ADVIENTO Y NAVIDAD
( Por Manuel Garrido Bonaño, O.S.B. )
Bajado de la Fundación Gratis Date
5º Navidad y Octava de Navidad
7º Epifania y postepifanía del Señor
Introducción
Adviento
es el tiempo litúrgico de preparación para la Navidad. Sus orígenes son muy
inciertos. Según algunos autores, parece que el Adviento en la liturgia romana
se remonta al siglo IV, aunque según nuestra opinión , esto es muy poco
probable. En otros lugares, como en España, parece que estaba unido a la
preparación de los catecúmenos que habían de recibir el Bautismo en la
solemnidad de la Epifanía.
En
el siglo V hallamos las oraciones preparatorias para la fiesta de Navidad en el Rótulus
de Rávena, que, se cree estuvo inspirado en los escritos de San Pedro Crisólogo.
Es dato cierto que en el siglo VI el Adviento tenía la misma estructura que la
nuestra actual, con cuatro semanas antes de Navidad, aunque la cuarta es
incompleta según los años. Los días del 17 al 24 se celebran con especialísima
importancia; el día 17 comienzan en Vísperas, como antífonas para el Magníficat,
las llamadas «antífonas mayores» o «antífonas ¡O!», pues todas
comienzan por esa exclamación latina. Tendremos ocasión de exponerlo en esos días.
Tres
grandes figuras destacan en el Adviento: el profeta Isaías, San Juan
Bautista y la Virgen María.
El
Adviento encierra un rico contenido teológico y considera el misterio de la
venida del Mesías y de su infancia. Más tarde se ha añadido el
Bautismo de Cristo, como conclusión del Tiempo de Navidad. Tiene también el
Adviento un gran sentido escatológico. De la espera de la primera venida del Señor
se va a la espera de su segunda venida al fin de los tiempos. Los textos litúrgicos
hacen alusión a las dos venidas.
San Bernardo habla de un Adviento triple. Entre la venida de Cristo en la encarnación, y su venida para el juicio final, se da ahora su venida al cristiano por la inhabitación. Este adviento presente «es oculto y espiritual, y de él habla el Señor cuando dice: “si alguno me ama, guardará mi palabra, mi Padre le amará, vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23) (Sermón Adviento III,4). «Esfuércese [el hombre] al menos... levantándose algo en obsequio del Señor que viene. No tendrás que atravesar mares o penetrar las nubes... Pero dentro de ti mismo habrás de salir al encuentro del Señor con la compunción del corazón y la confesión de tu boca, para que al menos salgas del muladar de tu miserable conciencia, pues no sería digno que allí entrara el Autor de la pureza» (Sermón Adviento I,10).
Con
la liturgia de Adviento la comunidad cristiana está llamada a acentuar
determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la
vigilante y gozosa espera, la esperanza y la conversión.
Es
lamentable que la sociedad de consumo intente con sus propagandas en estos días
eclipsar el verdadero espíritu litúrgico del Adviento. Que el gozo espiritual
se manifieste también en cosas externas y materiales no está reñido con el
sentido litúrgico de este tiempo; pero sí lo está con el desbordamiento que
esto tiene en nuestros días. Ya el mismo San Bernardo se lamentaba de las
celebraciones mundanas del adviento:
«Los mundanos, aunque también celebran este recuerdo [de la venida de Cristo], no se conmueven con él interiormente. Y lo que todavía es peor, el mismo recuerdo de esta inestimable dignación de Dios se vuelve para ellos ocasión de delicias carnales, pues estos días los verás preparar con toda solicitud el lujo de los vestidos y de los alimentos, como si Cristo en su nacimiento pidiera semejantes cosas... Oye lo que Él mismo te dice: “¿para qué preparas con tantas ansias vestidos para mi nacimiento? Detesto la soberbia, no la amo. ¿A qué fin viene que procures con tanto cuidado las opíparas mesas de este tiempo? No me agradan las delicias del cuerpo, no las apruebo... No me reverencias sino con tu vientre”» (Sermón Adviento I,10).
En
este Adviento preparemos, pues, ante todo nuestros corazones para recibir al Señor,
que quiere venir a nosotros y entrar más adentro de nuestras vidas. Limpiemos
la casa de nuestra conciencia con el sacramento de la penitencia. Acrecentemos
estas semanas la oración, la limosna, las buenas obras y sobre todo el deseo
del Salvador, que ya viene, y que nos trae nuevas luces y gracias.
Domingo
La
expectativa ante el retorno del Señor polariza la atención de la
Iglesia. Nuestras miradas se fijan en Dios.
Entrada: «a Ti, Señor, levanto mi alma. Los que esperan en Ti no quedan defraudados». En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que avive en sus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno.
En
la oración del ofertorio (Veronense) suplicamos al Señor acepte los
bienes que de Él hemos recibido y, por la presentación del pan y del vino, nos
conceda que la acción santa que celebramos sea prenda de salvación para
nosotros.
Comunión:
confiamos en que el Señor nos dará sus bienes y la tierra dará su fruto. Postcomunión (de nueva redacción, inspirada en los Sacramentarios Veronense y de Bérgamo):
suplicamos al Señor que fructifique en nosotros la celebración de los
sacramentos, con los que Él nos enseña a descubrir el valor de los bienes
eternos y poner en ellos nuestro corazón.
CICLO
A
Con
el Adviento tratamos de abrir nuestras vidas al misterio de Cristo vivo,
proclamando la inmensa necesidad que tenemos de Él. Evocamos la primera y
segunda venida del Salvador. Es, pues, ocasión propicia para renovar nuestra fe
y nuestra responsabilidad ante el misterio salvífico de Cristo.
–Isaías
2,1-5: El Señor
reúne a todos los pueblos en la paz eterna del reino de Dios. No obstante
la ignorancia y las aberraciones de los hombres, en los planes divinos el
designio de salvación se extiende a toda la humanidad. Todos tenemos total
necesidad de Cristo Redentor y de la revelación plena del amor de Dios. En esta
primera lectura, el profeta Isaías contempla en lontananza el día del Señor y
presenta el carácter universal de toda la salvación. El pueblo de la Alianza
(el Antiguo y Nuevo Israel) ha sido elegido por Dios para poseer y transmitir la
fe y la salvación a todos los pueblos. Dios obra en favor del mundo a través
de la Iglesia, ya que el primer pueblo de la Alianza fue infiel.
De
ahí la responsabilidad de todo cristiano de no poner obstáculos a la misión
salvadora y redentora de Cristo. A todos nos incumbe siempre una actitud
misionera, en la medida de nuestras posibilidades, según los diversos estados
en que vivimos nuestra vocación.
–Salmo
121: Con este salmo
expresamos nuestra alegría porque caminamos hacia la Jerusalén celeste, hacia
la gloria futura, y esto nos obliga a exhortar a todos los hombres, nuestros
hermanos, a que vivan en la paz y que también ellos se encaminen hacia la Casa
del Padre.
–Romanos
13,11-14: Nuestra
salvación está cerca. Quienes por la fe ya hemos conocido el misterio de
Cristo no podemos caer en la inconsciencia de vivir en la irresponsabilidad de
los hijos de las tinieblas. Tenemos ansias del encuentro definitivo de Cristo,
como hemos pedido en la oración colecta. Nuestra vida presente es una marcha
hacia el futuro. Por eso para el cristiano que espera ese encuentro y que ha
hecho suyas las aspiraciones de los hombres de su tiempo, el sentido de la
historia de la humanidad es el sentido de su misma historia, que solo tiene
valor a la luz de Cristo. Apartarse de ahí es caminar en las tinieblas.
–Mateo
24,37-44: Vigilemos
para estar preparados. Caminamos irreversiblemente hacia el encuentro
definitivo con Cristo en la eternidad. No sabemos el día ni la hora. Solo la fe
vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer nuestras vidas dignas de
salvación eterna. La realidad cotidiana con su monotonía exasperante nos
adormece. A nuestro alrededor hay acontecimientos difíciles: guerras,
violencias, injusticias, etc. A todo nos acostumbramos. Existe quien responde y
quien se calla, quien se esfuerza y quien se abandona. San Juan Crisóstomo
llama aquí a la vigilancia esperanzada:
«En medio de la oscuridad no puedes distinguir al amigo del enemigo. No distinguimos de noche los metales preciosos de las meras piedras. Del mismo modo, el avaro y el licencioso no distinguen la verdad y el valor de la virtud.
«Así como el que camina de noche va muerto de miedo, de igual modo los pecadores andan continuamente atormentados por el miedo de perder sus bienes y por el remordimiento de su conciencia.
«Ea, pues, dejemos una vida tan penosa. Ya sabéis que después de tantas calamidades viene la muerte... Creen los pecadores ser ricos, y no lo son. Creen vivir entre delicias, y no gozan de ellas... Nosotros vivamos sobrios y vigilantes, como quiere Cristo. “Andemos decentemente y como de día” (Rom 13,13). Abramos las puertas para que aquella Luz nos ilumine con sus rayos y gocemos siempre de la benignidad de nuestro Señor Jesucristo» (Comentario al Evang. Juan, hom. 5).
Nosotros,
en este Adviento, hemos de reaccionar en medio de tanta perdición, tratando de
verlo todo a través de Cristo, que nos interpela y nos solicita a la
responsabilidad y al amor. Así es como los cristianos nos preparamos a salir al
encuentro del Salvador, y así preparamos esta nueva Navidad, para que nuestra
vida esté totalmente inmersa en Cristo. Iluminados por el misterio de Cristo y
llamados a su encuentro en la eternidad, volvemos a la convivencia en un mundo
en el que los hombres, nuestros hermanos, viven las más de las veces
inconscientes de la necesidad que tienen de Cristo. Es preciso, es urgente que
seamos luz para ellos.
Ciclo B
El
Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable y vigilante. Para
el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga preparación, no
siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que fuera revelación
plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la Iglesia, el Adviento
significa la responsabilidad y la fidelidad ante el que ha venido como Redentor, pero que volverá un día para coronar en nosotros su obra de
salvación en la eternidad.
–Isaías 63,16-17–64,1.3-8:
¡Ojalá
rasgases el cielo y bajases!
La salvación se hace posible para los hombres en la medida en
que éstos viven su fidelidad humilde ante Dios, que se nos ha
revelado como Padre y nos ama con amor redentor. La comunidad
cristiana, cada alma, se encuentra lejana de Dios. Es momento
de revisar la vida para descubrir los mil caminos a través de
los cuales ha traicionado su fe cristiana. Es tiempo de
autocrítica y de autoconfesión. Todos tenemos necesidad de un
nuevo retorno a Dios, que nos conduzca a las exigencias
radicales del Evangelio, para que seamos un signo de salvación
en medio de un mundo que naufraga lejos de Dios.
–El Salmo 79 nos mueve a pedir al Señor que nos restaure, que brille su
rostro y nos salve. ¡Ven a salvarnos, Señor! ¡Vuélvete hacia nosotros! ¡Ven
a visitar tu viña! ¡Que tu mano nos proteja para que no nos alejemos de Ti! ¡Que
con todo el fervor de nuestra alma invoquemos tu nombre!
–1 Corintios 1,3-9:
Aguardamos
la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Nuestro destino y nuestra salvación eterna nos imponen a
diario la responsabilidad vigilante de aguardar el retorno
definitivo de Cristo.
«Ya sí, pero
todavía no».
Estar en Cristo Jesús, con todo lo que ello comporta: perdón
de los pecados, regeneración, etc., es algo ya operante en el
cristiano que ha sido lavado en el bautismo.
Pero
aún no hemos llegado a la plenitud. De ahí una tensión. Cuando esa tensión
falta nos encontramos con un cristianismo sin esperanza, privado del futuro de
Dios, de su completa salvación. No podemos atarnos a mesianismos terrenos,
vagamente humanitarios. Solo Cristo nos ofrece la salvación verdadera. En la
comunión con él está nuestra felicidad. La espera de la fiesta de Navidad nos
presenta una oportunidad valiosa para crecer por la gracia en estas actitudes.
–Marcos 13,33-37:
Velad, pues
no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.
Mientras se realiza el retorno de Cristo, toda la vida del
creyente ha de dignificarse en la fidelidad y constante
vigilancia. El auténtico cristiano es el hombre que vive
diariamente el Evangelio, en alerta permanente ante la
eternidad, con amor de intimidad a Cristo. El modo como vive
el hombre demuestra si se ama a sí mismo o si ama a Dios, que
lo ha creado y redimido con destino a la eternidad. Esto
supone una aceptación incondicional de Dios como Ser supremo y
Creador de todo. Supone fe y actuar en un mundo que muchas
veces le es contrario por los males físicos, sociales y
morales.
No
puede, pues, adormecerse el cristiano. Ha de vigilar constantemente. Nuestro
Adviento ha de ser perpetuo. Exige un alerta continua, condicionante de toda
nuestra vida en el tiempo. Requiere que siempre el alma esté esperando ansiosa
y responsablemente a Cristo, reformador de nuestras miserias.
Ciclo C
Sobre
el recuerdo del pasado se nos invita a vivir con autenticidad cristiana el
presente y a tomar en serio nuestra vocación de eternidad. El cristiano es
siempre un creyente proyectado a la eternidad, pero viviendo su responsabilidad
de cada día, como elegido de Cristo y testigo de su intimidad, marcado para Él
por la santidad y el Evangelio.
–Jer
33,14-16:
Suscitaré a
David un vástago legítimo.
A pesar de la degradación y las desviaciones de los hombres,
Dios se muestra fiel a su promesa mesiánica. El Mesías sería
el vástago legítimo de la estirpe de David, su hijo
conviviendo con los hombres. La voluntad y la disponibilidad
de Dios para ofrecer una y otra vez su gracia, pese a las
prevaricaciones del hombre, es permanente en la Biblia. Dios
vive y desde que creó al hombre, vive siempre atento a él.
Dios busca y quiere salvar al hombre. En toda la historia de
la salvación Dios aparece como el fiel cumplidor de sus
promesas. Ellas se cumplen en la plenitud de los tiempos,
cuando vino Cristo, el Salvador.
–Con
el Salmo 24 decimos: A Ti, Señor, levanto mi alma. A Él pedimos
que nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas, que caminemos con
lealtad. El Señor es bueno y recto. Enseña el camino a los pecadores. Hace
caminar a los humildes con rectitud. Sus sendas son misericordia y lealtad para
los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y
les da a conocer su alianza.
–1
Tesalonicenses 3,12–4,2:
Que el
Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva.
La voluntad de Dios es nuestra santificación. Nuestra
autenticidad cristiana consiste en vivir cada día de modo que
logremos llegar irreprensibles al juicio de Dios para poseer
su Reino eternamente. Para el cristiano no existe otra
finalidad para su vida y su actividad responsable que servir y
amar a Dios con gozo, y, por lo mismo, estar siempre
disponible a los demás, como Dios quiere. Los unos para los
otros, pero como Dios lo quiere, a la manera de Cristo.
Todos
los tipos de liberación y promoción humana que excluyen la perspectiva
trascendente y sobrenatural son nocivos para el cristiano, y también lo son
para los demás hombres. Nuestra salvación total es por Dios y es Dios. Toda
liberación de los hombres ha de llevar esta impronta de la fe, que solo en Dios
por Cristo consigue la realización plena del hombre.
–Lucas
21,25-28.34-36: Se
acerca vuestra liberación. Cada día nos acercamos un poco más al momento
de nuestro encuentro definitivo con Cristo. La espera de un futuro da sentido al
tiempo presente y lo pone en tensión. La vida del cristiano es de constante
tensión. No obstante los múltiples programas y proyectos para la vida, al fin
se da uno cuenta de que el hombre no puede salvarse por sí mismo.
Cuanto
más el hombre se da cuenta de la pobreza de sus medios y de la amargura de los
acontecimientos, tanto más siente la necesidad de otro superior a él que lo
salve. El cristiano conoce esto. En sus limitaciones, pecados y miserias
advierte la necesidad de Cristo Salvador. Por eso, con la Iglesia en su liturgia
clama en este tiempo: ¡Ven Señor, no tardes!
Oigamos
a San Cirilo de Jerusalén:
«El Salvador vendrá, pero no para ser juzgado de nuevo, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que mientras era juzgado guardó silencio, refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: “Esto hicisteis vosotros y yo callé”.
«Entonces, por razones de clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en ese otro momento futuro, lo quieran o no, los hombres tendrá que someterse necesariamente a su reinado» (Catequesis 15).
Iluminados,
pues, por la fe y llamados al encuentro con Cristo en la eternidad, hemos de
vivir cada día con la gozosa esperanza de su victoria definitiva, que será la
nuestra, y hemos de irradiar nuestra esperanza con nuestra vida en torno de
nosotros, para que a todos alcance la luz de Cristo, su mensaje de salvación y
la realidad de su eficacia.
Lunes
«Mirad
al Señor que viene» (entrada: Jer, 31,10; Is 35,4). Pedimos al Señor
permanecer alertas a la venida de su Hijo, para que, cuando llegue y llame a la
puerta, nos encuentre velando y cantando sus alabanzas (colecta,
Gelasiano). Las oraciones de ofertorio y postcomunión son las
mismas del Domingo anterior.
–Isaías
2,1-5:
El Señor
congrega a todos los pueblos en su reino, para que gocen de una paz eterna.
El profeta ve una marcha grandiosa de todos los pueblos hacia Jerusalén, hacia
la Iglesia. Comenta San Agustín:
«Este monte fue una piedra pequeña que, al caer, llenó el mundo. Así lo describe Daniel. Acercáos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis. Allí estaréis seguros y protegidos. El monte que os sirve de refugio es Cristo» (Sermón 62, A 3, en Cartago hacia 399).
Sión
es la colina que domina la ciudad de Jerusalén. En la visión profética, Isaías
contempla esa colina en el momento de la intervención salvífica de Dios al
final de los tiempos. Desde la Iglesia se difunde el conocimiento de Dios y su
palabra, que ilumina a los hombres y les indica el camino que han de seguir para
lograr su salvación.
Cuando
en el ciclo A se ha leído el domingo la lectura anterior, este lunes puede
leerse la siguiente:
–Isaías
4,2-6:
El Mesías
será la gloria de los supervivientes de Israel. Se trata del resto de
Israel que sobrevivió a las pruebas, tema muy querido del profeta. Luego nos
refiere la presencia protectora de Dios sobre el monte Sión, prefiguración de
la alegría eterna de los elegidos. Es bien clara la alusión del profeta al Mesías
y a su obra redentora. Él será baldaquino y tabernáculo que cubrirá su
gloria y ayudará a los elegidos. Germen y resto se convierten en
títulos mesiánicos. Así como el primero designa a la persona del Mesías, el
segundo designa a la comunidad de los fieles, destinados a formar parte del
pueblo de Dios en los últimos tiempos. Hemos de celebrar, pues, el Adviento,
período de salvación por excelencia, con la preocupación de la salvación de
todos los hombres, nuestros hermanos. Hemos de vivificar y nutrir así
eficazmente nuestras ansias misioneras.
–El
Salmo 121 era un canto de los peregrinos que se acercaban a Jerusalén.
Allí, en la ciudad, en el templo, el piadoso israelita se ponía en contacto
con Dios. Jerusalén es imagen del reino escatológico, al que suben todas las
gentes. Por eso, al saber que ese reino viene, nos alegramos también nosotros
preparándonos a la solemnidad de Navidad, que es como una pregustación del
reino futuro. ¡Qué alegría cuando nos dijeron: vamos a la casa del Señor, a
la Iglesia, a la celebración litúrgica! Deseamos que todos los hombres vengan
a celebrar con nosotros ese culto, para prepararnos a recibir la salvación que
Cristo nos ofrece a todos con su venida.
–Mateo
8,5-11:
¿Quién
soy yo para que entres en mi casa?
San Agustín ha comentado unas cinco
veces este pasaje evangélico. Una de ellas dice:
«Cuando se leyó el Evangelio, escuchamos la alabanza de nuestra fe, que se manifiesta en la humildad. Cuando Jesús prometió que iría a la casa del Centurión para curar a su criado, respondió aquel: “¡No soy digno!”... Y declarándose indigno, se hizo digno; digno de que Cristo entrase no en las paredes de su casa, sino en las de su corazón. Pero no lo hubiese dicho con tanta fe y humildad, si no llevase ya en el corazón a Aquel que temía entrase en su casa. En efecto, no sería gran dicha el que el Señor Jesús entrase en el interior de su casa, si no se hallase en su corazón» (Sermón 62, 1, en Cartago hacia el 399).
Y
el mismo San Agustín:
«¿Qué cosa pensáis alabó [Jesús] en la fe de este hombre? La humildad: “¡No soy digno!”… Eso alabó y, porque eso alabó, ésa fue la puerta por la que entró. La humildad del Centurión era la puerta para que el Señor entrase para poseer más plenamente a quien ya poseía» (Sermón 62,A,2).
La
humildad es una de las virtudes más propias del Adviento, pues nada nos abre
tanto como ella a la venida del Salvador. A ella nos exhorta San Bernardo:
«Mirad la grandeza del Señor que entra en el mundo, el Hijo del Altísimo... y hecho carne, es colocado en un pobre pesebre... Y amad la humildad, que es el fundamento y la guarda de todas las virtudes... Viendo a Dios tan empequeñecido ¿habrá algo más indigno que la pretensión del hombre de engrandecerse a sí mismo sobre la tierra?» (Sermón en Natividad del Señor 1,1).
Martes
Al
comienzo de esta celebración brilla ya la gran esperanza de que el Señor vendrá:
«Vendrá el Señor y con Él todos sus Santos; aquel día brillará una gran
luz» (Za 14,5-7).
Colecta
(del «Rótulus de Rávena»):
pedimos al Señor que acoja favorablemente nuestras súplicas y nos ayude con su
amor en nuestro desvalimiento; que la presencia de su Hijo, ya cercano, nos
renueve y nos libre de caer en la antigua servidumbre del pecado. Comunión:
el Juez justo premiará con la corona merecida a todos los que tienen amor a su
venida.
–Isaías
11,1-10: Sobre él se posará el Espíritu del Señor. El tronco
familiar de David parece ya seco. Pero Dios va a infundir en él nueva vida.
Brota un retoño penetrado en plenitud del espíritu, germen de vida y salvación.
Será un rey justo. Con Él se inaugura un orden nuevo, una nueva creación. Se
renuevan la paz y la armonía del paraíso. El hombre recupera la ciencia del Señor
que perdió al pretender ser como Dios. El Evangelio precisará que el
conocimiento de Dios se concede de modo especial a los humildes. San Agustín
comenta:
«Estas siete operaciones asocian al número siete el Espíritu Santo, quien al descender a nosotros empieza, en cierto modo, por la sabiduría y termina en el temor. Nosotros, en cambio, en nuestra ascensión comenzamos por el temor y alcanzamos la perfección con la sabiduría» (Sermón 248, 4, en Hipona, en la semana de Pascua).
Esta
idea la repite el santo Doctor en varios Sermones.
«Por eso Isaías, para ejercitarnos en ciertos grados de doctrina, descendió desde la sabiduría hasta el temor, es decir, desde el lugar de la paz eterna hasta el valle del llanto temporal, para que, doliéndonos en la confesión de la penitencia, gimiendo y llorando, no permanezcamos en el dolor, el gemido y el llanto, sino que, ascendiendo desde este valle al monte espiritual, sobre el que está fundada la ciudad santa, Jerusalén, nuestra Madre, disfrutemos de la alegría inalterable… Así, pues, vayamos a la sabiduría desde el temor, dado que el principio de la sabiduría es el temor de Dios (cf. Sal 110,10), vayamos desde el valle del llanto hasta el monte de la paz» (Sermón 347).
–El
Salmo 71 expresa hoy en la liturgia que el Rey que esperamos hará
justicia a los pobres y librará al que no tiene protector. Así, pedimos
anhelantes que venga ya ese reino y que se extienda por toda la tierra:
«Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente. Regirá a su pueblo con justicia y a los humildes con rectitud. En sus días florecerá la justicia y la paz, dominará de mar a mar; del gran río al confín de la tierra… Librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector, se apiadará del pobre y del indigente y salvará la vida de los pobres».
La liturgia exclama:
«Perdona los
pecado de tu pueblo y danos la salvación».
Este ardiente anhelo de la venida del Señor nos obliga a
desechar de nosotros todo lo que pueda desagradarle a Él
cuando llegue, todo lo que se oponga a su Espíritu, que es
amor a la pequeñez, a la humillación, a la pobreza, al
sacrificio, a la cruz.
–Lucas
10,21-24:
Jesús se llena de alegría bajo la acción del Espíritu
Santo.
La misericordia del Señor le ha elegido para acercarse con él
a los pequeños, a los pobres. Los caminos de los hombres no
son los caminos de Dios. El único camino para encontrarnos con
Dios es la humildad, el reconocimiento de la gran verdad de
nuestra indigencia:
«Ha
escondidos estas cosas a los sabios y a los entendidos y las
ha revelado a la gente sencilla».
Comenta San Agustín:
«A los ridículos sabios y prudentes, a los arrogantes, en apariencia grandes y en realidad hinchados, opuso no los insipientes, no los imprudentes, sino los pequeños… ¡Oh, caminos del Señor! O no existía o estaba oculto para que se nos revelase a nosotros. ¿Y por qué exultaba el Señor? Porque el camino fue revelado a los pequeños. Debemos ser pequeños; pues si pretendemos ser grandes, como sabios y prudentes, no se nos revelará el camino» (Sermón 252; cf. 229, 248-250).
En
el Adviento se nos repite muchas veces que preparemos el camino del Señor…
Toda montaña y todo altozano serán allanados... Las sendas montañosas serán
convertidas en ruta plana. Y toda carne contemplará la salvación de Dios (Cf.
Lc 3,4ss).
Miércoles
La
Iglesia en su liturgia pone en nuestros labios esta exclamación:
«Ven, Señor,
no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los
pueblos» (Hab 2,3; 1 Cor 4,5). La oración colecta (Gelasiano) pide al
Señor que El mismo prepare nuestros corazones, para que cuando llegue
Jesucristo, su Hijo, nos encuentre dignos del festín eterno, y merezcamos
recibir de sus manos, como alimento celeste, la recompensa de la gloria.
–Isaías
25,6-10.
El Señor dispondrá
un festín para todos los pueblos.
Es lo que anuncia
el profeta Isaías: Dios, vencidos los enemigos, dispone un
banquete abundante, regio, e invita a todos los hombres. A los
invitados les hace el regalo de su presencia personal,
quitando el velo que les impide contemplarlo:
«es un festín de manjares suculentos, un
festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos
generosos».
La imagen que nos presenta el profeta es un pálido reflejo de
lo que realmente preparó Jesucristo con la Eucaristía, que nos
dispone al banquete de la gloria eterna.
«El Señor mostró su benignidad y nuestra tierra ha producido
su fruto».
Consoladora promesa para los que se preparan a la solemnidad
de Navidad. En la comunión eucarística nos da Dios Padre su
benignidad: una gran festín de manjar exquisito, Jesucristo, el
Salvador, su muy amado Hijo. Jesucristo se hace nuestro alimento y nos da su
carne y su sangre, su espíritu y su vida. Con la fuerza de la sagrada comunión,
la tierra de nuestra alma produce sus frutos: la virtud, la santidad, la unión
con Dios.
La
Iglesia nos llama a esta inestimable fuente de santificación, que es el
banquete eucarístico. El llanto y el dolor desaparecen. El pan que Jesús
reparte a la multitud anticipa el banquete en que Él se entrega a Sí mismo en
comida a los invitados.
–Salmo
22: Ante la manifestación de la ternura de Dios que
nos prepara un lugar en el banquete eucarístico y escatológico
de su Hijo bien amado, la liturgia de hoy reza con el
salmista:
«Habitaré en
la casa del Señor por años sin término».
El Señor es nuestro Pastor. Con él nada nos falta. Nos hace
recostar en verdes praderas, nos conduce hacia fuentes
tranquilas y repara nuestras fuerzas. Nos guía por senderos
justos. El camina con nosotros y con él nada tememos. Su vara
y su cayado nos sosiegan. Prepara una mesa ante nosotros
enfrente de nuestros enemigos, nos unge la cabeza con perfume
y nuestra copa rebosa. Su bondad y su misericordia nos
acompañan todos nuestros días.
–Mateo
15,29-37:
Jesús cura a muchos enfermos y multiplica los panes.
Jesucristo
tiene predilección por los pobres, por los oprimidos, por los enfermos. Nos lo
dice el Evangelio de hoy. También nosotros nos encontramos entre ellos: nos
hemos hecho cojos por el apego a las criaturas, lisiados por el amor propio,
ciegos por el orgullo, mudos por la soberbia y hemos contraído otras
enfermedades espirituales. Hemos de pensar que solo Él es quien sana y que los
sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía han sido instituidos para esto.
Miremos
a Jesús, cómo se compadece de la multitud que le sigue sin acordarse del
sustento necesario. Y cómo realiza el milagro de la multiplicación de los
panes y de los peces, que es símbolo de la Eucaristía, como lo ha entendido
toda la tradición de la Iglesia.
En
la Santa Misa hemos de integrarnos, con todo lo que somos y tenemos, en las
necesidades de nuestros hermanos. Hemos de ayudarlos. La ofrenda de nuestras
acciones, de nuestros sufrimientos, de nuestras alegrías, de nuestro trabajo,
durante la celebración eucarística vienen a ser parte integrante del
sacrificio, unidos nosotros a Cristo, teniendo sus mismos sentimientos. Hemos de
participar en la Santa Misa con mente y corazón, con plena disponibilidad, para
identificar siempre nuestra voluntad con la voluntad de Dios.
Jueves
«Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandatos son estables.
Hace tiempo comprendí tus preceptos, porque Tú existes desde
siempre» (Sal 118,151-152).
En la oración
colecta (Gelasiano), pedimos al Señor que despierte nuestros corazones y
que los mueva a preparar los caminos de su Hijo; que su amor y su perdón
apresuren la salvación que retardan nuestros pecados. Ansiamos la venida del Señor,
pero nos vemos faltos de fuerza y de mérito. Solo en el Señor tenemos puesta
nuestra confianza. Comunión: Para ello llevemos ya desde ahora una vida
sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición
gloriosa del gran Dios (Tit 2,12-13).
–Isaías
26,1-6:
«Que entre el pueblo justo, el que es fiel». El pueblo
canta la victoria de Yahvé, que ha hecho inexpugnable a su ciudad, a la
Iglesia. En ella habita el pueblo justo, pacífico y fiel. Su fuerza y su poder
es el mismo Dios, la Roca fuerte. Pero no podemos olvidar que la condición
humana se ha hecho por el pecado inestable y precaria, y que el enemigo no deja
de oprimirnos con sus insidias.
Mientras
estamos, pues, en este mundo la lucha ha de ser constante. Por todas partes nos
atacan para derribarnos: la tentación del bienestar, la manipulación de las
opiniones mediante los medios de comunicación social, las ideologías
masificadoras, el consumismo, el progreso técnico, en sí positivo y
liberador… Todo esto llega a engendrar inseguridad, a hacer difícil
experimentar un centro que unifique nuestra vida.
La
respuesta bíblica es categórica. Solo Dios puede construir la ciudad, solo él
puede ser el alcázar seguro, la Roca inexpugnable que vence todo lo que puede
intentar destruirnos. Hemos de tener una fe viva, que ve y siente a Dios en
todas las cosas y acontecimientos, que está plenamente convencida de su
presencia, de su acción, de su santa voluntad, de su providencia, de su
imperio, de su gobierno en el mundo. Hemos de abandonarnos totalmente en las
manos de Dios, en la providencia divina. Hemos de tener un amor intenso,
constante, dispuesto a todos los sacrificios, humillaciones, dolores y
renunciamientos. Querer lo que Dios quiere y permite. Todo es para nuestro bien.
–Salmo
117: El Señor es ayuda de los débiles, quienes,
fortalecidos con la ayuda de Dios, poseerán la ciudad fuerte
de que trata la lectura anterior. Como el Rey vencedor, que
leemos en este salmo, demos gracias al Señor por su protección
constante, y confesemos que solo en él encontramos la
salvación. Solo es bendito y llega a feliz término el que no
confía en sus propias fuerzas, sino en el nombre del Señor,
pues
«mejor es
refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es
refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes… Señor, danos
la salvación, Señor, danos prosperidad. El Señor es Dios: Él
nos ilumina».
Así lo esperamos en vísperas de la solemnidad del Nacimiento
del Señor.
–Mateo
7,21.24-27:
El verdadero discípulo cumple la voluntad de Dios.
El discípulo fiel del Señor escucha la palabra y la pone en práctica. Cristo
nos guía para que realicemos la voluntad del Padre. No nos basta con decir: Señor,
Señor, si no cumplimos la voluntad de Dios. Comenta San Agustín:
«Hermanos míos: Venís con entusiasmo a escuchar la palabra: no os engañéis a vosotros mismos, fallando a la hora de cumplir lo que escuchasteis. Pensad que si es hermoso escucharla, ¡cuánto más lo será llevarla a la práctica! Si no la escuchas, si no pones interés en escucharla, nada edificas. Pero, si la escuchas y no la llevas a la práctica, edificas una ruina […] Quien la escucha y no la pone en práctica, edifica sobre arena; y edifica sobre la roca quien la escucha y la pone en práctica. Y quien ni siquiera la escucha, no edifica ni sobre la roca ni sobre la arena […] Si no edificas te quedarás sin techo donde cobijarte… Por tanto, si malo es para ti edificar sobre arena, malo es también no edificar nada; solo queda como bueno edificar sobre la roca» (Sermón 79, 8-9, en Cartago, antes del 409).
El
Dios-Fortaleza, llega a ser Dios-Roca, fundamento sobre el que nos toca a
nosotros construir. La vida contemplativa y la vida activa son necesarias para
todos y cada uno. Sin el fundamento –vida interior, alimentada por la Palabra
de Dios– no se puede construir, lo mismo que una vida de piedad, sin la práctica
efectiva de las virtudes, es estéril. Sin Dios, sin Cristo, nada podemos hacer.
Cristo viene a enseñarnos a construir el edificio de nuestra santidad. Escuchémoslo
en las celebraciones litúrgicas.
Viernes
El
canto de entrada teje un ramillete con las imágenes más bellas para anunciar
la visita del Señor:
«El Señor viene con esplendor para visitar a su pueblo
con la paz y comunicarle la vida eterna». En la oración colecta (Gregoriano),
pedimos al Señor que despierte su poder y que venga; que su brazo liberador nos
salve de los peligros que nos amenazan a causa de nuestros pecados. Esta misma
convicción la expresamos cantando en la comunión:
«Aguardamos un
Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde,
según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3,20-21).
–Isaías
29,17-24:
Oráculo sobre la salvación escatológica. Yahvé esta
a punto de intervenir para salvar de manera definitiva a los hombres. Los
pobres, los oprimidos, los inocentes experimentarán el gozo de la liberación,
la alegría de su cercanía a Dios. Hemos confiado en el Señor y Él no nos
defrauda. Por eso proclamamos que Él es Santo. Las obras de Dios y el
testimonio de su pueblo son una prueba de su inmensa bondad. Todos pueden
comprobarlo.
Nuestra
fe en la venida del Señor debe traducirse en una acción sin reservas para
acelerar su día, trabajando con confianza para mejorar el ambiente en que
vivimos. Tomemos nota de la situación de minoría en que se encuentran los
verdaderos cristianos, incluso en países tradicionalmente cristianos: engaños,
inmoralidades, corrupción, calumnias etc., y Jacob (el verdadero pueblo
cristiano) tiene que sufrir. Practiquemos con el ejemplo la justicia; opongamos
a la relajación cada vez más grave de las costumbres el testimonio de una
conducta personal y familiar irreprensible. El cerco cerrado del egoísmo y del
desinterés ha de ser contrapuesto con la espiral incomparable de la generosidad
que nos lleva a ayudar a todos.
¡Cuántos hombres viven hoy alejados por completo de la Iglesia
de Cristo, y alejados de Dios! Compadezcámonos de la miseria
espiritual de todos y cada uno de ellos. Pidamos
apasionadamente por ellos y esperemos que llegue su hora de
perdón, de redención, de salvación. Clamemos con la liturgia
de este tiempo:
«Señor, ten
compasión de nosotros y danos tu salvación». «¡Muestra,
Señor tu poder y ven a salvarnos! ¡Líbranos de nuestros
pecados, de nuestro olvido de Dios! ¡Ven, Señor, y no
tardes!».
–Con
el Salmo 26, en consonancia con el tema de la
esperanza propia del Adviento, cantamos al Señor suplicándole
que Él sea
«nuestra luz
y nuestra salvación».
La vida cristiana es vida de esperanza. Ante las repetidas
promesas de Dios que nos anuncian la salvación, este salmo es
la respuesta óptima a Dios que nos salva: «Una cosa
pido al Señor por los días de mi vida. Espero gozar de la
dicha del Señor en el país de la vida».
Navidad
nos ofrece el remedio a nuestra sed de riquezas y placeres, de nuestra avidez de
honores y dignidades, de nuestro afán de dominio y de prestigio. Nos ofrece el
remedio a nuestra concupiscencia sin límites, de nuestro amor propio… El Señor,
por el contrario, desciende hasta nosotros en la humildad de nuestra naturaleza.
Viene a revelarnos la verdad. Viene a darnos la única vida verdaderamente
profunda, dichosa y perfecta: la vida divina.
–Mateo
9,27-31:
Jesús prueba y purifica la fe. El Señor evita la
publicidad del milagro para que no se falsifique la finalidad de su venida. Los
dos ciegos dan prueba de una auténtica fe: confían en el poder que Jesús
tiene para curarlos. También ahora Jesús nos ofrece por la liturgia de la
Iglesia su poder salvador. Pero hemos de reconocer antes nuestra propia miseria.
Los ciegos invocan al Señor. Le piden su curación.
Reconozcamos,
pues, nuestra ceguera. Tenemos necesidad de ser iluminados con la luz de Cristo.
Él lo dijo:
«Yo soy la Luz del mundo» (Jn 8,12).
Cristo es la luz del mundo: por la fe santa que Él inspira en
las almas; por el ejemplo que nos da con su vida santísima, en
el pesebre, en Nazaret, en la Cruz, en su Resurrección, en la
Eucaristía, en el Sagrario, por la luminosa túnica de gracia
con que envuelve a nuestras almas; por la santa Iglesia que
brilla con luz refulgente por sus dogmas, por sus sacramentos,
por toda su liturgia y predicación. A la luz de este Sol sin
ocaso, todo aparece claro, transparente. Gracias a su Luz,
adquirimos un conocimiento exacto, infalible, de nuestro
origen y de nuestro destino, de nuestro Dios y de toda nuestra
vida. Digamos, pues, como los dos ciegos:
«¡Ten
compasión de nosotros, Hijo de David!»
Sábado
En
el canto de entrada decimos anhelantes:
«Despierta tu poder, Señor, Tú
que te sientas sobre querubines, y ven a salvarnos» (Sal 79,4.2). Y en la comunión
se nos asegura que viene en seguida y que trae consigo su salario, para pagar a
cada uno, según su propio trabajo (Ap 22,12). Pedimos, pues, al Señor que, ya
que para librar al hombre de la antigua esclavitud envió a su Hijo a este
mundo, nos conceda a los que esperamos con devoción su venida la gracia de su
perdón y el premio de la libertad verdadera (colecta, Rótulus de Rávena,
siglo V).
–Isaías
30,18-21.23-26:
Apenas el Señor te oiga, te responderá. El
profeta anuncia la misericordia de Dios, que proporcionará a su pueblo consuelo
y gozo. Dios tiene paciencia con el pecador, en espera de su conversión. Está
siempre atento a intervenir apenas gima en su búsqueda. Hasta cuando aparece
lejano y silencioso, dejando al pueblo en la prueba, está siempre presente para
indicar el camino justo. Y cuando el pueblo lo sigue, Yahvé lo colma de
bendiciones, cura sus heridas.
Todo
esto se realiza principalmente en Cristo, a cuya venida en la Noche de Navidad
nos preparamos. La certeza de la consolación final no está separada del dolor
que habitualmente nos acompaña. El
«pan de la aflicción» y
«el agua de la
tribulación» son el alimento diario del hombre. Nos resulta difícil aceptar
de la misma mano el sufrimiento y la alegría, pero no podemos olvidar que todo
se nos da para nuestro bien (Rom 8,28). El Señor es el gran Maestro que no se
cansa de indicarnos el camino, a pesar de que nosotros nos inclinemos a perderlo
por nuestra malicia.
Hemos
de levantar la mirada para leer los acontecimientos; entonces, seremos dóciles
a las enseñanzas divinas y caminaremos por la única dirección por la que
encontraremos al Señor, «que curará nuestras heridas». ¡Cuántos están
todavía en las tinieblas del error, incluso los que se llaman cristianos, pero
no viven como tales! Desechemos las obras de las tinieblas, de la vida pagana,
infiel, y empuñemos las armas de la luz. Caminemos a la luz de Cristo. Él cura
todas nuestras enfermedades.
–El
Salmo 146 fue cantado al Señor por Israel, al
salir del destierro:
«El Señor
sostiene a los humildes».
También nosotros lo hacemos ahora, pues se acerca nuestra
liberación:
«Dichosos
los que esperan en el Señor. Alabad al Señor que Él merece
todo nuestro canto y nuestra acción de gracias. Él sana los
corazones destrozados, venda nuestras heridas»,
como el Buen Samaritano. «Nuestro
Dios es grande y poderoso, conoce el número de las estrellas y
a todas las llama por su nombre. Su sabiduría no tiene medida…
Dichosos los que esperan en el Señor».
Para vivir esto debemos morir a nosotros mismos, con nuestros
gustos, nuestros intereses particulares, nuestros deseos
pecaminosos, nuestras malas inclinaciones. Debemos resucitar a
una vida nueva conforme al espíritu de Cristo.
«Revestíos
del Señor Jesús»,
nos dice el Apóstol. Saturados de ese espíritu, animados por
Él, respirando su mismo aliento, ya no ambicionemos más que a
Dios, ya no deseemos más que cumplir su voluntad. Él nos
basta. ¡Solo Dios!
–Mateo
9,35–10,1.6-8: Jesús se compadece de la muchedumbre. Y la misión
de Jesús se prolonga por medio de sus discípulos. Es para Cristo y para ellos
la hora de la compasión con los hermanos, los hombres y mujeres de todos los
tiempos. ¡Cuántos marchan por la vida como ovejas sin pastor! Necesitan de
nuestra ayuda. Todo cristiano ha de ser necesariamente misionero, aunque en esto
existan grados y modos diversos. Todos estamos obligados a difundir el mensaje
de salvación, con nuestras oraciones y sacrificios, con nuestra palabra y con
nuestro ejemplo.
Con
gran corazón, con inmenso amor hagámonos solidarios de todos los males y
sufrimientos de los hombres que nos rodean y de los que viven a mucha distancia
de nosotros. Todos son hermanos nuestros y a todos debe llegar nuestra ayuda.
«A
Ti levanto mi alma». Tal es el clamor que
debe brotar de nuestro corazón en este tiempo de Adviento al contemplar tanta
miseria moral en nosotros y en todos los hombres. Ningún poder humano puede
darnos la redención verdadera, la liberación que en realidad necesitamos todos
los hombres. Únicamente Jesucristo, el Hijo de Dios humanado, nos puede salvar.
San Buenaventura lo afirma orando:
«Clama, alma devota, cercada de tantas miserias, clama a Jesús y dile: “¡Oh Jesús, Salvador del mundo, sálvanos, ayúdanos, oh Señor Dios Nuestro!, esforzando a los débiles, consolando a los afligidos, socorriendo a los frágiles, consolidando a los vacilantes”... ¡Alégrate, viendo que Jesús ahuyenta los demonios en la remisión del pecado, alumbra a los ciegos infundiendo el verdadero conocimiento, resucita a los muertos al conferir la gracia, cura los enfermos, sana los cojos, endereza a los paralíticos y contraídos, robusteciendo su espíritu, a fin de que sean fuertes y varoniles por la gracia los que antes eran flacos y cobardes por la culpa» (Las cinco festividades del Nacimiento de Jesús, fest. III, 3)
Domingo
Entrada:
Con gran gozo iniciamos esta celebración cantando, «Pueblo de Sión; mira al
Señor que viene a salvar a los pueblos. El Señor hará oír su voz gloriosa en
la alegría de vuestro corazón» (Is 30, 19.30).
En
la oración colecta (Gelasiano) invocamos al Señor y le pedimos a él
que es todopoderoso y rico en misericordia que, cuando salimos animosos al
encuentro de su Hijo, no permita que lo impidan los afanes del mundo, y que nos
guíe hasta Él con sabiduría divina, para que podamos participar plenamente
del esplendor de su gloria.
En
seguida (ofertorio, Gregoriano), pedimos que los ruegos y ofrendas de
nuestra pobreza conmuevan al Señor y, al vernos desvalidos y sin méritos
propios, acuda compasivo en nuestra ayuda. En la comunión cantamos: «Levántate,
Jerusalén; ponte sobre la cumbre y mira la alegría que te va a traer tu Dios»
(Bar 5, 5; 4, 36). Y pedimos después al Señor (postcomunión,
Gregoriano) que, alimentados con la Eucaristía por la comunión de su
sacramento, nos dé sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando
intensamente los del cielo.
Ciclo A
El
Adviento es tiempo fuerte de revisión de vida y conducta, al menos en la medida
en que nuestro vivir cotidiano se encuentre tarado por el rechazo del influjo
regenerante y santificador de Jesucristo. Como trasfondo litúrgico, la Historia
de la Salvación nos actualiza en la expectación mesiánica provocada y
alentada por los profetas y encauzada por el Bautista, para llevar al pueblo de
Dios a un encuentro responsable con Cristo.
–Isaías
11,1-10: Con equidad dará sentencia al pobre. Los vaticinios
mesiánicos del profeta Isaías proclaman las dos líneas características de la
semblanza del Emmanuel: su ascendencia davídica según la carne y su condición
salvadora de Mesías. Su identidad humana con nosotros y su capacidad divina
para transformar nuestras vidas. Toda la historia del pueblo elegido es un
tiempo de espera en el cumplimiento de las promesas divinas. Los profetas
hicieron todo lo posible para conducir a Israel al verdadero camino de la
salvación.
La
lectura nos muestra hoy nuestras propias responsabilidades. Cristo ha venido
históricamente una vez para siempre, pero hemos de esperar para que llegue a
nosotros y a todo el mundo el Reino de Dios. El creyente tiene, o ha de tener,
un empeño categórico: hacer venir a Cristo más perfectamente a sí y al
mundo, con una presencia más dinámica, dada por el Espíritu Santo en el
Bautismo. Hemos de dejarnos guiar por Él para realizar, con el rey mesiánico,
el plan de salvación en cada uno de nosotros y en los demás.
–Con
el Salmo 71 cantamos: «Que en sus días florezca la justicia y la
paz abunde eternamente. Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo
de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.
Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector. Él se
apiadará del pobre y del indigente y salvará la vida de los pobres». Todos
somos pobres ante el Señor.
–Romanos
15,4-9: Cristo salvó a todos los hombres. En los designios
divinos Cristo, del que todos los hombres necesitan para ser salvados, es el
gran Reconciliador. San Pablo llama al amor la «ley de Cristo» (Gál 6,2) o «la
plenitud de la ley» (Rm 13,10; Gál 5,14). La importancia del amor cristiano es
tal que no puede absolutamente ser llamado una virtud; sería como vaciar de su
sentido verdadero al amor de Dios mismo o de su Hijo hacia nosotros.
Para
San Pablo, el ejemplo de Cristo, que para salvarnos se hace obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 8), ha de ser estímulo y acicate para que
nosotros hagamos lo mismo por la salvación de los hermanos. El Adviento, tiempo
de espera, debe incitar a todos los cristianos a una profunda reflexión sobre
nuestra responsabilidad en la salvación de los hombres alejados de Dios.
–Mateo
3,1-12: Haced penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos.
A una presencia de Cristo más intensa en nosotros solo es posible llegar por
una renovación radical de nuestro ser interior y de nuestra conducta exterior.
Comenta San Agustín:
«Reciba, pues, cada uno con prudencia las amonestaciones del preceptor, para no desaprovechar el tiempo de la misericordia del Salvador que se otorga en esta época de perdón para el género humano. Al hombre se le perdona para que se convierta y no haya nadie a quien condenar. Dios verá cuándo ha de llegar el fin del mundo; ahora, por de pronto, es el tiempo de la fe» (Sermón 109, 1).
La
conversión supone que nos hemos desviado. Hemos de cambiar de actitud, de
mentalidad. Testigos de la necesidad que todo hombre tiene de Cristo, nuestra
conducta ha de ser tal que vaya abriendo los corazones al misterio de Cristo
Salvador.
Ciclo B
Para
la sagrada Liturgia, Sión representa a Jerusalén, a la nueva
Jerusalén de la Iglesia, a la Jerusalén de la eterna claridad en el cielo.
Significa también el reinado de Dios en las almas cristianas. «Preparad el
camino del Señor», allanad, reparad las calles, tenedlo todo a punto para el
gran momento en el que el Rey divino, Cristo, el Señor, quiera entrar en la
ciudad, en las almas. Durante el Adviento debemos vivir más conscientes,
profunda y fielmente unidos a la comunidad de la Iglesia. Debemos ser una sola
alma. Debemos tener todos un solo corazón, una sola fe, una sola esperanza, un
solo amor, una sola oración, un solo sacrificio.
–Isaías
40,1-5.9-11: Preparadle un camino al Señor. En su designio de
salvación Dios pone todo su amor; llega hasta enviarnos a su propio Hijo, el
Salvador. Pero la voluntad personal y colectiva de los hombres habrá de poner
toda la sinceridad de su conversión, que los haga disponibles para Cristo.
Israel
es un pueblo en camino. Esto aparece en toda la Sagrada Escritura, sobre todo en
la primera lectura de hoy, de un modo claro y preciso: de un estado de
esclavitud hay que pasar a otro de liberación y de paz. La Iglesia vive ese
mismo misterio, como nos lo ha recordado el Concilio Vaticano II. Es heredera de
las prerrogativas de Israel. Pueblo en camino, Israel estaba dirigido hacia el
cumplimiento de una esperanza salvífica. Pueblo en camino, la Iglesia está
dirigida hacia el cumplimiento de una comunión total con Cristo; y por eso vive
una espiritualidad de esperanza, esto es, de íntima unión con Dios en Cristo,
que vive en su Iglesia. De ahí la impronta escatológica: la aspiración
continua a la plenitud de la Jerusalén celeste.
–Salmo
84: Esperamos a Cristo y el cumplimiento de su acción salvífica en
nosotros. «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a
escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.
La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra
tierra… La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».
–1
Pedro 3,8-14: Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva. El
tiempo significa solo una amorosa espera por parte de Dios, que quiere que todos
los hombres lleguen a estar en actitud de salvación cuando el Señor venga. El
vocabulario usado es típicamente escatológico-apocalíptico. El sentido de las
palabras y de las imágenes en las que predomina el fuego, parece ser éste: la
acción definitiva de Dios, su vuelta escatológica, exige una purificación
interior que, al mismo tiempo, destruye lo que está mal y exalta el bien de la
salvación.
Hay
que «saber esperar», como diría el Beato Rafael Arnaiz. Tenemos que colaborar
con la gracia de Dios. El Señor viene a la Sión del Nuevo Testamento, al reino
divino de la Santa Iglesia, al cual somos llamados también nosotros. Aquí, en
la Santa Iglesia: lo encuentro, lo veo, lo oigo, lo toco. Aquí me da él la
salvación, el perdón de mis pecados, la gracia, la vida. Cristo –su salvación
y redención– se ha dado a los hombres en su Santa Iglesia. Cuanto más nos
identifiquemos con la comunidad de fe, de oración, de sacrificio, de dolor, de
apostolado, que es la Iglesia, más hondamente participaremos de la redención y
salvación divinas.
–Marcos
1,1-8: Preparadle el camino al Señor. Juan fue el heraldo de
Cristo. Toda su vida fue un grito de alerta contra nuestra inconsciencia y
nuestra irresponsabilidad. ¡Preparad los caminos del Señor… reformad
vuestras vidas! ¡Abrid vuestro corazón al Corazón sacratísimo del Redentor!
La
Iglesia, llamándonos así en la liturgia, prolonga la predicación del
Bautista, y como dice San Gregorio Magno, prepara los caminos al Señor que
viene:
«Todo el que predica la fe recta y las buenas obras ¿qué hace, sino preparar el camino del Señor para que venga al corazón de los oyentes, penetrándolos con la fuerza de la gracia, ilustrándolos con la luz de la verdad, para que, enderezadas así las sendas que han de conducir a Dios, se engendren en el alma santos pensamientos?» (Homilía 20 sobre el Evangelio).
El
concilio Vaticano II fue en su día, y sigue siendo, para toda la Iglesia una
renovada tensión de Adviento, una auténtica renovación profunda por la
conversión evangélica: «La Iglesia, que encierra en su seno pecadores, siendo
al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la
senda de la penitencia y de la renovación» (Lumen Gentium 8).
Pero
anterior a la renovación de las estructuras es la renovación de las personas:
esa profunda conversión integral en la interioridad del hombre sin Cristo, que
le abre a la verdadera cristificación, a la intimidad transformante con Cristo.
Asó lo enseñó explícitamente Pablo VI en su encíclica Ecclesiam suam
(6-VIII-1964):
«La reforma no puede afectar ni a la concepción esencial ni a las estructuras fundamentales de la Iglesia… No podemos acusar de infidelidad a nuestra querida y santa Iglesia de Dios… No nos fascine el deseo de renovar la estructura de la Iglesia por vía carismática…, introduciendo arbitrarios ensueños de artificiosas renovaciones en el esquema constitutivo de la Iglesia… Es necesario evitar otro peligro, que el deseo de reforma podría engendrar… en quienes piensan que la reforma de la Iglesia debe consistir principalmente en la adaptación de sus sentimientos y de sus maneras de proceder a los mundanos» (41-43).
Ser
heraldos de Cristo para quienes no lo conocen ni lo aman. ¡Ése es nuestro
ineludible deber de Adviento!
Ciclo C
La
liturgia de este Domingo nos recuerda que nuestra meta es siempre Cristo, la
gran promesa de la salvación hecha por el Padre para todos los hombres de todos
los tiempos. Y que el camino que nos conduce hasta Cristo es también de
iniciativa divina. Los grandes profetas de Dios no han tenido otra misión en la
Historia de la Salvación que preparar ese camino bajo la luz esplendorosa de la
Revelación, es decir, abriendo las conciencias a la Palabra de Dios, renovadora
de los corazones para el misterio de Cristo.
–Bar
5,1-9: Dios mostrará su esplendor sobre Jerusalén. El profeta
Baruc anunció la salvación mesiánica como un retorno gozoso a la patria por
los caminos de la justicia y de la piedad, de la humilde esperanza y de la
rectitud del corazón, preparados por el mismo Señor que nos redime.
Ha
pasado la hora del duelo y de la tristeza, y por ello Jerusalén debe adornarse
con sus mejores ornamentos de gloria. Es la hora de la glorificación de sus
hijos, de su retorno triunfal. Jerusalén va a ser en adelante como una reina
majestuosa, aureolada por la gloria de Dios… Es una idealización de los
tiempos mesiánicos. La justicia es la característica de la nueva teocracia
mesiánica; por eso el Mesías se ceñirá con el cinturón de la justicia. Y
esa justicia de los tiempos mesiánicos es fruto del conocimiento de Dios que
suscribirá una nueva alianza escrita en los corazones.
El
reino del Mesías es ante todo de un orden espiritual. «Desde Sión reverbera
el esplendor de su belleza»: el Señor hace su entrada en el divino reino de su
Iglesia. Aquí vuelve de nuevo a vivir su vida. La vida de la Iglesia es la vida
de Cristo. El que quiera participar de la vida de Cristo tiene que asimilar por
los sacramentos la vida de la Iglesia. Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que nosotros vivamos por Él (Jn 4,9). «En Él, en el
Hijo de Dios, estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4). Él
vino y nos dio también a nosotros, los gentiles, «la potestad de ser hijos de
Dios» ¡Una nueva vida, una vida divina! Los profetas, al prever los tiempos
mesiánicos, se quedaron muy cortos. La realidad es mucho mayor que lo que ellos
previeron y anunciaron con imágenes sublimes.
–El
Salmo 125 canta el gozo de esta salvación tan admirable: «El Señor
ha estado grande con nosotros y estamos alegres».
–Filipenses
1,4-6.8-11: Manteneos limpios e irreprochables para el día de Cristo.
El ideal de la perfección cristiana y de la caridad creciente son las garantías
evangélicas que nos pueden llevar santos e irreprochables hasta el Día del Señor.
¡Hasta el encuentro definitivo con el Corazón del Redentor! En el contexto del
Adviento hemos de subrayar en esta lectura la idea del crecimiento, del
desarrollo de la vida cristiana. Hemos de advertir como un deber imperioso e
improrrogable que es necesario desarrollar la propia vida cristiana hacia formas
más concretas y encarnando testimonios de los valores que ella encierra. No
podemos contentarnos con una actitud de mera observancia de prácticas y
preceptos. El cristiano no es solo un observante, sino también y principalmente
un testigo de la vida de Cristo en toda su plenitud desde la Encarnación hasta
su Ascensión a los cielos. Este tiempo litúrgico nos ofrece la ocasión de una
revisión del modo cómo somos testimonio cristiano en medio del mundo.
–Lucas
3,1-6: Todos verán la salvación de Dios. Ni el pesimismo
enervante, ni la temeraria autosuficiencia, ni las conductas tortuosas son
senderos que nos llevan a Cristo. Solo la renovación interior puede abrir
nuestras vidas al mensaje del Evangelio y al Amor santificador de Cristo. Si el
Adviento ha introducido en la historia humana la Época última y se identifica
con ella, ha de ser por esto una actitud constante de la vida cristiana. El
creyente ha de sentirse siempre en estado permanente de conversión. Oigamos a
San León Magno:
«Demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros y, estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida de Cristo (Ef 2,5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo con sus acciones (Col 3,9) y renunciemos a las obras de la carne nosotros que hemos sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo. Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4) y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas (Col 1,13) se te ha trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas» (Homilía 1ª sobre la Natividad del Señor 3).
Para
poder crecer en la caridad y desarrollar el discernimiento (1ª lect.), para
saber leer en los acontecimientos de la historia (1ª
y 3ª lect.) la presencia salvífica de Dios, es menester que el creyente
se abra continuamente a Dios y a la historia.
De
ahí la actualidad de la predicación del Bautista como programa de apertura
penitencial a Cristo y a la gracia del Evangelio en cuantos buscan sinceramente
los designios divinos de la salvación cristocéntrica. Es nuestra vida íntegra
la que habrá de llevar a los demás hombres la autenticidad de nuestra fe y de
nuestra comunión con Cristo, el Señor, más allá del altar y del templo.
Hemos de ir por la vida abriendo a los hombres senderos para Cristo.
Lunes
En
la entrada decimos jubilosos con los profetas: «escuchad, pueblos, la
palabra del Señor; anunciadla en las islas remotas: mirad a nuestro Salvador
que viene; no temáis» (Jer 31,10; Is 33,4). En la oración colecta (Rótulus
de Rávena), pedimos al Señor que suban a su presencia nuestras plegarias y que
colme en sus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio
admirable de la Encarnación de su Hijo. En la comunión pedimos al Señor
que venga, que nos visite con su paz, para que nos alegremos en su presencia de
todo corazón (Sal 103,4-5).
–Isaías
35,1-10: Dios viene en persona y os salvará. El profeta
manifiesta el gozo por la restauración de Judá, signo y realización histórica
de la salvación. Es obra personal de Yavé. En ella revela su poder, sus
caminos, su misericordia. Cristo, perdonando el pecado y curando a los enfermos
se nos presenta como el auténtico Salvador y Redentor. La salvación del hombre
consiste en su transformación. Pero el hombre es incapaz de transformarse por sí
solo. Intenta, obtiene algo, aspira a ello con sinceridad y con sufrimiento:
pero la desproporción del hombre frente a la propia salvación es radical.
Solo
Dios puede salvar, transformar. Dios solo es invocado y esperado. Cuando «viene»
todo cambia en el hombre. Nace un hombre «nuevo» y muere lo que era «viejo».
Lo importante es que el hombre invoque y espere en Dios, haciendose disponible a
su palabra y a su gracia con ánimo, sin temor. Lo que el profeta Isaías dice
recurriendo a imágenes tan brillantes es precisamente esto: Allá donde llega
Dios, cambia la realidad: la vida en lugar de la muerte, el bien en lugar del
mal, la alegría en lugar del llanto. Un amor práctico y desinteresado: he ahí
el signo del Reino de Dios en medio de los hombres.
En
Cristo ha aparecido verdaderamente el reino de Dios sobre la tierra. Él es la
misma personificación del amor que salva y ayuda, que se entrega a los pobres,
que se humilla hasta los enfermos y los cura, que no retrocede hasta los mismos
leprosos y que domina a la muerte. Así viene Él constantemente a nosotros. Él
es a quien esperamos, a quien necesitamos. Él nos basta. Él solo. En Él todo
lo tenemos: el Camino, la Verdad y la Vida.
–Salmo
84: «Dios nos anuncia la paz y la salvación, que están ya cerca».
Este mensaje lo escucharon los deportados de Babilonia, que ya habían expiado
en el sufrimiento su infidelidad. Dios lo repite en cuantos se convierten a Él
de corazón. Por eso seguimos cantando nosotros ese Salmo: Nuestro Dios viene y
nos salvará. «Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su
pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria
habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la
justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira
desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».
–Lucas 5,17-26: Hoy hemos visto cosas admirables. El
hecho de la curación del paralítico en Cafarnaún se emplea normalmente en un
sentido apologético. Es un texto clásico para mostrar la realidad mesiánica
de Cristo; su misma divinidad; la conciencia que tenía de ella. La argumentación
de Cristo es clara y eficaz.
Pero además del argumento apologético se descubre también el
significado salvífico. En Cristo Dios pone su poder a disposición de la
incapacidad del hombre. Nada se sustrae a la eficacia de su acción divina.
Cuerpo y alma, salud física y salud espiritual, pecados y enfermedades, todo se
pliega a su querer. El hombre no puede salvarse por sí solo. Puede y debe
encontrarse con Dios, que viene a Él en Cristo. Le debe encontrar con fe y
confianza, superando las dificultades, incluso aquella de la muchedumbre que se
interpone entre Él y Dios.
Pero es Dios quien salva. Y salva por amor y con amor. El infinito poder
de Cristo es el poder del Amor infinito. No hay salvación sin amor. Cristo se
inclina sobre las miserias humanas del cuerpo y, sobre todo, del alma. La
salvación en sentido cristiano está en el amor de Dios y del prójimo, en
adorar y servir por amor.
La cumbre teológica del relato evangélico de hoy la encontramos en las
palabras: «¿quién puede perdonar los pecados sino Dios solo?» El milagro fue
el sello de las palabras. El poder de la Iglesia se apoya en Cristo. Los
pecadores encuentran a Jesús en su Iglesia, en el sacramento de la penitencia.
Los saciados por sí mismos lo rechazan. Creen no necesitarlo.
Martes
El Señor no solo desea que creamos en su
venida: «El Señor vendrá y con Él todos sus santos; aquel día
brillará una gran luz» (Za 15,5.7), sino también que la deseemos con ardor:
«El juez justo premiará con la corona merecida a todos los que tienen amor a
su venida» (1 Tim 4, 8). La oración colecta (Rótulus de Rávena) pide
al Señor, que ha manifestado su salvación hasta los confines de la tierra, que
nos conceda esperar con alegría la gloria del nacimiento de su Hijo.
–Isaías 40,1-11: El Señor consolará a su pueblo. Dios
vendrá en persona a tomar posesión de su trono y a otorgar el perdón a su
pueblo. El destierro ha sido solo como un servicio purificador, exigido por el
pecado. Pero no se ha roto el pacto. Cumplida su misión, el servicio termina.
La vuelta es un prodigio continuado del Señor, como en el primer Éxodo. Un
heraldo anuncia la buena noticia.
La religión de la Biblia no puede ser reducida a la melancolía porque
afirma la condición pasajera de todo. Hay en ella la certeza de una realidad
que jamás vendrá a menos en la Palabra de Dios. Su presencia salvífica en la
historia humana le coloca junto al hombre, para que éste comparta con Él la
vida entera, sea liberado así de la esclavitud de Babilonia, y guiado hacia la
salvación de Jerusalén. Dios es siempre fiel a sus promesas y nunca nos dejará
solos. Comenta San Agustín:
«Te vence, oh hombre, tu concupiscencia; te vence porque te halló en mal estado; te halló en la carne y por eso te venció. Emigra de ella… Aun viviendo en la carne, no estés en la carne: “Toda carne es heno; en cambio la palabra de Dios permanece eternamente” ( Is 40, 6-8). Sea el Señor tu refugio. Si te acosa la concupiscencia, si te apura, si junta todas sus fuerzas contra ti, habiéndose engrandecido por la prohibición de la ley, teniendo que sufrir a un enemigo más poderoso, sea el Señor tu refugio, tu torre fortificada frente al enemigo. No vivas en la carne, sino en el espíritu. ¿Qué es vivir en el espíritu? Poner la esperanza en Dios… No te quedes en ti; trasciéndete a ti mismo; coloca tu asiento en quien te hizo. La Santa Iglesia es precursora. Ella nos conduce de la mano hasta Cristo, hasta el Salvador, por medio de su fe, de su dogma, de su moral, de sus sacramentos, de su liturgia y de su espíritu» (Sermones 288-289).
Penetrémonos todos del espíritu de la Iglesia, de sus sentimientos, de
su liturgia de Adviento. ¡Caminemos guiados por su mano hacia Jesucristo!
–Salmo 95. Los desterrados que vuelven de Babilonia a la
libertad de su patria cantaron: «Nuestro Dios llega con poder». Cantemos también
nosotros con ellos, pues se acerca nuestra liberación, que nos hará pasar de
una vida miserable a una vida más perfecta. Cantemos al Señor un cántico
nuevo, que con nosotros cante toda la tierra. Bendigamos el Nombre del Señor,
proclamemos día tras día su victoria. Contemos a todos los pueblo su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. Digamos a todos los pueblos: el Señor es
Rey, un Rey que gobierna a los pueblos rectamente. Alégrese el cielo, goce la
tierra, retumbe el mar y cuanto contiene, vitoreen los campos y cuanto hay en
ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya
llega a regir la tierra. ¡Que todos nos sometamos a su imperio!
–Mateo 18,12-14: El Señor no quiere que se pierda
nadie. Dios se ha revelado en el Antiguo Testamento como Padre de
misericordia, lleno de bondad y tardo a la cólera, que nos ama entrañablemente,
que nos escucha y perdona. Este Padre se nos ha revelado plenamente en su Hijo
Jesucristo como Amor que se alegra siempre que un pecador vuelve a Él, que
busca la oveja perdida. Comenta San
Agustín:
«No juzguemos el pensamiento de los otros, al contrario, presentemos a Dios nuestras preces, incluso por aquellos sobre los que tenemos alguna duda. Quizá la novedad que supone comporte en Él alguna duda; amad más intensamente al que duda, alejad con vuestro amor la duda del corazón débil… Confiad a Dios su corazón por el que debéis orar. Sabed que es abandonado por los malos y ha de ser recibido por los buenos. Vuestro amor al hombre sea mayor que vuestro antiguo odio al error… Cristo vino a llamar a los enfermos…, buscó la oveja perdida… He aquí cómo Cristo vino a sanar a los enfermos: así supo vengarse de sus enemigos… Lo encomendamos a vuestras oraciones, a vuestro amor, a vuestra amistad fiel. Acoged su debilidad. Según como vayáis vosotros delante, así irá él detrás. Enseñadle el buen camino» (Sermón 279,11).
Hemos de imitar a Cristo en la solicitud por la oveja descarriada.
Despreciar a uno que yerra, que va equivocado, es la antítesis del
cristianismo. Dar a todos y a cada uno la certeza de ser buscado, es decir,
amado, comprendido, defendido, es la esencia del cristianismo. El Señor vino a
salvar a los que estaban perdidos; sigamos también nosotros su ejemplo.
Miércoles
Entrada: «Ven, Señor, y no tardes. Ilumina lo que esconden las
tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hb 2,3; 1Cor 4,5). En la comunión
halla respuesta la súplica anterior: «El Señor llega con poder e iluminará
los ojos de sus siervos» (Is 40,10).
En la colecta (Rótulus de Rávena), al Señor que nos manda abrir
el camino a Cristo, le pedimos que no permita que desfallezcamos en nuestra
debilidad los que esperamos la llegada saludable de Aquel que viene a sanarnos
de todos nuestros males.
–Isaías 40,25-31: El Señor todopoderoso da fuerza al
cansado. Yavé se enfrenta con los ídolos. Nada de lo que hay en el mundo,
por grande y sublime que sea, puede compararse con Yavé. Él lo ha creado todo
y lo conoce todo. No ignora nuestras situaciones concretas. Todo lo ve, todo lo
penetra. Para el que cree, la confianza en Dios no carece de fundamento, no es
una alienación que aparta al hombre de la tarea terrena. Dios es la fuerza que
continuamente, sin que nunca vaya a menos, nos empuja.
Nuestro tiempo es tiempo de gran prueba para el que tiene fe y confianza
en Dios. Todo parece contradecir las convicciones del creyente. Se exalta por
doquier y exageradamente el progreso de la técnica. Se ve ese progreso
solamente como obra propia de la inteligencia humana; pero, ¿quién da al
hombre la inteligencia y quién la mantiene activa? Sin embargo, muchos plantean
el dilema falso: o Dios o el hombre. Se aparta así el hombre de Dios y se
entrega a idolillos.
Para quien cree ese dilema es falso. De aceptarse, significaría la
muerte del hombre, porque el hombre o vive o muere con la vida o con la muerte
de Dios. No se niega el progreso humano. La Iglesia lo ha fomentado siempre. Ni
tampoco se niega el campo de autonomía
del hombre. Pero sí se afirma que el hombre sin Dios queda indescifrable, sin
sentido.
Pues bien, hoy y siempre la liturgia de Adviento nos recuerda que ha de
realizarse en nuestra alma la obra del amor de Dios, que salva, que ayuda y
sana. ¡Abrámonos a su acción bienhechora! ¡Solo Él puede salvarnos
totalmente!
–El Salmo 102 nos hace contemplar la grandeza de Dios
frente a nuestra debilidad, que, no obstante todo el progreso humano, conocemos
por la constante experiencia de nuestras limitaciones. Reconozcamos que el poder
salvador de Dios no es solo para el justo. Él no quiere la muerte del pecador,
sino que se convierta y que viva. Él viene a buscar lo que estaba perdido:
«Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo Nombre; bendice,
alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y
cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia
y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según
nuestras culpas».
–Mateo 11,28-30: Venid a mí todos los que estás
agotados. El Señor ofrece paz y sosiego a las personas que está oprimidas
por muchas causas. El Maestro bueno opone a esta carga su yugo, hecho de
mansedumbre, humildad y amor. Comenta San Agustín:
«Las cargas propias que cada uno lleva son los pecados. A los hombres que llevan cargas tan pesadas y detestables, y que bajo ellas sudan en vano, les dice el Señor: “Venid a Mí todos”… ¿Cómo alivia a los cargados de pecado, sino mediante el perdón de los mismos? El orador se dirige al mundo entero, desde la especie de tribuna de su autoridad excelsa, y exclama: “Escucha, género humano, escuchad, hijos de Adán; oye, raza que te fatigas en vano. Veo vuestro sudor, ved mi don. Sé que estáis fatigados y agobiados y, lo que es peor, que lleváis sobre vuestros hombros pesos dañinos; y, todavía peor, que pedís no que se os quiten esos pesos, sino que os añadan otros… Concedo el perdón de los pecados pasados, haré desaparecer lo que oprimía vuestros ojos, sanaré lo que dañó vuestros hombros. Llevad mi yugo. Ya que para tu mal te había subyugado la ambición, que para tu salud te subyugue la caridad… Esos pesos son alas para volar. Si quitas a las aves el peso de las alas, no pueden volar… Toma, pues, las alas de la paz; recibe las alas de la caridad. Ésta es la carga; así se cumple la ley de Cristo» (Sermón 164, 4ss., en Hipona, el año 411).
Jueves
El canto de entrada lo hacemos con el Salmo 118,151-152: «Tú, Señor,
estás cerca y todos tus mandatos son estables; hace tiempo comprendí tus
preceptos, porque Tú existes desde siempre». El programa de nuestra vida nos
lo presenta la antífona para la comunión: «Llevemos ahora una vida
sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición
gloriosa del gran Dios» (Tit 2,12-13).
La oración colecta (Gelasiano) pide al Señor que despierte
nuestros corazones y que los mueva a preparar los caminos de su Hijo, para que
cuando venga podamos servirte con una conciencia pura.
–Isaías 41,13-20: Yo soy tu Redentor, el Santo de
Israel. Los judíos en el destierro han sido como un gusano pisoteado por
las naciones. Pero Yavé lo defiende, lo lleva en la mano. Hace de Él un
instrumento de purificación para los enemigos de Dios: trillo que tritura,
bieldo que aventa. Yavé es su libertador. Él mismo será fuente para su pueblo
sediento. El mundo reconocerá el poder de Dios.
Esto se ha visto en los tiempos mesiánicos. El Señor libera al hombre
del hambre, de la miseria, de la esclavitud, de la ignorancia y de las
enfermedades, es uno de los anhelos de la humanidad. El hombre incrédulo piensa
que todo está en sus manos, pero se equivoca, porque el egoísmo es el mayor
enemigo de los males de este mundo. El hombre egoísta solo piensa en su propio
bienestar. Solo Dios y los que lo aman pueden ser la salvación del mundo en
todos los tiempos. Dios es nuestro libertador, porque solo en Él se halla la
solución de los problemas humanos. Solo Él puede suscitar en los hombres
sentimientos humanitarios. De todos modos la raíz de todos los males es el
pecado y solo Dios puede perdonarlo.
Juan el Bautista envió una embajada a Jesús para ver si Él era el Mesías.
Jesús da la respuesta: «Los ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos
quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, la alegre noticia es
anunciada a los pobres» Nosotros somos los ciegos, los paralíticos, los
leprosos, los muertos. Cristo ha venido y nos ha curado, nos ha resucitado a la
vida de la gracia. No tenemos necesidad de más Mesías ni de mesianismos.
Cristo ha venido y con Él la salvación de todo el mundo, un nuevo orden social
que mitiga y suprime la miseria humana.
–El Salmo 144 canta con gozo esta verdad: «El Señor es
clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Te ensalzaré, Dios
mío, mi Rey, bendecir tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con
todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Por eso queremos que todas las
criaturas le den gracias, lo bendigan sus fieles, proclamen la gloria de su
reinado, que hablen de sus hazañas, explicando sus hazañas a los hombres, la
gloria y majestad de su reinado, porque su reinado es un reinado perpetuo y su
gobierno va de edad en edad». «De su plenitud todos hemos recibido, gracia por
gracia» (Jn 1,12. 16) «Sabemos que hemos sido transplantados de la muerte a la
vida» (1 Jn 3, 14). «Vivamos, pues, la novedad de esta vida» (Rom
6,4), como verdaderos hijos de Dios, participando de su naturaleza
divina.
–Mateo 11,11-15: Ninguno más grande que Juan el
Bautista. El Antiguo Testamento tuvo la misión de preparar la venida del
Mesías. El último profeta fue el Bautista, que lo señaló
con el dedo. Jesús de Nazaret es el que inaugura la nueva era. Con Él
hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios y coherederos de su
gloria. Pero, hemos de luchar, ser comprometidos con entera radicalidad
con lo que exige esa nueva vida. Así lo expresa San León Magno:
«¿Cómo podrá tener parte en la paz divina aquél a quien agrada lo que desagrada a Dios y el que desea encontrar su placer en cosas que sabe ofenden a Dios? No es ésta la disposición de los hijos de Dios, ni la nobleza recibida con su adopción... Grande es el misterio encerrado en este beneficio, que Dios llame al hombre hijo y el hombre llame a Dios Padre. Estos títulos hacen comprender y conocer a quien se eleva a tal altura de amor... Nuestro Señor Jesucristo, al nacer verdaderamente hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios, ha realizado en sí mismo el origen de una nueva criatura, y en el modo de su nacimiento ha dado a la humanidad un principio espiritual.
«¿Qué inteligencia podrá comprender tan gran misterio, qué lengua narrar una gracia tan grande? La injusticia se vuelve inocencia; la vejez, juventud; los extraños toman parte en la adopción; y las gentes venidas de otros lugares entran en posesión de la herencia. Desde este momento, los impíos se convierten en justos; los avaros, en bienechores; los incontinentes, en castos; los hombres terrestres, en hombres celestes (cf. 1 Cor 15, 49), ¿De dónde viene un cambio tan grande sino del poder del Altísimo? El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del diablo. Él se ha incorporado a nosotros y a nosotros nos ha incorporado a Él, de modo que el descenso de Dios al mundo de los hombres fue una elevación del hombre hasta el mundo de Dios» (Homilía 7ª sobre la Natividad del Señor, 3 y 7)
La fe cristiana es un don de
Dios, pero ella exige del hombre una entrega, una elección. Los valores auténticamente
humanos pueden preparar al cristianismo, pero éste exige un salto más allá de
la humanidad. Quiere una decisión tomada delante de Cristo, aceptándolo como
modelo que transforma radicalmente la experiencia humana. Reducir la religión
cristiana a los límites de lo razonable, de lo «honesto» en el sentido únicamente
humano, es una tentación a la que se recurre con frecuencia. Esto no significa
que para ser buenos cristianos no se tenga que ser ante todo razonables y
honestos. Pero vivamos con Cristo una vida nueva. Continuemos en nosotros la
misma vida de Cristo. Seamos todos un nuevo Cristo viviente. El verdadero
cristiano es un sarmiento unido a la Vid que es Cristo. Si nosotros no ponemos
obstáculos, la vida de Cristo es nuestra vida. Nos preparamos para la Navidad
en que se ha de consumar nuestra plena unión con Cristo
Viernes
«El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y
comunicarle la vida eterna». Así cantamos (entrada) al comienzo de esta
celebración. Y del modo siguiente en el momento de la comunión: «Aguardamos
a un Salvador: El Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición
humilde, según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3, 20-21).
En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que su pueblo
permanezca en vela aguardando la venida de su Hijo, como el criado que espera la
llegada de su amo, para que, siguiendo las normas del Maestro, salgamos a su
encuentro, cuando llegue, con las lámparas encendidas.
–Isaías 48,17-19: ¡Si hubieras atendido a mis
mandatos! El destierro es para Israel una prueba de Dios, para que conozca
sus caminos, para que vea a dónde le lleva su infidelidad. Es también una
lección para nosotros. Todo pecado grave priva de la amistad con Dios, de su
unión. La infidelidad exige el destierro, símbolo de la lejanía de Dios. Una
vez más se nos amonesta que solo con Dios vienen al hombre todos los bienes que
desea: la paz, la justicia, la prosperidad…
Cierto que es un lenguaje lejano a nosotros. Pero la advertencia tiene un
valor perenne. Dios se presenta como un Maestro, con sus mandamientos y
preceptos. Dios se presenta como Señor. El hombre moderno no siente la
perversidad del pecado. Lo considera como un comportamiento desviado a causa de
condicionamientos psicológicos y sociales que debe empeñarse en superar.
Pero el pecado, como dice San Basilio «consiste en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien» (Regla monástica 2,1). «Puede decirse, afirma San Agustín, que, en lo espiritual, hay tanta diferencia entre justos y pecadores, como en lo material entre el cielo y la tierra» (Sermón de la Montaña 2). Y Casiano: «Nada hay que reputar por malo como tal, es decir, intrínsecamente, más que el pecado. Es lo único que nos separa de Dios, que es el bien supremo y nos une al demonio, que es el mal por antonomasia» (Colaciones 6).
No se puede construir la conciencia humana sin un fundamento divino.
–Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, quien lo sigue no caminará
en las tinieblas. Por eso, para el justo la ley del Señor es su gozo. Bien lo
dice el Salmo1: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los
impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de
los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y
noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón,
no se marchitan sus hojas y cuanto emprende tiene un buen fin. No así los impíos,
no así; serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino
de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».
–Mateo 11,16-19: No hacen caso ni de Juan ni de Jesús.
Hay personas incapaces de ver al Señor. Son los eternos insatisfechos, los
intransigentes con los demás, los que solo ven lo negativo de los hombres, los
que siempre interpretan mal sus actos, los que se consideran superiores a los
demás. El Señor tuvo que enfrentarse con personas semejantes.
Por eso contra el Señor y contra su mensaje de salvación se han
dirigido en todos los tiempos las acusaciones más diversas y contradictorias.
También les sucede lo mismo a aquellos que le siguen con amor verdadero.
Comenta San Agustín:
«Aquí no se baila; pero no obstante que no se baile, se leen las palabras del Evangelio: “Os hemos cantado y no habéis bailado”. Se les reprocha, se les recrimina y se les acusa por no haber bailado. ¡Lejos de nosotros el retornar aquella insolencia! Escuchad cómo quiere la Sabiduría que lo entendamos. Canta quien manda; baila quien cumple lo mandado. ¿Qué es bailar sino ajustar el movimiento de los miembros a la música? ¿Cuál es nuestro cántico? No voy a decirlo yo, para que no sea algo mío. Me va mejor ser administrador que actor. Recito nuestro cántico: “No améis al mundo, ni a las cosas del mundo”…(1 Jn 2,15).
«¡Qué cántico, hermanos míos! Escuchasteis al cantor, oigamos a los bailarines: haced vosotros con la buena ordenación de las costumbres lo que hacen los bailarines con el movimiento de sus cuerpos. Hacedlo así en vuestro interior: que las costumbres se ajusten a la música. Arrancad los malos deseos y plantad la caridad» (Sermón 311, 4-8, en Cartago, año 405).
Sábado
En el canto de entrada
expresamos nuestros anhelos por la venida del Señor: «Despierta tu poder, Señor,
Tú que te sientas sobre querubines, y ven a salvarnos» (Sal 79,4.2). En la comunión
tenemos la respuesta: «Mira, llego en seguida, dice el Señor, y traigo
conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo» (Ap 22, 12).
En la oración colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor
que amanezca en nuestros corazones su Unigénito, resplandor de su gloria, para
que su venida ahuyente las tinieblas del pecado y nos transforme en hijos de la
luz.
–Eccl. 48,1-4.9-11: Elías volverá de nuevo. El
elogio del profeta Elías en el libro de Sirac concluye con una alusión a su
venida al final de los tiempos para preparar los corazones de los hombres. En el
Nuevo Testamento se aplica esto a San Juan Bautista, que vino en el espíritu y
poder de Elías para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. Acojamos,
pues, su mensaje.
Un profeta semejante al fuego, por la palabra ardiente como el horno
encendido. De esta manera, por el celo ardiente, es presentado Elías, el
defensor de Yavé, el profeta de la vida austera. Hablar de profetas y de profecías
es hoy casi una moda, pero no ciertamente en el sentido de vidente, sino en el
sentido de testimonio. En la Iglesia los profetas pueden ser incómodos, pero
son siempre necesarios. Dios los suscita, igual que a los apóstoles, para que
ayuden a la Iglesia en su camino.
Le ayudarán a condición de que sean profetas auténticos, defensores de
Dios, austeros, celosos, suscitados por Dios, por cuyo honor han sido devorados
por el celo. Atribuirse la calificación de profetas, querer pasar por tales, es
cosa fácil, una tentación hoy bastante frecuente, sobre todo si se quiere
evadir la doctrina apostólica del Magisterio de la jerarquía eclesiástica y
actuar con resentimientos.
El verdadero profeta está dominado por Dios. Y es tal su testimonio de
vida que se halla pronto a morir por el Evangelio, por su fe cristiana. Su vida
es ejemplar en todo, principalmente en la obediencia, en la humildad, en la
caridad. Todo profeta auténtico prepara el camino del Señor, procura hacer
rectas sus veredas, rellena los valles y allana la altivez, principalmente con
su vida santa.
–Con el Salmo 79 pedimos al Señor que nos restaure, que
brille su rostro y nos salve: «Pastor de Israel, Tú que guías a José como a
un rebaño, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés. Dios de los ejércitos,
vuélvete; que brille tu rostro y nos salve. Mira desde el cielo, fíjate, ven a
visitar tu Viña, la cepa que tu diestra plantó y que Tú hiciste vigorosa. Que
tu mano proteja a tu escogido, al hombre que Tú fortaleciste. No nos alejaremos
de Ti; danos la vida para que invoquemos tu nombre».
Dios no nos abandona. Actuó por medio de los profetas del Antiguo
Testamento para preparar los caminos del Mesías. Envió
a un nuevo Elías en la persona del Bautista. Él, el Pastor de Israel
eterno, venga también ahora a visitar a su Viña, su Iglesia, y proteja a su
escogida, a su amada.
–Mateo 17,10-13: Elías ya ha venido, pero no le
reconocieron. En la tradición bíblica el profeta Elías había de venir.
Elías ya vino, dice el Señor y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su
antojo. Así, también el Hijo del Hombre va a padecer en manos de ellos.
Cuando dijo esto el Señor, sus discípulos entendieron que se refería a
Juan el Bautista. Todo profeta es tal en relación a Cristo. Le prepara el
camino de la conciencia de los hombres con su predicación y su testimonio de
vida. Está dispuesto a desaparecer cuando Él llegue. Ha de percatarse de que
su misión está cumplida. Sobre todo le imitará en su conducta. Como Cristo, y
como los antiguos profetas que lo anunciaron, el profeta de hoy y de todos los
tiempos sabe que le espera la incomprensión, el sufrimiento, tal vez la muerte.
Pero no se busca a sí mismo; no se deja enredar por la soberbia sutil de
sentirse «distinto» de los otros y, por consiguiente, mejor que los demás. No
exige reconocimientos, ni honores. Acepta la dramaticidad de la fe y de su
vocación. Está en paz con su conciencia. No quiere ser dominador del prójimo,
sino solo un testigo, un colaborador, un servidor. Todos hemos de ser profetas
si aceptamos las profundas exigencias de nuestro bautismo. Ante todo y sobre
todo, hemos de lograr humildad, servicialidad, caridad y, en una palabra,
santidad de vida. San Juan Crisóstomo alaba así la tarea de San Juan Bautista:
«Es deber del buen servidor no sólo el de no defraudar a su dueño la gloria que se le debe, sino también el de rechazar los honores que quiera tributarle la multitud... San Juan dijo “quien viene detrás de mí, en realidad me precede”, y “no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”, y “Él os bautizará con el Espíritu Santo y el fuego”, y que había visto al Espíritu Santo descender en forma de paloma y posarse sobre Él. Por último atestiguó que era el Hijo de Dios y añadió “he ahí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”...
«Como solo se preocupaba de conducirlos a Cristo y hacerlos discípulos suyos, no lanzó un largo discurso. San Juan sabía que, una vez que hubieran acogido sus palabras y se hubieran convencido, no tendrían ya necesidad de su testimonio a favor de Aquél... Cristo no habló; todo lo dijo San Juan... Juan, haciendo oficio de amigo, tomó la diestra de la esposa, al conciliarle con sus palabras las almas de los hombres. Y Él, tras haberles acogido, los ligó tan estrechamente a sí mismo que ya no regresaron a aquél que se los había confiado... Todos los demás profetas y apóstoles anunciaron a Cristo cuando estaba ausente. Unos, antes de su Encarnación; otros, después de su Ascensión. Sólo él lo anunció estando presente. Por eso también lo llamó “amigo del esposo”, pues sólo él asistió a su boda» (Homilías sobre el evangelio de S. Juan 16 y 18).
Domingo
Este Domingo manifiesta una
gran alegría por la proximidad de la solemnidad de Navidad: «Estad alegres
siempre en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca» (entrada:
Flp 4,4-5). Por eso la Iglesia exhorta en la comunión: «Decid a los
cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios, que va a
venir a salvaros» (Is 35,4).
En la oración colecta (Rótulus de Rávena), al Señor que ve cómo
su pueblo espera con fe el Nacimiento de su Hijo, le pedimos nos conceda llegar
a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, de modo que podamos celebrarla con
alegría desbordante.
En el ofertorio (Veronense) pedimos al Señor que, al presentarle
nuestras ofrendas, lleve a cabo en nosotros las obras de salvación que ha
querido realizar por el sacramento eucarístico. Y lo mismo se suplica en la postcomunión
(Gregoriano): «que la comunión que hemos recibido nos prepare a las fiestas
que se acercan, purificándonos del pecado».
Ciclo A
La nota característica de este Domingo tercero de Adviento es la del
gozo. Al recorrer los formularios litúrgicos de este Domingo, nos encontramos
con términos que crean una atmósfera dilatada de gozo, de alegría: canto de
entrada, oración colecta… No se trata de una alegría frívola, vacía y
pagana de hombres irresponsables, sino de la alegría profunda de sabernos
amados por Dios y redimidos por Cristo. Esta alegría de nuestra fe nos lleva
también al gozo de darla a conocer a los demás.
–Isaías 35,1-6.10: Dios vendrá y nos salvará.
Al tiempo de la promesa ha seguido la plenitud de la realidad. En Cristo Jesús,
superado ya el tiempo de la esperanza, hemos podido contemplar la belleza y la
gloria de Dios Salvador. Él ha venido en persona a salvarnos.
Tres ideas principales se nos ofrecen en esta lectura: un nuevo Éxodo,
el renacimiento de una fe y el culmen de la salvación. Es una síntesis y una
conclusión de toda la Historia de la Salvación. Dios y su pueblo se han
reencontrado de nuevo. El retorno a la Tierra prometida significa la esperanza
escatológica que tiene como objeto el reino universal de Dios. Todos hemos sido
rescatados por Cristo. El Redentor nuevo, que se nos ha dado, quiere que todos
los hombres retornen a Dios con un gozo profundo y perdurable.
–Con el Salmo 145 expresamos nuestro anhelo de
salvación: «Ven, Señor, a salvarnos». El Señor mantiene
su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los
hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos del
ciego, endereza a los que se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda…El Señor reina eternamente.
–Santiago 5,7-10: Mantenéos firmes, porque la venida
del Señor está cerca. La fidelidad, la esperanza y la responsabilidad
activa nos son ahora necesarias para prepararnos a la segunda venida del Señor,
de Cristo-Juez, y alcanzar de este modo el fruto de la salvación: nuestra
identificación con Él.
La paciencia, fruto del Espíritu Santo, es el signo característico del
cristiano. Es un atributo de Dios: «Lento a la ira y rico en clemencia» (Sal
102, 8). Mostrarse pacientes es la primera característica de la caridad. Dios
recompensa la paciencia fiel de sus héroes sufridos. Esto es lo que vemos en
tantos ejemplos bíblicos y en la misma historia de la Iglesia.
–Mateo 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o
tenemos que esperar a otro? Juan el Bautista envía sus emisarios para
cerciorarse de la realidad del Cristo-Mesías. Él es un ejemplo viviente frente
al riesgo de una vida frívola, vacía y antievangélica por ignorancia de
Cristo. ¡Cuántos hay en el mundo que aún no lo conocen!
¿Qué hemos de hacer? No podemos quedarnos con los brazos cruzados.
Hemos de hacer todo lo posible para que todos conozcan a Cristo y vayan a Él.
Juan solo se preocupa de que sus discípulos vayan a Jesús. «¿Eres tú el que
ha de venir o tenemos que esperar a otro?» ¡He ahí el gran interrogante de
los discípulos de Juan, del pueblo de Israel, de toda la humanidad! Y Jesús da
su respuesta, clara, dictada por la plena conciencia de su divina misión:
Sí, soy yo. Y esto nos lo dice Jesús con hechos bien ciertos: «los
ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos
oyen, los muertos resucitan, la alegre nueva es anunciada a los pobres» Un amor
práctico, desinteresado: he ahí el signo de todo cristianismo auténtico. En
Cristo ha aparecido el verdadero reino del amor que salva y ayuda, que se
entrega a los pobres, que se inclina hacia los enfermos y los cura, que no
retrocede ante los mismos leprosos y que domina la muerte.
Así viene Él a nosotros, hoy y todos los días, para hacernos felices
con su amor. Y esto es lo que también hemos de hacer nosotros con los demás:
amarlos como Él los amó.
Ciclo B
Cristo vino hace veinte siglos. No obstante todavía no lo hemos tomado
en serio: aún no tenemos exacta conciencia de la necesidad que tenemos de Él;
aún no hemos decidido conformar nuestra conducta con su doctrina salvadora y
santificadora; aún no estamos identificados plenamente con Él. Por todo esto,
el misterio de Navidad debe suponer para nosotros una revisión auténtica y
profunda de nuestra vida y conducta a la luz de Cristo.
–Isaías 61,1-2.10-11: Desbordo de gozo con el Señor.
Isaías proclama el anuncio de la venida de Cristo como un tiempo de gracia,
como un año jubilar que debe rehacer y renovar exterior e interiormente
nuestras vidas, en plena fidelidad al amor de Dios Salvador. El principio que
mueve al profeta es típicamente bíblico: Dios quiere dar a su pueblo una
gloria nueva y espléndida para mostrar así a las naciones que lo habían
humillado, que Él es poderoso y socorre a los humildes.
Dios no tiene necesidad de nadie para realizar sus proyectos, pero se
complace en utilizar a los hombres como sus instrumentos, incluso a los menos
aptos. Israel, concretamente, fue reducido casi a la nada y ahora es instrumento
válido para Dios.
Este año de gracia sirve, pues, para consolar a los tristes, a los
fieles abatidos de que hablaba antes. En este año se ve la manifestación
misericordiosa de Dios. Una nueva era se abre para los afligidos de Sión, los
cuales dejarán la ceniza del duelo para recibir la diadema, el signo de la
alegría. La liberación está cerca. Esto es lo que nos inculca la liturgia de
hoy con estos textos bíblicos.
«¡El Señor está cerca!» No tengáis miedo ni preocupación alguna. Más
aún: manifestadle a Él, en vuestras oraciones y en vuestras acciones de
gracias, todas vuestras inquietudes y preocupaciones. Él está cerca y viene
como Libertador y Salvador: «Señor, tú has bendecido a tu tierra y has
destruido el cautiverio de Jacob», es decir, del pueblo de Israel, que gemía
en la cautividad de Babilonia.
Sufrimos actualmente la cautividad de la humanidad, y la de cada uno de
nosotros, pues siempre estamos necesitados de alguna liberación, de un progreso
más perfecto en la vida espiritual. Y por eso hoy, con la liturgia de la
Iglesia, clamamos: «¡El Señor está cerca!» ¡Pusilánimes, tened valor, no
os asustéis! ¡Alegraos continuamente! Aun
en medio de las necesidades y angustias, en medio de inquietudes y sobresaltos,
en medio de las dificultades y desalientos de la vida. ¡El Salvador está
cerca!
–Y por eso entonamos también ahora con la Virgen María el Magnificat:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi
Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… Su misericordia
llega a sus fieles de generación en generación… A los hambrientos los colma
de bienes… Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia». El
espíritu de humildad y alegría
expresado por la Virgen María en el Magníficat, es repetido de generación en
generación. San Ildefonso de
Toledo le suplica con gran ternura:
«Señora mía, dueña y poderosa sobre mí, Madre de mi Señor, Sierva de tu Hijo, engendradora del que creó el mundo, a tí te ruego, te oro y te pido que yo tenga el espíritu de tu Hijo... Tú eres la elegida de Dios, recibida por Dios en el Cielo, próxima a Dios e íntimamente unida a Dios... Me llego a ti, la única Virgen y Madre de Dios. Te suplico, la sola hallada esclava de tu Hijo, que me otorgues también consagrarme a Dios y a ti, ser esclavo de tu Hijo y tuyo, servir a tu Señor y a ti. A Él como a mi Hacedor, a ti como Madre de nuestro Hacedor... Que ame a Jesús en aquél espíritu en quien tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo...
«Alegrándome yo con los ángeles, gozoso con las palabras angélicas, me congratulo con mi Señora, me alegro con aquélla de la cual el Verbo de Dios se hizo carne, porque creí lo que ella conoció, porque conocí que es Virgen y Madre, porque por medio de ella sucedió que la naturaleza de mi Dios se viniese a mi naturaleza» (De Virginitate perpetua Sanctæ Mariæ I y XII).
–1 Tesalonicenses 5,16-24: Que todo vuestro ser, alma
y cuerpo sea custodiado sin reproche hasta la Parusía del Señor. La
verdadera alegría cristiana, que nos proclama San Pablo, es el gozo de ser de
Cristo y para Cristo, y solo puede consistir en la renuncia al mal y en la
fidelidad amorosa al Espíritu de Jesús. Tal es la voluntad del Padre para
nuestra salvación.
La alegría del cristiano consiste en comprobar la continua presencia
amorosa y solícita de Dios en la
propia vida, y en reconocer la posibilidad de responder por la gracia a su amor.
La oración cristiana no es solo de petición y acción de gracias, es también
de afectos y de coloquio contemplativo sobre las perfecciones divinas. La oración,
en su sentido más profundo, es fruto de la vida divina que invade al hombre y
hace de el un verdadero hijo de Dios. A Él le llamamos Padre, y lo hacemos con
toda propiedad.
–Juan 1,6-8.19-28: En medio de vosotros hay uno que no
conocéis. Con su vida y su mensaje de purificación espiritual, el Bautista
nos invita hoy a buscar con sincera ansiedad a Cristo, actuante ya en nosotros
por la gracia y el Evangelio. Hemos de compenetrarnos con su Corazón sagrado.
Comenta San Agustín:
«Le preguntan los judíos: “¿Eres tú el Cristo acaso?” Si no fuera porque todo valle ha de ser rellenado y todo monte rebajado, él hubiese encontrado la ocasión para engañarles. Ellos querían escuchar de su boca lo que creían respecto a él. Tan maravillados estaban de su gracia que, sin duda, hubiesen creído lo que él les hubiera dicho… Pero hubiese perdido el mérito propio…
«En efecto, Juan no alumbra a todo hombre. Cristo sí. Juan reconoce que es una lámpara, para que no la apague el viento de la soberbia. Una lámpara puede encenderse y apagarse. La Palabra de Dios no puede apagarse, pero sí la lámpara» (Sermón 289,4, predicado antes del año 410. Unas 16 veces trata San Agustín de esto en sus Sermones. En el 380,7, dice que Juan Bautista es la luz iluminada y Cristo la luz que le ilumina).
Ciclo C
La liturgia de la palabra constituye hoy, en relación con otros textos
litúrgicos de este domingo, un pregón de alegría evangélica, cifrada para el
creyente, en el gozo íntimo de ser de Cristo, por vocación predestinada
y por el don de la fe. Es, además, la alegría de quien se sabe destinado al
encuentro con Jesucristo en su segunda venida.
La próxima Navidad nos proclamará el misterio del Emmanuel –Dios con
nosotros– y la posibilidad que el misterio de Cristo nos ofrece: la alegría
de vivir ahora en la más entrañable intimidad con Él en su Iglesia a través
de su liturgia.
–Sofonías 3,14-18: El Señor se alegrará en ti.
En los días amargos de la cautividad de Babilonia, el Espíritu puso en los
labios de Sofonías un mensaje de esperanza para su pueblo: Dios mismo habitará
entre sus elegidos.
El profeta subraya la responsabilidad de los dirigentes del pueblo:
sacerdotes y profetas son acusados severamente, pues se les atribuye la corrupción
en las diversas clases del pueblo. Pero también el pueblo es culpable. Solo
hay, pues, un remedio: la conversión, que se traduce en la observancia
de las normas de la ley. Justicia para con todos, que no se oprima a los débiles,
sino que se preste ayuda a los pobres, respeto a los extranjeros, puntual
cumplimiento de los deberes del culto para con Dios.
De este modo se restablecerá la amorosa relación entre Dios y su
pueblo, como en los años más felices de la historia de Israel. El tono de
estas palabras hace resaltar más la alegría que Dios prepara a su pueblo
elegido. El Señor nos ama infinitamente y nos ayuda en todas nuestras
necesidades. El Señor está cerca.
Pues bien, éste es el mismo Redentor que nació en Belén hace unos dos
mil años. Es el mismo que esperamos hoy como Libertador en su segunda venida,
al fin de los tiempos. Es el mismo que «transformará nuestra condición
humilde, según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3, 21).
«¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20), suplicaban los cristianos de los
primeros siglos y ahora lo hacemos también nosotros siempre en la celebración
la Eucaristía, después de la consagración. Y hoy, concretamente, hemos de
estar preparados a esa venida ante la proximidad de la Navidad. Hemos de
revestirnos de una cordial y santa bondad para con todos y cada uno de nuestros
hermanos, todos los hombres.
–Como Salmo, cantamos con el profeta Isaías: «El Señor
es mi Dios y Salvador; confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el
Señor… Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus
hazañas» (Is 12).
–Filipenses 4,4-7: El Señor está cerca. Vivir en
la cercanía de Dios, en la intimidad del Verbo encarnado, constituye la raíz más
profunda de la alegría cristiana y la clave de una vida destinada a la
eternidad. Comenta San Agustín:
«¿Qué es gozarse en el mundo? Gozarse en el mal, en la torpeza, en las cosas deshonrosas y deformes. En todas estas cosas encuentra su gozo el mundo… Por lo tanto, hermanos, “alegraos en el Señor”, no en el mundo, es decir, gozaos en la verdad, no en la maldad; gozad con la esperanza de la eternidad, no con la flor de la vanidad. Sea ése vuestro gozo dondequiera, y cuando os halléis así, “el Señor está cerca; no os inquietéis por nada”» (Sermón 171,4-5).
–Lucas 3,10-18: ¿Qué hemos de hacer? La alegría
de ser de Cristo nos da a todos una actitud de sinceridad para adaptar nuestra
vida incondicionalmente a la voluntad amorosa de Dios: ¿Qué tenemos que hacer?
El Adviento, en cuanto tiempo de preparación para Navidad, es decir,
para el encuentro salvífico con Cristo, entraña profundas actitudes
penitenciales: disponibilidad por la renuncia, disponibilidad por la esperanza,
disponibilidad por la alegría.
La Virgen María es el modelo perfecto. Su Fiat decisivo y total
es la actitud de conversión más perfecta alcanzada por una criatura humana en
la historia de la salvación. «¡Alegraos en el Señor!» Él purificará y
elevará vuestros pensamientos, curará vuestra desmedida afición a lo terreno
y orientará hacia Dios vuestros afanes, vuestras preocupaciones, vuestro amor y
toda vuestra vida. «Olvidad vuestras preocupaciones». No os angustie el tener
que renunciar a las cosas terrenas y caducas. Depositad en Dios todas vuestras
inquietudes. Abrid de par en par las puertas de vuestro corazón al Señor, que
viene, que está en medio de nosotros, y decidle: «¡Muestra, Señor, tu poder
y ven a salvarnos!»
Lunes
En la entrada, con textos de Jeremías y de Isaías,
decimos a todos los pueblos: «Escuchad la palabra del Señor; anunciadla en las
islas remotas. Mirad a nuestro Salvador, que viene; no temáis» (Jer 31,10; Is
35,4). Y en la oración colecta (Gelasiano), pedimos al Señor que
escuche nuestra súplica e ilumine las tinieblas de nuestro espíritu con la
gracia de la venida de su Hijo.
En la comunión pedimos al Señor que venga, que nos visite con su
paz, y entonces nos alegraremos en su presencia con todo nuestro corazón (Sal
105,4.5; Is 38,3).
–Números 24,2-7.15-17: Surge un astro, nacido de Jacob.
Lo anuncia la profecía de Balaán: «La estrella y el cetro surgirán en Israel».
La tradición judeo-cristiana ha interpretado esa frase en referencia al Mesías.
Ésos son símbolos de la realeza del Cristo, del Hijo de David y Rey espiritual
del pueblo elegido, la Iglesia, que llevará a cabo la liberación de todos los
hombres.
Entre la palabra profética y Jesús, Verbo de Dios y cumplimiento de las
promesas, hay una relación de interpretación recíproca. Todas las frases de
la Escritura, llenas de la palabra de Dios, se comprenden solo si son
consideradas como referidas a Jesucristo. Y se comprende mejor a Jesucristo
cuando se le ve esperado por Abrahán, Moisés o David, según las promesas que
a ellos les hizo la Palabra divina.
A los paganos que entran en la Iglesia, no se les imponen las
observancias de la ley mosaica y, sin embargo, su entrada es un ingreso en el
pueblo de Dios (Rom 11,16-24), una participación en la promesa, en la esperanza
de Israel (Ef 2,12). La importancia del Antiguo Testamento para la Iglesia está
en el hecho de que, si Dios habla siempre a cada hombre, esta palabra consiste
en proponerle a cada uno la única Palabra, pronunciada en la historia: Jesús,
hijo de Abrahán, Hijo de Dios. La meditación del Antiguo Testamento y del
Nuevo no es para el cristiano un gusto meramente arqueológico, sino la búsqueda
del propio presente y del propio futuro en la historia del Israel de Dios.
–Con el Salmo 24 pedimos al Señor que nos enseñe sus
caminos, que nos instruya en sus sendas, que haga que caminemos con lealtad,
porque Él es nuestro Dios y nuestro Salvador. Le rogamos que recuerde que su
ternura y su misericordia son eternas, y que se acuerde de nosotros con
misericordia, por su bondad. «El Señor es bueno y recto y enseña el camino a
los pecadores; hace caminar a los humildes».
Nosotros solos nada podemos. Somos incapaces de conseguir nuestra salvación.
Necesitamos la luz, la gracia, la dirección, la fuerza del Salvador para poder
salir del pecado, para evitar recaer en el mismo y para crecer en la gracia,
practicar la justicia y la bondad sobrenaturales, para poder orar, para poder
vivir la vida divina, para poder ejercitar las virtudes, para poder realizar
obras meritorias, para poder progresar en la vida espiritual.
–Mateo 21,23-27: ¿De dónde venía el bautismo de
Juan? Jesús es la respuesta de Dios a las esperanzas más profundas del
hombre. La espera y la petición pueden llegar a ser principio de la respuesta y
de la escucha. Comenta San Agustín:
«Apareció la lámpara, huyeron las tinieblas. Efectivamente, aunque se hallasen corporalmente presentes, huyeron [de la luz] con el corazón, diciendo que ignoraban lo que sabían. Y la prueba de esa huída es el temor del corazón. Temían que el pueblo los apedrease si decían que el bautismo de Juan procedía de los hombres; pero temían también quedar convictos por Cristo si decían que procedía del cielo. Huyeron, pues, confundidos. Mencionado el nombre de Juan, temieron y, llenos de turbación, callaron…
«Así, pues, a Cristo, nuestro Señor, se le preparó la lámpara: Juan Bautista. Sus enemigos, que le interrogaban capciosamente, se alejaron confundidos, nada más aparecer la luz de la lámpara. Pero, nosotros, hermanos, reconocemos al Señor gracias a Juan Bautista, el precursor, y, más aún creemos en Cristo por el testimonio del mismo Señor. Hagámonos cuerpo de la Cabeza que es Él, para que haya un solo Cristo, Cabeza y Cuerpo, y así se cumplirá en nosotros, hechos unidad, aquello: “sobre Él florecerá mi santificación”» (Sermón 308 A,7-8).
Cuanto más miserables
seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar,
dar gracias, rogar y suplicar sin descanso. Y el Señor nos librará. Está
cerca con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.
Martes
La liturgia de hoy, en la entrada de la misa, nos anuncia y
asegura que «vendrá el Señor, y con Él todos sus Santos; aquel día brillará
una gran luz» (Zac 15,5.7). Por eso la oración colecta (sacramentario
de Bérgamo) pide al Señor, Dios nuestro, que, ya que por medio de su Hijo nos
ha transformado en nuevas criaturas, mire con amor esta obra de sus manos y, por
la venida de Cristo, su Unigénito, nos limpie de las huellas de nuestra antigua
vida de pecado.
–Sofonías 3,1-2.9-13: La salvación del Mesías es
para los pobres. El profeta anuncia la aparición de un pueblo pobre y
humilde que confiará en el nombre del Señor. Ese día todas las naciones de
los gentiles presentarán ofrendas al Dios de Israel, el único Dios verdadero.
Ser pobre es para Sofonías ser justo, vivir sumiso a la voluntad de Dios. La
indefectibilidad de Israel y, en el Nuevo Testamento, de la Iglesia, está
fundada sobre la fidelidad de Dios a sus promesas. Esa fidelidad, a veces, no
excluye, sino exige que Dios rechace tentativas de reformas dirigidas por las
autoridades que gobiernan al pueblo, como en el caso de la reforma de Josías (2
Re 23,25-27).
Es verdad que Dios ligó su causa a la de su pueblo, cuando estrechó un
pacto con él. Pero, si la Alianza llega a ser un motivo de autocomplacencia y
de orgullosa seguridad, el Señor, a través de la prueba de la humildad, guía
a su pueblo a la conversión, a la confianza. La humillación del pueblo no es
humillación de Dios. El Señor muestra su grandeza frente a Israel mediante su
juicio, pero igualmente lo muestra frente a los gentiles, a través del juicio
sobre Israel, manteniendo siempre su fidelidad a la Alianza, su amor, su
presencia en la historia.
Nosotros somos ahora el pueblo pobre y humilde que confía en el nombre
del Señor. Él, como Cabeza, vive en nosotros, sus miembros; y por eso nos
impulsa a convertirnos en una viva irradiación de su bondad, de su alma, dulce
y nobilísima. Un cristianismo de bondad, de abnegación desinteresada, de
generosos servidores, de alegres operarios: he aquí lo quiere hacer de nosotros
la liturgia de este tiempo de Adviento, que nos prepara a la solemnidad de
Navidad.
–Dios quiere obrar en nosotros una conversión constante, un
perfeccionamiento continuo de nuestra vida espiritual. Por eso decimos con el Salmo
33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi
boca; mi alma se gloría en el Señor; que los humildes lo escuchen y se
alegren. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostros no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias…
Cuando uno grita al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias».
Nosotros a veces comprendemos muy mal nuestro cristianismo, nuestro vivir
en Cristo y en su Iglesia. Permanecemos todavía muy apegados a nosotros mismos,
muy cortos de espíritu, con gran egoísmo. Hemos de vivir más intensamente la
vida de Cristo en nosotros. En definitiva, hemos de convertirnos cada vez con
mayor perfección.
–Mateo 21,28-32: Los publicanos y prostitutas creyeron
en Juan. El cristiano verdadero se compromete con Cristo. Cristo es radical
en su llamada. Nos quiere llevar por el camino de la cruz y quiere que le amemos
más que a todas las cosas. Hay cristianos que tardan en comprometerse, pero lo
hacen (Nicodemo, la Samaritana, Zaqueo...) Otros quisieran comprometerse, pero
no se deciden a dejarlo todo. Tratan de servir a dos señores: a Dios y al
diablo.
Tenemos necesidad de redención. No todo en nosotros es perfecto.
Sintiendo con la liturgia, nos consideramos hoy como noche, como tinieblas, como
vasto, hórrido y estéril desierto; como ciegos, paralíticos, mudos, pusilánimes;
somos los cautivos que languidecen entre
las cadenas del pecado, de las costumbres y aficiones desordenadas, de las
pasiones, del amor propio, de la propia estima, de la vanidad…
Todos nosotros no somos todavía lo que debiéramos ser. En muchas cosas
permanecemos aún esclavos de muchas imperfecciones; no estamos completamente
libres para Dios, para Cristo, para un amor perfecto… Necesitamos con urgencia
al Salvador. Por eso la Iglesia en su liturgia de Adviento grita: «¡Lloved,
cielos, de arriba! ¡Nubes, mandadnos al Justo! ¡Ábrete, tierra, y germina al
Salvador!»...
La vida que Cristo nos da es una participación en la vida divina.
Nosotros disfrutamos de ella mediante la gracia de la filiación divina. ¡Verdaderamente
estamos salvados! ¡Redención! La vida divina desciende hasta nosotros y
nuestra vida es elevada hasta lo divino. Ésta es la gracia que esperamos en la
Navidad del Señor.
Miércoles
Entrada: «Ven, Señor, y no tardes. Ilumina lo que esconden las
tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hb 2,3; 1 Cor 4,5). En la oración
colecta (Gelasiano), pedimos a Dios todopoderoso que la fiesta, ya
cercana, del Nacimiento de su Hijo nos reconforte en esta vida y nos obtenga la
recompensa eterna.
–Isaías 45,6-8.18.21-26: Ábrase la tierra y brote al
Salvador. El oráculo profético anuncia la llegada de la salvación que será
el Justo en persona, el Mesías, que trae la victoria a su pueblo. Yavé se
revela como el Señor único de la naturaleza y de la historia. La creación es
signo y escenario de la salvación, que desciende y cala como el rocío, germina
como un fruto de la tierra, con la fuerza de Dios. San Buenaventura resume esta
historia:
«Ya en el principio de la creación de la naturaleza, colocados en el Paraíso los primeros padres y justamente arrojados después por divino decreto en pena de haber comido del fruto vedado, la soberana misericordia no dilató el retraer al camino de la penitencia al hombre extraviado, dándole esperanza de perdón en la promesa de un Salvador futuro. Y porque ni la ignorancia o la ingratitud hiciesen ineficaz a nuestra salud tan grande dignación de Dios, en las cinco edades de este siglo dejó de anunciar, prometer y revelar con figuras la venida de su Hijo por medio de los patriarcas, jueces, sacerdotes, reyes y profetas, desde el justo Abel hasta Juan el Bautista, a fin de que, multiplicados en el discurso de muchos miles de tiempos y de años los grandes y maravillosos oráculos, levantase nuestras inteligencias a la fe e inflamase nuestros corazones con ardientes deseos» (El árbol de la vida, Del misterio del origen I,2)
Solo Dios puede salvar al hombre. A esa salvación invita a todos. Y es
Jesucristo el que de hecho realiza esa salvación universal. Estamos habituados
a pensar que Dios hace uso de las capacidades y de la actividad de los
cristianos para actuar en la historia. Pero el profeta Isaías subraya que Dios
se sirve a veces de instrumentos desconocidos y no necesariamente santos. No
podemos encerrar la acción de Dios en nuestros pobres esquemas.
Todo radica en la obediencia a la voluntad de Dios. El cristiano
descubrirá el valor de la sumisión a las circunstancias cuando la fe le revele
en ello la mano de Dios. Él sabrá esperar, no tanto las etapas de una evolución
de la que es artífice consciente, sino el tiempo de Dios. El Señor lo
dice claramente. Solo Él es el Dios único y verdadero. No hay otro.
Él nos ha salvado por medio de Jesucristo. No podemos esperar otros
mesianismos. Dios es un juez justo y salvador y no hay ninguno más… Él lo ha
jurado por su nombre; de su boca sale una sentencia, una palabra irrevocable: «Ante
Él se doblará toda rodilla y por Él jurará toda lengua». Todos hemos de
proclamar: «Solo el Señor tiene la justicia y el poder». El torrente de vida
divina se desborda e invade a la naturaleza humana, asumida por el Hijo al
encarnarse entre nosotros. Abramos, pues, nuestra alma a esta invasión de vida
divina. Acerquémonos a ella, llenos de fe, de veneración, de amor, de
agradecimiento y de fervientes deseos.
–Al volver de Babilonia, Israel experimentó una vez más el amor que
Dios le tenía. Dios anuncia la paz a su pueblo. Por el libertador Ciro la
anuncia a Israel en el destierro, por la venida de Cristo la anuncia al mundo
pecador; por su venida gloriosa la anunciará finalmente a todos los hombres. ¡Que
venga este anuncio de paz! ¡Que las nubes lluevan al Justo! Así nuestra tierra
dará su fruto.
Es lo que pedimos con el Salmo 84: «Voy a anunciar lo que
dice el Señor. Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación
está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La
misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. La
fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos
dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante Él,
la salvación seguirá sus pasos».
–Lucas 7,19-23: Jesús curó muchas enfermedades y
libró de malos espíritus. Para Juan, como para los cristianos contemporáneos,
vale el principio de que Dios escucha no nuestros deseos, sino sus promesas.
Nosotros, en general, creemos saber lo que Dios debería hacer para ser Dios: y
cuando la verdadera obra de Dios se manifiesta, no sabemos reconocerla. Pero
sigue siendo verdad que Dios es el Señor de la historia, tanto de cada
persona, cuanto del mundo, y dirige los acontecimientos para servir a su
designio de amor y de salvación.
Por eso se ha de evitar una lectura superficial de los acontecimientos y
hay que procurar descubrir en todo el signo de la venida del Reino. Es objeto de
una especial misericordia divina quien no se escandaliza de Él. Para el bien de
los hombres Él realiza milagros, pero no quiere la popularidad. Encarna la misión
del Siervo que sufre. Él ha de morir en la cruz y resucitar.
Jesús se define por sus obras. Y éstas son signos de su misterio. Pero
el encuentro con Él nos introduce siempre en su misterio. Y por no avenirse a
esto muchos se escandalizaron de Él. No comprendieron la realidad sublime de su
misión santificadora. Y lo mismo sucede ahora. El encuentro con Jesucristo se
produce a través del misterio de la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia. El
Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, 10,
da las claves definitivas de la fe que salva: Escritura, Tradición y
Magisterio.
Jueves
La entrada de la misa hoy suplica: «Tú, Señor, estás cerca y
todos tus mandatos son estables; hace tiempo comprendí tus preceptos, porque Tú
existes desde siempre» (Salmo 118,151-152). En la oración colecta (Gelasiano),
pedimos al Señor que alegre con la venida salvadora de su Hijo a los que somos
sus siervos indignos, afligidos por nuestros pecados.
–Isaías 54,1-10: El amor de Dios para con su pueblo
es indefectible. Dios mismo será quien redima a su pueblo, ofreciéndole
una Alianza de paz. El tema de los desposorios ha sido en algunos profetas signo
de la unión del alma con Dios. Por el pecado, la esposa se ha mostrado infiel.
Esta ruptura con Dios es, por tanto, como un adulterio. Pero el Señor, en su
gran amor misericordioso, reanuda ese lazo de amor esponsal. Es bien conocida la
historia de los pactos entre Dios e Israel, la infidelidad de éste, y la
restauración del pacto por parte de Dios, siempre fiel a la Alianza.
Así también sucede con cada alma rescatada. Redimida por el bautismo,
rechaza luego el amor de Dios por el pecado. Pero Dios la atrae de nuevo con el
perdón de su misericordia. Los místicos han vivido a fondo esos desposorios
del alma con Dios. Escribe Santa Teresa:
«Ya tendréis oído muchas veces que se desposa Dios con las almas espiritualmente. ¡Bendita sea su misericordia que tanto se quiere humillar! Y, aunque sea grosera comparación, yo no hallo otra que más pueda dar a entender lo que pretendo, que el sacramento del matrimonio. Porque, aunque de diferente manera, porque en esto que tratamos jamás hay cosa que no sea espiritual –esto corpóreo va muy lejos, y los contentos espirituales que da el Señor, y los gustos, al que deben tener los que se desposan , van mil leguas lo uno de lo otro), porque todo es amor con amor, y sus operaciones son limpísimas y tan delicadísimas y suaves, que no hay cómo se decir; mas sabe el Señor darlas muy bien a sentir» (5 Moradas 4,3).
«Gran misterio es éste, pero entendido de Cristo y de la Iglesia» (Ef
5,32). El desposorio da acceso al alma a un estado superior y lo prepara a la
unión perfecta con Dios.
–Ante el anuncio de la salvación, cantamos al Señor con el Salmo
29: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que
mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste
revivir cuando bajaba a la fosa. Tañed para el Señor, fieles suyos, dad
gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad de por vida;
al atardecer nos visita el llanto, por la mañana el júbilo. Escucha, Señor, y
ten piedad de mí». Mis deseos son estar siempre contigo, unido siempre a ti
con un inmenso amor que solo Tú puedes darme.
–Lucas 7,24-3: La misión de Juan fue abrir el camino
a Jesucristo. Vivió la tragedia de los perseguidos por confesar la verdad.
Solo los humildes y los pecadores entendieron su mensaje. Juan vivió solamente
para anunciar al que había de venir. Es nuestro modelo en el seguimiento de
Cristo. Vivamos solo para Él. Comenta San Agustín:
«Reconózcase, pues, el hombre humilde: reconozca por la confesión del pecado que el Dios excelso se ha humillado, y así sea exaltado por la consecución de la justicia. Hay, por tanto, dos realidades: el Señor y Juan, la humildad y la grandeza. Dios, humilde en su grandeza; y el hombre humilde en su debilidad. Dios humilde por el hombre, y el hombre humilde por sí mismo. Dios hecho humilde en beneficio del hombre, y el hombre humilde para no hacerse daño… Disminuya, pues, la honra del hombre y aumente la de Dios, para que el hombre encuentre su honra en la honra de Dios» (Sermón 380,7-8).
Cristo hace ver que Juan Bautista no solo es un profeta, sino más que
cualquiera de ellos, porque es el Precursor del Mesías. Los otros vieron al Mesías
desde lejos en sus vaticinios, pero el Bautista lo presenta oficialmente al
pueblo. Por eso se cumple la profecía de Malaquías, interpretado por los
Rabinos: que Elías en persona presentaría y ungiría al Mesías. Ésta fue la
obra de Juan: presentarlo y ungirlo en el bautismo que lo proclamaba Mesías.
Preparó Juan los caminos morales para la venida de Cristo. Pero el ingreso en
el reino es superior que la preparación al mismo. En el Nuevo Testamento
tenemos la realización del Antiguo. Por lo mismo, aquél es superior a éste,
como la Ley de Cristo lo es con respecto a la de Moisés.
Viernes
Comenzamos con la siguiente aclamación en el canto de entrada: «El
Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la
vida eterna». En la colecta (Veronense), pedimos al Señor que su gracia
nos disponga y nos acompañe siempre; así los que anhelamos vivamente la venida
de su Hijo, a su llegada encontremos auxilio para el tiempo presente y para la
vida futura.
–Isaías 56,1-3.6-8: El Señor salva a judíos y a
extranjeros. En un oráculo, en el que se anuncia que Dios acepta como
fieles suyos a todos los pueblos, se proclama que su salvación está para
llegar ya y su victoria a punto de revelarse. Según el Nuevo Testamento, es
Cristo quien trae esta anunciada salvación de Dios, el mismo que, en expresión
de San Pablo, es justicia de Dios (1 Cor 1,30) para salvación de todo el que
cree, sea judío o gentil (Rom 1,16). Basta practicar el derecho, hacer
justicia, reconocer a Dios y someterse a Él, entregarse a Él con todo el corazón,
mediante la fe en Cristo Jesús y ser recibido en el bautismo.
La observancia del derecho divino y de modo particular del sábado, tiene
su fundamento en la espera de la salvación y del juicio de Dios. Y esto no
tanto porque la observancia constituya un título merecedor de la salvación
futura, cuanto porque en la celebración del sábado, según la teología de
Israel, se anticipa y se pregusta el sábado eterno, la presencia definitiva de
Dios gozada en su Casa.
Israel sabe vivir en una realidad provisional, en la cual es llamado al
trabajo y a la fatiga. Pero el sábado, el cese del trabajo, es indicio de la
presencia de Dios entre su pueblo; es dar lugar a Dios, a su obra de orden y de
armonía, de justicia y de paz. Es obra aún velada e inicial, pero que lleva
consigo la promesa del cumplimiento. En ese cumplimiento es donde está
realmente la salvación que el Antiguo Testamento añora y anhela.
Es un gran misterio que cuando llegó a Israel la verdadera salvación,
la realidad que esperaba, solo un grupo reducido la aceptó. Pero sigue siendo
verdad que él fue el pueblo elegido. Por eso hemos de orar mucho por ese
pueblo, para que se entregue a Cristo.
–Pronto va a venir la salvación, pero se trata de una salvación
universal y sin fronteras, que abarca a todos los hombres que buscan a Dios con
sincero corazón. Este misterio no fue entendido por la mayoría de los judíos,
y a veces tampoco por algunos cristianos. Sin embargo, el Salmo 66
canta abiertamente: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los
pueblos te alaben. El Señor tenga piedad y nos bendiga. Conozca la tierra tus
caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas
las naciones de la tierra. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor
nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe»
con santa devoción.
–Juan 5,33-36: Juan es la lámpara que arde y brilla.
Entre los testigos de Cristo, uno de los más fidedignos es Juan el Bautista.
Pero el testimonio más apodíctico de Cristo son sus propias obras. Para los
judíos de su tiempo el Bautista era una lámpara que ardía y brillaba. Él era
el precursor. Su misión era mostrar oficialmente a Cristo. El prestigio que el
Bautista tuvo entonces en Israel fue excepcional. No solo se refleja en los
Evangelios, sino que es recogida también por el historiador judío Josefo.
Juan negó que él fuera el Mesías. Solo tenía la misión de señalarlo.
Tenían que haberlo recibido, ya que apelaban a un testimonio humano. Mas
aquella embajada de los judíos al Bautista fue una frivolidad sin efecto
alguno. Juan era la lámpara, que arde y alumbra en la noche a falta del sol.
Buena era la lámpara, la misión del Bautista, como buena es la luz de la lámpara
al anochecer. Pero no quisieron verla. Cerraron los ojos. No supieron seguirla
para encontrar el camino que conduce a Cristo. Solo unos pocos judíos
reconocieron a Cristo y lo siguieron.
Pero, además de la luz de esta lámpara, existía el resplandor mucho
mayor de las obras de Cristo. Y tampoco los judíos quisieron abrir los ojos a
esas espléndidas realidades que Cristo manifestaba con su doctrina y sus
milagros. San Juan Crisóstomo afirma que la soberbia y la incredulidad les
cegaron:
«Hay motivo sobrado para maravillarse y quedar perplejo si se considera que quienes habían sido educados con los libros proféticos y escuchado a diario a Moisés y a los profetas de las épocas siguientes, que tantas cosas habían predicho acerca de la venida de Cristo, cuando vieron a Cristo mismo obrar prodigios constantemente... después de que fueran obrados tantos prodigios en su provecho, a pesar de haber escuchado a diario la lectura de los profetas y la propia voz del mismo Cristo, que les enseñaba sin concederse reposo, fueran ciegos y sordos hasta el punto de no permitir que ninguna de esas cosas les llevara a aceptar la fe en Cristo...
«Escuchad a San Pablo, que nos da la explicación: “ignorando la justicia de Dios, buscaron establecer su propia justicia sin someterse a la justicia de Dios” (Rom 10,3)... O sea, que la causa de sus males fue la incredulidad. Y la incredulidad, por su parte, era resultado de su soberbia y obstinación... Nada aleja tanto de la benevolencia de Dios y nada arrastra tantas almas a la eterna condenación como la tiranía de la soberbia. Cuando nos domina, toda nuestra vida se hace impura, por mucho que practiquemos la castidad, la virginidad, el ayuno, la plegaria, la limosna y el resto de las virtudes... El Dios de los humildes, mansos y bondadosos os dé a vosotros y nosotros un corazón contrito y humillado» (Homilía IX sobre el evangelio de San Juan)
Domingo
El cuarto Domingo de Adviento está polarizado en la cercana solemnidad
de Navidad. En la entrada alzamos un cántico de esperanza: «Cielos,
destilad el rocío; nubes, derramad la victoria: ábrase la tierra y brote la
salvación» (Is 40,8). En la colecta (Gregoriano), pedimos al Señor que
derrame su gracia sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del ángel
la encarnación de su Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la
gloria de la resurrección.
En la oración sobre las ofrendas (Bérgamo), se pide que el mismo
Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de
María, la Virgen Madre, santifique los dones que se han colocado sobre el
altar. En la comunión se proclama que la Virgen concebirá y dará a luz
un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Mt 1,23; Is 7,14). La postcomunión
(Gregoriano) pide que el pueblo que acaba de recibir la prenda de su salvación,
sienta el deseo de celebrar dignamente el nacimiento del Hijo de Dios, al
acercarse la fiesta de Navidad.
Ciclo A
Inminencia de Navidad, del Emmanuel, «Dios con nosotros». Dios hecho
hombre, para hacer a los hombres hijos de Dios. Es una liturgia eminentemente
mariana.
–Isaías 7,10-14: La Virgen concebirá y dará a luz
un hijo. Cuando el profeta Isaías pretende proclamarnos el misterio del
Emmanuel, el Espíritu le hace anunciar justamente la maternidad virginal de María.
Dios es el dueño absoluto de los acontecimientos. La confianza en Dios es
siempre el medio más seguro de salvación.
El rey Acaz procura obtener la salvación fuera del plan divino, que es
un plan de salvación universal, y es castigado. La Casa de David, en cambio, va
a ser en las manos de Yavé un instrumento para obtener un bien universal a
todos los hombres. Dentro de ella, la misión de la Virgen-Madre es misteriosa,
pero realísima. Comenta San Agustín:
«No te resulte extraño, alma incrédula, quienquiera que seas; no te parezca imposible que una Virgen dé a luz y permanezca Virgen. Comprende que es Dios quien ha nacido, y no te extrañará el parto de una Virgen» (Sermón 370,2, en el día de Navidad).
–Con el Salmo 23 decimos: «Del Señor es la tierra y
cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién
puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón…
Va a entrar el Señor. Él es el Rey de la gloria».
–Romanos 1,1-7: Jesucristo, de la estirpe de David, es
el Hijo de Dios. Jesucristo, en su doble naturaleza, divina y humana,
constituye el centro de la historia de la salvación y la garantía de la
redención para todos los hombres. Todo cristiano debe sentirse unido con un vínculo
especial a Cristo.
La vocación al apostolado es general, pero alguno viene elegido de modo
particular para ser un instrumento especial. No existen apóstoles a título
personal. Los apóstoles lo son porque existe un Evangelio, un Salvador que les
ha elegido, llamado y enviado, y que con ellos desarrolla el plan divino, ya
anunciado en el Antiguo Testamento. El fin de toda la redención es llamar al
hombre a la santidad. El cristiano no abandona el mundo, pero vive en él,
siguiendo el impuso de la gracia, e iluminándolo todo con la paz de Dios.
–Mateo 1,18-24: Jesús nacerá de la Virgen María.
El hecho más claro de toda la historia de la salvación es que el Redentor nos
ha venido por María. Él ha sido, en su condición humana, el ser más íntegramente
mariano que ha existido. Comenta San Agustín:
«¿Cómo aparece en una Virgen tal Palabra?… Los ángeles son algo realmente grande, no algo sin importancia. Y sin embargo, ellos adoran la carne de Cristo, sentada a la derecha del Padre. Ésta es obra, sobre todo, del Espíritu Santo. En relación a esta obra, su nombre aparece cuando el ángel anunció a la santa Virgen el Hijo que iba a nacer. Ella se había propuesto guardar virginidad, y su marido era el guardián de su pudor, antes que destructor del mismo; mejor, no era guardián, puesto que esto quedaba para Dios, sino testigo de su pudor virginal, para que su embarazo no se atribuyese a adulterio.
«Cuando el ángel le dio el anuncio, dijo: “¿Cómo puede ser esto, si yo no conozco varón?” Si hubiese tenido intención de conocerlo, no le hubiera causado extrañeza. Tal extrañeza es la prueba de su propósito… Y el ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti”» (Sermón 225,2, en Hipona, el día de Pascua).
Ciclo B
En este último Domingo de Adviento la Iglesia nos invita encarecidamente
a abrir nuestras conciencias al acontecimiento clave de la Historia de la
Salvación, y de la historia de la humanidad: la Encarnación del Verbo de Dios,
el nacimiento del Redentor. Hemos de abrir nuestros corazones a este gran
acontecimiento y vivirlo con fe y amor, bajo la acción interior de la gracia.
–2 Samuel 7,1-5.8.12.14.16: El reino de David durará
para siempre en la presencia del Señor. Y ahora ha llegado la plenitud de
los tiempos (Gál 4,4). Aquella antigua promesa, reiterada a David y vinculada a
su descendencia, se convierte, al fin, en una realidad definitiva: Dios se hace
presencia viva en Jesús, Hijo de David por la Virgen María.
La salvación tiene su itinerario, pero avanza con instituciones humanas
y sobre ellas. Dios no forja un modelo y lo impone a los hombres, sino que se
asocia a sus actuaciones, haciendo prevalecer siempre su plan de salvación. Su
mensaje alcanza a sus oyentes a través de palabras humanas. Hay que escuchar lo
que Dios dice a través de sus mensajes escritos, pero también es importante
entender lo que se revela en el transcurso histórico del hombre y de los
pueblos.
Pero al mismo tiempo Dios, la Verdad, la Salvación, transciende
cualquier forma o institución histórica. La salvación no camina más que
sobre las bases señaladas por el Espíritu Santo, animador de toda la historia.
Y siempre «el Señor está cerca de todos los que lo invocan» (Sal 144,18).
Nosotros, pues, sacrifiquemos todo lo caduco y transitorio, y volvámonos
hacia el Señor, hacia el Redentor. Seamos como la Iglesia y como María, vírgenes
y esclavos. Vírgenes: apartados de todo lo que no sea Dios o no conduzca a Él.
Esclavos: entregados abnegadamente y de modo total a Dios y a su gracia. Solo Él
puede hacernos completamente felices.
–Con el Salmo 88 digamos: «Cantaré eternamente
las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades…
Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: “Te fundaré un
linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades”. Él me invocará:
“Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”. Le mantendré eternamente
mi favor y mi alianza con Él será estable».
–Romanos 16,25-27: Revelación del misterio mantenido
en secreto durante siglos. En Cristo se nos revela toda la plenitud del
Misterio de Salvación, escondido durante siglos en los designios divinos,
oculto en su promesa de Redención para todos los hombres.
Para San Pablo, el mensaje fundamental de Cristo es
la revelación del Misterio. Es el plan secreto que recapitula todos los
momentos dispersos de la historia. El hombre vive en un contexto demasiado
limitado y no puede abarcar la dimensión de la que forma parte. La revelación
cristiana viene continuamente a su encuentro: le recuerda el punto de partida y
la meta de su llegada. Pero siempre permanece el misterio que hemos de acoger
con una fe inmensa, abandonados enteramente al beneplácito divino. «El Señor
está cerca de todos los que lo invocan sinceramente». Reconozcamos con
humildad la propia nada y apartémonos de todo lo que no sea Dios.
–Lucas 1,26-28: Concebirás en tu vientre y darás a
luz un hijo. María es el punto final del Adviento, porque nos convierte en
realidad y nos da definitivamente al que había de venir, al Dios con nosotros.
El Evangelio no es tanto un texto de historia o un tratado de Teología, cuanto
un memorial de fe. San Lucas nos refiere la experiencia de la Virgen María y de
los primeros creyentes no solo para informar, sino también y, sobre todo, para
animar a sus oyentes y lectores. Escribe San Ambrosio:
«Sin
duda, los misterios divinos son ocultos y, como ha dicho el profeta, no es fácil
al hombre, cualquiera que sea, llegar a conocer los designios de Dios (Is
40,13). Por eso el conjunto de acciones y enseñanzas de nuestro Señor y
Salvador nos dan a entender que un designio bien pensado ha hecho elegir con
preferencia para Madre del Señor a la que había sido desposada con un varón.
Pero ¿por qué no fue hecha Madre antes de sus esponsales? Posiblemente para
que nadie dijera que había concebido pecaminosamente.
«Con razón, pues, ha indicado la Escritura las dos cosas: que ella era esposa y que era virgen; Virgen, para que apareciera limpia de toda relación con un varón; desposada, para sustraerla al estigma infamante de una virginidad perdida, en la que su embarazo hubiera sido signo de su caída. El Señor ha querido mejor permitir que algunos dudasen de su origen, antes que de la pureza de la Madre. Sabía Él qué delicado es el honor de una virgen, qué frágil la fama del pudor; y no juzgó conveniente establecer la verdad de su origen a expensas de su Madre» (Comentario Evang. Lucas II,1).
Los Santos Padres nos aseguran que la Virgen María concibió
primeramente a Cristo de un modo espiritual, es decir, con su fe, con su pureza
virginal, con su humildad, con su entera sumisión a Dios, con su obediencia,
con el reconocimiento de su pequeñez y de su indignidad. Primero tuvo que ser virgen,
tuvo que estar desprendida de todo lo que no era Dios. Después tuvo que ser esclava,
es decir, tuvo que entregarse humilde y totalmente a Dios, a su divina voluntad.
Permanecer como Sagrario viviente entre los hombres, portadora de Cristo
y partícipe eficaz de su Vida y de su Obra, constituye la responsabilidad
profunda de la Virgen María en su divina Maternidad. Ésa es una maravillosa
comunión de vida con Cristo, a la que también nosotros hemos de aspirar a
diario por nuestra comunión eucarística.
Ciclo C
Histórica y teológicamente el Adviento se resuelve en la realidad
maternal de la Virgen María. Ella señala, en la historia de la salvación, el
paso de la profecía mesiánica a la realidad evangélica, de la esperanza a la
presencia real y palpitante del Verbo encarnado. Por todo esto, el cuarto
Domingo de Adviento es sumamente mariano. Solo de la mano maternal de la Virgen
María podemos llegar al conocimiento exacto del misterio de Cristo, pues de
hecho, a través de Ella, determinó Dios ofrecernos la realidad exacta del
Emmanuel, el «Dios con nosotros». Hemos de prepararnos, pues, ayudados por la
Virgen, para vivir lo más plenamente posible la celebración litúrgica del
Nacimiento del Salvador.
–Miqueas 5,2-5: De ti saldrá el Jefe de Israel.
He aquí otro profeta que nos adelanta el misterio mariano del Dios en medio de
su pueblo: de Belén, de la Mujer bendita, surgirá el Redentor. El texto de
Miqueas es mesiánico no solo en el sentido literal de la palabra, porque mira
al nacimiento del Mesías, esto es, de un Rey de la estirpe de David, sino también
en el sentido cristiano, porque la realización histórica del sentido pleno de
la profecía la deja abierta para su realización en Cristo.
El texto se refiere también al tema teológico cristiano. La Iglesia
vuelve siempre en el memorial de la celebración litúrgica a su origen. Toda la
humanidad debe recuperar la imagen del mundo verdadero, creado bueno por Dios.
Pero esto requiere una renuncia al pasado de pecado, una conversión: exige la
cruz. La paz y la salvación del mundo dependen de uno que ha de venir con el
poder de Dios, y no van a conseguirse por las leyes o instituciones históricas.
Éste es el fundamento de la naturaleza personalista de la salvación cristiana.
–Con el Salmo 79 pedimos: «Oh Dios, restáuranos, que
brille tu rostro y nos salve. Pastor de Israel, escucha. Tú, que te sientas
sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos. Dios de los
ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la
cepa que tu diestra plantó, y que Tú hiciste vigorosa… Danos vida para que
invoquemos tu nombre».
–Hebreos 10,5-10: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu
voluntad. La Encarnación no es solo el Misterio del Hijo de Dios en
consanguinidad con nosotros, los hombres. Es también el Misterio del Verbo en
condición victimal, solidaria y redentora ante el Padre por todos nosotros. Éste
es el sentido de la segunda lectura de hoy.
El antiguo sistema sacrificial no era malo, y tuvo validez como signo,
como aspiración e invocación de la realidad. Pero era necesario otra cosa: la
victimación del Verbo encarnado, que una consigo a todos los hombres. Y éstos
han de compartir su victimación con Él, sometiéndose totalmente a la voluntad
de Dios, siendo esclavos de una humilde y constante fidelidad a la gracia
divina.
–Lucas 1,39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la
Madre de mi Señor? La Virgen María, la Mujer bendita, la primera creyente
y realizadora del Misterio de Cristo, es el punto final del Adviento. Ella misma
fue el signo viviente, que hizo presente en el mundo la realidad del Verbo
encarnado. Isabel es con Juan el Bautista el símbolo de la espera del judaísmo
e, indirectamente, el símbolo de toda la humanidad. Y es también el prototipo
del modo ideal de acoger al Mesías salvador.
Pero se notará cómo la capacidad de reconocer al Salvador está unida a
la fe, y ésta solo es posible por la gracia de Dios. El hombre aspira
humanamente a la salvación, pero los caminos del Señor no son nuestros caminos
y, consiguientemente, solo el Espíritu Santo puede hacer que reconozcamos y
aceptemos la salvación. Dios salvador se hizo presente en la naturaleza humana
y solo en la relación personal y vital con el Dios encarnado está la salvación.
De aquí se deriva el carácter personal del cristianismo. Navidad es la
fiesta del amor misericordioso de Dios: «Tanto amó Dios al mundo, que le envió
a su mismo Hijo Unigénito, para que, creyendo en Él, no perezca, antes alcance
la vida eterna» (Jn 3,16). Esto es lo que ha realizado Dios por nosotros, por
nuestra redención y salvación eterna. Vivir en hondura, sin intermitencias,
sin separación existencial alguna, su comunión total con Cristo constituyó la
identidad perfecta de María y el
testimonio evangelizador de su vida temporal entre los hombres. Una comunión
total de vida con Cristo que también nosotros hemos de procurar a diario con la
gracia de Dios.
Comenzamos ya, con gran alegría, la semana preparatoria de Navidad. Y
cantamos en la entrada: «Exulta, cielo; alégrate, tierra, porque viene
el Señor y se compadecerá de los desamparados» (Is 49,33).
En la oración colecta (Rótulus de Rávena) pedimos a Dios
creador y restaurador del hombre, que ha querido que su Hijo, Palabra eterna, se
encarnara en el seno de María, siempre Virgen, que escuche nuestras súplicas,
para que Cristo, su Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne, a imagen
suya, transformarnos plenamente en hijos suyos.
–Génesis 49,2.8-10: No se apartará de Judá el Reino.
La bendición de Jacob sobre sus hijos augura la supremacía de Judá hasta la
llegada del Cristo que esperan las naciones. La perspectiva de la salvación se
va definiendo poco a poco. Esta lectura es un bello poema. Recoge el oráculo de
Jacob sobre la tribu de Judá, que destacará por su vigor, independencia y
supremacía sobre las demás tribus.
David y Salomón eran del linaje de Judá, y con ellos el pueblo judío
obtuvo un gran esplendor. Jerusalén está en el territorio de Judá. Toda la
historia judía está en función de Cristo; así toda la historia humana,
representada por Israel, está en función de la venida del Mesías. La
verdadera preeminencia de Judá está, pues, en que de esta tribu había de
nacer Cristo, Salvador del mundo.
Por eso no se le quitará a Judá el cetro, porque es un cetro que supera
las vicisitudes históricas y políticas de un pueblo. Es el cetro de Dios. El
único que no puede quitarse, porque nunca ha sido dado. Es intrínseco a Dios
mismo. Es el signo de su poder, pero, sobre todo, de su amor, porque reinando
Dios, sirve a sus siervos, a quienes hace amigos.
Por eso, decimos con la liturgia que Cristo es la Sabiduría de Dios, que
llega de un confín a otro de la tierra, disponiendo todo con suavidad y energía.
Lo que el mundo juzga estupidez, es elegido por Dios para confundir con ello a
los sabios. La Sabiduría de Dios en el pesebre, en la pobreza, en el silencio,
en la debilidad… La Sabiduría de Dios en la cruz.
–La bendición de Jacob sobre Judá se realiza plenamente en Cristo: su
mano tendrá un cetro real, su Reino será la Iglesia, que camina hacia la
Jerusalén celeste, llamada visión de paz. El Salmo 71 nos invita
a la contemplación de esta Iglesia definitiva, de aquel Reino de Jesucristo en
el que florecerán la justicia y la paz:
«Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente. Que
los montes traigan la paz y los collados, la justicia. Que Él defienda a los
humildes del pueblo y socorra a los hijos del pobre… Que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. Que su nombre sea eterno…, que Él sea
la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la
tierra».
–Mateo 1,1-17: Genealogía de Jesucristo, hijo de
David. El que es acogido por los justos y perseguido por su propio pueblo
desde el comienzo. Cristo está vinculado estrechamente a su pueblo y a la
humanidad entera. En su genealogía entran mujeres de origen no israelita. En la
historia de la salvación Dios elige a veces caminos que pueden desconcertar a
los hombres. De entre los hijos de Jacob elige a Judá, ni el primero ni el último.
Nuestra fe ha de habituarse a este paso de Dios, aunque nos parezca, a
veces, desconcertante. Cristo es Dios y hombre. En cuanto hombre tiene una
ascendencia. No es un mito. Es un ser histórico que se inserta en su pueblo de
Israel. No sería hombre, si no fuera de este modo. De Cristo, Mesías de todas
las naciones, se habría podido pasar por alto su origen histórico. Sin
embargo, no ha sido así. El evangelista nos narra su origen humano con
diligencia y detalladamente. San León Magno comenta:
«De nada sirve reconocer a nuestro Señor como hijo de la bienaventurada Virgen María y como hombre verdadero y perfecto, si no se le cree descendiente de aquella estirpe que en el Evangelio se le atribuye.
«Dice, en efecto, Mateo: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”; y a continuación viene el orden de su origen humano, hasta llegar a José, con quien se hallaba desposada la Madre del Señor.
«Lucas, por su parte, retrocede por los grados de ascendencia y se remonta hasta el mismo origen del linaje humano, con el fin de poner de relieve que el primer Adán y el últio Adán son de la misma naturaleza... Consustancial como era [Cristo] con el Padre, se dignó a su vez hacerse consustancial con su Madre, y siendo como era el único que se hallaba libre de pecado, unió consigo nuestra naturaleza... No hubiérsemos podido beneficiarnos de la victoria del triunfador, si su victoria se hubiera logrado al margen de nuestra naturaleza.
«Por esta admirable participación, ha brillado para nosotros el misterio de la regeneración, de tal manera que, gracias al mismo Espíritu por cuya virtud fue concebido Cristo, hemos nacido nosotros de nuevo de un origen espiritual» (Carta 31).
El infinito se alcanza pacientemente en el límite, aceptando ser lo que
somos. Se supera solo lo que se acepta y se ama. La divina Sabiduría se revistió
de naturaleza humana, tomó la forma frágil de un niño. Eligió la pequeñez,
la pobreza, la obediencia, la sujeción a otro, la vida oculta. Lo que el mundo
tiene por bajo y despreciable, lo que cree nulo es preferido por Dios, para
aniquilar aquello que cree ser algo (1 Cor 1,20).
«El Mesías que Juan anunció como Cordero, vendrá como Rey», cantamos
en la entrada de esta celebración. En la colecta (Gelasiano)
pedimos al Señor que nos conceda a los que vivimos oprimidos por la antigua
esclavitud del pecado, vernos definitivamente libres por el renovado misterio
del Nacimiento de su Hijo.
–Jeremías 23,5-8: Suscitaré a David un vástago legítimo.
El profeta anuncia la venida de un gran Rey, descendiente de David. Es el
Mesías prometido, que traerá al mundo la salvación. «El Señor nuestra
Justicia» es como un doblaje de la expresión «el Señor con nosotros», y
equivale a Jesús: Dios salvador. Justicia es lo mismo que santidad.
El deseo de salir de las angustias presentes podría ser una forma de
alienación, de evasión, de refugio psicológico, si aquellos días mesiánicos
no fueran un ideal que hemos de alcanzar, un modelo que imitar; más aún, si
aquellos días futuros no fuesen, en esta tensión, ya presentes.
En efecto, así como la vida eterna –de la que la era mesiánica es
figura y con la que se confunde muchas veces proféticamente– está ya en
parte vivida en el tiempo por anticipación, la espera no es refugio evasivo. En
la espera tenemos ya una afirmación, una presencia. Se espera lo que ya se
posee en parte, pero lo que se espera es algo que, en su inagotable riqueza, está
aún por poseer, por buscar, por esperar. Sí, pero todavía no. Es decir:
tenemos la realidad, pero no en su plenitud, que solo se puede alcanzar en la
gloria futura.
Por eso pedimos en la liturgia de Adviento que el Salvador venga. Es el
Dios fuerte. Fuerte en los prodigios que realiza, fuerte en el gobierno, en la
conservación y en la propagación de la Iglesia. Fuerte en la redención y en
la santificación de las almas, fuerte en su amor para con nosotros, indignos.
Fuerte en su misericordia, fuerte en ayudarnos en todas nuestras necesidades:
«Oh Adonai, Dios fuerte, Dios omnipotente. Tú eres quien se apareció a
Moisés en la zarza ardiente. Tú eres quien le dio la ley en el monte Sinaí.
¡Ven, alárganos tu mano y sálvanos», cantamos hoy en la antífona para el
Magníficat en Vísperas.
–En el Salmo 71, el nuevo David, que Dios promete a los
que han sido deportados a Babilonia, es figura de Jesucristo. Supliquemos, pues,
con este Salmo que venga el Reino definitivo de Cristo, el nuevo David. Él «librará
al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector. Él se apiadará del
pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. Bendito sea el Señor,
Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito por siempre su nombre
glorioso, que su gloria llene la tierra. Amén, Amén... ¡Que en sus días
florezca la justicia y la paz abunde eternamente!».
–Mateo 1,18-24: Jesús es el Hijo de Dios.
Escribiendo la genealogía ascendente hasta Abrahán, San Mateo (1,1-17) ha
querido demostrar la verdadera humanidad de Jesús. Ahora bien, en el evangelio
de hoy, se pone en claro el otro aspecto del Salvador: el de Hijo de Dios.
Leemos en la Carta a Diogneto, carta muy antigua, hacia el año 200:
«Nadie pudo ver a Dios ni darle a conocer, sino Él mismo fue quien se reveló [en Jesucristo]. Y lo hizo mediante la fe, único medio de ver a Dios. Pues el Señor y Creador de todas las cosas, el que lo hizo todo y dispuso cada cosa en su propio orden, no solo amó a los hombres, sino que fue también paciente con ellos. Siempre fue, es y seguirá siendo benigno, bueno, incapaz de ira y veraz. Más aún, Él es el único bueno, y cuando concibió en su mente algo grande e inefable, lo comunicó únicamente con su Hijo» (Diogneto 8).
La figura de San José tal como aparece en el relato evangélico es
elevada y dramática, esculpida con fe y humildad. No es que San José acepte
venir a ser padre de Dios, no. Podría hacer eso con un desmedido orgullo o con
una presuntuosa y falsa humildad. Lo que sí hace José es entregar toda su vida
a Dios, seriamente, en una donación incondicional. Acepta ser conducido por
Dios por caminos misteriosos; acepta recibir a su cuidado a la Virgen María, en
toda su fragilidad femenina, que era verdadera, al igual que era verdadera la
fragilidad infantil de Jesús niño. Para estas fragilidades poderosas, pero
también débiles, José acepta hacer
de escudo, con su debilidad de hombre ciertamente elegido por Dios, con altas
gracias divinas y dones especiales.
San José acepta valientemente y con alegría cumplir la misión para la
que el Señor le ha elegido. No cabe duda de que Dios le ha preparando especialísimamente,
y que él siempre ha aceptado la voluntad de Dios, prestándose a colaborar en
todo lo posible con la gracia divina. El Evangelio, dentro de su concisión, es
muy explícito: José, «como era bueno». ¡Cuántas renuncias suponen esas
palabras! Tenemos necesidad de su ejemplo y de su intercesión en estos tiempos
en los que los hombres, siguiendo sus
propios planes, quedan extenuados, vacíos y sin alma.
El canto de entrada nos asegura que «el que ha de venir vendrá,
y no tardará, y ya no habrá temor en nuestra tierra, porque Él es nuestro
Salvador» (Hab 10,37). En la oración colecta (Rótulus de Rávena)
pedimos al Señor, Dios nuestro, que, ya que en el parto de la Virgen María ha
querido revelar al mundo entero el esplendor de su gloria, nos asista ahora con
su gracia para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera
el misterio admirable de la Encarnación de su Hijo.
–Jueces 13,2-7.24-25: Un ángel anuncia el nacimiento
de Sansón. Como en las narraciones evangélicas de la infancia, un ángel
de Dios anuncia el nacimiento de Sansón, el libertador de Israel, que, en
cuanto nazareo, tenía que llevar una vida de austeridad y privaciones. En ese
pasaje escriturístico se nos muestra el proceder de Dios en la historia de la
salvación. Es decir, nos muestra su bondad y su omnipotencia, que utiliza a las
criaturas humanamente menos capaces para llevar a cabo su plan salvífico.
Estos prodigios evidencian una verdad, muchas veces olvidada. Cuando los
instrumentos humanos actúan eficazmente, olvidamos con frecuencia que esa
eficacia procede de Dios. Y así no reconocemos suficientemente la acción de
Dios ni le tributamos el agradecimiento que merece.
El orgullo es el enemigo de la salvación de las almas, de la Iglesia,
del cristianismo. Levanta soberbio su cabeza: quiere aniquilar la fe en Dios, la
fe en Cristo, la religión cristiana. Los hombres vuelven la espalda y se alejan
del verdadero Dios, buscando otros dioses que ellos mismos se fabrican. Quieren
llegar así a una divinización total del pensamiento humano, a una divinización
total de la vida del hombre. Del verdadero Dios, de su inmensa bondad en la
creación y en la salvación, ni siquiera ha de hablarse. En cambio, todo lo que
no sea Él puede consentirse, todo puede aceptarse, hasta los ideales y las
aspiraciones más ridículas.
Por eso el Señor se lamenta: «Admiraos, cielos; espantaos, puertas
celestes, dice el Señor. Dos errores ha cometido mi pueblo: me han abandonado a
Mí, fuente de aguas vivas, y se han construido cisternas rotas, incapaces de
contener agua» (Jer 2, 13). Es una gran advertencia para nosotros.
–Desamparado, pero no desesperado, el autor del Salmo 70,
mientras medita las antiguas maravillas que Dios ha realizado en su favor, le
pide ser salvado de todo enemigo. Estas maravillas de tiempos pasados el Espíritu
nos las recuerda para infundirnos esperanza en nuestras dificultades presentes.
Por eso exclamamos: «Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo
el día. Sé Tú mi Roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña
y mi alcázar eres Tú. Dios mío, líbrame de la mano perversa. Porque Tú,
Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. Cantaré
tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria, tuya entera. Dios mío, me
instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas»
–Lucas 1,5-25: Anuncio del nacimiento de Juan el
Bautista. En estos relatos de anunciaciones de nacimientos subyace la fe.
Algunos de los protagonistas de estos anuncios prodigiosos tienen una adhesión
profunda de fe, mientras que otros, como aquí Zacarías, se resisten a creer.
Son frecuentes los escepticismos en Israel, que siempre se ve confundido
por Dios. También esa incredulidad llega hasta el apóstol Santo Tomás. Pero
hay también en Israel una tradición formidable de fe, que llega a su culmen en
la Virgen María. Aunque es la fe la mejor disposición para la acción de Dios
–se diría que casi la condición natural para la manifestación del
milagro–, Él, Dios, no se deja vencer por la incredulidad humana, como si el
escepticismo de los hombres tuviese el poder de detenerlo. Y así, aunque el
milagro puede ser un premio de la fe, también puede ser a veces un motivo para
creer.
Por eso Dios castiga a Zacarías, pero no retira el milagro. Y San Agustín
comenta:
« Zacarías, que ha de engendrar a la voz, ahora calla. Calla por no haber creído. Con razón enmudece hasta que nazca la voz» (Sermón 290,4).
La voz clamará en el desierto anunciando al Retoño de la raíz de Jesé,
que se levantará enhiesto como una bandera, visible a todos los pueblos; ante
Él enmudecen los reyes, a Él claman los pueblos infieles. Por eso hoy clama la
liturgia: ¡Ven, Señor, no tardes más, sálvanos!. Establece tu reino entre
nosotros: el reino de la verdad, de la justicia, del amor y de la paz. ¡Ven, Señor,
no tardes más!
Con el profeta Isaías cantamos en la entrada de esta celebración:
«Saldrá un renuevo de la raíz de Jesé y la gloria del Señor llenará toda
la tierra. Todos los hombres verán la salvación de Dios» (Is 11,1.40, 3). En
la oración colecta (Rótulus de Rávena) se pide al Señor y Dios
nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada, aceptando, al anunciárselo
el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo, que ya que Él la ha transformado, por
el don del Espíritu Santo, en templo de la divinidad, nos conceda, siguiendo su
ejemplo, la gracia de aceptar sus designios con humildad de corazón.
–Isaías
7,10-14: Ésta será la señal: la virgen concebirá un hijo. El
profeta y el rey se hallan frente a frente. Acaz solicita la ayuda de Asiria
para vencer a sus enemigos. Bajo una falsa religiosidad, oculta una absoluta
falta de fe en la intervención divina. En esa coyuntura nacional, Isaías, el
hombre de Dios y de la fe, le ofrece un signo: «La Virgen concibe y da a luz un
hijo y le pone por nombre Dios-con-nosotros». Palabras tan grandiosas solo
pueden decirse del Mesías, Jesucristo bendito, y así se dicen en el Evangelio
(Mt 1,18-25). Él es el signo de la ayuda de Dios al mundo.
Tal vez hoy no se perciba en muchos casos la presencia de Dios en los
acontecimientos de cada día, pues nos fiamos mucho del progreso. Pero, en
realidad, ese progreso falla muchas veces. Aunque hay medicinas para todo, éstas
a veces no curan, y los hombres se siguen muriendo. Tenemos necesidad del
auxilio divino, incluso en la evolución del progreso. Todo lo debemos a Dios.
Además hemos de ver a Dios en los hombres, porque éstos son como
sombras de Cristo, que continúa caminando en el paso del pobre, del necesitado,
del fiel que está injertado en Él. Por eso todo hombre, y el cristiano de modo
especial, es signo y transmisor de la presencia divina en el mundo.
«He aquí que una virgen concebirá». Con la sagrada liturgia,
reconozcamos también nosotros a María, la Virgen Madre de Dios, en la santa
Iglesia. Como aquella, también la Iglesia lleva en su seno a Cristo, la verdad,
la salvación, la gracia. Solo en ella encontrará la humanidad a Cristo.
–Por la venida de Cristo todo el mundo se transformará en un templo de
su presencia. Esto debe ser cada vez más explícito y manifiesto, por eso
cantamos con el Salmo 23:
«Ya llega el Señor, Él es el Rey de la gloria. Del Señor es la tierra
y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. Él la fundó sobre los
mares. Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién
puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón. Ése recibirá la bendición del
Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al
Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob».
Así cantamos nosotros, que en este Adviento nos preparamos para celebrar
dignamente el Nacimiento del Salvador.
–Lucas 1,26-38: El Señor solicita por el ángel la
aquiescencia de María. Dios tiene necesidad de la nada de su criatura
abierta a Él. Las más grandes obras de Dios se realizan en el silencio y la
oscuridad. En la Anunciación la Virgen María tiene una misión relevante. Ha
llegado la plenitud de los tiempos, el tiempo mesiánico. Sus signos son
sencillez, humildad, plenitud, alegría. María es la nueva Jerusalén, el nuevo
Templo. La Gloria de Dios habita en Ella. San Bernardo, en el nombre de toda la
humanidad, le habla así con inmensa devoción:
«Oiste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo. Oiste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo... También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, la palabra misericordiosa de tu respuesta. Se pone en tus manos el precio de nuestra salvación. En seguida seremos librados, si tú das tu consentimiento...
«Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso, con todos los antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte. Este te pide el mundo postrado a tus pies...
«Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel. Responde una palabra y concibe la Palabra divina. Emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna...
«Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas a tu Creador. Mira que el Deseado de todas las naciones está llamando a tu puerta... Levántate, corre, ábrele. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.
«“Aquí está, dice la Virgen, la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”» (Homilía 4).
Así, con la fe de María comienza la nueva Alianza. Ella es elegida y
preparada para ser signo de la presencia de Dios, y es signo tan transparente y
eficaz, que se hace para nosotros como su tabernáculo viviente, una custodia
viva, en la que mora plenamente el Señor.
Ante la propuesta divina, traída por el ángel, María no conoce más
que una obediencia ciega, una entrega y un abandono absolutos: «He aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». El Verbo entonces se
hace carne en Ella por obra del Espíritu Santo. ¡Venid, adoremos! La Virgen de
Nazaret es el Templo nuevo, la nueva Arca de la Alianza, en la que se acerca a
nosotros el mismo Dios en persona.
«He aquí que una Virgen concebirá». ¡El alma virginal! La mujer
llena de gracia, que vive enteramente de Dios y de Cristo. La fortaleza virginal
clausurada, que abre sus puertas para que entre en ella el Rey de la gloria.
Ella es la Virgen de corazón puro y de manos inmaculadas. Es la Virgen que no
tiene más que una respuesta a la llamada divina: «He aquí la esclava del Señor».
Con su poder el Redentor se acerca a la prisión donde el hombre, pobre y
pecador, yace en las sombras de la muerte. Viene a él, miserable, por la Virgen
María.
En la entrada de la Misa, con el profeta Isaías, proclamamos con
fe y alegría: «Vendrá el Señor que domina los pueblos, y se llamará
Emmanuel, porque tenemos a Dios con nosotros» (Is 7,14; 8,10). En la oración colecta
(Gelasiano) pedimos al Señor: «escucha la oración de tu pueblo, alegre por la
venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al
final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación
a poseer el reino eterno».
–Cantar 2,8-14: Ya viene mi Amado saltando por los
montes. Ese Amado que viene a la humanidad no es otro que Cristo. Él se
acerca hoy al encuentro de Juan. Pero también viene a nosotros, a todas las
almas que lo esperan y desean. Cuando el amor de Dios, que viene, que vino, y
que permanece como misterio vivo, afecta no solo a la fe y a la inteligencia,
sino que invade todo el ser, entonces enciende el lenguaje incandescente del
amor.
Es el amor que los místicos cristianos han vivido tan intensamente y que
el profetismo del Antiguo Testamento ha descrito muchas veces para expresar las
relaciones del alma con Dios. El Señor es el Amado, es el Enamorado que viene a
los hombres, que nos lleva consigo al campo en flor, y que suscita en nosotros
cantos únicos e inconfundibles.
Cuando Él se acerca, llega y entra en nuestras vidas, nosotros nos
olvidamos de todo, del invierno que pasó y que volverá a venir… Más allá
de las imágenes, estamos aquí, hemos llegado ya, al mundo de la era mesiánica
que, a su vez, es signo de la escatología, de los nuevos cielos y de las nuevas
tierras, que siempre florecerán, que siempre darán perfume de vida, porque
siempre estarán habitadas por el Amor que viene cruzando los montes. Y
nosotros, detrás de la ventana, lo esperamos, para que nos lleve a las viñas
en flor.
Eramos tinieblas, noche, caos, aletargamiento, desfallecimiento,
enfermedad y muerte. Nos faltaba la luz, nos faltaba el Sol de justicia.
Abandonada a sí misma la pobre humanidad, se hunde irremisiblemente en las
tinieblas y en la noche de la muerte. Se despeña en el abismo del error, de la
continua y angustiosa duda. No tiene respuestas para los enigmas de una vida
que se ha hecho mortal. Solo Dios da esas respuestas por medio de su Unigénito
encarnado, cuyo Nacimiento anhelamos con esperanza renovada.
–Ante la Navidad que se acerca, ante el Señor que aparece a su Iglesia
como el Esposo del Cantar de los Cantares, ante «los proyectos de su corazón»,
llenos de salvación y de amor, que se despliegan en la historia humana,
nosotros, animados por el Espíritu Santo, estamos en condiciones de cantar con
gozo la acción de gracias del Salmo 32:
«Dichosa la nación, cuyo Dios es el Señor. Aclamad, justos, al Señor,
cantadle un cántico nuevo. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su
honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores
con bordones. El plan del Señor subsiste por siempre, los preceptos de su corazón
de edad en edad. Nosotros aguardamos al Señor. Él es nuestro auxilio y escudo;
con Él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos».
–Lucas 1,39-45: ¿Quién
soy yo para que me visite la madre de mi Señor? La Virgen María,
llena de gracia y templo de Dios, abre a todos su corazón. La alegría mesiánica
que la llena es difusiva, y tiende, como todo don de Dios, a la comunión. Por
eso María sale de sí misma y camina hacia su pariente Isabel. Y ésta, «llena
del Espíritu Santo», entiende los signos de Dios y la proclama «dichosa
porque ha creído». Comenta San Ambrosio:
«El Ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril, ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo lo que le place.
«Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, sino con el gozo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, se dirigió a las montañas.
«Llena de Dios de ahora en adelante ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu» (Comentario Evang. Lucas II,19).
María, por su «sí», hace que la obra de Dios, su plan de salvación,
sea una realidad para nosotros. Dios viene y viene por María. Por Ella nos
llega el Sol verdadero: Cristo, el Salvador a quien nosotros esperamos.
Cristo es realmente la luz del mundo; y lo es por la fe santa que Él
enciende en las almas; por la doctrina con que nos instruye y educa; por el
ejemplo que nos da en el pesebre de Belén, en Nazaret, en la Cruz, en el
Sagrario; por la túnica luminosa de gracia con que envuelve nuestra alma; por
la santa Iglesia que nos entrega como verdadera Madre. A la luz de este Sol todo
aparece claro, transparente.
Y ese Sol lució y luce ante nuestros ojos por medio de la Virgen María.
Ahora Dios se nos aparece como un tierno y solícito Padre, que nos mira y nos
trata como a verdaderos hijos suyos y nos convida a participar y a gozar con Él
de su eterna y dichosa vida. Esta luz nos hace ver la nulidad de todo lo
meramente humano, de todo lo terreno, de los bienes y felicidades de este mundo.
El Salmo 23,7 sigue hoy resonando en la entrada de la eucaristía:
«¡Portones! alzad los dinteles; que se alcen las antiguas compuertas; va a
entrar el Rey de la gloria». En la oración colecta (Bérgamo), pedimos
al Señor nuestro Dios: tú, que «con la venida de tu Hijo has querido redimir
al hombre, sentenciado a muerte; concede a los que van a adorarlo, hecho Niño
en Belén, participar de los bienes de su redención».
–1 Samuel 1,24-28: Ana agradece el nacimiento
prodigioso de Samuel. Como antes la liturgia nos hizo contemplar los
nacimientos prodigiosos de Sansón o de Juan, ahora nos recuerda el de Samuel.
El cántico de Ana, su madre agradecida, prefigura el de la Virgen María: en
uno y en otro caso se ensalza el poder de Dios que enaltece a los humildes.
Todo ello nos revela la acción misteriosa de Dios en la historia de la
salvación. Para mostrar la potencia de su iniciativa en la redención de los
hombres, Dios elige los instrumentos que a la luz del mundo parecen menos aptos.
Él, que configura el interior de las personas, y que conoce el corazón de Ana,
de Isabel y de la Virgen María, elige estos medios humildes para sus grandiosas
acciones de salvación.
Hay dones que se nos dan porque, inspirados por Dios, los pedimos; y hay
dones que nos vienen de un modo completamente gratuito e inesperado, previniendo
toda petición e incluso todo deseo. En este segundo modo, nosotros escuchamos
al Señor, que entra de pronto en nuestra vida, y nos colocamos a su disposición,
según el don divino y su llamada.
Así es como Jesús es dado a la Virgen María, superando toda expectación
y más allá de las leyes naturales. Así es dado Samuel a su estéril madre
Ana, que lo había suplicado a Dios, contra toda esperanza. En realidad, todos
nosotros somos también dones de Dios, dones de su gracia indebida y
sobreabundante; hijos suyos por naturaleza y por redención.
¿Qué es el hombre? Creado por Dios en un principio, alejado de Él por
el pecado, hecho así miserable, separado de la Fuente de la Verdad y de la
verdadera Vida, condenado a la privación eterna de Dios, a las tinieblas y a la
eterna desdicha.
Y sin embargo, ha sido el hombre creado a imagen y semejanza de Dios.
Aletea todavía en él la llama del espíritu, con su impetuosa tendencia a la
verdad, hacia la posesión de todo bien, hacia la felicidad y la paz, hacia
Dios, su única plenitud posible. Y Dios en Cristo se compadeció de él. Oyó
su clamor. Se acordó de su pobreza, de su debilidad, de su nada, de su
ignorancia, de su propensión al mal, de sus errores, de sus pasiones
desatadas… Y quiso salvarlo.
–Como miró el Señor la humillación de Ana, así ha mirado a nuestra
desvalida humanidad, y por la Virgen María le ha dado la salvación. Por eso
cantamos y bendecimos al Señor con el mismo cántico de Ana:
«Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador, mi poder se exalta
por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con su salvación. Se
rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los
hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan… El Señor
da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la
riqueza, humilla y enaltece. Él levanta del polvo al desvalido, alza de la
basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono
de gloria; pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afianzó
el orbe» (1 Sam 2,1,4-5.6-7.8).
–Lucas 1,46-56: El Poderoso ha hecho obras grandes por
mí. El Magníficat es, sin duda, la expresión más elevada de la Hija de
Sión. Dios es alabado, porque miró la humildad de su Esclava. La misericordia
de Dios se ha hecho realidad en Ella para beneficio de toda la humanidad. San
Ambrosio dice:
«Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor. Que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde castidad con una pureza intachable» (Comentario Evang. Lucas II,27).
Hay a veces una humildad hipócrita, que niega con obstinación los
propios dones, y que no los agradece al Señor. Con frecuencia es una humildad
precaria y combatida, que no resiste a la tentación de la propia dignidad y
que, para sostenerse, tiene necesidad de humillarse. O a veces es un cálculo
sagaz para provocar alabanzas. Pero la verdadera humildad ignora estos modos
tortuosos. Sabe que las buenas cualidades son dones de Dios, y a Él le da la
gloria con un corazón sencillo.
Así la Virgen María. Ella reconoce con gozo que el Poderoso ha hecho en
Ella grandes cosas, lo agradece y, llena de alegría, lo alaba exultante. Y no
duda en admitir que todos los pueblos la llamarán bienaventurada. Todo en Ella
es gratitud y sentirse pequeña ante la magnitud de Dios y de su don. ¡Cuánto
hemos de aprender de Ella!
Por eso hoy, en la liturgia de las Vísperas, cantamos la antífona del
Magníficat: «Oh Rey de las naciones, Deseado de las gentes y Piedra angular
donde se apoyan judíos y gentiles. Ven y salva al hombre que Tú formaste del
limo de la tierra».
Cantamos en la entrada, «Un niño nos va a nacer y su nombre es:
Dios guerrero; Él será la bendición de todos los pueblos» (Is 9,6; Sal
71,17). En la colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor
todopoderoso y eterno, al acercarnos a las fiestas de Navidad, que su Hijo, que
se encarnó en las entrañas de la Virgen María y quiso vivir entre nosotros,
nos haga partícipes de la abundancia de su misericordia.
–Malaquías 3,1-4; 4,5-6: Antes del día del Señor,
os enviaré al profeta Elías. Contra el sacerdocio infiel, Malaquías
anuncia el terrible Día de Yavé. El Señor vuelve a su templo para renovarlo
mediante el fuego purificador y reinstaurar en él un sacerdocio santo y una
oblación justa y aceptable. La venida del Señor la anunciará un mensajero,
como los heraldos pregonaban la venida del emperador: será el profeta Elías,
arrebatado al cielo.
En el Nuevo Testamento, Jesús dice que su precursor, Juan Bautista, «es
Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14). También nosotros tenemos nuestro día.
Hay muchos días en nuestra vida y también muchos «precursores» que
nos lo anuncian y nos preparan para ese día concreto. Días concretos en
los que Dios otorga sus dones y nos visita para provocar en nosotros una ascensión
más en nuestro camino de perfección cristiana: unos misiones populares, unos
ejercicios espirituales, una simple homilía… Hemos de acogerlos con un corazón
abierto.
En todos esos días se hace más palpable la presencia del
Emmanuel, es decir «Dios con nosotros». Él es el Hijo Unigénito de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, de igual sustancia
que el Padre. Él, por nuestra salvación, descendió de los cielos, se encarnó
por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo
hombre. ¡Dios con nosotros! Se hace pobre con nosotros, ora con nosotros,
siente y padece con nosotros. ¡Dios con nosotros! Nos da su amor, su verdad, su
Corazón, su gracia, su sangre y, con todo esto, su perdón. Reconozcamos
siempre en nuestra vida el Día del
Señor y aceptémoslo con gratitud y alegría desbordante.
–El Señor está ya a la puerta para salvar a la humanidad. Pidámosle
con el Salmo 24 que nos enseñe sus caminos de purificación,
de conversión, de perdón…, que lleguemos al conocimiento interno y sabroso
de que «se acerca nuestra liberación». Digámosle confiadamente: «Señor,
instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque Tú
eres mi Dios y Salvador. El Señor es bueno y recto y enseña el camino a los
pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los
humildes. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, para los que guardan
su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a
conocer su alianza». Es el Día del Señor. Recibamos con humildad sus
dones.
–Lucas 1,57-66: Nacimiento del Bautista. Dios le
ha dado un nombre: Juan, que significa «Dios se ha compadecido». Es el
Precursor de la gran misericordia de Dios, la venida de Cristo. Dios en su
nacimiento, una vez más, interviene en la historia humana y la convierte en
historia de la salvación. Alegrémonos también nosotros en el nacimiento de
Juan. Escribe San Ambrosio:
«Isabel dio a luz a un hijo, y sus vecinos se unieron en su alegría. El nacimiento de los santos es una alegría para muchos, pues es un bien común, ya que la justicia es una virtud social. En el nacimiento del justo se ven ya las señales de lo que será su vida, y el atractivo que tendrá su virtud está presagiado y significado en esa alegría de los vecinos» (Comentario Evang. Lucas II,30).
Acojamos el día de la visita de Dios. Son muchas las visitas que nos
hace el Señor en nuestro caminar hacia el Padre. Dios grande y santo viene a
nosotros, pecadores indignos. Viene no para aniquilarnos, como lo hizo en otro
tiempo: diluvio, Sodoma, Gomorra…, sino para librarnos, para darnos sus dones
y gracias con los cuales progresemos en la virtud, en la vida interior. No se
contenta simplemente con ocupar nuestro lugar y con expiar nuestros pecados,
abandonándonos después a nuestra suerte, sino que viene muchas veces con sus
visitas, con sus dones y sus avisos. Quiere levantarnos hasta Él mismo, nos
incorpora consigo, nos comunica su propia vida y nos vivifica… Emplea también
a veces sus intermediarios, sus precursores…
La figura del Bautista, el precursor, en estas vísperas ya de la
Navidad, sigue llamándonos a una conversión que abra nuestros corazones al Señor
que viene, que quiere venir más dentro de nuestras vidas. Oigamos a San Juan
Crisóstomo:
"Si Juan, siendo tan santo, «vivió entregado a una vida tan áspera, lejos de toda lujo y placer... ¿qué defensa habrá en nosotros que, después de tanta misericordia de Dios y tan grande carga de nuestros pecados, no mostramos ni la mínima parte de la penitencia del Bautista?... Apartémonos de la vida muelle y relajada, pues no hay modo de unir placer y penitencia» (Homilías sobre Evg. Mateo 10,4-5).
Reconociendo que somos pecadores, y que necesitamos absolutamente al
Salvador, cantamos en Vísperas, en la antífona del Magníficat: «¡oh
Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, Expectación y Salvador de las gentes! Ven,
a salvarnos, Señor, Dios nuestro».
Con San Pablo exclamamos en la entrada de esta celebración: «Ya
se cumple el tiempo en el que Dios envió a su Hijo a la tierra» (Gál 4,4). En
la oración colecta (Veronense) pedimos al Señor Jesús que venga y no
tarde, para que su venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de su
amor.
–2 Samuel 7,1-5.8-11.16: El trono de David durará
para siempre. No será David el que edifique el templo del Señor. Pero el
Señor le premia su buena intención, y le promete la perennidad de su dinastía.
Por eso el Mesías será hijo de David y su reino será eterno. En el tierno Niño
de Belén hemos de ver al fuerte y poderoso Rey divino, al Señor del universo,
al Fundador del Reino de la Verdad y de la Vida, de la santidad y de la gracia,
de la justicia del amor y de la paz.
La fe debe hacernos contemplar la corona y el cetro que la vista corporal
no alcanza a ver. El Padre eterno decreta: «Yo mismo he establecido a mi Rey en
Sión» (Sal 2,6). Y Cristo, el nuevo Rey, lo proclama ante el mundo: «El Señor
me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo y te daré
en herencia las naciones y te haré dueño de todos los confines de la tierra»
(7-8).
Nosotros creemos en su reinado, nos sometemos a su imperio, nos
consideramos dichosos de ser conducidos, mandados y regidos por Él. Adoraremos
al Rey en un pesebre, y lo veneraremos en su Ascensión a la derecha del Padre,
cuando diga: «Se me ha dado todo poder sobre los cielos y sobre la tierra» (Mt
28,18). ¡Nos entregamos totalmente a su dominio! ¡Queremos servirle, vivir y
morir en su santo servicio!
Ese reinado no se funda ni en la carne, ni en la sangre, ni en la raza,
ni en el nacimiento, ni en las armas, ni en los ejércitos, ni en riquezas o
grandes extensiones de tierra. No se funda tampoco en las dotes naturales del
hombre: en su inteligencia, en sus ascendientes, ni en su influencia; tampoco en
su cultura, en su renombre o en su perspicacia. Solo se funda en dos cosas: en
la gracia divina y en la buena voluntad del hombre para recibir esa gracia. Abrámonos
a esa gracia divina.
–Con el Salmo 88 cantamos eternamente las misericordias
del Señor. Dios prometió a David un reino para siempre, un trono para la
eternidad, y por eso su fidelidad permanece en todas las edades. En Navidad se
renueva esa alianza maravillosa en favor de todos los hombres:
«Anunciaré Su fidelidad por todas las edades. Porque dije: “Tu
misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu
fidelidad”. Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo:
“Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono por todas las edades”.
Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora”. Le
mantendré eternamente mi favor, mi alianza con él será estable». Solo en
Cristo se ha realizado plenamente esta formidable promesa del Señor.
–Lucas 1,67-79: Nos visitará el Sol que nace de lo
alto. Zacarías en el Benedictus descubre la misteriosa realidad escondida
en aquellos niños, Juan y Jesús. En una hora de inspiración inefable, es
profeta que declara y anuncia las obras de Dios, a quien alaba en el comienzo de
la salvación. La fuerza de Dios se ha hecho presente en el seno de una Virgen.
El Mesías viene a dar la libertad que es necesaria para servir a Dios con
santidad y justicia. En el Mesías, el pueblo de Dios será regido por un Rey
bueno, pacífico y salvador. Juan será el heraldo, la voz. Su grandeza está en
preparar el camino del Señor, llevar al pueblo al conocimiento del Salvador.
Oigamos a San Ambrosio:
«Considera qué bueno es Dios y qué pronto para perdonar los pecados. No solo le da a Zacarías lo que le había quitado, sino que le otorga también lo que no esperaba. Este hombre, después de largo tiempo mudo, profetiza; pues ésta es la máxima gracia de Dios, que aquellos que le habían negado le rindan homenaje.
«¡Que nadie pierda, pues, la confianza! Que nadie, con el recuerdo de sus faltas pasadas, desespere de las recompensas divinas. Dios sabrá modificar su sentencia, si tú sabes corregir tu falta» (Comentario Evang. Lucas II,33).
La misericordia de Dios, como ya había sido prometido a Abraham, ha
hecho nacer de su descendencia el Sol que ilumina los pasos de los hombres por
el camino de la paz, aunque muchas veces se obstinen en esconderse en las
tinieblas del error y del pecado. «La luz brilla en las tinieblas, pero las
tinieblas no la admitieron. Él vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron»
(Jn 1,5.11). Oigamos a San Juan Crisóstomo, que nos exhorta a recibir a Cristo:
«Él se nos ofrece para todo. Y así nos dice: “si quieres embellecerte, toma mi hermosura. Si quieres amarte, mis armas. Si vestirte, mis vestidos. Si alimentarte, mi mesa. Si caminar, mi camino. Si heredar, mis heredades. Si entrar en la patria, yo soy el arquitecto de la ciudad...
«“Y no te pido pago alguno por lo que te doy, sino que yo mismo quiero ser tu deudor, por el mero hecho de que quieras recibir todo lo mío. Yo soy para ti padre, hermano, esposo; yo soy casa, alimento, vestido, raíz, fundamento, todo cuanto quieras soy yo; no te veas necesitado y carente de algo. Incluso yo te serviré, porque vine “para servir, y no para ser servido” (Mt 20,28). Yo soy amigo, hermano, hermana, madre; todo lo soy para ti, y solo quiero contigo intimidad. Yo soy pobre por ti, mendigo para ti, crucificado por ti, sepultado por ti. En el cielo estoy por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres? ¿Por qué rechazas al que te ama y trabajas en cambio para el mundo, echándolo todo en saco roto?”» (Homilía 76 sobre Evg. Mateo).
Dejémosle al Salvador nacer de nuevo en nuestros corazones. El hombre de buena voluntad, que hoy abre su corazón a la verdad y al bien, el que está dispuesto a recibir sencillamente y con rectitud la verdad y a practicar el bien, alcanzará la amistad de Cristo y la posesión del reino de Dios. ¡Tan amplios y universales y, al mismo tiempo, tan sencillos son sus fundamentos! Dejemos que el Sol que nace de lo alto ilumine nuestras tinieblas. Sometámonos al reinado de Cristo. En él encontraremos la verdad, la paz y la vida.
Introducción
Historia
En
un principio Navidad y Epifanía constituían una sola celebración con
una solo objeto: la Encarnación del Verbo divino en las purísimas entrañas de
la Virgen María. El nacimiento se celebraba en
Oriente el 6 de enero y en Occidente el 25 de diciembre. Consta que hacia
la mitad del siglo IV se celebraba en Roma la solemnidad del Nacimiento de
Cristo el 25 de diciembre, escogido para contrarrestar la fiesta pagana del Sol
Invicto.
Luego
se determinó celebrar dos fiestas diferentes: una para el Nacimiento de Cristo
y otra para su Epifanía o Manifestación: Reyes Magos, Bautismo y el primer
milagro en las bodas de Caná.
Sentido
teológico
Todo
el misterio de la salvación se funda en el Nacimiento de Cristo según la carne
en Belén de Judá. San Agustín y San León Magno han dado el sentido teológico
y espiritual de esta solemnidad en sus sermones, como nosotros lo expondremos más
adelante al tratar el sentido litúrgico de la misma.
25 de diciembre. Natividad del Señor
Solo
trataremos aquí de la Misa del día, no de la de medianoche ni de la de la
aurora.
La
Liturgia nos lleva hoy a Belén, junto al pesebre, donde reposa el divino Rey,
recién nacido. Dejémonos llevar por ella. Una vez ante el divino Niño, postrémonos
en actitud de adoración y recitemos el símbolo de la fe y el prólogo del
Evangelio según San Juan: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios
verdadero, Engendrado no creado, de la misma sustancia que el Padre… Descendió
de los cielos, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Fue concebido
por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen…»
Y
con el profeta Isaías digamos en el canto de entrada: «Un niño nos ha
nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el Imperio, y tendrá por
nombre: Ángel del Gran Consejo» (Is 9,5).
La
colecta (Veronense) ora: «Oh Dios, que de un modo tan admirable has
creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de modo más admirable aún elevaste
su condición por Jesucristo, concédenos compartir la vida divina de Aquel que
hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana».
El
ofertorio es el mismo del Misal anterior al Concilio Vaticano II: «Acepta,
Señor, en la fiesta solemne de Navidad la ofrenda que nos reconcilia contigo de
modo perfecto, porque en ella se encierra la plenitud del culto que el hombre
puede tributarte».
El
Salmo 97,3, en la comunión, nos lleva a cantar, con toda la tierra, la
victoria de nuestro Dios. Y en la postcomunión, que también se
encontraba en el Misal anterior, pedimos al Dios de misericordia que hoy, que
nos ha nacido de nuevo el Salvador para comunicarnos la vida divina, nos conceda
hacernos igualmente partícipes del don de su inmortalidad.
–Isaías
52,7-10: Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios.
Ha cumplido Dios su palabra de consolación. Nos ha redimido, dejándose ver y
amar en medio de nosotros. Cristo es la realidad suprema del acercamiento pedagógico
de Dios a nosotros. Cristo es el Mensajero que viene a anunciar la Buena Nueva:
el Evangelio, de la paz y de la salvación.
Cristo
colma la expectativa de la Historia y de todo hombre. Se pone a la cabeza de un
pueblo nuevo que con Él camina más aprisa hacia Dios. El hombre adquiere una
nueva conciencia de sí mismo, adquiere el sentido verdadero de la propia
dignidad y la posibilidad de crecer hacia el más allá, hacia la salvación
definitiva.
En
el Misterio de la Encarnación se nos da Dios mismo con todo lo que Él es y con
todo cuanto posee. Él sabe muy bien que ninguna otra cosa puede saciarnos más
que Él mismo. Es, pues, legítima nuestra alegría y son buenas nuestras
fiestas, pero sin el desorden ni el derroche.
–Con
el
Salmo 97
cantamos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho
maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo… Los confines de
la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Estamos salvados. Pero
muchos hombres aún no lo saben o se comportan como si no lo supiesen.
–Hebreos
1,1-6:
Dios nos ha hablado por su Hijo. Cristo es personalmente
la Palabra de Dios vivo. En la plenitud de los tiempos el Padre nos ha hablado
por su Hijo. Ha habido dos fases en la Revelación: la preparación por los
profetas, primero, y en la plenitud de los tiempos la revelación perfecta por
medio del Hijo. Son dos momentos continuos, de manera que, ciertamente, en todo
tiempo Dios ha hablado a los hombres. Pero en el último tiempo su Palabra se ha
expresado de un modo insólito y maravilloso, con un gesto nuevo de infinito
amor. Cristo, Verbo encarnado, imagen de Dios y de su gloria es el signo
sacramental de una nueva presencia de Dios en medio de nosotros. Es la Palabra
eterna que dialoga con nosotros, y así nos regenera. Salva y libra al hombre de
la esclavitud del pecado.
–Juan
1,1-18:
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. El
Verbo, que es Luz y Vida divina –Luz que salva y Amor que redime–, se ha
hecho uno más entre nosotros. El Hijo de Dios se nos hace presente en la
realidad viviente de un Corazón también humano. San Agustín ha comentado este
pasaje evangélico muchas veces.
«Nadie dé muestras de ingenio, revolviendo en su cabeza pensamientos pobres, como el siguiente: –“¿Cómo, si en el principio ya existía el Verbo?… ¿cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros?” Oye la causa. Cierto que a los que creen en su nombre les dio la potestad de ser hijos de Dios… ¿Es acaso maravilla que lleguéis vosotros a ser hijos de Dios, cuando por vosotros el Hijo de Dios llegó a ser hijo del hombre? Y si, haciéndose hombre, quien era más, vino a ser menos, ¿no puede hacer que nosotros, que éramos menos, pudiéramos venir a ser algo más? Él pudo bajar a nosotros, ¿y nosotros no podremos subir a Él? Tomó por nosotros nuestra muerte, ¿y no ha de darnos la vida? Padeció tus males, ¿y no te dará sus bienes?…
«Ésta es la fe. Mantén lo que no ves todavía. Es necesario que permanezcas ligado por la fe a lo que no ves, para no tener que avergonzarte cuando llegues a verlo» (Sermón 119,5, en Hipona).
¡Qué inefable alegría debe producirnos nuestra viva fe en el misterio
de la Navidad! Sigamos contemplando el Misterio con la ayuda de San Agustín:
«Un año más ha brillado para nosotros –y hemos de celebrarlo– el Nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En Él la verdad ha brotado de la tierra (Sal 84,12); el Día del día ha venido ha nuestro día: alegrémonos y regocijémonos en Él (Sal 117,24). La fe de los cristianos conoce lo que nos ha aportado la humildad de tan gran excelsitud. De ello se mantiene alejado el corazón de los impíos, pues Dios escondió estas cosas a los sabios y prudentes y las reveló a los pequeños (Mt 11,25).
«Posean, por tanto, los humildes la humildad de Dios, para llegar también a la altura de Dios con tan grande ayuda, cual jumento que soporta su debilidad. Aquellos sabios y prudentes, en cambio, cuando buscan lo excelso de Dios y no creen lo humilde, al pasar por alto esto y, en consecuencia, no alcanzar aquello debido a su vaciedad y ligereza, a su hinchazón y orgullo, quedaron como colgados entre el cielo y la tierra, en el espacio propio del viento…
«Por tanto, celebremos el nacimiento del Señor con la asistencia y el aire de fiesta que merece. Exulten los varones, exulten las mujeres…Exultad, jóvenes santos… Exultad, vírgenes santas… Exultad, todos los justos… Ha nacido el Justificador. Exultad, débiles y enfermos, ha nacido el Salvador. Exultad, cautivos, ha nacido el Redentor. Exultad, siervos, ha nacido el Señor. Exultad, hombres libres: ha nacido el Libertador. Exultad, todos los cristianos, ha nacido Cristo» (Sermón 184, día de Navidad, después del año 412).
Y dice el mismo Doctor en otro sermón, predicado entre los años 412 y
416:
«Se llama día del Nacimiento del Señor a la fecha en que la Sabiduría de Dios se manifestó como Niño y la Palabra de Dios, sin palabras, emitió la voz de la carne. La divinidad oculta fue anunciada a los pastores por la voz de los ángeles e indicada a los Magos por el testimonio del firmamento. Con esta festividad anual celebramos, pues, el día en que se cumplió la profecía: “La verdad ha brotado de la tierra y la justicia ha mirado desde el cielo” (Sal 84,12).
«La Verdad, que mora en el seno del Padre, ha brotado de la tierra para estar también en el seno de una Madre. La Verdad, que contiene el mundo, ha brotado de la tierra para ser llevada por manos de mujer. La Verdad, que alimenta de forma incorruptible la bienaventuranza de los ángeles, ha brotado de la tierra, para ser amamantada por los pechos de carne. La Verdad, a la que no basta el cielo, ha brotado de la tierra para ser colocada en un pesebre.
«¿En bien de quién vino con tanta humildad tan grande excelsitud? Ciertamente, no vino para bien suyo, sino nuestro, a condición que creamos. ¡Despierta, hombre; por ti, Dios se hizo hombre!… Por ti, repito, Dios se hizo hombre. Estarías muerto para la eternidad si Él no hubiera venido. Celebremos con alegría la llegada de nuestra salvación y redención» (Sermón 185).
Es
el primero de los mártires, y de ahí que su testimonio haya conservado siempre
un valor excepcional dentro de la Iglesia. El Espíritu de Dios era el que lo
impulsaba a hablar y transfiguraba ante sus adversarios su rostro, que aparecía
como el de un ángel (Hch 6-7). El mismo Espíritu fue el que lo fortaleció en
el martirio y oró en él por los que lo apedreaban, y también por el joven
Saulo, que guardaba los mantos de los que lo hacían. Gracias a Esteban tenemos
a Pablo. La oración del primer mártir logra de Dios este gran éxito en los
comienzos del cristianismo.
La
oración colecta (del Misal anterior) pide al Señor nos conceda la
gracia de imitar al mártir San Esteban, que oró por los verdugos que le daban
tormento, para que así nosotros aprendamos a amar a nuestros enemigos.
–Hechos
6,8-10; 7,54-59:
Lleno del Espíritu Santo, muere como Cristo. Al
anunciarles Jesús a sus discípulos las persecuciones que vendrían sobre
ellos, les había prometido su asistencia. El Espíritu de Dios sería su fuerza
y hablaría por su boca. Y esta promesa de Jesús que oímos en el Evangelio, la
vemos cumplida en el martirio de San Esteban. Se hallaba éste lleno del Espíritu
Santo y el mismo Espíritu inspiraba sus palabras.
–Salmo
30: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Sé la Roca de mi
refugio, un baluarte donde me salve»... Cada día, en Completas, ensayando
nuestra futura muerte, repetimos esas palabras primeras de Esteban.
–Mateo
10,17-22: No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de
vuestro Padre. San Fulgencio de Ruspe comenta:
«Ayer celebramos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el triunfal martirio de su soldado. Ayer nuestro Rey, revestido con el manto de nuestra carne y, saliendo del recinto del seno virginal, se dignó visitar el mundo; hoy el soldado, saliendo del tabernáculo de su cuerpo, triunfador, ha emigrado al cielo.
«Nuestro Rey, siendo la excelsitud misma, se humilló por nosotros. Su venida no ha sido en vano, pues ha aportado grandes dones a sus soldados, a los que no sólo ha engrandecido abundantemente, sino que también los ha fortalecido para luchar invenciblemente. Ha traído el don de la caridad, por la que los hombres se hacen partícipes de la naturaleza divina…
«Así, pues, la misma caridad que Cristo trajo del cielo a la tierra ha levantado a Esteban de la tierra al cielo. La caridad que precedió en el Rey, ha brillado a continuación en el soldado. Esteban, para merecer la corona, que significa su nombre, tenía la caridad como arma y por ella triunfaba en todas partes» (Sermón 3,1-3).
En
este día, en que la liturgia celebra a San Esteban, evocamos también el
misterio de Navidad, pues las Vísperas son de la octava de esa solemnidad.
Oigamos a San Agustín:
«Considera, oh hombre, lo que vino a ser Dios por ti. Aprende la doctrina de tan gran humildad de la boca del Doctor que aún no habla. En otro tiempo, en el paraíso, fuiste tan fecundo que impusiste nombre a todo ser viviente. Ahora, por ti yace en el pesebre, sin hablar, tu Creador; sin llamar por su nombre ni siquiera a su Madre. Tú, descuidando la obediencia, te perdiste en el ancho jardín de árboles fructíferos. Él, por obediencia, vino en condición mortal a un establo estrechísimo, para buscar, mediante su muerte, al que estaba muerto. Tú, siendo hombre, quisiste ser Dios, para tu perdición; Él, siendo Dios, quiso ser hombre, para tu salvación. Tanto te oprimía la soberbia humana, que sólo la humildad divina te podría levantar» (Sermón 188,3).
¡El
Hijo de Dios tomó nuestra naturaleza humana para ennoblecerla, para
purificarla, para divinizarla, para sumergirla en su naturaleza divina! Tomó
nuestra naturaleza humana para que nosotros fuéramos hijos de Dios. Lo somos
por la gracia santificante. La vivimos, imitando, reproduciendo en nosotros las
virtudes de Cristo: su amor al Padre, su celo por la salvación de las almas, su
obediencia, su humildad, su pobreza, su santidad.
27 de diciembre. San Juan Evangelista
El
Evangelista San Juan se encuentra relacionado muy particularmente con los
diversos aspectos del misterio de Cristo. Él fue el que reclinó su cabeza
sobre el pecho del Señor, y él estuvo al pie de la Cruz con la Virgen María,
que fue confiada por Jesús a sus cuidados. Él fue testigo de la Resurrección
del Señor. Y es conocido como el Evangelista teólogo, pues se remonta como un
águila real hacia las alturas del Verbo de Dios.
La
oración colecta (compuesta con textos del Veronense, del Gelasiano y del
Gregoriano) pide a Dios, al Señor nuestro, que nos ha revelado por medio del apóstol
San Juan el misterio de su Palabra hecha carne, nos conceda llegar a comprender
y a amar de corazón lo que el Apóstol nos dio a conocer.
–1
Juan 3,1-4:
Nuestras manos palparon el Verbo de la Vida. San
Juan, amigo íntimo del Verbo encarnado, nos da testimonio de lo que él vivió
intensamente junto a Jesucristo, y todo lo escribe para que nuestra alegría sea
completa.
–Salmo
96:
«Alegraos, justos, con el Señor. El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, Justicia y Derecho
sostienen su trono… Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos
de corazón»…
–Juan
20,2-8:
El acto de fe es de San Juan. Él corrió con Pedro al
Sepulcro, llegó el primero y vio las vendas en el suelo, pero no entró. Como
testigo de la Resurrección del Señor, «vio y creyó». San Agustín
comenta:
«Así, pues, la Vida misma se ha manifestado en la carne, para que, en esta manifestación, aquello que sólo podía ser visto con el corazón fuera también visto con los ojos, y de esta forma sanase los corazones. Pues la Palabra se ve sólo con el corazón, pero la carne se ve también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la carne, pero no logramos ver la Palabra. La Palabra se hizo carne, a la cual podemos ver, para sanar en nosotros aquello que nos hace capaces de ver la Palabra…
«Aquéllos vieron, nosotros no; y, sin embargo, estamos en comunión con ellos, pues poseemos una misma fe… “Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa”. La alegría completa es la que se encuentra en una misma comunión, una misma caridad, una misma unidad» (Tratado sobre la primera Carta de San Juan 1,1-3).
La
Iglesia festeja hoy a San Juan Evangelista, pero continúa celebrando también
el misterio insondable de Navidad. San Ambrosio nos ayuda a contemplarlo,
meditando en el evangelio de San Juan:
«Con pocas palabras ha expuesto San Lucas cómo y en qué tiempo y en qué lugar ha nacido Cristo según la carne. Pero, si quieres conocer su generación celeste, lee el Evangelio de San Juan, que ha comenzado por el cielo para descender a la tierra. Encontrarás allí cuanto Él era, y cómo era y qué era, lo que había hecho y lo que hacía, dónde estaba y a dónde vino, cómo vino, en que tiempo vino, por que causa vino…
«Si hemos conocido la doble generación [del Verbo] y la misión de cada una, si advertimos por qué causa ha venido: tomar sobre sí los pecados del mundo moribundo, para abolir la mancha del pecado y la muerte de todos en sí mismo, que no podía ser vencido, lo lógico es que ahora el Evangelista San Lucas nos enseñe, a su vez y nos muestre los caminos del Señor, que va creciendo según la carne…
«Él ha sido niño para que tú puedas ser varón perfecto. Él ha sido ligado con pañales, para que tú puedas ser desligados de los lazos de la muerte. Él ha sido puesto en un pesebre, para que tú puedas ser colocado sobre los altares. Él ha sido puesto en la tierra, para que tú puedas estar entre las estrellas. Él no tuvo lugar en el mesón, para que tú tengas muchas mansiones en el cielo (Jn 14,2). Él, siendo rico, se ha hecho pobre por nosotros, a fin de que su pobreza nos enriquezca (1 Cor 8,9).
«Luego mi patrimonio es aquella pobreza del Señor, y su debilidad, mi fortaleza. Prefirió para sí la indigencia a fin de ser pródigo para todos. Me purifican los llantos de aquella infancia que da vagidos, y aquellas lágrimas han lavado mis delitos. Yo soy, pues, oh Señor Jesús, más deudor a tus injurias de mi redención, que a tus obras de mi creación. De nada me hubiera servido haber nacido sin el beneficio de la redención.
«He aquí el Señor, he aquí el pesebre por el que nos fue revelado este divino misterio: que los gentiles, viviendo a la manera de bestias sin razón en los establos serían alimentados por la abundancia del alimento sagrado. Entonces el asno, imagen y modelo de los gentiles, ha reconocido el pesebre de su Señor. Por eso dice: “El Señor me ha alimentado y nada me faltará” (cfr. Sal 22). ¿Son acaso insignificantes los signos por los cuales Dios se hace reconocer, el ministerio de los ángeles, la adoración de los Magos y el testimonio de los mártires? Él sale del seno materno, pero resplandece en el cielo; yace en un albergue terreno, pero está bañado de una luz celeste.
«Observa los orígenes de la Iglesia naciente: Cristo nace, y los pastores comienzan a velar; por ellos, el rebaño de las naciones, que vivía hasta entonces la vida de los animales, comienza a ser congregado en el aprisco del Señor, para no ser expuesto, en las oscuras tinieblas de la noche, a los ataques de las bestias espirituales. Y los pastores vigilan bien, habiendo sido formados por el Buen Pastor. De este modo, el rebaño es el pueblo, la noche es el mundo, los pastores son los sacerdotes» (Comentario a San Lucas lib. II, nn. 40-43.50).
El
nacimiento del Hijo de Dios humanado no es un idilio infantil, una agradable
escena pastoril, un ejemplo inocente, un hecho que se repite una vez más, como
tantas otras. El Nacimiento de Cristo es y debe ser, más bien, una fuerza que
repercute e influye hondamente en la vida de la Santa Iglesia, en la vida de
todos los cristianos. Y el Señor nos comunica muy especialmente su gloriosa
vida divina por los sacramentos.
28 de Diciembre. Santos Inocentes
Al
menos desde el siglo VI la Iglesia ha honrado en los días inmediatos a la
Navidad del Señor a los Santos niños Inocentes. Recoge el hecho el
evangelista San Mateo en la segunda lectura de esta fiesta. Se los considera
como las primicias de los redimidos, en el sentido exacto de esta palabra, pues confiesan
a Cristo, no con sus palabras, pero sí con su sangre.
La
oración colecta (del Misal anterior) dice que los mártires inocentes
proclaman la gloria del Señor en este día no con sus palabras sino con su
sangre, y pide a Dios que nos conceda por su intercesión testimoniar con
nuestra vida la fe que confesamos.
–1
Juan 1,5–2,2.
No tiene esta perícopa una relación especial con la
fiesta de hoy, salvo ciertas alusiones a la sangre de Jesús, que «es la víctima
ofrecida por los pecados». De este modo ilumina el misterio de la muerte de los
Niños Inocentes, que siendo inmolados a causa de Jesús, fueron hechos así
miembros de su Cuerpo.
–Salmo
123:
«Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador.
Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los
hombres, nos habrían tragado vivos, tanto ardía su ira contra nosotros. Nos
habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habrían
llegado hasta el cuello las aguas espumantes. La trampa se rompió y escapamos»…Estas
palabras se aplican a los Niños Inocentes, que por su muerte salieron a una
vida mejor, vertiendo su sangre a causa de Cristo.
–Mateo
2,13-18:
Herodes mandó matar a todos los niños en Belén. Se
cumplió así el oráculo: «Un grito se oye en Ramá: llanto y lamentos
grandes. Es Raquel, que llora a su hijos y rehusa el consuelo, porque ya no
viven». Comenta San Quodvultdeus:
«Nace un niño pequeño, que es un gran Rey. Los magos son atraídos desde lejos; vienen a adorar al que todavía yace en el pesebre, pero que reina al mismo tiempo en el cielo y en la tierra. Cuando los magos le anuncian a Herodes que ha nacido un Rey, él se turba, y para no perder su reinado, lo quiere matar. Si hubiera creído en Él, estaría seguro en la tierra y reinaría sin fin en la otra vida.
«“¿Qué temes, Herodes, al oír que ha nacido un Rey? Él no ha venido a expulsarte a ti, sino para vencer al Maligno. Pero tú no entiendes estas cosas, y por ello te turbas y te enfureces, y, para que no escape el que buscas, te muestras cruel, dando muerte a tantos niños. Ni el dolor de las madres que gimen, ni el lamento de los padres por la muerte de sus hijos, ni los quejidos y los gemidos de los niños te hacen desistir de tu propósito. Matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón”…
«Los niños sin saberlo, mueren por Cristo; los padres hacen duelo por los mártires. Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar. He aquí de qué manera reina el que ha venido para reinar. He aquí que el libertador concede libertad y el salvador da la salvación… ¡Oh gran don de la gracia! ¿De quién son los merecimientos para que triunfen así los niños? Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla, valiéndose de sus propios miembros, y ya consiguen la palma de la victoria» (Sermón 2, sobre el Símbolo).
La
Iglesia recuerda hoy y venera a los Santos Inocentes, pero, durante la octava de
Navidad las Vísperas celebran esa solemnidad. Por eso exponemos su contenido
teológico y espiritual con las Homilías de Navidad de San León Magno.
En la primera dice: «Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida para acabar con el temor de la muerte y para llenarnos de gozo con la eternidad prometida. Nadie se crea excluido de participar de este gozo, pues una misma es la causa de la común alegría, ya que nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, así como a nadie halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte el santo, porque se acerca el premio; alégrese el pecador, porque se le invita al perdón; anímese el gentil, porque se le llama a la vida.
«Al
llegar la plenitud de los tiempos (Gál 4,4), señalada por los inescrutables
designios del divino consejo, tomó el Hijo de Dios la naturaleza humana para
reconciliarla con su autor y vencer al diablo, inventor de la muerte, por la
misma naturaleza que Él había dominado (Sab 2,24)… Se eligió una Virgen de
la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto sagrado, lo concibió
antes en su espíritu que en su cuerpo.
«Por lo cual, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros y, estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida en Cristo (Ef 2,5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra de sus manos.
«Por lo tanto, dejemos al hombre viejo, con sus acciones (Col 3,9) y renunciemos a las obras de la carne, nosotros que hemos sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo. Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas (Col 1,13), has sido trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del Bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará conforme a la verdad».
En la homilía segunda dice: «Exultemos en el Señor, amadísimos, y alegrémonos con un gozo espiritual, pues se ha levantado para nosotros el día de una nueva redención, día preparado desde largo tiempo, día de una felicidad eterna. He aquí, en efecto que el círculo del año nos actualiza de nuevo el misterio de nuestra salvación; misterio prometido desde el comienzo del mundo, otorgado al fin, y hecho para durar siempre.
«Es digno en este día que, elevando nuestros corazones hacia lo alto (1 Cor 10,11), adoremos el misterio divino, para que la Iglesia celebre con gran alegría lo que ha procedido de un gran don de Dios… Al llegar, pues, amadísimos, los tiempos señalados para la redención del hombre, nuestro Señor Jesucristo, de lo alto de su sede celestial, baja hasta nosotros. Sin dejar la gloria del Padre, viene al mundo según un modo nuevo, por un nuevo nacimiento. Modo nuevo, ya que invisible por naturaleza, se hace visible por nuestra naturaleza; incomprensible, ha querido hacerse comprensible; el que fue antes que el tiempo, ha comenzado a ser en el tiempo. Siendo Señor del universo, ha tomado la condición de siervo, velando el resplandor de su majestad. Dios impasible, no se ha desdeñado de ser hombre pasible; y siendo inmortal se somete a la muerte…
«El Señor Cristo Jesús ha venido, en efecto, para quitar nuestra corrupción, no para ser su víctima; no a sucumbir en nuestros vicios, sino a curarlos. Ha venido a sanar nuestra enfermedad, consecuencia de nuestra corrupción y todas las llagas que manchan nuestra alma».
«Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de
los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16). Con este canto
de entrada comienza la Misa de hoy.
Y
en la oración colecta (Gelasiano) pedimos a Dios todopoderoso, a quien
nadie ha visto nunca y que ha disipado las tinieblas del mundo con la venida de
Cristo, Luz verdadera, nos mire complacido, para que podamos cantar dignamente
la gloria del nacimiento de su Hijo.
–1
Juan 2,3-11:
Quien ama a su hermano permanece en la luz. El
cristianismo no es sólo algo negativo: no pecar, sino también vivir según la
voluntad de Dios. Conocer a Cristo es vivir según su Voluntad. Son, pues,
necesarias la fe y las obras (Sant 2, 14-26). Guardar la palabra de Dios es una
respuesta amorosa al amor que Él nos tiene. El amor es superior al conocimiento
y a la fe. Vivir el amor es imitar a Jesucristo, que es en realidad nuestra Ley,
y amar como Él ha amado. Comenta San Agustín:
«“Quien dice que permanece en Cristo debe andar como Él anduvo” (1 Jn 2,6). ¿Y cuál es el camino por el que Cristo caminó? ¿Cuál es sino la caridad de la que dice el Apóstol: “os muestro un camino todavía más excelente” (1 Cor 12,31)?. Si, pues, queremos imitar a Cristo, debemos correr por el mismo camino por el que Él se dignó andar, incluso cuando pendía de la cruz. Estaba clavado en la cruz y, corriendo por el camino de la caridad, rogaba por sus perseguidores. Finalmente, pronunció estas palabras: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34) Pidamos, pues, también nosotros esto mismo, sin cesar, en favor de todos nuestros enemigos, para que el Señor les conceda la corrección de sus costumbres y el perdón de sus pecados» (Sermón 167, A).
Y San Juan Crisóstomo:
«¿Que razón tienes para no amar? ¿Que el otro correspondió a tus favores con injurias? ¿Que quiso derramar tu sangre en agradecimiento de tus beneficios? Pero, si amas por Cristo, ésas son razones que te han de mover a amar más aún. Porque lo que destruye las amistades del mundo, eso es lo que afianza la caridad de Cristo. ¿Cómo? Primero, porque ese ingrato es para ti causa de un premio mayor. Segundo, porque ése precisamente necesita más ayuda y un cuidado más intenso» (Hom. sobre San Mateo 60,3).
–El
Padre ha dado a Cristo en su Nacimiento « el trono de David», para que reine
sobre la casa de Jacob y su reino no tenga fin. La plenitud de los tiempos, el
Reino eterno ya comenzado ya, y por eso cantamos con el Salmo 75:
«Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al
Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria. Contad a los
pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. El Señor ha hecho el
cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo. Alégrese
el cielo, goce la tierra».
En
el establo, en el pesebre, debajo del velo de su pobreza, de su vida oscura, de
su desamparo, de su debilidad infantil, el Señor es Rey. Dejémonos
conquistar por Él y abracémonos con su pobreza, con su humildad, con su
obediencia, con su debilidad. De este modo Él también reinará en nosotros.
–Lucas
2,22-35:
Jesús, María y José se someten a la ley judaica. La
ley que ordenaba la presentación del primogénito al Señor y la purificación
de la madre no afectaban ni a Jesucristo ni a la Virgen María, pero
obedecieron. Jesús es ofrecido en el templo de manos de la Virgen María y de
San José.
Inspirada
por el Espíritu Santo, María conoce perfectamente el gran misterio que nos
relata el Evangelio de hoy. Comprende el significado y el valor del sacrificio
que Ella realiza. Identificada en absoluto con los sentimientos sacrificiales de
su divino Hijo, María lo ofrece al Padre con la misma abnegación, con el mismo
desprendimiento con que se ofrece el propio Jesús. Sacrifica
generosamente con un total e incondicional fiat en sus labios y en su
corazón lo que Ella más quiere y ama, su Todo. Lo hace en nombre y en
representación nuestra y para nuestra salvación.
Estamos
ante uno de los momentos más solemnes de la vida de la Virgen María, de la
vida de la humanidad, de la vida de todos y de cada uno de nosotros. Es la
primicia del Calvario. También comienza para Ella su sacrificio. Su alma será
traspasada por la espada del dolor (Lc 2,25). Se ofrece también Ella por
nosotros, juntamente con su Hijo. Ya se vislumbra el día en que, a los pies de
la cruz, completará con Jesús la oblación comenzada hoy en el templo. El
fiat de la Anunciación tuvo muchos momentos de prolongación
crucificada en su vida.
Entrada
: «Cuando todo guardaba un profundo silencio, al llegar la noche al centro de su carrera, tu omnipotente Palabra, Señor, bajó de los cielos desde su solio real» (Sab 18, 14-15).
En
la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que, por este nuevo nacimiento
de su Hijo en la carne, nos libre del yugo con que nos domina la antigua
servidumbre del pecado.
–1
Juan 2,12-17:
El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Por Jesús ha llegado la libertad del pecado, hemos conocido al Padre, hemos
vencido al mal. La Palabra de Dios ha morado entre nosotros, nos ha iluminado
con su Luz resplandeciente para conocer la Voluntad del Padre y nos ha dado
fortaleza para cumplirla. Nuestra ley es convivir con la Palabra. Sólo así
podemos vencer la mentira y el mal del mundo. Comenta San Agustín:
«Este mundo fue hecho por Dios, pero el mundo no le conoció. ¿Que mundo no le conoció? El que ama el mundo; el que ama la obra y desprecia al Artífice. Tu amor ha de emigrar. Rompe los cables que te unen a la criatura y únete al Creador. Cambia de amor y de temor. Las costumbres no las hacen buenas o malas más que los buenos o malos amores… “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo”(1 Jn 2,15)...
«Lo que hay en los amantes del mundo es “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y ambición mundana” (ib. 16). La concupiscencia de la carne se identifica con el placer, la concupiscencia de los ojos con la curiosidad y la ambición mundana con la soberbia. Quien vence estas tres cosas no le queda absolutamente ningún deseo que vencer. Hay muchas ramas, pero raíces no hay más que tres» (Sermón 313, A, 2, Cartago, 14 de septiembre 401, fiesta de San Cipriano).
Si
viviéramos verdaderamente de nuestra fe, ella inflamaría nuestro corazón y le
haría amar con delirio a Aquel que, impulsado por nuestro amor, se despojó de
sí mismo, se anonadó y, tomando la forma de siervo, se hizo obediente hasta la
muerte y muerte de cruz (Flp 2,5-8). Pero ¡cuánta frialdad, cuánto olvido por
nuestra parte! ¡Y qué inefable alegría debiera producirnos nuestra viva fe en
el misterio de la Navidad del Señor, que tan bella y eficazmente celebra la
Iglesia en estos días!
–El
Israel restaurado tras el destierro de Babilonia, después de llenarse de gozo y
cantar al Dios que le dio la victoria, se vuelve hacia los pueblos paganos
vecinos y los invita a cantar también, reconociendo el poder del Señor.
Nosotros hacemos lo mismo cantando con el
Salmo 95
y aclamamos a
todos los pueblos, anunciándoles que para todos ha llegado la salvación, la
redención, la liberación con el Nacimiento de Cristo:
«Familias
de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la
gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.
Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos ante el Señor en el atrio
sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: “El Señor
es Rey. Él afianzó el orbe y no se moverá. Él gobierna a los pueblos
rectamente”».
–Lucas
2,36-40:
El Niño que nos ha nacido de María es el Salvador tan
largamente esperado. Así lo proclama Ana en el templo. La Palabra de Dios, que
permanece para siempre, se ha hecho carne, y sacia las esperanzas de un pueblo.
Este pueblo está presente en los ojos y en las manos de Ana, la profetisa,
mujer viuda que ha gastado su vida en ayunos y oraciones junto al templo. La
oración de súplica se transforma así en alabanza ante todos los que esperaban
la redención.
Comenta
San Agustín:
«Grandes fueron los méritos de Ana, aquella viuda santa. Había vivido siete años con su marido; muerto él, había llegado a la ancianidad, y en su santa vejez esperaba la infancia del Salvador, para verlo pequeño, ya entrada ella en años; para reconocerlo, ya viejecita, y para ver entrar en el mundo al Salvador, ella que estaba a punto de salir de él…
«El anciano Simeón, cuya edad iba pareja con la de Ana, había vivido también muchos años, y había recibido la promesa de que no conocería la muerte sin haber visto antes a Cristo, al Señor. Comprended, hermanos cuán grande era el deseo de ver a Cristo que tenían los santos antiguos. Sabían que tenía que venir» (Sermón 370,1-2).
Tengamos también nosotros, como aquellos justos antiguos, deseos de
recibir a Jesús, el Salvador, y de poseerlo.
La Familia sagrada vuelve después a Nazaret, y allá vive Jesús en la humildad y en el silencio durante treinta años. ¡Qué fecundidad la de los años de Nazaret! ¡Qué misterio tan impenetrable la vida de los tres allí! ¡Cómo quisiéramos conocer algo de sus coloquios, de sus oraciones, de su intimidad!
Domingo infraoctava de Navidad.
La Sagrada Familia
El Domingo
siguiente a la solemnidad de Navidad celebra la Iglesia la fiesta de la
Sagrada
Familia, que aparece bien explícita en el canto de entrada de la Misa:
«Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño
recostado en el pesebre».
En la colecta
(del Misal anterior) pedimos a Dios, nuestro Padre, que ha propuesto a la
Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de su pueblo, nos conceda
que, imitando sus virtudes domésticas y unidos por los lazos del amor,
lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo.
La festividad
de la Sagrada Familia, marco entrañable del acontecimiento de la Encarnación y
de la convivencia del Emmanuel, constituye la lección más impresionante de
todo el Evangelio de la Infancia y vida oculta del Señor. El valor religioso y
salvífico de la familia constituida según Dios es, en el Evangelio, la primera
lección que el Verbo Encarnado ha querido enseñarnos a vivir, con el
maravilloso ejemplo de su existencia casi anónima en el humilde hogar de
Nazaret.
–Eclesiástico
3,3-7.14-17:
El que teme al Señor honra a sus padres. En la base
misma de la familia, según Dios, está el amor, el respeto y la obediencia a
los padres. Cristo Jesús reafirma este criterio de Dios con su propio ejemplo
de treinta años, transcurridos en el anonimato hogareño de Nazaret.
–Con el
Salmo
127
decimos: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos, comerás
del fruto de tu trabajo, serás dichoso y te irá bien… Que el Señor te
bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén [la Santa Iglesia, la
propia familia], todos los días de tu vida».
–Col
3,12-21:
La vida de familia vivida en el Señor. Dios ha querido
instituir su Iglesia según el diseño de una comunidad familiar de los hijos de
Dios, y la familia cristiana según el modelo sagrado de una Iglesia doméstica.
–A)
Mateo
2,3-15.19-23:
Coge al Niño y a su Madre y huye a Egipto. Una
paternidad perfectamente responsable en José y María hizo de sus vidas una
inmolación permanente en favor de aquel Hijo divino, que el mimo Dios había
confiado a su responsabilidad de padres. Éste fue el condicionamiento glorioso
y definitivo de toda su vida familiar.
–B)
Lucas
2,22-40:
El Niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría. En la
más estricta fidelidad amorosa a la Luz del Señor, Jesús verifica su misión
sacerdotal de glorificador del Padre y salvador de los hombres. Este misterio
permanece guardado continuamente en el marco de una absoluta fidelidad a la Ley
del Señor.
–C)
Lucas 2,41-42:
Lo encontraron en medio de los Doctores. Una misma
vivencia religiosa lleva a Jesús a buscar la fidelidad al Padre en el templo y
en la sumisión y obediencia filial a sus padres en el hogar. No hay, no puede
haber, contradicción alguna entre aquella fidelidad a Dios y esta obediencia a
sus padres. Durante treinta años nos enseña Jesús esta importantísima lección
redentora.
Nada más
adecuado para este día que la alocución de Pablo VI en Nazaret el 3 de enero
de 1964, que se lee en el Oficio de Lecturas de esta fiesta:
«Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio.
«Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida.
«Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene su sentido.
«Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.
«¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!
«Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.
«Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve.
Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su función en el plano social.
«Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.
«Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles el gran modelo, al hermano divino, al defensor de las causas justas, es decir: Cristo, nuestro Señor».
6 de Enero. Epifanía del Señor
En la entrada
de esta Misa la Iglesia llama nuestra atención: «Mirad que llega el Señor del
Señorío: en la mano tiene el reino y la potestad y el imperio» (Mal 3,1; 1
Cro 19,12).
En la oración colecta
(Gregoriano) pedimos al Señor, que en este día reveló a su Hijo Unigénito
por medio de una estrella a los pueblos gentiles, conceda a los que ya lo
conocemos por la fe poder gozar un día, cara a cara, la hermosura infinita de
su gloria.
En el ofertorio
(Gregoriano) se pide al Señor que mire los dones de su Iglesia que no son oro,
incienso y mirra, sino Jesucristo, su Hijo, que en estos misterios se
manifiesta, se inmola y se da en comida.
La comunión
remite el texto de Mt 2,2: «Hemos visto salir la estrella del Señor y venimos
con regalos a adorarlo». Y en la postcomunión (del Misal anterior,
procedente del Gelasiano) pedimos que la luz del Señor nos disponga y nos guíe
siempre para que aceptemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio
del que hemos participado.
Navidad nos
trajo la nueva Luz, el Sol de justicia, Jesucristo, que hoy, en la Epifanía, se
manifiesta con nuevo resplandor para iluminar al mundo con su Luz y derramar
sobre él los tesoros de su redención.
–Isaías
60,1-6: La gloria del Señor amanece sobre ti. La universalidad
redentora del Emmanuel y su Nueva Alianza de salvación exigen una nueva Jerusalén.
Es la Iglesia, con su capacidad salvadora de judíos y gentiles. La Iglesia es
para todos los hombres elegidos del Padre. «¡Jerusalén, Iglesia, levántate!
¡Alégrate y salta de gozo!» Así hemos de entender la profecía de Isaías. Y
la Iglesia, obediente, canta jubilosa. Se diría que no se cansa de contemplar
la gloria del Señor. Es como si la trasladaran a las delicias del Tabor y, cual
otro Pedro y compañeros, exclamara: «Señor, ¡qué bien se está aquí!» (Mt
17,4). Su corazón se desborda de santa alegría.
Rara es la
ocasión en que el mundo moderno proporciona un gozo a la Iglesia, mientras que
los disgustos que le causan son frecuentes. Sin embargo, ella desborda de alegría
por la presencia de su Señor, por la celebración de sus misterios, por la
gracia de sus sacramentos.
–Sí, Iglesia
Santa, «la gloria del Señor resplandece sobre ti». Por eso cantamos con el
Salmo 71: «Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la
tierra… Porque él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía
protector. Él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los
pobres».
–Efesios
3,2-3.5-6: Ahora ha sido
revelado que también los gentiles son coherederos. Por un designio del amor
universal del Padre también los paganos están llamados a la revelación evangélica
en Cristo Jesús. En el Antiguo Testamento se había revelado por la promesa
hecha a Abrahán que “en su descendencia serían bendecidas todas las naciones
de la tierra” (Gén 12,3). Pero la forma en que se iba a realizar aquella
bendición no había sido desvelada.
En la plenitud
de los tiempos, San Pablo descubre a la luz de cuanto Jesucristo le revela, que
el camino elegido por Dios no ha sido salvar solamente por la descendencia biológica
de Abraham, sino incorporando los gentiles a la Iglesia, Cuerpo místico, en
igualdad con los judíos. Este es el «misterio», el plan de Dios tal como se
ha dado a conocer en la misión que Cristo confió a sus apóstoles. Ésta es la
gran misericordia de Dios: su redención universal, su Reino benéfico, que se
extiende a toda la humanidad. Demos gracias a Dios por ello.
–Mateo
2,1-12: Venimos de Oriente para adorar al Rey. Los Magos fueron
las primicias de este llamamiento a los gentiles para ser incorporados a la fe
en Cristo Jesús. Ellos representan también hoy a los que aún no conocen el
Evangelio de Jesucristo. Oigamos a San León Magno:
«Habiendo celebrado hace poco el fausto día en que la Virgen santísima, conservando su virginidad, dio al mundo al Salvador del género humano, la celebración de la venerada festividad de la Epifanía nos trae una prolongación de nuestro gozo, para que, uniéndose los misterios de estas solemnidades santísimas, no se entibie ni el vigor de nuestra alegría ni el fervor de nuestra fe.
«Para la salvación de todos los hombres convenía que la infancia del Mediador entre Dios y los hombres se manifestase al mundo entero aun cuando se hallaba encerrada en una pequeña aldea. Aunque el Señor eligió al pueblo de Israel, y en ese pueblo a una familia señalada, de la cual tomase nuestra humanidad, con todo, no quiso que su nacimiento estuviera oculto en la pequeñez de este lugar en el que había nacido, sino que, como nació para todos, quiso también comunicar a todos la noticia de su nacimiento.
«Por eso apareció a los tres Magos de Oriente una estrella de nueva luminosidad, más clara y más brillante que las demás, y tal, que atraía los ojos y corazones de cuantos la contemplaban, para mostrar que no podía carecer de significación una cosa tan maravillosa. El que había dado tal signo al mundo, iluminó la inteligencia de los que la contemplaban; hizo que le buscaran los que no lo conocían y quiso Él mismo ser hallado por los que le buscaban.
«Tres hombres emprenden el camino guiados por esta luz celestial. Fija la mirada en el astro que les precede y siguiendo la ruta que les indica, son conducidos por el esplendor de la gracia al conocimiento de la verdad…
«Pero al anuncio de que un príncipe de los judíos ha nacido, se alarma Herodes, suponiendo un sucesor. Maquinando el asesinato del autor de la salvación, promete hipócritamente su homenaje. ¡Feliz él si hubiese imitado la fe de los Magos y hubiese puesto al servicio de la religión los planes que proyectaba al servicio del engaño! ¡Oh ciega impiedad de una estúpida emulación, piensas entorpecer con tu furor el designio divino! El Señor del mundo no busca un reino temporal, Él es quien lo da eterno…
«Los Magos realizan sus deseos, y llegan, conducidos por la estrella, hasta el Niño, el Señor Jesucristo. En la carne adoran al Verbo; en la infancia, a la Sabiduría; en la debilidad a la Omnipotencia; en la realidad de un hombre, al Señor de la majestad. Y, para manifestar exteriormente el misterio que ellos creen y entienden, atestiguan por los dones lo que ellos creen en el corazón. A Dios le ofrecen el incienso; al Hombre, la mirra y al Rey, el oro, sabiendo que honran en la unidad las naturalezas divina y humana. (I Homilía para la solemnidad de Epifanía).
Entradas y colectas después de la Epifanía
Lunes
Entrada:
«Un día santo amaneció para nosotros. Venid, pueblos, adorad al Señor,
porque una gran Luz ha descendido sobre la tierra». Colecta (Gelasiano):
«Te pedimos, Señor, que tu divina luz ilumine nuestros corazones; con ella
avanzaremos a través de las tinieblas del mundo, hasta llegar a la patria,
donde todo es eterna claridad».
Martes
Entrada:
«Bendito el que viene en el nombre del Señor. El Señor es Dios. Él nos
ilumina» (Sal 117,26-27). Colecta (Gelasiano):
«Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo asumió la realidad de nuestra carne para
manifestársenos; concédenos, te rogamos, poder transformarnos internamente a
imagen de aquel que en su humanidad era igual a nosotros».
Miércoles
Entrada:«El
pueblo que caminaba en tinieblas vio una Luz grande; habitaban tierras de
sombras y una luz les brilló» (Is 9, 2). Colecta (Gelasiano): «Señor,
luz radiante de todas las naciones, concede a los pueblos de la tierra una paz
estable, e ilumina nuestros corazones con aquella luz espléndida que condujo a
los Magos al conocimiento de tu Hijo».
Jueves
Entrada:
«En el principio y antes de los siglos la Palabra era Dios, y se ha dignado
nacer como Salvador del mundo» (Jn 1,1). Colecta (Gelasiano): «Dios
todopoderoso, tú que ha revelado a todas las naciones, por medio de tu Hijo,
que tú eres el Señor; concede a tu pueblo descubrir el misterio profundo de
Cristo Salvador, y llegar, en virtud de este misterio, a gozar de la luz de tu
gloria».
Viernes
Entrada:
«En las tinieblas brilla como una Luz el Señor, justo, clemente y compasivo»
(Sal 111,4). Colecta (Gelasiano): «Dios
todopoderoso, tú que has anunciado a los Magos, por medio de una estrella, el
nacimiento de nuestro Salvador, manifiéstanos siempre este misterio y haz que
sus frutos crezcan en nuestros corazones».
Sábado
Entrada
: «Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, para que recibiéramos el ser hijos por adopción» (Gal 4,4-5). Colecta (Gelasiano): «Dios todopoderoso y eterno, que nos has hecho renacer a una vida nueva por medio de su Hijo, concédenos que la gracia nos modele a imagen de Cristo, en quien nuestra naturaleza mortal se une a tu naturaleza divina».
–1 Juan
3,22–4,6: Examinad si los espíritus vienen de Dios. De nuevo
nos habla San Juan del «anticristo» y de los falsos profetas: son aquellos que
niegan la fe de la Iglesia. A ellos se oponen los creyentes, los que confiesan
que Jesucristo es el Verbo de Dios encarnado.
La comunidad de
vida que existe entre Dios y nosotros hace que nuestra oración sea siempre oída.
Comenta San Agustín:
«El Espíritu Santo nos ha mandado que “no demos fe a cualquier espíritu” y nos indica también el porqué de este mandato (1 Jn 4,1-3). Por tanto, quien desprecia este mandato y piensa que ha de “creer a todo espíritu”, necesariamente irá a caer en manos de los falsos profetas y, lo que es peor, blasfemará contra los auténticos…
«He escuchado el precepto de Juan, mejor, del Señor por boca de Juan: “no deis fe a cualquier espíritu”. Lo acepto y así quiero actuar. Continúa diciendo: “antes bien, examinad los espíritus para ver si proceden de Dios”. ¿Cómo hacerlo? No te preocupes… “En esto se conoce el espíritu que procede de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo vino en la carne, procede de Dios”…
«Alejad, pues, de vuestros oídos a cualquier charlatán, predicador, escritor o murmurador que niegue la venida en carne de Jesucristo. Por tanto, expulsad de vuestras casas, de vuestros oídos y de vuestros corazones a los maniqueos, quienes abiertamente niegan que Jesucristo vino en la carne. Su espíritu, por tanto, no procede de Dios» (Sermón 182,2).
Fácil
es para nosotros caer en el engaño. El Espíritu no es algo que poseemos. Él
nos posee y dirige. El Espíritu nos lleva a aceptar el misterio de Jesucristo.
El Espíritu nos hace fuertes. Nuestra confianza no se apoya, pues, en nosotros.
Ser de Jesús es aceptar su voz, hecha audible en la Iglesia hoy día. Todo
cristiano debe ser una radiante epifanía, es decir, manifestación del
Señor, ha de ser un vivo destello de la fulgente y divina Luz de Cristo. La
Epifanía es un claro anticipo de la futura aparición del Señor ante los ojos
de toda la humanidad.
–El
reino inaugurado con el nacimiento de Cristo se extiende a todo el mundo, a
todos los hombres, lo quieran éstos o no lo quieran. A través de este Reino
serán defendidos los humildes y socorridos los pobres. Que todos los hombres,
por tanto, reconozcan humildemente la soberanía suprema de Cristo y de su
mensaje salvador y redentor.
Hagámoslo
así nosotros cantando con el Salmo 2: «Voy a proclamar el
decreto del Señor. Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado
hoy. Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de
la tierra”. Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad los que regís la
tierra: servid al Señor con temor». Recibamos nosotros fielmente el Reino de
Cristo, que es un reino de paz, de justicia, de amor y de gracia.
–Mateo
4,12-17.23-25: Está
cerca el Reino de los cielos. En los días que siguen a la solemnidad de
Epifanía la lectura evangélica nos presenta diversas manifestaciones de
Jesucristo. El comienzo de su predicación en Galilea ha sido visto por el
Evangelista como el cumplimiento de lo que dijo el profeta Isaías: «El pueblo
que habitaba en tinieblas vió una luz grande; a los que habitaban en sombra de
muerte una luz les brilló» (Is 9,1ss). Nosotros hemos de iluminar también,
como nos dice San León Magno:
«Sabemos que esto se ha realizado por el hecho de que los tres Magos, llamados desde un país lejano, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de esta estrella nos invita a imitar su obediencia y a hacernos también, en la medida de nuestras posibilidades, los servidores de esta gracia que llama a todos los hombres a Cristo. Cualquiera que vive piadosamente y castamente en la Iglesia, que saborea las cosas de lo alto y no las de la tierra, es, en cierto modo, semejante a esta luz celeste. Mientras conserva en sí mismo el resplandor de una vida santa, muestra a muchos, como una estrella, el camino que conduce a Dios. Animados por este celo, debéis aplicaros, amadísimos, a ser útiles los unos para con los otros, a fin de brillar como los hijos de la luz en el reino de Dios, al que se llega por la fe recta y las buenas obras» (Sobre la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, Homilía 3ª, 5).
Cristo
tiene que reinar. Él dirá más tarde: «Se me ha dado todo poder en los cielos
y en la tierra» (Mt 28,18). «Todas las cosas están sometidas a Él» (Heb
2,8; cft. 1 Cor 15,24-25). En el obelisco de la plaza de San Pedro del
Vaticano están grabadas estas palabras: Christus vincit, Christus regnat,
Christus imperat. En virtud de este poder absoluto que Él posee, establece
su reino sobre la tierra, esto es, funda la Iglesia. Todo, pues, ha de ir sometiéndose
a Jesucristo, Rey pacífico y lleno de misericordia.
–1 Juan
4,7-1: Dios es Amor. Es Él quien nos ha amado primero y quien
envió a su Hijo, Jesucristo, por amor, para que fuese el Redentor de los
hombres. Oigamos a San Agustín:
«Dice San Juan: “Pasaron las tinieblas, ahora brille la luz”. Y a continuación añade: “Quien piensa ser luz y odia a su hermano está en las tinieblas” (1 Jn 2,8.9). Quizá haya quien piense que tales tinieblas son idénticas a las que sufren los encarcelados. ¡Ojalá fuesen como ésas! Y, con todo, nadie quiere verse en medio de ellas. En las tinieblas de la cárcel no es posible ver con los ojos, pero sí se puede contemplar a Dios amando a los hermanos (1 Jn 4,7)…
«Quien odia a su hermano camina, sale, entra, se mueve sin el peso de las cadenas y sin verse recluido en ninguna cárcel. No obstante, está aprisionado por la culpa. No pienses que está libre de la cárcel: su cárcel es su propio corazón» (Sermón 211,2).
El amor proviene de Dios como de su fuente, por eso «el que ama ha
nacido de Dios» (1 Jn 4,7). Es hijo de Dios, animado por la gracia. El amor
fraterno es un efecto de nuestro nacimiento sobrenatural. Dios, al hacernos partícipes
de su vida, nos ha hecho también partícipes de su inmensa caridad divina.
–Con el Salmo
77 cantamos el Reinado de Jesucristo: «Que todos los pueblos te sirvan,
Señor. Dios mío, confía tu juicio al rey para que rija a tu pueblo con
justicia, a tus humildes con rectitud. Que los montes traigan paz y los collados
justicia. Que Él defienda a los humildes del pueblo, y socorra al hijo del
pobre. Que en sus días florezca la justicia, y la paz hasta que falte la luna.
Que domine de mar a mar, del gran río al confín de la tierra».
¡Cristo es
Rey! Su reino es la creación entera. La nota de su reinado es el Amor. Es el
signo de su pertenencia a él: «en esto conocerán que sois mis discípulos:
si os amáis unos a los otros» (Jn 13,35). «Un mandamiento nuevo os
doy: que os améis como Yo os he amado» (13,34).
–Marcos
6,34-44: Jesús se manifiesta como profeta y taumaturgo en la
multiplicación de los panes y de los peces. El poder salvador de Cristo se
manifiesta en el alimento de vida que da a todos los hombres, que estamos como
ovejas sin pastor. Por eso la multiplicación de panes y peces es signo de la
sobreabundante vida divina que se nos da por Cristo. Oigamos a San Agustín:
«Gran milagro es, amadísimos, hartar a la muchedumbre con cinco panes y dos peces, gran milagro, en verdad. Pero el hecho no es tan de admirar si pensamos en el Hacedor. Quien multiplica los panes entre las manos de los repartidores, ¿no multiplica las semillas que germinan en la tierra y de unos granos llena los graneros? Lo que sucede es que como este portento se renueva todos los años a nadie le sorprende; pero no es la insignificancia del hecho el motivo de no admirarlo, sino la frecuencia con que se repite.
«Al hacer estas cosas, habla el Señor a los entendimientos, no tanto con palabras, como por medio de obras… Él es el Pan que bajó del cielo; un pan, sin embargo, que crece sin mengua. Se le puede sumir, pero no se le puede consumir. Este Pan estaba ya figurado en el maná. Porque ¿quién, sino Cristo, es el Pan del cielo?... Para que comiera el hombre el pan de los ángeles, el Señor de los ángeles se hizo hombre. Pues bien, ya que se nos ha dado una prenda tan valiosa, corramos a tomar posesión de nuestra herencia» (Sermón 130).
–1 Juan
4,11-18: Si nos amamos unos a los otros, Dios permanece en nosotros.
San Juan ratifica el lazo indisoluble que existe entre la verdad y la caridad.
El camino para la posesión de Dios, garantizada por la presencia de su Espíritu,
consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios, en creer también en el amor de
Dios, y en manifestar nuestro amor a nuestros hermanos, todos los hombres. Amar
como Dios nos ha amado. El amor de Dios es la fuente y el modelo del amor a los
hermanos.
Al amar a
nuestros hermanos, amamos a Dios, pues tanto ellos como nosotros hemos nacido de
Dios. La alegría de amar a nuestros hermanos es una experiencia del amor con
que Dios nos ama. El amor hace a Dios presente entre nosotros. Este amor tiene
como fruto la seguridad, la confianza plena en Dios, pues por él estamos unidos
a Dios, que en Cristo se entregó por nosotros. Comenta San Agustín:
«La fe no puede obrar bien si no es por el amor. Ésta es la fe de los fieles, distinta de la de los demonios, pues “también los demonios creen, pero tiemblan” (Sant 2,19). Ésa es la fe digna de alabanza, ésa la verdadera fe de la gracia, la que obra por amor. ¿Acaso podemos a nosotros mismos otorgarnos el poseer el amor y el poder obrar rectamente a partir de él, siendo así que está escrito: “la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado” (Rom 5,5)?.
«La caridad, hasta tal punto es don de Dios, que se la llama Dios, según dice el Apóstol San Juan: “Dios es caridad y quien permanece en la caridad, permanece en Dios” (1 Jn 4,16)» (Sermón 156,5).
«Os he dicho qué debéis temer y qué debéis apetecer. Buscad la caridad: penetre en vosotros la caridad. Dadle entrada, temiendo pecar; dad entrada al amor que hace que no pequéis; dad entrada al amor por el que vivís bien. Cuando la caridad entra, el temor comienza a salir. Cuanto más dentro esté ella, tanto menos será el temor. Cuando ella está totalmente dentro, no habrá temor alguno. Entre, pues, la caridad y expulse el temor (cfr. 1 Jn 4,18). Pero la caridad no entra sola, sin compañía; lleva consigo su propio temor; es ella quien lo introduce; pero se trata de un temor que dura siempre… Es el temor que teme ofender y desagradar a Dios» (Sermón 161,9).
–Supliquemos
con el Salmo 71 a Dios Padre que dé al Mesías, su Hijo bien
amado, un reino universal, para que reine en el mundo la justicia, y la protección
de los pobres, pues los otros reyes nunca conseguirán ese reino: «Dios mío,
confía tu juicio al Rey, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes
con rectitud. Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributos, que los
reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones, porque Él librará al pobre
que clamaba, al afligido que no tenía protector. Él se apiadará del pobre y
del indigente y salvará la vida de los pobres. Que todos los pueblos te sirvan,
Señor».
Cristo,
Rey de las almas: Él es quien inspira todos nuestros impulsos y movimientos
hacia el bien. Él ilumina el entendimiento con su Luz y lo somete poderosamente
a su Verdad, con el yugo de la fe. Él domina las conciencias y dicta leyes,
recompensa y castiga. Él sujeta las voluntades a su Ley y las hace regirse por
ella. Pero sobre todo impera en las almas por su infinito amor.
–Marcos
6,45-52: Vieron a Jesús andar sobre el lago. El episodio
manifiesta el poder de Cristo sobre las fuerzas de la naturaleza y, manifestando
ese poder, Jesucristo se revela como Dios. Es al mismo tiempo un signo de su
poder salvador.
Todo
esto es bello y admirable; pero no podemos olvidar lo que dice también esta
lectura: «Se retiró al monte a orar» ¡Qué inefables son estas palabras! No
sabemos cómo era la oración de Jesús, pero deberían ser unos coloquios
inefables con el Padre. Aunque Cristo nunca reveló su intimidad con el Padre,
nos comunicó su espíritu de oración al enseñarnos el padre nuestro...
¡Qué gran misterio insondable el de la oración de Jesucristo!... Orígenes
dice:
«Si Jesús practica la oración ¿quién de nosotros será negligente en ella? Dice, en efecto, San Marcos: “Y a la mañana, mucho antes del amanecer, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto y allí oraba” (Marcos 1,35). San Lucas: “Y acaeció que, hallándose Él orando en cierto lugar, así que acabó, le dirigió la palabra uno de sus discípulos” (Lc 11,1); y en otro lugar: “pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12). Y San Juan describe la oración de Cristo cuando dice: “Esto dijo Jesús y, levantando sus ojos al cielo, añadió: Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”» (Jn 17,1) (Tratado sobre la oración 15).
–1
Juan 4,19–5,4: Quien
ama a Dios ame también a su hermano. San Juan vuelve de nuevo a los
temas fundamentales del amor y de la verdad. Nuestro amor a Dios se ha de
manifestar en el amor a los hermanos, es decir, a todos los hombres. Para nacer
de Dios es menester creer que Jesús es el Mesías y cumplir los mandamientos.
La verdad de nuestro ser cristiano, la autenticidad de nuestra vida se mide por
nuestra capacidad de morir, dando la vida. Separar el amor de Dios del amor del
prójimo nos conduce a una vida mentirosa, falsa y farisaica. Quien no es capaz
de amar a su hermano es imposible que ame a Dios. Oigamos a San Agustín:
«Un ala es: “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt 22,37). Pero no te quedes con un ala; pues si crees tener una sola ala, no tienes ninguna: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero “si no amas a tu hermanos, a quien ves, ¿cómo puedes amar a Dios, a quien no ves?” (1 Jn 4,20). Busca, pues, la otra ala, y así podrás volar, así podrás despegarte de la codicia de lo terreno y fijarte en el amor de lo celeste. Y, mientras te apoyas en ambas alas, tendrás levantado el corazón, para que el corazón elevado arrastre arriba a su carne a su debido tiempo. Y no pienses que tardarás mucho en tener todas las plumas. Busca en las santas Escrituras múltiples preceptos de esta dilección, y con ellos se ejercita el que los lee y el que los escucha: pues de estos dos preceptos penden la ley y los profetas» (Sermón 68,13, probablemente en Hipona, hacia el 425).
En la santa Iglesia es donde encontraremos el auténtico amor de Cristo.
La gloria de Cristo brilla en la Iglesia. En torno a ella no reinan más que la
noche, el error, las tinieblas, la intranquilidad. En la Iglesia, en cambio,
luce el esplendente Sol de la Verdad, de la Vida y del Amor. Asociémonos al
gozo y a la tranquila esperanza de la Iglesia, que expresa y comunica en su
liturgia. Cuanto más nos unamos a la Iglesia en el dolor, más gozaremos con
ella en su inquebrantable confianza. Cristo vela por ella, la defiende y la
salva.
–En
Cristo la salvación ha alcanzado la plenitud de sentido. En Él se han cumplido
todas las profecías universalistas. Él ha sido, y es, la revelación para
todos los hombres. Todos los pueblos lo adorarán, porque a todos ha de llegar
su manifestación. Por eso cantamos con el Salmo 71: «Dios mío,
confía tu juicio al Rey, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes
con rectitud. Él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa
a sus ojos. Que recen a Él continuamente y lo bendigan todo el día. Su nombre
es eterno y su fama dura como el sol. Que Él sea la bendición de todos los
pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra».
¡Con qué
maravilloso esplendor brilla el poder del reinado de Cristo en las almas de los
santos! Ellos son realmente un triunfo de la omnipotente acción de la gracia de
Cristo.
–Lucas
4,14-22: Hoy se cumple esta Escritura. Una nueva epifanía, una
nueva manifestación del poder salvador de Cristo. Muestra que se cumple en Él
aquella profecía de Isaías: «el Espíritu del Señor sobre Mí»…
Efectivamente, Él es el Ungido del Señor por excelencia: Él habla a los
pobres, da libertad a los cautivos y oprimidos, da vista a los ciegos…
También hoy
sigue siendo el Señor la respuesta para todos los que sufren, para los
desvalidos, pobres y necesitados. Nosotros nos llamamos cristianos porque fuimos
ungidos en el bautismo y en la confirmación. Por Cristo somos cristianos. Por
ser sus discípulos somos miembros de su Cuerpo místico. Nuestra misión ante
el mundo ha de ser, pues, como la de Cristo: anunciar la Buena Nueva a todos los
hombres, pues todos están necesitados de la gracia divina.
Pero para esto,
esa Buena Nueva ha de ser clara y diáfana en nuestra propia vida, de modo que
toda ella sea imagen de Cristo, como Él, el Primogénito de todo lo creado, es
Imagen del Dios vivo. Todo ha sido creado por Él y en Él. Él es nuestro
fundamento. Él es nuestra Cabeza. El principio y el fin. De Él viene todo
cuanto necesitamos en lo material y en lo espiritual. Todos somos pobres y
desvalidos ante Él. Y Él viene en nuestra ayuda, pues es todo Amor y
Misericordia.
–1 Juan 5,5-6.8-13. El Espíritu, el agua y la sangre
dan testimonio. La fe es fuente de vida eterna. Esta fe se fundamenta en «el
agua y la sangre», en el Bautismo y en la Eucaristía, en la muerte y
resurrección de Cristo, que por los sacramentos de la iniciación cristiana
producen en nuestra alma la inhabitación de la Santísima Trinidad. Los que
creen en Cristo vencen al mundo, pues son hijos de Dios y poseen su fuerza. El
centro de la fe es Cristo Jesús. Él nos lleva al Padre por el Espíritu y nos
incorpora a su Iglesia para que vivamos por sus sacramentos. El agua y la
sangre, el Bautismo y la Eucaristía, son los signos de su entrega vivificante.
San Juan prueba con un triple testimonio que Jesucristo es verdaderamente
Hijo de Dios y que la fe en Él nos consigue la vida eterna. El Apóstol insiste
en la identidad del Jesús histórico con el Hijo de Dios. Esta verdad es
fundamental en la vida cristiana. Sólo el que cree en esta verdad de fe podrá
vencer al mundo. Jesucristo vino al mundo para cumplir la misión redentora que
el Padre le confió. El agua y la sangre son en Cristo los medios decisivos de
la salvación. San Juan los designa como los testimonios de Cristo. Y San Agustín
piensa que el Apóstol alude en ese texto al agua y a la sangre que salieron del
costado de Cristo para testificar la realidad de la naturaleza humana (Contra
Max. 2,22).
Otros autores dan diferentes explicaciones. Pero el simbolismo joánico
las abarca todas. Sometamos nuestra voluntad a Cristo, el Rey divino, a sus
mandamientos, a su ley, a su Evangelio, a la jerarquía de su Iglesia. Sometámonos
a su providencia, a sus decretos, a sus órdenes, a su beneplácito. Ante todos
los trabajos, deberes y responsabilidades; ante todas las fatigas, penas,
sacrificios y renuncias que Él exija de nosotros, no tengamos, a pesar de toda
resistencia de nuestra naturaleza caída, más que esta respuesta: «hágase tu
voluntad». El que ha conocido una vez a Cristo, el que se ha llenado de su Espíritu,
no puede por menos de convertirse en un hombre nuevo. No puede por menos
emprender «un nuevo camino», como los Magos.
–En el Antiguo Testamento habló Dios a Israel de diversos modos y en
distintos tiempos. En Cristo, la Palabra eterna de Dios, se hace manifestación
y revelación definitiva para todos los hombres. Los que aceptan esa Palabra
encarnada llegan a la vida eterna.
Con el Salmo 147 glorificamos al Señor: «Glorifica al Señor,
Jerusalén [la Iglesia santa, el
alma cristiana], que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a
tus hijos dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de
harina. Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz. Anuncia su
palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel. Con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos».
Somos nosotros los que hemos recibido la plenitud de las promesas de Dios
por medio de su Hijo, el Verbo encarnado, al cual seguimos y nos sometemos. ¡Éramos
paganos, hombres alejados de Dios, desconocedores de Cristo, privados de la vida
y de la filiación divina! Pero Cristo nos ha llamado a su vida y nos ha
salvado.
–Lucas 5,12-16. Al instante le dejó la lepra. La
Iglesia, en este tiempo de Epifanía, contempla otra nueva manifestación de
Cristo, que cura a un leproso y con ello proclama su divinidad. Las multitudes
acuden para oírle y recibir la curación. Pero, subraya el Evangelista: «el
solía retirarse a despoblado para orar». Qué maravillosos eran los diálogos
de Cristo con su Padre celestial. Él nos enseñó a orar con su palabra y con
su ejemplo.
Cristo vino a curarnos, sobre todo de la lepra del pecado. ¡Tanto amó
Dios al mundo, tanto me ama a mí!. En el Antiguo Testamento se consignan muchas
intervenciones de Dios con su pueblo elegido. En la plenitud de los tiempos, se
hace hombre su Hijo Unigénito y aparece personalmente en medio de nosotros. Ya
no es difícil poder encontrarle. Ya no es difícil tampoco dejarse hallar por
Él. Basta sólo querer. A los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a
conseguir la salvación (cfr. Rom 8,28). Por eso nada será tan
ventajoso, tan beneficioso para nosotros como ponernos ciegamente en manos de la
Providencia divina, sometiéndonos totalmente a su divina voluntad. Toda nuestra
vida, cada uno de sus momentos, cooperan a nuestra salvación, conforme a lo
ordenado por la sabiduría y el amor divinos.
–1 Juan
5,14-21: Dios escucha nuestras peticiones. San Juan recomienda la
oración en favor de los pecadores, pues Dios atiende nuestras súplicas, según
su voluntad. En nuestro difícil caminar por la vida tenemos nuestra seguridad
en Cristo por la oración. Lo que
nos da seguridad y firmeza es nuestra coincidencia con la voluntad del Padre.
Oremos, pues, por nosotros mismos, pues lo necesitamos; pero oremos también por
los demás. Oigamos a San Agustín:
«“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16), para que el mundo tenga vida. Si el Padre no nos hubiera entregado la vida, no tendríamos vida. El mismo Cristo, el Señor, es la Vida de la que dice el Evangelista San Juan: “Éste es el Dios verdadero y la vida eterna” (1 Jn 5,20)… Así, pues, la Vida murió, la Vida permaneció, la Vida resucitó y, dando muerte a la muerte, nos comunicó la Vida» (Sermón 265 B, 4-5, del año 396).
Los cristianos
sabemos que hemos nacido de Dios. Y, por tanto, pertenecemos a Dios. Formamos el
rebaño de Cristo, que, como Buen Pastor, guarda con todo cariño. Sin embargo,
a la comunidad de los fieles se opone el mundo tenebroso y rebelde a Cristo,
dirigido por Satanás. Frente a frente están Cristo y el diablo, los seguidores
de Cristo y los seguidores del diablo.
No podemos,
pues, cruzarnos de brazos. Hemos de trabajar valientemente para que todos los
que están en el bando del diablo pasen al reinado de Jesucristo. Hemos de
procurarlo en primer lugar con la oración, y también, en la medida de nuestras
posibilidades, con nuestras palabras y siempre con nuestro ejemplo. Todo cuanto
de sobrenatural tenemos lo debemos a Cristo, pero hemos de hacer partícipes a
los demás de esos dones. Cristo es Amor y es Vida eterna. Él es la Fuente de
donde brota nuestra vida. Él constituye nuestra esperanza para la vida eterna.
–«El Señor
ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes». El Señor ha nacido
para redimir a todos, pues todos somos pecadores. Por eso, con nuestros labios y
corazones, cantamos el Salmo 149: «Cantad al Señor un cántico
nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles, que se alegre Israel
[la Iglesia, el alma cristiana] por su Creador. Los hijos de Sión [de la
Iglesia] por su Rey. Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los humildes. Que
los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas, con vítores a Dios
en la boca».
El cristiano ha
de ser con su vida, con su conducta, con su palabra, con sus obras buenas, una
alabanza continua a Dios, una radiante epifanía, una clara manifestación del
Señor, esto es, un vivo destello de la fulgente y divina Luz, que es Cristo, el
Señor.
–Juan 3,22-30: El amigo del esposo se alegra con la
voz del esposo: «Él tiene que crecer y yo menguar». Juan Bautista rinde
un último homenaje a Jesús. Ha cumplido su misión, ha preparado el camino del
Señor. Muchas veces, unas quince, ha comentado San Agustín este pasaje evangélico:
«Todo lo que obra Dios en nosotros, lo obra sabiendo lo que hace. Nadie es mejor que Él, nadie más sabio, nadie más poderoso… Humillémonos, pues, en cuanto hombres y no nos gloriemos más que en el Señor, para que Él sea exaltado. Disminuyámonos a nosotros mismos, para que podamos crecer en Él. Fijaos en el hombre supremo [Juan Bautista], mayor que el cual no ha surgido otro entre los nacidos de mujer. ¿Qué dijo él de Cristo? “Conviene que Él crezca y que yo, en cambio, mengüe” (Jn 3,30). Crezca Dios, disminuya el hombre. ¿Y cómo crece el que ya es perfecto? ¿Qué le falta a Dios para que pueda crecer? Dios crece en ti, cuando tú lo conoces a Él. Considera, pues, la humildad del hombre y la excelsitud de Dios» (Sermón 293 D,5).