TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES
SEMANA II DEL
SALTERIO
Invitatorio
Introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana.
V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antífona: Aclama al
Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.
Se enuncia la antífona, y la asamblea la
repite.
Si el rezo es individual, solo se dice la antífona al principio y final del
salmo.
Salmo 66
Que
todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios
se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos
bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
Se repite la antífona.
Oh Dios, que te alaben los
pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Se repite la antífona.
Que canten de alegría las
naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la
tierra.
Se repite la antífona.
Oh Dios, que te alaben los
pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Se repite la antífona.
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le
teman
hasta los confines del orbe.
Se repite la antífona.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona: Antífona: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con
alegría.
LAUDES (Mi. II)
HIMNO
I
Estáte, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y, cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.
Llévame en tu compañía,
donde tú vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das,
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.
Por eso, más que a la muerte,
temo, Señor, tu partida
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tú das
sé que alcanzarla no puedo
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas. Amén.
SALMODIA
Antífona. 1: Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué
dios es tan grande como nuestro Dios?
Salmo 76
Recuerdo del pasado glorioso de Israel
Nos aprietan
por todos lados,
pero no nos aplastan. (2Co 4,8)
Alzo mi voz a Dios gritando,
alzo mi voz a Dios para que me oiga.
En mi angustia te busco, Señor mío;
de noche extiendo las manos sin descanso,
y mi alma rehúsa el consuelo.
Cuando me acuerdo de Dios, gimo,
y meditando me siento desfallecer.
Sujetas los párpados de mis ojos,
y la agitación no me deja hablar.
Repaso los días antiguos,
recuerdo los años remotos;
de noche lo pienso en mis adentros,
y meditándolo me pregunto:
«¿Es que el Señor nos rechaza para siempre
y ya no volverá a favorecernos?
¿Se ha agotado ya su misericordia,
se ha terminado para siempre su promesa?
¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,
o la cólera cierra sus entrañas?»
Y me digo: «¡Qué
pena la mía!
¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!»
Recuerdo las proezas del Señor;
sí, recuerdo tus antiguos portentos,
medito todas tus obras
y considero tus hazañas.
Dios mío, tus caminos son santos:
¿qué dios es
grande como nuestro Dios?
Tú, oh Dios,
haciendo maravillas,
mostraste tu poder a los pueblos;
con tu brazo rescataste a tu pueblo,
a los hijos de Jacob y de José.
Te vio el mar, oh
Dios,
te vio el mar y tembló,
las olas se estremecieron.
Las nubes descargaban sus aguas,
retumbaban los nubarrones,
tus saetas zigzagueaban.
Rodaba el estruendo de tu trueno,
los relámpagos deslumbraban el orbe,
la tierra retembló estremecida.
Tú te abriste camino por las aguas,
un vado por las aguas caudalosas,
y no quedaba rastro de tus huellas:
mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,
por la mano de Moisés y de Aarón.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de
los siglos. Amén.
Antífona. 1: Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué
dios es tan grande como nuestro Dios?
Antífona. 2: Mi corazón se regocija por el Señor, que
humilla y enaltece.
Cántico, 1S
2,1-10
Alegría de los humildes en Dios
Derriba del
trono a los poderosos y enaltece
a los humildes; a los
hambrientos los colma de bienes.
(Lc 1,52-53)
Mi corazón se regocija por el Señor,
mi poder se exalta por Dios;
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
No hay santo como el Señor,
no hay roca como nuestro Dios.
No multipliquéis discursos altivos,
no echéis por la boca arrogancias,
porque el Señor es un Dios que sabe;
él es quien pesa las acciones.
Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor;
los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía.
El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.
Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria;
pues del Señor son los pilares de la tierra,
y sobre ellos afianzó el orbe.
Él guarda los pasos de sus amigos,
mientras los malvados perecen en las tinieblas,
porque el hombre no triunfa por su fuerza.
El Señor desbarata a sus contrarios,
el Altísimo truena desde el cielo,
el Señor juzga hasta el confín de la
tierra.
Él da fuerza a su Rey,
exalta el poder de su Ungido.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de
los siglos. Amén.
Antífona. 2: Mi corazón se regocija por el Señor, que
humilla y enaltece.
Antífona. 3: El Señor reina, la tierra goza.+
Salmo 96
Gloria del Señor, rey de justicia
Este salmo
canta la salvación del mundo y la
conversión de todos los pueblos. (S.
Atanasio)
El Señor reina, la tierra goza,
+ se alegran las
islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.
Delante de él avanza fuego,
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.
Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.
Lo oye Sión, y se alegra,
se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor;
porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.
El Señor ama al que aborrece el mal,
protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.
Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de
los siglos. Amén.
Antífona. 3: El Señor reina, la tierra goza.
LECTURA BREVE
¿Quién podrá apartarnos del amor de
Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la
desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel
que nos ha amado. (Rm 8,35.37)
RESPONSORIO BREVE
V/. Bendigo al Señor * En todo momento.
R/. Bendigo al Señor * En todo momento.
V/. Su alabanza está siempre en mi boca.
R/. En todo momento.
V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al
Espíritu Santo.
R/. Bendigo al Señor * En todo momento.
CÁNTICO
EVANGÉLICO
Benedictus, ant.: Sirvamos con santidad al Señor, todos nuestros
días.
Benedictus, Lc 1 68-79 , l
El
Mesías y su precursor
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Benedictus, ant.: Sirvamos con santidad al Señor, todos nuestros
días.
PRECES
Oremos
al Señor Jesucristo, que prometió estar con su Iglesia todos los días, hasta el
fin del mundo, y digámosle confiados:
Quédate con nosotros, Señor.
Quédate con
nosotros, Señor, durante todo el día;
—que el sol de tu gracia nunca decline en nuestras
vidas.
Quédate con nosotros, Señor.
Te
consagramos este día como oblación agradable a tus ojos,
—y proponemos no hacer ni aprobar nada defectuoso.
Quédate con nosotros, Señor.
Que en todas
nuestras palabras y acciones seamos hoy luz del mundo y sal de la tierra
—para cuantos nos contemplen.
Quédate con nosotros, Señor.
Que la
gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en
nuestras obras,
—para que así permanezcamos en tu amor y
en tu alabanza.
Quédate con nosotros, Señor.
***
Terminemos nuestra oración diciendo juntos las palabras del Señor
y pidiendo al Padre que nos libre de todo mal:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Oración
Envía, Señor, a nuestros corazones la
abundancia de tu luz, para que, avanzando siempre por el camino de tus
mandatos, nos veamos libres de todo error.
—Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los
siglos de los siglos.
R/. Amén.
CONCLUSIÓN
Por ministro ordenado:
V/. El Señor
esté con vosotros.
R/. Y con tu
espíritu.
V/. La paz de
Dios, que sobrepasa todo juicio, custodie vuestros corazones y vuestros
pensamientos en el conocimiento y el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo,
nuestro Señor.
R/. Amén.
V/. Y la
bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R/. Amén.
Si se despide a la asamblea, se añade:
V/. Podéis ir
en paz.
R/. Demos
gracias a Dios.
Si no es ministro ordenado y en la
recitación individual:
V/. El Señor
nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.