TIEMPO ORDINARIO
17 de Enero
SAN ANTONIO, ABAD
Memoria Oblogatoria
Este ilustre padre del
monaquismo nació en Egipto hacia el año 250. Al morir sus padres, distribuyó
sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una
vida de penitencia. Tuvo muchos discípulos; trabajó en favor de la Iglesia,
confortando a los confesores de la fe durante la persecución de Diocleciano, y apoyando a san Atanasio en sus luchas contra
los arrianos. Murió el año 356.
Invitatorio (Ma.
II)
Introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana.
V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antífona: Venid, adoremos al Señor; aclamemos al Dios admirable
en sus santos
Se enuncia la antífona, y la asamblea la
repite.
Si el rezo es individual, solo se dice la antífona al principio y final del
salmo.
Salmo 23
Entrada
solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante
Cristo
que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del
Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
Se repite la antífona.
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién
puede estar en el recinto sacro?
Se repite la antífona.
—El
hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése
recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Se repite la antífona.
—Éste
es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
Se repite la antífona.
¡Portones!,
alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
Se repite la antífona.
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El
Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
Se repite la antífona.
¡Portones!,
alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
Se repite la antífona.
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El
Señor, Dios de los ejércitos.
Él
es el Rey de la gloria.
Se repite la antífona.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu
Santo.
como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona: Venid, adoremos al Señor; aclamemos al Dios admirable
en sus santos
LAUDES (Ma. II)
HIMNO
Cantemos nuestra fe y, al confesarla,
unidas nuestras voces de creyentes,
pidamos al Señor que, al proclamarla,
inunde con su luz a nuestras mentes.
El gozo de creer sea alegría
de servir al Señor, y su Palabra
simiente en crecimiento día a día,
que al don de su verdad el mundo abra.
Clara es la fe y oscuro su camino
de gracia y libertad en puro encuentro,
si crees que Jesús es Dios que vino,
no está lejos de ti, sino muy dentro.
Legión es la asamblea de los santos,
que en el Señor Jesús puso confianza,
sus frutos de justicia fueron tantos
que vieron ya colmada su esperanza.
Demos gracias a Dios, que es nuestra
roca,
sigamos a Jesús con entereza,
si nuestra fe vacila, si ella es poca,
su Espíritu de amor nos dará fuerza. Amén.
SALMODIA
Antífona 1: Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Salmo 42
Deseo del templo
Yo he venido
al mundo como luz.
(Jn 12,46)
Hazme
justicia, oh Dios, defiende mi causa
contra gente sin piedad,
sálvame del hombre traidor y malvado.
Tú
eres mi Dios y protector,
¿por qué me rechazas?,
¿por qué voy andando sombrío,
hostigado por mi enemigo?
Envía
tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada.
Que
yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios,
Dios mío.
¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera
en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud
de mi rostro, Dios mío.»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona 1: Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Antífona 2: Protégenos, Señor, todos los días de nuestra vida.
Cántico, Is
38,10-14.16b-20
Angustias de un moribundo y alegría de la
curación
Yo soy el que
vive; estaba muerto,
y tengo las llaves de la muerte. (Ap 1,18)
Yo
pensé: «En medio de mis días
tengo que marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del resto de mis años.»
Yo
pensé: «Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo.
Levantan
y enrollan mi vida
como una tienda de pastores.
Como
un tejedor, devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama.»
Día
y noche me estás acabando,
sollozo hasta el amanecer.
Me
quiebras los huesos como un león,
día y noche me estás acabando.
Estoy
piando como una golondrina,
gimo como una paloma.
Mis
ojos mirando al cielo se consumen:
¡Señor,
que me oprimen, sal fiador por mí!
Me
has curado, me has hecho revivir,
la amargura se me volvió paz
cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía
y volviste la espalda a todos mis pecados.
El
abismo no te da gracias,
ni la muerte te alaba,
ni esperan en tu fidelidad
los que bajan a la fosa.
Los
vivos, los vivos son quienes te alaban:
como yo ahora.
El
padre enseña a sus hijos tu fidelidad.
Sálvame,
Señor, y tocaremos nuestras arpas
todos nuestros días en la casa del Señor.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona 2: Protégenos, Señor, todos los días de nuestra vida.
Antífona 3: Oh Dios, tú mereces un himno en Sión.+
Salmo 64
Solemne acción de gracias
Cuando se
habla de Sión debe
entenderse de la ciudad eterna.
(Orígenes)
Oh
Dios, tú mereces un himno en Sión,
+ y a ti se te cumplen los votos,
porque tú escuchas las súplicas.
A
ti acude todo mortal
a causa de sus culpas;
nuestros delitos nos abruman,
pero tú los perdonas.
Dichoso
el que tú eliges y acercas
para que viva en tus atrios:
que nos saciemos de los bienes de tu casa,
de los dones sagrados de tu templo.
Con
portentos de justicia nos respondes,
Dios,
salvador nuestro;
tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto;
tú que afianzas los montes con tu fuerza,
ceñido de poder;
tú que reprimes el estruendo del mar,
el estruendo de las olas
y el tumulto de los pueblos.
Los
habitantes del extremo del orbe
se sobrecogen ante tus signos,
y a las puertas de la aurora y del ocaso
las llenas de júbilo.
Tú
cuidas de la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales;
riegas los surcos, igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes;
coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona 3: Oh Dios, tú mereces un himno en Sión.
LECTURA BREVE
Os exhorto, hermanos, por la misericordia
de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a
Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino
transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es
voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. (Rm 12,1-2)
RESPONSORIO BREVE
V/. Lleva en el corazón * La ley de su Dios.
R/. Lleva en el corazón * La ley de su Dios.
V/. Y sus pasos no vacilan.
R/. La ley de su Dios.
V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al
Espíritu Santo.
R/. Lleva en el corazón * La ley de su Dios.
CÁNTICO
EVANGÉLICO
Benedictus, ant.:
El que obra la verdad va a la luz para que quede de manifiesto que sus obras
están hechas según Dios.
Benedictus, Lc 1 68-79 , l
El Mesías y su precursor
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Benedictus, ant.:
El que obra la verdad va a la luz para que quede de manifiesto que sus obras
están hechas según Dios.
PRECES
Adoremos, hermanos, a
Cristo, el Dios santo, y, pidiéndole que nos enseñe a servirle con santidad y
justicia en su presencia todos nuestros días, aclamémoslo, diciendo:
Tú solo eres santo, Señor.
Señor Jesús, probado en todo exactamente como
nosotros, menos en el pecado,
—compadécete de nuestras debilidades.
Tú solo eres santo, Señor.
Señor Jesús, que a todos nos llamas a la perfección
del amor,
—danos el progresar por caminos de santidad.
Tú solo eres santo, Señor.
Señor Jesús, que quieres que seamos la sal de la
tierra y la luz del mundo,
—ilumina nuestras vidas con tu propia luz.
Tú solo eres santo, Señor.
Señor Jesús, que viniste al mundo para servir, y no
para que te sirvieran,
—haz que sepamos servirte a ti y a nuestros hermanos
con humildad.
Tú solo eres santo, Señor.
Señor Jesús, reflejo de la gloria del Padre e impronta
de su ser,
—haz que en la gloria contemplemos tu
rostro.
Tú solo eres santo, Señor.
***
Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres,
acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Oración
Señor y Dios nuestro,
que llamaste al desierto a san Antonio, abad, para que te sirviera con una vida
santa, concédenos, por su intercesión, que sepamos negarnos a nosotros mismos
para amarte a ti siempre sobre todas las cosas.
—Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
R/. Amén.
CONCLUSIÓN
Por ministro ordenado:
V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.
V/. La paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en el conocimiento y el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
V/. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R/. Amén.
Si se despide a la asamblea, se añade:
V/. Podéis ir en paz.
R/. Demos gracias a Dios.
Si no es ministro ordenado y en la recitación individual:
V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.