tanto no tenemos razón para la tristeza, sino para una gran alegría en el Señor. Así dice San Gregorio Nacianceno: 

«Vengamos a ser como Cristo, ya que Cristo es como nosotros. Lleguemos a ser dioses por Él, ya que Él es hombre por nosotros. Él ha tomado lo que es inferior para darnos lo que es superior. Se ha hecho pobre, para que su pobreza nos enriquezca (2 Cor 8,9); ha tomado forma de esclavo (Flp 2,7) para que nosotros recobremos la libertad (Rom 8,21); se ha bajado para alzarnos a nosotros; aceptó la tentación para hacernos vencedores; ha sido deshonrado para glorificarnos; murió para salvarnos y subió al cielo para unirnos a su séquito, a nosotros, que estábamos derribados a causa del pecado» (Sermones 1,5).

 

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Sábado VI de Pascua


 

Entrada: «Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1 Pe 2,9).

Colecta (del Gelasiano, Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Mueve, Señor nuestros corazones para que fructifiquen en buenas obras y, al tender siempre hacia lo mejor, concédenos vivir plenamente el misterio pascual».

Ofertorio: «Santifica, Señor, estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».

Comunión: «Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen la gloria que me has dado» (Jn 17,24).

Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

Hechos 18,23-28: Apolo demostraba con la Escritura que Jesús era el Mesías. La figura de Apolo, judío alejandrino, que predica en Efeso y pasa luego a Corinto, es desconcertante y al mismo tiempo sugestiva. Se nos presenta como elocuente y muy versado en la Escritura, lo que ayuda a mostrar la verdadera personalidad de Cristo Jesús. Hizo una excelente labor apostólica. Del mismo modo, la Escritura nos habla de Cristo y a Cristo hemos de ver en ella. San Ireneo dice:

 «Si uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44), es decir, en el mundo, ya que el campo es el mundo (Mt 13,38); tesoro escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de figuras y parábolas que no podían entenderse según la capacidad humana, antes de que llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de Cristo. Como dice el profeta Daniel (12,4-7) y el profeta Jeremías 23,20... Por esta razón, cuando los judíos leen la ley en nuestros tiempos, se parece a una fábula, pues no pueden explicar todas las cosas que se refieren al advenimiento del Hijo de Dios como hombre. En cambio, cuando la leen los cristianos, es para ellos un tesoro escondido en el campo, que la cruz de Cristo ha revelado y explanado. Con ella, la inteligencia humana se enriquece y se muestra la sabiduría de Dios manifestando sus designios sobre los hombres, prefigurándose el reino de Cristo y anunciándose de antemano la herencia de la Jerusalén santa...» (Contra las herejías 4,26,1).

–El salmo responsorial es en parte el de ayer, el Salmo 46: «Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de Abrahán. Porque de Dios son los grandes de la tierra y Él es excelso. Dios es el Rey del mundo. Pueblos todos batid palmas».

Juan 16,23-28: El Padre os ama, porque vosotros me queréis y habéis creído. Comenta San Agustín:

 «¿Nos ama Él porque le amamos nosotros, o más bien le amamos porque nos ama Él? Responde el mismo evangelista en su carta: “Nosotros le amamos porque Él nos ha amado primero”. Nosotros hemos llegado a amar porque hemos sido amados. Don es enteramente de Dios el amarle. Él, que amó sin haber sido amado, lo concedió para ser amado. Hemos sido amados sin tener méritos para que en nosotros hubiera algo que le agradase. Y no amaríamos al Hijo si no amásemos también al Padre. El Padre nos ama porque amamos al Hijo, habiendo recibido del Padre y del Hijo el poder amar al Padre y al Hijo, difundiendo la caridad en nuestros corazones el Espíritu de ambos, por el cual amamos al Padre y al Hijo, amando también a ese Espíritu con el Padre y el Hijo. Ese amor filial nuestro con que honramos a Dios, lo creó Dios, y vio que era bueno; por eso Él amó lo que Él hizo. Pero no hubiera creado en nosotros lo que Él pudiera amar si, antes de crearlo, Él no nos hubiese amado» (Tratado 102,5 sobre el Evangelio de San Juan).

 

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7ª Semana de Pascua

 

Domingo: Ascensión del Señor


 

Entrada: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como lo habéis visto marcharse. Aleluya» (Hch 1,11).

Colecta (del Sermón 73 de San León Magno): «Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria y Él, que es la Cabeza de la Iglesia,  nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su Cuerpo».

Ofertorio (textos del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Te presentamos, Señor, nuestro sacrificio en este día de la gloriosa Ascensión de tu Hijo; que este divino  intercambio nos haga vivir en el reino de Jesucristo resucitado».

 Comunión: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 28,20).

Postcomunión (textos del Veronense, Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, que mientras vivimos aún en la tierra nos das ya parte de los bienes del cielo; haz que deseemos vivamente estar junto a Cristo, en quien nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de tu misma gloria».

Cristo desapareció visiblemente de entre los hombres para seguir actuando en medio de la humanidad a través de su presencia invisible y salvífica en su Iglesia.

Hechos 1,1-11. Se elevó a la vista de ellos. Con perfecta lógica inicia San Lucas la historia de la Iglesia naciente, como Cuerpo místico de Cristo, allí donde culmina la desaparición temporal o histórica de Cristo, su Cabeza. Jesús ha concluido históricamente su obra. Ahora nos toca continuarla a nosotros a diario.

Efesios 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo. Jesús entronizado ya en la gloria del Padre por su Ascensión a los cielos, sigue actuando en medio de la humanidad mediante su Cuerpo místico visible, la Iglesia.

–Ciclo A) Mateo 28,16-20: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

Ciclo B) Marcos  16,15-20: Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ciclo C) Lucas 24,46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

Desde su Ascensión a los cielos, Jesús tiene transferido a su Iglesia el mandato de seguir realizando su obra de evangelización y salvación hasta el fin de los tiempos.

Oigamos a San León Magno, que en sus Sermones 73 y 74 expuso el Misterio de la Ascensión del Señor:

«El misterio de nuestra salvación, que el Creador del universo estimó en el precio de su Sangre, se fue realizando, desde el día de su nacimiento hasta el fin de su Pasión, mediante su humildad. Aunque bajo la forma de siervo, se manifestaron muchas señales de su divinidad; con todo, su acción durante este tiempo estuvo encaminada a mostrar la verdad de su naturaleza humana. Pero, después de su Pasión, libre ya de las ataduras de la muerte, las cuales habían perdido su fuerza al sujetar a Aquel que estaba exento de todo pecado, la debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en inmortalidad, la ignominia en gloria. Esta gloria la declaró nuestro Señor Jesucristo, mediante muchas y manifiestas pruebas (Hch 1,3), en presencia de muchos, hasta que el triunfo de la victoria conseguida con la muerte fue patente con su Ascensión a los cielos.

«Por lo mismo, así como la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría en la solemnidad pascual, así su Ascensión a los cielos es causa del gozo presente, ya que nosotros recordamos y veneramos debidamente este día, en el cual la humildad de nuestra naturaleza, sentándose con Jesucristo en compañía de Dios Padre, fue elevada sobre los órdenes de los ángeles, sobre toda la milicia del cielo y la excelsitud de todas las potestades (Ef 1,21). Gracias a esta economía de las obras divinas, el edificio de nuestra salvación se levanta sobre sólidos fundamentos... Lo que fue visible a nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos (a los ritos sagrados) y, a fin de que la fe fuese más excelente y firme, la visión ha sido sustituida por una enseñanza, cuya autoridad, iluminada con resplandores celestiales, han aceptado los corazones de los fieles» (Sermón 74,1-2).

 

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Lunes VII de Pascua


 

Entrada: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén y hasta los confines del mundo. Aleluya» (Hch 1,8).

Colecta (del Veronense y del Gelasiano): «Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonios de ti con nuestras obras».

Ofertorio: «Este sacrificio santo nos purifique, Señor, y derrame en nuestras almas la fuerza divina de tu gracia».

Comunión: «No os dejaré desamparados, volveré –dice el Señor– y se alegrarán vuestros corazones. Aleluya» (Jn 14,18;16,22).

Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

Hechos 19,1-8: ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Pablo encontró en Efeso a unos discípulos y les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo, a lo que le respondieron que ni siquiera habían oído hablar de Él. Los catequizó, los bautizó, les impuso las manos y lo recibieron. La Eucaristía renueva en nosotros la fuerza profética del Espíritu  que hemos recibido y en la confirmación. San Gregorio Nacianceno dice:

«Espíritu recto, principal, Señor, que envía, que segrega, que se construye un templo mostrando la vida, operando a su arbitrio y repartiendo sus gracias. Es Espíritu de adopción, de verdad, de sabiduría, de entendimiento, de ciencia, de piedad, de consejo, de fortaleza, de temor, como son enumerados (Is 11,2). Por quien el Padre es conocido, y el Hijo glorificado, y por los cuales Él mismo es conocido solamente... ¿Para qué más palabras? Todo lo que tiene el Hijo lo tiene el Padre, menos el ser engendrado» (Sermón 41).

Y San Basilio:

«Por la iluminación del Espíritu contemplamos propia y adecuadamente la gloria de Dios; y por medio de la impronta del Espíritu llegamos a Aquél de quien el mismo Espíritu es impronta y sello» (Sobre el Espíritu Santo, 26).

–La gran marcha de Dios que camina delante de su pueblo desde el Sinaí a Sión, simboliza la marcha de Dios en Cristo, que deja la tierra para subir al cielo. En la acción litúrgica nosotros nos asociamos a esta grandiosa procesión de júbilo y lo expresamos con el Salmo 67: «Se levanta Dios y se disipan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen  los impíos ante Dios. Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor, alegraos en sus presencia. Padre de huérfanos, protector de viudas. Dios vive en su Santuario, en su santa morada; Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece».

Juan 16,29-33Tened valor. Yo he vencido al mundo. Jesús anuncia que todos los abandonarán en el transcurso de su Pasión. Pero el Padre está con Él. La cruz será la victoria de Cristo Redentor. Comenta San Agustín:

 «Como si dijera: “Entonces  llegará vuestra turbación, hasta el punto de abandonar lo que ahora creéis”; porque llegarán a tal desesperación y, por decirlo así, muerte de su fe antigua, como se ve en aquel Cleofás, que, hablando con Él, sin conocerlo, después de su resurrección y contándole lo sucedido dijo: “Nosotros esperábamos que Él había de rescatar a Israel”. Ahí tenéis cómo le habían abandonado, perdiendo también la fe que antes habían tenido en Él.

«En cambio no le abandonaron en aquella tribulación que padecieron después de su glorificación, recibido ya el Espíritu Santo; y, aunque huyeron de ciudad en ciudad, no huyeron de Él, sino que en medio de las persecuciones del  mundo conservaron en Él la paz, sin abandonarle, antes buscando en Él su refugio. Recibido el Espíritu Santo, se verificó en ellos lo que les había dicho: “Confiad: Yo he vencido al mundo”. Confiaron y vencieron. ¿Por quién sino por Él? No hubiera Él vencido al mundo, si el mundo alcanzase la victoria sobre sus miembros» (Tratado 103,3 Sobre el Evangelio  de San Juan).

 

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Martes VII de Pascua


 

Entrada: «Yo soy el primero y el último. Estaba muerto y, veis, vivo por los siglos de los siglos. Aleluya» (Ap 1,17-18).

Colecta (del Misal anterior): «Te  pedimos, Dios de poder y de misericordia que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria».

Ofertorio: «Con estas ofrendas, Señor, recibe las súplicas de tus hijos, para que esta eucaristía, celebrada con amor, nos lleve a la gloria del cielo».

Comunión: «El Espíritu Santo, que enviará el padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 14,26).

Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

Hechos 20,17-27: Lo que importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor. Al final de su tercer viaje misional, San Pablo, en camino hacia Jerusalén, anuncia a los ancianos de la Iglesia de Efeso que el Espíritu Santo le ha revelado las graves pruebas que tendrá que padecer en la ciudad santa. Les asegura que ya no le volverán a ver más en este mundo. La participación en el sacrificio eucarístico de Cristo nos dará fuerzas para confirmar nuestra vida según la imagen de Cristo crucificado al que sigue tan de cerca el santo Apóstol. Comenta Orígenes:

«Conviene saber que seremos juzgados ante el tribunal divino no sólo por nuestra fe, como si no hubiéramos de responder de nuestra conducta; ni sólo por nuestra conducta, como si la fe no hubiera de sufrir examen. Es la rectitud de ambas la que nos justifica y la falta de una u otra nos haría merecedores de castigo» (Diálogo con Heraclidas 9) .

«Desde el mismo día en que la Palabra divina se introduce en nuestra alma, es necesario que se entable una batalla de las virtudes contra los vicios. Antes de que la Palabra llegara a atacarlos, los vicios permanecían en paz; desde el momento en que la Palabra comienza a juzgarlos uno a uno se produce un gran movimiento y nace una guerra sin cuartel. ¿Qué tiene que ver la justicia con la iniquidad? (2 Cor 6,14)» (Homilía 3 sobre el Exodo 3).

–Jesús, que ha subido al cielo, no se despreocupa de nosotros. Sigue derramando en su heredad, en la Iglesia, una lluvia copiosa de gracias. Ha ascendido para mostrarnos el camino. Así lo proclamamos con el Salmo 67: «Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa; aliviaste la tierra extenuada y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte».

Juan 17,1-11: Padre, glorifica a tu Hijo. Jesús anuncia que ha llegado la hora de su glorificación. Es como el testamento de Jesús. Él será glorificado con la misma gloria que tenía antes de bajar y de ella participa su humanidad santísima. Los suyos, todos los que pertenecerán a su Iglesia, tienen su Palabra, su Vida eterna, la fe en su misión. La obra consumada por Jesucristo es la Hora por antonomasia. Comenta San Agustín:

 «En verdad que si la vida eterna es el conocimiento de Dios, tanto más tendemos a vivir cuanto más adelantemos en este conocimiento. No moriremos en la vida eterna, el conocimiento de Dios será perfecto cuando la muerte deje de existir. Entonces será la suma glorificación de Dios, porque será la suma gloria... Los antiguos han definido la gloria, que hace gloriosos a los  hombres, de este modo: “gloria es la constante fama con loa de una cosa”. Y si el hombre es alabado cuando se da crédito a su fama, ¿cómo será Dios alabado cuando sea visto?... La alabanza de Dios no tendrá fin allí donde el conocimiento del mismo Dios será pleno; y porque este conocimiento será pleno, será suma la clarificación o glorificación» (Tratado 105,3 Sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Miércoles VII de Pascua


 

Entrada: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Aleluya» (Sal 46,2).

Colecta (del Veronense y del Gregoriano): «Padre lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad».

Ofertorio: «Recibe, Señor, este sacrificio que tú mismo has querido que te ofreciéramos, y por esta eucaristía, que celebramos para glorificarte, dígnate santificarnos y darnos tu salvación».

Comunión: «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y también vosotros daréis testimonio –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 15,26-27).

Postcomunión: «La participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad, y, al purificarnos de nuestros pecados, nos haga cada vez más capaces de recibir tus dones».

Hechos 20,28-38: Os dejo en manos de Dios, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia. Pablo anuncia las dificultades que van a sufrir dentro de la propia comunidad y les hace sus últimas recomendaciones. Un cristianismo auténtico es una vida de íntimo contacto con Dios, que no ahoga, sino que abre cauces a la expansión de una intensa emoción humana. La palabra y la acción de gracias nos edifican como Iglesia y nos dan la herencia de los santos.

San Gregorio de Nisa, expone unas normas seguras para el gobierno de las almas:

«Es necesario que los que gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las actividades de dirección... Existe el peligro de que algunos que se ocupan de otros y los dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como ejemplo de servicio y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha confiado... No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es necesario refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio»(De Institución Cristiana).

–En la Ascensión del Señor, Dios ha desplegado su poder. Ha resplandecido su majestad. Jesús desde el cielo da fuerza y poder a su pueblo. Ha avanzado por los cielos y ahora reina junto al Padre. Así lo proclamamos con el Salmo 67: «Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan los reyes su tributo. Reyes de la tierra cantad a Dios, tocad para el Señor que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos, que lanza su voz, su voz poderosa: Reconoced el poder de Dios. Sobre  Israel resplandece su majestad y su poder, sobre las nubes. ¡Dios sea bendito!».

Juan 17,11-19: Que sean uno como nosotros. Jesús pide por la unidad de los que han de ser sus discípulos, de toda la Iglesia. Son muchos los santos Padres que han tratado de la unidad de la Iglesia. Dice San Cipriano:

«Esta unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo por el Espíritu Santo en el Cantar de los Cantares, cuando dice: “Una sola es mi paloma, mi hermosa es única de su madre, la elegida de ella” (6,8). Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia?» (Sobre la unidad de la Iglesia, 5).

Y San Ireneo:

«Por diversos que sean los lugares, los miembros de la Iglesia profesan una misma fe y única fe, la que fue transmitida por los Apóstoles a sus discípulos» (Tratado sobre las herejías 1,10). Cristo nunca habla de Iglesias, sino de la Iglesia, de su Iglesia y por ella oró en la última Cena.

 

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Jueves VII de Pascua


 

Entrada: «Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia; a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el tiempo oportuno. Aleluya» (Heb 4,16).

Colecta (del Veronense): «Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad».

Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu bondad, estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».

Comunión: «Lo que os digo es verdad: “os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito”. Aleluya» (Jn 16,7).

Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que los santos misterios nos hagan comprender tus designios y nos comuniquen tu misma vida divina, para que así logremos vivir en plenitud las riquezas de tu Espíritu»

Hechos 22,30-23.6-11: Tienes que dar testimonio de Mí en Roma. Defensa de Pablo ante el sanedrín con gran éxito. Siente que el Señor lo llama a Roma. Tiene que dar testimonio allí de su fe en Cristo. San Pablo es un fiel cumplidor de la voluntad de Dios. A esta voluntad hemos de someternos todos. Oigamos a San Cipriano:

«Nunca hemos de olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando Él nos llama para salir de este mundo!» (Tratado sobre la muerte 18,24).

San Juan Crisóstomo dice: «Si no me hubiera retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad. No lo que quiere éste o aquél”. Este es mi alcázar, esta es mi roca inaccesible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así sea haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande le doy gracias también» (Homilía antes del exilio 1,3).

–El Salmo 15 tiene una plena realización en Cristo, a quien el Padre no permite experimentar la corrupción, sino que lo levanta a su presencia y lo sienta a su derecha. Por Cristo el cristiano conoce la realidad de la vida celeste, espera en ella, la  pregusta en las celebraciones litúrgicas: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y copa, mi suerte está en tu mano. Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

Juan 17,20-26: Que sean completamente uno. Persiste Jesús en la unidad de su Iglesia, de todos los que han de creer en Él. El Padre nos ama como ama a Cristo. Comenta San Agustín:

 «El amor con que Dios ama es incomprensible y, al mismo tiempo, inmutable. Porque no comenzó a amarnos desde que fuimos con Él reconciliados por la Sangre de su Hijo, sino que nos amó antes de la formación del mundo, para que juntamente con su Hijo fuésemos hijos suyos, cuando nosotros no éramos absolutamente nada. Pero, al decir que hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, no debemos oírlo ni tomarlo como si el Hijo nos hubiera reconciliado con Él para comenzar a amar a quienes antes odiaba, al modo que un enemigo se reconcilia con otro enemigo para hacerse amigos, amándose después los que antes se odiaban; sino que fuimos reconciliados con el que ya nos amaba y cuyos enemigos éramos por el pecado» (Tratado 110,6 Sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Viernes VII de Pascua


 

Entrada: «Aquél que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su Sangre, nos ha convertido en un reino y hechos sacerdotes de Dios, su Padre. Aleluya» (Ap 1,5-6).

Colecta: (del Veronense y del Sacramentario de Bérgamo): «¡Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe».

Ofertorio: «Mira complacido, Señor, las ofrendas de tu pueblo, y haz que el Espíritu Santo nos purifique para que podamos presentarte un sacrificio agradable»

Comunión: «Os enviaré el Espíritu Santo de la Verdad –dice el Señor–; Él os comunicará toda la verdad. Aleluya» (Jn 16,13).

Postcomunión: «Tus sacramentos, Señor, nos han purificado y alimentado; haz que nuestra participación en la eucaristía nos lleve también a la posesión de tu reino».

Hechos 25,13-21: Se trataba de ciertas cuestiones de un difunto, llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo. Él gobernador Festo expone al rey Agripa el asunto de Pablo. Es un testimonio valiosísimo de la fe cristiana. Cristo resucitó. Cristo está vivo. Esta es nuestra fe. Este es nuestro convencimiento. Este es el fundamento de la predicación apostólica, de modo especial de San Pablo: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. San Pablo subraya el carácter pascual de la vida cristiana: participación real en la vida de Cristo resucitado. Oigamos a San Jerónimo:

«No es de poco estudio que sepamos la esperanza de la vocación y la riqueza de la heredad de Dios en los santos. Necesitamos de ellas para conocer estas cosas por el poder que también usó Dios en su Hijo, resucitándolo no una vez, sino siempre, de entre los muertos, y haciéndolo libre entre los muertos, no manchado por contagio alguno de muerte (Sal 87,6;15.10). Todos los días resucita Cristo entre los muertos, todos los días se despierta en los penitentes. No porque no tenga poder según la carne para entregar su alma y volver a tomarla (Jn 10,18); nadie se la quita si El no la da por sí mismo, sino porque, según la disposición de la carne y del Hijo, se diga que ha resucitado hombre e Hijo por Dios Padre» (Comentario los Efesios 2,5).

–Estamos invitados a la alabanza del Señor, que puso en el cielo su trono. Nosotros bendecimos a Jesús, que ha subido al cielo y está sentado a la derecha del Padre y gobierna el universo. Lo hacemos con el Salmo 102: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Él Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo. Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes».

Juan 21,15-19: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. La misión de Pedro es confirmada por Jesús después de la triple negación y de la triple manifestación de amor. Comenta San Agustín:

«Este fue el fin de aquel negador y amador; engreído con la presunción, postrado con la negación; purgado con las lágrimas, coronado con la pasión; este fin halló: morir en caridad perfecta por el nombre de Aquél con quien había prometido morir, arrastrado por una perversa precipitación. Confirmado con su resurrección, realiza lo que a destiempo su flaqueza prometía. Convenía que Cristo muriese antes para salvar a Pedro y después muriese Pedro por la predicación de Cristo. Sucedió en segundo lugar lo que había comenzado a osar la humana temeridad, siendo éste el orden dispuesto por la Verdad... La triple negación es compensada con la triple confesión, para que la lengua sea menos esclava del amor que del temor» (Tratado 123, 4-5, Sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Sábado VII de Pascua


 

Entrada: «Los discípulos se dedicaban a la oración en común con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya» (Hch 1,14).

Colecta (del Misal anterior): «Dios Todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar».

Ofertorio: «Que la venida del Espíritu Santo nos prepare, Señor, a participar fructuosamente en tus sacramentos, porque Él es el perdón de todos los pecados»

Comunión: «El Espíritu Santo me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 16,14).

Postcomunión: «Señor de misericordia, escucha nuestras súplicas, y, ya que nos has hecho pasar de los ritos antiguos a los sacramentos de la nueva alianza, ayúdanos a pasar de la vida caduca, fruto del pecado, a la nueva vida del Espíritu».

Hechos 26,16-20.30-31: Pablo vivió en Roma predicándoles el Reino de Dios. En régimen de semilibertad, el Apóstol no deja de continuar la misión para la que fue elegido por el Señor predicar el Reino de Dios. El plan salvífico de Dios realizado en Cristo por su Muerte-Resurrección e impulsado por el Espíritu tiene una dimensión universal. La Iglesia como comunidad y sacramento de salvación, debe actualizar y llevar a cumplimiento el plan de Dios. Nos toca a nosotros continuar esa misión con todos los medios que podamos: nuestra oración, nuestra palabra, nuestra vida... Dice San Gregorio de Niza:

«Esta es la verdadera perfección, no detenerse nunca en el camino hacia lo que es mejor y no poner límites a lo perfecto» (De la perfecta forma cristiana). «La gracia del Espíritu Santo se concede a cada hombre con la idea de que debe aumentar e incrementar lo que recibe» (Institución cristiana).

 Y  San Gregorio Nacianceno:

«Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre... Sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza llena de vida para los demás hombres»(Disertación 39).

–Jesús está en el cielo y los buenos lo verán. El cristiano vive con ansias de ver el rostro del Señor, convencido de que verá a Dios cara a cara. Con esta confianza caminamos hacia el gran día de la segunda venida del Señor. Por eso proclamamos con el Salmo 10: «El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres. El Señor examina a los inocentes y culpables, y al que ama la violencia Él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia. Los buenos verán su rostro».

Juan 21,20-25: Este es el discípulo que ha escrito todo esto y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Comenta San Agustín:

 «“Sígueme”, porque por él padeció Cristo, del cual dice el mismo Pedro: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas”. Por eso le fue dicho: “Sígueme”. Pero hay otra vida inmortal en la que no hay males: allí veremos cara a cara lo que aquí vemos en espejo y figuras cuando se ha progresado mucho en la verdad.

«Así, pues, la Iglesia tiene conocimiento de dos vidas que le han sido predicadas y encomendadas por divina inspiración, de las cuales una es en la fe y la otra en la contemplación; la una en el tiempo de la peregrinación, la otra en la eternidad de la mansión; la una en el trabajo, la otra en el descanso; la una en el camino, la otra en la patria; la una en el trabajo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación; la una se afana por conseguir la victoria, la otra vive segura en la paz de la victoria..., en conclusión, la una es buena, pero llena de miserias, la otra es mejor y bienaventurada...» (Tratado 124,5 Sobre el Evangelio de San Juan).

 

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Domingo de Pentecostés

 

Misa del día


 

Entrada: «El Espíritu llena el mundo, y Él, que mantiene todo unido, habla con sabiduría. Aleluya» (Sab 1,7). O bien: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado. Aleluya» (ROM 5,5).

Colecta (del Gelasiano y Gregoriano): «¡Oh Dios!, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de los fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica».

Ofertorio (del Sacramentario de Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos haga comprender la realidad misteriosa de este sacrificio y nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada».

Comunión: «Se llenaron todos del Espíritu Santo y cada uno hablaba de las maravillas de Dios. Aleluya» (Hch 2,4.11).

Postcomunión (con textos del Veronense y de la antigua liturgia hispana o mozárabe): «¡Oh Dios!, que has comunicado a tu Iglesia los bienes del cielo, haz que el Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza y la Eucaristía que acabamos de recibir acreciente en nosotros la salvación».

Con la donación solemne del Espíritu Santo, el Padre vinculó definitivamente la persona y la obra de su Verbo encarnado, muerto y resucitado a la realidad visible e histórica de su Iglesia, realizando así el misterio del Cristo histórico y Cristo total: Cabeza y Miembros vivificados por el mismo Espíritu de Cristo, que Él envió con el Padre, hasta la consumación de los siglos.

Hechos 2,1-11: Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar. La venida del Espíritu Santo es, en la historia de la salvación, un acontecimiento paralelo a la Encarnación del Verbo.

1 Corintios 12,3-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo Cuerpo. El Espíritu es el que da vida y sostiene la unidad en el seno de la Iglesia. Nos hace sintonizar misteriosamente con el Corazón de Jesucristo.

Juan 20,19-23: Como el Padre me ha enviado así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo. En virtud de la acción iluminadora y santificadora del Espíritu Santo, se realiza nuestra reconciliación con Dios en el misterio de Cristo. Oigamos a San Ireneo:

 «Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas y que éstos profetizarían. Por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios que se había hecho Hijo del Hombre, para así, permaneciendo en Él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.

«San Lucas nos narra cómo después de la Ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y dar su plenitud a la nueva alianza. Todos a una los discípulos alaban a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad a los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.

«Por esto el Señor había prometido que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios: del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiésemos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto. Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.

«El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor: Espíritu de prudencia y de sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía, Espíritu de ciencia y de temor del Señor; y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo... Recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (Contra las herejías 3,17,1-3).

San Basilio dice a su vez: 

«Ante todo, ¿quién habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de Verdad, que procede del Padre. Espíritu firme. Espíritu generoso. Espíritu Santo es su nombre propio y peculiar... Hacia Él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia Él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa y su soplo es para ellos a manera de riego que les ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Capaz de perfeccionar a los otros, Él no tiene falta de nada...Él no crece por adiciones, sino que está constantemente en plenitud; sólido en Sí mismo, está en todas partes. Él es fuente de santidad, Luz para la inteligencia; Él da a todo ser racional como una Luz para entender la verdad.

«Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de su fe. Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen de Él, pero Él permanece íntegro, a semejanza del rayo del sol, cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar... Por Él se elevan a lo alto los corazones; por su mano son conducidos los débiles; por Él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es Él quien ilumina a los que se han purificado de sus  culpas y, al comunicarse a ellos, los vuelve espirituales...» (Tratado sobre el Espíritu Santo 9).

 

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La Santísima Trinidad


 

Entrada: «Bendito sea Dios Padre y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros».

Colecta (del Misal anterior): «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la Verdad y el Espíritu de la santificación, para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa».

Ofertorio (del Misal anterior): «Por la invocación de tu santo nombre, santifica, Señor, estos dones que te presentamos y transfórmanos  en ofrenda perenne a su gloria».

Comunión: «Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá! Padre”» (Gál 4,6).

Postcomunión: «Al confesar nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible, concédenos, Señor y Dios nuestro, encontrar la salud del alma y del cuerpo en el sacramento que hemos recibido».

La fiesta de la Santísima Trinidad comenzó a celebrarse en algunos monasterios benedictinos ya en el siglo IX. Antes San Benito de Aniano había redactado un formulario litúrgico en honor de la Santísima Trinidad para el Suplemento del Sacramentario Gregoriano-Adriano. Esta fiesta se extendió a varias diócesis de Francia y Alemania. En 1334 Juan XXII la extendió a toda la Iglesia.

Ciclo A

La Santísima Trinidad es el misterio que, con amor infinito, Dios mismo nos ha revelado en la plenitud de los tiempos: El amor del Padre que nos eligió, predestinándonos desde la eternidad para ser hijos suyos adoptivos. El amor del Hijo, que se entregó hasta dar su vida por nosotros. El amor del Espíritu Santo, que se nos ha dado para que more en nosotros toda la Santísima Trinidad.

Éxodo 34,4-6.8-9: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso. Somos el pueblo de Dios. Desde el comienzo de la Revelación, el Señor, único y eterno, se nos manifestó como el solo Dios verdadero, en medio de los dioses paganos. Comenta San Ambrosio:

«Donde está el corazón del hombre, allí está también su tesoro; pues el Señor no suele negar la dádiva buena a los que se la han pedido. Y ya que el Señor es bueno, y mucho más bueno todavía para los que son fieles, abracémonos a Él, estemos de su parte con toda nuestra alma, con todo el corazón, con todo el empuje de que somos capaces, para que permanezcamos en su luz, contemplemos su gloria y disfrutemos de la gracia del deleite sobrenatural. Elevemos, por tanto, nuestro espíritu hasta el Sumo Bien, estemos con Él y vivamos con Él, unámonos a Él, ya que su ser supera toda inteligencia y todo conocimiento y goza de paz y tranquilidad perpetuas, una vez que supera también toda inteligencia y toda percepción» (Sobre la huida del mundo 6,36).

–Como Salmo responsorial usamos el Himno de Daniel 3,52-56: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, a Ti gloria y alabanza por los siglos».

2 Corintios 13,11-13: La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo. Llegada la plenitud de los tiempos, este único y eterno Dios nos reveló sus designios de amor, manifestándose como Padre, haciéndonos hijos por Cristo, su Hijo amado, otorgándonos su Espíritu de santificación.

Testimonio claro de la Santísima Trinidad, en el que, según Santo Tomás de Aquino, van incluidos todos los bienes sobrenaturales necesarios: 

«La gracia de Cristo, por la que somos justificados y salvados; el amor de Dios Padre, por el que somos unidos a Él; y la comunión del Espíritu Santo, que nos distribuye los dones divinos» (Comentario a 2 Corintios).

Juan 3,16-18: Dios mandó al mundo a su Hijo para que se salve por Él. Por la fe y el bautismo, todos formamos un nuevo pueblo de Dios, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

«Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés para que indeficientemente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu... Así se manifiesta toda la Iglesia como “una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”» (Lumen Gentium 4)

Comenta San Agustín: 

«Pues el médico en cuanto tal viene a curar al enfermo, a sí mismo se da la muerte  quien se niega a observar las prescripciones del médico. El Salvador ha venido al mundo para salvarlo, no para que condenarlo? ¿No quieres que Él te salve? Por tu conducta serás juzgado. Pero: ¿qué digo: “serás juzgado”? Mira lo que dice: “El que cree en Mí, no es juzgado; mas el que no cree”... ¿Qué esperas que se diga sino que será juzgado? “Ya –dice– está juzgado”. El juicio aún no se ha publicado, pero ya está hecho. Sabe el Señor quiénes son los suyos, sabe quiénes quedarán para la corona, quiénes para las llamas; conoce en su era cuál es el trigo y cuál es la paja, como cuál es la mies y cuál la cizaña. Ya está juzgado quien no cree. ¿Por qué juzgado ya? Porque no creyó en el nombre del Hijo unigénito de Dios (Tratado 12,12 sobre el Evangelio de San Juan).

El misterio trinitario que hoy hemos proclamado y celebrado es siempre centro de nuestra fe y debe constituir el punto de referencia de nuestra autenticidad cristiana.

Ciclo B

En profunda actitud de adoración y de amor responsable nos reunimos para vivir en común los lazos entrañables que nos vinculan al misterio insondable de la vida íntima de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, para cobrar conciencia de nuestra condición de criaturas suyas que, por el bautismo, fuimos elegidos y consagrados para ser testigos del amor del Padre, coherederos del Hijo y santificados por el don de Espíritu Santo.

Deuteronomio 4,32-34.39-40: El Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra. No hay otro. Una amorosa iniciativa divina nos hizo Pueblo de Dios; más aún, nos hizo hijos suyos. No podemos degradarnos con el culto de dioses falsos, que son también el dinero, los honores, la fama, el poder, el orgullo... Oigamos a San Ireneo: 

«Así, pues, según la condición natural, podemos decir que todos somos hijos de Dios, ya que todos hemos sido creados por Él. Pero, según la obediencia y la enseñanza seguida, no todos son hijos de Dios, sino sólo los que confían en Él y hacen su voluntad. Los que no se le confían ni hacen su voluntad son hijos del diablo, puesto que hacen las obras del diablo. Que esto sea así se deduce de Isaías: “Engendré hijos y los crié, pero ellos me despreciaron” (Is 1,2). Y en otro lugar: “Los hijos extraños me han defraudado” (Sal 17, 46)» (Tratado contra las herejías 4,41).

–Proclamamos con el Salmo 32: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos, porque Él lo dijo y existió, Él lo mandó y surgió. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».

Romanos 8,14-17: Habéis recibido un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abbá! Padre. Por el don de su Espíritu, Dios nos ha hecho además hijos suyos, coherederos con Cristo, su Hijo amado. Comenta San Basilio:

«Por el Espíritu se nos restituye el Paraíso, por Él podemos subir al Reino de los cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de llamar a Dios con el nombre de Padre, la participación de la gracia de Cristo, el derecho de ser llamados hijos de la luz, el ser partícipes de la gloria eterna y, para decirlo todo de una vez, la plenitud de toda la bendición, tanto en la vida presente como en la futura. Por Él podemos contemplar como en un espejo, cual si estuvieran ya presentes, los bienes prometidos que nos están preparados y que por la fe esperamos llegar a disfrutar» (Sobre el Espíritu Santo 15,35-36).

Mateo 28,16-20: Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Por la fe y el bautismo todos hemos sido elegidos de Dios. San Ambrosio dice:

 «Tú has sido bautizado en nombre de la Trinidad. Has profesado -no lo olvides-  tu fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios... Descendiste a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la Cruz se refiere únicamente a la Persona del Señor» (Sobre los Misterios 21 y 38).

Ciclo C

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda la total identidad de las tres divinas Personas, a las que estamos consagrados por nuestro bautismo y cuyo amor multiforme sigue realizando la obra de nuestra salvación y santificación. En Dios confesamos tres Personas distintas, que son idénticas en su esencia.

Proverbios 8,22-31: Antes de comenzar la tierra, la Sabiduría ya había sido engendrada y se nos mostró en sombras y figuras como un eco de la presencia vi-va del Verbo, el Hijo muy amado, en el seno del Padre. San Agustín, comentando el prólogo del Evangelio de San Juan, dice:

 «Él es la Sabiduría de Dios y en el salmo se lee: “todo lo hiciste en la Sabiduría”. Si Cristo es la Sabiduría de Dios y el Salmo dice que lo hiciste todo en la Sabiduría, se sigue que todo ha sido hecho en Él y por Él... La tierra es hechura suya, pero no es criatura que tenga vida. Lo que es vida es la forma espiritual, según la cual la tierra ha sido hecha y existe en la misma Sabiduría... Esta Sabiduría contiene en Sí la forma de todo antes que salga al exterior, y por eso todo lo producido según esta forma tiene vida en el Verbo, aunque en sí mismo no la tenga. La tierra, el cielo, la luna y el sol, que vuestra vista contempla, existen primero en su arquetipo y en Él son vida y fuera de Él son cuerpos sin alma» (Tratado 1,16-17 sobre el Evangelio de San Juan).

–Con el Salmo 8 cantamos al Señor, Dueño nuestro, cuyo nombre es admirable en toda la tierra: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado: ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros, hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar que trazan sendas por el mar».

Romanos 5,1-5: Caminamos hacia Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu. En la plenitud de los tiempos, Dios ha querido revelarnos su intimidad divina, para hacernos hijos de Dios-Padre, por la redención de Dios-Hijo, en virtud de la gracia de Dios-Espíritu Santo que se nos ha dado. Comenta San León Magno:

 «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Esta bienaventuranza, amadísimos, no se refiere a cualquier concordia y armonía, sino a aquélla de la cual dice el Apóstol: “Tened paz para con Dios ” (Rom 5,1) y de la que habla el profeta David (Sal 118,16). Esta paz no se la apropian los lazos estrechísimos de la amistad ni las indiferentes semejanzas de ánimo si no están en completa armonía con la voluntad de Dios. Fuera de la dignidad de esta paz están las consideraciones de las apetencias mundanas, las federaciones de los pecados y los pactos de los vicios.

«El amor del mundo no concuerda con el amor de Dios ni llega a la sociedad de los hijos de Dios el que no se aparta de la generación carnal. Mas los que están siempre solícitos de conservar la unidad con el vínculo de la paz (Ef 4,3), por la unidad de su mente con Dios, jamás se apartan de la ley eterna, diciendo fielmente la oración: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Estos son los pacíficos. Estos son los que están perfectamente unánimes y santamente concordes» (Sermón 95, sobre las Bienaventuranzas).

El Espíritu Santo se nos ha dado y con Él el amor de Dios para que seamos verdaderamente pacíficos.

Juan 16,12-15: Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu recibirá de lo mío y os lo anunciará. Jesús, revelador del Padre, nos envió a su Espíritu para santificarnos y hacernos vivir su propia vida divina y los sentimientos más profundos de su Corazón de Hijo muy amado del Padre. Comenta San Agustín:

 «El Espíritu Santo, que el Señor prometió enviar a sus discípulos para que les enseñase toda la verdad, que ellos no podían soportar en el momento en que les hablaba y del cual dice el Apóstol que hemos recibido ahora en prenda para darnos a entender que su plenitud nos está reservada para la otra vida, ese mismo Espíritu Santo enseña ahora a los fieles todas las cosas espirituales de que cada uno es capaz, mas también enciende en sus pechos un deseo más vivo de crecer en aquella caridad que los hace amar lo conocido y desear lo que no conocen» (Tratado 97,1 Sobre el Evangelio de San Juan).

 

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El Cuerpo y la Sangre del Señor


 

Entrada: «Con flor de harina los alimentó, y con miel silvestre los sació» (Sal 80,17).

Colecta (del Misal anterior): «¡Oh Dios, que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de tu redención».

Ofertorio (del Misal anterior): «Concede, Señor, a tu Iglesia, el don de la paz y de la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que le presentamos».

Comunión: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en Mí y yo en él, dice el Señor» (Jn 6,57).

Postcomunión (del Misal anterior): «Tu cuerpo y tu sangre, Señor, signo del banquete del Reino, que hemos gustado en nuestra vida mortal, nos llenen del gozo eterno de tu divinidad».

Hacia el año 1000 hubo un despertar eucarístico en la Iglesia, pero la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor hay que relacionarla más concretamente con la visión que tuvo la Beata Juliana de Rétine, priora del monasterio de Monte Cornelio, cerca de Lieja (1193-1228) y al milagro de Bolsena. La Beata Juliana (que algunos la consideran canonizada) tuvo una visión en la que veía un disco resplandeciente con una franja oscura y entendió que eso significaba la ausencia de una fiesta eucarística en el año litúrgico. Esta visión fue recibida positivamente y el obispo de Lieja, Roberto de Thorote la introdujo en su diócesis el jueves después de la octava de Pentecostés. Entre los teólogos que dictaminaron en sentido positivo sobre la fiesta estaba el provincial de los dominicos Hugo de Thierry, que más tarde fue cardenal y legado de la Santa Sede, que confirmó la fiesta el 1252.

Más tarde, en 1261, subió al solio pontificio Santiago Pantaleón, antiguo archidiácono de Lieja, con el nombre de Urbano IV. El obispo de Lieja le sugirió que extendiese a toda la Iglesia esa fiesta. Dudó un poco, pero lo decidió el milagro de Bolsena: un sacerdote en la consagración tuvo grandes tentaciones sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía y entonces de la sagrada forma salió sangre que manchó los corporales, que se conservan en la catedral de Orvieto, donde se encontraba Urbano IV. Éste decidió la extensión de la fiesta del Corpus a toda la Iglesia con la Bula «Transiturus de hoc mundo». Este hecho tuvo una acogida entusiasta en general, con procesión solemnísima y otros actos piadosos y folclóricos, que todavía se conservan en muchos lugares. El formulario litúrgico se debe a Santo Tomás de Aquino.

Ciclo A

Con inmenso gozo abre la Iglesia hoy sus templos para manifestar su fe ardiente y su alegría fervorosa por la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía: Sacramento-Presencia, Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión. Todo fue obra del inmenso amor de Cristo Redentor, que pide nuestra correspondencia de amor a Él y a los hermanos, todos los hombres.

Deuteronomio 8,2-3.14-16: Te alimentó con el maná que no conocías, ni conocieron tus padres. Era figura de la Eucaristía. San Ambrosio compara el maná con el pan eucarístico:

 «Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial... Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a la corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia... Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad... Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el Cuerpo del Creador más que el maná del cielo» (Sobre los Misterios 43,47-49).

–Con el Salmo 147 glorificamos al Señor, que «ha reforzado los cerrojos de la puertas de Jerusalén y ha bendecido a sus hijos dentro de ella. Él los sacia con flor de harina y envía su mensaje a la tierra»

1 Corintios 10,16-17: El Pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos formamos un solo cuerpo. En el Nuevo Testamento el amor entrañable de Dios a su Hijo muy amado se ha extendido a todos nosotros mediante nuestra comunión con Él. Todos, en comunión con el Corazón de Cristo, formamos un solo Cuerpo místico, que es la Iglesia. El efecto principal de la Sagrada Eucaristía es la unión íntima con Cristo. San Juan Crisóstomo dice:

«¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo. No muchos cuerpos, sino un solo cuerpo... Porqué no te alimentas tú de un cuerpo y aquél de otro, sino que todos nos alimentamos del mismo... Si, pues, todos participamos del mismo Pan y todos nos hacemos una misma cosa ¿por qué, pues, no manifestamos la misma caridad y con ello nos convertimos en una misma cosa?» (Homilía 24, 2).

Juan 6,51-54: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Por la Eucaristía, la misma Vida divina que se injertó en la humanidad mediante el misterio de la Encarnación del Verbo se hace también vida en nosotros. Sin comunión vital con Cristo Jesús no hay realmente vida cristiana. Comenta San Agustín:

 «Los fieles conocen el Cuerpo de Cristo si no se olvidan de que son cuerpo de Cristo. Hazte Cuerpo de Cristo si quieres vivir del espíritu de Cristo... El Cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. De aquí que hablándonos el Apóstol San Pablo de este Pan, dijo: “Porque el Pan es uno, somos muchos un solo Cuerpo” (1 Cor 10,17). ¡Oh sacramento de misericordia! ¡Oh símbolo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! Quien quiera vivir aquí tiene donde vivir, tiene de donde vivir. Acérquese, crea, forme parte de este Cuerpo para ser vivificado. No recele de la unión de los miembros, no sea un miembro canceroso que merezca ser cortado, ni miembro dislocado de quien se avergüencen; sea hermoso, esté adaptado, esté sano, esté unido al Cuerpo, viva de Dios, para Dios; trabaje ahora en la tierra, para que después reine en el cielo» (Tratado 26,13 Sobre el Evangelio de San Juan).

Ciclo B

Por el acontecimiento eucarístico, puede gozar la Iglesia entera de una continua presencia viviente de Cristo en medio de su pueblo. Se actualiza sacramentalmente el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor y así podemos participar personalmente de la misma vida divina del Corazón del Hijo de Dios, hecho hombre para hacernos a los hombres hijos de Dios.

Éxodo 24,3-8: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros. En la historia de la Salvación el sacrificio y la sangre con que se selló la Alianza Pascual primitiva fue signo y figura del sacrificio definitivo de la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo. Comenta el Ambrosiaster:

«Esto fue imagen del Testamento al que llamó nuevo el Señor por los profetas; de modo que es viejo aquel que dio Moisés. Así, pues, con Sangre se ha establecido el Testamento, ya que la sangre es testigo del beneficio divino. En tipo de lo cual nosotros recibimos el místico cáliz de la sangre para defensa de nuestro cuerpo y alma; porque la Sangre del Señor redimió nuestra sangre, es decir, salvó a todo hombre. Pues la carne del Salvador, por la salvación del cuerpo, y la sangre se derramó por nuestra alma como antes había sido prefigurado por Moisés» (Comentario a 1 Cor 11,20-24.26).

–Por eso clamamos con el Salmo 115: «Alzaré la copa del Señor invocando su nombre. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo».

Hebreos 9, 11-15: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia. Cristo, Sacerdote eterno, con su sacrificio definitivo en la Cruz, perpetuado sacramentalmente por la Eucaristía, ha garantizado la nueva y definitiva Alianza. San Juan Crisóstomo habla del inmenso valor de la sangre de Cristo:

«¿Quieres saber el valor de la Sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras y recordemos los antiguos relatos de Egipto. San Juan Crisóstomo comenta: “Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa”... ¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta Sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente: empezó a brotar de la misma Cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues, muerto ya el Señor, dice el Evangelio, “uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado y al punto salió agua y sangre”: agua como símbolo del bautismo; sangre como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada» (Catequesis bautismales, 3, 13-19).

Y Orígenes:

«Cuando vieres que los gentiles abrazan la fe, que se construyen iglesias, que los altares se tiñen con la sangre preciosa de Cristo, cuando vieres a los sacerdote y levitas como ministros no de la sangre de toros y de machos cabríos (Heb 9,13), sino de la palabra de Dios por la gracia del Espíritu Santo, di entonces que después de Moisés tomó y obtuvo el principado Jesús, no aquel Jesús hijo de Neve, sino Jesús el Hijo de Dios» (Homilía 2,1 sobre Josué).

Marcos 14,12-16.22-26: Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre. La comunión eucarística, fruto de una acción sacrificial instituida y verificada sacramentalmente por el propio Jesucristo, nos hace participar realmente en el misterio de la Muerte, Pasión y Resurrección de Jesucristo. Comenta San Efrén:

 «Después que comieron los discípulos el pan nuevo y santo, y entendieron por la fe que por él habían comido el Cuerpo de Cristo, siguió Cristo desarrollando y dando el sacramento completo. Tomó y mezcló el cáliz de vino; después lo bendijo, signó y santificó, declarando que era su Sangre que había de ser derramada... “Cuando os reunáis en mi nombre en la Iglesia, en cualquier parte de la tierra, haced en memoria mía lo que hice: comed mi Cuerpo y bebed mi Sangre”. Testamento Viejo y Nuevo... Fue una tarde perfectísima en la cual Cristo llevó a cabo la verdadera Pascua» (Homilía 4, en la Semana Santa, 6-7).

Ciclo C

La solemnidad del Corpus deja viva en nuestra conciencia la real presencia de Cristo en la Eucaristía. Sin esto, sería Cristo para nosotros una realidad pasada y su Evangelio una simple filosofía religiosa. Por la Eucaristía su Sacratísimo Corazón sigue palpitando en nuestros altares, y en los Sagrarios, al alcance de nuestro amor y de nuestra vida.

Génesis 14,18-20: Melquisedec ofreció pan y vino. Por su condición de Sacerdote único y eterno, Jesús sigue siendo el gran Mediador entre el Padre y nosotros. Por su sacrificio eucarístico verifica constantemente en nosotros su obra de salvación. San Cipriano explica la semejanza entre Melquisedec y Cristo:

«También vemos en el sacerdote Melquisedec prefigurado el misterio del sacrificio del Señor, según lo que Atestigua la Escritura divina: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal 109,3). El cual orden, ciertamente, es éste que procede de aquel sacrificio y que desciende de haber sido Melquisedec sacerdote del Dios sumo, de haber ofrecido pan y vino, de haber bendecido a Abrahán. Porque ¿quién más sacerdote del Dios sumo que nuestro Señor Jesucristo, que ofreció sacrificio a Dios Padre y ofreció aquello mismo que había ofrecido Melquisedec: pan y vino, es decir, su Cuerpo y su Sangre? Y la bendición de entonces a Abrahán se refería a nuestro pueblo. Porque Abrahán creyó a Dios y le fue tomado en cuenta de justicia, ciertamente quienquiera que cree a Dios y vive por la fe, es hallado justo; y aparece ya en el fiel Abrahán, bendecido y justificado, como afirma el bienaventurado Apóstol Pablo en Gálatas 3,6-9» (Carta 63,4).

–Con razón proclamamos el sacerdocio de Cristo con el Salmo 109: «Oráculo del Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos. Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec».

1 Corintios 11,23-26: Cada vez que coméis y bebéis proclamáis la muerte del Señor. Sacerdote Jesucristo sigue siendo también Víctima inmolada, puesta a nuestro alcance en el tiempo, hasta que vuelva. Comenta San Juan Crisóstomo:

 «Por tanto, si te acercas a la Eucaristía, no hagas indigno de ello: no avergüences a tu hermano, no desprecies al que tiene hambre, no te embriagues, no deshonres a la Iglesia. Te acercas a dar gracias por lo que has recibido: por tanto, da tu también algo en cambio y no te apartes de tu prójimo. Pues Cristo dio a todos por igual, diciendo: “tomad y comed”. Él dio a todos por igual su Cuerpo y ¿tú ni si quieras das por igual el pan ordinario? E igualmente por todos fue partido, y para todos fue Cuerpo por igual» (Homilía 27 sobre 1 Corintios, 4).

Lucas 9,11-17: Comieron todos y se saciaron. Para garantizarnos su poderes eucarísticos, Jesús ofreció un día los signos visibles de su divinidad: su impresionante poder sobre los elementos materiales de una comida en el desierto. San Ambrosio explica este milagro relacionado con la Eucaristía:

 «Tiene también sentido místico el que, comiendo el pueblo, se sacie, y que sirvan los Apóstoles; porque también en la sociedad se designa un indicio de que el hambre ha sido para siempre rechazada, porque no tendrá hambre el que reciba el manjar de Cristo, y en el ministerio de los Apóstoles se anuncia la futura separación del Cuerpo y la Sangre del Señor» (Comentario al Evangelio de San Lucas 6,84).

Hemos de ser siempre custodias vivientes, convertidos por la comunión eucarística en ostensorios vivos de Cristo y de su Evangelio en medio de los hombres, con la palabra y con la propia vida.

 

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El Sagrado Corazón de Jesús


 

Entrada: «Los proyectos de su Corazón, de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre» (Sal 32,11.19).

Colecta (de nueva redacción): «Dios todopoderoso, al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito recordamos los beneficios de tu amor para con nosotros; concédenos  recibir de esa fuente divina una inagotable abundancia de gracia». O también (del Misal anterior): «¡Oh Dios!, que en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación».

Ofertorio (del Misal anterior): «Mira, Señor, el amor del corazón de tu Hijo, para que este don que te ofrecemos sea agradable a tus ojos y sirva para el perdón de nuestras culpas».

Comunión: «Dice el Señor: el que tenga sed que venga a Mí, el que cree en Mí, que beba. De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (Jn 7,37-38). O bien: «Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34).

Postcomunión (de nueva redacción): «Este sacramento de tu amor encienda en nosotros el fuego de la caridad que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos».

El amor infinito con que Dios ha realizado espontáneamente sus designios de salvación se nos ha revelado en una constante alianza de amor permanente: «Dios es caridad» (1 Jn 4,8.16). La prueba definitiva es este Corazón que tanto ha amado a los hombres. El culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene sus bases firmísimas en las Sagradas Escrituras. Los Santos Padres lo revelaron profusamente, sobre todo con el hecho histórico de la lanzada del soldado al costado de Cristo. En el Medievo, la meditación de este pasaje bíblico recordado en la liturgia llevó a profundizar mucho en la devoción al Corazón de Jesucristo, principalmente en el monasterio benedictino de Helfta (Alemania) sobre todo con Santa Matilde y Santa Gertrudis.

En el siglo XVII la divulgó mucho su culto San Juan Eudes, que compuso un texto litúrgico para su fiesta. En ese mismo siglo las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque le llevaron a propugnó que se aprobase por Roma como fiesta litúrgica para toda la Cristiandad. Esta difusión se abrió camino sobre todo por mediación de los obispos polacos, en tiempos de Clemente XIII, en 1765. El culto se fue extendiendo por doquier y en 1856 Pío IX extendió la fiesta a toda la Iglesia universal. León XIII consagró el mundo al Corazón de Jesús el 11 de junio de 1899. Pío XI elevó la fiesta al rango de primera clase con octava privilegiada, en 1928. Después del Concilio Vaticano II, con la renovación del Calendario Litúrgico, esta fiesta tiene el carácter de solemnidad.

Ciclo A

Deuteronomio 7,6-11: El Señor se enamoró de vosotros y os eligió. El amor salvífico de Dios es absolutamente gratuito. Nos ama por iniciativa propia, no porque nosotros lo hayamos merecido primero.

1 Juan 4,7-16: Él nos amó. Dios, que es la perfección toda y en todo, ha querido revelársenos explícitamente como Amor. ¡Dios es caridad tan infinita que llegó a darnos a su propio Hijo como Víctima por nuestros pecados!

Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de Corazón. En Cristo se nos ha manifestado la plenitud del Amor que Dios nos tiene y el modelo perfecto del amor que nos pide en correspondencia.

Ciclo B

Oseas 11,1.3-4.8-9: Se me revuelve el Corazón. El profeta Oseas proclama la razón última de la alianza de Dios con su pueblo: El Amor eterno con que determinó desde el principio salvar a sus elegidos.

Efesios 3,8-12.4-19: Comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Jesucristo es la Encarnación real y palpitante del Amor del Padre: «tanto amó Dios al mundo que llegó a entregarle a su propio Hijo» (Jn 3, 16).

Juan 19,1-37: Le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. Por amor Jesús se entregó todo entero como Redentor y Víctima inmolada. La lanzada del Calvario fue un hecho providencial, que nos señalaba el Corazón que tanto ha amado a los hombres.

Ciclo C

Ezequiel 34,11-16: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré sestear. Toda la historia de la salvación ha sido un proceso intensivo de acercamiento de Dios a su pueblo, como un Pastor en medio de su rebaño. La historia culmina en Cristo: el Buen Pastor por antonomasia.

Romanos 5,5-11: Dios nos da prueba de su amor. Sin Cristo estaríamos perdidos, como ovejas sin pastor. Pero el amor de Dios nos reconcilió en Cristo Jesús, el Pastor de nuestras almas.

Lucas 15,3-7: He encontrado la oveja perdida. Es una gran alegría en el cielo la conversión del pecador. Ante el Corazón de Jesucristo todo hombre es siempre recuperable. Es Él quien ha hecho posible, y sólo Él podía hacerlo, nuestra reconciliación con el Padre.

La Iglesia, en el Oficio de esta solemnidad, nos presenta un bello texto de San Buenaventura:

«Corre con vivo deseo al Corazón de Jesús traspasado, a esa Fuente de Vida y de Luz quienquiera que seas. ¡Oh alma, amante de Dios! y con toda la fuerza de tu corazón exclama: ¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna Luz! ¡Vida que vivificas toda vida, Luz que ilumina toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad! ¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la Fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!» (El árbol de la vida 29-30.47).