TIEMPO DE NAVIDAD

Día 4 de Enero

 

 

MIÉRCOLES II

SEMANA II DEL SALTERIO

 

 

Invitatorio

Introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana.

 

 

V/. Señor, ábreme los labios.

R/. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

 

Antífona: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

 

Se enuncia la antífona, y la asamblea la repite.
Si el rezo es individual, solo se dice la antífona al principio y final del salmo.

 

Salmo 66

Que todos los pueblos alaben al Señor

 

Sabed que la salvación de Dios

se envía los gentiles. (Hch 28,28)

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.

 

Se repite la antífona.

 

Oh Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Se repite la antífona.

 

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud

y gobiernas las naciones de la tierra.

 

Se repite la antífona.

 

Oh Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Se repite la antífona.

 

La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman

hasta los confines del orbe.

 

Se repite la antífona.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Antífona: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

 

Laudes (Mi. II)

 

HIMNO

 

 

Entonad los aires

con voz celestial:

«Dios niño ha nacido

pobre en un portal.»

 

Anúnciale el ángel

la nueva al pastor,

que niño ha nacido

nuestro Salvador.

 

Adoran pastores

en sombras al Sol,

que niño ha nacido,

de una Virgen, Dios.

 

Haciéndose hombre,

al hombre salvó.

Un niño ha nacido,

ha nacido Dios. Amén.

 

 

 

SALMODIA

 

Antífona. 1: Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es tan grande como nuestro Dios?

 

Salmo 76

Recuerdo del pasado glorioso de Israel

 

Nos aprietan por todos lados,

pero no nos aplastan. (2Co 4,8)

 

Alzo mi voz a Dios gritando,

alzo mi voz a Dios para que me oiga.

 

En mi angustia te busco, Señor mío;

de noche extiendo las manos sin descanso,

y mi alma rehúsa el consuelo.

Cuando me acuerdo de Dios, gimo,

y meditando me siento desfallecer.

 

Sujetas los párpados de mis ojos,

y la agitación no me deja hablar.

Repaso los días antiguos,

recuerdo los años remotos;

de noche lo pienso en mis adentros,

y meditándolo me pregunto:

 

«¿Es que el Señor nos rechaza para siempre

y ya no volverá a favorecernos?

¿Se ha agotado ya su misericordia,

se ha terminado para siempre su promesa?

¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,

o la cólera cierra sus entrañas?»

 

Y me digo: «¡Qué pena la mía!

¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!»

Recuerdo las proezas del Señor;

, recuerdo tus antiguos portentos,

medito todas tus obras

y considero tus hazañas.

 

Dios mío, tus caminos son santos:

¿qué dios es grande como nuestro Dios?

 

Tú, oh Dios, haciendo maravillas,

mostraste tu poder a los pueblos;

con tu brazo rescataste a tu pueblo,

a los hijos de Jacob y de José.

 

Te vio el mar, oh Dios,

te vio el mar y tembló,

las olas se estremecieron.

 

Las nubes descargaban sus aguas,

retumbaban los nubarrones,

tus saetas zigzagueaban.

 

Rodaba el estruendo de tu trueno,

los relámpagos deslumbraban el orbe,

la tierra retembló estremecida.

 

Tú te abriste camino por las aguas,

un vado por las aguas caudalosas,

y no quedaba rastro de tus huellas:

 

mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,

por la mano de Moisés y de Aarón.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Antífona. 1: Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es tan grande como nuestro Dios?

 

 

Antífona. 2: Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

 

 

 

Cántico, 1S 2,1-10

Alegría de los humildes en Dios

 

Derriba del trono a los poderosos y enaltece

a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes.

(Lc 1,52-53)

 

Mi corazón se regocija por el Señor,

mi poder se exalta por Dios;

mi boca se ríe de mis enemigos,

porque gozo con tu salvación.

No hay santo como el Señor,

no hay roca como nuestro Dios.

 

No multipliquéis discursos altivos,

no echéis por la boca arrogancias,

porque el Señor es un Dios que sabe;

él es quien pesa las acciones.

 

Se rompen los arcos de los valientes,

mientras los cobardes se ciñen de valor;

los hartos se contratan por el pan,

mientras los hambrientos engordan;

la mujer estéril da a luz siete hijos,

mientras la madre de muchos queda baldía.

 

El Señor da la muerte y la vida,

hunde en el abismo y levanta;

da la pobreza y la riqueza,

humilla y enaltece.

 

Él levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

para hacer que se siente entre príncipes

y que herede un trono de gloria;

pues del Señor son los pilares de la tierra,

y sobre ellos afianzó el orbe.

 

Él guarda los pasos de sus amigos,

mientras los malvados perecen en las tinieblas,

porque el hombre no triunfa por su fuerza.

 

El Señor desbarata a sus contrarios,

el Altísimo truena desde el cielo,

el Señor juzga hasta el confín de la tierra.

Él da fuerza a su Rey,

exalta el poder de su Ungido.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Antífona. 2: Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

 

 

 

Antífona. 3: El Señor reina, la tierra goza.+

 

Salmo 96

Gloria del Señor, rey de justicia

 

Este salmo canta la salvación del mundo y la

conversión de todos los pueblos. (S. Atanasio)

 

 

El Señor reina, la tierra goza,

+ se alegran las islas innumerables.

Tiniebla y nube lo rodean,

justicia y derecho sostienen su trono.

 

Delante de él avanza fuego,

abrasando en torno a los enemigos;

sus relámpagos deslumbran el orbe,

y, viéndolos, la tierra se estremece.

 

Los montes se derriten como cera

ante el dueño de toda la tierra;

los cielos pregonan su justicia,

y todos los pueblos contemplan su gloria.

 

Los que adoran estatuas se sonrojan,

los que ponen su orgullo en los ídolos;

ante él se postran todos los dioses.

 

Lo oye Sión, y se alegra,

se regocijan las ciudades de Judá

por tus sentencias, Señor;

 

porque tú eres, Señor,

altísimo sobre toda la tierra,

encumbrado sobre todos los dioses.

 

El Señor ama al que aborrece el mal,

protege la vida de sus fieles

y los libra de los malvados.

 

Amanece la luz para el justo,

y la alegría para los rectos de corazón.

Alegraos, justos, con el Señor,

celebrad su santo nombre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Antífona. 3: El Señor reina, la tierra goza.

 

 

 

 

LECTURA BREVE

 

Volveos hacia mí para salvaros, confines de la tierra, pues yo soy Dios, y no hay otro. Yo juro por mi nombre, de mi boca sale una sentencia, una palabra irrevocable: «Ante mí se doblará toda rodilla, por mí jurará toda lengua.» (Is 45,22-23)

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V/. El Señor ha revelado, * Aleluya, aleluya.

R/. El Señor ha revelado, * Aleluya, aleluya.

 

V/. Su salvación.  

R/. Aleluya, aleluya. 

 

V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R/. El Señor ha revelado, * Aleluya, aleluya.

 

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Benedictus, ant.: Cristo, nuestro Dios, en quien habita la plenitud de la divinidad, ha tomado nuestra carne y, al nacer como hombre, ha renovado la humanidad. Aleluya.

 

Benedictus, Lc 1 68-79 , l

El Mesías y su precursor

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Benedictus, ant.: Cristo, nuestro Dios, en quien habita la plenitud de la divinidad, ha tomado nuestra carne y, al nacer como hombre, ha renovado la humanidad. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Glorifiquemos a Cristo, Palabra eterna del Padre, manifestado en la carne, contemplado por los ángeles y predicado a los paganos, y digámosle devotamente:

 

Te adoramos, Hijo unigénito de Dios.

 

Libertador del género humano, que naciendo de la Virgen has venido a renovar el mundo,

—líbranos por intercesión de María de toda corrupción de la carne.

 

Te adoramos, Hijo unigénito de Dios.

 

Tú que desde el cielo hiciste brillar en la tierra la justicia increada,

—ilumina con la claridad de tu luz el día que empezamos y toda nuestra vida.

 

Te adoramos, Hijo unigénito de Dios.

 

Hijo de Dios, que nos has revelado el amor del Padre,

—haz que también nuestra caridad manifieste a los hombres el amor de Dios.

 

Te adoramos, Hijo unigénito de Dios.

 

Tú que quisiste acampar entre nosotros,

—haznos dignos de morar contigo en tu reino.

 

Te adoramos, Hijo unigénito de Dios.

 

 

 

***

 

 

 

Con el gozo que nos da el sabernos hijos de Dios, digamos con confianza:

 

Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

 

 

 

Oración

Dios todopoderoso, que tu Salvador, luz de redención que surge en el cielo, amanezca también en nuestros corazones y los renueve siempre.

        —Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

 

R/. Amén.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Por ministro ordenado:

V/. El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

 

V/. La paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en el conocimiento y el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

V/. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R/. Amén.

Si se despide a la asamblea, se añade:

V/. Podéis ir en paz.

R/. Demos gracias a Dios.

 

Si no es ministro ordenado y en la recitación individual:

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.