Tiempo de Cuaresma
( Por Manuel Garrido Bonaño, O.S.B. )
Bajado de la Fundación Gratis Date
La Cuaresma es el período litúrgico
que prepara a los cristianos para la celebración de las fiestas de la Pascua.
Tenía lugar esta preparación, en un principio, solo desde el Viernes Santo a la
Vigilia Pascual: «dies in quibus
est ablatus Sponsus» (los días en que se nos quitó el Esposo). Luego se
alargó a una semana y más tarde algo más.
Como tiempo litúrgico normal, la
Cuaresma comienza en el siglo IV, en toda la Iglesia, sin que precediera para
ello una orden o mandato especial. Ya en ese período se tenía en cuenta de modo
especial a los catecúmenos, que habían de recibir el bautismo en la Vigilia
Pascual, y a los penitentes, que serían reconciliados el Jueves Santo por la
mañana.
La Sacrosanctum
Concilium del Vaticano II dice a este
respecto:
«Puesto que el tiempo
cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de
Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo mediante
el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia, dese particular relieve en la liturgia y en la catequesis
litúrgica al doble carácter de este tiempo» (nº 109).
En este tiempo, según las normas de la
Iglesia, pueden realizarse diversos ejercicios, o bien paralitúrgicos
o bien piadosos, como el Via crucis, a
los que el pueblo fiel está muy sensibilizado.
En un principio la Cuaresma comenzaba
con el primer Domingo de ese período litúrgico. Luego,
como en los domingos no se ayunaba, se añadieron unos días más, y así surgió el Miércoles de Ceniza, en el
que se imponía la ceniza y el sayal a los penitentes públicos; después esta
costumbre se extendió a todos.
Con motivo de la reforma litúrgica del
Vaticano II, se pretendió suprimir la celebración del Miércoles
de Ceniza y comenzar la Cuaresma por el Domingo, dejando al criterio de los
sacerdotes el imponer la ceniza a los fieles el lunes siguiente.
Pero Pablo VI decidió que se
mantuviese la disciplina tradicional del Miércoles de Ceniza, y él daba ejemplo
recibiendo todos los años devotísimamente la ceniza en su cabeza. Los
Pontífices siguientes han continuado con esa misma práctica.
Entrada: «Te
compadeces de todos, Señor, y no odias nada
de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se
arrepientan. Y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Sap 11,24-25,27).
Colecta (del Misal
anterior, y antes del Veronense, Gelasiano
y Gregoriano): «Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la
Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad
penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas
del mal».
Comunión: «El que
medita la Ley del Señor da fruto en su sazón» (Sal 1,2-3).
Postcomunión: «Señor, estos
sacramentos que hemos recibido hagan nuestros ayunos agradables a tus ojos y
obren como remedio saludable de todos nuestros males».
–Joel 2,12-18: Rasgad
los corazones, no las vestiduras. Es éste un llamamiento del profeta Joel
al pueblo de Dios para una celebración comunitaria de la penitencia. La
respuesta de Dios a este ayuno la presenta el profeta como una vuelta a la era
paradisíaca. La penitencia, el ayuno y los ritos de purificación harán que el
pueblo, en el día del juicio, entre en la era definitiva de la felicidad.
A las condiciones de un ayuno
agradable a Dios, que sea a un tiempo comunitario e interior, le añade el
profeta su dimensión escatológica. Por él se llegará a la futura felicidad y a
la vida eterna con Dios.
–Para que Dios perdone es menester que
exista el reconocimiento de la culpa y el consiguiente arrepentimiento. Hacemos
nuestra esa actitud espiritual con el Salmo 50: «Misericordia,
Dios mío, hemos pecado. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa
compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo
reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.
«Contra ti, contra ti solo pequé. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro
con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo
espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu
generoso. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza».
–2 Corintios 5,20–6,2: Dejaos
reconciliar con Dios. Ahora es tiempo de gracia. Cristo es ante todo
el Reconciliador, el Príncipe de la paz. Los Apóstoles y los ministros sagrados
continúan su obra en el sacramento de la penitencia. Comenta San Agustín:
«No tendría validez la
exhortación a la reconciliación, si no fuéramos enemigos. Así pues, todo el
mundo era enemigo del Salvador y amigo del que lo tenía cautivo; con otras
palabras, era enemigo de Dios y amigo del diablo. También el género humano en
su totalidad estaba encorvado hasta tocar la tierra.
«Comprendiendo ya quiénes
son esos enemigos, el salmista levanta su voz contra ellos, y dice a Dios: “han
encorvado mi alma” (Sal 56,7). El diablo y sus ángeles han encorvado las almas
de los hombres hasta la tierra, es decir, hasta el punto que, inclinados a todo
lo temporal y terreno, no buscan ya las cosas celestiales. Esto es, en efecto,
lo que dice el Señor de esa mujer a la que Satanás tenía atada desde hacía
dieciocho años, y a la que convenía ya librar de esa cadena, y en sábado precisamente.
¿Quiénes miraban con malos ojos a la que se erguía, sino los encorvados?
Encorvados porque, no entendiendo los preceptos mismos de Dios, los miraban con
corazón terrenal» (Sermón 162,B).
La cruz de ceniza, que hoy nos impone
la Iglesia, es la señal de que estamos dispuestos a emprender una vida de
penitencia: «Convertíos y creed al Evangelio» (Mc
1,15). «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» (Gén
3,19). Es la misma llamada que ya escuchamos al profeta Joel: «Convertíos a mí
de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad vuestros corazones, no
las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro».
–Mateo 6,1-6.16-18: Tu
Padre, que ve lo escondido, te recompensará. Comenta San Agustín:
«Ciertos hombres hacen el
bien y temen ser vistos, y ponen todo su afán en encubrir sus buenas obras.
Buscan la ocasión en que nadie los vea. Entonces dan algo en limosna con el
temor de chocar con aquel precepto: «guardaos de realizar vuestra justicia para
ser vistos por ellos» (Mt 6,1). Pero el Señor no
mandó que se ocultasen las obras buenas, sino que prohibió que se pensase solo
en la alabanza humana al hacerlas –«para ser vistos por los hombres»–; que
fuera ése el fruto que buscaran únicamente, sin desear ningún otro bien
superior y celestial.
«Si lo hicieran solo para
ser alabados, caerían bajo la prohibición del Señor. Guardaos, pues, de buscar
ese fruto: el ser vistos por los hombres. Y, sin
embargo, manda: «vean vuestras buenas obras» (Mt
5,16). Una cosa es buscar en la buena
acción tu propia alabanza, y otra buscar en el bien obrar la alabanza de Dios.
Cuando buscas tu alabanza, te has quedado en la alabanza de los hombres; cuando
buscas la alabanza de Dios, has adquirido la gloria eterna. Obremos así para no
ser vistos por los hombres, es decir, obremos de tal manera que no busquemos la
recompensa de la mirada humana. Al contrario, obremos de tal manera que quienes
nos vean y nos imiten glorifiquen a Dios. Y caigamos
en la cuenta de que si él no nos hubiera hecho así, nada seríamos» (Sermón
338,3-4).
Entrada: «Cuando
invoqué al Señor, Él escuchó mi voz, rescató mi alma de la guerra que me
hacían. Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará» (cf. Sal 54,17-20.23)
Colecta (del Misal
anterior, antes Gregoriano): «Señor, que tu gracia inspire, sostenga y
acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en Ti como en su
fuente, y tienda siempre a Ti como a su fin».
Comunión: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro
con espíritu firme» (Sal 50,12).
Postcomunión: «Favorecidos
con el don del Cielo te pedimos, Dios Todopoderoso, que esta Eucaristía se haga
viva realidad en nosotros y nos alcance la salvación».
–Deuteronomio 30,15-20: Pongo
delante de ti la bendición y la maldición. Ante el hombre se alzan dos
caminos: el de la felicidad, en el caso de que acate los mandamientos de Dios,
y el de la desgracia, si no quiere obedecer. Hemos de elegir uno u otro. La
presentación de esta alternativa nos evoca la amonestación de Cristo a caminar
por la senda estrecha, que lleva a la vida, y rechazar la ancha, que conduce a
la perdición.
¿Por qué no adelantamos en nuestra
vida espiritual, después de tanto tiempo
como llevamos practicándola? Porque no somos consecuentes con el camino
elegido. No terminamos de ser seguidores de Cristo, según sus enseñanzas. Nos
sigue atrayendo todavía el otro camino, ancho, venturoso, pero que lleva a la
perdición.
El apóstol San Pablo nos amonesta
enérgicamente: «Caminad en espíritu, y no satisfagáis los deseos de vuestra
carne. Bien claras son las obras de la carne: fornicación, inmundicia,
impudicia, lujuria, enemistades, disputas, envidias, ira, riñas, disensiones,
herejías, homicidios, embriagueces, glotonerías. Los
que practican tales cosas no pueden entrar en el reino de Dios. Los frutos del
espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad,
afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Contra éstos no hay ley» (Gál 5,16-23).
«Caminad en espíritu». A esto tiende
la práctica penitencial de la Cuaresma. Su misión consiste en libertar la
naturaleza humana de la esclavitud de la sensualidad y de las pasiones, para
someterla al dominio de la gracia y de la vida del Espíritu. Siempre hemos de
estar en actitud de conversión. San Clemente Romano dice:
«Recorramos todos los
tiempos, y aprendamos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un
tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a Él. Noé predicó la
penitencia, y los que le escucharon se salvaron. Lo mismo Jonás... De la penitencia
hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la
gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también con juramento
de la penitencia... Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio,
e, implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su
benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las
contiendas, las envidias, que conducen a la muerte» (Carta a los Corintios
7,4-8–8,5-9).
–La Cuaresma
es tiempo de renovación cristiana, de reemprender el camino iniciado por
nuestro bautismo, de dar, en el seguimiento de Cristo, un nuevo paso a una
mayor perfección cristiana. Eso es precisamente el Misterio Pascual, iniciado
en nosotros y a cuya celebración anual nos preparamos.
Encaja perfectamente el Salmo 1
a la lectura anterior: «Dichoso el hombre que no sigue el camino de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los
cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Dichoso el hombre que ha puestos su confianza en el Señor. Será como un árbol,
plantado al borde de la acequia; da fruto en su sazón, no se marchitan sus
hojas. Cuanto emprende tiene buen fin... No así los impíos, no así: serán paja
que arrebata el viento...»
–Lucas 9,22-25: El que pierda su vida por mi causa la salvará. El
verdadero discípulo de Cristo ha de cargar con su cruz cada día, siguiéndolo.
La Cuaresma prepara al cristiano a
revivir el misterio de la cruz. Morir a uno mismo es requisito para
vivir la vida de la gracia santificante. Es seguir la senda que conduce a la
vida eterna. Así exhorta San León Magno:
«Es necesario, amadísimos,
para adherirnos inseparablemente a este misterio [el de la cruz de Cristo]
hacer los mayores esfuerzos del alma y del cuerpo; porque, si es malo
permanecer ajeno a la solemnidad pascual, es aún peor asociarse a la comunidad
de los fieles sin haber participado antes en los sufrimientos de Cristo. El
Señor ha dicho: “quien no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí” (Mt 10,38).
«Y añade San Pablo: “si
participamos en sus sufrimientos, también participaremos en su Reino” (Rom 8,17; 1 Tim 2,12). Así, pues,
el mejor modo de honrar la pasión, muerte y resurrección de Cristo es sufrir,
morir y resucitar con Él... Por eso, cuando alguien se da cuenta que sobrepasa
los límites de las disciplina cristiana y que sus deseos van hacia lo que le
haría desviar del camino recto, que recurra a la cruz del Señor y clave en ella
lo que le lleva a la perdición» (Sermón 70,19 de la Pasión 4).
Entrada: «Escucha,
Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme» (Sal 29,11).
Colecta (del misal
anterior y antes en Gelasiano y Gregoriano):
«Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la
Cuaresma; y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada
por la sinceridad de corazón».
Comunión: «Señor,
enséñame tus caminos e instrúyeme en tus sendas» (Sal 24,4).
Postcomunión: «Te pedimos,
Señor Todopoderoso, que la participación en tus sacramentos nos purifique de
todos nuestros pecados y nos disponga a recibir los dones de tu bondad».
–Isaías 58,1-9: ¿Es
ése el ayuno que el Señor desea? El ayuno no solo ha de consistir en comer
menos, sino también y principalmente en no cometer pecados y hacer actos de
caridad. Esto es constante en los profetas y también en las enseñanzas de
Cristo (cf. Mt
6,1-6.16-18; 25,34-40). Dice San León Magno:
«No hay cosa más útil que
unir los ayunos santos y razonables con la limosna. Ésta, bajo la única
denominación de misericordia, contiene muchas y laudables acciones de piedad;
de modo que, aunque las situaciones de fortuna sean desiguales, pueden ser
iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles. Porque el amor que
debemos tanto a Dios como a los hombres no se ve nunca impedido hasta tal punto
que no pueda querer lo que es bueno...
«El que se compadece
caritativamente de quienes sufren cualquier calamidad es bienaventurado no solo
en virtud de su benevolencia, sino por el bien de la paz. Las realizaciones del
amor pueden ser muy diversas, y así, en razón de la misma diversidad, todos los
buenos cristianos pueden ejercitarse en ellas, no solo los ricos y pudientes,
sino incluso los de posición media y aun los pobres. De este modo, quienes son
desiguales por su capacidad de hacer la limosna, son semejantes en el amor y en
el afecto con que la hacen» (Sermón 6 de Cuaresma 1-2).
Y San Agustín:
«Vuestros ayunos no sean
como los que condena el profeta (Is 58,5). Él fustiga
el ayuno de la gente pendenciera; aprueba el de los piadosos; condena a quienes
aprietan y busca a quien aflojan; acusa a los cizañeros, aprecia a los
pacificadores. Éste es el motivo por el que en estos días refrenáis vuestros
deseos de cosas lícitas, para no sucumbir ante lo ilícito. De esta forma,
nuestra oración, hecha con humildad y caridad, con ayuno y limosnas, templanza
y perdón, practicando el bien y no devolviendo mal por mal..., busca la paz y
la consigue» (Sermón 206,3).
–El ayuno que Dios nos concede hacer
consiste en una total conversión en obras buenas, y no solo en palabras y ritos
externos. Por no haber ayudado así en muchas ocasiones, hemos de confesar
nuestra culpa con gran arrepentimiento: el Salmo 50, que ya
comentamos el Miércoles pasado, expresa nuestra súplica de perdón. Dice San
León Magno:
«Porque es propio de la
festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados, no sólo
aquellos que renacen en el santo bautismo, sino también aquellos que, desde
hace tiempo, se encuentran ya en el número de los hijos adoptivos. Pues, si
bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bautismo, como a
todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición
pecadora, y no hay quien no tenga que ser mejor en la escala de la perfección,
debemos esforzarnos para que nadie se encuentre bajo el efecto de viejos vicios
el día de la Redención» (Sermón 6 de Cuaresma,1-2).
–Mateo
9,14-15: Llegará un día en que se lleven al Esposo y entonces
ayunarán. El ayuno está relacionado con el tiempo de la espera. Jesús mismo
ha ayunado en el desierto, resumiendo en Sí la larga preparación de la
humanidad en la instauración del Reino. Cuando comienza el ministerio público,
Jesús puede decir con toda razón que el Reino ya está allí, que ha llegado el
Esposo, que sus discípulos no han de ayunar mientras Él viva.
El ayuno del Viernes Santo responde de modo especial a estas
palabras de Jesús: es el ayuno en el día en que Jesús, muerto en la Cruz, es
arrebatado de entre los suyos.
En nuestros días esperamos la venida
definitiva del Esposo, al final de los tiempos, en la plenitud del Reino. La
evocación de los misterios redentores del Señor es preparada como lo hicieron
sus se-guidores. En los primeros tiempos, sólo el
Viernes y Sábado Santos. Más tarde, se alargó a una semana y, posteriormente, a
los cuarenta días de la Cuaresma.
En esta preparación se intensifican
las prácticas ascéticas de ayuno, abstinencia y otras penitencias. La
abstinencia actual de los viernes de Cuaresma es por tanto la preparación para
la celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor,
y también actitud de espera de la llegada gloriosa de Jesucristo y la
instauración de su Reino en el fin del mundo.
Entrada: «Respóndenos,
Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia
nosotros, Señor» (Sal 68,17).
Colecta (del misal
anterior y antes del Gregoriano): «Dios todopoderoso y eterno, mira
compasivo nuestra debilidad y extiende sobre nosotros tu mano poderosa».
Comunión: Misericordia
quiero, y no sacrificio –dice el Señor–; que no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores (Mt 9,13)
Postcomunión: Alimentados
con el pan de vida, te pedimos, Señor, que cuanto hemos vivido y celebrado como
misterio en esta Eucaristía, lo recibamos en el Cielo como plenitud de
salvación.
–Isaías
58,9-14: Cuando partas tu pan con el hambriento, brillará tu luz en
las tinieblas. El profeta recoge algunas formas de proceder que manifiestan
una auténtica penitencia, fuente de luz y de alegría para quienes la practican.
Con las obras de caridad hacia los
demás hombres, nuestros hermanos, el cristiano sale, por la abnegación, de su
egoísmo, y ésta es la mejor conversión, la penitencia que agrada a Dios. No son
sólo obras de caridad las materiales, como la limosna, la ayuda en la
enfermedad y la ancianidad, sino todas las que derivan del amor, como la
disponibilidad, el servicio y la entrega. Dice San Gregorio Nacian-ceno:
«No consintamos, hermanos,
en administrar de mala manera lo que, por don divino, se nos ha concedido... No
nos dediquemos a acumular y guardar dinero, mientras otros tienen que luchar en
medio de la pobreza...
«Imitemos aquella suprema
y primordial ley de Dios que hace llover sobre
justos y pecadores, y hace salir igualmente el sol para todos; que pone
la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a disposición de todos sus
habitantes; el aire se lo entrega a las aves y el agua a los que viven en ella,
y a todos da con abundancia los subsidios para su existencia, sin que haya
autoridad de nadie que los detenga, ni ley que los circunscriba, ni fronteras
que los separen; se lo entregó todo en común, con amplitud y abundancia y sin
deficiencia alguna. Así enaltece la uniforme dignidad de la naturaleza con la
igualdad de sus dones y pone de manifiesto las riquezas de su benignidad» (Sermón
14, sobre el amor a los pobres, 23-25).
–El mismo Señor que nos invita a la
conversión de nuestras obras nos promete, a cambio, ser nuestro Pastor. Con el Salmo
85 nos sentimos pobres y desamparados; por eso acudimos a Dios. Él nos
enseña el camino del bien obrar, del que nos ha hablado el profeta Isaías en la
lectura anterior; caminando por él, alcanzaremos la meta final de la Patria
eterna:
«Enséñame, Señor, tu camino, para que
siga tu verdad. Inclina tu oído, Señor, es-cúchame, que soy un pobre
desamparado, protege mi vida, que soy un fiel tuyo, salva a tu siervo, que
confía en Ti. Tú eres mi Dios; piedad de mí, Señor, que Ti te estoy llamando
todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia Ti. Porque
Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.»
–Lucas 5,27-32: No he
venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. En
el evangelio de este día Jesús invita explícitamente a la conversión al
publicano Leví. El Señor nos llama constantemente,
pero de modo especial en estos días de Cuaresma, a la con-versión, a un
progreso mayor en nuestra vida espiritual. Ante Dios todos somos pecadores y
todos necesitamos convertirnos. Comenta San Agustín:
«La voz del Señor llama a
los pecadores para que dejen de serlo, no sea que piensen los hombres que el
Señor amó a los pecadores y opten por estar siempre en pecado, para que Cristo
los ame. Cristo ama a los pecadores, como el médico al enfermo: con vistas a
eliminar la fiebre y a sanarlo. No es su deseo que esté siempre enfermo, para
tener siempre a quien visitar; lo que quiere es sanarlo.
«Por tanto, el Señor no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, para justificar al impío... ¿No te llevará a la plenitud angélica desde la cercana condición humana, quien te transformó en lo contrario de lo que eras? Por tanto, cuando comiences a ser justo, comienzas ya a imitar la vida angélica, ya que cuando eras impío estabas alejado de la vida de ellos. Presenta la fe, te haces justo y te sometes a Dios, tú que blasfemabas, y, aunque estabas vuelto hacia las criaturas, deseas ya al Creador» (Sermón 97 A,1).
Domingo
Entrada: «Me invocará
y le escucharé, lo defenderé; lo saciaré de largos días» (Sal 90,15-16).
Colecta (Gelasiano): «Al celebrar un año más la santa Cuaresma
concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de
Cristo, y vivirlo en su plenitud».
Ofertorio (del misal
anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Te
rogamos, Señor, que nos prepares dignamente para ofrecer este sacrificio con el
que inauguramos la celebración de la Pascua»
Comunión: «No solo de
pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4), o bien «El Señor te cubrirá con sus plumas, bajo
sus alas te refugiarás» (Sal 90,4).
Postcomunión (composición nueva con elementos del Misal de Bobbio, siglo VII y pasajes evangélicos –Mt 4,4; Jn 6,51–):
«Después de recibir el pan del Cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza
y fortalece el amor, te rogamos, Dios nuestro, que nos hagas sentir hambre de
Cristo, pan vivo y verdadero, y nos enseñes a vivir constantemente de toda
palabra que sale de tu boca».
Ciclo A
El mayor obstáculo para vivir una
Cuaresma cristiana es el orgullo del hombre, siempre
dispuesto a desentenderse de Dios y de su voluntad amorosa, para autodi-vinizarse y determinar por
sí mismo la ley del bien y del mal. La liturgia de hoy nos enseña a tomar el
camino recto.
–Génesis 2,7-5–3,1-7: Creación
y pecado de nuestros primeros padres.
Fuimos creados, por amor de Dios, para glorificar al Creador a través de
las cosas creadas. Pero el pecado original, la soberbia de Adán y Eva, trajo la
degradación de la naturaleza humana. Comenta San Agustín:
«Se pasó por alto la
amenaza de Dios y se prestó atención a la promesa del diablo. Pero la amenaza
de Dios resultó ser verdadera y falso el engaño del
diablo. ¿De qué le sirvió –os pregunto– de qué le sirvió a la mujer decir: “la
serpiente me indujo”, y al varón: “la mujer que me diste como compañera me dio
y comí“? ¿Acaso les valió la excusa y evitaron la condena?» (Sermón
224).
–Seguimos pidiendo perdón al Señor con
el Salmo 50, que ya comentamos el miércoles de Ceniza.
–Romanos 5,12-19: Donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Para regenerarnos, el amor de Dios
nos ofreció la redención en Cristo, el nuevo Adán. Todos hemos de convertirnos
a Cristo para nuestra salvación. Comenta San Agustín:
«Ved lo que nos dio a
beber el hombre, ved lo que bebimos de aquel progenitor, que apenas pudimos
digerir. Si esto nos vino por medio del hombre, ¿qué nos llegó a través del
Hijo del Hombre? (Rom 5,12-19)... Por aquél el
pecado, por Cristo la justicia. Por tanto, todos los pecadores pertenecemos al
hombre y todos los justos al Hijo del Hombre (Sermón 255,4). Como dice
el Señor por el profeta Isaías: «Vuestra salvación está en convertiros y en
tener calma; vuestra fuerza está en confiar y en estar tranquilos. Pero el
Señor espera para apiadarse, aguanta para compadecerse; porque el Señor es un
Dios recto: dichosos los que esperan en Él» (Is
30,15.18).
–Mateo 4,1-11: Jesús
ayuna durante cuarenta días y es tentado. Jesús no sólo es el Salvador, en
quien podemos confiar, sino también el modelo que nos enseña a vencer en
nosotros mismos toda tentación degradante. San Agustín dice:
«Nuestra vida en medio de
esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se
realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si
no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si
carece de enemigos y de tentaciones...
« Cristo nos incluyó en Sí
mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que
Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo
tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo
tenía de ti la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la
muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él
para ti los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación y de Él para ti
la victoria. Si hemos sido tentados en Él, también en Él vencemos al diablo.
«¿Te
fijas en que Cristo fue tentado y no te fijas en que venció? Reconócete a ti
mismo tentado en Él, reconócete también vencedor en Él. Podía haber evitado al
diablo; pero, si no hubiese sido tentado no te habría aleccionado para la
victoria, cuando tú fueras tentado» (Comentario sobre los Salmos, salmo
60,2-3).
Ciclo B
Toda la historia de la salvación
evidencia el designio divino de purificarnos de nuestros pecados y entablar con
nosotros una alianza de salvación y de santidad. La penitencia cuaresmal tiene
su origen en el ejemplo personal de Cristo, quien, no obstante su absoluta
santidad personal y para invitarnos personalmente con su ejemplo, consagró
cuarenta días íntegros a la oración, al ayuno y a la ascética penitencial.
Hemos de estar persuadidos de que tenemos necesidad de penitencia, si no
queremos anular en nosotros el fruto del sacrificio redentor del Calvario.
–Génesis 9,8-15: Pacto
de Dios con Noé, liberado de las aguas del diluvio. Tras el castigo purificador
del diluvio, Dios volvió a proclamar su designio de alianza y salvación sobre
la comunidad nuevamente regenerada y misteriosamente seleccionada entre la
humanidad pecadora: «Donde abundó el pecado, sobreabun-dó la gracia» (Rom 5,20).
Esta es la idea que parece enseñarnos la
lectura del diluvio. El pecado lleva siempre a la destrucción; pero Dios
también está siempre dispuesto a recrear al hombre, a renovarlo de modo que
continúe viviendo en la justicia y santidad. Por eso Dios se une a la humanidad
con un pacto, la alianza, empeño que Dios tiene en favor de los hombres.
Dios está cerca, como amigo que cuida
del destino del hombre y desea su plena realización. Donde existió el pecado y
la muerte, ahora brilla el arco iris en el cielo, signo del Sol del Amor
divino, que no cesará jamás de querer bien al hombre. Éste volverá una y otra
vez al pecado, pero Dios se compadecerá siempre, perdonando y robusteciendo con
su gracia el alma del hombre, para que progrese en santidad y en justicia. Para
el pecador arrepentido hay siempre una esperanza de salvación. La celebración
cuaresmal nos lo confirma en esta bella liturgia.
–Lo expresamos con el Salmo 32:
«La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; Él ama la
justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor
están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar
sus vidas de la muerte y redimirlos en el tiempo de hambre. Nosotros aguardamos
al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga
sobre nosotros como lo esperamos de Ti».
–1 Pedro
3,18-22: Aquello fue un símbolo del bautismo que ahora os salva.
Por la muerte redentora de Cristo las aguas bautismales son, en los planes de
Dios, el medio sacramental que nos limpia de nuestros pecados y nos incorpora a
la Iglesia, arca definitiva de salvación.
Podemos resumir la lectura anterior
con esta afirmación: donde la mirada humana no ve más que el desfallecimiento
del hombre, allí la visión cristiana toma el poder y la acción vivificadora de
Dios, y actúa como Cristo, que aceptó la muerte en lugar de los pecadores, para
salvarlos, alcanzando así su propia glorificación. La fe hace comprender que
todos los con-dicionamientos y limitaciones humanas
alcanzan un valor positivo cuando el hombre los acepta por amor a Dios,
transformándolos, con la gracia divina, en gestos constructivos y salvíficos para sí y para los demás, a ejemplo de Cristo.
–Marcos
1,12-15: Era tentado por Satanás y los ángeles le servían. La
conversión evangélica personal y la penitencia reformadora de nuestras vidas
son tan imprescindibles, que sin ellas no puede haber salvación para nosotros.
El aval de nuestra conversión es el Corazón del Hijo Redentor. Comenta San
Agustín:
«En el combate hasta la
muerte está la victoria plena y gloriosa. En efecto, las primeras tentaciones
propuestas a nuestro Señor, el Rey de los mártires, fueron duras; en el pan, la concupiscencia de la carne; en
la promesa de reinos, la ambición mundana, y en la curiosidad de la prueba, la
concupiscencia de los ojos. Todas estas cosas pertenecen al mundo, pero son
cosas dulces, no crueles.
«Mirad ahora al Rey de los
mártires presentándonos ejemplos de cómo hemos de combatir y ayudando
misericordiosamente a los combatientes. ¿Por qué permitió ser tentado, sino
para enseñarnos a resistir al tentador? Si el mundo te promete el placer
carnal, respóndele: “más deleitable es Dios”. Si te promete honores y
dignidades seculares, respóndele: “el Reino de Dios es más excelso que todo”.
Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele: “sólo la
Verdad de Dios no se equivoca”» (Sermón 384,5).
Ciclo C
La oración es el primer paso para la
renovación santificadora de las prácticas cuaresmales. Es también la primera
lección que Cristo nos ofreció en su vida pública. Sus cuarenta días de
oración, en diálogo entrañable con el Padre, fortalecido con el Espíritu Santo,
constituyen el ejemplo a seguir en este santo tiempo de Cuaresma. Si queremos
tomar en serio nuestra vocación y condición cristianas, si queremos salir
victoriosos de la tentación, debemos orar como Cristo hizo en el desierto.
–Deuteronomio 26,4-10: Profesión
de fe del pueblo escogido. Con la ofrenda anual de las primicias, Israel
evocaba el acontecimiento más evidente de toda la historia de la salvación: que
es siempre el amor de Dios el que toma la iniciativa para librarnos de toda
esclavitud. En la ofrenda de las primicias el israelita declara la motivación
de su gesto ofertorial: el recuerdo de las intervenciones de Dios en
favor de sus padres y de todo el pueblo, que culminan con la entrega de la
Tierra Prometida.
Nosotros tenemos muchos motivos, más
aún que los antiguos israelitas, para alabar a Dios y ofrecerle toda nuestra
vida: Él nos creó, pero más aún nos redimió, en prueba de su amor inmenso y
gratuito, que está suscitando siempre nuestra correspondencia de amor, de
adoración, de entrega total. Todo cuanto tenemos es de Él, y nosotros, llenos
de amor, se lo devolvemos, con toda nuestra voluntad, libremente. Igual que el
pueblo de Israel, y con mayor razón, nosotros, que vivimos en la época de la
técnica, del progreso y del bienestar, debemos ofrecer a Dios nuestras cosas,
y, sobre todo, nuestras vidas.
–Con el Salmo 90 tenemos
la seguridad de que Dios nos ayuda y nos pone al amparo de Cristo en la
tentación, según la lectura evangélica de hoy: «Tú
que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di
al Señor: Refugio mío, Dios mío, confío en Ti. No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para
que te guarden en tus caminos. Te
llevarán en su palmas, para que tu pie no tropiece en
la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. Se
puso junto a mí; lo librarás; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará
y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré».
–Romanos 10, 8-13: Profesión
de fe del que cree en Jesucristo. Por la fe en Cristo nos es posible a
todos los hombres la regeneración y la reconciliación con Dios entre nosotros
mismos. San Agustín comenta este pasaje:
«Creamos en Cristo
crucificado, pero resucitado al tercer día. Esta fe, la fe por la cual creemos
que Cristo resucitó de entre los muertos es la que nos distingue de los
paganos... El Apóstol dice: “Pues si crees en tu corazón que Jesús es el Señor
y confiesas con tu boca que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás”
(Rom 10,9). Creed en vuestro corazón... Pero sea
vuestra fe la de los cristianos, no la de los demonios...
«Pregunta a un pagano si
fue crucificado Cristo. Te responderá: “Ciertamente”. Pregúntale si resucitó y
te lo negará. Pregunta a un judío si fue crucificado Cristo y te confesará el
crimen de sus antepasados. Pregúntale, sin embargo, si resucitó de entre los
muertos; lo negará, se reirá y te acusará. Somos diferentes... Si nos
distinguimos en la fe, distingámonos, de igual manera, en las costumbres, en
las obras, inflamándonos la caridad» (Sermón 234,3).
–Lucas 4,1-13: Jesús
fue conducido por el Espíritu en el desierto y tentado por el diablo. El
naturalismo de la vida, las ambiciones del corazón y el orgullo idolátrico son
las tres tentaciones que nos acechan a diario y que Cristo Jesús nos enseñó a
superar con su propio ejemplo redentor.
San Agustín afirma que el diablo se
sirvió de la Escritura para tentar a Cristo y el Señor también le respondió con
la Escritura (cf. Sermón 313 E,4). En todo tiempo, como individuos y como colectividad,
estamos sujetos a la tentación de servirnos del poder, del prestigio, de la
organización, del privilegio, de las riquezas..., para imponernos a los demás y
subyugarlos.
Hemos de estar alerta y superar todas
las dificultades que se nos presentan en nuestro caminar hacia Dios, sobre todo
en este tiempo de Cuaresma, tan apropiado para la revisión de vida, para
cambiar de mentalidad, para el dolor de nuestros pecados .
Lunes
Entrada: «Como están
los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros
ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. Misericordia, Señor,
misericordia» (Sal 122,2-3).
Colecta (del misal
anterior, y antes del Gregoriano y Gelasiano):
«Conviértenos a Ti, Dios salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra,
para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores
frutos».
Comunión: «Os aseguro,
dice el Señor, que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis. Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad
el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,40.34).
Postcomunión: «Concédenos
experimentar, Señor Dios nuestro, al recibir tu Eucaristía, alivio para el alma
y para el cuerpo; y así, restaurada en Cristo la integridad de la persona,
podremos gloriarnos de la plenitud de tu salvación».
–Levítico 19,1-2.11-18: Juzgarás
con justicia a tu prójimo. Dios dio al pueblo elegido un código de santidad
y de justicia: «Seréis santos porque yo, vuestro Dios, soy santo». Muchas
prescripciones del Antiguo Testamento siguen siendo válidas para nosotros, como
las de esta lectura; hemos de cumplirlas con mayor razón que los antiguos,
porque tenemos la perfección y la ayuda sobrenatural contenida en el Nuevo
Testamento.
El concepto de santidad es del todo transcendente, único, distante. No podemos llegar jamás a
la santidad de Dios. Él es absolutamente Otro, Separado, Único. Pero hemos de
acercarnos lo más posible para tratar con Él. Cristo vino a enseñarnos el
camino más seguro para ello, que es el amor. Este amor no es cosa nuestra, sino
que ha sido infundido por Dios mismo en nuestra alma: «El amor de Dios ha sido
derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).
Este amor se manifiesta en nuestras
relaciones con los demás hombres, como se indica en esta misma lectura y es un
signo de la santidad, como aparece en Dios mismo, según el profeta Oseas: «No ejecutaré el ardor de mi cólera, porque yo soy
Dios y no hombre; en medio de ti, Yo el Santo» (11,9). La tendencia a la
santidad ha de ser nuestra tarea principal. Dice Casiano:
«Este debe ser nuestro
principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón; que nuestra alma
esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que se aparte de
esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar
secundario, por el último de todos. Incluso hemos de considerarlo
Y San Agustín:
«Nos hiciste, Señor, para
ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones
1,1).
–El Señor quiere que no sólo estemos
atentos a su ley, sino que la contemplemos y hagamos de ella nuestro alimento
cotidiano, nuestra delicia. Por ese camino alcanzaremos la santidad.
Para esto nos resulta utilísimo
meditar con el Salmo 18: «Tus palabras, Señor, son espíritu y
vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del
Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y
alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La
voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor
son verdaderos y enteramente justos. Que te agraden las palabras de mi boca, y
llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, Roca mía, Redentor mío».
–Mateo 25,31-46: Lo
que hiciste a uno de estos mis hermanos, conmigo lo hiciste. El gran signo
de la verdadera santidad es el amor a Dios y al prójimo. Es tan trascendental
ver al Señor en el prójimo, que nuestro encuentro definitivo con Él versará
sobre la manera en que lo hemos vivido a través del prójimo. Es lo que dice San
Juan de la Cruz: «en el atardecer de nuestra vida seremos examinados sobre el
amor». En nuestro caminar hacia Dios en este mundo, el incumplimiento de este
precepto nos hace caminar en tinieblas y nos imposibilita la participación en
la celebración del Sacramento del Amor. Comenta San Agustín:
«Recordad, hermanos, lo
que ha de decir a los que están a la derecha. No les dirá: “hiciste esta o
aquella obra grande”, sino: “tuve hambre y me disteis de comer”; a los que
están a la izquierda no les dirá: “hicisteis ésta o aquélla obra mala”, sino:
“tuve hambre y no me disteis de comer.” Los primeros, por su limosna irán a la
vida eterna; los segundos por su esterilidad, al fuego eterno, Elegid ahora el
estar a la derecha o a la izquierda» (Sermón 204,10).
En otro lugar dice:
«Nadie tema dar a los
pobres; no piense nadie que quien recibe es aquél cuya mano ve. Quien recibe es
el que te mandó dar. Y no decimos esto porque así nos parece por conjetura
humana; escúchale a Él que te aconseja y te da seguridad en la Escritura. Tuve hambre y me diste de comer... (Sermón
86,3).
Martes
Entrada: Señor, Tú has
sido nuestro refugio de generación en generación. Desde siempre
y por siempre Tú eres Dios
(Sal 89,1-2).
Colecta (del misal
anterior, y antes del Gregoriano): Señor, mira con amor a tu familia, y
a los que moderan su cuerpo con la penitencia, aviva en su espíritu el deseo de
poseerte.
Comunión: Escúchame
cuando te invoco, Dios, defensor mío; Tú, que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración (Sal 4,2).
Postcomunión: Que esta
Eucaristía nos ayude, Señor, a vencer nuestro apego a los bienes de la tierra y
a desear los bienes del Cielo.
–Isaías 55,10-11: Mi
palabra no volverá a Mí vacía, sino que hará mi voluntad. Hemos de recibir
la palabra de Dios con generosidad y colaborar con ella para que dé fruto
abundante de santidad en nosotros y en los demás. Vino, primero por los
profetas, luego por el Bautista y, finalmente, por el mismo Cristo: «Muchas
veces y en muchas ocasiones habló Dios a nuestros Padres por ministerio de los
profetas, últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo»: (Heb 1,1). Así comenta
San Asterio, obispo de Amasea:
«Si pensáis emular a Dios,
puesto que habéis sido creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que
sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad,
imitad la caridad de Cristo...
«Pensad en los tesoros de
su benignidad, pues habiendo de venir como hombre a los hombres, envió previamente
a Juan como heraldo y ejemplo de penitencia y, por delante de Juan, envió a
todos los profetas, para que indujeran a los hombres a convertirse, a volver al
buen camino y a vivir una vida fecunda.
«Luego se presentó Él
mismo y clamaba con su propia voz: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y
agobiados y yo os aliviaré”. ¿Y cómo acogió a los que escucharon su voz? Les
concedió un pronto perdón de sus pecados, y los libró en un instante de sus
ansiedades. La palabra los hizo santos, el Espíritu los confirmó, el hombre
viejo quedó sepultado en el agua, el hombre nuevo floreció por la gracia. ¿Y
qué ocurrió a continuación? El que había sido enemigo se convirtió en amigo, el
extraño resultó ser hijo, el profano vino a ser sagrado y piadoso» (Homilía 13).
En este tiempo cuaresmal hemos de leer
con más frecuencia la Sagrada Escritura y escuchar en los sermones y pláticas
el mensaje de Dios a nuestra alma y ponerlo en práctica. Así la Palabra de Dios
no volverá a Él vacía.
–Con el Salmo 33 invocamos
al Señor en nuestra pobreza y angustia, pues Él es siempre rico y generoso para
los que lo invocan con fe: «Proclamad conmigo la
grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me
respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostros no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo
escucha y lo salva de sus angustias. Los ojos del Señor miran a los justos, sus
oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores para borra
de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de
sus angustias; el Señor está cerca de los abatidos».
–Mateo 6,7-15: Vosotros
rezad así. La oración ocupa un puesto privilegiado en la Cuaresma. Tenemos
necesidad de orar. El Señor nos dio ejemplos de oración y nos enseñó el modo de
hacerlo. Pasaba las noches en oración, nos dice el Evangelio. Oigamos a San
Cipriano:
«Los preceptos
evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas,
fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe,
alimentos del corazón, garantía para la obtención de la salvación: ellos
instruyen en la tierra a las mentes dóciles de los creyentes y los conducen a
los reinos celestiales...
«El Hijo de Dios, entre todos
los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su
pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, Él
mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio
la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y
otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al
dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó.
«...¿pues qué oración más
espiritual puede haber que la que nos
fue dada por Cristo, por quien nos fue enviado también el Espíritu
Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de los
labios del Hijo, que es la Verdad?... Oremos, pues, hermanos queridos, como
Dios, nuestro Maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la
oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo,
que llega a sus oídos» (Tratado sobre el Padrenuestro 1-3).
Miércoles
Entrada: «Recuerda,
Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, pues los que esperan en Ti
no quedan defraudados. Salva, oh Dios, a Israel de
todos tus peligros» (Sal 24,6.3.22).
Colecta (del Misal
anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«Señor, mira complacido a tu pueblo, que desea entregarse a Ti con una vida
santa; y a los que moderan su cuerpo con la penitencia, transfórmales
interiormente mediante el fruto de las buenas obras».
Comunión: «Que se
alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno; protégelos para que se llenen
de gozo» (Sal 5,12).
Postcomunión: «Tú, Señor,
que no cesas de invitarnos a tu mesa, concédenos que este banquete en el que
hemos participado sea para nosotros fuente de vida eterna».
–Jonás 3,1-10: Los habitantes de Nínive
se arrepintieron de su mala conducta. Es una lectura con gran valor
teológico sobre el perdón de los pecados. Gran contraste entre Israel, el
pueblo elegido, que no escucha a los profetas y es castigado, y Nínive, ciudad pagana, que escucha a Jonás y hace
penitencia, obteniendo el per-dón
de sus pecados. Escuchemos a San Clemente Romano:
«Fijemos con atención
nuestra mirada en la sangre de Cristo y reconozcamos cuán preciosa ha sido a
los ojos de Dios, su Padre, pues, derramada por nuestra salvación, alcanzó la
gracia de la penitencia para todo el mundo.
«Recorramos todos los
tiempos y aprendamos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un
tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a Él. Noé predicó la
penitencia y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos,
arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas,
alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser
de no ser del pueblo elegido. De la penitencia hablaron inspirados por
el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios.
«Y el mismo Señor de todas
las cosas habló también, con juramento, de la penitencia: “Por mi vida, oráculo
del Señor, que no quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta“. Y
añade aquella hermosa sentencia: “Cesad de obrar el mal, casa de Israel. Di a
los hijos de mi pueblo: Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque
sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a Mí de todo corazón
y decís: `Padre´; os escucharé como a mi pueblo
santo”.
«Queriendo, pues, el Señor
que todos los que Él ama tengan parte en la penitencia, lo confirmó así con su
omnipotente voluntad» (Carta a los Corintios 7,4–8,3).
–Una vez más utilizamos el Salmo
50 –que ya comentamos el Miércoles de Ceniza–, texto magnífico para expresar
el arrepentimiento de los pecados. Convertíos a Mí de todo corazón en ayunos y
lágrimas y llantos, dice el Señor. Rasgad vuestros corazones y convertíos al
Señor, porque Él es benigno y misericordioso, paciente y bondadoso y siempre
dispuesto a perdonar el mal... Perdona, Señor, perdona a tu pueblo y no des al
oprobio tu heredad (cf. Joel)
Dios quiere la penitencia. Una
penitencia cordial y sincera. Quiere el arrepentimiento, la contrición, pero
también las obras externas de mortificación y de ejercicio de la virtud de
caridad.
–Lucas 11,29-32: A
esta generación no se le dará otro signo que el de Jonás. A lo largo de la
Cuaresma todos somos invitados a la penitencia y a la conversión. Comenta San
Agustín:
«Jonás anunció no la
misericordia, sino la ira, que era inminente... Solamente amenazó con la destrucción y la proclamó; no
obstante, ellos, sin perder la esperanza en la misericordia de Dios, se
convirtieron a la penitencia y Dios los perdonó. Mas,
¿qué hemos de decir? ¿Que el profeta mintió? Si lo entiendes carnalmente,
parece haber dicho algo que fue falso;
pero, si lo entiendes espiritualmente, se cumplió lo que predijo el profeta. Nínive, en efecto, fue derruida.
«Prestad atención a lo que
era Nínive y ved que fue derruida. ¿Qué era Nínive? Comían,
bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; se entregaban al perjurio, a
la mentira, a la embriaguez, a los crímenes, a toda clase de corrupción. Así
era Nínive. Fíjate cómo es ahora: lloran, se duelen,
se contristan en el cilicio y la ceniza, en el ayuno y en la oración. ¿Dónde
está aquella otra Nínive? Ciertamente ha sido
derruida, porque sus acciones ya no son las de antes» (Sermón 361,2).
Jueves
Entrada: «Señor,
escucha mis palabras, atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de súplica.
Rey mío y Dios mío» (Sal 5,2-3)
Colecta (del Misal
anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«Concédenos la gracia, Señor, de pensar y practicar siempre el bien, y, pues
sin Ti no podemos ni existir ni ser buenos, haz que vivamos siempre según tu voluntad».
Comunión: «Quien pide,
recibe; quien busca, encuentra; y al que llama, se le abre» (Mt 7,8).
Postcomunión: «Señor, Dios
nuestro, concédenos que este sacramento, garantía de nuestra salvación, sea
nuestro auxilio en esta vida y nos alcance los bienes de la vida futura».
–Ester 14,3-5,12-14: No
tengo otro defensor que tú. La súplica de Ester, en un momento de gran
peligro, es modelo para la oración cristiana. Comienza confesando la soberanía
única, exclusiva, de Dios sobre todo lo que existe. Luego apela a su
misericordia, según la cual eligió a Israel como heredad suya; finalmente, pide
la protección de Dios en momento tan difícil para ella y para su pueblo.
Comenta San Juan Crisóstomo:
«El mismo bien está en la
plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Él; y
así, como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también
el alma dirigida hacia Dios se ilumina con inefable luz. Una plegaria, por
supuesto, que no sea de rutina, sino hecha con el corazón, que no está limitada
a un tiempo concreto o a unas horas
determinadas, sino que se prolonga día y noche sin interrupción.
«Conviene, en efecto, que
elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la
oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de
los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos
mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios; de modo que todas nuestras obras, como
si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se convierten en un
alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de
la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.
«La oración es luz del
alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace
que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos...
Por la oración el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que
toda la naturaleza visible» (Homilía 6, sobre la oración).
–Con el Salmo
137 expresamos la confianza y seguridad que tenemos en Dios cuando nos
dirigimos a Él en la oración: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón, delante
de los ángeles tañeré para Ti. Me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a
tu nombre. Por tu misericordia y lealtad. Cuando te invoqué me escuchaste,
acreciste el valor de mi alma. Extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo.
El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no
abandones la obra de tus manos».
Sigue diciendo
San Juan Crisóstomo:
«Pues la oración se
presenta ante Dios como venerable intermediario. Alegra nuestro espíritu y
tranquiliza sus afectos... La oración es un deseo de Dios, una inefable
piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina... El
don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza
inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se
enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que
inflama su alma» (ibid.).
–Mateo 7,7-12: Quien pide, recibe. Jesús invita a sus discípulos a practicar la
oración. La eficacia de la oración se funda en la condición paternal del Padre
«que está en los cielos». Seguimos con San Juan Crisóstomo:
«Cuando quieres
reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre,
adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la
justicia; decora tu ser con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y
piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un
edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y
poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que,
por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en
el templo de tu alma» (ibid.).
El
Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, ya que
nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, como dice San Pablo.
Viernes
Entrada: «Señor,
ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones. Mira mis trabajos y
mis penas y perdona todos mis pecados» (Sal 24,17-18).
Colecta (del Veronense y Gelasiano):
«Que tu pueblo, Señor, como preparación a las fiestas de Pascua, se entregue a
las penitencias corporales, y que nuestra austeridad comunitaria sirva para la
renovación espiritual de tus fieles».
Comunión: «No me
complazco en la muerte del pecador –dice el Señor– sino en que se convierta y
viva» (Ez 33,11).
Postcomunión: «Señor, que
esta Eucaristía nos renueve, y, purificándonos de la corrupción del pecado, nos
haga entrar en comunión con el misterio que nos salva».
–Ezequiel 18,21-28: ¿Acaso
quiero yo la muerte del malvado y que no se convierta de su camino y viva? Cada
uno es responsable ante Dios. Por eso se invita una vez más a la conversión y
al cambio de vida, tan apropiado en este tiempo de Cuaresma, pues la eficacia
de la auténtica penitencia es la conversión personal del corazón a Dios.
Pero podemos y debemos orar por la
conversión de los demás. La penitencia debe restablecer de nuevo el orden alterado,
haciendo desaparecer nuestro alejamiento de Dios y nuestro apego desordenado a
las criaturas. El alma debe retornar a Dios por el arrepentimiento: «Convertíos
a Mí de todo corazón».
A la conversión interior deben
acompañar las obras externas de penitencia, la mortificación, que tiene muchos
aspectos: ayuno, abstinencia, abnegación, paciencia... realizadas con gran
discreción, sin hacer alardes de personas austeras.
El cristianismo es la religión de la
interioridad, no de la ostentación y vana apariencia ante los hombres. La
piedad cristiana tiene por único objeto a Dios y a su voluntad. Y el fundamento
de esta piedad es el amor. La conversión ha de mostrarse en las buenas obras:
ser más caritativos, más serviciales, más cariñosos, más amables, más desprendidos,
más bondadosos. Dice San Clemente Romano:
«Seamos humildes,
deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la
ira... Como quiera, pues, que hemos participado de tantos y tan grandes y tan
ilustres hechos, emprendamos otra vez la meta de la paz que nos fue anunciada
desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo,
acogiéndonos a los magníficos y superabundantes dones y beneficios de su paz» (Carta
a los Corintios 19,2).
–Dios no quiere la muerte del pecador,
sino que se convierta y que viva. La conversión es siempre posible y Dios actúa
para que se realice. Por muy abrumados que nos veamos por nuestras
culpa, nunca hemos de desesperar de la misericordia del Señor. Con el Salmo
129 expresamos esa confianza: «Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor,
escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas
cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el
perdón y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su
palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora; porque del
Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y Él redimirá a Israel de
todos sus delitos».
Reconozcámonos y sintámonos
íntimamente unidos e identificados con nuestros hermanos y hermanas en Cristo,
y pidamos todos por cada uno y cada uno por todos.
–Mateo 5,20-26: Vete
primero a reconciliarte con tu hermano. El arrepentimiento del cristiano se
demuestra ante todo en el deseo de practicar la justicia. La Cuaresma es el
tiempo más edecuado para el perdón de las injurias y
para la reconciliación. No es posible tener odio al hermano y participar en la
Eucaristía, sacramento del Amor.
Esta doctrina pasó desde el Evangelio
a la literatura cristiana. Ya aparece en el libro más antiguo del cristianismo,
no bíblico, la Didajé, de fines del siglo
primero. Y así se ha seguido enseñando en la Iglesia hasta nuestros días. San
León Magno lo expone con frecuencia en sus sermones de Cuaresma. En el dice:
«Vosotros, amadísimos, que os disponéis para
celebrar la Pascua del Señor, ejercitaos en los santos ayunos, de modo que
lleguéis a la más santa de todas las fiestas libres de toda turbación. Expulse
el amor de la humildad el espíritu de la soberbia, fuente de todo pecado, y
mitigue la mansedumbre a los que infla el orgullo. Los que con sus ofensas han
exasperado los ánimos, reconciliados entre sí, busquen entrar en la unidad de
la concordia. No volvais mal por mal, sino perdonaos
mutuamente, como Cristo nos ha perdonado (Rom 12,17).
Suprimid las enemistades humanas con la paz...
«Nosotros, que diariamente
tenemos necesidad de los remedios de la indulgencia, perdonemos sin dificultad
las faltas de los otros. Si decimos al Señor, nuestro Padre: “perdónanos
nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12), es absolutamente cierto que, al conceder el
perdón a las ofensas de los otros, nos disponemos nosotros mismos para alcanzar
la clemencia divina» (Sermón 6,3 de Cuaresma).
Sábado
Entrada: «La Ley del Señór es perfecta y es descanso del alma; el precepto del
Señor es fiel e instruye al ignorante» (Sal 18,8).
Colecta (Veronense): «Dios, Padre eterno, vuelve hacia Ti
nuestros corazones, para que, consagrados a tu servicio, no busquemos sino a
Ti, lo único necesario, y nos entreguemos a la práctica de las obras de
misericordia».
Comunión: «Sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt
5,48).
Postcomunión: «Asiste,
Señor, con tu ayuda continua, a los que alimentas con la Eucaristía; y a
cuantos has iluminado con el don de tu palabra, acompáñales siempre con el
consuelo de tu gracia».
–Deuteronomio 26,16-19: Serás
un pueblo consagrado al Señor tu Dios. Para esto es necesario cumplir en
todo momento la ley del Señor, su voluntad. Dios exigió a su pueblo elegido,
por la alianza, la fidelidad, la adhesión total cuyo signo es la obediencia a
sus mandatos. La recompensa a esa fidelidad era precisamente ser el pueblo
santo del Señor.
La alianza es una realidad siempre
actual. No se trata de vivir dentro de la economía antigua; pero el pasado nos
sirve para definir mejor el presente, puesto que las maravillas pasadas no
cesan de renovarse en la actualidad.
En cada uno de los fieles vuelve a
activarse el drama del desierto, con sus beneficios y sus murmuraciones, sus
bendiciones y sus alternativas; a cada uno le corresponde, por tanto escoger
entre amar a Dios y obedecerle o
desobedecerle y olvidarle. La recompensa prometida por Dios a quienes le
sirven y le obedecen es la vida feliz y la gloria. Así pues, la ley no es tanto
una serie de preceptos cuanto una actitud religiosa: «Yo seré para ti tu Dios y
tú serás para Mí mi pueblo».
El cristiano no puede dar razón de su fe sino
poniendo de manifiesto en su comportamiento presente la referencia a un
acontecimiento original, que es la gratuidad de la elección de Dios en
Jesucristo, lugar de la nueva alianza y cumplimiento de la promesa. San Ireneo dice:
«Quienes se hallan en la
luz no son los que iluminan a la luz, sino que es ésta la que los ilumina a
ellos; ellos no dan nada a la luz sino que reciben su beneficio, pues se ven
iluminados por ella. Así sucede con el servir a Dios, que a Dios no le da nada, ya que Dios no tiene necesidad de
los servicios humanos; Él, en cambio, otorga la vida, la incorrupción, la
gloria eterna a los que le siguen y le sirven» (Contra las herejías
4,14,1).
–Dios nos pide que guardemos sus
preceptos, que sigamos sus caminos, pues ello redunda en bien nuestro. Así nos
lo confirma el Salmo 118: «Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo
busca de todo corazón. Tú promulgas tus decretos, para que se observen
exactamente; ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas. Te alabaré con sincero corazón, cuando aprenda tus
justos mandamientos; quiero guardar tus leyes exactamente, Tú no me abandones».
San Ireneo
continúa diciendo:
«Ni nos mandó que lo
siguiéramos porque necesitase de nuestro servicio, sino para salvarnos a
nosotros mismos. Porque seguir al Salvador equivale a participar de la salvación y seguir a la
luz es lo mismo que quedar iluminado... Por eso Él requiere de los hombres que
lo sirvan, para beneficiar a los que perseveran en su servicio, ya que Dios es
bueno y misericordioso. Pues en la misma medida en que Dios no carece de nada,
el hombre se halla indigente de la comunión con Dios.» (Ibid.)
–Mateo 5,43-48: Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. La ley suprema de Dios,
que ya vimos se encuentra en el Antiguo Testamento: «sed santos como santo soy
yo» se confirma aún más en el Nuevo Testamento, con Jesucristo, que nos dice
que imitemos a nuestro Padre celestial, que es perfecto. La perfección de la
caridad se manifiesta ante todo en el amor a los enemigos. Comenta San Agustín:
«Comprende las circunstancias y sé prudente. ¿Cuántos blasfeman contra tu Dios? Oyéndolo tú, ¿no lo oye Él? Lo sabes tú, y ¿lo ignora Él? Y con todo hace salir el sol sobre los buenos y los malos, y hace llover sobre los justos e injustos (Mt 5,45). Muestra su paciencia, difiriendo el ejercicio de su poder. Reconoce tú también las circunstancias y no dejes que los ojos se enciendan enojados... Tienes algo que hacer. Evita los altercados y dedícate a la oración. No devuelvas insulto por insulto, antes bien ora por quien te insulta. Ya que le quieres, habla a Dios por él... Abre tú los ojos a la luz; tú, envuelto en tinieblas, reconoce al hermano que está fuera de ellas... Ante el Padre tenemos una sola voz: “Padre nuestro que estás en los cielos...” ¿Por qué no tener también una misma paz?» (Sermón 357,4).
Domingo
Entrada: «Oigo en mi
corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu
rostro» (Sal 26,8-9). «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son
eternas, pues los que esperan en Ti no quedan defraudados, mientras el fracaso
malogra a los traidores. Salva, oh Dios, a Israel, de
todos sus peligros» (Sal 24,6.3.22).
Colecta (nueva
composición, inspirada en la antigua liturgia hispánica o mozá-rabe): «Señor, Padre santo, tú que nos has mandado
escuchar a tu Hijo, el Predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra;
así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro».
Ofertorio: «Te pedimos,
Señor, que esta oblación borre todos nuestros pecados, santifique los cuerpos y
las almas de tus siervos y nos prepare a celebrar dignamente las fiestas pascuales»
Comunión: «Éste es mi
Hijo, el Amado, mi Predilecto. Escuchadle» (Mt 17,5).
Postcomunión (del Gelasiano): «Te damos gracias, Señor, porque al
darnos en este sacramento el Cuerpo glorioso de tu Hijo, nos haces partícipes
ya en este mundo, de los bienes eternos de tu reino».
Ciclo A
Con su Transfiguración en el Tabor,
quiso Cristo adelantarnos lo que después nos evidenciaría con su gloriosa
Resurrección, una vez consumado el misterio redentor del Calvario.
–Génesis 12,1-4: Vocación
de Abrahán, padre del pueblo de Dios». La fe hace posible la salvación de
los hombres. Pero la fe no es simple filosofía religiosa, sino fidelidad personal
al designio de Dios, que nos traza el camino de salvación, como lo hizo con
Abrahán, padre y modelo de los creyentes. Comenta San Agustín:
«Se ha realizado en Cristo
la promesa que hizo a Abrahán cuando le dijo: “En tu descendencia serán
benditas todas las gentes ” (Gén
12,3). De poner los ojos en sí mismo, ¿Cómo lo hubiera creído? Era un hombre
solo y viejo, y su mujer estéril y de edad avanzada... No existía base alguna
en absoluto donde apoyar la esperanza; mirando, empero, a quien le hacía la
promesa, lo creía, aun sin ver el camino. He ahí cumplido ante nosotros lo que
fue objeto de su fe; creemos, en consecuencia, lo que no vemos, por lo que
viendo estamos» (Sermón 130,3).
–Con el Salmo 32
decimos: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos en
Ti. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la
justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra».
–2 Timoteo 1,8-10: Dios
nos llama e ilumina. No por nuestros méritos, sino por la obra de Jesucristo,
Dios mismo realiza la salvación del verdadero creyente. La iniciativa es
siempre de Dios; sólo es nuestra la respuesta responsable, coherente y llena de
amor. El testimonio del que trata el Apóstol no es tanto doctrinal cuanto
vital.
La presencia escondida de Cristo se hace
visible y transparente no por sabias disquisiciones teológicas, sino por
auténticos comportamientos prácticos. Cristo se hace presente en la comunidad
cuando existen hombres que piensan y, sobre todo, que actúan como Él.
Cristiano es no el que habla como
Cristo, sino el que vive como Él. La gratuidad del don salvífico
no atenúa la colaboración del hombre. El designio de Dios avanza en el mundo
con la actuación de las causas segundas. Dios obra por el hombre que se somete
a su plan de salvación en Cristo.
De ahí nuestra gran responsabilidad en
la obra de la redención, no únicamente de nosotros, sino de todo el mundo. Es
el gran misterio de que hablaba Pío XII en la encíclica Mystici
Corporis: Dios
quiere realizar la salvación de los hombres por medio de otros hombres ¡Una
dignidad grande y una grande responsabilidad!
–Mateo 17,1-7: Su
rostro resplandeció como el sol. Aunque
la necesidad de la cruz puede escandalizarnos, la filiación divina de
Cristo Jesús es suficiente garantía que nos alienta a vivir en serio el
misterio del Calvario para nuestra salvación. Comenta San León Magno:
«Para que adquiriesen los
apóstoles una inquebrantable fortaleza y no temblasen ante la aspereza de la
cruz, para que no se avergonzasen de la pasión de Cristo, ni tuviesen por
denigrante el padecer lo mismo, ya que podrían con los suplicios de la tortura
ganar la gloria del reino, tomó a Pedro, a Santiago y al hermano de éste, Juan,
y, subiendo con ellos a un monte elevado, les manifestó el esplendor de su
gloria.
«Aunque admitían en Él la
majestad divina, con todo desconocían el poder oculto de su cuerpo. Por eso les
había prometido anteriormente que no gustarían la muerte algunos de sus
discípulos antes de ver al Hijo del Hombre venir en su realeza, es decir, en la
majestuosa claridad que pensaba manifestar como perteneciente a la naturaleza
humana que había asumido.
«Porque aquella otra
visión inefable e inaccesible de su dignidad, que se reserva en la vida eterna
para los limpios de corazón, de ninguna manera podían verla. Si no queremos
vivir como si hubiéramos renunciado a nuestra identidad cristiana es preciso
que toda nuestra vida esté alentada por la gloria de Cristo» (Sermón 51,2).
Ciclo B
El acontecimiento de la
Transfiguración del Señor es más necesario para nosotros que para Él mismo. Su
finalidad fue proclamar ante sus apóstoles privilegiados la condición divina de
Jesús, compatible con el anuncio de la Pasión que les acababa de hacer.
Para nosotros, nos recuerda que nuestra
vocación cristiana es, ante todo, vocación de santidad, esto es, vocación de
ser transfigurados en Cristo, por el único camino que es posible alcanzar esa
transformación de nuestra vida: el camino de la cruz, de la abnegación,
renuncia a uno mismo y colaborar con la gracia divina en una verdadera
renovación sobrenatural de cada instante.
–Génesis 22,1-2.9-10.13.15-18:
Dios manda a Abrahán que sacrifique a su hijo Isaac. Abraham es en la
historia de la salvación el modelo exacto del creyente, que vive fiándose de la
palabra de Dios, obedeciéndole también en los momentos de prueba, como cuando
le pide el sacrificio de su hijo Isaac. Comenta San Agustín:
«Justo es, hermanos, que
confiemos en Dios, aun antes de que pague nada, porque en realidad ni puede
mentir, ni puede engañar, fiaron en Él nuestros padres. Así lo hizo Abrahán. He
ahí una fe digna de ser alabada y pregonada. Nada había recibido aún de Dios y
creyó cuando le hizo la promesa; nosotros, en cambio, a pesar de haber recibido
tanto, aún no confiamos en Él...
«Abrahán confió
inmediatamente en Dios, y la tierra no se le dio a él personalmente, sino que
la reservó para su posteridad... Nuestro Señor Jesucristo se convirtió en
posteridad de Abrahán. Lo que encontramos
prometido a Abrahán, lo vemos cumplido en nosotros» (Sermón 113,A,10).
–Con el Salmo
115 aclamamos: «Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.
Tenía fe, aun cuando dije: “Qué desgraciado soy”. Mucho le cuesta al Señor la
muerte de sus fieles. Señor, soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu
nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo; en
el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén». Caminemos siempre en
presencia del Señor con una fe viva y por el verdadero Camino, que es Cristo,
Señor nuestro.
–Romanos 8,31-34: Dios
no perdonó a su propio Hijo. En Cristo Jesús, el Hijo Unigénito del Padre,
sacrificado por nuestra salvación, tenemos la absoluta evidencia del amor que
el Padre nos tiene (Jn 3,16). El Corazón de
Jesucristo es la revelación de ese inmenso amor. Comentando este pasaje
paulino, San Agustín dice:
«Si Dios no perdonó a su
propio Hijo... ¿cómo no iba a darnos todo con Él? Cristo sufrió la Pasión:
muramos al pecado. Cristo resucitó: vivamos para Dios. Cristo pasó de este
mundo al Padre: no se apague aquí nuestro corazón, antes bien, sígale al cielo.
Nuestra Cabeza pendió del madero: crucifiquemos la concupiscencia de la carne.
Yació en el sepulcro: sepultados con Él, olvidemos el pecado. Está sentado en
el cielo: transfiramos nuestros deseos a las cosas sublimes. Ha de venir como
Juez: no llevemos el mismo yugo que los infieles... Pondrá a los malos a la
izquierda y a los buenos a su derecha: elijamos nuestro lugar con las obras. Su
Reino no tendrá fin: no temamos en absoluto el fin de esta vida» (Sermón 229
D,1)
–Marcos
9,1-9: Este es mi Hijo amado. Aceptemos la oferta que nos hace
el Padre. Escuchémoslo y sigamos sus enseñanzas. Así es como seremos verdaderos cristianos. Comenta San León Magno:
«Este es mi Hijo. No nos
separe la divinidad, ni nos divida el poder, ni nos diferencie la eternidad.
Este es mi Hijo, no adoptivo, sino propio; no creado por otro, sino engendrado
por Mí mismo; ni pertenece a otra naturaleza semejante a la mía, sino que,
nacido de mi sustancia, es igual a Mí mismo. Este es mi Hijo, por quien fueron hechas todas las
cosas y sin Él nada se hizo (Jn 1,3)...
«Escuchad sin vacilación
alguna a Aquél en quien yo me complazco, pues es la Verdad y la Vida (Jn 14,16), mi Poder y mi Sabiduría (1 Cor
1,24). Escuchad al que ha anunciado los misterios de la ley y ha cantado la voz
de los profetas. Escuchadle, que ha redimido al mundo con su sangre, ha atado
al diablo y le ha arrebatado sus armas (Mt 12,29),
que ha roto la cédula de condena (Col 2,14) y el pacto de la prevaricación.
Escuchadle, que abre el camino del cielo y, por el suplicio de la cruz, os
prepara la escala para subir al Reino» (Sermón 51)
Ciclo C
Los textos bíblicos y litúrgicos de
esta celebración nos presentan al Hijo muy amado del Padre, garantía segura de
nuestra fe y de nuestra salvación. Por su Transfiguración nos preanuncia lo que
sería después de su Resurrección y Ascensión a los cielos. Sólo Él tiene poder
para renovar nuestro interior por la gracia san-tificante,
como verdaderos hijos de Dios. Por el camino de la Cruz llegaremos al reino de
la Luz.
–Génesis 15,5-12.17-18:
Alianza de Dios con Abrahán, que en la historia de la salvación es un
modelo ejemplarísimo para los creyentes. Por su fe,
se fió incondicionalmente de Dios y comprometió toda su vida. Comenta San
Agustín:
«Si uno puede degenerar
por las costumbres, de idéntica manera puede uno hacerse hijo por ellas. Así, a
nosotros, hermanos, se nos llamó hijos de Abrahán, sin haberlo conocido
personalmente y sin tener de él la descendencia carnal. ¿Cómo, pues, somos
hijos de Abrahán? No en la carne, sino en la fe. “Creyó Abrahán a Dios y le fue
reputado como justicia” (Gén 15,16).
«Si, pues, Abrahán fue
justo por creer, todos los que después de él imitaron la fe de Abrahán se
hicieron hijos de él. Los judíos, nacidos de él según la carne, no siguieron su
fe y se degeneraron; imitándolo nosotros, aunque nacidos de gente extranjera,
conseguimos lo que ellos perdieron por
su degeneración» (Sermón 305,A,3).
–Con el Salmo 26
proclamamos: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es
la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Escúchame, Señor, que te llamo,
ten piedad, respóndeme. Digo en mi corazón: “Busca su Rostro”. Tu Rostro
buscaré, Señor, no me escondas tu Rostro; no rechaces con ira a tu siervo, que
Tú eres mi auxilio. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor». Comenta San
Agustín:
«Él me ilumina; apártense
las tinieblas. Él me salva, desaparezca la flaqueza. Caminando seguro en la
Luz, ¿a quién temeré? No otorga Dios una salvación que pueda ser quebrantada
por algo; ni una Luz que pueda ser oscurecida por alguien. El Señor salva, nosotros somos salvados.
Luego, si Él ilumina y nosotros somos iluminados, si Él salva y nosotros somos
salvados, sin Él somos tinieblas y flaqueza» (Sermón 243,6).
–Filipenses 3,17-4,1: Cristo
nos transformará según el modelo de su Cuerpo glorioso. También nosotros
hemos sido elegidos por Dios. La Cruz de Cristo es el signo eficaz que el Padre
nos ha ofrecido para transformarnos en hijos suyos, según el modelo del Corazón
del Hijo muy amado. Dice el Apóstol que somos conciudadanos del cielo. ¿Cómo es
posible esto viviendo en la tierra? San Agustín lo explica:
«¿Por
qué no vamos a esforzarnos sobre la tierra, de modo que, gracias a la fe, la
esperanza y la caridad con las que nos unimos con Cristo descansemos ya con Él
en el cielo? Mientras Él está allí, sigue estando con nosotros; y nosotros,
mientras estamos aquí, podemos estar ya con Él allí. Él está con nosotros por
su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podamos llevarlo a cabo como Él por su
divinidad, sí que podemos por su amor hacia Él...
«Bajó, pues, del cielo por
su misericordia, pero ya no subió el solo, puesto que nosotros subimos también
en Él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió Él solo, pero ya no subió Él
solo; no es que queramos confundir la
dignidad de la Cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de
todo el Cuerpo pide que éste no sea separado de su Cabeza» (Sermón 98,1-2).
–Lucas 9,28-36: Mientras
oraba, el aspecto de su rostro cambió. La Transfiguración adelantó
momentáneamente el misterio de la Resurrección pascual. Nos garantiza el poder
del Hijo muy amado para renovar nuestra vida y reconciliarnos con el Padre.
Comenta San León Magno:
«De tal modo manifiesta el
Señor su gloria ante los testigos elegidos y con tal resplandor hace brillar su
forma corporal, común a los demás
mortales, que semeja su rostro el fulgor del sol e iguala el vestido la
blancura de la nieve. Fundamenta también la esperanza de la Santa Iglesia, que
reconoce en la Transfiguración del Cuerpo místico de Cristo la transformación
con que va a ser agraciada, ya que puede prometerse a cada miembro la
participación en la gloria que con anterioridad resplandece en la Cabeza» (Sermón
51, sobre la Transfiguración, 3).
Es necesario que llenemos toda nuestra
vida del ansia permanente de la perfección, pues hemos sido llamados a la
santidad y a esto nos lleva nuestra identidad de creyentes en Cristo. Hemos de
sacrificar toda frivolidad, pereza, mediocridad... para asemejarnos a la imagen
de Cristo, resplandeciente de verdad y santidad.
Lunes
Entrada: «Sálvame,
Señor, ten misericordia de mí. Mi pie se mantiene en el camino llano. En la
asamblea bendeciré al Señor» (Sal 25,11-12).
Colecta (del Gelasiano y Gregoriano): «Señor, Padre santo, que,
para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro cuerpo mediante la
austeridad; ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado, y a entregarnos al
cumplimiento filial de tu santa Ley».
Comunión: «Sed
compasivos como vuestro Padre es compasivo, dice el Señor» (Lc
6,36).
Postcomunión: «Señor, que
esta comunión nos limpie de pecado, y nos haga partícipes de las alegrías del
cielo».
–Daniel
9,4-10: Nosotros hemos pecado, nos hemos apartado de tus
mandamientos. En la plegaria de Daniel se reconoce la malicia del pecado
con gran sinceridad. Reflexionemos sobre nuestros pecados, en este tiempo de
penitencia cuaresmal. De una parte, el amor y la misericordia de Dios; de otra,
nuestras caídas e infidelidades. ¿No debiera Él abandonarnos? ¿No lo hemos
merecido? ¿Y no parece a veces que Dios deja también abandonada, en su alocado
camino, a nuestra generación infiel? Bien merecido lo tenemos.
¿Quién puede
salvarnos? Solamente la penitencia, el recogimiento, la conversión. Todos los
profetas reclaman, en nombre de Dios, la conversión: «Convertíos a Mí de todo
corazón con ayunos, llanto y lágrimas de penitencia... arrepentíos y convertíos
de los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu
nuevo; y así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie... arrepentíos
y viviréis» (Ez 18,30-32).
«Convertíos a
Mí... y yo me convertiré a vosotros... No seáis como vuestros padres, a quienes
predicaban los antiguos profetas. Así dice el Señor: Convertíos de vuestra mala
conducta y de vuestras malas obras» (Za 1,3-4). «Buscad al Señor, mientras se le encuentra,
invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal
sus placeres; que regrese al Señor y Él tendrá piedad. Nuestro Dios es rico en
perdón» (Is 55,6-7).
–El Salmo
78 nos enseña a reconocer sinceramente nuestros pecados y nos abre a la
misericordia de Dios:
«Señor, no nos trates como merecen
nuestros pecados. No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Socórrenos, Dios
Salvador nuestro, por el honor de tu
nombre. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo, con tu brazo poderoso
salva a los condenados a muerte. Mientras nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu
rebaño, te daremos gracias siempre, cantaremos tus alabanzas de generación en
generación».
¿Quién puede salvarnos? La conversión
a la ley y a los mandamientos del señor. La ley del Señor es intachable. Ella
encamina y reconforta a las almas.
–Lucas
6,36-38: Perdonad y seréis perdonados. Esta es la actitud del
verdadero discípulo de Cristo. La grandeza del hombre, la realización auténtica
de su ser, consiste en ser imagen de Dios, acercándose a su modelo, Cristo. La
misericordia de Dios es necesaria para juzgar como Él, superando todas las
medidas humanas. Comenta San Agustín:
«Ved, hermanos, que la
cosa está clara y que la amonestación es útil... Todo hombre, al mismo tiempo
que es deudor ante Dios, tiene a su hermano por deudor... Por esto el Dios
justo estableció que, así como te comportes con tu deudor, se comportará Él
contigo... Respecto al perdón, tú no solo quieres que se te perdone tu pecado,
sino que también tienes a quién perdonar... Por tanto, si queremos que se nos
perdone a nosotros, hemos de estar dispuestos a perdonar todas las culpas que
se cometan contra nosotros...» (Sermón 83,2-4).
Resida en el alma amansada y humilde
la misericordiosa disponibilidad para el perdón. Solicite perdón quien ofendió;
concédalo quien lo recibió. Así observaremos el precepto del Señor.
Martes
Entrada: «Da luz a mis
ojos, para que no duerma en la muerte; para que no diga mi enemigo: “Le he
podido”» (Sal 12,4-5).
Colecta (del misal
anterior, y antes, del Gelasiano): «Señor,
vela con amor continuo sobre tu Iglesia; y, pues sin tu ayuda no puede
sostenerse lo que se cimienta en la debilidad humana, protege a tu Iglesia en
el peligro y mantenla en el camino de la salvación».
Comunión: «Proclamo
todas tus maravillas, me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo» (Sal 9,2-3).
Postcomunión: «Te rogamos,
Señor, que esta Eucaristía nos ayude a vivir más santamente, y nos obtenga tu
ayuda constantemente».
–Isaías 1,10.16-20: Aprended
a obrar bien, buscad la justicia. La mejor penitencia es apartarse del
pecado y obrar el bien. Comenta San Agustín:
«Mostrad que sois un
cuerpo digno de la Cabeza... Tal Cabeza
no puede sino tener un cuerpo adecuado a ella» (Sermón 341,13).
Lactancio dice que la
caridad cristiana es la verdadera justicia:
«Da preferentemente a éste
de quien nada esperas. ¿Por qué eliges las personas? ¿Por qué examinas los
miembros? Has de estimar como hombre a todo el que por esto te pide, porque te
considera hombre. Expulsa aquellas sombras y apariencias de justicia y adopta
la verdadera y tangible. Da copiosamente a los ciegos, enfermos, cojos, desvalidos , a quienes a no ser que se les socorra
fallecerán. Son inútiles a los hombres, pero útiles a Dios, quien conserva su
vida, quien les da el espíritu, quien los juzga dignos de la luz. Protégelos en
cuanto esté de tu mano y sustenta con humanidad la vida de los hombres para que
no mueran.
«Quien puede socorrer a
los que están a punto de perecer, si no lo hace los mata. Uno, pues, es el
oficio cierto y verdadero de la liberalidad y de la justicia: alimentar a los
indigentes y a los impedidos» (Inst. Divinas 6,11).
Así lo afirma también San Ambrosio:
«La misericordia es parte
de la justicia, de modo que si quieres dar a los pobres esta misericordia es
justicia, según aquello: “Distribuyó, dio a los pobres, su justicia permanece
eternamente”(Sal 111,9). Además, porque es injusto que
el que es completamente igual a ti no sea ayudado por su semejante» (Sermón
8 sobre el Salmo 118,22).
–La justicia, la misericordia y las
obras de caridad han de salir del interior del corazón. «No todo el que dice: ”Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mt 7,21). Lo que ha de cambiar en la penitencia es el
corazón, pues es de allí de donde proceden nuestros actos. Con el Salmo
49 proclamamos esta verdad:
«Al que sigue buen camino le haré ver
la salvación de Dios. No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holo-caustos ante Mí. Pero no
aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños. ¿Por qué recitas
mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mis mandatos?
Eso haces ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré
en cara. El que ofrece acción de gracias ése me honra; al que sigue buen
camino, le haré ver la salvación de Dios»
–Mateo 23,1-12: Ellos
no hacen lo que dicen. Debemos dar buen ejemplo no solo con las palabras,
sino principalmente con las obras. Lo contrario es el fariseísmo, la hipocresía
de los escribas y los jefes de la Sinagoga, que Cristo condena en esta lectura
evangélica.
Esta actitud consiste esencialmente en
utilizar las prerrogativas propias de la condición de representante de Dios,
para, con pretexto de tributarle culto, procurar el propio interés y honra,
engañando a los fieles. Las mismas prácticas y gestos religiosos quedan
despojadas de su auténtico sentido, ante el deseo desordenado de hacerse notar.
Además, el hipócrita pone su ciencia teológica al servicio de su egoísmo,
aprovechando su erudición para escoger, entre la casuística de los preceptos,
aquellos que le a él le reportan beneficio y cargando a otros con mandamientos
de los que ellos mismos se consideran dispensados.
Es un mal gravísimo. Pero es también
una tentación para todos, si no fundamentamos nuestras obras en la humildad de
corazón y de un amor sincero a Dios y al prójimo. En todo momento hemos de dar
a Dios un culto adecuado, el que exige su propio ser y sus obras de amor.
Miércoles
Entrada: «No me
abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor
mío, mi salvación» (Sal 37,22-23).
Colecta (del Gelasiano): «Señor, guarda a tu familia en el camino
del bien, que tú le señalaste; y haz que, protegida por tu mano en sus
necesidades temporales, tienda con mayor libertad hacia los bienes eternos».
Comunión: «El Hijo del
Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate de
muchos» (Mt 20,28).
Postcomunión: «Te pedimos,
Señor Dios nuestro, que esta Eucaristía, prenda de inmortalidad, sea para
nosotros causa de salvación eterna».
–Jeremías
18,18-20: ¡Venid y le heriremos! Jeremías se lamenta de las maquinaciones
de sus enemigos que traman aniquilarlo. Es una figura de Cristo en su pasión y
en su muerte. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se reúnen en gran
consejo y determinan: «hay que hacer desaparecer a Jesús, el Nazareno»; se
apoderan de Jesús en el huerto; le ultrajan e insultan mientras Él se desangra
en la cruz y ruega al Padre por ellos: «Perdónalos. No saben lo que hacen».
¡Sus enemigos!
Pero, ¿no nos situamos también nosotros muchas veces entre las filas de sus
perseguidores y enemigos? ¿No es cada pecado un desprecio de Jesús, de sus
preceptos, de su doctrina, de sus bienes y promesas? ¡Con cuánta frecuencia en
la vida del cristiano se oponen a Cristo y a sus mandatos las pasiones, los
planes y miras humanas! Pidamos al Señor que nos ilumine, para que a la luz de
su pasión reconozcamos la malicia y la odiosidad de nuestros pecados e
infidelidades. San Agustín dice:
«La
pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una
enseñanza de paciencia. Pues, ¿qué dejará de esperar de la gloria de Dios el
corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el
Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que
quiso incluso morir por mano de los hombres, que Él mismo había creado? Grande es lo que el Señor nos promete para el
futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ha
hecho por nosotros» (Sermón 3).
–Con el Salmo
30 pedimos al Señor una liberación de las fuerzas del Mal, que tiende
sus redes para perjudicarnos: «Sálvame, Señor, por tu misericordia de la red
que me han tendido, porque Tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi
espíritu: Tú, el Dios leal, me librarás. Oigo el cuchicheo de la gente y todo
me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida. Pero, yo confío
en Ti, Señor, te digo: “Tú eres mi Dios. En tus ma-nos
están mis azares; líbrame de los enemigos que me persiguen”».
–Mateo
20 17-28: Le condenarán a muerte. Por tercera vez en el
Evangelio, Jesucristo anuncia su pasión, que ya se perfila en el horizonte. A
la petición de la madre de los hijos del Zebedeo,
Cristo res-ponde con un mensaje claro: Él no ha
venido a ser servido, sino a servir; sus discípulos han de seguir sus huellas.
Él es el auténtico Siervo de Yahvé. Comenta San Agustín:
«Cosa grande es el
conocimiento de Cristo crucificado. ¡Cuántas cosas encierra en su interior ese
tesoro! ¡Cristo crucificado! Tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la
ciencia. No os engañéis, pues, bajo el pretexto de la sabiduría. Juntaos ante
la envoltura y orad para que se os desenvuelva.
«¡Necio
filósofo de este mundo! Eso que buscas es nada... ¿De qué aprovecha que tengas
sed, si desprecias la fuente?... ¿Y cuál es su precepto sino que creamos en Él
y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? En Cristo crucificado. Este es su
mandato: que creamos en Cristo crucificado... Pero donde está la humildad, está
también la majestad; donde la debilidad, allí el poder; donde la muerte, allí
también la vida. Si quieres llegar a la segunda parte, no desprecies la
primera» (Sermón 160,3-4).
Jueves
Entrada: «Señor,
sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos. Mira si
mi camino se desvía, guíame por el camino recto» (Sal 138,23-24).
Colecta (del misal
anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae
hacia Ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu espíritu, para que
permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar».
Comunión: «Dichoso el
que con vida intachable camina en la voluntad del Señor» (Sal 118,1).
Postcomunión: «Te pedimos,
Señor, que el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros, y se
manifieste siempre en nuestras obras»
–Jeremías 17,5-10: Maldito
quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor. La oposición
entre las dos actitudes que son fuente de desgracia o de felicidad, nos dispone
a contemplar las dos figuras de la parábola evangélica: el rico Epulón y el
pobre Lázaro. Comenta San Agustín:
«El hombre se perdió por
primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amado a sí mismo
y hubiese antepuesto a Dios a sí mismo, hubiera estado siempre sometido a Dios;
no se hubiera inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de Dios.
«Amarse a uno mismo no es
otra cosa que querer hacer la propia voluntad. Antepón la voluntad de Dios;
aprende a amarte, no amándote. Pues, para que sepáis que es un vicio amarse,
dice así el Apóstol: “habrá hombres amantes de sí mismos”... “amantes del dinero”. Ya estáis viendo que te
encuentras fuera... ¿Por qué vas fuera?... Comenzaste a amar lo que es exterior
a ti y te extraviaste».
San Agustín evoca la
parábola del hijo pródigo; « Vuelto a sí se dirige al Padre, donde encuentra
refugio segurísimo. Si, pues, había salido de sí y de aquél que le había dado
el ser, al volver a sí para ir al Padre, niégase a sí
mismo. ¿Qué es negarse a sí mismo? No presuma de sí, advierta que es hombre y
escuche el dicho profético: “¡Maldito todo el que pone su esperanza en el
hombre!” (Jer 17,5). Sea guía de sí mismo, pero
no hacia abajo; sea guía de sí mismo, mas para adherirse a Dios» (Sermón
96,2).
–El Salmo 1 es una
meditación sobre el destino de los buenos y de los malos. El tema de los
caminos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, en la vida de la Iglesia
primitiva, como en la Didajé, es muy expresivo
de las diferentes actitudes humanas.
–Lucas 16,19-31: Tú
recibiste bienes en vida y Lázaro a su vez males; por eso encuentra aquí
consuelo mientras tú padeces. El juicio de Dios supondrá la inversión de
acá abajo. El rico Epulón y el pobre Lázaro son las dos posturas en la vida que
se cambian en el juicio de Dios.
Hemos de atender a la voz de Dios,
pues sólo en ellas encontramos el camino seguro para recibir el premio en la
otra vida. Dios ha hablado en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y sigue
hablando en la Iglesia, a través de la Tradición, el Magisterio, los dogmas y
los sacramentos. San Agustín destaca el destino final de quienes siguen uno u
otro camino:
«Ved a uno y a otro, al
que vive en el placer y al que vive en el dolor: el rico vivía entre placeres y
el pobre entre dolores; el primero banqueteaba, el segundo sufría; aquél era
tratado con respeto por la familia que lo rodeaba, éste era lamido por los
perros; aquél se volvía más duro en sus banquetes, éste ni con las migajas
podía alimentarse.
«Pasó el placer, pasó la
necesidad; pasaron los bienes del rico y los males del pobre; al rico le
vinieron males y al pobre bienes. Lo pasado pasó para siempre; lo que vino
después nunca disminuyó. El rico ardía en los infiernos; el pobre se
alegraba en el seno de Abrahán.
Primeramente había deseado el pobre una migaja de la mesa del rico; luego deseó
el rico una gota del dedo del pobre. La penuria de éste acabó en la saciedad;
el placer de aquél terminó en el dolor sin fin» (Sermón 339,5).
Viernes
Entrada: «A Ti, Señor,
me acojo, no quede yo nunca defraudado; sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo» (Sal 30,2.5).
Colecta (del misal anterior
y, antes, del Gregoriano y Gelasiano):
«Concédenos, Dios Todopoderoso, que, purificados por la penitencia cuaresmal,
lleguemos a las fiestas de Pascua con perfecto espíritu de conversión».
Comunión: «Dios nos amó
y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).
Postcomunión: «Señor,
después de recibir la prenda de la eterna salvación, haz que, de tal modo la
deseemos y busquemos, que podamos conseguirla por tu mi-sericordia».
–Génesis
37,3-4.12-13.17-28: ¡Ahí viene el soñador! ¡Venid, matémosle! El
episodio de José es figura de Cristo, rechazado por los hombres y glorificado
por Dios. La esclavitud a la que fue entregado José por sus hermanos es
condenada con estas palabras de San Gregorio Ni-seno:
«Ahora bien, el que se apropia
lo que es de Dios, atribuyendo a su linaje tal poder que se tenga a sí mismo
por dueño de los hombres y mujeres, ¿qué otra cosa hace que traspasar por la
soberbia de la Naturaleza, mirándose a sí mismo como cosa distinta de aquellos
sobre los que manda? He poseído esclavos y esclavas. Condenas a servidumbre al
hombre cuya naturaleza es libre e independiente, y te opones a la ley de Dios,
trastornando la ley que Él estableció sobre la naturaleza.
«Y es así que el que fue
creado para ser dueño de la tierra, y destinado por su Hacedor para mandar, a
ése lo metes tú bajo el yugo de la servidumbre, como si quisieras contravenir e
impugnar la ordenación de Dios. Tú has olvidado cuáles son los límites de tu
autoridad, que no se extienden más allá del dominio de los irracionales.
Imperen, dice la Escritura, sobre los volátiles, sobre los peces y los
cuadrúpedos (Gén 1,26)... Pues, si Dios no esclaviza
al libre, ¿quién osará poner su propio poder por encima del poder de Dios?» (Homilía
4, sobre el Eclesiastés).
Además, la acción de los hermanos de
José tuvo mayor maldad aún, pues eran hermanos y obraron por envidia, para
eliminarlo, después de haber pretendido ase-sinarlo.
–El Salmo
104 es un canto a la bondad de los planes de Dios: José, liberado de la
esclavitud, se convierte en su día en salvador de su pueblo. El cumplimiento ine-xorable de la voluntad de
Dios no resta culpa a la perversidad de sus hermanos.
El Señor actuó conduciendo la historia
y lo hace hoy también, a pesar de los pecados de los hombres: «Llamó al hambre
sobre aquella tierra: cortando el sustento de pan; por delante había enviado a
un hombre, a José, vendido como esclavo. Le trabaron los pies con grillos, le
metieron al cuello la argolla, hasta que se cumplió su predicción y la palabra del
Señor lo acreditó. El rey lo mandó desatar, el Señor de pueblos le abrió la
prisión, lo nombró administrador de su casa, señor de todas sus posesiones».
–Mateo 21,33-43.45-46: Este
es el heredero. Venid, matémosle. La parábola de los viñadores, encierra la
predicción de la pasión y muerte de Cristo. Después de haber enviado a
mensajeros, como los profetas, que fueron aniquilados, envió a su propio Hijo,
al que también mataron. La parábola es también fundamento de la vocación del
pueblo gentil al reino de Dios. San Agustín así lo explica:
«Se plantó la viña, es
decir, la ley dada en los corazones de los judíos. Fueron enviados los profetas
a buscar el fruto, o sea, la rectitud de vida. Estos profetas recibieron
afrentas y hasta la muerte. Fue enviado también Cristo, el Hijo único del Padre
de familia; y no solo dieron muerte al heredero, sino que también, por ello,
perdieron la heredad. Su perversa decisión les produjo el efecto contrario.
Para poseerla le dieron muerte, y por haberle dado muerte, la perdieron» (Sermón
87,3).
Nuestro Señor toma sobre sí nuestros
pecados, los expía y suplica desde la cruz, con lágrimas de sangre, para
nosotros y en nuestro lugar, el perdón y la gracia.
Merecemos el castigo de Dios por no
haber recibido generosamente sus dones y por no habernos comportado como lo
exige la vocación a la que hemos sido llamados, por nuestros pecados y nuestras
iniquidades. Supliquemos al Señor que
aparte su ira y su furor de nosotros. ¡Cuántos pecados, cuántas
iniquidades se cometen diariamente en el mundo! ¿Qué sería de todos nosotros si
el Señor no fuera nuestro Redentor y Salvador?
Sábado
Entrada: «El Señor es
clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es
bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 144,8-9).
Colecta (del Veronense y Gelasiano):
«Señor, Dios nuestro que, por medio de los sacramentos, nos permites participar
de los bienes de tu Reino ya en nuestra vida mortal: dirígenos tú mismo en el
camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con
tus santos».
Comunión: «Deberías
alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba
perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,32).
Postcomunión: «Señor, que
la gracia de tus sacramentos llegue a lo más hondo de nuestro corazón y nos
comunique su fuerza divina».
–Miqueas 7,14-15.18-20: Arrojará
al fondo del mar todos nuestros delitos. Dios se complace en la
misericordia y en el perdón total de los pecados. Así aparece en la revelación
del Antiguo Testamento, pero más aún en el Nuevo, con la vida, doctrina, pasión
y muerte de Cristo. Él es el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, la
realización de las muchas imágenes veterotestamentarias
sobre la acción de Dios en su pueblo. «Pastorea a su pueblo con el cayado, a
las ovejas de su heredad, a las que habitan apartadas en la maleza».
Por amor a las ovejas instituyó el
sacramento de la penitencia, que arroja a lo profundo del mar nuestros pecados,
que, más aún, los hace desaparecer. El Señor murió en la Cruz por nosotros.
¿Pudo hacer algo más en bien nuestro? ¿No debieran la vista del Crucificado y
el recuerdo de su muerte y de su amor hacia nosotros, inflamarnos en un amor
agradecido tan grande que nos obligara a evitar de una vez para siempre el
pecado? Nos fortalece la gracia y la fuerza de la Santísima Eucaristía, en la
cual se nos da Señor en persona como alimento de nuestra alma.
Para el Buen Pastor, preocupado inmen-samente por la profunda
debilidad y malicia de los hombres, no bastan ni su generoso y desbordante amor
hacia ellos en la Eucaristía, ni su entrega total en la Cruz. Por eso, entregó
a su Iglesia un nuevo medio de purificación del pecado, de curación de las
heridas causadas por él, de fortalecimiento frente a la tentación. Instituyó el
gran sacramento de la Penitencia.
–Siempre que hay conversión hay
perdón, porque el Señor es compasivo y misericordioso, no quiere la muerte del
pecador, sino que se convierta y que viva. Cuando el hombre arrepentido vuelve,
siempre encuentra los brazos del Padre que siente ternura por sus hijos.
Lo vemos en el Salmo 102:
«El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor y todo mi
ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida
de la fosa y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando, ni
guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga
según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su
bondad sobre sus fieles; como dista el Oriente del Ocaso, así aleja de nosotros
nuestros delitos»
–Lucas 15,1-3.11-32: Parábola
del hijo pródigo o del Padre misericordioso. Es una bellísima narración, la
reina de las parábolas. Es el gran canto al inmenso amor divino que se
muestra indulgente con el pecador, lección oportunísima
en medio de la celebración de la Cuaresma. San Agustín invita a tomar la
actitud del hijo que se vuelve a su padre:
«Imita aquel hijo menor,
porque quizá eres como aquel hijo menor que, después de malgastar y perder
todos sus haberes viviendo pródigamente, sintió necesidad, apacentó puercos y,
agotado por el hambre, suspiró y se acordó de su padre. ¿Y qué dice de él el
Evangelio?: “Y volvió a sí mismo”. Quien se había perdido hasta a sí mismo,
volvió a sí mismo. Veamos si se quedó en sí mismo. Vuelto a sí mismo, dijo: “Me
levantaré... e iré a casa de mi padres”. Ved que ya se niega a sí mismo quien
se había hallado a sí mismo. ¿Cómo se niega? Escuchad: “Y le diré: `He pecado
contra el cielo y contra ti... Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo´» (Sermón 330,3).
Y el padre lo perdonó y lo agasajó. Se
nos perdonan los pecados en el sacramento de la Penitencia. El Padre vuelve a
recibirnos como hijos suyos y nos admite gozoso al banquete de la Eucaristía.
Así comenta san Ambrosio:
«No temamos haber
despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales.
Porque el Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de
la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no pierde
lo que da lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se
alegra de la perdición de los vivos (Sab 1,13). En
verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello, pues el
Señor es quien levanta los corazones (Sal 145,8), te dará un beso, señal de la
ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las
sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te
devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él sin embargo te
besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete» (Comentario
a San Lucas, VII, 212).
Domingo
Entrada: «Tengo los
ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido»
(Sal 24,15-16). O bien: «Cuando os haga
ver mi santidad, os reuniré de todos los países; derramaré sobre vosotros un
agua pura, que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he
de purificar. Y os infundiré un espíritu nuevo» (Ez
36,23-26)
Colecta (del Gelasiano): «Señor, Padre de misericordia y origen de todo
bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros
pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a
los que estamos hun-didos
bajo el peso de nuestras culpas».
Ofertorio (del misal
anterior y, antes, del Gelasiano y Gregoriano): «Te
pedimos, Señor, que la celebración de esta eucaristía perdone nuestras deudas y
nos ayude a perdonar a nuestros deudores».
Comunión: «El que beba
del agua que yo le daré –dice el Señor– no tendrá más sed; el agua que yo le
daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida
eterna» (Jn 4,13-14). O bien: «Hasta el gorrión ha
encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus
altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en
tu casa alabándote por siempre» (Sal 83,4-5).
Postcomunión (del Veronense): «Alimentados ya en la tierra con el pan
del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga
realidad en nuestra vida futura lo que hemos recibido en este sacramento».
Ciclo A
El agua, símbolo bíblico del don vivi-ficante del Espíritu Santo,
signo de vida en la conciencia humana y en la historia de la salvación,
constituye el tema litúrgico de este Domingo, en el que se tienen de modo
especial se tiene presentes a los
catecúmenos, que se preparan para ser bautizados en la Vigilia Pascual.
–Éxodo 17,3-7: Danos
agua para beber. El agua viva que Moisés dio misteriosamente a su pueblo,
sediento en el desierto, era signo de la Providencia divina. Comenta San
Agustín:
«Bebieron la misma bebida
que nosotros, pues la Roca era Cristo. Bebieron, pues, bebida espiritual, la
que se tomaba por la fe, no la que se bebía con el cuerpo. Oísteis que era la
misma bebida: la Roca era Cristo... fue golpeada la roca misma con el madero
para que saliera agua, pues fue golpeada con una vara ¿Por qué con madera y no
con hierro, sino porque la Cruz fue acercada a Cristo para darnos a beber la
gracia?
«Así pues, el mismo
alimento y la misma bebida, mas esto sólo para los que entienden y creen. Para
los que no entienden, allí no había más que maná y agua, alimento para el
hambriento y bebida para el sediento. Entonces Cristo tenía que venir aún;
ahora, Cristo ya ha venido... distintas palabras, pero el mismo Cristo» (Sermón
352,3)
–«Venid, aclamemos al Señor, demos
vítores a la Roca que nos salva; entremos en su presencia dándole gracias. No
endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de
Masá en el desierto, cuando vuestros padres me
pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras» (Salmo 94).
–Romanos 5,1-2.5-8: El
amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que
se os ha dado. En la Nueva Ley, Cristo es la garantía de nuestra fe y de la
vida divina que, por el don del Espíritu Santo, se derrama en nuestros
corazones. San Agustín comenta este
pasaje paulino:
«¡Admirable
bondad de Dios, que nos otorga un don igual a Él mismo! Su don es el Espíritu
Santo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un Dios único: la Trinidad. Y
¿qué bien nos trajo el Espíritu Santo? Óyeselo al Apóstol: El “Amor de Dios que
ha sido derramado en nuestros corazones”. ¿De dónde, oh
mendigo, te vino ese amor de Dios descendido en tu corazón? ¿Cómo ha podido
este amor divino ser derramado en el corazón de un hombre?
«“Llevamos este tesoro en
vasos de barro, dice el Apóstol”. ¿Por qué en vasos de barro? Para que resalte
la fuerza de Dios. Y, por último dice: “El amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones”, y, para que no se atribuya nadie a sí mismo el amar a
Dios, añade: “por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.
«Luego, para que tú ames a
Dios es necesario que Dios more en ti, que su amor venga de Él y vuelva de ti a
Él; o sea, que recibas su moción, ponga en ti su fuego, te ilumine y levante su
Amor» (Sermón 128,4).
–Juan 4,5-42:
Un
surtidor de agua que salte hasta la vida eterna. El encuentro personal con
el Corazón de Cristo, por la fe y el amor, es la base misma de los sacramentos,
signos de la acción de Dios que nos salva en su Hijo Redentor. También San
Agustín contempla el pasaje evangélico de la samaritana, al hablar de los
encuentros redentores personales de Jesús en el Evangelio:
«Les propuso la parábola
de dos personas deudoras de un mismo acreedor. También Jesús deseaba a Simón,
que le había invitado a comer su pan. Tenía Él mismo hambre de aquél que le
alimentaba... Es lo mismo que dijo a la samaritana: “Tengo sed”. ¿Qué quiere
decir “tengo sed”? Quiere decir: “Anhelo tu fe”» (Sermón 99,3).
El encuentro de Jesús con la
samaritana marcó la vida y la conciencia de aquella mujer, para transformarla y
redimirla. Nosotros también tenemos que ser marcados por la Eucaristía que
celebramos y recibimos.
Ciclo B
No podemos reducir nuestra celebración
cuaresmal en una meras prácticas devocionales.
«No todo el que dice: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos» (Mt 7,21). Hemos de identificar nuestra voluntad con la de
Dios. A esto deben conducirnos nuestras prácticas cuaresmales. La fidelidad
filial con que Jesucristo cumplió la voluntad del Padre, hasta el sacrificio
real de su vida, su actitud de obediencia incondicional, constituyen el ejemplo
de vida impresionante que debemos imitar, como discípulos suyos.
–Éxodo 20,1-17: La
ley fue dada por Moisés. Dios se eligió un pueblo para realizar con él una
alianza de amor y salvación. La ley mosaica fue la manifestación paternal de su
amor, en forma de mandatos divinos que dignificasen la vida de sus hijos. Son
diez los preceptos, pero se reducen a dos, como dice San Agustín:
«Has de amar a Dios con
todo tu ser, porque es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo
que eres tú. Los preceptos son dos, por tanto: “ama a Dios” y “ama al prójimo”;
tres en cambio los objetos del amor... pues no se diría “y al prójimo como a ti
mismo”, si no te amas a ti mismo.
«Si son tres los objetos
del amor, ¿por qué, pues, son dos los preceptos? ¿Por qué? Escuchadle. Dios no
consideró necesario exhortarte a amarte a ti mismo, pues no hay nadie que no se
ame a sí mismo. Mas, puesto que muchos van a la
perdición por amarse mal, diciéndote que ames a tu Dios con todo tu ser, se te
dio al mismo tiempo la norma de cómo has de amarte a ti mismo. ¿Quieres amarte
a ti mismo? Para que no te pierdas en ti mismo, ama a Dios con todo tu ser,
pues en Él te encontrarás a ti» (Sermón 179 A, 3-4).
–Con el Salmo 18
decimos: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del
Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y
alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La
voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor
son verdaderos y enteramente justos».
–1 Corintios 1,22-25: Predicamos
a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero sabiduría de Dios para
los llamados. Jesús no vino a abrogar la ley, sino a perfeccionarla con el
amor (Mt 5,17). El misterio de la Cruz es la mejor
prueba de su amor total al Padre y a los hombres, sus hermanos. San Agustín
dice:
«Los sabios de este mundo
nos insultan a propósito de la Cruz de Cristo y dicen: “¿Qué corazón tenéis que
adoráis a un Dios crucificado?” “¿Qué corazón tenemos?”... Ciertamente, no el
vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un
corazón como el vuestro. Decid lo que queráis. Vosotros no podéis ver a Jesús,
porque os avergonzáis de subir al árbol, como hizo Zaqueo;
suba el humilde a la Cruz... y, para no avergonzarte de la Cruz de Cristo,
ponla en tu frente...» (Sermón 174,3).
–Juan 2,13-25: Destruid
este templo y en tres días lo levantaré. Jesús hubo de enfrentarse
personalmente con el fariseísmo puritano, que trataba de conjugar la piedad
legalista con sus propios intereses egoístas y materiales. Comenta San Agustín:
«¿Para
qué quiso Salomón que el templo fuese levantado? Para que fuese prefiguración
del cuerpo de Cristo. Aquel templo era una sombra; llegó la luz y ahuyentó la
sombra. Busca ahora el templo construido por Salomón y encontrarás las ruinas.
¿Por qué se convirtió en ruinas aquel templo? Porque se cumplió lo que él
simbolizaba.
«El verdadero templo, que
es el cuerpo del Señor, se derrumbó; pero luego se levantó, y de tal manera que
en modo alguno podrá derrumbarse de nuevo. “Destruid este templo y yo lo
levantaré en tres días”, había dicho el Señor respecto a su cuerpo. Así pues,
el templo de Dios es el cuerpo de Cristo... Quien dijo: “vuestros cuerpos son
miembros de Cristo”, ¿qué otra cosa mostró sino que nuestros cuerpos y nuestra
Cabeza, que es Cristo, constituyen en
conjunto el único templo de Dios?» (Sermón 217).
Ciclo C
La imagen de la Iglesia como pueblo de
Dios en peregrinación penitencial hacia la Pascua salvadora (Lumen Gentium 8), cobra en esta celebración litúrgica una
gran fuerza renovadora de nuestra conciencia. La Cuaresma es siempre un tiempo
fuerte de conversión, de revisión de vida, de reconciliación evangélica con
Dios y con todos nuestros hermanos. El Concilio Vaticano II ha subrayado esta
condición permanente e irrenunciable de la Iglesia y de cada uno de sus
miembros:
«Mientras Cristo, santo,
inocente, inmaculado, no conoció el pecado, sino que vino únicamente a expiar
los pecados del pueblo, la Iglesia encierra en su propio seno pecadores; y,
siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente
por la senda de la penitencia y de la renovación» (ibid.).
–Éxodo 3,1-8. 13-15: «Yo
soy» me envía a vosotros. La vocación de Moisés significa en la historia de la salvación el
comienzo de la liberación providencial del pueblo de Dios; el principio del
camino de salvación, que es siempre una iniciativa gratuita de Dios. San
Agustín explica el nombre bajo el que Dios se presenta a su pueblo, «Yo soy».
«Romped
los ídolos de vuestros corazones, prestad atención a lo que se dijo a Moisés
cuando preguntó cuál era el nombre de Dios: “Yo soy el que soy”. Todo cuanto
es, en comparación con Él, es como si no fuera. Lo que realmente es desconoce
cualquier clase de mutación. Todo lo que cambia y es inestable y durante cierto
tiempo no cesa de sufrir mutaciones, fue y será; pero no lo incluye dentro de
aquel es.
«Dios
es cambio, carece de fue y será. Lo que fue, ya no es; lo que
será, aún no es y lo que llega para luego desaparecer, será para no ser.
Pensad, si podéis, esas palabras: “Yo soy el que soy”. No os turbéis con
pensamientos caprichosos y pasajeros. Paraos en el es, permaneced en El
mismo que es. ¿Adónde vais? Permaneced, para que también vosotros podáis
ser» (Sermón 223,a,5).
–Con el Salmo
102 decimos: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo
nombre. Bendice, alma mía al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona
todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura».
–1
Corintios 10,1-6.10-12: La vida del pueblo de Israel en el desierto
se escribió para ejemplo nuestro. El designio divino de salvación, iniciado
con la mediación de Moisés, culminaría en la obra redentora de Cristo. En Él
nosotros hemos sido elegidos; pero no podemos ser los engreídos.
Los
sacramentos no garantizan en absoluto la
salvación si no corresponde a la gracia recibida la libertad de los beneficiarios;
no hay en ellos nada de magia, sino el encuentro entre dos libertades, la de
Dios y la nuestra. Desvincular la recepción de los sacramentos de la fe o de la
conducta moral, equivale a recaer en las faltas del pueblo de Israel en el
desierto, experimentando inmediatamente el mismo fracaso que ellos conocieron.
El obrar de
Dios es siempre una inmensa garantía, pues Él no puede engañarse ni engañarnos,
pero la salvación que nos ofrece no es nunca automática. No basta con recibir
los gestos de la gracia de Dios; es preciso además la
respuesta de la fe y la conversión, que
ajuste permanentemente nuestra mirada con la suya.
–Lucas
13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Dios tiene derecho a reclamar de
nosotros una fidelidad cada vez más profunda. Por eso siempre necesitamos de
conversión sincera y de renovación santificadora y también la Iglesia nos
propone la conversión, no solo en el momento de recibir la fe, si-no a lo largo
de toda la vida. Esta llamada se hace especialmente apremiante cuando hemos
pecado y en determinados tiempos litúrgicos, como Adviento y Cuaresma.
La conversión
lleva consigo la renuncia al pecado y al estado de vida incompatible con las
enseñanzas del Evangelio, y la vuelta sincera a Dios. No basta solo el
propósito de cambiar de vida, sino que es necesario el dolor por haber ofendido
a Dios. Este cambio de vida y de mentalidad parte siempre de la fe, de la
llamada continua de Dios, Padre misericordioso. San Máximo de Turín dice:
«Nada
hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se
conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Carta 4).
Lunes
Entrada: «Mi alma se
consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y carne retozan por el Dios
vivo» (Sal 83,3).
Colecta (del misal
anterior y, antes, del Gregoriano y Gelasiano):
«Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua y, pues sin
tu ayuda no puede mantener su firmeza, que tu protección la dirija y la
sostenga siempre».
Comunión: «Alabad al
Señor todas las naciones, firme es su misericordia con nosotros» (Sal 116,1-2).
Postcomunión: «Que la
comunión en tu sacramento, Señor, nos purifique de nuestras culpas y nos
conceda la unidad».
–2 Reyes 5,1-15: La curación de Naamán el sirio se ha considerado en el tiempo de Cuaresma
como prefiguración de la llamada a todas las naciones a la fe y al bautismo.
El camino que
sigue Naamán hasta el rito que le cura indica el
camino de todo candidato a los sacramentos, que no son válidos si no se reciben
en el interior de un diálogo entre Dios que se revela y el hombre que obedece y
se adhiere a Él por la fe. Pero esto no elimina la eficacia del sacramento, que
obra independientemente de nuestra voluntad. San Hipólito dice del Bautismo:
«El
que se sumerge en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a
Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de
Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo
adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de
justicia, y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de
Dios y coheredero de Cristo» (Sermón sobre la Teofanía).
Y San
Ildefonso de Toledo:
«Nunca
deja de bautizar el que no cesa de purificar; y así, hasta el fin de los
siglos. Cristo es el que bautiza, porque siempre es Él quien purifica. Por
tanto, que el hombre se acerque con fe al humilde ministro, ya que éste está
respaldado por tan gran maestro. El maestro es Cristo y la eficacia de este
sacramento reside no en las acciones del ministro, sino en el poder del maestro
que es Cristo» (Tratado sobre el Bautismo).
En el
bautismo, junto a la dignidad de los hijos de Dios, recibimos la gracia y la
llamada a la santidad, que nos permite ser consecuentes y no perder la dignidad
recibida.
–Con el Salmo
41 clamamos: «Mi alma tiene sed del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el
rostro de Dios? Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a
Ti, Dios mío. Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me conduzcan hasta
tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de
mi alegría; y que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío».
Israel pierde
el Reino de Dios y sus riquezas. En cambio, los paganos llegan a obtener la
salvación, que también se nos ofrece a nosotros en la santa Iglesia. Pero a
condición de que creamos, de que nos sometamos humildemente a las enseñanzas y
mandamientos de Cristo y de su Igle-sia, de que ambicionemos la salvación. Con tal de que,
reconociendo sinceramente nuestra indignidad y nuestra incapacidad, nos
volvamos hacia el Señor, llenos de confianza en Él e invocando su auxilio.
–Lucas
4,24-30: Jesús ha sido enviado para la salvación de todos los
hombres, no solo para la de los judíos. A ellos vino primero, pero «vino a
los suyos y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11):
los hombres de Nazaret únicamente quieren que su
conciudadano Jesús realice los milagros que ha hecho en Cafarnaún.
No podemos
buscar a Cristo para servirnos de Él a nuestro antojo. De Él lo esperamos todo
y de modo especial la salvación, pero hemos colaborar, con gran fe y amor
generoso, en correspondencia al que Él nos tiene. En la liturgia de este día,
nosotros somos el pagano Naamán. Corramos al gran
profeta, a Cristo, pues estamos enfermos del alma y necesitamos una curación
que sólo Cristo nos puede dar.
Lo que hoy
encontramos en Cristo y en su Iglesia es solamente el comienzo de nuestra
salvación, cuya plenitud nos aguarda en la otra vida, en la verdadera Pascua. Y
así como el pueblo escogido perdió la salvación, por no creer en Cristo,
también a nosotros nos puede ocurrir los mismo. Sólo
la fe, la sumisión a Cristo y a su Iglesia nos pueden salvar. Comenta San
Ambrosio:
«La envidia, que convierte
al amor en odio cruel, traiciona a los compatriotas. Al mismo tiempo, ese dardo
de estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia
celestial, si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las
maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos»
(Comentario a San Lucas IV, 46)
Martes
Entrada: «Yo te invoco
porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus
ojos, a la sombra de tus alas escóndeme» (Sal 16,6.8).
Colecta (del misal
anterior y, antes, del Gregoriano y Gelasiano):
«Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu
servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua».
Comunión: «Señor,
¿quién puede hospedarse en tu tienda y hospedarse en tu monte santo? El que
procede honradamente y practica la justicia» (Sal 14,1-2).
Postcomunión: «La
participación en este Sacramento acreciente nuestra vida cristiana, expíe
nuestros pecados y nos otorgue tu protección».
–Daniel 3,25.34-43: Acepta
nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde. «Un corazón contrito y
humillado el Señor no lo desprecia» (Sal 50,19). El sacrificio más agradable a
Dios es el de la contrición y la humildad. Esta verdad, que ya aparecía en el
Antiguo Testamento, como vemos en la oración de Azarías
que recoge la lectura de hoy, adquiere mayor relevancia incluso en las
enseñanzas de Cristo, la vida de la Virgen María, y la doctrina de los Padres y
del Magisterio de la Iglesia. Casiano dice:
«La verdadera paciencia y
tranquilidad del alma solo puede adquirirse y consolidarse con una profunda
humildad de corazón. La virtud que mana de esta fuente no tiene necesidad del
retiro de una celda, ni del refugio de la soledad. En realidad, no le falta un
apoyo exterior cuando está interiormente sostenida por la humildad, que es su
madre y guardiana. Por otra parte, si nos sentimos airados cuando se nos
provoca, es indicio de que los cimientos de la humildad no son estables» (Colaciones
18,13).
«Nadie puede alcanzar la
santidad si no es a través de una verdadera humildad, ante todo para con sus
hermanos. Pero también debe tenerla para con Dios, persuadido de que, si Él no
lo protege y ayuda en cada instante, le es absolutamente imposible obtener la
santidad a la que aspira y hacia la cual corre» (Instituciones 12,23).
La humildad y la caridad son las
ruedas maestras; todas las demás giran a
su alrededor: «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu
humilde, que éste sea hoy y siempre nuestro sacrificio, y que sea agradable en
tu presencia» (Dan 3,40).
–Un corazón contrito y humillado Dios
no lo desprecia. Este es el sentido de la oración de Azarías.
No te acuerdes de nuestros pecados, porque tu ternura y tu misericordia son
eternas.
Con la confianza de que Dios enseña su
camino a los humildes, decimos con el Salmo 24: «Enséñame tus
caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque
Tú eres mi Dios y Salvador. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia
son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor
es bueno y recto, enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes
con rectitud, enseña su camino a los humildes».
–Mateo 18,21-35: El
Padre no os perdonará si cada cual no perdona de corazón a su hermano.
El perdón supone correspondencia. Es una enseñanza clara en el Evangelio. San
Agustín explica este evangelio:
«No te hastíes de perdonar
siempre al que se arrepiente. Si no fueras tú también deudor, impunemente
podrías ser un severo acreedor. Pero tú que eres también deudor, y lo eres de
quien no tiene deuda alguna, si tienes un deudor, pon atención a lo que haces
con él. Lo mismo hará Dios contigo... Si te alegras cuando se te perdona, teme
el no perdonar por tu parte.
«El mismo Salvador
manifestó cuán grande debe ser tu temor, al proponer en el Evangelio la
parábola de aquel siervo a quien su señor le pidió cuentas y le encontró deudor
de cien mil talentos... ¡Cómo hemos de temer, hermanos míos, si tenemos fe, si
creemos en el Evangelio, si no creemos que el Señor es mentiroso! Temamos,
prestemos atención... perdonemos. ¿Pierdes acaso algo de aquello que perdonas?
Otorgas perdón» (Sermón 114 A,2).
«Perdonad y se os perdonará, dad y se
os dará» (Lc 6,37-38). No pensamos que recibiremos lo
que damos. Damos cosas mortales, recibiremos inmortales; damos cosas
temporales, recibiremos eternas; damos cosas terrenas, recibiremos celestes.
Recibiremos la recompensa de nuestro mismo Señor.
Miércoles
Entrada: «Asegura mis
pasos con tu promesa. Que ninguna maldad me domine» (Sal 118,133).
Colecta (nueva
redacción, con elementos del Gelasiano y del Sermón
40,4 de San León Magno): «Penetrados del sentido cristiano de la Cuaresma y
alimentados con tu Palabra, te pedimos, Señor, que te sirvamos fielmente con
nuestras penitencias y perseveremos unidos en la plegaria».
Comunión: «Me enseñarás
el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia» (Sal 15,11).
Postcomunión:
«Santifícanos, Señor, con este pan del cielo que hemos recibido, para que,
libres de nuestros errores, podamos alcanzar las promesas eternas».
–Deuteronomio 4,1.5-9: Guardad
los preceptos y cumplidlos. La Ley es expresión de la voluntad divina y
forma parte de la alianza. La observancia de la Ley ha de producir dos efectos
en los gentiles: el reconocimiento de la sublimidad de la Ley y la constatación
de la presencia de Dios en medio de su pueblo.
Las grandes maravillas realizadas por
Dios en favor de Israel debieron ser motivos para ser fieles al Señor. Pero la
historia de la salvación nos manifiesta lo contrario: el pueblo de Dios fue
ingrato e infiel al Señor muchas veces. Fue ingrato al Señor.
¿Y nosotros? En realidad, Dios ha
realizado aún mayores portentos con nosotros, por la Encarnación de su Hijo, la
Redención, la institución de la Iglesia, la Eucaristía y los demás
sacramentos... También nosotros hemos recibido los mandamientos y preceptos de
Dios para que los cumplamos. Esos preceptos y mandatos son santos, sabios e
inviolables, como el mismo Dios. Son frutos de la bondad, de la sabiduría, de
la justicia y de la santidad de Dios. ¿Puede haber para nosotros algo mejor,
más razonable, más santo, más poderoso y más dichoso que la santa voluntad de
Dios, expresada en sus mandamientos? Tal vez muchas veces hemos dejado de
cumplirlos.
Hoy, en esta celebración cuaresmal
volvamos a escoger de nuevo el camino de los divinos preceptos: «Amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Y a tu prójimo como a ti mismo»
No seamos como los escribas y fariseos
del tiempo de Jesucristo. Ellos cumplían, en apariencia, los mandatos de Dios,
interpretando la letra según su interés. Digamos y cumplamos nosotros lo que
Jesús dijo: «Mi comida consiste en hacer siempre la voluntad del que me envió»
(Jn 4,34). Debemos morir a la propia voluntad, para
vivir entera y ciegamente confiados en la santa voluntad de Dios, entregados
totalmente a su beneplácito, al gobierno y Providencia de Dios y llevando,
según sus mandamientos, una conducta intachable. Esta es la esencia de la vida
cristiana. ¿Pensamos así? ¿Vivimos así?
–Si Dios nos ha dado mandamientos y
leyes es para que vivamos y nos salvemos. Por eso, los preceptos del Señor son
la alegría del hombre, que se ve distinguido y privilegiado con ellos. De ahí
brota el deseo de una fidelidad sincera, que manifestamos con el Salmo
147: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha
bendecido a tus hijos dentro de ti. Él envía su mensaje a la tierra y su
palabra corre veloz, manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos a Israel; con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos».
–Mateo 5,17-19: Quien
cumpla los mandamientos y los enseñe será grande en el Reino de los cielos.
La santa Cuaresma es un tiempo adecuado para examinar nuestra vida entera, para
una revisión de vida en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Cristo vino a
vivificar la ley y a perfeccionarla. Él fue modelo en el cumplimiento de la
voluntad divina. Dice San Bernardo:
«Y ya que en la voluntad
de Dios está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos
que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer
divino, vida de nuestra alma. Procuremos con solicitud no desviarnos en lo más
mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5).
No se haga mi voluntad, sino la tuya,
dijo el Señor (Mc 14,36; cf.
Mt 26,33-46; Lc 22,40-46).
Y comenta San León Magno:
«Esta voz de la Cabeza es
la salvación de todo el Cuerpo; esta voz enseña a todos los fieles, enciende a
los confesores, corona a los mártires» (Sermón 58).
Jueves
Entrada: «Yo soy la
salvación del pueblo –dice el Señor–. Cuando me llamen desde el peligro, yo les
escucharé y seré para siempre su Señor».
Colecta (del
Gregoriano): «Te pedimos humildemente, que a medida que se acerca la
fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega, para
celebrar dignamente el misterio pascual».
Comunión: «Tú promulgas
tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para
cumplir tus consignas».
Postcomunión: «Presta
benigno tu ayuda, Señór, a quienes alimentas con tus
sacramentos, para que consigamos tu salvación en la celebración de estos
misterios y en la vida cotidiana».
–Jeremías 7,23-28: Aquí
está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios. El profeta Jeremías
clama contra la incredulidad de sus contemporáneos. No escuchan la voz de Dios
que desea realizar plenamente la alianza entre Él y su pueblo. La actuación del
profeta será, una vez más, inútil. Por eso, la ruina de la nación es inminente
y, por la bondad de Dios, se salvará un resto que permanece fiel. Es un
adelanto de lo que sucederá con la venida del Verbo encarnado. Y, ¿solamente en
aquel tiempo? ¡Cuánta infidelidad también en nuestros días en muchos que son y
se llaman cristianos, pero que actúan como paganos!
Este tiempo litúrgico es muy adecuado
para reflexionar y corregir las infidelidades con respecto a Dios y a su
mensaje de salvación. Allí donde vive y obra el verdadero espíritu de Cuaresma,
afluye al alma, a raudales, la vida divina de la gracia, de las virtudes y de
las buenas obras.
El cristiano se convierte en coedificador del Reino de Dios, en piedra viva, que ayuda a
levantar todo el edificio: primero en su propia persona y después junto con sus
semejantes. Su práctica cuaresmal aprovecha a todos, derramando sobre ellos
luz, gracia, arrepentimiento. Con su ejemplo, su oración y sus méritos colabora en la salvación y santificación de sus hermanos.
¡Qué responsabilidad, pues, la nuestra si no aprovechamos este tiempo de
gracia, que es la Cuaresma! ¡Qué perjuicio para nosotros mismos y para los
demás! No podemos ser indiferentes a la salvación de los hombres, que son
hermanos nuestros.
–El gran pecado de Israel fue cerrar
sus oídos a la palabra del Señor. También este peligro nos acecha a nosotros.
Por eso el Salmo 90 nos advierte: «Ojalá escuchéis hoy su voz; no
endurezcáis vuestro corazón. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca
que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de
instrumentos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador
nuestro. Porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía.
No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día
de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me
pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».
–Lucas 11,14-23: El
que no está conmigo está contra Mí. Lo mismo que en tiempos de Jeremías, la
incredulidad y la infidelidad fue el signo de los contemporáneos de Jesús. Su
ejemplo, su palabra, sus milagros son manifestaciones palpables del origen
divino de su ser. Pero el corazón de aquellos hombres estuvo endurecido y lo
consideraron aliado del demonio. ¡Qué perversidad y qué gran misterio! ¿Y
nosotros? San Gregorio Magno dice:
«Volvimos la espalda ante
el rostro de Aquel cuyas palabras despreciamos, cuyos preceptos conculcamos;
pero aun estando a nuestra espalda nos vuelve a llamar Él, que se ve
despreciado y clama por medio de sus preceptos y nos espera con paciencia» (Hom. sobre los Evangelios 16).
¡Unidos siempre a Cristo! En Él
encontramos nuestra salvación. Digamos con San
Gregorio Nacianceno:
«Quédate con nosotros,
porque nos rodean en el alma las tinieblas y solo Tú, oh
Cristo, eres la Luz. Tú puedes calmar nuestra ansia que nos consume» (Carta
212).
Oremos intensamente. Hagamos
penitencia en este tiempo de preparación para la Pascua, a fin de que nos
renovemos en Cristo Jesús. Comenta San Ambrosio:
«Todo reino dividido será
desolado. El porqué de esta afirmación es el mostrar que su reino es
indivisible y perpetuo, puesto que se le acusaba de echar los demonios en
nombre de Beelzebú, príncipe de los demonios...
Aquellos, pues, que no ponen en Cristo su esperanza, sino que creen que los
demonios son arrojados en nombre del príncipe de los demonios, niegan ser
súbditos de un reino eterno» (Comentario
a San Lucas VII, 91).
Viernes
Entrada: «No tienes
igual entre los dioses, Señor: Grande eres tú, y haces maravillas, tú eres el
único Dios» (Sal 85,8.10).
Colecta (Veronense, Gregoriano y Gelasiano):
«Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones, para que sepamos do-minar
nuestro egoismo y secundar las inspiraciones que nos
vienen del Cielo».
Comunión: «Amar a Dios
con todo corazón y al prójimo como a ti mismo vale más que todos los
sacrificios» (cf. Mc
12,33).
Postcomunión: «Señor, que
la acción de tu poder en nosotros penetre íntimamente nuestro ser, para que
lleguemos un día a la plena posesión de lo que ahora recibimos en la
Eucaristía».
–Oseas 14,2-10: No volveremos
a llamar Dios a las obras de nuestras manos. El profeta invita a Israel a
la conversión: «Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de
nuestros labios». Destruido por su iniquidad, Israel se convierte por fin con
palabras sinceras y no hipócritas. Reconoce que no lo salvarán alianzas
humanas, dioses falsificados ni holocaustos vacíos, sino la primacía del amor
en la fidelidad a la alianza con su Dios. Se vislumbra entonces una felicidad
paradisíaca.
Pero la misma conversión es obra del
amor gratuito y generoso de Dios. Él sugiere las palabras, sana la infidelidad,
es el rocío vivificador, el fruto procede de su gran compasión. En definitiva,
triunfa su infinito Amor.
En efecto, Oseas
ha transformado el sentimiento de culpabilidad de sus compatriotas. Para él, la
falta no consiste en la violación de las tradiciones ancestrales y sacrales, de las que uno se libra por medio de ritos
penitenciales, sino en la resistencia a encontrar a Dios en la vida ordinaria.
El pecado es la negación a ver a Dios en la historia de cada día, de cada momento. Por eso, la conversión a la que
invita el profeta es un acto interior, por el que el hombre hace callar su
orgullo aceptando que el acontecimiento en que vive es iniciativa de Dios con
respecto a él y gracia de su benevolencia. La conversión ha de ser la actitud
fundamental del cristiano. No hay momento más precioso para pedir a Dios la
conversión que la Santa Misa.
–El Señor es el único Dios. Ni las obras de
nuestras manos, ni nada fuera de Él puede ser Dios para nosotros. Todo pecado
es fundamentalmente una idolatría y, por tanto, una defección de la alianza,
una infidelidad.
Con el Salmo
80 lo proclamamos sinceramente: «Oigo un lenguaje desconocido: retiré
los hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la
aflicción y te libré. Te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba
junto a la fuente de Meribá. Escucha, pueblo mío, doy
testimonio contra ti, ojalá me escuchases, Israel. No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero. Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de
Egipto. Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino: Te
alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre».
–Marcos 12,28-34: El Señor,
nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás. Al Señor le agrada la
misericordia y no los sacrificios: prefiere la sinceridad del corazón a las
prácticas meramente externas. La Ley de Cristo es el amor a Dios y al prójimo.
«El
amor, basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y
su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de
él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica.
Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a
su principio y origen, con tal de que vuelva siempre su fuente y sea una
continua emanación de la misma» (Sermón 83).
Esa fuente no
es otra que Dios. Constantemente encontramos en nuestra vida ocasiones para
manifestar nuestro amor a Dios y al prójimo. No debemos esperar ocasiones
extraordinarias para amar. Hemos de aprender a amar en nuestra vida ordinaria:
a través del espíritu de servicio, con el trabajo bien hecho, con una
conversación amable, con la serenidad en los momentos difíciles, agradeciendo
los dones a Dios y al prójimo.
Sábado
Entrada: «Bendice,
alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona
todas tus culpas» (Sal 102,2-3).
Colecta (Veronense y Gelasiano):
«Llenos de alegría al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir
los sacramentos pascuales y sentir en nosotros el
gozo de su eficacia».
Comunión: «El
publicano, quedándose atrás, se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de este pecador”» (Lc 18,13).
Postcomunión: «Concédenos,
Dios de misericordia, venerar con sincero respeto, la Santa Eucaristía que nos
alimenta, y recibirla siempre con un profundo espíritu de fe».
–Oseas
6,1-6: Quiero misericordia y no sacrificios. Dios quiere
misericordia y no sacrificios de animales, su conocimiento y no holocaustos. El
profeta invita a la penitencia y a una vuelta sincera a Dios, pero el pueblo es
inconstante. ¡Cuántas liturgias en las que los que asisten a ellas nada
experimentan, de las que salen sin haber encontrado a Dios, sin haberle
conocido un poco más! ¡Qué negligentes somos a veces los sacerdotes y los
laicos a la hora de participar en los santos misterios!
Comenta San Agustín:
«Presta atención a lo que
dice la Escritura: “Quiero la misericordia antes que el sacrificio” (Os 6,6).
No ofrezcas un sacrificio que no vaya acompañado de la misericordia, porque no
se te perdonarán los pecados. Quizá digas: “Carezco de pecados”. Aunque te
muevas con cuidado, mientras vives corporalmente en este mundo, te encuentras
en medio de tribulaciones y estrecheces y has de
pasar por innumerables tentaciones: no podrás vivir sin pecado. Es cierto que
Dios te dice: “No te intranquilice tu pecado”... si nada debes, sé duro en exigir;
pero si eres deudor, congratúlate, más bien, de tener un deudor en quien puedas
hacer lo que se hará en ti» (Sermón 386,1).
–Puede haber una conversión que no sea
auténtica. Es necesario que cambie el corazón. A veces tenemos el peligro de
quedarnos en meras fórmulas y ritualis-mos externos. El Salmo 50, que comentamos el
Miércoles de Ceniza, es siempre una llamada fuerte a la auténtica penitencia.
–Lucas 18,9-14: El
publicano bajó a casa justificado y el fariseo no.
En oposición a la soberbia y suficiencia del fariseo que se jactaba de sus
propias obras, la humildad del publicano constituye el auténtico culto
espiritual de la penitencia del corazón, de la interioridad del culto que
agrada al Señor. El publicano recibió de Dios la justificación a causa de su
humilde arrepentimiento. San Agustín dice:
«El Señor es excelso y
dirige su mirada a las cosas humildes. A los que se ensalzan, como aquel
fariseo, los conoce, en cambio, de lejos. Las cosas elevadas las conoces desde
lejos, pero en ningún modo las desconoce.
«Mira de cerca la humildad del publicano. Es poco decir que se mantenía en pie a lo lejos, ni siquiera alzaba los ojos al cielo; para no ser mirado, rehuía él mirar. No se atrevía a levantar la vista hacia arriba; le oprimía la conciencia y la esperanza lo levantaba... Pon atención a quién ruega. ¿Por qué te admiras de que Dios perdone cuando el pecador se reconoce como tal? Has oído la controversia sobre el fariseo y el publicano, escucha la sentencia. Escuchaste al acusador soberbio y al reo humilde. Escucha ahora al Juez: “En verdad os digo que aquel publicano descendió del templo justificado, más que aquel fariseo”» (Sermón 115,2).
Domingo
Entrada: «Festejad a
Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los
que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus
consuelos» (Is 66,10-11).
Colecta (del misal
anterior y antes del Gregoriano): «Señor, que reconcilias a los hombres
contigo por tu palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure,
con fe viva y entrega generosa a celebrar las fiestas pascuales».
Ofertorio (del Veronense y del Sacra-mentario de
Bérgamo): «Al ofrecerte, Señor, en la celebración
gozosa del domingo, los dones que nos traen la salvación, te rogamos nos ayudes
a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por
la salvación del mundo»
Comunión: «El Señor me
puso barro en los ojos, me lavé y veo, y he empezado a creer en Dios (Jn 9,11). O bien: «Deberías alegrarte, hijo, porque este
hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado»
(Lc 15,32). O bien: «Jerusalén está fundada como
ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la
costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor» (Sal 121,3-4).
Postcomunión (Veronense y Gelasiano):
«Señor Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina
nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos
sean dignos de Ti, y aprendamos a amarte de todo corazón».
Ciclo A
En esta celebración, la Iglesia alegra
nuestras almas con el pregón gozoso de la cercanía de Pascua, en el que se
proclaman el don de la fe en Cristo y el sacramento del bautismo como misterios
de Luz, que iluminan nuestras vidas en el tiempo, redimiéndonos de las
tinieblas del pecado.
–1 Samuel 16,6-7.10-13: David
es ungido rey de Israel. Los juicios de Dios son distintos de los juicios
humanos. Éstos se agotan con la luz de sus apariencias, mientras que Dios
ilumina verdaderamente las realidades del corazón y elige a los suyos por
propia iniciativa. La vocación es el llamamiento que Dios hace al hombre que ha
escogido y destinado a una misión especial en la historia de la salvación. La
llamada de Dios ha de tener una correspondencia
generosa y absoluta. Es la respuesta a la que se refiere San Agustín:
«¿Quiénes
son los rectos de corazón? Los que quieren lo que Dios quiere... No quieras
torcer la voluntad de Dios» (Comentario al Salmo 93).
–Con el Salmo 22
proclamamos: «El Señor es mi Pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace
recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por
el sendero justo».
–Efesios 5,8-14: Levántate
de entre los muertos y Cristo será tu luz. La vocación cristiana, sellada
en nuestro bautismo, nos libra de las tinieblas, transformándonos en hijos de
la luz. San Agustín comenta este pasaje paulino:
«Pensad en las tinieblas
de éstos [los neófitos], antes de acercarse al perdón de los pecados. Las
tinieblas, pues, estaban sobre el abismo antes de que les fueran perdonados sus
pecados. Pero el Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas. Descendieron
ellos a las aguas; sobre las aguas se cernía el Espíritu de Dios; fueron
expulsadas las tinieblas de los pecados; estos son el día que hizo el Señor. A
este día dice el Apóstol: “Fuisteis en otro tiempo tinieblas, ahora, en cambio,
sois luz en el Señor”. ¿Dijo acaso: “Fuisteis tinieblas en el Señor”? Tinieblas
en vosotros mismos, luz en el Señor. Dios llamó a la luz día porque por su
gracia se hace cuanto se hace. Ellos pudieron ser tinieblas por sí mismos; pero
no hubieran podido convertirse en luz de no haberlo hecho el Señor. Este es el
día que hizo el Señor: el Señor lo hizo y no el día mismo» (Sermón 258,2).
–Juan 9,1-41: Fue, se
lavó y volvió con vista. La fe es un don de Dios, que ilumina a los
creyentes. La increencia es la ceguera, que mantiene
a los hombres en su condición original de hijos de las tinieblas. San Agustín
explica este pasaje evangélico:
«Porque el Señor abre los
ojos al ciego. Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la
fe... También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán y necesitamos que
el Señor nos ilumine» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 34,8-9).
Por el contacto amoroso de Jesús
desapareció la ceguera natural del ciego de nacimiento. Por el contacto
eucarístico, el Corazón de Cristo sigue iluminando desde lo más íntimo de
nuestro ser, toda nuestra vida. «El que me sigue no anda en tinieblas, dice el
Señor» (Jn 8,12).
Hijos de la luz por el bautismo y la
Eucaristía, toda nuestra conducta debe ser transparencia de nuestra condición
de hijos de Dios y testimonio viviente de santidad en Cristo. «Brille vuestra
luz delante de los hombres, que vean vuestras obras y glorifiquen al Padre que
está en los cielos» (Mt 5,16).
Ciclo B
Toda la historia de la salvación
evidencia un enfrentamiento ininterrumpido entre el
misterio de las tinieblas y el misterio de la luz, disputándose la vida de los
hombres. El misterio de la luz lo integra el designio amoroso de Dios, que nos
ofrece la salvación y la santidad; su palabra, que nos ilumina; su gracia que
nos santifica. El misterio de las tinieblas son las reacciones rebeldes de la
inteligencia y de la voluntad humana al servicio del pecado, que nos ciega, que
nos degrada y nos con-vierte en hijos de ira (Ef
2,3).
No podemos permanecer pasivos,
irresponsables o indefinidos. A nosotros nos toca optar con decisión por la
fidelidad a la gracia o permanecer paganamente degradados por las tinieblas del
pecado.
–2 Crónicas 36,14-16.19-23:
La ira y la misericordia del Señor se manifestaron en el exilio y en la
liberación del pueblo. El final del segundo libro de las Crónicas contiene
una meditación profunda de la historia del pueblo de Israel que, con su
rebeldía y pecados, provoca el castigo divino. El Señor abate su soberbia y
luego le regenera por la misericordia.
La caída de Jerusalén, la destrucción
del templo y la abolición de la dinastía
davídica han sido permitidas por Dios. Ya Jeremías y el Levítico las habían
previsto.
Pero estas
calamidades no significan que Dios haya puesto punto final a sus designios de
amor para con Israel. Él suscita a Ciro y le inspira una política de
benevolencia con respecto a los judíos, quienes construirán de nuevo el Templo,
de modo que Dios pueda estar presente en medio de su pueblo. El pueblo elegido
pasa, por lo mismo, de un régimen dinástico a una teocracia absoluta: Dios
mismo se establecerá en adelante en Sión para
gobernar a su pueblo.
Pero tampoco el
pueblo elegido será fiel y por eso vendrán nuevas destrucciones y
purificaciones, hasta la venida de Cristo, que establece definitivamente el
Reino de Dios en el mundo, cuya plenitud tendrá lugar en la Jerusalén celeste,
en la llamada visión de paz.
–La Iglesia es
la continuadora de Cristo en el mundo. Esto debe de estimularnos a ser fieles a
Cristo y a extender su Reino por doquier. Persecuciones no faltarán, pero las
puertas del infierno no prevalecerán. Con el Salmo 136 decimos
con los israelitas deportados: «Si me olvido de ti, Jerusalén [Iglesia Santa,
Jerusalén celeste], que se me paralice la mano derecha».
–Efesios
2,4-10: Muertos por el pecado, por pura gracia estáis salvados.
El misterio de la Cruz, signo definitivo de la salvación, es también una prueba
amorosa de amor salvífico del Padre sobre nosotros.
Por eso comenta San Agustín:
«¿Qué tienes, pues, que no hayas
recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras
recibido? Pues si Abrahán se glorió, de la fe se glorió. ¿Cuál es la fe plena y
perfecta? La que cree que todos nuestros bienes proceden de Dios» (Sermón 168,3).
Casiano
manifiesta muchas veces que tenemos necesidad de la gracia para hacer el bien:
«Si
de una parte todos estos ejercicios son indispensables para la perfección, de
otra son del todo ineficaces para llegar a ella sin el concurso de la gracia» (Instituciones
12,11). «El principio de nuestra conversión y de nuestra fe, así como la
paciencia en sufrir, son dones de Dios... La gracia de Dios no ha hecho
bastante con haberos otorgado las primicias de nuestra salvación; hace falta
que su misericordia vaya obrando cada día su plena eclosión mediante esa misma
gracia» (Colaciones 3,14).
–Juan 3,14-21: Dios
mandó a su Hijo para que el mundo se salve por Él. Como hijos de las
tinieblas, todos los hombres éramos seres mordidos por el pecado para la muerte
y la condenación. Por el misterio de la Cruz el Padre nos regenera de nuevo
para la luz y la vida de hijos. Comenta San Agustín:
«Cómo es que te parecía
que los hombres pecadores no podrían hacerse miembros de Cristo, es decir, de
quien no tuvo pecado alguno? Te impulsaba a ello la
mordedura de la serpiente. Pero a causa del pecado, es decir, del veneno de la
serpiente, fue crucificado Cristo y derramó su sangre para el perdón de los
pecados.
«Moisés levantó la
serpiente en el desierto para que
sanasen quienes en el mismo desierto eran mordidos por las serpientes,
mandándoles mirarla, y quien lo hacía quedaba curado. Del mismo modo, conviene
que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él, que lo
contemple levantado, que no se avergüence de su crucifixión, que se gloríe en
la Cruz de Cristo, no perezca, sino que tenga la vida eterna. ¿Como no morirá?
Creyendo en Él. ¿De qué manera no perecerá? Mirando al levantado. De otra forma
hubiera perecido» (Sermón 294,11).
Ciclo C
La liturgia de este domingo proclama
un esperanzador y gozoso pregón pas-cual. Pascua
significa, en la historia de la salvación, para el pueblo de Dios y para cada
uno de nosotros, la urgencia de vida nueva, la responsabilidad de nuevas
criaturas, reconciliadas con el Padre por el sacrificio redentor de su Hijo.
Para esta vida nueva nos prepara la intensa purificación interior y exterior
que nos proporciona la celebración cuaresmal. Es preciso intensificar
seriamente el proceso personal de conversión, de purificación, porque así lo
requiere la celebración litúrgica del misterio pascual de Cristo, al que Él
mismo nos incorpora.
–Josué 5,9-12: El
pueblo de Dios celebra la Pascua antes de entrar en la tierra prometida.
Tras cuarenta años de peregrinación, el pueblo de Israel entró en la tierra de
salvación. Allí celebró por vez primera la Pascua, como inauguración de una
vida nueva y libre. Comenta San Ata-nasio:
«Vemos, hermanos míos,
cómo vamos pasando de una fiesta a otra. Ahora ha llegado el tiempo en que todo
vuelve a comenzar, el anuncio de la Pascua venerable, en la que el Señor fue
inmolado. Nosotros nos alimentamos... y deleitamos siempre nuestra alma con la
sangre preciosa de Cristo, como de una fuente; y, con todo, siempre estamos
sedientos de esa sangre, siempre sentimos un ardiente deseo de recibirla.
«Pero nuestro Salvador
está siempre a disposición de los sedientos y, por su benignidad, atrae a la
celebración del gran día a los que tienen sus entrañas sedientas, según
aquellas palabras suyas: “El que tenga sed, que venga a Mí y beba”... Siempre
que lo pedimos, se nos concede acceso al Salvador. El fruto espiritual de esta
fiesta no queda limitado a un tiempo determinado, ni su radiante esplendor
conoce el ocaso , sino que está siempre a punto, para iluminar las mentes que
así lo desean» (Carta 5,1-2).
–Con el Salmo
33 decimos: «Gustad y ved qué bueno es el Señor. Bendigo a Dios en todo
momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren»
–2
Corintios 5,17-21: Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo.
Para nosotros la Pascua definitiva ha sido Cristo Jesús (1 Cor
5,7). Nos exige una nueva vida de santidad: muerte al pecado y al hombre viejo,
para vivir auténticamente como hijos de Dios. Comenta San Agustín:
«Cuando
nuestra esperanza llegue a su meta, habrá llegado también a la suya nuestra
justificación. Y, antes de completarla, el Señor mostró en su carne, con la que
resucitó y subió al Padre, lo que nosotros hemos de esperar, para que viésemos
en la Cabeza lo que ha de suceder en los miembros... El mundo es convencido de
pecado en aquellos que no creen en Cristo, y de justicia en los que resucitan en
los miembros de Cristo. De donde se ha dicho: “A fin de que nosotros viniésemos
a ser justicia de Dios en Él”. Si somos justicia, lo somos en Él, el Cristo
total... el que va al Padre, y esa justicia alcanza entonces la plenitud de su
perfección» (Sermón, 144,6).
–Lucas
15,1-3.11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.
Tras la degradación por el pecado, solo la penitencia y el retorno a la
fidelidad a Dios nos pueden garantizar la verdadera reconciliación
santificadora con el Padre. La parábola del hijo pródigo, bien se podría llamar
también la parábola del Padre misericordioso, como explica San Gregorio Magno:
«He
aquí que llamo a todos los que se han manchado, deseo abrazarlos... No perdamos
este tiempo de misericordia [la Cuaresma], que se nos ofrece, no menospreciemos
los remedios de tanta piedad que el Señor nos brinda. Su benignidad llama a los
extraviados, y nos prepara el seno de su clemencia para cuando volvamos a Él.
Al pensar cada uno en la deuda que le abruma, sepa que Dios le aguarda, sin
despreciarle ni exasperarse. El que no quiso permanecer con Él, que vuelva...
Ved cuán grande es el seno de la piedad y considerad que tenéis abierto el
regazo de su misericordia» (Homilía sobre los Evangelios 33).
Lunes
Entrada: «Yo confío en
el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi
aflicción» (Sal 30,7-8).
Colecta (del misal
anterior y antes del Gregoriano): «Oh Dios, que
renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos: concede a tu Iglesia la
ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la
tierra».
Comunión: «Os infundiré
mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que guardéis y cumpláis
mis mandatos, dice el Señor» (Ez 36,27).
Postcomunión: «Te pedimos,
Señor, que estos misterios nos renueven, nos llenen de vida y nos santifiquen,
para que alcancemos, por ellos, los premios eternos».
–Isaías
65,17-21: Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. El
profeta anuncia la salvación como una nueva creación, tan sublime y maravillosa
que hará olvidarse de la primera. En la esperanza escatológica todo se
convierte en alegría, porque su fuente es Dios. No habrá en la nueva creación
dolor ni llanto, pues su gozo es el mismo Dios, su creador. La salvación llena
de gozo al pueblo y Dios se goza con él. San Gregorio de Nisa
dice:
«“Porque
el Reino de Dios está en medio de vosotros”. Quizás quiera esto... manifestar
la alegría que se produce en nuestras almas por el Espíritu Santo; imagen y el
testimonio de la constante alegría que disfrutan las almas de los santos en la
otra vida» (Homilía sobre las Bienaven-turanzas 5).
Casiano
también habla de la alegría de la vida nueva en Cristo:
«Si
tenemos fija la mirada en las cosas de la eternidad, y estamos persuadidos de
que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y
permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos
abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque
consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias» (Instit.
9).
Y San Agustín:
«Entonces
será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no
tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la
posesión. Con todo, también ahora, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el
Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza que ha de convertirse luego
en posesión» (Sermón 21).
La alegría
cristiana es de naturaleza especial. Es capaz de subsistir en medio de todas
las pruebas: «se fueron contentos de la presencia del Sanedrín, porque habían
sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch
5,41).
–El perdón es
como una nueva creación; el pecador perdonado vive alegre, pues se le ofrecen
nuevas posibilidades de vida. Por eso el alma se dilata al alabar a Dios,
fuente de perdón y de misericordia.
Así lo
proclamamos con el Salmo 29: «Te ensalzaré Señor, porque me has
librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida
del abismo, me hiciste revivir, cuando bajaba a la fosa. Tañed para el Señor,
fieles suyos, dad gracias a su nombre santo. Su cólera dura un instante, su
bondad de por vida; al atardecer nos visita el llanto, por la mañana el júbilo.
Escucha, Señor, y ten piedad de mí, Señor socórreme. Cambiaste mi luto en
danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre».
–Juan
4,43-54: Anda, tu hijo está curado. Jesús muestra su gloria en Caná, por segunda vez, curando al hijo de un funcionario
real que tiene fe en su palabra. Por medio de milagros, da comienzo a una nueva
era que trae consigo la alegría. San Agustín dice:
«Con
ser tan grande el prodigio que realizó en Caná, no
creyó en Él nadie, a excepción de sus discípulos. A esta ciudad de Galilea
vuelve ahora por segunda vez Jesús. [Un cortesano le pide que vaya a su casa
para que cure a su hijo]. Quien así pedía ¿es que aún no creía? ... El Señor, a
la petición del Régulo, contesta de esta manera: “Si no veis señales y
prodigios no creéis”. Recrimina a este hombre por su tibieza o frialdad o por
su total falta de fe; pero desea probar con la curación de su hijo cómo era
Cristo, quién era y cuán grande su poder. Hemos oído la palabra del que ruega,
mas no vemos el corazón del que desconfía; pero lo testifica quien oyó su
palabra y vio su corazón...
«[Y
creyó él y toda su familia]. Ahora me dirijo al pueblo de Dios: tantos y tantos
como hemos creído, ¿qué signos hemos visto? Luego lo que entonces acontecía era
como un presagio de lo que ahora acontece... nosotros hemos asentido a Él y por
el Evangelio creímos en Cristo, sin haber visto ni exigido milagro alguno» (Tratado
16 sobre el Evangelio de San Juan).
Martes
Entrada: «Sedientos,
acudid por agua –dice el Señor– venid los que no tenéis dinero y bebed con
alegría» (cf. Is
55,1).
Colecta (del Veronense, Gelasiano y Sermón 47 de San León Magno): «Te
pedimos, Señor, que las prácticas santas de esta Cuaresma dispongan el corazón
de tus fieles para celebrar dignamente el misterio pascual y anunciar a todos
los hombres la grandeza de tu salvación».
Comunión: «El Señor es
mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia
fuentes tranquilas» (Sal 22,1-2).
Postcomunión: «Purifícanos,
Señor, y renuévanos de tal modo con tus santos sacramentos que también nuestro
cuerpo encuentre en ellos fuerzas para la vida pre-sente y el germen de su vida inmortal».
–Ezequiel
47,1-9.12: Por debajo del umbral del templo manaba agua e iba
bajando; a cuantos toquen este agua los salvará. Es una prefiguración del
agua que salió del costado de Cristo en la Cruz por la lanzada del soldado,
como símbolo del Espíritu Santo que brota del Resucitado, y también del agua
purificadora del bautismo.
Este pasaje es
muy importante para San Juan (7,37; 21,8-11; 19,34; Ap
21,22-32). Cristo resucitado, en efecto, es el centro del culto de la nueva
humanidad. Su santidad es de tal naturaleza que justifica a todos los hombres
que participan en ella; su victoria sobre el pecado y la muerte está a punto de hacerse tan definitiva que cualquier hombre
puede estar seguro de resucitar a la vida de la gracia y de haber sido
justificado de su pecado.
Nosotros estamos bautizados, somos
hijos de Dios, herederos del cielo. Seamos fieles a nuestro bautismo, para que
podamos oir un día estas palabras: «Venid, benditos
de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado desde el comienzo del
mundo» (Mt 25,34).
–El profeta Ezequiel nos ha hablado de
aguas salvíficas, de las acequias que corren
alegrando la ciudad de Dios, que simbolizan a las aguas bautismales que,
limpiándonos del pecado, nos han dado la alegría de la salvación. El agua que
corre es signo de la especial protección de Dios en el Antiguo Testamento, en
el Nuevo y en la vida de la Iglesia.
El Salmo 45 reconoce
esta predilección y cuidado: «Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y
los montes se desplomen en el mar. El correr de las acequias alegra la ciudad
de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no va-cila, Dios la socorre al despuntar la aurora. El Señor de
los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Ja-cob. Venid a ver las obras del
Señor, las maravillas que hace en la tierra».
–Juan 5,1-3. 5-16: Al
momento el hombre quedó sano. Jesús cura en Jerusalén a un paralítico en
sábado. Controversia entre los judíos. En el sábado se puede hacer el bien,
aunque aquellos contemporáneos de Jesús no lo consideraron así. Además, Dios
está por encima del sábado y Cristo es Dios. Comenta San Agus-tín:
«No debe nadie extrañarse
de que Dios haga milagros; lo extraño sería que los hiciera el hombre. Más gozo
y admiración nos debe producir el haberse hecho hombre Nuestro Señor Jesucristo
que las obras divinas que, como Dios, hizo entre los hombres. Y más valor tiene
el haber curado los vicios de las almas que curar las enfermedades del cuerpo.
«Pero el alma no conocía
quien era el que la había de curar, porque tenía los ojos de la carne para ver
los hechos corporales, pero no los ojos de un corazón limpio para ver a Dios
que en ellos estaba. El Señor realiza obras que ella podía ver para curar
aquello por lo que no podía ver. Entró en un lugar donde yacía una gran
multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos... y curó a uno solo, cuando
podía curar a todos con una sola palabra... Este enfermo que Él sana simboliza
al hombre que abraza la fe, cuyos pecados venía a perdonar y cuyas enfermedades
venía a curar» (Tratado 17 sobre el Evangelio de San Juan).
Miércoles
Entrada: «Mi oración se
dirige hacia ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude» (Sal 68,14).
Colecta (del misal
anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a
los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de
nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu
perdón».
Comunión: «Dios no
mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se
salve por Él» (Jn 3,17).
Postcomunión: «No permitas,
Señor, que estos sacramentos que hemos recibido sean causa de condenación para
nosotros, pues los instituiste como auxilios de nuestra salvación».
–Isaías 49,8-15: Ha
constituido alianza con el pueblo para restaurar el país. Dios anuncia a
Israel exiliado en Babilonia el regreso a la patria, confirmando el amor
misericordioso e indestructible del Señor para con su pueblo.
Ese amor misericordioso se realiza
mucho más expresivamente en la venida de Jesucristo, en el perdón de los
pecados por el sacramento del bautismo y de la penitencia. La liturgia
cuaresmal en favor de los catecúmenos y de los penitentes nos anima a
preparamos para la comunión pascual y la renovación de las promesas de nuestro
bautismo. San Agustín predica:
«La penitencia purifica el
alma, eleva el pensamiento, somete la carne al espíritu, hace al corazón
contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el
fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad». (Sermón 73).
–El profeta Isaías ha cantado gozoso
la salvación que viene de Dios. La salvación ha sido posible porque el Señor es
clemente y misericordioso, fiel a sus promesas, a pesar de las infidelidades de
Israel, de nuestras propias infidelidades. Pero hemos de invocarle
sinceramente.
Por eso decimos con el Salmo 144:
«El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. El
Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. El Señor es fiel
a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que
van a caer, endereza a los que ya se doblan. El Señor es justo en todos sus
caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo
invocan, de los que lo invocan sinceramente».
–Juan 5,17-30: Lo mismo
que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo del
Hombre da vida a los que quiere. Él comunica al alma, muerta por el pecado,
la vida, pues precisamente ha venido para esto. La resurrección corporal es un
signo de la otra más honda y necesaria. La da por el bautismo y por la
penitencia. Comenta San Agustín:
«No se enfurecían porque
dijera que Dios era su Padre, sino porque le decía Padre de manera muy distinta
de como se lo dicen los hombres. Mirad cómo los judíos ven lo que los arrianos
no quieren ver. Los arrianos dicen que el Hijo no es igual al Padre, y de aquí
la herejía que aflige a la Iglesia. Ved cómo hasta los mismos ciegos y los
mismos que mataron a Cristo entendieron el sentido de las palabras de Cristo.
No vieron que Él era Cristo ni que era Hijo de Dios; sino que vieron en
aquellas palabras que Hijo de Dios tenía que ser igual a Dios. No era Él quien
se hacía igual a Dios. Era Dios quien lo había engendrado igual a Él. Si se
hubiera hecho Él igual a Dios, esta usurpación le habría hecho caer; pues aquel
que se quiso hacer igual a Dios, no siéndolo, cayó y de ángel se hizo diablo y
dio a beber al hombre esta soberbia, que fue la que le derribó» (Tratado
17,16, sobre el Evangelio de San Juan).
Jueves
Entrada: «Que se alegren
los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente
su rostro» (Sal 104,3-4).
Colecta (del Gelasiano y del Sacramen-tario de Bérgamo): «Padre
lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica
de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar
bien dispuestos a las fiestas de Pascua».
Comunión: «Meteré mi
Ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán
mi pueblo, dice el Señor» (Jer 31,33).
Postcomunión: «Que esta
comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se gocen en
la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso de su
conciencia».
–Éxodo 32,7-14: Arrepiéntete de la amenaza
contra tu pueblo. Moisés intercede ante Dios que quiere castigar a su
pueblo por haber sido infiel a la alianza, y obtiene el perdón. Dios, que es
misericordioso y fiel, perdona la infidelidad de su pueblo por la intercesión
de Moisés. En esa gran misericordia se manifiesta de forma máxima su
omnipotencia, dice Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, 2-2 30,4).
Casiano explica que la misericordia de Dios perdona y mueve a conversión:
«En ocasiones Dios no
desdeña visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en
que ve sumido nuestro corazón... Tampoco tiene a menos hacer nacer en nosotros
abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en
nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra
en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y
castiga con clemencia. Más aún, su gracia se difunde en nuestros corazones para
que ese toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que
nos paraliza» (Colaciones, 4).
San Gregorio Magno ensalza la
misericordia de Dios:
«¡Qué
grande es la misericordia de nuestro Creador! No somos ni siquiera siervos
dignos, pero Él nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre que es
amigo de Dios!» (Homilía 27 sobre los Evangelios). «La suprema
misericordia no nos abandona, ni siquiera cuando la abandonamos» (Homilía 36
sobre los Evangelios).
–El pueblo pecó adorando a un becerro.
La historia de Israel es la historia de su infidelidad a la alianza. Pero
Moisés intercede y Dios, rico en misericordia, vuelve a perdonar. El Señor es
fiel para siempre.
–Proclamamos esto con el Salmo
105: «En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro
que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios
en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en
el Mar Rojo. Dios hablaba de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en
la brecha frente a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de
nosotros por amor a tu pueblo». Y Dios perdona a su pueblo.
–Juan 5,31-47: Moisés,
en quien tenéis vuestra esperanza, será vuestro acusador. Juan Bautista
había dado testimonio acerca de Jesús. También las Escrituras daban testimonio
sobre Él. Pero ahora es Dios mismo quien atestigüe la verdad de las palabras de
Jesús, mediante las obras que las acompañan. San Agustín dice:
«¿Por
qué creéis que en las Escrituras está la vida eterna? Preguntadle a ellas de
quién dan testimonio y veréis cuál es la vida eterna. Por defender a Moisés
ellos quieren repudiar a Cristo, diciendo que se opone a las instituciones y
preceptos de Moisés.
«Pero Jesús los deja
convictos de su error, sirviéndose como de otra antorcha... Moisés dio
testimonio de Cristo, Juan dio testimonio de Cristo y los profetas y apóstoles
dieron también testimonio de Cristo... Y Él mismo, por encima de todos estos
testimonios, pone el testimonio de sus obras. Y Dios da testimonio de su Hijo
de otra manera: muestra a su Hijo por su Hijo mismo, y por su Hijo se muestra a
Sí mismo. El hombre que logre llegar a Él no tendrá ya necesidad de antorcha y,
avanzando en lo profundo, edificará sobre roca viva» (Tratado 23 sobre el
Evangelio de San Juan, 2-4).
Viernes
Entrada: «Oh Dios, sálvame por tu Nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras» (Sal
53,3-4).
Colecta (del Veronense y Gelasiano): «Señor,
Tú que en nuestra fragilidad nos ayudas con medios abundantes, concédenos
recibir con alegría la salvación que nos otorgas, y manifestarla a los hombres
con nuestra propia vida».
Comunión: «Por Cristo,
por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados; el tesoro
de su gracia ha sido un derroche para con nosotros» (Ef
1,7).
Postcomunión: «Señor, así
como en la vida humana nos renovamos sin cesar, haz que, abandonado el pecado
que envejece nuestro espíritu, nos renovemos ahora por su gracia».
–Sabiduría 2,1. 12-22: Lo
condenaremos a muerte ignominiosa. La conjura de los impíos contra el justo
se verifica en la Pasión de Cristo. En los labios de los enemigos de Cristo al
pie de la Cruz se volverán a escuchar palabras semejantes. El impío detesta el
reproche permanente que la vida del justo constituya para su vida depravada. El
impío quisiera ver suprimido al justo y hace todo lo que puede para llevarlo a
cabo. Su furor satánico le lleva a
intentar demostrar que es vana la
confianza filial que el justo tiene en Dios, puesto que ni siquiera Él podrá
librarlo de sus manos homicidas. En el fondo es un alegato ateísta.
Así se hizo con Cristo: «Es mejor que
muera un solo hombre por el pueblo, para que no perezca toda la nación». Así
habló el sumo sacerdote Caifás. Desde ese día
determinaron quitar la vida a Jesús. Sólo una breve semana y realizarán su plan
nefando. Sobornarán al traidor Judas. Se apoderarán de Jesús en el Huerto de
los Olivos y seguirán todos los pasos de la Pasión que meditaremos en días
sucesivos, sobre todo en la Semana Santa.
–El justo ha
de sufrir mucho a causa de los malos. En la lectura primera vemos el modo de
pensar y de actuar de éstos. Pero es Dios el que vence y es su protección lo
que cuenta. Vivamos con la confianza puesta en Dios. Así lo expresamos con el Salmo
33: «El Señor se enfrenta con los malhechores para borrar de la tierra
su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias.
El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo
sufra muchos males, de todos los libra el Señor. Él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará. El Señor redime a sus siervos, no será castigado
quien se acoge a Él».
–Juan 7,1-2.10.25-30: Intentaban
apresarlo, pero aún no había llegado su hora. Continúan las controversias
judías contra Jesús que proclama en el templo, como Enviado del Padre, su
mensaje profético. Jesús sabe muy todo lo que va a sucederle. Gracias a la
visión continua de Dios, de que goza su alma, conoce exactamente, ve y palpa
todo lo que le espera: la traición de Judas, la negación de Pedro, las humillaciones y dolores indecibles...
También nos vio a nosotros. ¿No es
cada pecado un desprecio de Jesús, de sus preceptos, de su doctrina, de sus
bienes y promesas? ¡Con cuánta frecuencia se oponen a Cristo y a sus mandatos,
las pasiones, los planes y miras humanas en la vida del hombre y del cristiano!
Hemos de pedir luces de lo alto para examinar nuestra vida, hacer una auténtica
revisión de vida, arrepentirnos de nuestros desvíos y pecados. De este modo nos
prepararemos a las fiestas de Pascua con toda sinceridad de corazón y
comenzaremos una vida nueva, llena de todas
las virtudes.
Sábado
Entrada: «Me cercaban
olas mortales, torrentes destructores me
aterraban, me envolvían las redes del abismo; en el peligro invoque al Señor;
desde su templo Él escuchó mi voz» (Sal 17,5-7).
Colecta (del misal
anterior y, antes, del Gelasiano): «Que tu amor y tu
misericordia dirijan nuestros corazones, Señor, ya que sin tu ayuda no podemos
complacerte».
Comunión: «Hemos sido
rescatados a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha»
(1 Pe 1,19).
Postcomunión: «Que tus
santos misterios nos purifiquen, Señor, y que por su acción eficaz nos vuelvan
agradables a tus ojos».
–Jeremías 11,18-20: Yo
era como un cordero manso llevado al matadero. Las persecuciones sufridas
por Jeremías profeta le convierten en una imagen de Cristo durante su Pasión.
Su dolor es símbolo del de Cristo, a cuya Pasión aplica la Iglesia en su
liturgia la imagen del árbol derribado en pleno vigor. Pero en el profeta aún
no se ve la imagen plena del amor para con los enemigos, que Cristo enseñó con
su palabra y su ejemplo. Prevalece la confianza y la imagen emocionante del
cordero manso, llevado al matadero que ha inspirado el canto del Siervo de Dios
en Isaías (53,6-7) y le ha hecho símbolo de la Pasión del Cordero de Dios (Mt 26,63; Jn 1,29; Hch 8,32).
Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«La sangre derramada por
Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey: no permite que se malogre la
nobleza del alma; riega el alma con profusión, y le inspira el amor a la
virtud. Esta sangre hace huir a los demonios, atrae a los ángeles...; esta
sangre ha lavado a todo el mundo y ha facilitado el camino del cielo» (Homilía
45, sobre el Evangelio de San Juan).
Y San León Magno dice:
«Efectivamente, la
encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y resurrección de Cristo, ha
venido a ser la salvación de todos los fieles, y la sangre del único justo nos
ha dado, a nosotros que la creemos derramada para la reconciliación del mundo, lo que concedió a
nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada» (Sermón 15,
sobre la Pasión).
–El Salmo 7 es muy
apropiado para la lectura anterior, pues expresa la súplica del Justo por
antonomasia, condenado injustamente. El Padre lo deja morir para mostrar su
extremada misericordia y su amor para con los hombres, a quienes redime del
pecado, conduciéndolos a la gloria eterna: «Señor, Dios mío, A Ti me acojo,
líbrame de mis enemigos y perseguidores y sálvame, que no me atrapen como
leones y me desgarren sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la
inocencia que hay en mí. Cese la maldad de los culpables y apoya Tú al
inocente, Tú que sondeas el corazón y las entrañas, Tú, el Dios justo. Mi
escudo es Dios que salva a los rectos de corazón. Dios es un juez justo. Dios
amenaza cada día»
–Juan 7,40-53: ¿Es que
de Galilea va a venir el Mesías? Ante las nuevas afirmaciones de Jesús, las
discusiones de sus enemigos se hacen más vivas. En su desprecio al pueblo, los
fariseos rechazan a los que creen en Jesús e increpan a Nicodemo,
porque siendo fariseo defendía a Jesús.
Jesús es el signo de contradicción en
el mundo: divide a los hombres y a sus opiniones con su sola presencia. Obliga
a todos a definirse, tanto en su época pales-tinense como también ahora. El Perseguido, en su apariencia
humilde de galileo, es Señor de su destino y del
destino de todos. Sus perseguidores tendrán que ex-clamar, como hizo un día
Juliano el Apóstata: «¡Venciste, Galileo!» Pero a
nosotros nos conviene gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, según
expresión paulina. San Juan Crisóstomo nos exhorta a confesar a Cristo
crucificado:
«Oigan esto cuantos se avergüenzan de la Pasión y de la Cruz de Cristo. Porque si el Príncipe de los Apóstoles, aun antes de entender claramente este misterio, fue llamado Satanás por haberse avergonzado de él, ¿qué perdón pueden tener aquellos que, después de tan manifiesta demostración, niegan la economía de la Cruz? Porque si el que así fue proclamado bienaventurado, si el que tan gloriosa confesión hizo, tal palabra hubo de oir, considerar lo que habrán de sufrir los que, después de todo eso, destruyen y anulan el misterio de la Cruz» (Homilía sobre San Mateo 54).
Domingo
Entrada: «Hazme
justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin
piedad; sálvame del hombre traidor y malvado. Tú eres mi Dios y protector» (Sal
42,1-2).
Colecta (inspirada en
la antigua liturgia hispana, llamada
también mozárabe): «Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude
para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a
la muerte por la salvación del mundo».
Ofertorio (Gelasiano): «Escúchanos, Dios Todopoderoso, tú que nos has
iniciado en la fe cristiana, y purifícanos por la acción de este sacrificio»
Comunión: «El que está
vivo y cree en Mí, no morirá para siempre» (Jn
11,26). O bien: «Mujer, ¿ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda,
y en adelante, no peques más» (Jn 8,10-11). O bien:
«Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24-25).
Postcomunión (Veronense): «Te pedimos, Dios Todopoderoso, que nos
cuentes siempre entre los miembros de Cristo, en cuyo Cuerpo y Sangre hemos
comulgado».
Ciclo A
Las lecturas de hoy nos recuerdan
nuestra vocación de resucitados en Cristo. También en este domingo tenía lugar
el escrutinio o examen selectivo de los cate-cúmenos
que se preparaban para recibir el bautismo en la Vigilia Pascual. Rea-vivemos
con ellos nuestra fe cristiana.
–Ezequiel 37,12-14: Os
infundiré mi espíritu y viviréis. La salvación divina es proclamada por el
profeta Ezequiel como una iniciativa de Dios, que infunde nueva vida a un
pueblo aniquilado y sin capacidad propia para regenerarse. Orígenes compara el
bautismo de los cristianos con el paso del Jordán:
«Cuando llegues a la
fuente del bautismo, entonces también tú, por ministerio de los sacerdotes,
atravesarás el Jordán y entrarás en la tierra prometida, en la que te recibirá
Jesús, el sucesor de Moisés, y será tu guía en el nuevo camino» (Homilía
sobre el libro de Josué).
–Con el Salmo 129 proclamamos:
«Desde lo hondo a Ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz, estén tus oídos
atentos a la voz de mi súplica. Del Señor viene la misericordia, la redención
copiosa».
–Romanos 8,8-11: El
Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.
La vocación cristiana comporta el paso de la muerte y del pecado a la vida
divina, bajo la acción santificadora del Espíritu renovador. «Quien no tiene el
Espíritu de Cristo no es de Cristo» (Rom 8,8). San
Juan Crisóstomo hace una penetrante observación:
«Si Cristo vive en el
cristiano, allí está también el Espíritu divino, la tercera Persona de la
Santísima Trinidad. Donde no está este Espíritu, allí reina de verdad la
muerte, y con ella la ira de Dios, el rechazo de las leyes, la separación de
Cristo, el destierro de este huésped... Pero, cuando se tiene en sí al
Espíritu, ¿qué bienes nos pueden faltar? Con el Espíritu se pertenece a Cristo,
se le posee, se compite en honor con los ángeles. Con el Espíritu se crucifica
la carne, se gusta el encanto de una vida inmortal, se tiene la prenda de la
resurrección futura, se avanza rápidamente por el camino de la virtud. Esto es
lo que Pablo llama dar muerte a la carne» (Homilía 13 sobre Romanos).
–Juan 11,1-45: Yo soy
la resurrección y la vida. Jesús es la resurrección y la vida para los
cuerpos, mediante su poder vi-vificante
frente a la muerte; para las almas, mediante su poder de seducción frente al
pecado. Comenta San Ambrosio:
«Vendrá Cristo a tu sepultura y cuando vea
llorar por ti a Marta, la mujer del buen servicio, y a María, la que escuchaba atentamente la Palabra de Dios,
como la Santa Iglesia que ha escogido para sí la mejor parte, se volverá a
misericordia. Cuando a la hora de tu muerte vea las lágrimas de tantas gentes,
preguntará: ¿Dónde lo habéis puesto? Es decir, ¿ en qué lugar de los reos está? ¿en
qué orden de los penitentes? Veré al que lloráis, para moverme por su sus
propias lágrimas, veré si está muerto al pecado aquel cuyo perdón pedís. Así,
pues, viendo el Señor Jesús el agobio del pecador no puede menos de derramar
lágrimas; no puede soportar que llore sola la Iglesia. Se compadece de su Amada
y dice al difunto: Sal fuera...
Manifiesta tu propio pecado y serás justificado» (La penitencia 2,7,54-57).
Ciclo B
La liturgia cuaresmal, preparación
para el misterio pascual, se encuentra en su momento más intenso. Hemos de
disponernos a vivir la Pasíon, Muerte y Resurrección
de Jesús profundamente, aden-trándonos
en el misterio de su Corazón. Él es el Hijo de Dios hecho hombre, en condición victimal solidaria por nuestros pecados. A profundizar en
este conocimiento interno de Cristo Paciente, Muerto y Resucitado apunta la
pedagogía litúr-gica de
esta quinta semana de Cuaresma.
–Jeremías 31,31-34: Haré
una alianza nueva y no recordaré el pecado. La Antigua Alianza preparaba al
creyente para el misterio de Cristo, pero solo la Nueva Alianza santificaría
interiormente al pecador. Dios forma a su pueblo, por los profetas, en la
esperanza de la salvación, en la espera de una alianza nueva y eterna destinada
a todos los hombres (Is 2,2-4), que será grabada en
sus corazones (Jer 31,31-34; Hb
10,16).
Los profetas anuncian una redención
radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades (Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (Is 49,5-6; 53,11). Serán, sobre todo, los pobres y los
humildes del Señor quienes mantendrán esta esperanza. El anuncio de Jeremías se
perfecciona en Cristo. Él es la Palabra definitiva del Padre. No habrá otra
Palabra más elocuente que ésta.
–Con el Salmo 50
decimos: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa,
lava del todo mi delito, limpia mi pecado...»
–Hebreos 5,7-9: Aprendió
a obedecer y se ha convertido en centro de salvación eterna. Jesús, autor
de la Nueva Alianza por su Sacerdocio y su inmolación, es el único que puede
renovarnos, hasta convertirnos realmente en hijos de Dios. San Juan Crisóstomo:
«Cuando el Apóstol habla
de estas súplicas y del clamor de Jesús no quiere hablar de las peticiones que
hizo para Sí mismo, sino para los que creerían en Él. Y puesto que los hebreos
no tenían todavía la elevada concepción de Cristo que hubieran debido poseer,
San Pablo dice que fue escuchado, como el mismo Señor dijo a sus discípulos
para consolarlos: “Si me amaseis, os alegraríais de que fuera al Padre, porque
el Padre es mayor que yo”... Eran tan grande el respeto y la piedad del Hijo
que Dios Padre no pudo menos que tener en cuenta sus súplicas, salvando a su
Hijo y salvando también a todos los que le obedecen» (Homilía 11, sobre
Hebreos).
–Juan 12,20-33: Si el
grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto. Por la humillación victimal de Cristo Jesús se ha hecho posible la glorificación
perfecta del Padre y la santificación real del creyente. Comenta San Agustín:
«Pero el precio de estas
muertes [la de los mártires] es la muerte de uno solo. ¡Cuántas
muertes compró muriendo Aquél que de no haber muerto, no hubiera hecho que se multiplicara
el grano de trigo. Oísteis las palabras que dijo al acercarse su pasión, es
decir, al acercarse nuestra redención: “Si el grano de trigo caído en tierra,
no muere, permanece solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn
12 24-25). En la Cruz realizó un gran negocio; allí fue abierto el saco que
contenía nuestro precio: cuando la lanza del que lo hería abrió el costado,
brotó de Él el precio de todo el orbe» (Sermón 329,1).
Sólo una compenetración plena, viva y
amorosa, con el misterio del Amor que llevó a Cristo hasta la Cruz por
nosotros, puede redimirnos de una piedad frívola en la celebración litúrgica de
estos días.
Ciclo C
El proceso de conversión cuaresmal
apunta a su fin. La liturgia de este domingo proclama la finalidad positiva y santi-ficadora de la verdadera
renovación pascual y de la genuina reconciliación cristiana. No se trata solo
avivar el arrepentimiento por nuestra vida, marcada por el pecado, de detestar
y superar el pecado.
La conversión cristiana no puede cifrarse
simplemente en la purificación religiosa del pecado, a estilo hindú o budista.
Tiene que apuntar a una nueva vida en Cristo, a una cristificación
real de todo nuestro ser. La Pascua cristiana no es solo muerte al hombre viejo
y al pecado. Es esencialmente una verdadera resurrección con Cristo, para vivir
una vida nueva, empeñada en la santidad que solo en Él, con Él y por Él es
posible para nosotros.
–Isaías
43,16-21: Mirad que realizo algo nuevo y daré bebida a mi pueblo.
Isaías proclama la liberación mesiánica como un nuevo éxodo, como una nueva
obra de Dios, para dar vida a su pueblo.
San Gregorio de Nisa dice:
«Nuestra
naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser
resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien; era necesario que se nos
devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz;
estando cautivos, esperábamos un Salvador; prisioneros, un socorro; esclavos,
un Libertador» (Or. Catech.
15).
Y ese
libertador vino, no por nuestros méritos, sino solo por el infinito amor de
Dios. Libérrimamente realizó Cristo la Redención.. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
–Con el Salmo
125 proclamamos: «El Señor ha estado
grande con nosotros y estamos alegres... cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar; la boca se nos llenaba de risas, la
lengua de cantares...»
–Filipenses
3,8-14: Todo lo estimo pérdida comparado con Cristo, configurado,
como estoy, con su muerte. Para el cristiano, como para Pablo, la
conversión a Cristo deberá significar una total renuncia al pasado, para
alcanzar a vivir una vida nueva en Cristo, por Cristo y con Cristo. Este
desprendimiento ha sido vivido por todos los santos, desde los tiempos
apostólicos hasta nuestros días, y lo será siempre. San Ignacio de Antioquia
habla de la muerte, del desasimiento, para poder resucitar a la vida nueva:
«No
os doy yo mandatos, como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que
un condenado a muerte... Pero si logro sufrir el martirio, entonces seré
liberto de Jesucristo y resucitaré libre con Él. Ahora, en medio de mis cadenas
es cuando aprendo a no desear nada» (Carta a los Romanos 3,1-2).
–Juan 8,1,11: El que esté sin pecado que tire la primera
piedra. La renovación pascual es necesaria para todos. Cualquier
puritanismo condenatorio de la conducta ajena está más del lado de los fariseos
inmi-sericordes que del
Evangelio. Todos necesitamos la conversión a una vida nueva. San Gregorio Magno
dice:
«He
aquí que llama a todos los que se han manchado, desea abrazarlos, y se queja de
que le han abandonado. No perdamos este tiempo de misericordia que se nos
ofrece, no menospreciemos los remedios de tanta piedad, que el Señor nos
brinda. Su benignidad llama a los extraviados, y nos prepara, cuando volvamos a
Él, el seno de su clemencia. Piense cada cual en la deuda que le abruma, cuando
Dios le aguarda y no se exaspera con el desprecio. El que no quiso permanecer
con Él, que vuelva; el que menospreció estar firme a su lado, que se levante,
por lo menos después de su caída... Ved cuán grande es el regazo de su piedad y
considerad que tiene abierto el regazo de su misericordia» (Homilía 33 sobre
los Evangelios).
Lunes
Entrada:
«Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día»
(Sal 55,2)
Colecta (del Sermón 61
de San León Magno): «Señor, Dios nuestro, cuyo amor nos enriquece sin medida
con toda bendición: haz que, abandonando nuestra vida caduca, fruto del pecado,
nos preparemos como hombres nuevos, a tomar parte en la gloria de tu Reino».
Comunión: «Mujer,
¿ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no
peques» (Jn 8,10-11). O bien: «Yo soy la luz del
mundo –dice el Señor–. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá
la luz de la vida» (Jn 8,12).
Postcomunión: «Te pedimos,
Señor, que estos sacramentos que nos fortalecen, sean siempre para nosotros
fuente de perdón y, siguiendo las huellas de Cristo, nos lleven a Ti, que eres
nuestra vida».
–Daniel 13,1-9.15-17.
19-30.33-62: Tengo que morir siendo inocente. La lectura es del conocido episodio de
Susana, liberada por el joven Daniel, que descubre la trama de los verdaderos
culpables. Es una prefiguración de la salvación por el acto redentor de Cristo.
El Antiguo Testamento era el Testamento de la justicia: el pecado, al menos ciertos pecados, habían de ser expiados por la
muerte del pecador.
El Nuevo Testamento, por el contrario,
es el Testamento de la gracia. En él no se mata al pecador, sino que se le
salva por la penitencia. Se le da fuerza para resistir a las pasiones y al
pecado y para elevarse hasta la vida de las virtudes y de la santidad. San
Jerónimo anima al pecador:
«No dudéis del perdón,
pues, por grande que sean vuestras culpas, la magnitud de la misericordia
divina perdonará, sin duda, al enormidad de vuestros muchos pecados» (Coment. al profeta Joel 3,5).
Y el beato Isaac de Stella:
«La Iglesia nada puede
perdonar sin Cristo y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia
solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquél a quien Cristo
ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecado
a quien desprecia a la Iglesia» (Sermón 11).
–Dios permite las pruebas del justo,
hasta tal extremo que a veces parece que se ha olvidado de él. Es necesario
esperar en Dios contra toda esperanza, como Abrahán. El auxilio divino llega
siempre en el momento preciso, como en el caso de Susana y en tantos otros. Con
el Salmo 22 proclamamos: «El Señor es mi Pastor: nada me puede
faltar... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú, Dios mío,
vas conmigo... Tu bondad, Señor y tu misericordia me acompañan todos los días
de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin términos».
–Si el Evangelio es Juan 8,1-11,
véase el Domingo anterior Ciclo C. Si es Juan
8,12-20: Yo soy la luz del mundo. En El Antiguo Testamento ya se
veía al Mesías como luz del mundo, puesto que
viene a revelar la Verdad de Dios. El tema de la luz es amplísimo en la
Escritura. La primera palabra de Dios en el Génesis es: «Hágase la luz» y al
final del Apocalipsis se canta a Cristo como «Estrella luciente de la mañana».
Dios es Luz indeficiente. Y la segunda Persona de la Santísima Trinidad, es
«Luz de Luz», según decimos en el Credo. Clemente de Alejandría, a fines del
siglo II, invoca a Cristo como Luz del mundo, con estas palabras:
«¡Salve,
Luz! Desde el cielo brilló una Luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la
oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; Luz más pura que el sol, más
dulce que la vida de aquí abajo. Esa Luz es la vida eterna, y todo el que de
ella participa, vive, deja el puesto al día del Señor. El universo se ha
convertido en luz indefectible y el Occidente se ha transformado en Oriente.
Esto es lo que quiere decir la nueva creación; porque el Sol de justicia que
atraviesa en la carroza el universo entero, imitando a su Padre, que hace salir
el sol sobre todos los hombres (Mt 5,45) y derrama el
rocío de la Verdad» (Protréptico 11,88,114).
Martes
Entrada: «Espera en el
Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (Sal 26,14).
Colecta (del misal
anterior y antes, del Gelasiano): «Concédenos, Señor,
perseverar en el fiel cumplimiento de tu santa voluntad, para que en nuestros
días crezca en santidad y en número el pueblo dedicado a tu servicio».
Comunión: «Cuando Yo
sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí, dice el Señor» (Jn 12, 32).
Postcomunión: «Concédenos,
Dios Todopoderoso, que, participando asiduamente en tus divinos misterios,
merezcamos alcanzar los dones del Cielo».
–Números 21,4-9: Los
mordidos de serpiente quedarán sanos si miran a la serpiente de bronce...
Esta lectura nos permite ver el poder y fecundidad de la Cruz. «Lo mismo que
Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del
Hombre para que todo el que cree en Él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). San León Magno dice:
«¡Oh
admirable poder de la Cruz!... En ella se encuentra el tribunal del
Señor, el juicio del mundo, el poder del Crucificado. Atrajiste a todos hacia
ti, Señor, a fin de que el culto de todas las naciones del orbe celebrara
mediante un sacramento pleno y manifiesto, lo que realizaban en el templo de
Judea como sombra y figura... Porque tu Cruz es fuente de toda bendición, el
origen de toda gracia; por ella, los creyentes reciben de la debilidad, la
fuerza; del oprobio, la gloria; y de la muerte, la vida» (Sermón 8
sobre la Pasión).
Y San Teodoro Estudita:
«La Cruz no encierra en sí
mezcla del bien y del mal como el árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa
y agradable, tanto para la vista cuantos para el gusto. Se trata, en efecto,
del leño que engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que
introduce en el Edén, no que hace salir de él...» (Disertación sobre la
adoración de la Cruz).
–El autor del Salmo 101
es un pobre gravemente enfermo, pero que no ha perdido la confianza de ser
salvado de su enfermedad, pues conoce las frecuentes visitas de Dios a su
pueblo.
Por profundo que sea nuestro
abatimiento, alcemos nuestros ojos a Dios, como Israel los levantó al signo que
le presentaba Moisés y contemplemos a Jesucristo, nuestra salvación, en la
Cruz. El Señor nos librará, aunque por nuestros pecados nos sintamos condenados
a muerte: «Señor, escucha mi oración, que mi
grito llegue hasta ti, no me escondas tu
rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí, cuando te invoco,
escúchame en seguida... Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los
cautivos y librar a los condenados a muerte».
–Juan 8,21-30: Cuando
levantéis al Hijo del Hombre sabréis que soy yo. Jesús anuncia su pasión
con expresiones veladas. Hay que creer en Cristo para escapar de la muerte eterna.
La respuesta definitiva será la exaltación de Jesucristo. San Germán de
Constantinopla contempla la Cruz y la obediencia de Cristo:
«A raíz de que Cristo se
humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (cf. Flp 2,8), la Cruz
viene a ser el leño de obediencia, ilumina la mente, fortalece el corazón y nos
hace participar del fruto de la vida perdurable. El fruto de la obediencia hace
desaparecer el fruto de la desobediencia. El fruto pecaminoso ocasionaba estar
alejado de Dios, permanecer lejos del
árbol de la vida y hallarse sometido a la sentencia condenatoria que dice:
“volverá a la tierra de donde fuiste formado” (Gén
3,19). El fruto de la obediencia, en cambio, proporciona familiaridad con Dios,
dando cumplimiento a estas palabras de Cristo: Cuando yo sea levantado en alto
atraeré a todos a Mí (Jn 12,32). Esta promesa es
verdad muy apetecible» (Sobre la Adoración de la Cruz).
Miércoles
Entrada: «Dios me
libró de mis enemigos, me levantó sobre los que resistían y me salvó del hombre
cruel» (Sal 17,48-49s).
Colecta (del misal
anterior y, antes, del Veronense y Gelasiano): «Ilumina, Señor, el corazón de tus
fieles, purificado por las penitencias de Cuaresma; y Tú que nos infundes el
piadoso deseo de servirte, escucha paternalmente nuestras súplicas».
Comunión: «Dios nos ha
trasladado al Reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la
Redención, el perdón de los pecados» (Col 1,13-14)
Postcomunión: «Dios
Todopoderoso: el sacramento que acabamos de recibir sea medicina para nuestra
debilidad, sane las enfermedades de nuestro espíritu y nos asegure tu constante
protección».
–Daniel
3,14-20.91-92.95: Dios envió a un ángel a librar a sus siervos.
Los tres jóvenes aceptan morir en el horno antes que renegar de su fe en un
solo Dios verdadero. Pero son librados de las llamas, al igual que un día
Cristo será rescatado de la muerte.
Los que se
mantienen fieles al Señor, no obstante la persecución, triunfan de un modo o de
otro. Toda persecución es una prueba del justo, de su fe en el poder de Dios.. Pertenece al misterio de la lucha del mal contra el bien,
del vicio contra la virtud. Revela el juicio de Dios en cuanto que anuncia el
juicio escatológico y el advenimiento del Reino. El justo obra libremente por amor a Dios. Dice
San Jerónimo:
«Él,
que promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos,
manifiesta que ellos habrán de vencer siempre, y que Él nunca se habrá de
separar de los que creen» (Com. al Evangelio de S. Mateo 21,3).
Y Orígenes:
«El
Señor nos libra del mal no cuando el enemigo deja de presentarnos batalla
valiéndose de sus mil artes, sino cuando vencemos arrostrando valientemente las
circunstancias» (Tratado sobre la oración 30).
Todo es figura
de Cristo en su Pasión. El fuego no toca a sus siervos. Los enemigos se
imaginan haber aniquilado a Jesús. Pero Dios destruye sus esperanzas y planes.
El condenado, el vencido, se levanta glorioso al tercer día de entre los
muertos.
–La Iglesia desde sus primeras
persecuciones vio en los tres jóvenes arrojados al horno de Babilonia su propia
imagen: los jóvenes perseguidos, castigados, condenados a muerte, perseveran en
la alabanza divina y son protegidos por una brisa suave que los inmuniza del
fuego mortal.
También la Iglesia, en medio de sus
persecuciones continúa alabando al Señor con el Cántico de Daniel:
«A Ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros
padres... Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito eres en el templo de tu
santa gloria. Bendito sobre el trono de tu reino. Bendito eres Tú, que sentado
sobre querubines, sondeas los abismos. Bendito eres en la bóveda del cielo. A
Ti gloria y alabanza por los siglos».
–Juan 8,31-42: Si el
Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Únicamente el Hijo de Dios revela
la verdad que libera de la esclavitud del pecado. Ser hijos de Abrahán no es
cuestión de raza, sino de ser, como él, justo y creyente. Ser hijos de Abrahán
es, en concreto, ser hijos de Dios por la fe en Cristo. Al no creer, los judíos
manifiestan que no son sino hijos del diablo. La presunción de ser hijos de
Abrahán es tan infundada como la de ser libres cuando se es esclavo del pecado.
San Agustín dice:
«Eres, al mismo tiempo, siervo y libre, dice
San Agustín: siervo porque fuiste hecho, libre porque eres amado de Aquel que
te hizo, y también porque amas a tu Hacedor» (Coment.
al Salmo 99,7).
La libertad que Cristo nos ha otorgado
consiste ante todo en la liberación del pecado (Rom
6,14-18) y en consecuencia, de la muerte eterna, y del dominio del demonio; nos
hace hijos de Dios y hermanos de los demás hombres (Col 1,19-22). Esta libertad
inicial, adquirida en el bautismo, ha de ser desarrollada luego con la ayuda de
la gracia.
Jueves
Entrada: «Cristo es
mediador de una alianza nueva; en ella ha habido una muerte; y así los llamados
pueden recibir la promesa de la vida eterna» (Heb
9,15).
Colecta (Veronense): «Escucha nuestras súplicas, Señor, y
mira con amor a los que han puesto su esperanza en tu misericordia; límpialos
de todos sus pecados, para que perseveren en una vida santa y lleguen de este
modo a heredar tus promesas».
Comunión: «Dios no
perdonó a su perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por
nosotros. Con Él nos lo ha dado todo» (Rom 8,28).
Postcomunión: «Después de
haber recibido los dones de nuestra salvación, te pedimos, Padre de
misericordia, que este sacramento con que ahora nos alimentas nos haga
partícipes de la vida eterna».
–Génesis 17,3-9: Serás
padre de muchedumbre de pueblos. Dios promete a Abrahán que será el comienzo
de una dinastía, de una gran multitud, de una alianza y de la tierra de
promisión. Según la doctrina de San Pablo, los hombres son llamados por la fe
en Cristo a convertirse en hijos de Abrahán y en herederos de las promesas. La
teología de esta alianza es una fe inquebrantable en la voluntad de Yahvé de
establecer una alianza divina con un pueblo representado en Abrahán.
A pesar de todas las dificultades por
parte del pueblo, que se aparta del recto camino establecido por Dios, éste es
fiel a la promesa. Dios no puede fallar. Todo se consumó perfectamente en
Cristo y en los que lo siguen, en su santa Iglesia. San Ambrosio dice:
«Es cosa normal que, en
medio de este mundo tan agitado, la Iglesia del Señor, edificada sobre la
piedra de los Apóstoles, permanezca estable y se mantenga firme sobre esta base
inquebrantable contra los furiosos asaltos del mar (Mt
16,18). Está rodeada por las olas, pero no se bambolea, y aunque los elementos
de este mundo retumban con inmenso clamor, ella, sin embargo, ofrece a los que
se fatigan la gran seguridad de un puerto de salvación» (Carta 2,1-2).
La descendencia de Abrahán por Cristo
permanece segura en la promesa de Dios. Él es fiel y se acuerda de su alianza
eternamente.
–Con el Salmo 104
meditamos la historia de la salvación y las promesas de Dios, que tendrán su
pleno cumplimiento en Cristo y sus seguidores. Por eso necesitamos recordar que
Dios tiene siempre presente su alianza.
Somos los verdaderos hijos de Abrahán.
El Señor es fiel a sus promesas, ¿por qué, pues, perder la paz ante las
dificultades que nos suceden? «Recurrid al Señor y a su poder, buscad
continuamente su Rostro. Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo, hijos
de Jacob, su elegido! El Señor es
nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada por mil generaciones, de la alianza sellada con Abrahán, del
juramento hecho a Isaac»
–Juan 8,51-59: Abrahán,
vuestro padre, saltaba de gozo por ver mi día. Jesucristo da cuenta de su
existencia eterna: antes que naciera Abrahán ya existía Él. Esto provoca una
reacción adversa entre sus enemigos: por ser la Vida le quieren dar muerte.
Pero todavía no ha sonado la hora en el plan divino de la salvación y Jesús se
esconde. La venida de Cristo al mundo se ha realizado en un momento determinado
de la larga historia humana, y en un espacio concreto.
Los Santos Padres se alegran al ver
que en Cristo se cumplen todas las promesas de Dios. El enlace entre el Israel
antiguo y la Iglesia es visto por San Agustín de esta manera:
«Aquel pueblo no se acercó
por eso, esto es, por la soberbia. Se convirtieron en ramos naturales, pero
tronchados del olivo, es decir, del pueblo creado por los patriarcas; así se
hicieron estériles en virtud de su soberbia; y en el olivo fue injertado el
acebuche. El acebuche es el pueblo gentil. Así dice el Apóstol que el acebuche
fue injertado en el olivo, mientras que los ramos naturales fueron tronchados.
Fueron cortados por la soberbia e injertado el acebuche por la humildad» (Sermón
77,12).
Viernes
Entrada: «Piedad,
Señor, que estoy en peligro; líbrame de los enemigos que me persiguen. Señor,
que no me avergüence de haberte invocado» (Sal 30,10.16.18).
Colecta (del misal anterior y, antes,
del Veronense y Gregoriano): «Perdona las
culpas de tu pueblo, Señór, y que tu amor y tu bondad
nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad».
Comunión: «Jesús,
cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado» (1Pe 2,24).
Postcomunión: «Este don que
hemos recibido, Señor, nos proteja siempre, y aleje de nosotros todo mal».
–Jeremías 20,10-13: El
Señor está conmigo como fuerte soldado. El profeta Jeremías es una figura
de Jesucristo en su Pasión, como ya hemos recordado varias veces. Fue
perseguido, pero el Señor lo sostuvo. El profeta manifiesta su dolor con un
lenguaje similar al de muchos salmos, como el de la antífona de entrada. Han
intentado matarlo hasta sus propios familiares y vecinos. Pero él confía
firmemente en el Señor, en Él ha puesto su seguridad.
El cristiano, que vive en la caridad
de Cristo, ha de ir más lejos, seguro por el Amor de Dios manifestado en su
muerte. Sin temor a los que matan el cuerpo, pensará solo en confesar a Dios
ante los hombres con su fe y su conducta. (Mt.
10,26-33; Jn 10,38). Santo Tomás de Aquino dice:
«El Señor padeció de los
gentiles y de los judíos, de los hombres y de las mujeres, como se ve en las
sirvientas que acusaron a Pedro. Padeció también de los Príncipes y de sus
ministros, y de la plebe... Padeció de los parientes y conocidos, y de Pedro,
que le negó. De otro modo, padeció cuanto el hombre puede padecer. Pues Cristo
padeció de los amigos que lo abandonaron; padeció en la fama, por las
blasfemias proferidas contra Él; padeció en el honor y en la honra por las
irrisiones y burlas que le infligieron; en los bienes, pues fue despojado hasta
de sus vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio, y el temor; en el
cuerpo, por las heridas y los azotes» (Suma Teológica 3, q.46,
a.5).
–Con el Salmo
17 meditamos el dolor y las afrentas en las persecuciones. Es como la
oración de Cristo en su Pasión. Fue perseguido, pero también triunfó. El cristiano
puede recitar este salmo en sus tribulaciones y dolores: «En el peligro invoqué
al Señor y me escuchó. Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Dios míos, peña
mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor
de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Me cercaban olas mortales;
torrentes destructores, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los
lazos de la muerte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios; desde su
templo Él escuchó mi voz y mi grito llegó a sus oídos»
–Juan
10,31-42: Intentaron detener a Jesús, pero se escabulló de las manos.
Ante sus adversarios, dispuestos a prenderle, Jesús afirma su filiación divina.
Él es Aquel a quien el Padre consagró y envió al mundo. El Padre está en Él y
Él en el Padre. El misterio de la Palabra hecha carne ha de ser aceptado por la
fe. ¡Los enemigos de Jesús! Pero, ¿no nos ponemos también nosotros en las filas
de los enemigos de Jesucristo? ¿No es cada pecado un desprecio de Jesús, de sus
preceptos, de su doctrina, de sus bienes, de sus promesas, de su gracia
divina...? Dice San Basilio:
«En
esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la
voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien» (Regla
monástica, 2,1).
Y Orígenes:
«Quien
soporta la tiranía del príncipe de este mundo por la libre aceptación del
pecado, está bajo el reino del pecado» (Tratado sobre la oración
25).
Sábado
Entrada: «Señor, no te
quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Soy un gusano, no un
hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21,20.7).
Colecta (Gelasiano): «Señor, tú que realizas sin cesar la
salvación de los hombres, y concedes a tu pueblo en los días de Cuaresma
gracias más abundantes, dígnate mirar con amor a tus elegidos y concede tu
auxilio protector a los catecúmenos y a los bautizados».
Comunión: «Cristo fue
entregado para reunir a los hijos de Dios dispersos» (Jn
11,52).
Postcomunión: «Humildemente
te pedimos, Señor, que así como nos alimentas con el cuerpo y la sangre de tu
Hijo, nos des también parte en su naturaleza divina»
–Ezequiel
37,21-28: Los haré un solo pueblo. El profeta Ezequiel asegura
no solo el retorno de Israel a su tierra, sino también su purificación. Los
miembros del pueblo elegido se congregarán bajo el báculo de un nuevo David,
que reinará para siempre, luego de pactar una alianza eterna.
Todo ello se
realiza en Cristo, verdadera presencia de Dios en su pueblo. Todo es nuevo y
eterno en Cristo, lo que muestra su trascendencia mesiánica. Los judíos no lo
ven. No quieren verlo. De momento tampoco lo ven los Apóstoles. Lo verán
más tarde. San Teófilo de Antioquía dice:
«Dios
se deja ver de los que son capaces de verle, porque tienen abiertos los ojos de
la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienes bañados de
tinieblas y no pueden ver la luz del sol» (Libro I, 2,7).
Y San Agustín:
«Que
tus obras tengan por fundamento la fe, porque creyendo en Dios, te harás fiel»
(Coment. al Salmo 32).
–El canto de Jeremías
31,10-13 es un anuncio de libertad y de unidad para el pueblo de Dios
disgregado en Babilonia: Dios dará la libertad a Israel. Si antes del
cautiverio el pueblo de Dios conoció la división en dos reinos, ahora, el que
dispersó a Israel lo reunirá. Fue el pecado y la infidelidad lo que dividió al
pueblo de Israel, lo que disgregó ya en los días de Babel a la humanidad
entera.
Pero Dios
reunirá definitivamente a su pueblo. Así
lo ha prometido por los profetas y con ese fin envió a su Hijo Unigénito:
«Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas; El
que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño. Porque
el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte. Vendrán con
aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los
bienes del Señor».
–Juan 11,45-56: Jesús
debía morir para reunir a los hijos de Dios dispersos. La resurrección de
Lázaro acrecienta el número de los que creen en Jesús, pero provoca la conjura
de los sacerdotes y fariseos contra Él. El Sumo Sacerdote, sin caer en la
cuenta, profetiza la muerte de Jesús por el pueblo y esto será el signo de la
reunión de los hijos de Dios dispersos por el mundo. Comenta San Agustín:
«También por boca de
hombres malos el espíritu de profecía predice las cosas futuras, lo cual, sin
embargo, el evangelista lo atribuye al divino ministerio que como pontífice
ejercía... Caifás solo profetizó acerca de los
judíos, en la cual estaban las ovejas de las cuales dijo el Señor: No he venido
sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel.
«Pero el evangelista sabía
que había otras ovejas que no pertenecían a este redil, a las cuales convenía
atraer, para que hubiese un solo redil y un solo pastor. Todas estas cosas han
sido dichas según la predestinación, porque entonces los que aún no habían
creído no eran ovejas suyas ni hijos de Dios» (Tratado sobre el Evangelio de
San Juan 49,27).
Esta solemnidad se celebraba ya en
Jerusalén en el siglo IV, según lo refiere la peregrina Egeria en su Diario. Y
se hacía lo mismo que hizo el Señor en ese día. Luego se extendió por toda la
cristiandad.
Entrada: «Hosanna al
Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel.
¡Hosanna en el cielo!» (Mt 21,9).
Oraciones para la bendición de los
ramos: «Dios Todopoderoso y eterno, santifica con tu bendición estos ramos, y a
cuantos vamos a acompañar a Cristo aclamándole con cantos, concédenos, por él,
entrar en la Jerusalén del cielo». O bien: «Acrecienta, Señor, la fe de los que
en ti esperan y escucha las plegarias de los que a ti acuden, para que quienes
alzamos hoy los ramos en honor de Cristo victorioso, permanezcamos en él, dando
frutos abundantes»
Colecta (del Misal
anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano):
«Dios Todopoderoso y eterno, Tú quisiste que nuestro Salvador se anonadase,
haciéndose hombre y muriendo en la Cruz, para que todos nosotros sigamos su
ejemplo; concédenos que las enseñanzas de su Pasión nos sirvan de testimonio y
que un día participemos de su resurrección gloriosa».
Comunión: «Padre mío,
si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad « (Mt 26,42).
Postcomunión: «Fortalecidos
con tan santos misterios, te dirigimos estas súplica, Señor: del mismo modo que
la muerte de tu Hijo nos ha hecho esperar lo que nuestra fe nos promete, que su
resurrección nos alcance la plena posesión de lo que anhelamos».
Comenta San Andrés de Creta:
«Venid, y al mismo
tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo
que hoy vuelve de Betania y, por propia voluntad, se
apresura hacia su venerable y dichosa Pasión, para llevar a plenitud el
misterio de la salvación de los hombres... Ea, pues,
corramos a una con quien se apresura a su Pasión, e imitemos a quienes salieron
a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo,
vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la
disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito,
de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios
que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.
« Alegrémonos, pues,
porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el
ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros,
de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con Él...
Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras
agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como Rey, en
nombre del Señor” (Sermón 9, sobre el Domingo de Ramos).
–Isaías 50,4-7: No
oculté el rostro a insultos y sé que no quedaré avergonzado. El tercer
canto de Isaías sobre el Siervo de Dios proclama la condición obediencial de
Cristo Jesús, que le lleva hasta ofrecerse victimalmente
por todos nosotros.
–Con el Salmo 21
clamamos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?... Al verme se
burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza».
–Filipenses 2,6-11: Se
rebajó a Sí mismo, por eso Dios lo exaltó sobre todo. Esta obediencia
redentora de Jesús ¡hasta la muerte y muerte de Cruz! ha hecho posible para
nosotros el gran Misterio de la Redención pascual.
–Pasión de Cristo: Ciclo
A: Mateo 26,14-27.66; Ciclo B: Marcos 14,1-15.47;
Ciclo C: Lucas 22,14-23.56. La historia de la Pasión del Señor
nos invita a identificarnos con los sentimientos redentores de Cristo Jesús.
Toda ella es evi-dencia de
su Amor glorificador del Padre y salvador de todos los hombres. Oigamos a San
Cipriano:
«Durante la misma Pasión,
antes de que llegara la crueldad de la muerte y la efusión de sangre, ¡cuántos
insultos y cuántas injurias escuchadas por su paciencia! Soportó pacientemente
los salivazos de quienes le insultaban, el mismo que pocos días antes había
dado vista a un ciego con su saliva (Jn 9,6); sufrió
azotes aquél en cuyo nombre azotan hoy sus servidores y ángeles al diablo; fue
coronado de espinas el que corona a los mártires con eternas flores; fue
abofeteado con garfios en el rostro el que da las verdaderas palmas al
vencedor; despojado de su ropa terrena el que viste a todos con la vestidura de
la inmortalidad; mitigada con hiel la sed del que da alimentos celestiales, y
con vinagre el que propinó el licor de la salvación. El inocente, el justo, o
mejor dicho, la misma inocencia y la misma justicia, oprimida por testimonios
falsos; juzgado el que ha de juzgar, y la Palabra de Dios llevada al sacrificio
sin despegar los labios... Todo lo soporta hasta el fin con firmeza y
perseverancia, para que se consuma en la paciencia total y perfecta...» (Del
bien de la paciencia, 7).
Entrada: «Pelea,
Señor, contra los que me atacan; guerrea contra los que me hacen guerra; empuña
el escudo y la adarga, levántate y ven en mi auxilio, Señor Dios, mi fuerte
salvador» (Sal 34,1-2; Sal 139,8).
Colecta (del misal
anterior y, antes, del Gregoriano): «Dios Todopoderoso, mira la
fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la Pasión de tu Hijo,
levanta nuestra débil esperanza».
Comunión: «No me
escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí cuando te
invoco; escúchame enseguida» (Sal 131,3).
Postcomunión: «Ven Señor, y
protege con amor solícito al pueblo que has santificado en esta celebración,
para que conserve siempre los dones que ha recibido de tu misericordia».
–Isaías
42,1-7: No gritará ni voceará por las calles. El poema presenta
a un hombre, el Siervo de Yahvé, elegido por Él. Su espíritu lo consagra para
establecer el derecho entre los pueblos, que es la ley de Dios. El Siervo se
presenta humilde, sencillo, manso, delicado, pero en su actuación es firme,
tenaz, fiel hasta conseguir la aceptación de su mensaje. Dios lo guía
amorosamente, lo pone como alianza para las naciones, luz de los pueblos,
liberador de los oprimidos. Es bien clara la tradición eclesial de atribuir a
Jesucristo las cualidades del Siervo de Yahvé.
El Papa Juan Pablo II decía
«Quizá una vez el Señor
nos haya llamado con sus palabras al propio Corazón. Y ha puesto de relieve
este único rasgo: mansedumbre y humildad. Como si quisiera decir que solo por
ese camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones
mediante la mansedumbre y la humildad. Todo el misterio de su reinado está
expresado en estas palabras. La mansedumbre y la humildad encubren en cierto
sentido, toda la riqueza del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San
Pablo a los Efesios. Pero, también esa mansedumbre y humildad lo desvelan
plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de
suprema admiración» (Alocución 20-VI-79).
–En el Salmo
26 tenemos un canto de confianza y seguridad en Dios, aun en medio de
las pruebas más duras. Por ello, es la oración del Siervo de Yahvé, probado,
sí, pero no abandonado. Es también la oración de los que deseamos seguir a Cristo y aprender de Él a ser manso y humilde
de corazón: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la
defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Cuando me asaltan los malvados para
devorar mi carne, ellos, enemigos y adversario, tropiezan y caen. Si un ejército
acampa contra mí mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento
tranquilo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en
el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor».
–Juan
12,1-11: ¡Déjala! Tenía guardado este perfume para el día de mi
sepultura. Con ocasión de un banquete en casa del resucitado Lázaro, su
hermana María unge a Jesús los pies con perfume. Judas critica tal gesto, pero
Jesús ve en él un vaticinio de su embalsamamiento. Comenta San Agustín:
«Hemos oído el hecho;
busquemos ahora su significado. ¡Oh alma, cualquiera
que seas! si quieres ser fiel, unge con María los pies del Señor con precioso
ungüento. Aquel ungüento significa justicia –por eso pesaba una libra– y era de
gran precio –pístico–. Esta palabra no está
desprovista de misterio, sino que está muy en consonancia con él. Pistis en griego significa fe. Querías obrar
la justicia; el justo vive de la fe. Unge los pies de Jesús. Con tu buena vida
sigue las huellas del Señor. Sécalos con tus cabellos; si tienes cosas
superfluas, repártelas a los pobres, y así enjugas los pies del Señor... Tienes
en qué emplear lo que te sobra; para ti son cosas superfluas, mas son
necesarias a los pies del Señor... La casa se llenó de olor y el mundo se llena
con la buena fama, porque la buena fama es un olor agradable. Quienes bajo el
nombre de cristianos viven mal, injurian a Cristo...» (Trat.
sobre el Evangelio de San Juan 50,6-7).
Entrada: «No me
entregues a la saña de mi adversario, porque se levantan contra mí testigos
falsos, que respiran violencia» (Sal 26,12)
Colecta (del misal
anterior y, antes, del Gregoriano): «Dios Todopoderoso y eterno,
concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la Pasión del Señor
que alcancemos tu perdón».
Comunión: «Dios no
perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros» (Rom 8,32).
Postcomunión: «Señor, tú
que nos has alimentado con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, concédenos que
este mismo sacramento, que sostiene nuestra vida temporal, nos lleve a
participar de la vida eterna».
–Isaías 49,1-6: Te
hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la
tierra. El Siervo de Yahvé expone su propia misión. Ha sido llamado para
hablar en nombre de Dios. Su palabra es como espada penetrante que discrimina
los corazones. Dios está con él, lo protege, aunque la dureza de su misión le
obligue a lamentarse del silencio de Dios. Él es su recompensa... Todo esto es
una prefiguración de Cristo y de su obra redentora.
San Andrés de Creta habla de Cristo
como luz:
«La Encarnación de Cristo es como el sol que
penetra e ilumina las almas, las cuales ya no permanecen a oscuras por causa de
las tempestades de este mundo, que les envanecen y aturden, o por efecto de la
abundancia de las riquezas y de las dotes y cualidades que les ofuscan y
pervierten. La gloriosa Luz de Cristo es Luz que de verdad ilumina. Cristo es
en verdad “Luz de las naciones”, el verdadero Siervo de Dios» (Versos
Yámbicos).
–En el Salmo 70
encontramos como una especie de oración de un anciano abandonado, pero que no
ha perdido la esperanza en el auxilio de Dios. Es, por eso, la oración de la
Iglesia en la hora de la prueba y también de toda alma atribulada que busca en
medio de las tinieblas que la rodean la Luz esplendorosa de Cristo: «A Ti, Señor, me acojo; no quede yo derrotado para
siempre; Tú, que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y
sálvame. Sé Tú mi Roca de refugio, el Alcázar donde me salve, porque mi peña y
mi alcázar eres Tú, Dios mío, Líbrame de la mano perversa. Porque Tú, Dios mío,
fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud... Mi boca cantará
tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi
juventud, y hasta hoy canto tus maravillas».
–Juan 13,21-33.36-58: Uno
de vosotros me ha de entregar... No cantará el gallo antes de que me hayas
negado tres veces. Jesús anuncia la traición de Judas y la negación de
Pedro. Cuando sale el traidor subraya el evangelista que era de noche. Es la
hora del poder de las tinieblas. Pero también aquella en la que el Padre
glorificará al Hijo, puesto que para Jesús la gloria de la resurrección es
inseparable de la muerte en la Cruz... Comenta San Agustín:
«Uno de vosotros me entregará. Uno de
vosotros, en el número, no en el mérito; en apariencia, no en la virtud; por la
convivencia corporal, no por el vínculo espiritual; compañero por adhesión del
cuerpo, no por la unión del corazón; que, por lo tanto, no es de vosotros, sino
que ha de salir de vosotros... No era, pues de ellos, Judas, porque, si de
ellos hubiese sido, con ellos hubiera permanecido...
«La flaqueza humana los
hacía recelar a unos de otros. Cada cual conocía su propia conciencia, pero
desconocía la de su vecino; cada uno estaba tan cierto de sí mismo como
incierto de su vecino; cada uno estaba tan cierto de sí mismo, como inciertos
estaban los otros de cada uno y cada uno de los otros...
«Era ya de noche. Y
también el que salió era noche. El día habló al día, esto es, Cristo a sus
discípulos, y la noche anunció a la noche de la sabiduría, esto es, Judas a los
infieles judíos para que viniesen a Él y, persiguiéndole, le prendiesen» (Tratado
612 y 62, sobre el Evangelio de San Juan).
Entrada: «Al nombre de
Jesús toda rodilla se doble, en el Cielo, en la tierra, en el abismo; porque el
Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz; por
eso Jesucristo es Se-ñor, para gloria de Dios Padre»
(Flp 2, 10.8.11).
Colecta (del misal anterior y antes
del Gregoriano): «Oh Dios, que para librarnos
del poder del enemigo quisiste que tu Hijo muriese en la Cruz; concédenos
alcanzar la gracia de la Resurrección».
Antífona para la comunión: «El Hijo del
hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por
muchos» (Mt 20,28).
Postcomunión: «Dios
Todopoderoso, concédenos creer y sentir profundamente que, por la muerte
temporal de tu Hijo, representada en estos misterios santos, Tú nos has dado la
vida eterna. El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar
su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).
–Isaías 50,4-9: No
oculté el rostro a insultos y salivazos. El Siervo de Yahvé es capacitado
por Dios para su misión de consolador de los afligidos. La Palabra de Cristo,
Siervo de Dios, devuelve al hombre la confianza en la salvación. Prefi-guración de la Pasión de
Cristo. Injustamente condenado, azotado sin piedad y ultrajado con grandes
desprecios, Jesús es el Siervo de Yahvé, que lleva a cabo la obra de la
redención anunciada por los profetas... San Juan Damasceno dice:
«El justo es encadenado porque resulta
molesto. Los que esquilman el pueblo del Señor y perturban los senderos de sus
pies, celebran consejo contra sí mismos. ¡Ay de sus almas! Recibieron males a
causa de sus obras, dice Isaías. Lo que ya se ha realizado ha sido para nuestro
alivio y curación. Ofrezco mis espaldas a los azotes y mis mejillas a las
bofetadas y soporto el ultraje de los salivazos (Is
50, 6). Por eso aquel a quien ha modelado sus manos (Gén
2,7) no quedará avergonzado ni ultrajado» (Homilía para el Sábado Santo,
23). ¡Cuánto se traiciona, se azota, se calumnia y crucifica hoy día al Señor!
–El tema del Salmo 68 es
el intenso sufrimiento de un justo perseguido a causa de su celo por Dios.
Nosotros sabemos que ese justo es precisamente Jesucristo y, en su debida
proporción, también la Iglesia: «Señor, que tu bondad me escuche en el día de
tu favor. Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza me cubrió la cara. Soy un
extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque me
devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
La afrenta me destroza el corazón y desfallezco. Espero compasión y no la hay;
consoladores, y no los encuentro. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me
dieron vinagre. Alabaré el nombre del Señor con cantos, proclamaré su grandeza
con acción de gracias. Miradlo los humildes y alegraos, buscad al Señor y
vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus
cautivos».
–Mateo 26,14-25: El
Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero ¡ay
del que va a entregar al Hijo del Hombre. Después de la partida de Judas,
los discípulos fueron a preparar el banquete pascual, según las indicaciones de
Jesús. Una vez a la mesa con los doce, Jesús descubre los planes del discípulo
que le va a entregar. El camino que conduce a la traición, lleva también al
Amigo a darse por los suyos, como una nueva Pascua liberadora. San Andrés de
Creta dice:
«El cenáculo
adornado con tapices (Lc 22,12) te albergó a Ti y a
tus comensales, y allí celebraste la Pascua y realizaste los misterios, porque
en ese lugar te habían preparado la Pascua los discípulos por Ti enviados. El
que todo lo sabe dijo a los apóstoles: Id a casa de
tal persona (Mt 26,18). Dichoso el que por la fe
puede recibir al Señor, preparando su corazón a modo de cenáculo y disponiendo
con devoción la cena... Estando, oh Señor, a la mesa
con tus discípulos, expresaste místicamente tu santa muerte, por la cual los
que veneramos tus sagrados padecimientos somos liberados de la corrupción. El
que escribió en el Sinaí las tablas de la ley comió
la pascua antigua, la de la sombra y figuras, y se hizo a sí mismo Pascua y
mística hostia viviente...» (Triodon del Miércoles
Santo).